¡UN TREMENDO IMPULSO!

Walt Whitman





I

Ese sector de Nassau Street que desemboca en el gran emporio de los corredores de bolsa y agiotistas de Nueva York ha estado ocupado durante mucho tiempo por los que ejercen la abogacía. Medianamente conocido entre esa clase desde hace algunos años, Adam Covert era un hombre de mediana edad y medios bastante limitados, que a decir verdad ganó más con engaños que con el honrado y legítimo ejercicio de su profesión. Alto y de rostro malhumorado, era viudo, padre de dos hijos, y últimamente había estado tratando de mejorar su suerte mediante un opulento matrimonio. Pero de un modo u otro sus galanteos no parecían prosperar y, con tal vez una excepción, las perspectivas matrimoniales del abogado eran irremediablemente poco halagüeñas.

Uno de los clientes más antiguos de Mr. Covert había sido un pariente lejano, apellidado Marsh, que, al morir un tanto repentinamente, dejó un hijo y una hija, además de una pequeña propiedad al cuidado de Covert, conforme a un testamento redactado por este mismo caballero. En todo momento con los ojos bien abiertos, el taimado abogado, amparado por la lamentable confusión que había provocado la situación crítica que requirió sus servicios, y disimulando su propósito bajo una nube de tecnicismos, introdujo en el testamento disposiciones que le otorgaban a sí mismo un control casi arbitrario de la propiedad y de aquellos a quienes estaba destinada. Ese control incluso se prolongaba más allá del momento en que los niños alcanzaran la mayoría de edad. El hijo, Philip, un chico animado y de muy mal genio, hacía ya tiempo que había superado esa edad. Esther, la chica, una joven sin atractivo y en cierto modo piadosa, tenía diecinueve años.

Como tenía tanto poder sobre sus pupilos, Covert no vaciló en utilizar abiertamente su ventaja para imponer su derecho a pretender la mano de Esther. Desde la muerte de Marsh, la propiedad que dejó, que era un inmueble, y tenía que dividirse equitativamente entre el hermano y la hermana, había aumentado su valor de manera considerable; y la parte que le correspondía a Esther era, para un hombre en la situación de Covert, una ganancia que bien merecía solicitar. Durante todo ese tiempo, aunque lo cierto es que tenían una respetable renta, los jóvenes huérfanos carecieron muchas veces de las más pequeñas cantidades de dinero, y Esther, por culpa de Philip, tuvo que recurrir más de una vez a varias estratagemas —la casa de empeños, la venta de sus pocos artículos de lujo y cosas por el estilo— para proporcionarse medios.

Aunque con frecuencia había demostrado de manera inequívoca la aversión que sentía por su tutor, Esther seguía sufriendo sus vejaciones, hasta que un día él fue más lejos y la acosó más de lo habitual. La joven tenía parte del temperamento fogoso de su hermano, y lo rechazó de manera brusca y más indudable. Con dignidad le expuso la vileza de su conducta y le prohibió que le volviese a mencionar su pretensión de casarse con ella. Él la replicó duramente, jactándose del dominio que tenía sobre ella y sobre Philip, y juró que a no ser que se convirtiera en su esposa, en adelante ninguno de los dos recibiría ni un céntimo. En su exasperación perdió su habitual autocontrol e incluso añadió insultos que ninguna mujer admitiría de nadie que merezca llamarse hombre, y cuando le vino en gana se fue de la casa. Aquel día Philip regresó a Nueva York, tras una ausencia de varias semanas por razones profesionales como empleado de una empresa mercantil que lo había contratado recientemente.

Hacia finales de esa misma tarde, Mr. Covert estaba sentado en su oficina, en Nassau Street, trabajando con ahínco, cuando una llamada en la puerta anunció una visita, e inmediatamente después entró en la habitación el joven Marsh. Su rostro mostraba un peculiar aspecto pálido que no le pareció a Covert nada agradable, y llamó a su pasante, que ocupaba la habitación contigua, y le encargó que hiciera algo en un escritorio cercano.

