El castillo alto (I)

Stanislaw Lem







Prólogo

AHORA VEO CÓMO ME APARTÉ DEL OBJETIVO que me había fijado al empezar este libro. Me propuse encomendarle la tarea a mi memoria, dándole rienda suelta y siguiéndola obedientemente. Me basé en la teoría de que si la mente preserva, entonces lo que preserva vale la pena ser preservado. Tal vez esperaba que mis diseminados recuerdos, como fragmentos dispersos de un caleidoscopio roto, se ordenaran finalmente formando un modelo. Y si no un modelo, sí multitud de modelos interconectados que pudieran ordenarse de formas diversas, aunque fuese de un modo primitivo y provisional. De este modo no estaría abreviando demasiado ni condensando mi infancia, que ahora es para mí sólo una abstracción —aunque mi infancia ocupara más de una docena de calendarios recorridos día a día, tanto en blanco como en rojo—, estaría dibujando más que recapitulando con ese método un retrato de la propia memoria. La memoria, que no es un receptáculo completamente independiente de mí, completamente inanimado, es el almacén del alma, con sus innumerables recovecos y pequeños armarios; pero por otra parte tampoco yo soy la memoria. No lo soy porque ella tiene su autonomía: no es receptiva donde yo lo soy, no es indiferente cuando yo lo soy, pues a menudo falla al retener lo que a mí me interesa, mientras retiene lo que poco me importa. Y por tanto quise que mi memoria (y no yo) ofreciera el testimonio, revelando a su vez lo que mi propia memoria es.

Este libro iba a ser un experimento cuyos resultados esperaba con curiosidad, como si no fuera yo quien hablara solamente, sino las imágenes y anécdotas narradas por la voz de un extraño. Un extraño que, tal como ocurrió, se agazapó en mi interior de la misma forma en que los anillos interiores del tronco de un árbol —los días de mi infancia y juventud— se ocultan tras los últimos anillos y cortezas de la madurez: el joven arbolito de hace muchas décadas contenido en el árbol de hoy.

De hecho, no recuerdo cuándo experimenté por primera vez la sorpresa de existir en el mundo, sorpresa acompañada de cierto temor a no haber existido, a que pudiera haber sido un tronco, o un diente de león, o la pata de una cabra… o un caracol. O incluso una piedra. A veces se me antoja que eso sucedió antes de la guerra y, por lo tanto, a lo largo de ese periodo, pero no lo tengo demasiado claro. En cualquier caso, el sentimiento de sorpresa no iba a abandonarme nunca, aunque no llegara a ser una obsesión. Me visitaría de varias formas, y yo reaccionaría de otras muchas. A veces desechándolo como un sinsentido, algo de lo que avergonzarse, como una deformidad. Y este interrogante me fascinaba: ¿por qué entran en mi mente ésos y no otros pensamientos, y quién los gobierna y los dirige?

Llegué a estar convencido de que mi alma —o, mejor dicho, mi conciencia— se encontraba cuatro o cinco centímetros por debajo de mi rostro, detrás de la nariz y un poco debajo de los ojos. No tengo ni idea de por qué. Debe de tratarse de una suerte de «prefilosofía», como ocurrió al principio de mi vida, cuando hubo un «prepensamiento», que también intenté revolver en la bolsa de mi memoria. Pero eso debía ocurrir por sí solo, ya que mi trabajo consistía únicamente en centrarme en el pasado, en tanto revolvía en la bolsa metafórica. No funcionó. Rememorando tanto lo que quería como lo que no, impuse simultáneamente un orden sobre lo recordado, un orden que me delataba, a mi yo de hoy, el llamado hombre de letras; esto es, un adulto inmerso en una de las profesiones menos serias y más molestas que pueden existir: un tremendo esfuerzo mental para aportar varios nombres altisonantes que nada significan, como «el laboratorio del escritor». Personalmente yo no tengo ese laboratorio, o en cualquier caso no me he dado cuenta. Pero cayera lo que cayera de mi bolsa de la memoria, se le daba de inmediato un rumbo, aunque fuera sutil. No hablo de deshonestidad ni de alteraciones voluntarias. No. Sino de algo espontáneo, inconsciente. Y no son excusas.

Únicamente ahora veo, a posteriori, cual detective tras las huellas de un crimen en el que se utilizaron juegos de manos para falsear el hecho incluso de que se hubiese modificado algo y se me señalase a mí, sólo ahora veo, digo, la flecha que apunta hacia mí a lo largo de un cuarto de siglo. Lo que aún es más extraño es que nunca pensé en mí como en un «escritor nato», que aquello era hocerat in votis. Sigo creyendo que no lo soy. En esa infancia y en la búsqueda desordenada que tras ella quedó, tuvo que haber muchos callejones sin salida. O tal vez no hubo caminos, sino pequeñas islas separadas entre sí en el espacio y en el tiempo; no un caos completo, pues al final siempre hay un hogar, una escuela, unos padres, o el hecho de que cuando era muy pequeño me pusiese una «rama verde» en la nariz y la llevara después, una rama más grande, en el propio uniforme de la escuela; por lo tanto existía un orden. Pero un orden en el que puedes ver, como en un tablero de ajedrez vacío, las casillas negras y blancas que van en vertical, en horizontal o en diagonal. Un ligero esfuerzo con la vista y das con la estructura que deseas. El tablero de ajedrez continúa siendo un tablero de ajedrez, y no ves más allá de lo que realmente hay —una alternancia de casillas en blanco y negro—, aunque la perspectiva y la orientación puedan cambiar de repente.

Algo parecido, creo, ocurrió con el tablero de ajedrez de la memoria aquí abierto. No le añadí nada, pero de entre todos los patrones posibles opté por uno. ¿Acaso es porque buscamos automáticamente un argumento vital, una lógica fundamental? ¿Con el fin de no reconocer que muchos de esos caminos se abandonaron y otras tantas oportunidades se desaprovecharon? ¿O tal vez queremos que todo tenga sentido, lo pasado y lo presente, aunque no lo tenga? Como si no pudiéramos vivir la vida sin analizarla. En el caso de los adultos, no aceptamos una existencia amorfa y vana. ¿Pero y los niños?

