Los golpes (Final)

Jean Meckert







XXV

Una noche después de cenar, tres semanas después de que se hubiera marchado, noté que empezaba a salir del hoyo. Era una noche asfixiante y bella, de depresión o júbilo en el corazón, excesiva en todos los sentidos.

Solo había recibido una carta a su nombre, una carta de Parmain que se mostraba sorprendido por no verla.

Era imposible dejar de darle vueltas. Entonces decidí que se había acabado el lloriqueo y el sufrimiento. Yo también necesitaba una mujer y tenía que tomar una decisión pronto: «¡A la mierda con ella, mierda, y nada más que mierda!».

Salí. Fui a la estación de Montparnasse para ver cómo partían lentamente los trenes de las diez de la noche y pensar en posibles salidas y cambios.

Tranquilidad asfixiante, cada cual iba buscando su pequeña corriente de aire. En las casas se habían abierto las ventanas, las mujeres habían perdido sus mangas, los hombres presumían de torso bajo estrechas camisetas de algodón. Se acercaban el uno al otro, se desnudaban, ni siquiera esperaban a apagar las luces, era una avalancha de euforia, un denso sueño. La gente salía a la ventana o a la calle para buscar un alma gemela. Querer o no, no importaba.

En la estación no había ni ajetreo ni carreras, era el apogeo de una civilización tranquila. Incluso volví a pensar en Paulette en el vestíbulo. Era agradable.

Leí el periódico con aire de viajante sin prisa y luego salí. Creía que iba a reencontrarme con Paulette, no sé por qué, una idea estúpida. Ni siquiera estaba decepcionado.

Y, sin embargo, pensaba en ella e intentaba entender.

Algunos estaban en la acera, cada uno a lo suyo, tomando el fresco por placer; era una noche para pasear.

En los cafés había zonas más oscuras y otras iluminadas por grandes luces redondas con ornamentos en cobre, mobiliario cromado y música. Con o sin terraza, todo el mundo se miraba contento. Era una noche para hablar, para comenzar algo.

Yo todavía notaba los ojos cansados, llevaba muchas noches sin dormir. Pero en aquel momento me sentía mejor. Parecía que estaba tomando conciencia de mí mismo, de lo que yo era, de mi persona y mi yo en medio de los otros.

Pensaba en muchas cosas. Paulette se iba reduciendo poco a poco, hasta caber entre el pulgar y el índice. Pensaba en el mundo, en la vida entera.

Miraba a las mujeres con insistencia porque estaba cachondo. Tenía derecho, aquí o allá, a pequeñas sonrisas con tímidas miradas. Sentía que no estaba acabado, que todavía había vida dentro de mí y una multitud de destinos posibles. Sin embargo, no pensaba en guarradas, sublimaba un poco, soñaba: me sentía bien así.

La vida sonaba con una nueva entonación. En las aceras secas había jóvenes con vestidos nuevos. Las avenidas olían a tilo y a castaño. Todo París bajo los plátanos, mientras los autobuses rugían por la calzada. Me acordaba de aquella cálida noche de primavera, cuando salí de mi habitación de la Villette para ir a los bulevares a escuchar un rato el acordeón. Me revolvía del mismo modo, incluso más profundamente. Paulette se mezclaba en todo esto. Sentía punzadas en el corazón, entre algodones empapados en bilis. Estaba liberando el absceso.

La vida me parecía enormemente divertida; y la soledad, esa puerta a la libertad, muy deseable. A mi alrededor ya no había cháchara ni gentío. Todo el mundo me parecía prodigiosamente inteligente, y yo mismo también. Era una maravilla, mi pequeño universo. Sentía todos los músculos de mi cuerpo.

Por el camino, me iba encontrando clubes muy célebres y caros. Nombres que sin duda debían de conocerse hasta en Berlín y Chicago, pero que yo ignoraba. Era como un extranjero de visita por el barrio. Iba descubriendo cosas.

Me venían a la cabeza pensamientos elevados.

Me parecía como si yo mismo fuera nuevo y no hubiera existido nada antes.

Me senté en una terraza, como en aquella memorable y lejana noche de primavera. Ya no sonaba un acordeón, sino una orquesta al completo.

El café estaba muy bien arreglado, con decoración en el interior y camareros uniformados de blanco en la terraza. Muchísima gente se lo pasaba en grande, gente elegante, sentada en una hilera de sillones de mimbre, disfrutando de su pequeña ración de aire nocturno, la mar de alegres. La música pasaba bajo todas sus formas, iba pegando saltos para luego enfundarse en vestidos claros. Sin palabras, me sumergía en la suavidad del mundo. Me parecía estar deslizándome, se me ocurrían ideas extraordinarias. Estaba sorprendido de sentirme tan vivo sin tener que explicar nada.