—Deseo verlo a solas, Mr. Covert, si le va bien —dijo el recién llegado.
—Podemos hablar perfectamente bien donde estamos —contestó el abogado—: la verdad es que no sé si tengo tiempo para hablar en modo alguno, porque ahora mismo me agobian los quehaceres.
—Pero tengo que hablar con usted —respondió Philip muy serio—, al menos debo decirle una cosa: ¡Mr. Covert, es usted un canalla!
—¡Insolente! —exclamó el abogado, levantándose de la mesa y señalando la puerta—: ¡Mire usted, caballero! Si dentro de un minuto no se ha marchado, le pondré de patitas en la calle por la vía rápida. ¡Fuera de aquí, señor mío!

Tal amenaza fue para Philip palabras mayores, pues tenía un sentido del honor demasiado sensible. Se puso casi lívido tratando de contener su nerviosismo.

—Nos volveremos a ver muy pronto —le dijo, en voz baja pero resuelta, temblándole los labios al hablar; e inmediatamente le dio la espalda y abandonó el despacho.

Los incidentes del resto de aquel espléndido día de verano dejaron escasa huella en la memoria del joven. Vagó de un lado a otro sin propósito ni meta alguna. A lo largo de South Street, y por Whitehall, observó con curiosidad los movimientos de embarque, y la carga y descarga de los cargueros; y escuchó el alegre ¡ahora! de los marineros y estibadores. Hay mentes en las que una intensa emoción produce la singular conjunción de dos facultades completamente contradictorias: una especie de indiferente apatía, y a la vez una aguda susceptibilidad a todo lo que pasa. La de Philip era de esa clase; advirtió las diversas diferencias en la indumentaria de una cuadrilla de trabajadores del muelle; le daba vueltas en la cabeza a si recibirían salarios suficientes para llevar una vida holgada, y también sus familias; y si tendrían o no familias, lo que trataba de deducir por su aspecto. En medio de tales reflexiones insignificantes la luz del día fue menguando. Y entre tanto el deseo dominante en los pensamientos de Philip no era otro que entrevistarse con el abogado Covert. Con qué propósito, ni él mismo lo tenía claro en modo alguno.


II

Por fin se hizo de noche. Sin embargo, el joven todavía no dirigió sus pasos hacia su casa. Se sentía más sosegado, en todo caso, y entró en un restaurante y pidió algo para cenar que, cuando se lo trajeron, apenas probó y reanudó de nuevo su paseo. Sentía por dentro, empero, una especie de corrosiva sed y, al pasar junto a un hotel, pensó que un vasito de alcohol sería, quizás, justo lo que necesitaba. Bebió, pero no un vaso sino tres o cuatro, que fueron demasiado para él, pues habitualmente era abstemio.

El día y la tarde habían sido calurosos, y cuando Philip, en un periodo avanzado de la noche, salió del bar a la calle, comprobó que acababa de estallar una tormenta. Siguió andando resueltamente, sin embargo, a pesar de que a cada paso que daba el viento soplaba con más fuerza.

Llovía ya torrencialmente; todas las tiendas estaban cerradas; pocas farolas estaban encendidas; y a excepción de los frecuentes relámpagos, había apenas señales que le indicaran el camino. Hacia la mitad de Chatham Street, que quedaba en la dirección que tenía que tomar, la furia momentánea de la tempestad le obligó a desviarse y meterse en una especie de refugio formado por las esquinas de la oscura entrada a la casa de empeños de un judío. Apenas había entrado hasta donde le fue posible cuando un relámpago le reveló que la esquina de enfrente de su escondrijo estaba también ocupada.

—Qué lluvia más desapacible —dijo el otro ocupante, que a la vez vio a Philip.

La voz sonó en los oídos del joven como un aviso que casi le devolvió la sensatez. Era sin duda alguna la voz de Adam Covert. Dio una respuesta tópica, y esperó que un relámpago le mostrara el rostro del desconocido. Cuando se produjo vio que su acompañante era, en efecto, su tutor.