Desearía dejar hablar al niño, retroceder sin llegar a interferir, pero en vez de eso lo exploto, le robo, le vacío los bolsillos, sus notas, sus dibujos, para mostrar a los adultos qué promesas cumplió y cómo incluso sus defectos fueron virtudes en estado embrionario. Convertí mi robo en una atractiva señal de tráfico, casi en roda una autopista. Y por ello escribí otro libro, como si no hubiera sabido desde el principio, como si no hubiera sospechado que difícilmente hubiera podido ser de otra manera; que todos los intentos de componer los recuerdos según un estricto protocolo y sin comentarios son una mera ilusión. Comenté, interpreté, hablé demasiado. Y hablé de secretos y de juguetes que no eran míos —pues ya no tenía secretos ni juguetes—, y cavé una tumba para ese jovencito… y lo enterré. Una tumba meticulosa, precisa, como si hubiera escrito sobre alguien inventado, alguien que nunca vivió, cuya voluntad y designios podrían labrarse según las reglas de la estética. No jugué limpio. A un niño no se le trata así.


Capítulo Uno

¿RECUERDAS EL INVENTARIO DE COSAS MISTERIOSAS que los liliputienses encontraron en los bolsillos de Gulliver? Entre ellas había un peine que podía usarse de valla, un enorme reloj de bolsillo que emitía un molesto sonido a intervalos regulares, y muchos otros objetos de uso incierto. Una vez yo también fui liliputiense. El modo en que llegué a conocer a mi padre fue trepando sobre él cuando se recostaba en su butaca. De su traje de gala negro podía revolver sólo los bolsillos a los que tenía acceso. Su traje olía tanto a tabaco como a hospital. El bolsillo izquierdo de la chaqueta contenía un cilindro metálico que parecía un cartucho de caza mayor. El cilindro, al desenroscarse, mostraba una serie de embudos niquelados contenidos uno dentro de otro. Se trataba de espéculos. En el bolsillo contiguo encontré un lápiz. Tenía una arandela dorada. Al apretar con una fuerza mayor de la que podía, al hacer clic, aparecía más trozo del lápiz. En el bolsillo de la levita guardaba una caja de metal que se abría con un chasquido amenazador, poseía un forro de terciopelo que contenía una minúscula bala con un parche de gamuza desplegable al accionar un botoncito. Había también una cajita de plata con un broche en la tapa; y dentro, una pieza de plata unida a la base por una goma elástica, de color violeta oscuro. Si la tocabas te manchabas los dedos de tinta. En el otro bolsillo de la levita de mi padre había un espejo redondo con un agujero en el centro, roto, con banda elástica y hebilla. El espejo me hacía la cara enorme y convertía mi ojo en un estanque donde el iris flotaba como un enorme pez marrón, y mis pestañas se convertían en los juncos de la orilla. A lo ancho del chaleco había una cadena de oro anclada a un lado; aguantaba un reloj, también de oro, con tres compartimentos. El reloj tenía números romanos y una pequeña manecilla segundera. Yo no era capaz, pese a intentarlo una y otra vez, de lograr abrir la tapa, bajo la que habitaban unas ruedecillas con ojos de rubí que brillaban en su movimiento.

Así, tan de cerca, llegué a conocer a mi padre. Vestía camisas blancas a rayas negras muy finas, los puños de las mangas de la camisa abrochados por finos gemelos, y un cuello rígido sujeto con botones. Encontré muchos de esos cuellos viejos en nuestros cajones de la ropa sucia. Disfrutaba tocándolos; esa mezcla de rigidez y flexibilidad me daba el vago indicio de que algo útil e interesante se podía obtener de ellos. La corbata de mi padre era de textura suave y de color negro; parecía un fajín y se la ataba a la inglesa, como una bufanda. Su sombrero tenía una ancha ala blanda y una banda de goma que lo mantenía rígido, y con la que obtenía unos crujiditos perfectos. Por la casa había un par de bastones. De los dos, uno solía perderse; eran piezas ordinarias, pero mi tío tenía uno especialmente interesante, con un mango de placa en forma de cabeza de caballo. Una persona muy mayor, que se movía con mucha dificultad y que nos visitaba a veces, usaba también otro tipo de bastón, uno con un pomo de marfil. No conseguí nunca fijarme demasiado, pues cuando venía yo me escondía aterrorizado por su forma de respirar. Nunca me di cuenta de que no trataba de asustarme. Era algún tío o pariente lejano, aunque a mí nunca me lo pareciera.

Vivíamos en el segundo piso del número cuatro de la calle Brajerska. Mi padre y yo paseábamos por el Jardín de los Jesuitas o por la avenida Mickiewicz en dirección a la iglesia ortodoxa de San Jur. No sé por qué llevaba bastón mi padre si nunca se apoyaba en él. En las mañanas de invierno, cuando había demasiada nieve en el jardín, deambulábamos arriba y abajo por la calle Marszalkowska frente a la Universidad de Jan Casimir, y yo estiraba el cuello para clavar los ojos sobre las enormes figuras de piedra semidesnudas tocadas con curiosos sombreros también de piedra. Inmóviles, interpretaban tareas misteriosas: una sentada; otra aguantando un libro abierto apoyado sobre las rodillas desnudas. Estirar constantemente el cuello resultaba agotador, por lo que sobre todo contemplaba las cosas que pasaban a la altura de la rodilla de mi padre. Una vez me percaté de que él no calzaba los habituales zapatos de cordones, sino otros muy distintos, unos zapatos finos y sin cordones. Las polainas, que siempre llevaba, también habían desaparecido. Le pregunté sorprendido: «¿De dónde has sacado estos zapatos tan extraños?». Y me llegó una voz desde arriba: «¡Qué grosería!». No era mi padre, sino un completo desconocido al que me había arrimado sin saber cómo. Mi padre caminaba una docena de pasos por detrás. Yo estaba aterrorizado. Debió de ser una experiencia inusual y del todo desagradable para que la recuerde tan bien.

El Jardín de los Jesuitas no era especialmente grande y, sin embargo, una vez me las apañé para perderme. Aunque eso ocurrió hace mucho tiempo, y siendo yo tan niño no estoy seguro de recordar el suceso o de haberlo oído en boca de alguien.

Entre unos altos arbustos, tal vez avellanos, pues tenían ramas rojizas, había un enorme barril lleno de agua. Hace treinta años lo utilicé en un relato, «El jardín de la oscuridad». Con todo, el Jardín de los Jesuitas no me atraía en absoluto comparado con el Parque Stryjski, porque tenía un pequeño lago en forma de ocho, y a la derecha del Parque había un camino que llevaba al fin del mundo. Era tal vez porque nadie se había aventurado por él, no lo sé. O tal vez porque alguien me lo dijera, a menos de que me lo inventara yo mismo y me lo creyera. El Parque Stryjski tenía una complicada topografía y además estaba asombrosamente cerca de los campos de exposiciones del Este. En invierno y en verano, el parque estaba presidido por la Torre Baczewski, una estructura rectangular cuyas paredes estaban decoradas con botellas coloreadas. Yo pregunté si aquellas botellas estaban llenas de licor de verdad o sólo con colorante, pero nadie parecía saberlo.

