La bastarda [Fragmento](Final)

Violette Leduc






Andaba por la calle, llamaba a las puertas y corría con los muchachos, ponía la mano en la boca de la fuente y rociaba a los que pasaban con un chorro blanco, me instruía en los cuadernos de canciones que se prestaban Céline o Estelle. No lo abras, no vayas a abrirlo, me dijo una tarde Céline al entregarme un cuaderno distinto de los otros. Yo debía llevárselo a una de sus amigas, disimulado bajo el delantal. Mi misión me cortaba el aliento. Entré en un huerto abandonado al lado de casa: el huerto donde Aimé Patureau, en lo alto de un árbol, silbaba y cantaba a mi madre las canciones de amor de los cuadernos: Je t’ai rencontré… simplement… et tu n’as rien fait pour chercher à ma plaire… Je t’aime pourtant… d’un amour ardent… dont rien, je le sens… ne pourra… me… dèfaire… Reviens… veux-tu?Me metí entre la maleza más alta y abrí el cuaderno. Una mujer contaba su noche de bodas. Comparaba el sexo de un hombre en el sexo de una mujer con una anguila. No entendí. Cerré el extraño cuaderno y me acosté sobre él, boca abajo. No imaginaba nada, o más bien imaginaba demasiado. Veía las anguilas en la pescadería: imaginaba la virilidad sinuosa bajo el pantalón, desde el ombligo hasta el tobillo. Me golpeaba la sien con el puño, y cada vez que murmuraba: es imposible, la tapa del cuaderno me respondía: es posible. Salí de la maleza y corrí hasta la casa de la que esperaba el cuaderno. Las manos de ambas temblaban por igual cuando se lo entregué.


Con frecuencia he acariciado mis labios con los dedos; más tarde me he ensortijado el vello del pubis con el dedo antes de dormirme, al despertarme o mientras leía en la cama. Lo he hecho sin gozar hasta los veintiocho años. Era un pasatiempo, una verificación. Respiraba mis dedos, respiraba el extracto de mi ser al que no otorgaba valor.

Aimé Patureau, un adolescente de diecisiete años con un lindo rostro redondo y pantorrillas cubiertas con una venda sucia de arena, se lastimó en el pie. La herida se le infectó; se encerró en su casa, corrió la cortina de la ventana y me llamó. Verlo solo en la casa de sus padres, cuando estos estaban fuera trabajando, me desconcertó. De pie cerca de su pierna enferma, conversábamos. Su mano ligera se introdujo bajo mi falda. Aimé Patureau me rastrillaba con la gracia de un paje, el reloj de la chimenea marcaba las medias horas, los cuartos de hora. Le miraba, me miraba. No leía nada sobre su rostro, ni él leía nada en el mío, porque yo no sentía nada. El pecado estaba en el fuego de mis mejillas. Llamó mi madre, y entró hosca, furiosa. Le preguntó a Aimé Patureau: «¿Por qué haces que se quede tanto tiempo?». «Conversábamos, ella me acompañaba», contestó el adolescente contemplando a mi madre. Me fui con ella, adivinando que no se había tranquilizado. «Tienes las mejillas coloradas», me reprochó en el camino. «¿Qué te ha hecho?». «Nada, mamá, nada». Volvió a preguntármelo varias veces, no confesé. Era un secreto, una complicidad. El paseo de los dedos me engrandecía. Yo era un campo con dos senderos. Cada vez que podía, iba nuevamente a su casa: sus ojos en los míos, su camisa contra la tela de mi delantal, su rostro gordinflón y sensible cuando cantaba a mi madre o destrozaba y mecía un peral, ese rostro estaba muy cerca de mí.

Por la mañana yo vaciaba las cenizas de la estufa. Me tornaba amorfa, maquinal y fría como las cenizas, en cuanto comenzaba el trabajo. Utilizaba un tamiz. Recogía las carbonillas en un papel, las envolvía y las aplastaba. Con la boca cerrada, los dientes apretados, sacudía los restos grises. Un domingo de invierno, cuando me levanté, mi madre no estaba en la cama. Saqué las cenizas de la estufa y oí dos risas en la planta baja, en el cuarto donde había muerto Fidéline: la de mi madre y la de Juliette, una antigua cocinera. Mi madre la recibía a menudo. Hablaban del seductor, de los padres del seductor y de la casa del seductor, donde habían servido juntas. La pared del café de Juliette daba a la puerta principal del jardín; el camarero hacía trabajos extras en la casa. Mi madre, ansiosa, ávida de anécdotas, interrogaba a Juliette. Escuchaba sus risas. De pronto, la duda. Con el atizador en la mano, me acerqué al tabique, al tabique a través del cual yo contaba los accesos de tos de Fidéline. Sin duda era mi madre, pero Juliette tenía voz de hombre. Seguí limpiando las cenizas.

Mi madre se vestía en el primer piso, junto a la cama de caoba. Gritaba: «¿Tienes el abrigo? ¿Tienes la capa?». Yo escuchaba su hermosa voz un poco alterada y, con delicia, recuperaba el vapor de la noche sobre la ventanita de la cocina. Dormíamos apretadas una contra la otra —sus nalgas, que nunca fueron gordas, en el hueco entre mi vientre y mis muslos de niña de nueve años— porque teníamos frío en el cuarto. Mi madre bajaba vestida más pobremente que antes de 1914, con los cabellos cubiertos por un pañuelo y un mechón sobre sus ojos de acero azul, un mechón sobre su nariz sólidamente plantada. Ella encendía el fuego, y desayunábamos junto a los crujidos y los ronquidos, yo me quitaba el abrigo violeta que me habían dado las amigas de mi padre: un abrigo original. Me preguntaba qué niña lo había llevado. Representaba un papel cuando metía los brazos en las mangas, cuando me lo abotonaba, cuando me levantaba el cuello. Lo olvidaba cuando corría por la ciudad, cuando esperaba mi turno para recibir la «Floraline» y los otros sucedáneos, o cuando me alzaban para firmar el nombre de mi madre en el registro de los subsidios. Mi madre ya no quería ir a la ciudad. Charlaba con las vecinas durante horas. Un día, al volver a casa, encontramos dinero sobre la mesa.