Me aferraba a mi cerveza, que irradiaba oro pálido en mi vaso, necesitaba color y música, necesitaba materia, materia bella y respirar. Me sentía poeta. Me parecía que no tenía más que alargar la mano para hacer mía toda la tragedia del mundo.

Bebí lentamente, a pequeños sorbos, mi cerveza dorada. Pagué y enfilé de nuevo el bulevar para volver a pie.

Había una ligera corriente que hacía temblar las hojas iluminadas desde abajo. Provocaba una especie de olas de papel viviente en el silencio, apenas roto por los pocos coches que pasaban. Era el único roce de la noche. Yo no tenía sueño.

En lugar de seguir hacia Gobelins, bajé por el bulevar Saint-Michel y, luego, por Saint-Germain hasta el Sena.

Fui a apoyarme en la barandilla de hierro del puente Sully. El Sena, en remolinos negros, venía a partirse murmurando contra la punta de la isla, estribo robusto y viejo del puente. Más allá, los fanales del puente de Austerlitz se reflejaban en punteados furtivos, cautivos eternos de las noches sin niebla.

Soñaba con el Sena y los canales.

Me volvía a ver de niño, correteando por Pantin, a lo largo del canal repleto de chalanas, procedentes de Bélgica, con sus nombres extraños…

En pantalón corto, con la bata negra que mi madre planchaba, tan cansada… Era justo después de la guerra. Yo iba a jugar con la cometa en las murallas, con una gorra hecha con periódicos. Iba a la escuela Édouard Vaillant. Por el camino había cuatro casas reventadas, con el papel pintado completamente cochambroso, y solares llenos de muelles de somieres oxidados…

Me entristecía oyendo la corriente del agua negra. Volvía a pensar en Paulette. Veía la otra cara de mi nueva soledad; su patetismo se volvía malicioso, me golpeaba en la base del estómago. No había sido demasiado pretencioso: había conseguido a mi mujer en el mercado de ocasión, de segunda mano. Estaba dispuesto a llorar de nuevo por mi mala pata, mi pobre vida de cuatro chavos que no le importaba a nadie.

Sin embargo, estaba bien prevenido contra el sufrimiento, bien vacunado: desde pequeño, no había parado de recibir golpes en la cara. Cuando mamá me había inscrito en el curso complementario después de obtener mi certificado de estudiosme dijo:

—¡Tendrás que esforzarte, mi pequeño Félix! Ya sabes que me deslomo para que no seas como yo, para que tengas un poco de instrucción…

Pobre mamá, siempre quejándose. Murió seis meses después. Yo tenía justo trece años. Me metieron como aprendiz en el taller Galanier. Las tareas más ingratas, las humillaciones, las perrerías típicas a un chaval indefenso. El día en que los tres fresadores risueños me untaron la cabeza con grasa… Y la bofetada que me dio el contramaestre ante la pequeña Olga… Y la vez en que se mearon en mi botellín… Por entonces tenía catorce años. ¡Son cosas que no se olvidan nunca! ¡Oh, sería demasiado largo de explicar! No quiero contar mi vida, no soy Jeremías. La historia de los agravios no es mi especialidad. No soy rencoroso. Soy bueno.

Me preguntaba por qué no me había entendido con Paulette. Sin embargo, tenía la sensación de que había hecho todo lo posible.

¿Quizá no le había hablado lo suficiente, no había intentado explicarme lo suficiente? ¿Quizá tendría que haber intentado comprenderla realmente, hacha en mano, sacudiéndolo todo, haciendo explotar la pólvora, hasta arrinconar a Paulette en una esquina?

Ella se piraba por unas cartas, por unas palabras… ¡porquerías! ¡Por un ladrón, un holgazán, un enfermo! ¡Ah, menuda mierda!

Me incliné sobre el agua, visualizando cómodamente la imagen de mi suicidio, para expulsar así la porquería que me asediaba. No tenía más que mi sudor para acercarme al mundo. No puedo expresarlo. Habría querido aplastar todas esas asquerosas palabras, esos inmundos artefactos. Necesitaba una guerra contra las sucias palabras, ¡un gran exterminio!

Un camión que pasaba hizo temblar el puente y me transmitió por los pies vibraciones que me devolvieron a la realidad. En el fondo, mi soledad no era nada divertida.

Tuve de golpe un pensamiento para la pequeña Solange y, luego, volví a casa en último metro. Era muy tarde.

Al salir, vi que acababa de haber un accidente. Un policía bregaba en medio de un grupo. Trozos de cristal y parachoques torcidos, una colisión brutal contra el culo de un taxi. Había una buena bronca organizada. Los cafés se habían vaciado de clientes que acudían como moscas a ver un entretenimiento imprevisto.