Solíamos ir al Parque Stryjski en droshky, y al Jardín de los Jesuitas a pie, aunque era una pena porque delante de la Universidad la carretera estaba pavimentada con traviesas de madera especiales que, bajo los cascos de los caballos, producían un sonido como si por debajo se abriera un gran espacio hueco. No es que no disfrutara caminando por el Jardín de los Jesuitas. En la entrada permanecía sentado un hombre con una rueda de la fortuna. Algunas veces me las arreglaba para ganar una pitillera con cintas amarillas en su interior que mantenían alineados los cigarrillos, pero casi siempre ganaba un espejo de bolsillo de doble cara. Había también carros de helados, pero no me dejaban comer ninguno. Cuando me hice un poco más mayor buscaba a Anusia, una dulce viejecita no mucho más alta que yo. Llevaba gafas con montura de alambre y un cesto con rosquillas. Costaban cinco groszy dos rosquillas, y mis preferidas, las duras, un billete de cinco cada una. Por algún motivo una moneda de diez groszy se llamaba «una de seis», y eso era mucho dinero.

Desde el Jardín de los Jesuitas podíamos ir directos hacia casa, o bien pasar por la plaza Smolka, con la estatua de Smolka en el centro, para hacer una parada en Orenstein y comprar fruta o una lata de compota de cerezas, un festín excepcional. En el escaparate de Orenstein siempre había pirámides de atractivas manzanas rojas, naranjas y plátanos con etiquetas ovaladas en las que ponía FYFFES. Recuerdo la palabra pero no tengo ni idea de qué significaba. Un poco más allá, donde comenzaba la calle Jagiellonska, se encontraba el cine Marysienka, un lugar que me desagradaba enormemente, pues allí me llevaba mi madre cuando ya no sabía qué hacer conmigo. No entendía qué ocurría en la pantalla y me aburría de lo lindo. A veces me deslizaba bajo mi asiento, lentamente hasta el suelo frío, y a gatas exploraba entre los pies de la gente, aunque eso también no tardó en aburrirme. Tenía que volver a sentarme y esperar a que la película terminara. Los hombres y las mujeres de la pantalla abrían y cerraban la boca sin sonido, mientras el músico tocaba. Primero fue un piano y después un gramófono, creo.

Pero vayamos a casa desde el Jardín. Desde la plaza Smolka coges por Podlewski, una calle sin interés, y luego dos calles estrechitas, Chopin y Moniuszko, en las que el fuerte aroma de café tostado te advierte de que nuestra casa está allá al lado. La puerta de hierro era negra y sólida, y luego venían los peldaños de piedra. No se me permitía usar la escalera de atrás de la cocina, que era de caracol y que producía un ruido metálico en el vacío cuando subías por ella. Había algo que me atraía hacia esa escalera; tal vez porque se rumoreaba que había ratas en el patio por el que había que cruzar para llegar allí. Y era cierto. Una rata hizo acto de presencia en nuestra cocina. Yo tenía diez o doce años por entonces. Algo espantoso: cuando fui tras ella con un atizador, el animal saltó sobre mi pecho. Me escabullí y ya no sé qué hizo la rata luego.

Vivíamos en seis habitaciones y, pese a tanto espacio, yo no tenía el mío propio. Junto a la cocina había un cuarto con un baño tras una puerta pintada del mismo color que la pared, un viejo sofá, un armario feote, y debajo de la ventana había un refundido con un aparador que mi madre utilizaba de despensa. Luego venía un hall, la puerta de entrada al comedor, el estudio de mi padre y la habitación de mis padres. Unas puertas especiales llevaban a la zona fuera de nuestros límites, que estaban marcados por la sala de espera de los pacientes y el consultorio de mi padre. En nuestro piso yo no tenía un espacio fijo, pero los ocupaba todos cualesquiera que fueran. Primero dormí con mis padres y luego en un sofá en el comedor. Intenté establecerme en un solo lugar de forma permanente, pero por alguna razón nunca funcionó. Cuando hacía calor, ocupaba el pequeño balcón hormigonado del estudio de mi padre. Desde esa base podía atacar a los edificios cercanos, pues sus humeantes chimeneas se convertían para mí en acorazados enemigos. También me gustaba ser Robinsón, o más bien ser yo mismo en una isla desierta.

Hasta donde mi memoria alcanza, lo que más me interesaba era la comida, y así mi mayor inquietud como náufrago era asegurarme el sustento: barquillos de papel rellenos de maíz o alubias, y cuando era la temporada, cerezas, cuyos huesos hacían las veces de munición para armas pequeñas o simplemente para estrujarlas entre los dedos. A veces me reabastecía de suministros con granos de café o con sobras de los postres que había robado de la mesa. Me rodeaba de platos, bolsas y barquillos, y emprendía la difícil y peligrosa vida de un ermitaño; de un pecador e incluso de un criminal. Tenía mucho sobre lo que reflexionar y deliberar.

En el comedor, aprendí a forzar el cajón del medio en el aparador de mi madre, allí donde guardaba los pasteles y las tartas; sacaba el cajón más grande y con un cuchillo recortaba una fina tira del contorno del pastel, con lo cual nadie notaba que había menguado. Luego lo juntaba todo y me comía los pedazos, lamiendo cuidadosamente el cuchillo hasta dejarlo limpio, para no dejar rastro.

A veces la precaución forcejeaba con el deseo en mi interior al pensar en las frutas confitadas que el panadero utilizaba para embellecer sus creaciones. Más de una vez no pude controlarme y robé la corteza de la naranja confitada, del limón y del melón que tan deliciosamente rechinaban entre mis dientes. Así era cómo dejaba un rastro imposible de ocultar. Más adelante me atendría a las consecuencias de mis actos con una mezcla de desesperación y estoica resignación.

Los testigos de mis aventuras en el balcón eran un par de adelfas que ocupaban grandes macetas de madera, una blanca y otra rosa. Vivía con ellas en términos de neutralidad; su presencia ni me agradaba ni me preocupaba. En el interior también había plantas, atrofiadas y distantes parientes de la flora del Sur: una oxidada palmera que se mantenía agonizante, pero que no se daba por vencida fácilmente; un filodendro con brillantes hojas, y un pino espigado, o tal vez fuera un abeto, que una vez al año producía unos brotes de fragantes y frescas agujas de tono verde pálido.