—Debe de ser una de las amigas de tu padre, que ha dejado ese dinero — dijo mi madre.

Nuestra cocina en invierno: la más cálida, la más alegre, la más frecuentada del barrio, la más llena de cuentos y de voces. La estufa se calentaba al rojo, las hojuelas de «Floraline» saltaban; cada una despegaba los barquillos a su turno y la ensaladera con alfeñiques pasaba de mano en mano alrededor del fuego. Al frío, al viento, a la helada y a la guerra oponíamos nuestra despreocupación. Única niña entre los adultos, no me aburría. Era un adulto atrasado entre adultos despiertos. Veía la sangre de cada mes en las toallas; mi madre me daba lecciones de realidad, de las que hablaré. Compartí la zozobra de una joven que vivía con sus padres, dos casas más allá de la nuestra. Estelle miraba de reojo a la ventana, en el primer piso, una vez terminada la cocina. Por la noche se escapaba. Yo le rascaba la espalda a la madre; saltando y bailando para aumentar mis fuerzas, le daba masajes con las dos manos. Ganaba una moneda. La joven de cara redonda que vivía para la noche, para los hombres, se creyó embarazada. Eso no lo comprendí, pero un día, en el corredor de nuestra casa, comprendí que esperaba la sangre y que era una espera terrible. Estelle iba y venía, controlando su ropa. Cien, doscientas veces se secó mientras caminaba. Quería que yo mirara la ropa blanca. «Te compraré praliné si me viene», me dijo. Me tomaba la mano y la pasaba por su vello seco —pasto viejo—, y me hacía entrar los dedos entre los pliegues. Cualquier cosa le servía. No se lo conté a mi madre: no tenía importancia. Comprar pralinés durante la guerra era una locura. Las reglas llegaron en el corredor y me hizo contemplar la ropa manchada. Al día siguiente saboreé los pralinés. Estelle no quiso comer.

Mientras tomábamos el desayuno, mi madre me ilustraba sobre la fealdad de la vida. Todas las mañanas me ofrecía un terrible regalo: el de la desconfianza y la sospecha. Todos los hombres eran unos canallas, ningún hombre tenía corazón. Me miraba con tanta intensidad durante su exposición que me preguntaba a mí misma si yo era o no un hombre. No había ninguno que compensara a los demás. Abusar de una: he ahí su finalidad. Yo tenía que comprender y no olvidarlo nunca. Unos cerdos. Todos unos cerdos. Mi madre se acordaba todavía de su infancia, de una fiesta patronal en Artres, en la que un vendedor agitaba un cerdo de azúcar rosado sostenido por un piolín, mientras gritaba: «Aquí tienen al hombre, señoras». Mi madre me explicaba todo. Ya me había prevenido; yo no debía tener un desliz. Los hombres siguen a las mujeres; no hay que detenerse. Yo escuchaba, pero si jugaba con las migas que había sobre la mesa, con una mirada me advertía que no prestaba suficiente atención. Yo me cruzaba de brazos. El universo era un camino sobre el cual había que avanzar sin detenerse jamás; en cuanto surgía la sombra de un hombre, había que suprimirla caminando siempre sola, siempre más rápido: siempre sola y siempre más rápido, según el indispensable mecanismo del onanista. A cada lado el camino arañaba con arbustos gesticulantes. Mi madre lo explicaba con una imprecisa precisión. Seguir a un hombre, escucharlo, ceder…, ¿qué quería decir ceder? No volver a ver la sangre, engordar hasta que salga de una un niño y caiga con uno en el arroyo. Después de una lección semejante el desliz era imposible: me lo habían advertido. Mi madre se había excedido en valor, en energía y en magnanimidad cuando dejó la casa de André. No perdonaba a los demás hombres lo que había hecho por uno solo. He hablado de eso de modo diferente en Ravages y en L’Asphyxie. He mezclado la verdad con la fantasía. Después de la muerte de mi abuela, mi madre quiso hacer de una niña una amiga íntima. ¡Ay! Para ella y para mí, yo fui su receptáculo de dolor, de furia y de rencor. El niño retiene sin comprender: un océano de buena voluntad recibía un océano de palabras. Sufrí su humillante experiencia demasiado temprano; la arrastré como un buey arrastra el arado. La afrenta en sus entrañas se volvía universal. Ella sufría en pasado y en presente, cuando me decía que yo tampoco tenía corazón. Absorbí demasiado sus prédicas y sus cuadros. Meandros del olvido, revancha de la inocencia, hasta los diecinueve años creí que las mujeres daban a luz por el ombligo.

Berthe, madre mía, yo era tu marido antes de tu casamiento. Yo arañaba la tierra de los jardines, robaba patatas y guisantes lastimándome con los abrojos. Te has casado y me has comprado los mejores confites, devolviéndome las pálidas esmeraldas en las vainas de los guisantes. ¿Por qué robaba? Porque éramos pobres y había racionamiento. Arrancar con las uñas, coger de la tierra lo que da a profusión, qué fiebre color de vino, qué revuelta en el corazón. Mi alegría, mi resolución, cuando yo partía a pie por los campos de Marly. Mi canasta, mi cuchillo… Avanzar agachada, buscarlos, encontrarlos, cercar la raíz con la hoja del cuchillo, coleccionar los dientes de león en el canasto, ¡qué frenesí! Nuestros conejos se regalarían. Me quedé con la boca abierta cuando lo vi por primera vez. Yo volvía del frío, de las tinieblas. Contemplarlo era un placer insostenible. Miré la lámpara de petróleo. Bajé los ojos y volví a encontrarme con él. La luz acentuaba la opacidad de una brizna incrustada en la alpargata beis pálido. La brizna de hierba dormía. Siéntate de una vez, me dijo mi madre. Obedecí. Tuve que abandonar los rizos de esas pestañas. Deja de hacer temblar las rodillas, me dijo mi madre. Volví a él. La despreocupación de sus piernas cruzadas, su brazo abandonado, de la larga mano morena, inmaterial, de los dedos ausentes que sostienen el cigarrillo. Su cuerpo delgado, despreocupado también, ausente, vestido con un traje color de brama. Se callaba con frecuencia, escuchaba oculto detrás de sus largas pestañas. Un ser ausente de su belleza es doblemente más bello. Cruzó las piernas y me miró un instante desde muy lejos. Yo tenía un rostro ingrato y unas piernas tan flacas que los muchachos me llamaban «Pata de gallo»; saboreé al visitante mejor de lo que otro niño lo hubiera hecho.