Philip Marsh había bebido muchísimo (permítanos en lo posible que nos defendamos, severo moralista). Su mente era un hervidero de ideas, que no podía ahuyentar, de todas las injurias que su hermana le había contado, y de las desagradables palabras con las que Covert la había reprendido; reprobaba también las ofensas que Esther lo mismo que él habían recibido, y que probablemente iban a seguir recibiendo, a manos de aquel hombre osado y perverso —tan ruin, egoísta y sin escrúpulos era su carácter—, cómo se había aprovechado de manera vil y cruel de mucha gente pobre que se había visto envuelta en su poder, y de cuántos perjuicios y sufrimientos había sido responsable y podría seguir siéndolo en años venideros. El mismo caos de los elementos, el fragor estridente del trueno, el azote vindicativo de la lluvia y el intenso fulgor del incontrolado fluido que parecía desenfrenarse en la ferocidad de la tormenta que le rodeaba, provocaron un extraño furor compasivo en la mente del joven. El mismo cielo (tan perturbadas eran sus figuraciones) parecía haber proporcionado un escenario y un tiempo apropiados para efectuar un merecido castigo, que a su trastornado arrebato casi le daba la apariencia de una justicia divina. No tuvo presente la fácil explicación de que Covert se hubiera demorado más tarde de lo habitual apremiado por sus negocios; sino que imaginó que estaba allí con algún misterioso propósito de ordenamiento, y que los dos se encontrarían a aquella hora tan intempestiva. Todo ese torbellino de influjos le invadió a Philip con sorprendente rapidez en aquel horrible momento. Dio un paso para ponerse al lado de su tutor.

—¡Oiga! —le dijo—, ¡qué pronto nos volvemos a encontrar, Mr. Covert! ¡Usted traicionó a mi difunto padre y robó a sus hijos! ¡Canalla! ¡Miserable! ¡Me da miedo pensar en lo que pienso!

El descaro innato del abogado no le abandonó.

—Sigue tu camino, a no ser que quieras pasar una noche en el cuerpo de guardia de la policía, caballerete —dijo, después de una breve pausa—. Tu padre era un pusilánime, creo recordar; en cuanto a su hijo, su malvado corazón es su peor enemigo. Nunca hice daño a ninguno de los dos… Eso puedo decirlo, ¡y jurarlo!
—¡Insolente mentiroso! —exclamó Philip, y sus ojos echaban chispas en plena oscuridad.

La única respuesta que dio Covert fue una risa indiferente y desdeñosa, que incitó al excitado joven a redoblar su furia. Se abalanzó sobre el abogado y lo agarró por el corbatín.

—¡Tómate esa pues! —gritó con voz quebrada, ya que la diabólica rabia que dominaba al desdichado joven obstaculizaba su garganta—. ¡No eres digno de vivir!

Tiró a su tutor al suelo, y cayó sobre él estrujándolo hasta ahogar los chillidos que la pobre víctima acababa de empezar a proferir. Entonces, con monstruosas imprecaciones, ciñó un nudo muy apretado alrededor del cuello de la criatura que boqueaba, sacó del bolsillo una navaja automática y, al accionar el resorte, se abrió de golpe la larga y afilada hoja, ansiosa por llevar a cabo su sangrienta tarea.

Durante la tregua de la tormenta, el hombre postrado boca abajo agotó sus últimas fuerzas lanzando un breve y estrepitoso grito de agonía. ¡Al mismo tiempo el brazo del asesino hundió la cuchilla una, dos, tres veces, en el pecho de su enemigo! No había pasado ni un minuto desde la fatal y exasperante risa, pero el acto había acabado, y el instintivo pensamiento que enseguida se le ocurrió al culpable fue de miedo y de huida.

En la aterradora pausa que siguió, los ojos de Philip realizaron un prolongado y exhaustivo barrido en todas direcciones, arriba y a su alrededor. ¡Arriba! ¡Dios, cuyo ojo todo lo ve! ¿Qué o quién era aquella blanca figura que ahí estaba?

—¡Contente! ¡Contente en nombre de Jehová! —exclamó una voz aguda pero clara y melodiosa.

Fue como si un espíritu acusador hubiese descendido para dar testimonio de aquel hecho sangriento. Apoyada allá a lo lejos en una ventana alta, apareció una figura cubierta de blanco, cuyo rostro poseía una maravillosa belleza juvenil. Los prolongados e intensos resplandores del relámpago le dieron a Philip plena oportunidad para verla con tanta claridad como si brillase el sol de mediodía. La figura tenía una mano levantada hacia arriba en una actitud de desaprobación, y sus grandes y vivarachos ojos negros se inclinaban sobre la escena de más abajo con una expresión de horror y pena estremecedora. Su aspecto divino y las peculiares circunstancias del momento llenaron de temor el corazón de Philip.

—¡Oh, si no es demasiado tarde todavía —habló de nuevo la voz—, ten piedad de él! Por mandato de Dios, te ordeno: «¡No matarás!».