En la habitación había dos cosas que alimentaban mis fantasías más precoces: el techo y el gran baúl de hierro. Acostado de espaldas cuando era muy pequeño, podía contemplar el techo, su moldura de yeso de hojas de roble y, entre las hojas, los bultos de las bellotas. Cuando me dejaba llevar por el sueño, pensaba en esas bellotas. Ocupaban un lugar importante en mi vida mental. Quería cogerlas, pero no de verdad; como si entendiera, incluso a esa edad, que la intensidad de un deseo es más importante que su culminación. Parte de ese misticismo infantil pasó al plano de lo real y las bellotas normales y el quitarles las cáscaras me pareció durante años algo portentoso, como una suerte de transformación. Mi intento de explicar la importancia que para mí tenían fue probablemente en vano.

En la cama donde dormía habían muerto mis abuelos. Fue el abuelo quien nos dejó el baúl de hierro. Era un objeto grande, pesado, inútil, una de esas arcas familiares de una época en la que no existían los ladrones de cajas fuertes profesionales, cuando los ladrones no usaban nada más sofisticado que un mazo o una palanca. El baúl, colocado siempre contra la puerta, entre el dormitorio de mis padres y la salita de espera, tenía unas asas flexibles, una tapa plana con flores labradas, y en el centro una pieza cuadrada que, si se apretaba correctamente en el lateral, se abría para dejar a la vista el ojo de la cerradura. Tal mecanismo podría sonar hoy conmovedoramente naif, pero por aquel entonces se creía que el arca negra era una verdadera obra de arte de todo un maestro artesano. La llave me sobrecogía. Era tan grande como mi antebrazo. Tuve que esperar largo tiempo, impaciente, y crecer un poco para, usando las dos manos y valiéndome de un esfuerzo sobrehumano, ser capaz de girar esa llave en su cerradura.

Obviamente era consciente de que no había ningún tesoro en el baúl. Lo que sí había en el fondo eran algunos periódicos amarillentos, documentos y una caja de madera repleta de magníficos billetes de mil marcos. Jugué con ese dinero y también con los radiantes billetes de cien rublos de color azul, que eran aún más bellos que los marcos, cuyo color parduzco se asemejaba más a un deslucido marrón del papel de pared. En torno al dinero existía una historia incomprensible, algo que repentinamente le arrebataba su poder verdadero. Si no me hubieran dejado revolver los billetes a mi antojo, hubiese creído que parte de su poder —avalado por las cifras, los sellos, las marcas de agua, y los retratos ovales de hombres con coronas y barbas— seguía latente y sólo dormitaba. Sin embargo, al permitírseme jugar con ellos, los despreciaba, tal y como despreciamos algo espléndido que se nos revela como falso. Así, yo no podía confiar en esos billetes para emocionarme, sino que únicamente confiaba en lo que pudiera ocurrir dentro del oscuro baúl cuando permanecía mucho tiempo cerrado; y permanecía casi siempre cerrado, con mi autorización silenciosa, que, claro está, nadie me había solicitado. Sí, en ese interior oscuro podía ocurrir algo. Por eso el hecho de abrir el baúl era un asunto de mucho peso; también literalmente, en vista del tremendo peso de la tapa. De los tres lados salían barras largas, y había que elevarlas y aguantarlas con una serie de palancas especiales; de otra manera, me dijeron, y así lo creía yo, la tapa al caer podía llegar a aplastar una cabeza. Eso era lo que se podía esperar de un baúl así. No era ni bonito ni interesante; era un objeto triste y desangelado; no obstante, confié durante mucho tiempo en su fuerza interior. Tenía una hilera de huecos en el fondo, por lo que el baúl podía fijarse con pernos al suelo; una gran idea. Pero no había pestillos, ni tampoco eran necesarios. Con los años, el baúl se cubrió con una vieja alfombra y así quedó reducido al nivel de los muebles del menaje de la casa. Humillado de tal manera, ya no era importante. Una vez quise mostrarle la llave a uno de mis amigos: podía haber sido la llave de las puercas de la ciudad, pero la llave se había perdido en alguna parte.

Más allá de la habitación estaba el estudio de mi padre, con una gran estantería para libros de puertas acristaladas, grandes butacas de cuero y una mesita redonda con unas curiosas patas parecidas a cariátides, pues cada una estaba coronada por una cabecita de metal. Desde el fondo, los pequeños pies descalzos, también metálicos, sobresalían de la madera como si surgieran de un ataúd. Sin embargo, no me parecía en nada una mesa grotesca, pues yo era demasiado joven como para hacer tales asociaciones. Sistemáticamente procedía a escoplear con una gubia todas las cabezas, una tras otra, y descubría que eran de bronce hueco. Cuando intentaba colocarlas de nuevo, se iban venciendo a cada movimiento de la mesa.

El escritorio de mi padre, cubierto con una tela verde, estaba contra la pared y permanecía cerrado con llave, porque guardaba dinero, dinero del de verdad. En algunas raras ocasiones el escritorio podía almacenar tesoros más valiosos, más valiosos desde mi punto de vista: una caja de chocolates Lardelli traída directamente desde Varsovia, o una caja de frutas confitadas. Mi padre tenía que pelearse con un manojo de llaves antes de que uno de esos bocados, racionados como medicamentos, apareciera por fin ante mis ojos. Llegó un momento en que me debatí entre dos deseos opuestos: podía consumir de inmediato las exquisiteces o prolongar en lo posible el deseo, aunque generalmente me lo comía todo de inmediato.

También bajo llave y en el escritorio se guardaban dos objetos muy valiosos. Uno era un pajarito de cuerda metido en una caja de nácar. Decían que procedía de la Feria del Este, donde había estado expuesto, y que nunca había estado a la venta. Cuando mi padre vio cómo se abría la tapa de perlas accionando una llave en miniatura que mostraba otra tapa con un tablero de damas dorado, y cuando vio cómo saltaba desde allí un pajarillo más pequeño que una uña, tornasolado, que batía sus alas golpeando con el pico y con los ojos centelleando se pavoneaba en círculos y cantaba, desplegó todo un arsenal de estratagemas y artimañas para finalmente adquirir esa joya por una suma astronómica. Guardaron el pájaro y pocas veces lo ponían en marcha, así que yo no podía ni tocarlo, pues eso casi seguro hubiera significado el final de esa cosita. Aunque lo adoraba y lo admiraba, al igual que mi padre, yo no podía controlarme. Desde hacía un tiempo había otro pájaro en el escritorio, uno más basto, del tamaño de un gorrión, de cuerda, sin habilidades musicales pero que picoteaba la mesa vigorosamente cuando lo ponías sobre ella. Persuadí a mi padre para que me lo dejara un buen rato, lo cual representó el final de sus días.