Yo, ignara, aprendo el bronceado del rostro como aprendería el prisma de los colores. Es un hombre de veinte años. Debo acechar en la comisura de sus labios si el último pétalo de la adolescencia está a punto de caer, y retener la línea quebrada de sus hombros. La noche se destiñe en sus pupilas. Sus labios tienen el color rosa ladrillo de nuestras chimeneas de fábrica.

Es un contrabandista, me explicó mi madre al día siguiente. No le pregunté qué significaba esa palabra. Le pregunté cuándo trabajaba. De noche, solo de noche, me dijo. Pasa bajo el agua con sus fardos de tabaco. Se cambiará, se calentará en casa y luego se irá. Mi madre no era una aventurera. A pesar de las tentadoras ofertas de Fernand, rehusó guardar el tabaco en el sótano. Estelle, que había tenido una falta, se enamoró con locura del bello indiferente.

Con frecuencia mi madre me anunciaba durante el desayuno: «Hoy tenemos qué comer, pero mañana…». Vaciaba su monedero sobre la mesa y yo me fascinaba con ese dinero y con el que faltaría mañana. Desolada, intrigada y oprimida, comía rebanadas de pan con manteca de cerdo espolvoreadas con azúcar. «Al día siguiente algo me llegaba», me dice ahora mi madre. Yo robaba enormes repollos detrás de los carros alemanes a riesgo de recibir un latigazo; mi madre los distribuía: no digería el repollo. Yo me molestaba. Nuestra pobreza nos embriagaba y nos obsesionaba. Edredones, detonaciones, bombardeos. Bajábamos al sótano y me apretabas contra ti. Solo te tenía a ti, madre mía, y querías que muriera contigo.

No me acuerdo de su nombre. Llamémosla Aturdidora. Me acuerdo del nombre de su abuelo. Le rascábamos la cabeza a Caramel, que estaba siempre echado sobre el primer escalón del café. Aturdidora. Rostro de caballo. Dolorosos relinchos cuando se exaltaba. Manejaba bien su cafetín. Yo recogía hierba para sus conejos, lavaba el piso y entraba en el café cuando quería. Ella me enseñaba el alfabeto de los sordomudos. Cuando llegaban otros sordomudos yo asistía al mejor de los torneos. Gran chisporroteo a pesar de la ausencia de voces. Me enseñaba a bailar el vals sobre el serrín, al compás de la pianola que ella no oía. Cuando la pianola escupía el último estribillo, yo daba vueltas a la manivela y volvíamos a empezar. Los chicos nos admiraban porque tenían prohibida la entrada. Cuando llegaba algún cliente, Aturdidora me abandonaba. Me escapaba corriendo de una acera a la otra, siguiendo todavía el compás de la música; vivía la insistencia de los estribillos y las repeticiones de los mazos del piano. Los sábados por la noche tenía un trabajo. Me paraba junto al piano sobre un estrado y daba vueltas la manivela; nunca me cansaba de mirar el movimiento de los cartones perforados. Valses, chotis, polcas, mazurcas… Firmamento de música donde las estrellas son perforaciones de alfiler. Acariciaba con los dedos las flores entrelazadas, vulgares hasta la delicadeza, que estaban pintadas sobre la madera. Se abrían cuando yo escuchaba, y volvían a dormirse cuando la pianola se paraba.