Las palabras resonaron como un toque de difuntos en los oídos de Philip, aterrorizado y lleno ya de remordimiento. Levantándose de un salto del cadáver, echó una segunda ojeada de arriba abajo al camino, que estaba solitario y desierto; acto seguido, cruzando en dirección a Reade Street, volvió a su casa con miedo por las avenidas más próximas, en un estado en parte de estupor, en parte de desconcierto.


III

Cuando encontraron por la mañana el cadáver del abogado asesinado y los funcionarios de la justicia comenzaron su investigación, las sospechas recayeron de inmediato en Philip, y fue arrestado. Sin embargo, la más rigurosa pesquisa no reveló nada que implicase al joven, excepto su visita al despacho de Covert la tarde anterior y el lenguaje amenazador que empleó en la misma. Eso no era suficiente en modo alguno para establecer una acusación tan grave contra él.

Dos días después, el asunto llegó al tribunal judicial ordinario, para que Philip pudiera ser citado o absuelto. El testimonio del pasante de Mr. Covert fue el único. Uno de los empresarios de Philip, que creía en su inocencia, no lo abandonó en este trance y le proporcionó el abogado criminalista más hábil de Nueva York. La prueba se proclamó rotundamente insuficiente y Philip fue absuelto.

La atestada sala del tribunal le abrió paso cuando salió; centenares de miradas curiosas escudriñaron su semblante, y le transmitieron más de un escarnio. Pero entre todo aquel escenario de rostros humanos, él solo vio uno: el de un hombre triste, pálido, ojeroso, acobardado en medio de los demás. Philip había visto aquel rostro antes en dos ocasiones —la primera vez como espectro que le amonestaba, y la segunda en la cárcel, inmediatamente después del arresto—, y en aquel preciso instante lo veía por última vez. Aquel joven desconocido, descendiente de una raza despreciada y perseguida, había acudido a la sala del tribunal, cumpliendo un desagradable deber, con la intención de declarar lo que había visto, y ablandado al ver la faz exangüe de Philip y el llanto convulso de su hermana, se abstuvo de atestiguar en contra del homicida. ¿Debemos aplaudirlo o condenarlo? Que cada lector conteste esa pregunta por sí mismo.

Aquella tarde Philip se marchó de Nueva York. Su amable jefe poseía una pequeña granja a pocas millas, al norte del Hudson, y hasta que el revuelo del asunto se acabara, aconsejó al joven que fuese allí. Philip aceptó la propuesta agradecido, llevó a cabo unos cuantos preparativos, se despidió apresuradamente de Esther, con el triste presentimiento, que a decir verdad resultó cierto, de que no la vería nunca más, y al anochecer estaba instalado en su nuevo domicilio.

¿Y cómo descansó aquella noche Philip Marsh?, pensaréis. ¡Ya lo creo que descansó! ¡Oh, si esos que tanto piden a voces la soga y el cadalso para castigar el crimen pudieran haber visto aquel espectáculo, es posible que en tal caso habrían aprendido una lección! Tuvieron que transcurrir cuatro días antes de que el que se revolvía en aquella cama se hubiese dormido. Ni la más ligera tregua había interrumpido su sensación de tensa vigilia y nerviosismo durante aquellos espantosos días. Y ahora, oh, compasivo cielo, ¡si al menos pudiera zafarse de su remordimiento durante una horita de sueño reparador!

Le venían a la mente perturbadores desvaríos mientras imaginaba lo que podría hacer para recobrar la paz perdida. ¡Lejos, se iría muy lejos! ¡Los ojos en blanco del hombre asesinado, cuando levantó la vista y le miró a la cara por última vez, su estridente exclamación de dolor, la aterradora viveza de la postura, los movimientos y el aspecto del muerto, la voz que le amonestó desde arriba, le perseguían como furias atormentadoras, que nunca desaparecían de su mente, dormido o despierto, en aquella larga y agotadora noche! ¡Cualquier cosa, cualquier lugar, para eludir tan horrible compañía! Viajaría hacia el interior, se contrataría para hacer arduos trabajos pesados en cualquier granja, trabajaría sin cesar durante los largos días de verano, y así obligaría a la naturaleza a otorgar el olvido a sus sentidos, al menos un poco de vez en cuando. Seguiría huyendo, hasta que las diferentes perspectivas de su nueva vida borraran por completo los viejos recuerdos. Lucharía valientemente consigo mismo para recobrar la paz de espíritu. Por la paz se esforzaría y pelearía, ¡rezaría por la paz!