Había también algunos adornos en el escritorio de mi padre. Lo que mejor recuerdo eran los anteojos, del tamaño de una cerilla, con monturas doradas de alambre y lentes de rubí, en un estuche dorado. Los adornos menos valiosos se guardaban en la caja de cristal del comedor. Eran fruto del arte de la miniatura: una mesa con tablero de ajedrez con las piezas fijas en sus casillas a perpetuidad, un gallinero con sus gallinas, un violín (del que arranqué las cuerdas), así como una gran variedad de piezas de marfil, muebles, y un huevo que se abría para mostrar un grupo de figuras empaquetadas. Y un pez de plata hecho con piezas articuladas que le permitían moverse, y butacas de bronce, cada asiento del tamaño de la yema de un dedo, tapizadas con el más fino raso. De alguna manera —no sé cómo—, la mayoría de esos objetos sobrevivieron a la etapa de mi niñez.

En el estudio de mi padre había unos sillones viejos y grandes, y las estrechas pero profundas hendiduras entre los cojines y el respaldo fueron acumulando poco a poco una gran cantidad de objetos: monedas, una lima de uñas, una cuchara, un peine. Yo me esmeraba, tensaba los dedos y los muelles de las sillas, que vibraban como en una protesta dolorosa, a fin de recuperarlos, respirando el aroma de la cola y el cuero viejo. Con todo, no eran esos objetos lo que me espoleaba, sino que más bien era la vaga esperanza de encontrar objetos —inventados— completamente diferentes y que tuvieran cualidades inexplicables. Por eso tenía que quedarme solo, con el sosiego de mi enfado, empezar a ocuparme de esos objetos indolentes que se oscurecían con el paso del tiempo. El hecho de que no obtuviera nada más que cosas ordinarias no llegó a enfriar mi ardor.

Y aquí debería advertir al lector acerca de los principios básicos de la mitología que les apliqué. Creía, secretamente, que los objetos inanimados no eran menos falibles que las personas. También tenían sus momentos de descuido. Y al tener la paciencia suficiente se podía llegar a sorprenderlos, obligándolos a multiplicarse, entre otras cosas. Porque, por ejemplo, un cortaplumas guardado en un cajón puede olvidar a qué lugar pertenece, y uno podría llegar a encontrarlo en un sitio del todo distinto, como en un estante, entre libros. El cortaplumas, incapaz de regresar a tiempo a su cajón, no tendría más remedio en esa situación que duplicarse, por lo que habría dos iguales. Yo creía que los objetos inanimados estaban sujetos a la lógica y tenían que seguir unas reglas definidas, y que quien fuera conocedor de tales reglas podría controlar todo el asunto. De un modo hermético y casi reflexivo me aferré a esas creencias durante años, y aún hoy no estoy del todo libre de ellas.

Como la biblioteca estaba cerrada, me fascinaba. Contenía los libros de medicina de mi padre, los atlas anatómicos, y gracias a su despiste, podía informarme de un modo sistemático y minucioso acerca de las diferencias entre los sexos. Sin embargo, cosa curiosa, me impresionaban mucho más los volúmenes de osteología. Las láminas rojas como la sangre o de ladrillo rojo mostraban a hombres despellejados como la carne cruda que tanto me asqueaba; los esqueletos, en cambio, eran algo limpio. No sé qué edad tendría cuando por primera vez hojeé los negros y pesados tomos in cuarto con sus dibujos amarillos de calaveras, costillas, pelvis y espinillas. En cualquier caso, no me asustaban esos cuerpos, pero tampoco estudiarlos me aportaba ningún sublime placer; era como recorrer un catálogo de piezas del juego de construcción Erector, en el que primero vemos los ejes individuales, las palancas y las ruedas, y luego, en las páginas siguientes, las construcciones que pueden hacerse. Es posible que dichos atlas osteológicos despertaran en mí un interés por construir cosas, que no se dejaría ver hasta más tarde. Hojeé concienzudamente esos libros, y aún hoy recuerdo algunas de sus ilustraciones, los huesos de los pies, por ejemplo, atados por ligamentos y coloreados en azul celeste, probablemente para contrastar.

Como mi padre era otorrinolaringólogo, la mayoría de los gruesos volúmenes de su biblioteca eran obras sobre enfermedades de los oídos, nariz y garganta. Secretamente consideraba esos órganos y sus afecciones de poca importancia, un prejuicio del que hasta hace poco no he sido consciente. De entre la colección destacaba la monumental obra en doce volúmenes en alemán Handbuch, sobre otorrinolaringología. Cada volumen contaba con no menos de mil resplandecientes páginas. En ellas podía observar las cabezas laminadas en distintas secciones y de innumerables maneras, la mecánica completa dibujada y coloreada con extrema precisión. Me encantaban sobre todo los dibujos del cerebro, cuyas distintas espirales se desglosaban vistosamente en los colores del arco iris. Años después, cuando vi en un laboratorio de anatomía un cerebro de verdad por vez primera, me quedé sorprendido (aunque por supuesto ya sabía qué era), al ver una cosa tan deslustrada.