Un chalado se enamoró de su vecina. Es Cataplame. Delicada, pecosa, con la melena vaporosa, un vapor pelirrojo y un cuerpo netamente dibujado, ella vivía sola, cerca del huerto abandonado. Su marido estaba peleando en el frente. Su casa era la más limpia del barrio. De la mañana a la noche, ella sacudía el trapo por la ventana de su dormitorio. Cataplame, el desgarbado, hermano mayor de una familia trabajadora, era apasionante de tan feo. Perdido en su camisa a rayas sin botón en el cuello y en su pantalón siempre verdoso, como si el musgo se hubiera apoderado de sus nalgas y de sus muslos, la bragueta alocada y las chancletas arrastradas, Cataplame hablaba con dificultad, con una voz potente y velada. Su voz llegaba desde el abismo. Yo estaba vagando por la huerta cuando lo vi comenzar su corte. La señora Armande sacudía el trapo y él acudía y suplicaba, una y otra vez… La señora Armande se resignaba, el polvo caía sobre la cabeza de Cataplame. Reían juntos. Él aplaudía, saltaba, se rascaba, movía la verja de la huerta. Pasaron algunos días, algunas noches. La señora Armande no volvía a aparecer. Cataplame no quitaba los ojos de la ventana. El hipo lo poseía, los estornudos lo sacudían, la roña le picaba. Sus bellos y lentos ojos de pescado se pegaban a los cristales y a las cortinas. Lanzaba gritos inarticulados. Los que pasaban se alzaban de hombros. De pronto Cataplame bailaba la danza de los platillos sobre la balanza; bailaba, cazaba y se tragaba una luciérnaga. Abrí la ventana de nuestra cocina, me fui al jardín, anduve por el huerto, luego por el camino, y por todas partes lo veía paciente y empecinado. Las chicas me preguntaron si quería jugar con ellas a la raya. No acepté esa invitación, esas pamplinas. Una mañana mi madre me envió a casa de la madre de Cataplame con un trozo de tela para hacerle un dobladillo a máquina. Él no me vio ni me oyó a pesar del ruido de mis zuecos. Una lluvia fina permitía esperar y desesperar. Cataplame, vestido con un saco de patatas perforado en el cuello y en los brazos, esperaba. Se abrió una ventana. Cataplame se estremeció y levantó los ojos. Rajó la bolsa de arriba abajo, y con el torso desnudo, ofreciendo los hombros, saltó lo más alto que pudo. Lanzaba gritos de bestia enamorada. El trapo de limpieza cayó sobre sus cabellos. Lo agarró y ocultó el rostro con él. Lo mordía, se frotaba los ojos, se lo retiraba de la cara, lo extendía sobre las manos y las muñecas. La bragueta se le hinchaba. Entré en la casa de su madre, mascullé algo y corrí a la huerta para verlos. Asomada a la ventana y protegida con su salto de cama, la señora Armande tendía los brazos. Cataplame arrojó el trapo, y después se quedó de puntillas. El trapo cayó sobre los brazos de la señora Armande; ella se retiró y Cataplame se puso a gemir con dulzura y regularidad. Sus grandes dientes mal colocados salían de sus labios gruesos, y sus gemidos llenaban de tristeza mi estómago. En ese momento se despertó la pianola. Cataplame iba y venía doblado en dos. Corrí hasta la casa. Me precipité en el jardín desde donde podía verlo todo. La pianola se detuvo con una nota en el aire. La señora Armande volvió a aparecer. El trapo cayó al suelo. Cataplame lo recogió y se frotó el torso, el cuello, los brazos, la nuca, el rostro, la frente, los hombros, las tetillas; luego levantó el trapo en alto. La señora Armande miraba. Bruscamente, cerró la ventana. Una cortina de sombra envolvió a Cataplame, y el objeto que tenía en la mano se tornó fúnebre. Creí que iba a ponerlo tristemente sobre el antepecho de la ventana. Le faltó tiempo. Se abrió la puerta y Cataplame se sumergió en el corredor. La pianola comenzó de nuevo. Dos manos frágiles cerraron las persianas. Pasaron días, noches, semanas. La casa de la señora Armande, aun escuchando contra la puerta a la hora en que el grillo se calla, no dejaba oír nada. La madre de Cataplame dejó de llamarlo, y la casa dejó de interesar. Ni una luz, ni un mensaje, ni un suspiro.

Una mañana de sol vi un tumulto delante de la casa. Interrogué a un grupo de jovencitas muy agitadas.

—Cataplame ha degollado a su amante —me dijo una de ellas.


A causa de la guerra y de la enfermedad no puse los pies en una escuela durante seis años. Me fastidiaba leer. «Toma un libro, instrúyete, eres perezosa», se lamentaba mi madre. Prefería mis brazos cruzados, el balanceo de mis pies, los pellejos de las uñas para mordisquear, la piel de mis labios para saborear, un mechón de pelo apretado entre los dientes o el olor de mi brazo desnudo. En casa había algunos libros de la Biblioteca Rosa. ¿De dónde provenían? Eran prestados por Céline, nuestra vecina más próxima, la sacrificada jovencita que cuidaba a su madre y a su abuela enfermas. Cogía un libro, lo abría sobre mis rodillas y lo hojeaba. Los relatos de la condesa de Segur me aburrían. Mis desdichas, cuando perdía una medalla, una moneda o un paraguas, me parecían más reales que las de Sofía. Las ilustraciones, con su tono negruzco, la vestimenta y la forma de las pantorrillas de las niñas modelo, así como sus peinados y sus botitas ajustadas, me gustaban más que el texto. No tomaba en serio sus castigos. Creía en el silbido de las correas en las casas. No creía en los latigazos a las niñas elegantes. Puesto que era avispada, esas jovencitas me parecían unos bebés. Evitaba los cuentos de hadas. Un repollo robado detrás de un carro, he ahí una «desdicha» más palpitante: una empresa. Prefería mi angustia cuando mi madre estaba enferma y yo le preguntaba desde los pies de la cama: «¿Te duele todavía?». Prefería las conversaciones de las personas mayores, sus preocupaciones, sus chismes, sus canciones. Charlaba de una casa a la otra, tenía mucha cara y mucho frío. Volvía a ser una niña a la caída de la noche, cuando jugaba al aro. Me convertía nuevamente en una mujercita cuando partía a recoger hojas para la ensalada, hojas de diente de león. Creía alimentar a mi madre. La fábrica, la fiambrera… Mi mayor deseo, trabajar en una fábrica para ella, traerle dinero para la semana…

Una familia que se daba mucha importancia y que no me contestaba cuando le daba los buenos días me llamó bastarda. ¿Qué quiere decir eso? Le pregunté a mi madre al llegar como una tromba a la cocina. Mi madre se puso pálida. «No quiere decir nada». Salió furiosa. Abrí la ventana y oí que les hablaba a gritos. Lamenté mi curiosidad.


