Santuario (IX)

William Faulkner








XXIII

Cuando Horace, después de cruzar el portillo de Miss Reba, se dirigió hacia la estructura rectangular con celosías, alguien le llamó a sus espaldas. Ya había anochecido; sobre la desconchada pared de la vieja casa las ventanas se apretaban en pálidas hileras. Horace se volvió. Por detrás del muro más cercano, y con el mismo ángulo que pudiera haberlo hecho un ave de corral, asomaba la cabeza de Snopes. En seguida se mostró de cuerpo entero. Levantó la vista hacia la casa y luego miró a ambos lados de la calle. Después avanzó pegado a la valla y atravesó el portillo cautelosamente.

—Bueno, juez —dijo—. Todo el mundo tiene que echar una cana al aire, ¿no es cierto? —no hizo gesto de estrecharle la mano. Se limitó, desde lo alto de su masiva presencia, a contemplar a Horace con una expresión que conseguía ser a la vez confiada y vigilante, sin dejar por ello de mirar hacia la calle por encima del hombro—. Como digo siempre, nunca le ha hecho daño a nadie salir de vez en cuando y…
—¿De qué se trata esta vez? —dijo Horace— ¿Qué es lo que quiere?
—Vamos, vamos. No se lo voy a contar a nadie en Jefferson. Quítese esa idea de la cabeza. Si todos empezáramos a contar lo que sabemos, más nos valdría cambiarnos de ciudad, ¿no le parece?
—Sabe usted tan bien como yo lo que he venido a hacer aquí. ¿Qué es lo que quiere?
—Por supuesto —dijo Snopes—. Sé lo que siente un hombre, casado y todo eso, que además no está seguro de lo que hace su mujer —entre dos precipitadas ojeadas por encima del hombro le hizo un guiño a Horace—. Cualquier confidencia suya irá conmigo a la tumba. Pero me repugna ver a un buen… —Horace había seguido andando en dirección a la puerta—. Juez —dijo Snopes en voz baja perfectamente audible. Horace se volvió—. No se quede.
—¿Que no me quede?
—Hable con ella y márchese. Es un sitio para incautos, para paletos. Más caro que Monte Carlo. Esperaré aquí y le enseñaré un lugar donde… —Horace continuó adelante y entró en la casa. Dos horas más tarde, cuando hablaba con Miss Reba en su habitación, mientras, más allá de la puerta, pasos y, en ocasiones, voces iban y venían por el pasillo y por las escaleras, Minnie entró con un pedazo de papel y se lo dio a Horace.
—¿Qué es eso? —dijo Miss Reba.
—El grandullón ése con cara de empanada lo ha dejado para él —replicó Minnie—. Y ha dicho que bajara usted.
—¿Le has dejado entrar? —preguntó Miss Reba.
—No, señora. No ha dicho que quisiera entrar.
—Imagino que no —dijo Miss Reba, emitiendo un gruñido—. ¿Lo conoce usted?—le preguntó a Horace.
—Sí. No parece que esté en mi mano evitarlo —dijo Horace. Al abrir el papel, que era un trozo de una octavilla, se encontró con una dirección escrita a lápiz con letra clara y de trazo fácil.
—Se presentó aquí hace cosa de dos semanas —dijo Miss Reba—. Venía buscando a dos muchachos; se pasó la noche en el comedor hablando por los codos y tocando el trasero a las chicas, pero no se gastó un centavo, que yo sepa. ¿Te pidió algo de beber, Minnie?
—No, señora —dijo Minnie,
—Y un par de noches después estaba otra vez aquí. No se gastó nada y no hizo más que hablar, así que le dije: «Oiga usted, las personas que usan esta sala de espera tienen que coger el tren de vez en cuando». De manera que al otro día trajo media pinta de whiskey. No me parece mal que lo haga un buen cliente, pero cuando un tipo como ése viene aquí tres veces, pellizca a mis chicas, se trae su whiskey y pide cuatro coca-colas…, no es más que un pobre desgraciado, un tipo vulgar, querido. Le dije a Minnie que no lo dejara entrar más, pero una tarde, cuando no había hecho más que tumbarme para echar una siestecilla… Nunca he sabido qué hizo con Minnie para que lo dejara entrar. Sé que no le dio nada. ¿Cómo lo consiguió, Minnie? Debe de haberte enseñado algo que no habías visto nunca, ¿no es cierto?

Minnie movió la cabeza.

—No tiene nada que me interese ver. Y además ya he visto demasiadas cosas que más me valdría no haber visto —a Minnie la había abandonado su marido, que no aprobaba la ocupación de su mujer. Era cocinero de un restaurante y, después de apoderarse de toda la ropa y las joyas que las mujeres de raza blanca le habían dado a Minnie, se escapó con una de las camareras del local donde trabajaba.

—A cada momento volvía a hacer preguntas e insinuaciones sobre esa chica —dijo Miss Reba—, y yo siempre le decía que fuera a preguntarle a Popeye si tantas ganas tenía de enterarse. Lo único que le dije fue que se marchara y que no volviera, ¿se da cuenta? Pero ese día, a las dos, poco más o menos, cuando estoy durmiendo, Minnie le deja entrar y él le pregunta quién está y ella le dice que no hay nadie y el otro, ni corto ni perezoso, se echa escaleras arriba. Y Minnie dice que casi al mismo tiempo llega Popeye, y que no sabe qué hacer. Le da miedo no dejarle pasar y sabe que si le deja y Popeye me mancha todo el primer piso con la sangre de ese hijo de su madre voy a ponerla de patitas en la calle y además su marido acaba de abandonarla y todo eso.
»Así que Popeye sube las escaleras con esos andares de gato que tiene y encuentra a su amigo de usted arrodillado, mirando por el ojo de la cerradura. Minnie dice que Popeye se quedó detrás del otro sin hacer nada cosa de un minuto, con el sombrero ladeado sobre un ojo; que luego sacó un pitillo, prendió una cerilla con la uña del pulgar sin hacer el menor ruido, encendió el cigarrillo y acercó la cerilla al cogote de su amigo de usted. Minnie dice que se quedó a mitad de la escalera, mirándolos: el tipo ése arrodillado, con su cara de empanada poco cocida y Popeye echando humo por la nariz y moviendo la cabeza como si tuviera, un tic nervioso. Luego Minnie bajó la escalera y a los diez segundos apareció el otro con las manos en la cabeza, cantándole las tripas como si fuera un caballo perdieron; estuvo alrededor de un minuto dando manotadas en la puerta y gimiendo para sus adentros como el viento en una chimenea, dice Minnie, hasta que le abrió y le dejó salir. Y ésa fue la última vez que llamó al timbre hasta esta noche… Déjeme ver eso —Horace le tendió el papel—. Es una casa de negras —dijo Miss Reba—. El muy cana… Minnie, dile que su amigo no está aquí. Dile que no sé dónde ha ido.