—¡Pues espacio no le faltaba!
—¡Un peatón estaba cruzando!
—Yo lo he visto todo, ¡el camión ha girado sin avisar!
—¡Es él quien ha frenado de repente!

Yo también, de pasada, di mi opinión. Fui a comprobar un poco los parachoques. Eran unos Duralex, los conocía del taller de Parmain, chapados, se plegaban como hierro blanco.

No costaría mucho repararlos, lo vi enseguida.

Me puse a explicar: hay que cambiar el triángulo superior. ¿La lámina inferior? Pues mira cómo la arreglo yo. La puse recta a pulso. Pero el propietario se puso a gritar como un poseso, preguntándome por qué me metía donde no me llamaban… Me piré.

Mi casa estaba a dos pasos.

Entré con pesar. Tenía ganas de estar con una mujer. Estaba cachondo. No estaba seguro de si había perdido el tiempo soñando despierto, como un parado.

En el ascensor me dije que, al fin y al cabo, tenía una casa preciosa. Ni punto de comparación con mi habitación en la Villette. Y que sería muy fácil todavía pasar algún domingo agradable.

Con la llave en la cerradura, me olí que había algo extraño.

Abrí la puerta. ¡Estaba Paulette!

En el sillón, la suegra se acababa una limonada.

—¿Eres tú? —dijo la pequeña, pálida y claramente nerviosa.

La madre se levantó, muy incómoda.

Yo tardé dos segundos en reaccionar.

—¡Sí, soy yo!… Pero si os molesto, eh… ¡Estáis en vuestra casa!… Me iré a dormir al hotel si os estorbo.

Me lo tomaba con ironía.

—¡Si lo hubiera sabido! ¡Pero no quiero molestaros! Es natural… ¿Y «bebé»? ¿No está aquí?… ¿No estará escondido bajo la cama?… ¿No?… Tendrías que haberlo invitado. Así todo quedaría en familia…

Paulette suplicaba con la mirada.

—Te lo ruego, Félix. Te lo ruego…
—Escúchala, Félix —me dijo la madre, con aire dolido.

Era como volver de golpe al redil, una escena clásica. Paulette se tiró a mis rodillas. Se puso a llorar.

¡Que me aspen si es mentira!

—¡Félix! —sollozaba—. ¡Félix, si tú supieras!… Si supieras…

Esta puesta en escena me olía a chamusquina.

—¡Ya está bien! —dije—. Tomarme por idiota, de acuerdo. Pero de nuevo lo mismo, ¡no! Quizá soy un primo, demasiado bueno, pero no es razón para tomarme por imbécil.

Yo iba mirando alrededor. La habitación estaba barrida; la cama, hecha; la vajilla, ordenada. Yo lo había dejado todo asqueroso, no podía decir nada al respecto.

Intervino la suegra.

—No la violentes, Félix. ¡Mira en qué estado está!

La verdad es que Paulette no tenía buen aspecto. En veinte días, se le habían marcado los pómulos, tenía la piel amarilla y los ojos le invadían la mitad de la cara con unas ojeras violáceas.

—¡Me da igual su estado! ¿Qué queréis que haga? ¿Habéis venido a hablarme de su estado? ¡Qué sinvergüenzas!

No quería oír nada.

—¡Sé de muchos que ya os habrían echado a patadas!… Pero yo soy educado. Os dejo tranquilas. Me voy a dar una vuelta… Si quieres tus cosas, sírvete tú misma, ya eres mayorcita.

La pequeña protestó al momento con una voz doliente, diciendo que no quería recoger sus cosas, sino verme, eso era lo que quería, eso era lo que había estado esperando toda la tarde.

Su cuerpo temblaba, le castañeteaban los dientes, me suplicaba con ojos abatidos, daba vergüenza ajena.

—¡Déjame en paz con tu comedia! —le chillé.

Entonces se desencajó: era un dolor innombrable, de un patetismo absoluto.

—¡Comedia! —repetía sacudiendo la cabeza—. ¡Oh, comedia…! ¡No, no…!
—¡No eres humano! —me soltó directamente la suegra.

No me veía capaz.

—¡Me tenéis harto! ¡Me voy a dormir a un hotel!
—Entonces, ¿ya no te intereso? ¿No quieres saber lo que me ha pasado? —volvió a intentar Paulette.

Yo ya estaba en la escalera.

—¡Félix, Félix! —me seguía llamando.

No se daba por vencida. Me siguió corriendo. Me alcanzó abajo, sin aliento.

—¡Félix, no tienes derecho a hacer esto! No tienes derecho a no escucharme.

Estaba atrapado junto a la portería, no podía gritar demasiado. Ella me cogió por el brazo, y se apoyó en mí, como derrumbándose.

Vi que desde el séptimo piso la suegra llamaba el ascensor para bajar.