Algún tiempo después, un muchacho de doce años vino una tarde cuando mi madre estaba sentada con las vecinas en los escalones azulados de casa: yo los lavaba arrojando grandes cubos de agua para hacer surgir el azul de la piedra. Félicien me preguntó si prefería pasear o caminar por el cerco de la huerta, junto a las voces y los parloteos. Él apoyaba la mano en el pomo de cobre de la fuente, y escuchábamos el ruido del agua. Ponía mi mano sobre la suya y él retiraba la mano, él ponía la suya sobre la mía y así sucesivamente. Casi no hablaba, pero desbordaba de entusiasmo. Si mi aro apoyado en la pared se caía, él se estiraba y lo colocaba en su lugar. Conocía mis manías. De pronto echábamos a correr uno al lado del otro. Disminuía la marcha y me decía: «Caminemos», antes de que yo quedara sin aliento. Céline había perdido a su madre y a su abuela. Una tarde que jugábamos a saltar sobre el bordillo de la acera, Félicien me dijo entre dientes: «Pida a Céline el cuarto de delante, cierre los postigos y espéreme». Ordenaba y yo obedecía. Tuve que esperar hasta un día en que mi madre se fue al centro con Céline. Esta accedió a prestarme las llaves. En cuanto desaparecieron las dos siluetas, entré en la casa de Céline, cerré los postigos y comencé a esperar. Golpeó la puerta del zaguán. Me pareció que se había cepillado los ojos, las mejillas, los labios. Todo brillaba. «Desnúdese», me dijo, casi con maldad. Nos tratábamos de usted, porque siempre nos encontrábamos al caer la noche. «Desnúdese —repitió—, vamos a casarnos». Obedecí. Se desvistió dándome la espalda. Me tiré en la cama, sintiendo los latidos de mi corazón, pero no tenía miedo. Subió a la cama. Vi su ornamento, como ocurría con los otros muchachos cuando los sábados por la noche llegaba de improviso al pilón a buscar los cubos para fregar. «Cierre los ojos», me dijo. Cerré los ojos, y adiviné que se acercaba de rodillas evitando hacerme daño. Sentí una piel suave sobre la frente, sobre una mejilla, sobre la otra, sobre el párpado, sobre el otro, sobre la boca cerrada, en el nacimiento de los senos y sobre el pubis liso. Ágilmente, se acostó sobre mi cuerpo desnudo y dijo: «No respiremos». Le obedecí. Sus cabellos mojados refrescaban el hueco de mi hombro. Respiró después de un tiempo, y respiré con él. «Me he casado con usted», me dijo. Se levantó, se vistió dándome la espalda y se fue sin decirme adiós. Arreglé las sábanas y abrí los postigos de la ventana, la luz me parecía un regalo. Al volver a casa lloré sin pena, preguntándome por qué lloraba. El muchacho ni siquiera me saludó cuantas veces volvió a nuestro barrio.


Cuando los alemanes se fueron de Valenciennes, nosotras también nos fuimos. Recuerdo el frío, mis jerséis, mis abrigos, mis bufandas. Mi madre y Estelle empujaban una carretilla. La madre de la joven caminaba a mi lado; a pesar del ejército que se retiraba, los caballos y los civiles enloquecidos, me preguntaba si quería rascarle la espalda. Recuerdo también que mi madre, al límite de sus fuerzas, tiró una plancha en la zanja. Nos dirigíamos hacia Mons, empujadas por los soldados alemanes y los civiles. Pasamos una noche en un sótano antes de llegar. Vestida a medias, dormité bajo el ruido sordo del bombardeo. Al día siguiente Mons fue tomado de nuevo; los soldados franceses nos ayudaron a subir con nuestro equipaje en un camión que nos llevaría nuevamente a Valenciennes. Reconocía el camino, los árboles, los campanarios, pero a ambos lados del camino había caballos muertos y soldados muertos. Triste aterrizaje. Los cristales de la casa se habían volatilizado. Los civiles la habían saqueado y destrozado. Tuvimos que dormir a la intemperie. A la mañana siguiente me desperté con una rodilla del tamaño de los repollos que solía robar de los carros.

Mi madre y Clarisse decidieron buscar trabajo en París. Mi madre me metió interna en un colegio de Valenciennes. Yo era la última de la clase siendo dos veces más alta que mis compañeras. Echaba de menos el dialecto de mi barrio. Estar separada de mi madre, de nuestra cama ancha, de mi canasto, de los jardines para asaltar, del serrín del cafetín, del jugo de masticar tabaco, de los salivazos de Caramel, de las canciones de amor, del hierro al rojo de la estufa, del pan mojado en salsa y de las visitas nocturnas del contrabandista, me dio fiebre. No aprendía. ¿Cómo lo hubiera hecho? Me arrastraba bajo el fondo de mi nostalgia.

La enfermedad comenzó con un dolor en el hombro. No podía levantar el brazo, no podía limpiar mis zapatos. El torniquete se apretaba. Sufría de día y de noche. En la cama, entre los ronquidos y los sueños en voz alta, pensaba en el taller del calzado de la tarde siguiente, en mis zapatos que tenía que limpiar, en mi hombro y en mi brazo. La celadora me reprendía. Me creía inerte y perezosa tanto en clase como en el taller de calzado. Se equivocaba. Lustrar y sacar brillo me recordaba a casa, a los trabajos del hogar. Me encontraron las manos húmedas. El médico del colegio dijo que estaba bien, que no había que hacer caso a los chicos. Mi madre, en cambio, me encontró febril el domingo; me llevó y me hizo examinar por su médico. «La pleuresía comienza con un dolor en el hombro», dijo. La pleuresía se había declarado ocho días antes. Mi madre canceló su viaje; el trimestre pagado por adelantado no le sería devuelto, el médico tendría que venir a menudo y harían falta medicamentos; veía en sus ojos un doloroso reproche. Estaba enferma y me creía culpable. Una tos seca y una punzada en el costado reemplazaron al dolor en el hombro. Las noches me aterraban. Respirar era toser y tener punzadas en la cadera. ¡Oh mi periodo de amor, de abnegación y mi sacrificio para no despertarla de noche! Ella dormía en la gran cama de caoba, con la puerta abierta. Yo me incorporaba, me inclinaba hacia delante, abrazaba el edredón, me lo hundía en el pecho o en la boca, me mordía la mano, me tiraba del pelo… No, no quería toser. Venía y me preguntaba si me dolía, si me dolía más o menos. Yo la tranquilizaba y le insistía en que se fuera a acostar. «Alégrense de que no sea purulenta», nos dijo el médico.

Un domingo después del almuerzo mi madre insiste: «Es necesario que seas razonable, tienes que ser razonable, vas a ser razonable… Yo salgo y Estelle te dará tu poción…». Le digo que está guapa, que está elegante. Reforma los vestidos gastados. No puedo decirle que el velo la ha transformado. Ahora, la tos y la cadera me hacen compañía. A ella empiezo a esperarla desde que cerró la puerta.