Cuando Minnie se marchó, Miss Reba dijo:

—He tenido a toda clase de gente en mi casa, pero hay que decir basta en algún momento. También venían abogados. Tuve al abogado más importante de Memphis ahí, en el comedor, invitando a mis chicas. Un millonario que pesaba doscientas ochenta libras y mandó traer una cama especialmente hecha para él. Todavía sigue en el piso de arriba. Pero todo en mi línea de trabajo, no en la suya. No voy a permitir que un abogado moleste a mis chicas sin una razón de peso.
—¿Y no le parece que estamos en ese caso? ¿La posibilidad de que condenen a muerte a un hombre por algo que no ha hecho? Puede que en estos momentos sea usted culpable de encubrir a un fugitivo de la justicia.
—Entonces que vengan a por él. Yo no tengo nada que ver con ese asunto. Por esta casa han pasado demasiados policías para que les tenga miedo —alzó la jarra, bebió y se limpió la boca con el revés de la mano—. No estoy dispuesta a que me mezcle en algo que no conozco en absoluto. Lo que Popeye haya hecho fuera de aquí es cosa suya. Cambiaré de idea cuando empiece a matar gente en mi casa.
—¿No tiene usted hijos? —Miss Reba se limitó a mirarlo—. No es que quiera entrometerme en sus asuntos —dijo Horace—. Pensaba únicamente en esa mujer. Se encontrará otra vez en la calle y sólo Dios sabe lo que pasará con ese niño.
—Sí —dijo Miss Reba—. Mantengo a cuatro en una institución para niños en Arkansas. Pero ninguno de ellos es mío —alzó la jarra y miró dentro, balanceándola suavemente. Luego volvió a dejarla—. Sería mejor que no hubiera nacido —dijo—. Ni él, ni los otros —se puso en pie, avanzó hacia Horace moviéndose pesadamente y se detuvo a su lado, jadeante. Poniéndole una mano en la cabeza le hizo levantar el rostro—. No me está mintiendo, ¿verdad? —preguntó con ojos escudriñadores y una expresión llena de seriedad y de tristeza—. No, no me miente —retiró la mano—. Espere aquí un momento. Veré lo que puedo hacer —salió de la habitación. Horace la oyó hablar con Minnie en el pasillo y después subir las escaleras con gran dificultad.

El siguió tranquilamente sentado donde estaba. En la habitación había una cama de madera, un biombo pintado, tres sillas tapizadas con exceso de relleno y una caja fuerte empotrada en la pared. Sobre el tocador se acumulaban diversos objetos de aseo personal con lazos de satén color rosa. Sobre la repisa de la chimenea descansaba un lirio de cera dentro de un fanal; encima, con crespones negros, la fotografía de un hombre de aspecto apacible con un enorme bigote. De las paredes colgaban unas cuantas litografías de escenas griegas apócrifas y un cuadro hecho con encaje de hilo. Levantándose del asiento, Horace se acercó a la puerta. Minnie ocupaba una silla en el corredor sin luz.

—Minnie —dijo—, necesito una copa. Bien llena.

Acababa de apurarla cuando Minnie entró de nuevo.

—Dice Miss Reba que suba usted.

La dueña le esperaba en el descansillo. Le condujo pasillo adelante y abrió una puerta que daba a una habitación a oscuras.

—Tendrá que hablar así con ella —dijo Miss Reba—. No quiere que se encienda la luz —a través de la puerta la claridad del pasillo daba sobre la cama—. Esta no es su habitación —añadió Miss Reba—. No estaba dispuesta a verle allí. Será mejor que le lleve la corriente hasta que descubra lo que quiere saber.

Entraron. La luz del pasillo daba sobre la cama, iluminando, inmóvil bajo las sábanas, un bulto curvo, que no llegaba a crear la impresión de que el lecho estuviera ocupado. Se va a asfixiar, pensó Horace.

—Querida —dijo Miss Reba. El bulto no se movió—. Ya está aquí, querida. Como estás completamente tapada no importará que demos la luz y cerremos la puerta—añadió Miss Reba, encendiendo la luz.
—Se asfixiará —dijo Horace.
—Se destapará dentro de un momento —dijo Miss Reba—. Empiece. Dígale de qué se trata. Será mejor que me quede. Pero no se preocupe por mí. No seguiría en este negocio si no hubiera aprendido hace mucho tiempo a ser sorda y muda. Y si alguna vez sentí curiosidad esta casa me la hizo perder años atrás. Tenga una silla.

Miss Reba se dio la vuelta, pero Horace se le anticipó y cogió dos sillas. El se sentó junto a la cama y, hablando a la parte superior del bulto inmóvil, le dijo lo que quería.

—Sólo deseo enterarme de lo que pasó realmente. Usted no se comprometerá. Sé que no lo hizo. Antes de que me diga nada voy a prometerle que sólo tendrá que declarar ante el tribunal si no hay otra forma de evitar que lo ahorquen. Sé lo que siente usted. No la molestaría si no estuviera en juego la vida, de ese hombre.

El bulto no se movió.

—Van a ahorcarlo por una cosa que no ha hecho —dijo Miss Reba—. Y esa pobre mujer no tendrá nada ni nadie. Tú con brillantes y ella con su niñito enfermo. Te das cuenta, ¿verdad?

El bulto no se movió.

—Sé lo que siente —dijo Horace—. Podrá usar un nombre falso, llevar ropa que haga imposible reconocerla, ponerse gafas.
—No cogerán a Popeye, corazón —dijo Miss Reba—. Es demasiado listo. Tú no sabes cómo se llama, claro que no; y si tienes que ir a declarar, se lo haré saber después de que te vayas; se marchará a otro sitio y mandará a buscarte. Ni tú ni él queréis quedaros en Memphis. El abogado cuidará de ti y no tendrás que decir nada que…

El bulto se movió. Temple apartó la ropa de la cama y se incorporó. Estaba despeinada, tenía la cara hinchada, dos manchas de colorete en las mejillas y los labios furiosamente pintados en forma de corazón. Contempló por un momento a Horace con absoluta animosidad y luego apartó la vista.

—Necesito un trago —dijo, subiéndose el hombro del camisón.
—Échate —dijo Miss Reba—. Vas a enfriarte.
—Quiero otro trago —dijo Temple.
—Échate y tápate de todas formas; estás medio desnuda —dijo Miss Reba, levantándose—. Te has tomado ya tres copas desde que cenaste.

Temple volvió a subirse el camisón. Miró fijamente a Horace.

—Invíteme usted a un trago, entonces.
—Vamos, corazón —dijo Miss Reba, tratando de acostarla—. Échate y tápate y cuéntale lo que pasó. Te traeré una copa dentro de un momento.
—Déjeme en paz —respondió Temple, retorciéndose hasta quedar libre. Miss Reba subió la ropa de la cama hasta taparle los hombros—. Entonces déme un cigarrillo, o ¿es que no tiene? —le preguntó a Horace.
—Te lo traeré dentro de un momento —dijo Miss Reba—. ¿Harás lo que te pide?
—¿El qué? —dijo Temple. Contempló a Horace con ojos beligerantes, llenos de hostilidad.
—No tiene que contarme dónde su…, dónde… —dijo Horace.
—No crea que tengo miedo —dijo Temple—. Estoy dispuesta a decirlo en cualquier sitio. No crea que tengo miedo. Pero necesito un trago.
—Cuéntaselo y te lo traeré —dijo Miss Reba.

Sentada en la cama, tapándose los hombros con la sábana, Temple habló de la noche que había pasado en la casa en ruinas, desde el momento en que entró en la habitación y trató de atrancar la puerta con la silla, hasta el instante en que la mujer se acercó a la cama y la llevó consigo. Al parecer, era aquélla la única parte de la aventura que recordaba: la noche que había superado relativamente ilesa. De vez en cuando, Horace trataba de hacerle seguir adelante, al momento del crimen, pero Temple eludía sus preguntas y volvía a verse sentada en la cama, escuchando a los hombres que bebían en el porche, o tumbada en la oscuridad mientras los otros entraban en el cuarto, se acercaban a la cama y se quedaban allí, muy cerca de ella.