Por fin, después de un sopor febril de unos treinta o cuarenta minutos, el desdichado joven despertó sobresaltado, se incorporó en la cama y vio que el dichoso amanecer empezaba a despuntar. Notó que el sudor le chorreaba por el pecho desnudo; la sábana sobre la que había estado echado se hallaba completamente mojada. Arrastrándose fatigosamente, abrió la ventana.

¡Ah, cómo le refrescó aquel beneficioso aire matutino, cómo se asomó y se empapó de la fragancia de las flores de abajo, y por primera vez en su vida casi se dio cuenta de lo hermoso que Dios había hecho el mundo, y de la maravillosa dulzura que había en la mera existencia! E imaginó que los miles de bocas mudas y de ojos elocuentes que parecían mirarlo y hablarle en todos lados le invitaban a salir y a estar con ellos. No sin esfuerzo, pues estaba muy débil, se vistió y salió al aire libre.

Nubes de un dorado tenue y carmesí transparente cubrían el cielo oriental, pero el sol, cuya faz las alegraba en toda su magnificencia, todavía no estaba alto en el horizonte. ¡Era un tiempo y un lugar de una belleza tan rara, tan edénica! Philip se detuvo en la cima de una ladera ascendente y miró a su alrededor. A pocas millas de distancia podía vislumbrar el río Hudson, y encima de él, una estribación de esos acantilados escabrosos que se diseminan a lo largo de sus orillas occidentales. Cerca había campos cultivados. El trébol crecía en abundancia, el nuevo grano cedía a la temprana brisa, y en el aire rebosaba el perfume embriagador de los manzanales próximos, blancos como la nieve en su exuberante floración. A su lado se extendía el jardín grande y bien cuidado de su anfitrión, en el que había muchas flores vistosas, parcelas de césped y una amplia avenida de grandiosos árboles. Mientras Philip oteaba, el bendito poder tranquilizante de la naturaleza —el espíritu invisible de tanta belleza, y tanta inocencia— enterneció su alma. Las angustiosas pasiones y el desasosegante conflicto se apaciguaron. Incluso sintió algo como esa envidiable paz de espíritu, una especie de júbilo delante de toda aquella benignidad célibe. Era tan amable con él, aunque había sido culpable, como con el más puro de los puros. No veía ceños acusadores en los rostros de las flores, ni en los verdes matorrales, ni en las ramas de los árboles. Más indulgentes que la humanidad, y sin distinguir entre los hijos de la oscuridad y los hijos de la luz, ellos al menos lo trataban con delicadeza. ¿Era él, pues, un ser tan detestable? Sin querer se inclinó sobre una rama de rosas rojas, y las cogió suavemente con las manos, ¡esas manos asesinas manchadas de sangre! Pero las rosas rojas ni se marchitaron ni su fragancia disminuyó. Y cuando el joven las besó, y dejó caer una lágrima sobre ellas, le pareció que había encontrado la piedad y la compasión del mismo cielo.


IV

Después de asolar las ciudades del mundo oriental, el temible cólera hizo su aparición en nuestras costas estadounidenses. Apenas aparecieron los primeros casos en Nueva York, millares de habitantes abandonaron precipitadamente la ciudad y buscaron refugio en los distritos rurales vecinos. Por diversas razones, sin embargo, una gran cantidad de ellos se quedaron pese a todo. Mientras el miedo ahuyentaba a tantos, la pobreza, un motivo igual de acuciante, obligó también a muchos a quedarse donde estaban. El afán de lucro, además, contribuyó a que una gran cantidad continuase con sus negocios como de costumbre, pues la competencia se redujo, y las ganancias eran cuantiosas. Además de los que se quedaron, hubo todavía una tercera clase, cuyos nombres retienen brillantemente las actas escritas por los ángeles de Dios. Fueron los hombres y mujeres, despreocupados de su propio bienestar, que se compadecieron de los enfermos, los necesitados y los moribundos, cual espíritus misericordiosos, enjugaron el sudor de frentes ardientes, aliviaron la agonía de miembros entumecidos, dirigieron palabras de consuelo a más de una criatura desesperada, que de lo contrario habría sido vencida solo por la debilidad de su alma, y anduvieron de cama en cama con rapidez pero sin hacer ruido, dispensando a los enfermos esos pequeños favores que tanto agradecen, pero tan pocas veces pueden obtener de los desconocidos.