Estelle me dio la poción varias veces por la tarde, y me dijo que tuviera paciencia. Se escapaba con la cabeza llena de muchachos. Yo me armaba de paciencia y recordaba el piano vertical de Marie Biziaus —una «mantenida» que tiene todas las ventajas, decían en el cuarto mientras yo imitaba la misa solemne—, a cuya casa íbamos con mi madre y mi abuela. Atravesábamos un jardín con flores y hortalizas, entrábamos y Marie Biziaus, corpulenta estatua de Flandes, nos recibía junto con su madre, otra estatua de grasa. Mientras las cuatro damas conversaban, el picante olor del café llegaba hasta el jardín. «Puedes ir a jugar», me animaba mi abuela. Yo entraba en el cuarto, cerraba la puerta y me separaba de las voces y del olor del café. Miraba primero el taburete, recorría con el dedo los dibujos de la trama y suspiraba. Por fin me atrevía a levantar los ojos hasta el teclado. El silencio blanco y negro era formidable. Me decidía: apoyaba el dedo sobre dos notas negras juntas. Hería el silencio. La resonancia terminaba, pero yo estaba posesa. Tocaba el piano sin haber aprendido: no tocaba nada. El teclado me parecía demasiado pequeño y los pedales demasiado delgados para el barullo que hacía tocando de pie. Me inclinaba hacia delante, hacia atrás, al costado, marcaba con la cabeza y cruzaba las manos al tocar. Quería ser el gran pianista que nunca había visto. Quería sorprender a las paredes, a las mesas y a las sillas.

Mi madre volvió antes de la noche y me dijo que el hombre de las lentes había vuelto de la guerra y me mandaba una tableta de chocolate. La dejó sobre mi cama. Comí una pastilla, y otra más sin hacer preguntas: el chocolate era un lujo. El porvenir ya no era nuestro porvenir. Lo adiviné en medio de la confusión.


El médico aconsejó una temporada en el campo, y Laure propuso una convalecencia en su granja a veinte kilómetros de allí.

Durante el trayecto me deslumbró con sus latigazos por encima de los flancos del caballo. Con la lengua entre los dientes, lanzaba unos «driiii» igual que los carreteros. Con destreza colocaba el mango del látigo en el soporte, frenaba en las pendientes, arreglaba la manta y anudaba el delantal de cuero del coche. Yo me secaba las lágrimas.

«Tú mamá… Volverás a ver a tu mamá», se burlaba sin ninguna maldad.

Por fin veía el campo, el verdadero. Las llanuras de Mons y de Marly se extendían hasta perderse de vista, más jóvenes, más francas y más vigorosas. Un árbol se bañaba en una pradera, las casas al borde del camino no ocupaban lugar. Una iglesia se acurrucaba, el cielo y la hierba se miraban uno en el otro. Mi madre desaparecía detrás del horizonte. La extensión avivaba mi dolor.

—Me llamarás tía y le llamarás tío —me dijo cuando el coche entraba en el corral de la granja.

La limpieza de las ventanas y de las cortinas, así como la de las baldosas alrededor de la casa, me cortó el aliento. Se abrió la puerta barnizada:

—Laurent, venga a desenganchar —gritó una viejecita con cara de manzana—. ¿Dónde está usted, Laurent?
—¿Por dónde anda Laurent? El caballo se va a enfriar —dijo Laure.

Laurent salió de una de las construcciones.

—Tiene que darles de comer a los animales —dijo la viejecita a Laure.

Le salté al cuello.

Laure me murmuró al oído que me compraría unos zuecos.

—Abrace a su sobrina —le dijo a Laurent.

Esa noche comimos largas rebanadas de pan con mantequilla salada mojadas en café con leche. El silencio alrededor de la granja me causaba malestar. Comía como ellos y las orejas me zumbaban menos. Cuando miraba los muebles y los objetos me sentía sentada sobre alfileres. Tanta limpieza hace vomitar.


Iba a una escuela en el otro extremo del pueblo. Salía del corral de la granja y me encontraba directamente con el difícil camino del seto. Tropezaba en el empedrado, me agitaba en la subida y avanzaba a pasos lentos. El seto: mi religión, mi santuario. Las nubes me veían, las nubes me miraban. Esas islas flotando en el azul, esos bloques de espuma, son conjuntos de ojos sin tristeza ni alegría. Ojos blancos sorprendidos y sorprendentes. Nunca había visto tanto cielo libre de techos y chimeneas. No hacía diferencias entre las florecillas, el gorjeo de sus colores y el canto de los pájaros. Creía oír millares de pájaros; la naturaleza era una enorme jaula sin barrotes. Tenía en los oídos ramos de armonías, un gato saltaba sobre la hierba, el gallo con toda la gloria de sus plumas rojas y sus plumas verdes no me asustaba. Tiraba mi capazo a lo lejos, quería ver los jardines, los huertos, los prados entre las ramas del seto. Imaginaba misterios, porque estaba separada de ellos, porque estaban solos consigo mismos y el reflejo del sol los bañaba. Su júbilo me dejaba palpitante. Los perfumes viajeros me alcanzaban, me frotaba la frente con una hoja de nogal, me iba a clase bajo una bóveda de follaje, respiraba la luz y el aire puro mientras la brisa enlazaba las ramas.

Almorzaba en una fonda, pero antes debía devorar dos huevos y un tercero a las cuatro. Los médicos aconsejaban los huevos para el crecimiento, la tuberculosis, la anemia y los síncopes. Cuando más se los detestaba, con más entusiasmo los imponían. El agua de una fuente surgía en forma de arco. El agua murmurante, apurada, elegante, elocuente iba hacia un pilón verde. Toc y toc. Rompía mis dos huevos en el borde de la taza y les agregaba un poco de agua para poder tragar esos gusanos redondos.

Aprendí las divisiones de varias cifras después de la coma, y aprendí la concordancia. He comido la manzana y la manzana ha sido comida. Lo aprendí para siempre y mejor que en el colegio. Los animales de La Fontaine me parecían demasiado pomposos y emperifollados. A pesar de las explicaciones, no creía en las cualidades y los defectos de los hombres en los animales. Prefería nuestro gato flaco y gris, gran ladrón, y a mi madre regañándolo. ¿Por qué rebajar los animales a nuestro lenguaje? Ellos tienen sus quejas, tienen sus gritos, sus placeres, sus dramas, sus abandonos y sus hambres. Sus angustias y su mala suerte. Una rana es una rana, y un buey es un buey.