—Sí; eso es —decía—. Sucedió: no sé cómo. Llevaba tanto tiempo asustada que debí acostumbrarme a estarlo. Me quedé sentada en aquellas vainas de algodón, mirándola; porque al principio creía que era la rata. Había dos allí. Una estaba en un rincón, mirándome, y la otra en el rincón de enfrente. No sé de qué se alimentaban, porque no había más que mazorcas y vainas de algodón. Quizá fueran a comer a la casa. Pero en la casa no había ninguna; en la casa no las oí nunca. Pensé que pudiera ser una rata cuando los oí por primera vez, pero en una habitación a oscuras se siente a las personas: ¿lo sabía? No hace falta verlas. Se las siente como se sabe lo que quiere un chico cuando vas con él en el coche y empieza a buscar un buen sitio donde parar…, ya sabe, para estar un rato tranquilos.

Siguió así, en uno de esos gárrulos monólogos llenos de vivacidad que las mujeres son capaces de sostener cuando se dan cuenta de que todo el mundo está pendiente de ellas; Horace advirtió de pronto que Temple narraba su experiencia con verdadero orgullo, con una especie de ingenua e impersonal vanidad, como si estuviera inventando toda la historia, mientras les lanzaba rápidas miradas a él y a Miss Reba, a la manera de un perro que fuera vigilando dos cabezas de ganado a lo largo de una senda.

—Cada vez que respiraba oía el ruido de las vainas de las mazorcas. No entiendo cómo nadie consigue dormir en una cama así. Aunque puede que uno llegue a acostumbrarse. O quizá esa gente esté muy cansada por la noche. Porque yo oía el ruido de las vainas cada vez que respiraba, incluso estando sentada en la cama. No podía creer que fuera sólo por respirar y estaba lo más quieta que podía, pero las seguía oyendo. Eso pasa porque la respiración va hacia abajo. Uno cree que va hacia arriba, pero no es cierto. Va hacia abajo, y yo les oía emborracharse en el porche. Llegué a pensar que podía ver dónde tocaban con la cabeza en la pared al inclinarse hacia atrás, y me decía Ahora es ése el que está bebiendo de la garrafa. Ahora es ese otro el que bebe. Como el hueco que queda en la almohada cuando uno se levanta, ya me entiende.
»Entonces se me ocurrió una cosa muy curiosa. Ya sabe lo que pasa cuando se está asustado. Me miré las piernas y traté de imaginar que era un chico. Pensaba como si fuera un chico y luego trataba de convertirme en chico pensando; ese tipo de cosas. Como cuando se sabe un problema en clase y al llegar el momento se mira al profesor y se piensa con mucha intensidad. Pregúnteme. Pregúnteme. Me acordé de lo que les dicen a los niños sobre besarse el codo4 y traté de hacerlo. Y lo conseguí, tal era el miedo que tenía; y me preguntaba si sería capaz de notarlo cuando me transformara en chico. Quiero decir si me daría cuenta antes de mirar; y pensaba que ya había sucedido y en cómo saldría y se lo enseñaría… Encendería una cerilla y diría Miren. ¿Ven? Ahora déjenme en paz. Y entonces podría volverme a la cama. Pensaba en cómo me volvería a acostar y me dormiría porque tenía mucho sueño. Tenía tanto sueño que apenas era capaz de mantener los ojos abiertos.
»De manera que cerré los ojos con mucha fuerza y dije Ya soy un chico. En este momento lo soy ya. Me miré las piernas y pensé en lo mucho que había hecho por ellas, los muchos bailes a los que las había llevado…, tantas locuras hechas así, por las buenas. Pensé en lo mucho que había hecho por ellas, que, a cambio, me habían metido en aquel jaleo. De manera que se me ocurrió rezar para convertirme en chico y recé y luego me quedé completamente quieta y esperé. Después pensé que quizá no fuera capaz de notarlo y me dispuse a mirar. Pero en seguida se me ocurrió que quizá fuera demasiado pronto para mirar; que si miraba ya, lo estropearía y entonces seguro que no pasaría nada. Así que tuve que contar. Al principio decidí contar hasta cincuenta, pero luego pensé que todavía era demasiado pronto y que contaría cincuenta más. Luego se me ocurrió que si no miraba en el momento exacto, sería demasiado tarde.
»Después pensé en protegerme de alguna manera. Una chica que estuvo un verano en Europa me habló de una especie de cinturón de hierro en un museo que un rey o algo parecido le ponía a la reina cuando tenía que marcharse, y se me ocurrió que me vendría muy bien tener aquello. Por eso cogí el impermeable y me lo puse. La cantimplora estaba al lado y también la cogí y la puse en la…

—¿Cantimplora? —dijo Horace—. ¿Por qué hizo usted eso?
—No sé por qué la cogí. Supongo que me daba miedo dejarla allí. Pero estaba pensando en que me gustaría tener aquella cosa francesa. Se me ocurrió que quizá tuviera unos pinchos muy largos y afilados y que él no se daría cuenta hasta que fuera demasiado tarde y yo se los clavaría de golpe. Se los clavaría hasta el fondo y pensé en toda la sangre cayéndome encima y en cómo diría ¡Espero que te sirva de lección! ¡Supongo que ahora me dejarás en paz!, le diría. Ignoraba que iba a ser al revés precisamente… Quiero un trago.
—Te lo traeré dentro de un momento —dijo Miss Reba—. Sigue contándoselo.
—Ah, sí; también hice otra cosa curiosa.

Le habló de cuando estaba tumbada en la oscuridad con Gowan roncando a su lado, oyendo el ruido de las vainas de las mazorcas, notando la oscuridad llena de movimiento y sintiendo que Popeye se acercaba. Oía el ruido de su propia sangre corriéndole por las venas y los pequeños músculos del rabillo del ojo separándose más y más y cómo las aletas de la nariz se le enfriaban y calentaban alternativamente. Luego Popeye estaba a su lado y ella le decía Vamos. Tócame. ¡Tócame! Eres un cobarde si no lo haces. ¡Cobarde! ¡Cobarde!

