Con el rabo entre las piernas (resurrección de un proyecto nonato)

Fernando Morote







¿De dónde salieron las “Notas de un perro culto”? Literalmente de un armario perdido y olvidado en casa de mi madre. El hallazgo tenía el aspecto de un bulto, un fardo, un cuerpo muerto enterrado dentro de una caja. Mi primera reacción al verlo fue un latigazo de entusiasmo. No se trataba de una mórbida excitación. A lo mejor era el material largamente buscado, jamás encontrado, que yacía en un rincón entre polvo y telarañas. Un cúmulo de hojas mecanografiadas con una máquina viejísima o escritas de puño y letra. Pude distinguir el título en la etiqueta naranja sobre la portada amarilla. Una auténtica pieza arqueológica que desató una explosión de júbilo y algarabía, confirmando la ancestral máxima que afirma “cuando dejas de buscar, encuentras”.

Algunos folios no se podían leer debido al deterioro ocasionado por el calor y la humedad. Mi segundo impulso fue deshacerme del mamotreto, botarlo a la basura. Pero luego de una noche de insomnio reconsideré la intención y decidí rectificarla. A la mañana siguiente pregunté cuánto costaba el envío por correo postal de Lima a Nueva York. Un ojo de la cara. En un rapto de luz recordé que vivimos en la era de la tecnología. Todo es posible apretando botones. Resolví no ser cavernario y ponerme las pilas. En consecuencia, surgió una idea brillante, digna de un genio: pedir ayuda. Contraté servicios digitales para adquirir los archivos electrónicos. De otro modo hubiera tenido que pagar una fortuna a fin de recibir una cantidad de papel suficiente para decorar un departamento con tres habitaciones.

Ya en mi poder, abrir cada carpeta constituía una sorpresa. No entendía mi propia caligrafía o no lograba descifrar los signos de la Olivetti familiar. Más de una vez tuve que romperme el ojo. Me vi en el espejo. No reconocía del todo bien el exterior, pero el interior estaba intacto. En ese sentido no había cambiado un ápice. Era yo mismo, pero en estado primitivo. También era otro, porque me daba cuenta de que había crecido.

“Notas de un perro culto” no es, en definitiva, un libro que escribiría el día de hoy, pero decidí respetarlo en su versión original porque es un autorretrato en esa época convulsionada de mi vida. En él encontré la raíz de mi estilo actual como escritor. De algún modo es el arsenal, el almacén de la materia prima (frases, expresiones, oraciones enteras) que compone varios de mis títulos publicados a la fecha.

El tiempo transcurrido ha jugado un rol revelador. No ha desvirtuado la esencia, pero sí ha contribuido a afinar la técnica. Nada de lo que presenta el perro culto me produce vergüenza. Retocarlo implicaba un dilema. El grito tosco, el alarido inaugural ha trocado en discurso, sino sofisticado, al menos cínico. Las mañas se perfeccionan, la práctica continua y constante en el uso de las herramientas que he ido recogiendo y aprendiendo en el camino ejercen un efecto productivo.

El perro vino a morderme en plan de jugueteo, llevándome al pasado, no precisamente luminoso. Me vi sentado a la mesa de mi cuarto, tecleando febrilmente algunas páginas que pretendían traducirse en obras maestras de la literatura peruana y, por qué no, universal. Me encontraba entonces completamente drogado y borracho, sin futuro a la vista. Soñaba con ser rico y famoso. Anhelaba ser descubierto por una editorial multinacional que me convirtiera en un personaje, en un ídolo, en una figura mundial. Desconocía la disciplina que impone la vocación y el placer de cumplir un propósito establecido. La energía bullía dispersa; así como subía en una fracción de segundo, en la otra se venía a pique y atravesaba el subsuelo.

El perro culto refleja mi actitud frente a la vida, hacia el arte en general y la literatura en particular. Los textos, algunos irreconocibles salvo por el toque de sorna y la ironía maligna que brotan de ellos, describen un proceso que, pese a la evolución ininterrumpida, por etapas ha sido un carnaval de desvíos y atajos, una feria de subidas y bajadas, un prontuario de accidentes y delitos, un reporte de retrocesos y descarrilamientos. Dicha postura nunca me ha mantenido apartado de los problemas y los conflictos. Por el contrario, me los ha traído en camionadas. Pero he preferido cargarlos antes que caer bien a todo el mundo y quedar como un imbécil ante mí mismo. He aprendido a vivir con esa diferencia y sostenerla con orgullo.

Leo con los ojos de hoy el perro culto que escribí con las manos de ayer y soy capaz de aplaudirme. Es una broma, pero también va en serio. La cabeza no ha cambiado. El corazón tampoco. Ambos se han cultivado, fortalecido y liberado. La estupidez egocéntrica ya no me persigue de cerca. La identifico asomando la nariz y le meto una patada en el rabo.

Ciertos pasajes delatan a un cachorro chusco, que mordía duro y feo, luego se largaba corriendo para evitar que lo apalearan. El humor está presente en estado embrionario, la crítica es burda; el ataque, frontal. Se perciben rasgos de algo que puede progresar, pero que aún necesita abundante trabajo. Es claro que este perro culto, si bien ha leído y vivido mucho, no ha leído ni vivido lo suficiente. Se mueve por la senda correcta, pero el horizonte es, no obstante, incierto; incluso tenebroso, casi siempre difuso. Su formación requiere entrar en terrenos inexplorados hasta ese instante. La poderosa influencia del cine, la música, la pintura y la historia se plasmará más tarde. Y eso es ya un indicio de que el perro, siendo callejero, es también culto. O quizás sea lo segundo precisamente porque es lo primero (dependiendo de lo que se entienda por cultura).

El perro culto ha sido una experiencia interesante de analizar. No es que los sueños se hayan caído o desaparecido. Todo lo contrario, se han cristalizado; aunque en forma muy distinta, diametralmente opuesta, a lo que yo había imaginado. Me gusta más como escribo hoy en día, pero aprecio también como escribía antes. Esta nueva entrega contiene una colección de sentencias llenas de filosofía personal, de visión abierta, de pensamiento libre, salpicadas -inundadas- de rabia, furia y revolución.

Las notas de ese perro culto han resurgido como un volumen magníficamente diseñado por Ediciones Erradícame. Es, de hecho, el único sello que ha interpretado a cabalidad mis propuestas desde el principio. En este caso específico, las fases de revisión, no-corrección (excepto una coma aquí, una mayúscula allá) y maquetación confieren al esfuerzo inicial de un escritor novel la consistencia de otro que ya se ha fraguado en las piedras calientes de la realidad y ahora es capaz de divertirse consigo mismo, sin tomarse demasiado en serio, pero asumiendo un compromiso firme con lo que ofrece.

Freddie Mercury dio en el clavo con este verso magistral de “Save me”: “I’m naked and far from home” (estoy desnudo y lejos de casa). Así me sentía yo, emocionalmente hablando, cuando escribí “Notas de un perro culto”.

Una respuesta a “Con el rabo entre las piernas (resurrección de un proyecto nonato)

  1. «Perro le decimos los *humanos» , pero la nobleza del *Perro* es eterna
    Gracias Fernando ..!

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