Un recreo:

—¿Por qué has venido a nuestra escuela?
—Porque he estado enferma.
—¿Has estado enferma? ¿Qué has tenido?
—Pleuresía.
—¿Qué es pleuresía?
—Se tose y se tiene una punzada en el costado.
—Yo tengo una punzada en el costado cuando corro mucho. No tengo pleuresía.
—Tienes suerte. La pleuresía seca es menos grave que la pleuresía purulenta.
—¿Quién te ha enseñado eso?
—Te digo lo que me dijo el médico cuando me curaba.
—¿Dónde está tu madre?
—Trabaja en París. Me va a escribir.
—¿Dónde está tu padre?
—Te digo que mi madre trabaja en París.
—Yo te pregunto dónde está tu padre. No te hablo de tu madre.
—Y yo te digo que mi madre trabaja en París.
—¿Por qué me das patadas?
—Porque te digo que mi madre trabaja en París.
—¡Te crees que soy sorda! ¿Vuelves a empezar?
—Porque no me atiendes. Mi madre es mi padre.
—Estás loca, eres idiota. Yo tengo un padre y una madre. Mi madre no es mi padre.
—No estoy loca, no soy idiota. No hay padre en casa. Hay una madre. ¿Qué quieres que te diga? Mi madre es todo.
—¿Todo qué?
—Nada, te digo: nada. Yo tenía una abuela.
—Yo tengo una abuela. Tengo un padre y una madre.
—Tienes suerte.
—Tú también tienes suerte. Tienes zuecos nuevos, un estuche nuevo… ¿Te los ha regalado tu padre? Has venido al mundo como yo: con un padre y una madre.
—Déjame de jorobar. He venido al mundo con una madre. Juguemos.
—Jugaré cuando me digas dónde está tu padre.
—No quiero jugar más contigo.
—Yo tampoco quiero jugar más contigo. Eres tonta. Ni siquiera me sabes decir dónde está tu padre.
—Me voy. Me molestas, me aburres.

Me refugié en un rincón. La curiosa no me molestaba: me torturaba. Yo me inquietaba y me preguntaba. Mi madre me había dicho durante la guerra: ha muerto. Ese hombre muerto del que ella tanto me hablaba, ¿quién era? «No te besaba, temía el contagio. Te daba palmadas en las mejillas, en el mentón». No me acordaba de él, nunca me acordaría de él. Me decidí a caminar con un pie, con el peligro de rajar mi zueco. Provocaba al suelo, al recreo, a la preguntona. Echaba de menos a Fidéline, que me protegía cuando mi madre se enojaba. Para mi madre y para mí era distinto que para los demás. Cuando un padre alzaba a su hijo sobre sus rodillas, cuando lo hacía saltar cantándole «a dada, a dada», me ruborizaba, invadida por la vergüenza y el pudor.

Nosotros vivíamos entre faldas.

De repente, crisis de depresión. Las once y media de la noche. La radio está encendida. Calipsos, blues, sambas. Los bastardos son malditos: me lo ha dicho un amigo. Los bastardos son malditos. Es el redoble, la alarma sobre los calipsos, los blues, las sambas. ¿Por qué los bastardos no se ayudan entre sí? ¿Por qué huyen? ¿Por qué se detestan? ¿Por qué no forman una hermandad? Deberían perdonarse todo, ya que tienen en común lo que hay de más precioso, de más frágil, de más fuerte, de más oscuro en ellos: una infancia retorcida como un viejo manzano. ¿Por qué no existen agencias matrimoniales para que se casen entre ellos? Me gustaría ver escrito con letras de fuego: «Panadería para bastardos». Entonces, estúpidamente, no tendría un nudo en la garganta cuando piden: «Me da una barra de pan…».

Siempre he deseado que en Marty, esa admirable película norteamericana, los dos tímidos que por fin se encuentran fueran dos bastardos.


Los muchachos de la escuela se coligaron contra mí. A las cuatro menos cinco adivinaba que se preparaban a perseguirme por el camino. Tenía miedo de tener miedo. ¿Por qué me habían elegido? ¿Adivinaban acaso las lecciones de mi madre, sus amenazas, adivinaban que sus carcajadas, sus farsas, sus fanfarronadas me dejaban indiferente? Mi madre me obsesionaba; quería una carta de ella. No me escribía. Cuando salía de la escuela, dejaban que me adelantara y los guijarros llovían sobre mi cabeza. Su odio me lastimaba más que sus armas. Tomaba los zuecos en la mano y, más ligera, corría más deprisa. Caía, volvía a levantarme y los guijarros seguían cayendo. Hubiera preferido gritos de indio: los muchachos no gritaban. Desaparecían en cuanto me acercaba a la granja de Laure. Esta se enojó y habló con la maestra. Cesaron las persecuciones y los muchachos me evitaron.


Un domingo por la noche le llevaba un litro de leche a la dueña de la fonda donde almorzaba. Miraba de reojo la fuente, desentendiéndome de su glu-glu porque esa noche no tenía que tragar ningún huevo. En la mitad del camino, un cafetín lucía toda su capacidad en gritos, bebidas, risas y tabaco. Éramos muchos los que nos deteníamos a ver a las señoritas que volvían a acomodarse el pañuelo en la cintura, entre la falda y la blusa. Ardientes y desaliñados, los muchachos salían, orinaban. Volvían vencedores. Uno de ellos, sin titubear, atravesó el conjunto de bailarines y me preguntó si quería bailar. Le contesté «sí» con todo mi corazón. Bailé con mi abrigo violeta, orgullosa de haber aprendido el vals. Después me ofreció su vaso de cerveza y colocó unas monedas en la pianola. Volvimos a bailar; me apretaba contra su camisa empapada en sudor. Yo aparentaba más de trece años y el muchacho quiso saber si yo volvería el domingo siguiente. Le dije que sí y me escapé. Hubiera querido bailar hasta el amanecer. Al día siguiente Laure me reprendió. Me había divertido en un lugar de perdición y no debía volver a hacerlo. Encontré la lección estúpida e indigna de Laure. El domingo siguiente llevé la leche sin mirar del lado del café. Tenía vergüenza y deseaba volver a empezar.