—Quería dormirme, ¿sabe? Y él se limitaba a estar allí de pie. Se me ocurrió que si hacía de una vez lo que quería hacer, podría dormirme. Así que dije ¡Eres un cobarde si no lo haces! ¡Eres un cobarde si no lo haces!, y sentía que mi boca se preparaba para gritar y sentía dentro de mí ese nudo caliente que es lo que grita. Luego esa desagradable mano suya, tan fría y tan delicada, me tocó donde estaba desnuda, moviéndose indecisa dentro del abrigo. Era como hielo vivo y mi piel empezó a saltar alejándose de ella como esos pequeños peces voladores delante de una embarcación. Era como si mi piel supiera la dirección que iba a tomar la mano antes de que se moviera y siguiera retrocediendo a saltos por delante de ella para que no encontrara nada cuando llegara allí.
»Después llegó al comienzo de mi vientre y yo no había comido nada desde la cena del día anterior y las tripas se me empezaron a mover y a sonar a vacías y era tan fuerte el ruido de las vainas que parecían reírse. Y yo pensé que se reían de mí porque Popeye estaba metiendo la mano por la cintura de la braga y yo seguía sin convertirme en chico.
»Lo curioso es que yo no respiraba. Llevaba mucho tiempo sin respirar. Así que creí que estaba muerta e hice otra cosa muy curiosa: verme a mí misma dentro del ataúd. Quedaba muy bien, toda vestida de blanco, ya sabe. Llevaba un velo como de novia y estaba llorando porque estaba muerta o por mi aspecto enternecedor o algo por el estilo. No: era porque habían puesto hojas de mazorca en el ataúd. Lloraba porque habían puesto hojas de mazorca en el ataúd donde yacía muerta, pero todo el tiempo sentía que la nariz se me calentaba y se me enfriaba, y veía a toda la gente sentada alrededor del ataúd, diciendo ¿Verdad que está preciosa? ¿No es cierto que está preciosa?
»Pero yo seguía diciendo ¡Cobarde! ¡Cobarde! ¡Tócame, cobarde! Me enfadé muchísimo porque tardaba tanto en hacerlo. Me puse a hablarle y a decirle ¿Crees que voy a estar aquí tumbada toda la noche sólo por tu conveniencia?, le decía. Déjame que te explique lo que voy a hacer, le decía. Pero allí seguía yo, tumbada, con las vainas riéndose de mí y mi carne dando saltos para alejarse de su mano, pensando en lo que iba a decirle; le hablaría como hace una maestra en la escuela, y en seguida yo era la maestra; la mano una cosita negra como un niño de color, más o menos, y yo la maestra. Porque yo decía ¿Cuántos años tengo? y yo misma contestaba que cuarenta y cinco. Tenía el pelo gris y gafas y el pecho tan abultado como las mujeres de esa edad. Llevaba un traje sastre de color gris, yo que nunca he podido ponerme nada gris. Y le estaba diciendo lo que iba a hacer y la mano se paraba y volvía a pararse como si ya fuera capaz de ver la vara de dar azotes.
»Luego dije que aquello no bastaba. Tenía que ser un hombre. De manera que pasé a ser un viejo con una barba blanca muy larga, y el hombrecito negro se fue haciendo cada vez más pequeño y yo decía Ahora. Vas a ver ahora. Ya soy un hombre. Entonces pensé en ser un hombre, y tan pronto como lo pensé, sucedió. Hizo una especie de ruido apagado, como cuando, al soplar, se dilata el extremo cerrado de un tubito de goma. Estaba frío, como el interior de la boca si se la tiene abierta. Lo sentía perfectamente y seguí tumbada muy quieta, procurando no reírme de la sorpresa que se iba a llevar. Sentía los saltos de mi carne dentro de las bragas por delante de su mano y cómo estaba allí tumbada procurando no reírme de lo sorprendido y enfadado que iba a estar en cosa de un minuto. Pero de repente me quedé dormida. No fui capaz de esperar despierta a que su mano llegara allí. Me quedé dormida sin más. Ya no me sentía dar saltos delante de su mano, pero oía las vainas de las mazorcas. No me desperté hasta que vino aquella mujer y me fui con ella al cuarto del granero.

—Quisiera que se la llevara y no la dejara volver —le dijo Miss Reba a Horace cuando salía de la casa—. Yo misma encontraría a su familia si supiera cómo hacerlo. Pero ya sabe usted que… Tal como van las cosas entre Popeye y ella en esa habitación de arriba, esa chica estará muerta o en el manicomio en menos de un año. Hay algo muy raro en ese asunto que todavía no he logrado descubrir. Quizá sea ella. No ha nacido para esta clase de vida. Me figuro que hay que nacer para esto igual que hay que nacer para carnicero o para barbero. Nadie haría esas cosas únicamente por dinero o por diversión.

Sería mejor que se muriera esta noche, pensó Horace mientras seguía andando. Y morirme yo también. Pensó en Temple, en Popeye, en la mujer, en el niño y en Goodwin, todos en un solo aposento, desnudo, mortífero, donde las cosas se viesen juntas y también en perspectiva: un único instante, a mitad de camino entre la indignación y la sorpresa, que lo borrara todo. Y también a mí; pensando en que sería ésa la única solución. Arrancados, cauterizados del viejo y trágico costado del mundo. Y yo también, ahora que estamos todos aislados; pensando en el suave viento oscuro que sopla en los largos corredores del sueño; en yacer bajo un techo acogedor que puede tocarse con la mano, oyendo indiferente el prolongado repiqueteo de la lluvia: del mal, de la injusticia, de las lágrimas. Al final de un callejón, dos figuras en pie, cara a cara, sin tocarse; el hombre diciendo en voz baja —en un susurro acariciante— una interminable sucesión de epítetos obscenos, la mujer inmóvil delante de él como desfallecida en un éxtasis voluptuoso. Quizá muramos en ese instante en que nos damos cuenta, en que admitimos, que el mal tiene una estructura lógica, pensó Horace, acordándose de la expresión que había visto una vez en los ojos de un niño muerto y también en otras personas sin vida: la indignación que se enfría, la violenta desesperación que se desvanece, dejando dos globos vacíos en cuyas profundidades acecha, en miniatura, el mundo paralizado.

Horace no regresó a su hotel. Fue directamente a la estación. Podía tomar un tren de medianoche. Bebió una taza de café y deseó acto seguido no haberlo hecho, porque se le quedó como una bola caliente en el estómago. Tres horas después, cuando se apeó del tren en Jefferson, todavía seguía allí, sin haberla asimilado. Volvió andando a la ciudad y cruzó la plaza desierta. Se acordó de otra madrugada reciente en que también la había cruzado. Era como si no hubiera pasado el tiempo entre las dos: la misma posición de las manillas en la esfera iluminada del reloj, las mismas sombras, como de buitres al acecho, en los portales; podría ser la misma madrugada y él no habría hecho más que cruzar la plaza, girar en redondo y volver hacia su casa; el tiempo transcurrido no sería más que un sueño en el que se acumulaban todas las imágenes de pesadilla que Horace había tardado cuarenta y tres años en inventar, concentradas ahora en un bulto duro y caliente en el estómago. De repente notó que andaba más deprisa, con el café rebotando en sus entrañas como una densa piedra caliente.

Al subir despacio la avenida le fue llegando el aroma de las madreselvas desde la verja. La casa —a oscuras, inmóvil— parecía abandonada en el espacio por el flujo interminable del tiempo. El canto de los insectos se había convertido en una monótona repetición de notas muy graves y surgía, agotado, de todas partes y de ninguna, como si fuera el agónico lamento de un mundo varado en la arena, incapaz de volver al fluido en el que había vivido y respirado. Había luna, pero no daba luz; la tierra yacía debajo, pero sin contraste de sombras. Horace abrió la puerta y buscó a tientas el interruptor. La voz de la noche —los insectos o lo que fuera— le había seguido al interior de la casa; comprendió de repente que era el roce de la tierra girando sobre su eje al acercarse ese momento en el que había de decidir si seguía adelante o se inmovilizaba para siempre: un globo inmóvil en el espacio cada vez más frío; sobre el que se enroscaba —como volutas de humo— el penetrante aroma de las madreselvas.

Horace encontró la llave y dio la luz. Sobre el escritorio convertido en tocador descansaba la fotografía. Cogiéndola, la sostuvo entre las dos manos. Encuadrado por la estrecha señal que había dejado el marco desaparecido, el rostro de la pequeña Belle parecía soñar en suave claroscuro. Bañada en el reflejo de la luz sobre la brillante cartulina y debido quizá a una oscilación de la corriente eléctrica o a un imperceptible movimiento de las manos de Horace o a su propia respiración, también la cara de la pequeña Belle parecía respirar bajo las lenguas invisibles de las madreselvas, lentas como espirales de humo. Su aroma, tan intenso que casi podía verse, llenaba la habitación y el diminuto rostro daba la impresión de abandonarse en voluptuosa languidez, velándose aún más, desvaneciéndose, dejando en la retina de Horace una suave huella apenas perceptible que era —como el aroma mismo— invitación, promesa sensual y afirmación secreta.