—¡Félix! —seguía repitiendo Paulette—. ¡Escúchame primero, Félix! Luego podrás juzgarme…

Salimos. Empecé a caminar deprisa.

—No sabes… No puedes saber lo que ha pasado.

La suegra, colorada por haber apretado el paso, nos alcanzó al final de la calle.

—¡Hijos míos!… Yo… ¡Oh, mi corazón! ¡Oh, mi pobre pequeña! Tu madre ya está mayor…

No era normal todo eso. Me preguntaba qué cuento me iban a contar aquellas dos…

Yo seguía caminando a buen ritmo. Ellas se arrastraban detrás. La suegra trotaba como podía. Empezaba a ser ridículo. Afortunadamente, no había nadie por la calle a esa hora.

—Pero ¿adónde vas? —me preguntó la vieja—. ¿Adónde vas corriendo así, Félix?

Le dije que no era asunto suyo y que era libre de ir donde quisiera, que yo no la había invitado.

Avanzábamos bajo las farolas por una calle oscura.

—Sí, ya sé que estoy de más —me dijo—. Lo noto… Me voy a ir. Pero escúchame, Félix… Paulette te dirá verdades muy grandes… No tienes que pegarle. Ha querido suicidarse, Félix… Pobrecita niña… Yo no quiero decir nada, Félix, pero no siempre te has comportado con ella como es debido… Ella es una mujer sensible… Una mujer, ya sabes… necesita palabras agradables… pequeñas atenciones…
—¡Déjalo, mamá! —le pidió Paulette—. ¡No puedo más, Félix! ¡No puedo más!

Se puso a llorar con más fuerza. Empezaba a cansarme con ella colgada todo el rato de mi brazo. Yo tampoco quería dar la impresión de que estaba huyendo como un memo. Volví a tomármelo con ironía.

—¡Pero venga! ¡Sí que os cuesta sacar esa historia, eh!… Y eso que habéis tenido tiempo para prepararla. Ahora bien, si os faltan ocho días más de ensayo, o diez años, no os preocupéis por mí. ¡Lo importante es que quede bien!

La suegra movía la cabeza.

—Mi pobre hija —dijo—. No sé por qué hemos venido. Tú creías que Félix te iba a apoyar. Y esa es precisamente la función del marido, apoyar a su mujer. ¡Venga, no insistamos más!

Se detuvo al final de la acera para intensificar el efecto.

Seguía actuando teatralmente, al más puro estilo meridional. Yo seguía caminando con Paulette enganchada del brazo.

La suegra se dio cuenta del ridículo que estaba haciendo, plantada ahí sola. Se perdió entonces en la oscuridad, profundamente avergonzada… No la volvimos a ver.

Paulette y yo estuvimos caminando así durante diez minutos, sin decirnos nada. Yo iba pensando en un montón de cosas. No sabía si estaba contento o no. Quería darle una buena patada en el culo… También la deseaba… Y me daba exactamente igual toda su historia… Primero subirla a casa. Y luego echarla a la calle como una cerda. Eso era lo que me parecía más normal.

—¡Pesas mucho! —le gruñí al cabo de un rato quitándole el brazo.
—No lo hago a propósito —me dijo con toda su humildad—. No puedo más. Estoy enferma, Félix. Me he levantado de la cama solo para ir a casa. No puedo dar ni un paso más.

Esperó un poco. Yo no dije nada. Nuestros pasos sonaban desacompasados. Hicimos ladrar a un perro escondido. Yo seguía sin decir nada, caminaba todavía más deprisa. Me las daba de grosero sin necesidad.

Ella se agarró de nuevo a mí.

—¡Me envenené! —me dijo.

Yo no dije ni una sílaba. Me sentía descompuesto, completamente disperso. Aparte de lo mucho que deseaba estar con una mujer, no podía pensar con claridad. Ella me daba igual. Ya no la quería.

Llegamos, no sé muy bien cómo, al puente de Charenton. Frente al cauce del Sena, me di cuenta de que no sabía adónde iba ni qué quería.

Había algunas chalanas agolpadas en la oscuridad cerca de la pasarela.

Di media vuelta.

Estaba cansado. Paulette ya no decía nada, agotada, cada vez más verdosa bajo las farolas de gas.

—¡No puedo dar un paso más! —me suplicó nuevamente.

Podía ser verdad. Yo me di cuenta de que también estaba cansado por haber estado caminando toda la noche. Podía ser verdad que ya no se aguantara en pie.

Me detuve. Quise volver a darme el gusto de sacar toda mi mala leche. Empecé a entender que, si la subía a casa para acostarla, me vería obligado a aceptar sus peores explicaciones antes de dormir.