Dado que esas sesiones de anatomía estaban prohibidas, tuve que planearlas con sumo cuidado. Esa preparación estratégica no es en absoluto un privilegio de adultos. Me sentaba como un jinete en el gran brazo chirriante de la butaca de cuero, parapetado por la puerta junto a las cristaleras de la biblioteca, con lo que me daba tiempo a dejar el libro en su sitio rápidamente. Apoyaba el libro contra el respaldo de la silla y en esa posición continuaba mi estudio. Es curioso lo que pensaba en aquellos días. Estaba fascinado por la pureza y la precisión de las ilustraciones. De nuevo, llegaría la decepción años más tarde, cuando siendo estudiante de medicina me di cuenta de que lo que había visto en el estudio de mi padre eran únicamente idealizaciones, y sentí que no existía ninguna conexión entre lo que había visto en los libros y mi propio cuerpo. No había nada inquietante en esas láminas; tal vez por ser conceptos físicos, divisiones del cuerpo, una exhaustiva integridad, que mostraba no sólo detalles anatómicos sino los dedos y garfios empleados para dividir la piel desollada a fin de lograr una mejor observación. También había otros libros con ilustraciones realmente espantosas, aunque demasiado espantosas como para que me asustaran. Eran ilustraciones de heridas del rostro, infligidas durante la guerra: rostros sin nariz, sin mandíbula, sin lóbulos ni cuencas, y hasta caras sin rostro, sólo un par de ojos entre cicatrices con expresiones que nada me sugerían, pues no tenía con qué compararlas. Podría haber temblado un poco, pero sólo de la misma manera en que se tiembla cuando te narran un cuento de hadas. En los cuentos de hadas ocurren cosas terribles. De hecho, se espera que ocurran, y ponerse a temblar se convierte en algo deseado y placentero. Había muchas cosas raras en esos libros: extremidades ortopédicas, narices postizas enganchadas a los anteojos, orejas artificiales en tiras de piel, máscaras sonrientes, e ingeniosos tapones para rellenar agujeros en las mejillas, y dentaduras y paladares falsos. Todo eso se me antojaba una mascarada, un juego de mayores difícil de entender, como tantos otros de sus juegos, pero que no contenía nada malo ni nada de lo que avergonzarse. Sólo había una cosa que me inquietaba, y no era ningún libro. Estaba en un estante frente a una columna vertebral dorada de pesados tomos. Era un hueso temporal extraído por cirugía del oído medio, mediante mastoidectomía. Sólo sabía que se trataba de un hueso, similar en peso y en tacto a los huesos que solía encontrarme en el fondo del plato de mi sopa, pero éste descansaba en el estante, como si estuviera colocado allí conscientemente, y me alarmaba un poco. Tenía un olor definido, sobre todo a polvo y a libro viejo, aunque con un hálito de algo más, algo dulzón, podrido. A veces lo olfateaba mucho rato para averiguar de qué se trataba, como si el olfato fuera el sentido que me guiara. Luego, finalmente, sentía cierta repugnancia y devolvía el hueso a su lugar, asegurándome de que quedaba exactamente en su sitio.

Los anaqueles inferiores estaban repletos de pilas de libros franceses en rústica, deshilachados, descosidos y sin cubiertas, además de algunas revistas; una llamada Uhu, editada en alemán. El hecho de que pudiera leer los títulos no ayuda a establecer la datación de ese recuerdo, pues yo aprendí a leer a los cuatro años. Podía hojear una de aquellas desastradas novelas francesas porque estaban ilustradas con entretenidas imágenes fin de siècle. Seguro que los textos debían de ser subidos de tono, aunque esto sea una conclusión que saco hoy, una reconstrucción basada en recuerdos a medias borrados por el paso del tiempo.

En algunas páginas había damas en elegantes y decorosas poses, si bien en las hojas siguientes la dignidad se veía reemplazada rápidamente por la lencería de encaje, o por un hombre que escapaba por una ventana perdiendo los pantalones mientras las damas, enfundadas en largas medias negras y sin más prendas, corrían por la estancia.

Ahora veo que la proximidad de esos dos tipos de libros era peculiar, tanto como el modo en que los hojeaba, subido a horcajadas sobre el sillón y sin importarme nada. Me sentía seguro mirando desde esqueletos hasta absurdidades eróticas. Yo lo aceptaba todo, como quien acepta las nubes y los árboles. Iba aprendiendo del mundo, acostumbrándome a él, y en él no encontraba nada disonante.

En el estante más bajo había un tubo de metal, más ancho en uno de sus extremos. Contenía un pergamino de una rigidez poco normal, un papel amarillento. Fijado al rollo había una cuerda negra y amarilla retorcida que terminaba en un frasquito plano que contenía algo parecido a un diminuto lacre rojo brillante con letras en altorelieve. Era el diploma de medicina de mi padre, en pergamino, y empezaba con estas enormes y altisonantes palabras: Summis Auspiciis Imperatoris Ac Regis Francisi Iosephi. El diminuto lacre —al que cautelosamente intenté hincarle el diente un par de veces, pero no más, porque no tenía buen sabor— era el sello imponente y de cera de la Universidad de Lvov. Supe que el tubo contenía un diploma porque mi padre me lo contó, aunque no tenía ni idea de qué era un diploma. También se me dijo que no lo sacara del tubo, y que ese pergamino estaba hecho de cuero de asno, cosa que no creí. Más tarde fui capaz de leer algunas palabras, aunque no entendía nada. Fue sólo durante mi primer año en el instituto, creo, cuando pude darle sentido a esos grandilocuentes términos.

Este ejemplo del diploma ilustra el proceso de actualización repetida de nuestro conocimiento de objetos y fenómenos. Fui gradualmente pasando niveles, y aprendiendo así la versión siguiente de la cosa, en lo cual no había nada destacable. Eso lo sabe todo el mundo. Todos aprendemos la primera versión de la cigüeña y luego la explicación más realista de nuestra propia génesis. El caso es que todas las primeras versiones, incluso aquellas que resultan manifiestamente falsas, no se descartan por completo. Algo de ellas perdura en nosotros; van engranándose con sucesivas versiones y, de algún modo, continúan existiendo, pero eso no es todo. Así —y pongamos como ejemplo el caso del diploma de mi padre—, no es difícil determinar cuál es la versión correcta, la que cuenta. La clave es la experiencia. La experiencia tiene su peso, su autoridad, y no admite argumentos y sólo depende de sí misma. Y en ese punto se halla el problema, pues el único guardián y garante de la autenticidad de la experiencia es la memoria. Cierto, podríamos decir que existen experiencias «dudosas», como en el caso de mis fantasías sobre el baúl negro de hierro. Pero no siempre es posible emitir un juicio tan categórico.

Junto a la estantería de mi padre había una fila de libros estrechamente apilados que yo había dejado de lado, puesto que no estaban ilustrados. Recuerdo el color y el peso de alguno, pero nada más. Ahora no sé lo qué daría por saber qué guardaba allí mi padre, qué leía, porque la biblioteca desapareció por completo en el caos de la guerra, como tantas otras cosas que más adelante ocurrirían y por las que nunca pregunté. Y así la versión del niño —primitiva, falsa, y que, de hecho, no era ni siquiera una versión—perduró como la versión final, una versión que hace referencia no sólo a aquellos libros, sino a una multitud de cosas, algunas sensacionales, que iban jugueteando en mi cabeza. Cualquier intento de reconstruirlas, usando la lógica y las conjeturas, se convierte en una empresa arriesgada, tal vez en meras fantasías que, además, no están estructuradas en un niño. Por eso creo que no vale la pena hacerlo.