Entonces se dio cuenta de lo que significaba aquella sensación en el estómago. Dejó la fotografía a toda prisa y se dirigió al cuarto de baño. Abrió la puerta precipitadamente y buscó a tientas el interruptor de la luz, pero, sin tiempo para encontrarlo, se abalanzó a oscuras hacia el retrete hasta apoyarse en él con los brazos extendidos mientras las vainas de las mazorcas producían un estruendo terrorífico bajo los muslos de la muchacha. Tendida, con la cabeza ligeramente alzada y la barbilla hundida —como una figura desprendida del crucifijo—, contemplaba algo negro y furioso que salía rugiendo de su cuerpo descolorido. Estaba atada de espaldas —desnuda— sobre una plataforma que avanzaba velozmente por un túnel negro, y la negrura fluía en rígidos filamentos por encima de su cabeza mientras resonaba en sus oídos el rugido de las ruedas de hierro. El vagón salió disparado del túnel por una larga pendiente cuesta arriba, y en seguida la oscuridad superior quedó desgarrada por paralelas claridades de fuego vivo, hacia un crescendo semejante a una respiración contenida, un intervalo durante el cual la muchacha se meció suave y perezosamente en una nada donde brillaban, pálidos, innumerables puntos luminosos. Muy por debajo de ella oía el débil, el furioso estruendo de las vainas de las mazorcas.


XXIV

La primera vez que Temple se asomó al descansillo, los ojos de Minnie —sentada junto a la puerta de Miss Reba— se abrieron desmesuradamente, brillando en la penumbra del pasillo. De nuevo en su cuarto, apoyada contra la puerta con el pestillo echado, Temple oyó a Miss Reba subir trabajosamente la escalera y golpear en la madera con los nudillos. Temple siguió en silencio apoyada contra la puerta mientras Miss Reba, jadeante, le hablaba desde el otro lado mezclando halagos y amenazas. Temple no hizo el más mínimo ruido. Al cabo de un rato Miss Reba volvió a bajar las escaleras.

Al retirarse de la puerta, Temple se quedó en el centro de la habitación, uniendo y separando las manos en silencio una y otra vez, la negrura de los ojos destacando en su rostro lívido. Llevaba un vestido de calle y un sombrero. Se quitó el sombrero y lo tiró en un rincón; luego se tumbó boca abajo en la cama, que estaba sin hacer. Sobre la mesilla de noche se amontonaban las colillas y en el suelo, por los alrededores, abundaba la ceniza. Por ese mismo lado podían verse en la funda de la almohada varios agujeros marrones. Temple se despertaba con frecuencia a media noche oliendo a tabaco y veía un único ojo de color rubí donde se encontraba la boca de Popeye.

Eran las diez de la mañana. Una estrecha franja de sol, colándose por la ventana que daba al sur, iluminaba el alféizar y un fragmento del suelo. La casa estaba totalmente en silencio, creando esa sensación de falta de aliento característica de las primeras horas del día. De cuando en cuando un coche pasaba por la calle.

Temple se dio la vuelta en la cama. Al hacerlo vio uno de los innumerables trajes negros de Popeye sobre una silla. Siguió tumbada mirándolo durante un rato, luego se levantó y cogiéndolo con gesto violento lo arrojó al rincón donde estaba el sombrero. En otro rincón había un armario improvisado con una cortina estampada. Contenía vestidos de todas clases y todos nuevos. Temple los sacó de las perchas, hizo un lío con ellos y los arrojó furiosa detrás del traje; después repitió la operación con una fila de sombreros en una estantería. También colgaba de allí otro de los trajes de Popeye. Lo tiró al suelo. Detrás de él, pendiente de un clavo, encontró una pistola automática dentro de una funda de seda impermeabilizada. Al cabo de un momento Temple se acercó a la cama y escondió el arma debajo de la almohada.

Sobre el tocador se amontonaban objetos de aseo personal: cepillos y espejos, también nuevos; frascos y tarros de formas delicadas y exóticas, con nombres franceses. Temple fue cogiéndolos uno a uno y arrojándolos contra el rincón entre golpes sordos y estallidos en mil fragmentos. Entre los objetos de tocador había un monedero de platino: una delicada malla de metal sobre el brillo anaranjado de los billetes nuevos; también acabó en el rincón con las otras cosas. Temple regresó a la cama y se tumbó boca abajo mientras se iba haciendo más intenso el olor a perfume caro.

A las doce Minnie llamó a la puerta.

—Le traigo la comida —Temple no se movió—. Se la voy a dejar junto a la puerta. Puede cogerla cuando quiera.

Sus pasos se alejaron. Temple siguió sin moverse.

Lentamente la franja de sol fue recorriendo el suelo; ahora, el lado oeste del marco de la ventana quedaba en sombras. Temple se incorporó —la cabeza un poco inclinada como si estuviera escuchando—, arreglándose el peló con hábiles dedos de manera casi mecánica. Se levantó de la cama sin hacer ruido y estuvo escuchando junto a la puerta hasta que se decidió a abrirla. La bandeja descansaba sobre el suelo. Temple pasó por encima, avanzó hasta la escalera y miró por encima de la barandilla. Al cabo de un momento distinguió la silueta de Minnie, que ocupaba una silla en el corredor.

—Minnie —dijo. Minnie alzó la cabeza bruscamente; sus ojos se dilataron nuevamente, mostrando la blancura de la córnea—. Tráeme una copa —dijo Temple.

Volvió a su cuarto. Esperó quince minutos. Después de dar un portazo, bajaba ya las escaleras con gran estrépito cuando Minnie apareció en el corredor.

—Sí, señorita —dijo Minnie—. Dice Miss Reba… Dice que no tenemos… —se abrió la puerta de Miss Reba, que dio instrucciones a Minnie sin mirar a Temple. Minnie alzó la voz de nuevo—. Sí, señorita; se la traigo en seguida.
—Más te valdrá —dijo Temple.

Volvió a su cuarto y se quedó junto a la puerta cerrada hasta que oyó subir a Minnie las escaleras. Luego abrió una rendija.

—¿No piensa comer nada? —dijo Minnie, empujando la puerta con la rodilla. Temple la mantuvo en la misma posición.
—¿Dónde está? —dijo.
—No le he arreglado el cuarto esta mañana —dijo Minnie.
—Dámela —dijo Temple, sacando la mano por la puerta entreabierta. Cogió la copa que estaba en la bandeja.
—Hágase a la idea de que es la última —dijo Minnie—. Miss Reba dice que no le va a dar más… ¿Por qué lo trata de esta manera? ¡Un hombre que se gasta así el dinero con usted, debería darle vergüenza! Es un tipo que no está mal, aunque no sea John Gilbert, y tal como se gasta el dinero…

Temple cerró la puerta y echó el pestillo. Se bebió la ginebra, acercó una silla a la cama, encendió un cigarrillo y puso los pies encima de las sábanas. Al cabo de un rato corrió la silla hasta la ventana y levantó un poco la persiana para poder ver la calle. Luego encendió otro pitillo.

A las cinco vio salir a Miss Reba, con su vestido negro de seda y el sombrero con adorno de flores, y echar a andar calle abajo. Temple se levantó de un salto, buscó su sombrero entre la masa de ropa que había en el rincón y se lo puso. Al llegar a la puerta se volvió, fue al rincón, desenterró el monedero de platino y luego bajó las escaleras. Minnie estaba en el vestíbulo.

—Te daré diez dólares —dijo Temple—. No tardaré ni diez minutos en volver.
—No puedo, Miss Temple. Me costará el empleo si se entera Miss Reba, y el cuello, si lo sabe Mr. Popeye.
—Te juro que estaré de vuelta dentro de diez minutos. Te lo juro. Veinte dólares—le puso el billete en la mano.
—Más le valdrá volver —dijo Minnie, abriendo la puerta—. Si no está aquí dentro de diez minutos también tendré que marcharme yo.