El afecto de Laure y el mío hacia ella crecían. Me alentaba: «Volverás a ver a tu mamá. Te escribirá tu mamá. ¿Por qué no iba a escribirte?». Juraba como un carretero, se reía, me reía con ella. «Es mi sobrina —contaba por todas partes—, ¿no es verdad que se me parece?». Me ponía contenta cada vez que lo decía. Admiraba su fuerza, su corpulencia y su vitalidad. ¡Qué moza! ¡Cuánta destreza al podar! Sus cóleras y sus entusiasmos eran terribles. Peleando con su suegra y su marido, arrojó en la cocina los cubos llenos de leche; gritó: «Me voy, me llevo a la niña conmigo». Mañana y tarde me trenzaba los largos cabellos y hacía admirar mis dos trenzas. La obra de su hermana era también suya. Este coloso me preservaba de la soledad. Su hijo Léon vino a pasar sus vacaciones en uniforme de interno. Me sentía a gusto en la granja, me sentía a gusto en el jardín, en la huerta, me sentía a gusto en el establo, en la caballeriza. No tenía casa, en todas partes estaba en casa. El sol, mi manta cuando me acostaba en la hierba. Me acordaba del parque, atildado, congelado, endomingado. Todo crecía, y yo me fortificaba y me desarrollaba. Una abeja bebía el jugo del silencio, un abejorro rectilíneo era perseguido por el espacio. ¡Estaba tan cerca de la tierra en la que ellos habían germinado cuando me divertía arrojándome sobre el forraje de la granja! Sus pendientes en tobogán al otro lado del camino me empujaban, y la noche descendía, escalón por escalón. La naturaleza se ensombrecía, era una evasión. Una pregunta, un recogimiento. La noche no me entristecía. En la ciudad hubiera sollozado por mi madre ausente. Ahora las perspectivas melancólicas, la sumisión de una ruta, la humildad de una barrera, la desnudez de un rastrillo al revés y lo trágico de una puesta de sol me reconfortaban. Veía todo eso sin explicármelo. No, no me confundía con el paisaje. Controlaba mis mejillas frescas, sacaba el pie del zueco, respiraba, era yo misma, sin proyecto, sin ambición, sin inteligencia, sin reflexión. Hombres, mujeres y niños, ninguno me hería. La penumbra nos vuelve poderosos. Rozaba con el dedo los techos del pueblo. Canturreaba mientras volvía y los ruidos abordaban a una niña maravillada. Laure me anunció la próxima vuelta de mi madre. Dejé de acechar durante horas al cartero los jueves por la mañana, para acechar todo el día el coche con Laure y mi madre adentro. No imagino el sol de medianoche más fabuloso que ese coche apareciendo en lo alto del camino. Me sentía vacía, y la dicha me disminuía a medida que se acercaban las ruedas, el caballo, los rostros. Estaba sola. Liberada de la espera, deshecha por la realización de mi deseo: volver a verla. Cuando el coche estuvo a mi lado, yo era un hueco boquiabierto. ¿Qué esperaba? Lo recibía y lo perdía todo al mismo tiempo. Corrí por el patio y la abracé en el desorden de un corral enloquecido. Mi madre se sacrifica, besa raramente. Me examinaba, me estudiaba. Laure le contaba cuánto había cambiado. Yo tenía demasiado buen semblante. Lo leía en sus ojos. Ella despreciaba mis trenzas a la usanza del pueblo. Ya lo escribí en L’Asphyxie: esa noche junto al hogar, murmuró: «¡Qué campesina te has vuelto!». Sin duda lo dijo de pasada. Me hirió con un cuchillo. Me fui al corral con la capa sobre los hombros y no lloré. Creía, bajo el claro de luna, que ya no era su hija porque me faltaba seducción.

Mi madre detestaba el pueblo, el campo, la vida de la granja. Es una mujer urbana. Influía sobre mí. Los paisajes, los caminos, los campos y los árboles dejaron de inspirarme la misma confianza. Mi madre era una pantalla. Yo hubiera renegado de Laure, de su dialecto, de sus modales y de su actividad para complacer a quien volvía descorazonada de París. Nuevamente, estábamos separadas de los mugidos, la partida de una carreta, un arado o un rastrillo. Mi madre tiene el estómago delicado porque de niña estuvo mal nutrida. No digería el café con leche ni el pan mojado. Yo no comía como antes. Contemplaba a mi madre y ya no era una campesina entre otros campesinos. Hubo un súbito entusiasmo de amistad entre ella y la costurera del pueblo. Me encontraba con ellas después de la escuela y comíamos tartas, hojuelas, buñuelos a puerta cerrada, en una habitación caldeada. ¿Cuándo me explicó mi madre que iba a casarse en el pueblo con un señor de la ciudad y que se iría de nuevo a nuestra ciudad, que yo iría al colegio y que estaría de nuevo interna? No lo recuerdo. Casarse. Yo no comprendía, no podía entenderlo. Un carruaje cerrado, con cochero, llegó una tarde. Después de una rápida comida en el comedor de la granja, mi madre subió al carruaje con el hombre de las lentes que yo había visto cuando vivíamos en Les Glacis. Él me dijo: «Adiós, pequeña». Mi madre se había casado, el coche cerrado los llevaba a los dos, en el crepúsculo. Respiré. Volvía a ser una campesina entre los campesinos. Sí, pero por la noche… la obsesión… ¿Qué es un beau-père? Un beau-père es el padre del esposo, es el padre de la esposa. No sería eso. «Vas a tener un padrastro…». Un padrastro es un padre artificial. Es una muñeca que abre los ojos, que cierra los ojos y que dice: soy un papá. ¿Qué es un padre? ¿Qué es un padrastro? Vuelvo a dormirme. Tengo una madre, corría los muebles en nuestra casa. Era padre y madre.

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