Como decía antes, el comedor contenía, además del habitual juego de sillas y la mesa que se abría cuando éramos muchos, un armario importante, el refugio de los postres, con el anaquel en donde mi madre guardaba los «licorillos», su especialidad. Junto a la ventana había una alfombra mullida sobre la que me encantaba revolcarme cuando leía, esta vez, mis propios libros. Pero como el acto de la lectura era demasiado pasivo, demasiado simple, apoyaba una pata de una silla en mi pantorrilla o en la rodilla o en el pie, y con pequeños movimientos la mantenía al límite del equilibrio. En ocasiones tenía que parar a media oración para atraparla y evitar así el ruido que sin duda habría llamado la atención de mi familia, cosa que no me convenía en absoluto. Pero ahora me estoy adelantando, cosa que suele ser un problema cuando uno se enfrenta a este tipo de recuerdos….

Hasta donde logro recordar, caía enfermo a menudo. Varias gripes y anginas me obligaron a guardar cama, y por lo general se trataba de momentos privilegiados. El mundo entero giraba a mi alrededor y mi padre investigaba los pormenores de mi estado de salud, y se establecían entre nosotros ciertos códigos y signos para describir cómo estaba, de una precisión increíble, hasta alcanzar grados infinitesimales en una escala que no existía. Se me aplicaban diferentes tratamientos, algunos de los cuales no eran precisamente agradables, como beber leche caliente con mantequilla. Sin embargo las inhalaciones de vapor resultaban un gran entretenimiento. Traían primero una gran palangana llena de agua caliente, y mi padre le añadía un líquido oleoso de una botella con un tapón roído. Luego se iba a la cocina, donde había calentado previamente una marmita de hierro fundido sobre las llamas. La traía al rojo vivo con un par de pinzas y la colocaba sobre la palangana. Mi tarea consistía en inhalar el vapor aromático. Era un espectáculo maravilloso, la furia del agua hirviendo, el silbido del hierro encendido en un color cereza, y los copos ennegrecidos que descendían, y además yo hacía flotar cosas en el barreño, objetos que tenía, como un patito de juguete o un estuche de madera para plumas. Supongo que nunca fingí el dolor que no sentía. Debió de existir la tentación de hacerlo, pues mi padre no me negaba nada cuando yo enfermaba. El pájaro de la caja de nácar cantaba para mí, y me dejaban jugar con los anteojos dorados con lentes de rubí. Y cuando mi padre volvía a casa del hospital, traía «paquetitos» repletos de juguetes. Realmente sacaba provecho de la enfermedad. Gracias a un dolor de garganta tuve una gran limusina de madera lo suficientemente grande como para ir sentado a horcajadas sobre su techo. Está claro que hubo otras enfermedades, como la de la piedra en la vejiga; los regalos y juegos en esa ocasión no compensaron el dolor y la fiebre que padecí. Comoquiera que sea, de un modo u otro siempre recobraba la salud.

Cuando estaba bien, podía pasar mucho tiempo a mi aire. Exploraba nuestro piso a cuatro patas, porque al sentirme animal mi sentido del olfato se agudizaba. Tan seriamente me tomaba esa encarnación animal que desarrollé unos ásperos callos en las rodillas, que conservé hasta mis últimos cursos en la escuela primaria.

Y ahora es el momento de hablar de mi lado más vil. Destrocé todos mis juguetes. Posiblemente la acción más patética fue la destrucción de mi querida cajita de música de madera reluciente, la que debajo de una tapa de cristal escondía unas ruedecillas doradas que hacían girar un cilindro de latón que emitía una música cristalina. No disfruté mucho tiempo de esa maravilla. Me levanté en medio de la noche, aparentemente decidido, porque no tuve vacilación alguna, levanté la tapa de cristal, e hice pis sobre la maquinaria. No fui capaz luego de explicar, ante la alarma de mi familia, qué había motivado un acto tan nihilista. Estoy convencido de que un psicólogo freudiano me hubiera etiquetado con la terminología apropiada. En cualquier caso, me lamenté frente al silencio de esa caja de música con la misma sinceridad con la que muchos secuestradores homicidas se lamentan ante su última víctima asesinada.

Desgraciadamente no fue un incidente aislado. Tenía un pequeño muñeco, un molinero que al darle cuerda acarreaba un saco de harina por una escalera hasta una despensa, y bajaba por otra, cargando, y así sucesivamente, sin descanso, pues los sacos que dejaba en la despensa regresaban de vuelta al pie de la escalera. Y otro muñeco con una escafandra dentro de una jarra precintada con caucho. Si la presionabas, enviabas al buzo al fondo. Tenía pájaros que picoteaban, carruseles que giraban, coches de carreras, muñecos que daban saltos mortales, y yo lo destrozaba todo, sin piedad, sacando las ruedas y los muelles y desmontándolo todo. Aunque para mi linterna mágica de la marca Pathé, esmaltada con el gallo francés, necesité un gran martillo, sus duras lentes resistieron los porrazos durante mucho tiempo. En mi interior habitaba un demonio de destrucción, irreflexivo y repulsivo. No sé de dónde salió ni qué fue de él más tarde.

Cuando fui algo más mayor, pero sólo un poco, ya no me atreví a coger instrumentos de destrucción y a utilizarlos —sencillamente, con inocencia infantil— porque, aparentemente, había perdido esa inocencia. Entonces buscaba varios pretextos. Por ejemplo, que algo en el interior necesitaba fijarse, ajustarse, repararse. Argumentos de poco peso, dado que no sabía cómo arreglar nada. Ni siquiera hacía el esfuerzo. Y aun así me sentía con el derecho a hacer lo que hacía, y cuando mi madre una vez me regañó por intentar clavar mi tren de juguete con clavos y martillo en el aparador del comedor, estuve largo tiempo resentido. Sólo Wicus, un peripuesto muñeco relleno de serrín y con el cabello pelirrojo, quedaba libre de la esfera de la destrucción total. Le hice trajes y zapatos, y luego el muñeco quedó tirado por ahí, seguramente hasta que llegó la guerra. Una vez, con las prisas de una urgencia irresistible, empecé a destrozarlo, pero paré de golpe y realicé una sutura en el agujero que le había practicado en el estómago, o quizás le cosí una mano amputada, ya no lo recuerdo. Con él mantuve largas conversaciones, pero nunca hablamos de aquel episodio.