Temple miró hacia el exterior por una de las celosías. La calle estaba vacía con la excepción de un taxi parado junto a la acera de enfrente, y, algo más allá, un hombre con una gorra apoyado en una puerta. Temple se dirigió hacia la calle, andando de prisa. En la esquina el taxi la adelantó, disminuyendo la velocidad, mientras el conductor la interrogaba con la mirada. Temple se metió en el bar de la esquina, dirigiéndose a la cabina telefónica del fondo. Luego regresó a la casa. En la esquina se encontró con el hombre de la gorra que había estado apoyado en la puerta. Al entrar en la estructura rectangular con celosías, Minnie salió a abrirle.

—Gracias a Dios —dijo Minnie—. Cuando el taxi que estaba ahí se puso en marcha, pensé en hacer la maleta yo también. Si no se lo dice a nadie le subiré otra copa.

En cuanto Minnie le llevó la ginebra empezó a bebérsela. Le temblaba la mano y había algo así como una expresión de júbilo en su rostro mientras permanecía en pie junto a la puerta, escuchando, con la copa en la mano. Voy a necesitarla después, dijo. Voy a necesitar más. Tapó la copa con un platillo y la escondió cuidadosamente. Luego hurgó en la masa de ropa del rincón hasta encontrar un traje de baile; después de sacudirlo lo colgó otra vez del armario. Se quedó mirando un momento las otras cosas, pero volvió a la cama y se tumbó de nuevo. Levantándose inmediatamente, acercó la silla y se sentó con los pies encima de las sábanas. Mientras el día moría lentamente dentro de la habitación, permaneció sentada, fumando cigarrillo tras cigarrillo, atenta a todos los ruidos que procedían de la escalera.

A las seis y media Minnie le subió la cena. En la bandeja había otra copa de ginebra.

—Se la manda Miss Reba —dijo Minnie—. Quiere saber qué tal se siente.
—Dile que muy bien —dijo Temple—. Voy a darme un baño y a acostarme luego, díselo.

Después de que Minnie se marchara Temple vertió el contenido de las dos copas en un vaso y lo contempló satisfecha, sin poder evitar el temblor de la mano. Lo guardó cuidadosamente después de taparlo y cenó sentada en la cama. Cuando terminó encendió un cigarrillo. Sus movimientos eran espasmódicos; fumó muy de prisa, paseándose por la habitación. Se detuvo un momento ante la ventana y apartó la persiana, pero en seguida la dejó caer, dándose la vuelta y mirándose en el espejo. Giró delante de él, estudiándose y aspirando el humo del cigarrillo. Luego lo tiró hacia atrás con violencia, en dirección a la chimenea, y acercándose más al espejo, se peinó. Abrió de golpe la cortina del armario, sacó el vestido, lo dejó sobre la cama y luego sacó otra prenda de un cajón del tocador. Hizo una pausa con la prenda en la mano, la colocó otra vez en su sitio, cerró el cajón y volvió a poner muy deprisa el vestido en el armario. Un momento después se encontró paseando por la habitación, con otro cigarrillo en la mano y sin saber en absoluto cuándo lo había encendido. Lo tiró, se acercó a la mesilla de noche, miró su reloj y después de apoyarlo contra el paquete de cigarrillos para poder verlo desde la cama, se tumbó. Al hacerlo notó el bulto de la pistola debajo de la almohada. La sacó con cuidado y estuvo mirándola; luego la deslizó bajo el costado y se quedó inmóvil, las piernas estiradas, las manos detrás de la cabeza, y las pupilas convertidas en negras cabezas de alfiler cada vez que se oía un ruido en la escalera.

A las nueve se levantó. Cogió la pistola otra vez y al cabo de un momento la tiró debajo de la cama; se desnudó y, envuelta en una bata china de imitación salpicada de dragones y flores de color verde y escarlata, salió de la habitación. Cuando regresó, el pelo le enmarcaba el rostro en húmedos rizos. Se acercó al lavabo y cogiendo el vaso de ginebra lo sostuvo entre las manos pero volvió a dejarlo donde estaba.

Se vistió después de recoger los frascos y tarros del rincón. Sus movimientos delante del espejo fueron violentos pero cuidadosos. Luego se acercó al lavabo y cogió el vaso, pero de nuevo lo pensó mejor. Se puso el abrigo, metió el monedero de platino en el bolsillo y se examinó una vez más en el espejo. Después alzó el vaso, se bebió la ginebra de un trago y salió de la habitación caminando a buen paso.

Sólo había una luz encendida en el pasillo vacío. Se oían voces en la habitación de Miss Reba, pero, abajo, el vestíbulo estaba desierto. Temple descendió las escaleras de prisa y sin hacer ruido y alcanzó la puerta. Creyó que sería allí donde la detuvieran y se acordó de la pistola con profundo pesar, vacilando casi, segura de que la hubiera utilizado sin el menor reparo, con una especie de placer. Se abalanzó sobre la puerta y, mirando hacia atrás, trató de descorrer el cerrojo.

Consiguió abrirlo, cruzó fa estructura rectangular, corrió camino adelante y salió por el portillo. Al pisar la calle, un automóvil que avanzaba lentamente pegado a la acera se detuvo frente a ella. Popeye iba al volante. Sin, movimiento visible por su parte, la portezuela se abrió. Popeye no hizo el menor gesto ni dijo nada. Se limitó a seguir allí sentado, con el sombrero de paja un poco ladeado.

—¡No quiero! —dijo Temple—. ¡No me da la gana!

Popeye no hizo el menor movimiento ni emitió sonido alguno. Temple se acercó al coche.

—¡No quiero! ¿Me oyes? —luego gritó histéricamente—: ¡Le tienes miedo! ¡Tú también estás asustado!
—Le estoy dando su oportunidad —dijo él—. ¿Vuelves a esa casa o subes al coche?
—¡Tú también estás asustado!
—Le estoy dando su oportunidad —repitió él, con su voz tranquila e indiferente—. Vamos. Decídete.

Temple se inclinó hacia adelante, poniéndole la mano en el brazo.

—Popeye —dijo—; papaíto.

El brazo de Popeye daba una sensación de fragilidad, no más musculoso que el de un niño, duro y ligero como una rama seca.

—Me da igual lo que hagas —dijo Popeye—. Pero lo que sea, hazlo. Vamos.

Temple siguió inclinada, con la mano en su brazo. Luego entró en el coche.

—No lo harás. Tienes miedo. Es más hombre que tú.

Popeye extendió el brazo y cerró la portezuela.

—¿Dónde? —preguntó—. ¿Al Grotto?
—¡Es más hombre que tú! —dijo Temple con voz chillona—. ¡Tú ni siquiera eres hombre! Y él lo sabe. ¡Tiene más motivos que nadie para saberlo! —el automóvil se había puesto en marcha. Temple empezó a gritarle—. ¿Cómo va a tenerte miedo, cuando ni siquiera…? ¿Cuando tuviste que traer a un hombre de verdad para…? Y tú, inclinado sobre la cama, gimiendo y babeando como un… Sólo conseguiste engañarme una vez, ¿verdad? No es extraño que yo sangrara y san…

La mano de Popeye le tapó la boca con violencia, clavándole las uñas en la carne. Con la otra mano siguió conduciendo a una velocidad vertiginosa. Al pasar debajo de alguna luz Temple le veía vigilándola mientras ella forcejeaba, le tiraba de la mano y movía la cabeza de un lado para otro.