—¡Yo me vuelvo a casa! —le dije.
—¿Quieres decir que me vas a dejar aquí, Félix?
—¡Bah! Creo que ya no tenemos mucho que decirnos.

Ella no respondía. Movió la cabeza mirando al suelo.

—¡No puedo más! —gimió.

La cogía por la cintura para sostenerla un poco. Seguimos caminando. Aquello no tenía ningún sentido, ninguno…

Pasamos entonces por encima de las vías del tren. En la vía había tres puntos blancos que agujereaban la noche… El gran reloj marcaba las dos y diez… Se oía a alguien caminando a unos doscientos metros… Y el zumbido de los fanales cuando pasábamos por debajo. Hacía una temperatura extremadamente agradable. No era el cielo típico de París: estaba límpido, podrido, sí, pero podrido de estrellas. Solo había nubes por el lado de Bicêtre. Me recordaba un montón de cosas. Todas las bellas noches de verano con esta misma Paulette mía, enamorada. Todos esos bellos días y cálidas noches en que nos aireábamos, nos refrescábamos con anís y hacíamos proyectos…

Recordarlo me amargaba el ánimo.

Me puse a tartamudear, se me trabó la lengua tres veces con cada palabra cuando simplemente quería preguntarle si había vuelto a ver a Bernard.

Me dijo que no, luego que sí, al momento.

—Entonces, ¿sí o no?
—Sí, lo volví a ver. Pero no como tú te crees, Félix. Lo vi para decirle que me dejara tranquila con sus cartas.
—Muy bien, ¿y trabaja? ¿Ahora ya se ha espabilado?

Pero estas preguntas caían en el vacío, ella ni siquiera reaccionaba. Tenía que sostenerla firmemente para que no se desplomara. Le puse la mano en las nalgas, de pasada, para cogerla mejor. Ella me dirigió una sonrisa cómplice, tan dolorosa, tan triste… Empezaba a notar que realmente había algo más que una puesta en escena. Sentía un nudo en la garganta, estaba un poco angustiado.

—¿Y entonces? ¿Te hizo gozar? —le pregunté de nuevo.
—¡Está muerto! —me dijo.
—¡De menudo nos hemos librado!

No lo asumí al momento. Estuvimos caminando un minuto sin decir nada… Paso tras paso, presentí el drama en el que, como un estúpido, yo aparecía en tercer plano. Caía sobre mi existencia una historia que no había pedido. Pero me picaba la curiosidad. Quería saberlo todo.

—A ver, ¿cómo que está muerto?
—No te lo puedo explicar… ¡Sería demasiado largo!

Estalló de golpe en profundos sollozos. Las piernas no la sostenían. Tuve que agarrarla bien.

—¡Vamos a casa! —le dije.

La sostenía para que pudiera caminar. Pasamos por la plaza del ayuntamiento, completamente desierta. Solo nos cruzamos con un policía un poco más lejos, en la calle París. Incómodo, giró la cabeza cuando vio que Paulette lloraba descompuesta.

En el estado en que se encontraba, era un milagro que se tuviera en pie. Llegamos a casa, al séptimo; abrí la puerta. Paulette se derrumbó en el sofá.

Sobre la mesa, había un papel. Era de la suegra que había vuelto y se había ido: «Félix —escribía—, apiádate de ella…». Me hablaba de Dios y de las llaves que había dejado bajo el felpudo.

Fui directo a calentar un poco de café para Paulette.

La desnudé. Estaba hecha un mar de lágrimas, inerte. La acosté y apagué la luz.

—Intenta dormir.

Quise ir a la cocina para comer algo, ella me llamó al momento.

—¡No te vayas, Félix! ¡No me dejes sola!

Le castañeteaban los dientes, tenía miedo. Me desnudé y me metí en la cama con ella.

Estaba encogida en la punta de la cama, sufriendo tembleques más allá de toda comedia femenina. Ya casi no lloraba, empequeñecida y desecha sobre la almohada.

Tiré de ella hacia mí.

—¡Venga, ya está bien! No llores así. ¿Qué pasó? Me lo puedes contar, ya lo sabes… Explícame un poco, a ver…

Aun sin convicción, la acariciaba para darle confianza. Ella seguía inerte, como abatida y conmocionada por un impacto en la cabeza.

—¿Tomaste veneno? —le pregunté con dulzura.

Ella asintió.

—¿Y él?… ¿Fuiste tú quien le preparó la sopita? Dímelo, venga…

Ella reaccionó a pesar de todo.

—No, Félix, fue él quien lo preparó… ¡Oh, todo esto no sirve para nada!… No podrías entenderlo, Félix… Tú eres una persona limpia, sana… Yo estaba como loca, no me lo reproches… Quizá te dará más problemas que otra cosa. Habría sido mejor que me muriera…

Se estaba mareando. El café no le había sentado bien o quizá fuera el cansancio. Dejé que vomitara tranquila en la pila.