¡Oh, Caridad y Amor, latidos hermanados en el corazón de la gran Humanidad! ¡Dulcemente, pero siempre de modo indudable, surgís poco a poco de la misma tormenta de esos horrores, que afligen por completo a la virtud y la vitalidad del hombre! ¡Hasta en las matanzas y pestilencias, frutos lamentables del mal que nosotros mismos producimos, cuando el odio, el egoísmo y todos los vicios monstruosos amenazan con extirpar del todo el bien de los corazones mortales, el Genio de la Perfección que nuestro creador nos concedió brota con arrogancia y jovialmente de la desolación y ridiculiza los escarnios de esos demonios malvados que se complacen en mortificar nuestra mejor naturaleza! Sí: entonces, para anular el peso de la maldad aparecen grandes proezas de lealtad y amor; entonces, surgen héroes indulgentes y de benevolencia fraternal, cuyo dócil valor es mayor que el valor de la guerra; entonces, los mensajeros predilectos del cielo penetran en los corazones de las mujeres magnánimas, que salen a disipar la sombría penumbra de la escena, cual faroles en la noche. ¡Y aunque su número sea escaso, la suma de su santidad proporciona un estímulo bastante grande para la renovación y salubridad de un mundo por lo demás malsano! ¡Sois los auténticos hijos e hijas de Cristo! ¡Me inclino ante vosotros con una reverencia que nunca concedo a nadie ni por su rango mundanal ni por su autoridad intelectual!

Tal fue, durante la época del cólera en Nueva York, el papel de una pequeña y dedicada pandilla, a la que nada unía excepto el nexo del impulso más sublime, la buena voluntad hacia los hombres, que acudían a dondequiera que se sintieran necesarios o útiles. Uno de ellos parecía todavía más fervoroso y abnegado que los demás. Dondequiera que se descubrieran los peores casos de contagio, allí se le encontraba también. En fétidos callejones, en sucios patios traseros de edificios, en húmedos sótanos y calurosas buhardillas, allí iba él con comida, medicinas, palabras y sonrisas amables. En la cabecera de los moribundos, la visión de su cara pálida y tranquila, y sus ojos húmedos de lágrimas piadosas, a menudo despojaba a la muerte de su más espantosa apariencia. A medianoche daba vueltas alrededor de las camas de niños enfermos, acallando sus quejumbrosos gritos, solazándolos en voz baja para que descansaran, y refrescando sus ardientes mejillas con sus propias manos y labios, desdeñando el riesgo de inhalar miasmas cada vez que respiraba. Por la noche, también, cuando no le ocupaban otras asistencias, iba a atisbar y escudriñar por aquí y por allá, atravesando esos barrios más sucios y miserables de la ciudad, entre Chatham Street y Centre Street, deteniéndose con frecuencia a mirar acá y acullá. Y cuando su bien entrenado oído captaba esos sonidos familiares, esos gemidos de angustia y miedo, infaliblemente dirigía sus pasos hacia el lugar de donde procedían. Una vez allí, como un auxilio sobrenatural, otorgado desde lo alto, tomaba enseguida las medidas que la experiencia había demostrado más eficaces, y en no pocas ocasiones hallaba su recompensa al día siguiente con la recuperación de la salud de su paciente.

Este mensajero de la salud para tantos, y de la paz para todos, este infatigable e intrépido ángel de la compasión y la caridad, era Philip Marsh. Su corazón se henchía de un deseo absorbente de anular, en la medida de lo posible, el gran atropello que había cometido privando a la sociedad de la vida de uno de sus miembros. Un gran delito a veces cambia radicalmente un carácter. Con ese propósito habría soportado de buena gana cualquier sufrimiento o privación, por duros que fuesen; y se alegraba de cada riesgo adicional que corría para proteger o restablecer la salud a esos desdichados enfermos. Parecía incluso como si así estuviera haciendo méritos para los Tribunales del Cielo. ¿Cuántos recién llegados a la tierra inmortal deben haber pasado bajo sus doradas bóvedas con el pensamiento todavía fresco en su fuero interno de la abnegada solidaridad de Philip Marsh? ¿Quién se atrevería a decir que no habían intercedido por él ante el trono de Dios?