Finalmente dejó de forcejear, pero siguió torciendo la cabeza a derecha e izquierda y tirándole de la mano. Un dedo con un anillo muy grueso le mantenía los labios separados, mientras las uñas se le clavaban en la mejilla. Con la mano libre Popeye seguía conduciendo entre el tráfico, acercándose a los otros coches hasta que se apartaban con gran chirriar de frenos, y atravesando los cruces sin disminuir la marcha. En una ocasión un policía les gritó, pero Popeye no se molestó siquiera en volver la vista.

Temple empezó a sollozar, gimiendo detrás de la mano, llenándole los dedos de babas. El anillo era como un torno de dentista; y no podía cerrar los labios para expulsarlo. Cuando Popeye lo retiró, Temple siguió sintiendo la fría marca de sus dedos en la mandíbula y alzó la mano para tocársela.

—Me has lastimado la boca —gimió. Estaban llegando a las afueras de la ciudad, a cincuenta millas por hora. El sombrero de Popeye se ladeaba sobre su frágil perfil de ave de presa. Temple se acariciaba la mandíbula. Las casas dieron paso a amplios y oscuros solares de los que surgían, repentina y fantasmalmente, con una especie de descaro, los letreros de los corredores de fincas. Entre ellos, casi a ras del suelo, pendían, de la vacía oscuridad, luces lejanas a cuyo alrededor volaban las luciérnagas. Temple empezó a llorar quedamente, sintiendo en su interior el efecto sedante de la ginebra doble—. Me has lastimado la boca —dijo en voz muy baja, debilitada por la autocompasión. Siguió explorándose la mandíbula con dedos inquisitivos, apretando más y más hasta sentir un dolor agudo—. Te arrepentirás de esto —le dijo con voz apagada—. Cuando se lo diga a Red. ¿No te gustaría ser Red? ¿No te gustaría poder hacer lo que él hace? ¿No querrías que fuera él el que mirara y no tú?

Torcieron para entrar en el Grotto y al pasar junto a una sucesión de ventanas encortinadas les llegó una voluptuosa explosión de música. Temple saltó del coche mientras él lo cerraba y echó a correr escaleras arriba.

—Te he dado tu oportunidad —le dijo—. Me has traído tú. No te pedí que vinieras.

Se dirigió a los servicios para examinarse la cara en el espejo.

—¡Bah!, ni siquiera me ha dejado marca —dijo, mientras se estiraba la carne de un lado para otro—. Pobre enano —exclamó, contemplando su imagen en el espejo. Luego añadió otra frase, desenfadadamente obscena, dando la impresión de repetirla como podría haberlo hecho una cotorra. Se pintó de nuevo la boca. Al entrar otra mujer examinaron mutuamente sus vestidos con breves miradas totalizadoras, llenas de frialdad y disimulo.

Popeye estaba delante de la puerta de la pista de baile, con un pitillo entre los dedos.

—Te he dado tu oportunidad —dijo Temple—. Nadie te obligaba a venir. —Yo nunca corro riesgos —respondió él.
—Te arriesgaste al menos una vez —dijo Temple—. ¿Estás arrepentido, eh?
—Entra —dijo él, poniéndole la mano en la espalda.

Temple estaba a punto de cruzar el umbral cuando se volvió para mirarlo, sus ojos casi a la misma altura; luego la mano de la muchacha salió disparada hacia la axila de Popeye. El le cogió la muñeca; el otro brazo salió disparado. También él lo retuvo con su mano fría y delicada. Se miraron de lleno a los ojos, ella con la boca abierta y las manchas de colorete oscureciéndose progresivamente sobre sus mejillas.

—Te dejé que eligieras hace un rato —dijo Popeye—. Y lo hiciste.

Detrás de Temple la música marcaba el compás, sensual, evocadora, llena del rumor de pies en movimiento, de la voluptuosa histeria de músculos en acción, del aroma de la carne y de la sangre.

—Dios del cielo —dijo Temple sin mover apenas los labios—. Quiero irme. Volver a la casa.
—Ya lo decidiste antes —dijo él—. Entra.

Sus manos, sujetas, hicieron inútiles esfuerzos para llegar hasta la chaqueta de Popeye, sin lograr tocarle siquiera con las puntas de los dedos. El la fue volviendo lentamente hacia la puerta, pero Temple torcía el cuello para seguir mirándolo.

—¡Atrévete y verás! —exclamó—. ¡Atré…!

La mano de Popeye se abatió sobre su nuca con dedos de acero, pero fríos y livianos como el aluminio. Temple oyó el débil roce de unas vértebras con otras, y su voz, fría y llena de calma.

—¿Vas a entrar?

Temple asintió con la cabeza. Un momento después estaban bailando. Aún sentía su mano en el cuello. Por encima del hombro de Popeye recorrió rápidamente el salón con la mirada, deteniéndose un momento en el rostro de cada uno de los que bailaban. Más allá de un arco de poca altura, en otra habitación, había un grupo alrededor de una mesa donde se jugaba a los dados. Temple fue inclinándose en una y otra dirección, tratando de ver las caras de los que formaban el grupo.

Después vio a los cuatro hombres. Estaban sentados en una mesa cerca de la puerta. Uno de ellos mascaba chicle; toda la parte inferior de su cara parecía estar sembrada de dientes de un tamaño y blancura increíbles. Al verlos Temple hizo que Popeye les diera la espalda y empezó a bailar en dirección a la puerta. Una vez más, sus ojos, acosados, pasaron volando de un rostro a otro entre la multitud.

Cuando miró de nuevo dos de los hombres se habían levantado y se estaban acercando. Temple hizo que Popeye se interpusiera en su camino, sin dejar de darles la espalda. Los otros se detuvieron y empezaron a dar un rodeo; Temple hizo que Popeye se interpusiera de nuevo en su camino. Estaba tratando de decirle algo, pero tenía la boca demasiado fría. Era como intentar coger un alfiler con dedos entumecidos. De repente sintió que los brazos de Popeye, ligeros y rígidos como aluminio, la alzaban del suelo para apartarla. Temple dio un traspiés hasta recostarse contra la pared y vio cómo los dos hombres salían de la sala.

—Me vuelvo —dijo ella—. Quiero volverme —se echó a reír con una risa demasiado aguda.
—Cierra el pico —dijo Popeye—. ¿Es que no vas a callarte?
—Necesito un trago —dijo ella.

Sentía la mano de Popeye; también sus propias piernas estaban frías, como si no fueran suyas. Se habían sentado en una mesa. A poca distancia el hombre del chicle seguía mascando, los codos sobre la mesa. El cuarto hombre estaba echado hacia atrás, fumando, con la chaqueta abotonada.

Temple empezó a fijarse en manos: una morena dentro de una manga blanca; otra más pálida, manchada, que asomaba por debajo de un puño sucio, colocando botellas sobre la mesa. Ella tenía una copa en la mano. Se la bebió de un trago; con la copa todavía en la mano Vio a Red en la puerta, con un traje gris y una corbata de lazo con lunares. Parecía un universitario, y estuvo recorriendo el salón con los ojos hasta que vio a Temple. Miró primero la nuca de Popeye y luego a ella, sentada con la copa en la mano. Los dos hombres en la otra mesa no se habían movido. Temple veía el continuo y apenas perceptible movimiento de las orejas del que mascaba chicle. Empezó a sonar la música.

Temple mantuvo a Popeye de espaldas a Red, que seguía mirándola, casi un palmo más alto que todos los demás.

—Vamos —le dijo ella a Popeye, acercándosele mucho al oído—. Si vas a bailar, baila.

Temple se tomó otra copa. Bailaron de nuevo. Red había desaparecido. Cuando terminó la música volvió a beber. No le sirvió de nada. La ginebra se le quedó en el estómago como una bola caliente y dura.