Yo pensaba en un montón de cosas diferentes que bullían en mi cerebro de salvaje. Me sentía como si, en medio de un alud, estuviera rodando montaña abajo. No había ni el más mínimo lugar en el que hacer pie, hundía mis pasos en el vacío, iba rebotando contra mil paredes rocosas, dispersándome como unos fuegos artificiales.

Había dejado la habitación a oscuras y veía el rectángulo blanco de la luz de la cocina.

Tuve frío y miedo: no tengo por qué esconderlo. Me dolía pensar con tanta sinceridad. La nada me hincaba sus garras en el estómago. Todos los porqués venían a morir a mi habitación como pompas de jabón.

Paulette volvió a la cama, lívida. La cubrí con unas mantas.

—¿Estás mejor?

Emitió un leve gemido que significaba que sí. No hablamos más, y ella se quedó dormida.

Las pequeñas nubes de Bicêtre debían de haber aumentado durante la noche. Hacia las seis de la mañana entraba en la habitación una luz grisácea y el murmullo insidioso de la lluvia. Era la asfixia acolchada del silencio, remachada por los plafs chatos de las gotas de agua.

Todo aquello me hacía llorar, me deprimía. Me giré hacia Paulette. Tenía los ojos abiertos como platos, mirando fijamente la lámpara del techo, nuestro pequeño aparato de luz rosa, que habíamos comprado en las Galerías Lafayette un sábado ya lejano.

—¿No estás durmiendo?
—No, Félix —me respondió muy triste.

No le di ningún beso. Tampoco ella hizo gesto alguno.

No era un buen momento. Paulette estaba verde y ciertamente enferma. No se quejaba, no decía nada, apática. También yo me sentía desanimado.

—¿Qué tienes pensado hacer? —le pregunté.
—… ¡No lo sé!… ¡Lo que tú quieras!

Me levanté. Me puse el pantalón porque, de golpe, sentí pudor paseándome desnudo ante ella.

Le pregunté si quería algo, luego fui a calentar café.

Las ganas de hablar me volvieron de golpe, sediento de preguntas cuando retorné junto a ella con la taza de café.

—¿Qué te hice para que te fueras con ese tipo asqueroso, eh?
—¡Nada, Félix!
—Y luego, ¿qué paso?… No sé nada de lo que ha pasado… Parece que te estás muriendo y me dices que él está muerto…
—Bernard quiso que nos matáramos los dos… ¡No me preguntes nada, Félix, es demasiado duro!

Ella cerraba los ojos sobre la almohada. No la reconocía. Era una viejecita flácida estirada en la cama.

—¡Menuda película me cuentas! —dije.
—¡No te burles, Félix!
—¡No tengo ninguna gana de reír! ¿Cuánto tiempo te quedaste con él?
—No lo sé, Félix. Un día o dos…

Bebió un poco de café. Yo sentía cómo todos los poros de mi piel empezaban a enfadarse. Ella lo vio enseguida. Dejó su taza. Se levantó.

—¡Me voy, Félix!

Estaba fea, mi pobre Paulette, deformada; me daba pena.

Ella también sintió cierto pudor, lo había desarrollado durante esas tres semanas, e hizo un montón de contorsiones para ponerse las braguitas. No se tenía en pie. Se cogió la cabeza con las manos sin decir nada. Vi que lloraba en silencio.

No soy un mal tipo, ya lo he dicho, y además ella estaba medio desnuda. La cogí entre mis brazos.

—¡Venga! Llora todo lo que necesites. ¡Te sentará bien!

Ella también me abrazó. Se puso a llorar a lágrima viva.

—¡Félix!

Seguía haciendo el mismo sonido de niña…

No sabía muy bien qué pensar. Me deshacía, como la lluvia grisácea.

Le volví a preguntar qué tenía pensado hacer. Era pura miseria lo que tenía entre mis brazos.

—¡No lo sé!…

Su tristeza me empañaba profundamente el corazón. Le pregunté de nuevo para saber lo que había pasado.

—No lo sé, Félix… ya no sé nada…

Le pasé el pañuelo por su cara abotargada.

Intentó farfullar algo.

—Era un enfermo… un enfermo… Su boca apestaba, Félix… Tenía el estómago como un coladero… Se hinchaba a medicamentos hasta las orejas… Apestaba a fiebre, Félix… No te lo puedes imaginar.
—¿Y te acostaste con eso?
—No como tú crees, Félix.
—¡Yo no creo nada!

Se puso a llorar de nuevo, pero sentí en tres contracciones que ahora estaba haciendo un poco de teatro.

Me levanté.

—Tengo que ir a trabajar.