Al no tener una habitación para mí, iba de cuarto en cuarto, y entretanto, poco a poco, iba creciendo sin parar. Pegaba golosinas a medio comer bajo la mesa, que con los años crearon verdaderas formaciones geológicas de azúcar. Con los trajes de mi padre, que sacaba a tirones del ropero, construía maniquíes sobre los sofás y las sillas, rellenando las mangas con rollos de papel y completando el cuerpo con lo que tuviera a mano. En la temporada de castañas, intenté hacer algo con esas cositas tan bellas. Me gustaban tanto que nunca tenía suficientes. Incluso cuando rebosaban de mis bolsillos, me metía más en los calzones. Con todo, averigüé que la castaña, privada de su libertad y encerrada en una caja, perdía rápidamente su maravilloso brillo y se apagaba, se deslucía, se arrugaba. Yo había destrozado tantos caleidoscopios que hubiera podido abastecer a todo un orfanato, aunque sabía que sólo contenían un puñado de pedazos de cristal coloreados. Al atardecer me gustaba quedarme en el balcón y contemplar cómo la sombría calle cobraba vida con las luces. El farolero, como caído del cielo, aparecía silencioso, se detenía un segundo bajo cada farola, alzando su caña, y en un instante una tímida luciérnaga brillaba con luz azulada. Durante un tiempo quise ser farolero.

De los dos poderes, de las dos categorías que se adueñan de nosotros cuando entramos en el mundo (¿desde dónde?), el espacio es con mucho el menos misterioso. Experimenta también transformaciones, aunque su naturaleza es bien simple: cualquier espacio se contrae con el paso de los años. Por eso es por lo que las dimensiones de nuestro piso fueron menguando lentamente, como ocurrió con el Jardín de los Jesuitas, y con el estadio del instituto de Karol Szajnocha II, al que fui desde los ocho años. Es cierto que me fue fácil pasar por alto esos cambios, pues simultáneamente yo iba creciendo de una forma más activa e independiente, e iba aventurándome por la ciudad de Lvov cada vez con mayor atrevimiento. El territorio que me era familiar quedaba oculto por una serie de aventuras en un campo de acción cada vez más creciente. Es así cómo uno no llega a tener conciencia hasta más adelante de la reducción que se ha producido.

A fin de cuentas, el espacio es sólido, monolítico; no contiene trampas ni peligros. Por otra parte, el tiempo es un demento hostil, verdaderamente traicionero, e incluso diría que va contra la naturaleza humana. Primero tuve grandes dificultades, durante años, con conceptos como «mañana» y «ayer». Confieso —y eso no lo ha sabido nadie— que durante mucho tiempo situé a ambos en el espacio. Pensaba que el mañana estaba por encima del tejado, como si estuviera en la siguiente planta, y que por la noche, cuando todos dormían, bajaba. Claro está, sabía que en el tercer piso no había un mañana sino sólo una pareja con una hija ya crecida, y una caja brillante y dorada llena de un caramelo verdoso que se pegaba a los dedos. No me gustaba nada ese caramelo, porque me llenaba la boca con el frío del eucalipto, pero me gustaba que me lo ofrecieran, porque lo guardaban en un escritorio que al abrirlo gemía como una cascada. Así descubrí que al subir al piso de arriba no podría sorprender al mañana infraganti, y que el ayer no estaba debajo nuestro, porque allí vivía el propietario de la finca con su familia. Incluso así, de algún modo estaba convencido de que el mañana estaba por encima y el ayer por debajo; un ayer que no se diluía en la no existencia sino que seguía, abandonado, en algún lugar bajo mis pies.

Pero estos no son más que comentarios introductorios y elementales. Recuerdo la puerta, las escaleras, los pasillos y las habitaciones del piso de la calle Brajerska donde nací, y recuerdo a muchas personas, como a los vecinos que he mencionado, pero ahora sin rostros, porque sus caras cambiaron, y mi memoria, ignorando la inevitabilidad de cales cambios, quedó desvalida, como una lámina fotográfica queda indefensa frente a un objeto en movimiento. Sí, puedo vislumbrar a mi padre, aunque veo su figura y sus ropas con mayor claridad que sus facciones, ya que las imágenes de hace muchos años se sobreponen y ya no sé cómo quiero verlo, si deseo ver al hombre íntegramente en gris o al aún vigoroso cincuentón. Y lo mismo ocurre con quienes conocí durante un periodo de tiempo muy largo. Cuando las fotografías y los retratos se pierden, nuestra completa situación de desamparo contra el tiempo se torna aparente. En la vida se puede aprender de esas acciones muy pronto, si bien se trata de un conocimiento teórico y nada útil. Cuando tenía cinco años conocía el significado de los términos «joven» y «viejo», pues en casa había mantequilla vieja y un rábano joven, y algo sabía sobre los días de la semana e incluso sobre los años (los años veinte eran de un color suave y luego se fueron ensombreciendo hacia 1929), y, sobre todo, creía en la inmutabilidad del mundo. Y especialmente de las personas. Los adultos siempre habían sido adultos, y cuando usaban diminutivos entre ellos me impresionaba un poco: era inapropiado; los diminutivos eran para los niños. Qué absurdo me sonaba que un hombre mayor le dijera a otro: «Stasiek».

De este modo, concebí el tiempo como una expansión pasiva, inmóvil y paralizada. En su seno ocurrían muchas cosas, como en el mar, aunque el tiempo en sí mismo permanecía detenido. Cada hora de clase en el colegio era un océano Atlántico que tenía que surcar con brava determinación; entre timbre y timbre se sucedían eternidades completas, cargadas de peligros, y las vacaciones de verano desde junio hasta septiembre conformaban toda una época. Describo esta increíble duración de las horas y los días como si la hubiera oído sólo por boca de otro, sin haberla experimentado personalmente, porque no podía ni retratarla ni concebirla. Más tarde, imperceptiblemente, todo se aceleraría y no dejaría que nadie me explicara que las impresiones son falsas, porque todos los relojes miden el mismo ritmo del transcurrir. Mi respuesta es que es justamente todo lo contrario: los relojes mienten porque el tiempo físico no tiene nada en común con el tiempo biológico. Físicas aparte, ¿cómo podía preocuparnos el paso del tiempo de los electrones y de los dientes de engranaje? Siempre me pareció que habría algún truco oculto en la comparación, un vil embaucamiento enmascarado por los métodos computacionales que consideraban equivalentes cualquier tipo de cambio. Llegamos a este mundo confiando en que las cosas son como las vemos, en que lo que nuestros sentidos presencian es lo que ocurre, pero luego eso hace que, de alguna manera, los niños crezcan y que los adultos comiencen a morir.

(Continuará…)

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