Una tarde, a última hora, Philip volvía despacio a su casa, desfallecido por los quehaceres del día, para descansar y estar en condiciones de esforzarse todavía más. Su camino lo llevó por una de esas calles que cruzan la parte oriental de Grand Street y, en medio de aquel solemne silencio, atrajo su atención el llanto en voz baja de un niño cuyo rostro podía ver vagamente en la ventana abierta de un sótano. Philip se acercó más, se detuvo y al inclinarse vio que era un niño pequeño.

—¿Por qué lloras, hijito? —le dijo.

El niño dejó de llorar y miró para arriba, pero no contestó.

—¿Estás aquí solo? —prosiguió Philip—. ¿Están tu padre o tu madre enfermos?
—Mi hermano está enfermo —respondió el niño—. No tengo padre. Ha muerto.
—Lo mató el cólera, ¿no es así?
—No —contestó el niño—. Lo mató un hombre malo hace un año.

El corazón de Philip se estremeció como si le hubieran clavado un instrumento cortante. Tuvo un vago presentimiento, no desprovisto también de cierto júbilo, como si estuviera soñando.

—¿Cómo te llamas, pobrecito?
—Adam Covert —dijo el niño.

Y en aquel mismo momento Philip bajó las escaleras y franqueó la puerta.

Al morir Covert, sus dos hijos se quedaron sin nadie que los protegiera, y casi sin amparo. El abogado había llevado sus asuntos profesionales siguiendo un plan que carecía tan por completo de método —el conocimiento de sus detalles se limitaba casi exclusivamente a su persona— que habría sido difícil que alguno de sus clientes sacara la más pequeña cantidad de las demandas que interpuso. En este estado de cosas, varios acreedores codiciosos llegaron a apoderarse de cuanto quedaba.

El mayor de los dos Covert era un muchacho de unos dieciocho años, industrioso e inteligente, cuyos ingresos bastaban para mantenerse a sí mismo y a su hermano pequeño. Se las arreglaban medianamente bien hasta la llegada del cólera, que acabó con la pensión en la que se habían establecido, dispersó a los huéspedes y ahuyentó a la aterrorizada casera y a su familia, que se fueron a vivir al campo con unos parientes lejanos. Los huérfanos, demasiado pobres para irse con los demás, obtuvieron permiso para ocupar el sótano de la casa, y el mayor continuó con sus ocupaciones durante algún tiempo más, hasta que lamentablemente cesó en su empleo y por supuesto se quedó sin sueldo.

La tarde anterior al encuentro accidental de Philip con el niño en la ventana, la austeridad de vida y el abatimiento habían afectado al muchacho en paro, y empezó a sentir los síntomas de la enfermedad que asolaba la ciudad. No tenía nadie que le ayudara, ningún amigo, ningún médico cerca. Se echó a la calle, pero temió que podía morirse en la vía pública, y regresó de nuevo a su morada, consolando a su hermano lo mejor que pudo.

Pues bien, Philip, agradeciendo la indulgencia de Dios, que le había concedido esta dicha, fue para el paciente el enfermero, el amigo y el médico. No se movió de la habitación ni un momento. Siempre llevaba consigo las medicinas necesarias en tales casos, y en todo esto puso a prueba toda su experiencia y destreza hasta más no poder.

El cielo bendijo esos afanes y el chico recobró la salud.

Pero esa fue la mayor recompensa de Philip. Desde el momento mismo en que su joven paciente quedó fuera de peligro, el exhausto hombre empezó a debilitarse. Su enfermedad, sin embargo, no se prolongó mucho. Escribió una breve nota a su hermana, que se hallaba a muchas millas en casa de un pariente lejano, en la que legaba sus bienes a los chicos a quienes había dejado sin padre (tras la muerte de Covert, los huérfanos recibieron por supuesto su herencia de inmediato), y pocas horas después, dejó atrás tranquilamente el recorrido de esa vida que, pese a lo joven que era, había sido para él poco más que un escenario de crimen, sufrimiento y arrepentimiento.


Algunos de mis lectores, tal vez, piensen que deberían haberlo ahorcado cuando cometió el crimen. Que me perdonen si yo pienso de manera muy diferente.

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