Empecé a afeitarme en la cocina. Me temblaba la mano.

—¿Y la policía? —le pregunté—. ¿Y la investigación?
—No sé, Félix.

Volví a la habitación para arreglarme. A pesar de todo, yo quería saber. Sentía punzadas de impaciencia en cada vena.

—¡Venga! ¡Suéltalo ya!…

Ella me dijo entonces que estaba desamparada, «absolutamente como loca, Félix», que fue a casa de ese despreciable Bernard para echarle una buena bronca por las cartas… Y que, una vez allí, se encontró, como recibimiento, dos ojos profundos como fosas comunes y una voz enferma que le daba la bienvenida con palabras amables… Que él ni se aguantaba en pie y agitaba sus últimos dibujos para interpretar la gran comedia del genio incomprendido…

—Me habló, Félix… No sé decirte… Tenía un aspecto tan desgraciado… Y tan contento por verme…

Paulette se había quedado sin rechistar con ese putrefacto, con ese debilucho que titubeaba bailándole el agua y recitando una novela de folletín, dejándose vaciar como una batería, timar con pequeños sueños y toda esa mierda de la muerte romántica. ¡Menuda cerda!

—¡Yo no podía más, Félix! También me daba pena. Ya no había nada vivo en mí, ya no esperaba nada… Él me hablaba… No paraba de hablar y de callarse con esos ojos que continuaban mirándome. Me dijo que era mejor que nos matáramos los dos juntos. Estaba iluminado como un verdadero profeta… Me convenció. Puso la mesa… Y luego de golpe la mitad de su frasco en mi vaso… Y después, quiso encender unas velas… Estaba loco de atar, Félix, sonriente, iluminado… No te lo puedes imaginar. Me recitaba versos. Me habló de Romeo y Julieta… No, no, Félix… ¡Estaba completamente loco!… Me sentí mal y luego vomité. Ya no me acuerdo, Félix… Tuve miedo y bajé corriendo.

Le dejé que contara toda su historia. Se me estaba secando la espuma de afeitar en la cara. Me daban tics nerviosos. No lograba encontrar el gesto adecuado.

—¡Menuda película me estás contando! —le dije—. ¡No me creo ni una palabra!

Ella saltó de repente.

—¡No tienes derecho a decir eso!

Le pregunté entonces cómo había sabido que estaba muerto, si había salido en los periódicos.

—No, Félix. Pero no es muy difícil de adivinar. Estaba amarillo y no avisé a nadie, aguanté hasta coger un taxi…

Encontré una buena actitud para responder, probé con la cólera.

—¡Mentiras! ¡Ayer estaba muerto! ¡Hoy ya no lo sabes! ¡Romeo y Julieta! ¡Y para colmo las velas!… ¡Venga ya! Mejor dime que no pudo metértela, ¡sería lo más correcto!
—¿No me crees, Félix? —me preguntó, dulce y pequeña.
—¡Ni una sola palabra!
—Me voy…

Yo volví a la cocina para acabar de afeitarme. Estaba electrizado. Mi cuchilla despedía chispas. Me sentía humillado por su historia, horriblemente triste. Paulette me estaba rebajando de nuevo al grado de inútil, me sacaba de mis casillas, destruía las piedras resbaladizas sobre las que todavía me atrevía a poner los pies. Llegué a perder la última confianza que tenía en mí.

¿Era verdadera su historia? ¿Falsa? ¿A medias?… Yo seguía siendo el trípode infecto en su historia, el palurdo desequilibrado, humillado por nada, por unas meras frases…

De todos modos, la situación era insoportable. Yo no podía más. Quise explicárselo.

—No sé si te estás dando cuenta…

Ahí se quedó la cosa, no tenía palabras.

Ella vio que estaba sufriendo, que era desgraciado. Me llamó dulcemente por mi nombre, esperando el final de la frase que nunca llegó.

No era una estupidez, Paulette, yo pensaba demasiadas cosas en ese momento. Siempre me ha costado concentrarme. ¡Me falta educación!

En cualquier caso, lo que hacía falta era una solución. Le volví a preguntar qué tenía pensado hacer.

—Marcharme, Félix, porque no me crees.
—¡Pues mejor que no te crea! ¡Porque tendría razones para matarte si creyera todo lo que dices! ¿Qué te he hecho yo, eh?… ¡Dime qué te he hecho para que me juzgues más infecto que la última de las infecciones!… ¿No ves que, por todo lo que me has hecho, merecerías estar muerta?
—Sí, me dijo.
—¿No crees que estás completamente loca? Si hubiera sido el vendedor del colmado de abajo o el policía de la esquina, lo habría entendido. Pero él, ¡él no! ¡Ya sabías perfectamente cómo era el tipo ese! ¡Una enferma! Eso es lo que eres… ¡una tarada!
—Sí, Félix.

Estaba dispuesta a todo. Creo incluso que ella habría sentido placer si le hubiera pegado entonces. No se vestía. Seguía inmóvil. Quería desaparecer suavemente.

—En el fondo, soy demasiado sentimental… —dijo como probando un último cartucho.

En ese momento le escupí, un escupitajo bien compacto y cargado de mi desprecio más imbécil. Se quedó enganchado en su pelo.

Se lo quitó con la mano, me miró…

—Me voy —dijo.
—¡Pues date prisa! No quiero llegar tarde por tu culpa.

Se vistió mientras yo preparaba su maleta azul.
Metí sus harapos dentro.
Interpretó una última escena antes de marcharse. Le dio un beso a mi almohada, de manera ostensiblemente discreta y disimulada.

—¿Estás preparada?
—Sí, Félix.

Saqué su maleta al rellano.

—¡Eso es!

Se giró una vez más para mirar la habitación. Estaba llorando de veras, hizo un pequeño gesto con la mano.

—¡Adiós a todo esto!

Le corté el monólogo. Cerré la puerta con llave y cogí su maleta para bajarla.

Como el silencio nos estaba aplastando, le pregunté si iba a casa de su madre.

—No, Félix. ¡Solo me queda matarme!

No insistí.

En la acera, la dejé con su maleta azul.

—¡Pues, hala! ¡El Sena es por allí! —le indiqué con la mano.

Luego me dirigí solo hacia el metro con aire satisfecho.

Había conseguido zanjarlo, abrir una verdadera brecha. Pero luego la vida no funcionó.

Antes de cruzar la calle, oí un frenazo detrás de mí, un fuerte derrape y un golpe como para reventar los neumáticos.

Me giré.

Una camioneta acababa de derrapar mientras Paulette permanecía de pie en medio del bulevar, blanca y conmocionada, apretando la maleta contra su vientre.

Inconsciencia o deseo de matarse, no lo sé. Allí estaba ella, soportando las injurias del conductor. No reaccionaba.

Volví hacia ella, presa de la pena y la incertidumbre.

—¡No te quedes ahí! —le dije—. ¡Estás haciendo el ridículo!

Se estaba produciendo una aglomeración. La cogí por el brazo para llevarla a la acera. Un tipo con sombrero blando la había cogido por el otro brazo, caritativamente. Le proponía ir a tomar algo en una cafetería. Me tomaba por testigo: «¡Pobre mujer».

¡Qué vergüenza sentí!

Cogí la maleta y empujé a Paulette: «Venga, ¡vamos!». Subimos de nuevo a casa. Ella no decía nada.

—¡Acuéstate! ¡No te aguantas en pie!

Ella seguía sin decir nada, como si estuviera vacía del todo. Yo también estaba trastornado por la emoción.

—¿No crees que ya hay demasiadas historias de envenenamiento en tu familia?
—No sé…

Se estiró en la cama. Débil como estaba, notaba que el menor gesto le costaba mucho.

—Pues nada —dije—, hoy no iré a trabajar.

Ella me sonrió un poco, para mostrar que estaba contenta de que me quedara junto a ella.

—Bueno, Paulette, dime qué te tomaste para quedarte en este estado.
—Un medicamento, Félix.
—Pero ¿qué medicamento?

Me dijo entonces un nombre como Ergosine, Argosil, no me acuerdo.

—¿Y qué contiene?
—¡No lo sé, Félix!
—Es el veneno de la familia, ¿eh? ¿Te lo enseñó tu madre, no?

Se reincorporó entonces un poco.

—No, no, Félix… ¡No te creas eso tú también!… Mamá ya sufrió bastante… Todos hemos sufrido demasiado por preferir las historias a la realidad.

Alcé los hombros.

—¡No me creo nada! Lo único que veo es que estás jodida. ¿Y todo esto por quién, Dios mío, por quién?

Estaba verde en la cama. Me sonreía con humildad para que la perdonara. No se había quitado los zapatos. Esperaba, atenta a mi reacción, como una perra.

Puse leche a calentar y volví junto a ella. Olía a sudor de enfermo, estaba en un estado verdaderamente lamentable que se advertía en su mirada de animal acorralado.

Algo se deshizo dentro de mí, inundándome los ojos y dándome el aspecto de un niño desgraciado. Balbuceé algo.

Sentí que Paulette se dirigía a mí, amable y maternal, rodeándome con sus brazos: «No, mi Félix, nunca has sido malo conmigo…». Estaba avergonzado y me sentía estúpido: ya no sabía lo que quería. Miré la hora como de pasada.

—Escucha, Paulette, es mejor que vaya a trabajar. Le diré al jefe que ha habido una avería. Así no habré perdido más que una hora…

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