—Vamos —dijo ella—, no te des por vencido —pero Popeye no quiso levantarse, y ella se quedó de pie a su lado, mientras sus músculos se estremecían de agotamiento y de terror. En seguida empezó a burlarse de él—. ¡Vaya un hombre con arrestos, que se cansa de bailar antes que una chica! —luego su rostro se quedó como vacío, empequeñeciéndose, llenándose de ojeras, reflejando sus verdaderos sentimientos; le habló como una niña, con tranquila desesperación—. Popeye —él tenía las manos sobre la mesa y jugueteaba con un pitillo mientras delante de él se iba disolviendo el hielo de su segunda copa. Temple le puso una mano en el hombro—. Papaíto —dijo. Situándose de manera que nadie les viera desde la sala, su mano se deslizó hacia la axila de Popeye, y tocó la culata de la pistola, rígidamente sujeta por la prensa que formaban su brazo y su costado—. Dámela —susurró—. Papaíto. Papaíto —apoyó el muslo contra su hombro, acariciándole el brazo con el costado—. Dámela, papaíto —susurró. De repente su mano se deslizó hacia abajo por el cuerpo de Popeye con un movimiento rápido y disimulado; en seguida la apartó con un gesto de repugnancia—. Me olvidé—susurró—; no era mi intención…, no quería…

Uno de los hombres de la otra mesa silbó entre dientes.

—Siéntate —dijo Popeye.

Temple se sentó y procedió a llenarse la copa, pendiente de ver cómo su mano vertía el contenido de la botella. Después se halló mirando la parte inferior de una chaqueta gris. Tiene un botón roto, pensó estúpidamente. Popeye no se había movido.

—¿Bailamos esta pieza? —dijo Red.

Había inclinado la cabeza, pero no la miraba a ella. Estaba un poco vuelto, dando cara a los dos hombres de la otra mesa. Popeye siguió sin moverse. Apretó delicadamente el extremo del cigarrillo, haciendo salir el tabaco. Luego se lo puso en la boca.

—No bailo —dijo Temple, sintiendo la frialdad de sus propios labios.
—¿No? —dijo Red. Y añadió, con voz serena, sin moverse—: ¿Qué tal estás, muchacho?
—Bien —dijo Popeye. Temple le vio encender una cerilla, la llama distorsionada por el cristal de la copa—. Ya has bebido bastante —dijo Popeye. Luego le retiró la copa de los labios. Temple vio cómo vaciaba el contenido en el recipiente donde estaba el hielo. La música empezó a sonar de nuevo. Ella siguió mirando a su alrededor tranquilamente. Una voz comenzó a susurrar débilmente en su oído y luego Popeye la estaba sujetando por la muñeca, zarandeándola, y descubrió que tenía la boca abierta y que debía estar haciendo ruido con ella—. Cierra el pico, vamos —dijo él—. Tómate otra copa —él mismo vertió la ginebra.
—No me ha hecho ningún efecto —dijo ella.

Popeye le dio la copa y Temple bebió. Cuando dejó la copa sobre la mesa se dio cuenta de que estaba borracha, y creyó que ya hacía un rato que estaba borracha. Pensó que quizá se había desmayado y que lo que tenía que pasar había pasado ya. Se oyó a sí misma diciendo Espero que así sea. Espero que así sea. Después se convenció de que era cierto y se sintió embargada por la desolación y el deseo físico. Pensó, Nunca más, notándose desfallecer alternativamente de angustiado dolor y de ansias eróticas, pensando en el cuerpo de Red, viendo su propia mano sosteniendo la botella vacía sobre la copa.

—Te la has bebido entera —dijo Popeye—. Levántate, anda. Se te pasará bailando.

Bailaron de nuevo. Temple se movía con dificultad, lánguidamente, los ojos abiertos pero sin ver; siguiendo la música con el cuerpo pero sin oír la melodía durante algún tiempo. Luego se dio cuenta de que la orquesta tocaba la misma pieza que cuando Red la invitara a bailar. Si eso era cierto, no podía haber sucedido aún. Le invadió una desbordante sensación de alivio. No era demasiado tarde: Red seguía vivo; se sintió recorrida por prolongadas y estremecidas oleadas de deseo físico .que la dejaron temblorosamente desfallecida, con el color ausente de la boca y los ojos hundidos en las órbitas.

Se hallaban en la mesa de juego. Temple oía su propia voz gritando a los dados. Era ella quien los tiraba, y estaba ganando; las fichas se le amontonaban delante a medida que Popeye las recogía, dándole instrucciones, corrigiéndola con su suave voz displicente. De pie al lado de Temple se notaba que era más bajo.

Después Popeye mismo se hizo cargo del cubilete. Temple siguió junto a él, cautamente, sintiéndose sumergir bajo la marea del deseo, acunada por la música y el olor de su propia carne. Dejó de hablar. Con movimientos infinitesimales se fue corriendo hasta que otra persona ocupó su sitio. Luego, rápidamente y con cuidado, atravesó la pista en dirección a la puerta, mientras a su alrededor la música y las parejas giraban lentamente en innumerables ondas luminosas. La mesa de los dos hombres estaba vacía, pero Temple ni siquiera miró hacia ella. Entró en el corredor. Un camarero salió a su encuentro.

—Un reservado —dijo ella—. De prisa.

En el reservado había una mesa y cuatro sillas. El camarero encendió la luz y se quedó en la puerta. Temple le hizo un brusco gesto con la mano y el camarero se marchó. Ella se quedó mirando hacia la puerta, con los brazos extendidos apoyados sobre la mesa, hasta que entró Red.

Al verle acercarse Temple no se movió. Sus pupilas se fueron oscureciendo más y más, alzándose sobre las blancas medias lunas de las córneas, desenfocadas, con la inexpresiva rigidez de los ojos de una estatua. Empezó a decir Ah-ah-ah-ah con voz desfallecida, arqueando lentamente el cuerpo hacia atrás, como respondiendo a un dolor muy intenso. Cuando Red la tocó se distendió como un arco, lanzándose sobre él, restregándose contra su cuerpo, la boca abierta y deforme como la de un pez moribundo.

Red tuvo que recurrir a la fuerza para separar su rostro del de Temple. Ella—abierta la boca exangüe, los labios violentamente distendidos— empezó a hablar:

—Vayámonos en seguida. A cualquier sitio. Le he dejado y se lo he dicho. No es culpa mía, ¿verdad que no? No necesitas el sombrero ni yo tampoco. Ha venido a matarte, pero le he dicho que ya le había dado su oportunidad. No ha sido culpa mía. Ahora no estaremos más que nosotros. Sin él, mirándonos. Vámonos. ¿A qué esperas? —proyectó la boca hacia él, bajándole la cabeza, emitiendo un gemido lastimero. Red mantuvo el rostro separado—. Le he dicho que iba a dejarle. Si me traes aquí, le he dicho. Te he dado tu oportunidad, he dicho. Y ahora tiene ahí a esos hombres para acabar contigo. Pero tú no tienes miedo, ¿verdad que no?
—¿Estabas enterada de eso cuando me telefoneaste? —preguntó él.
—¿Cómo? Dijo que no tenía que volver a verte nunca más. Dijo que te mataría. Pero hizo que me siguieran cuando telefoneé. Vi al hombre que me siguió. Pero tú no tienes miedo. El ni siquiera es un hombre, pero tú sí. Tú sí eres un hombre, un hombre de verdad —se apretó más contra él, inclinándole la cabeza, murmurando en su oído, mecánicamente, frases de los bajos fondos, los labios exangües húmedos de saliva incolora—. ¿Tienes miedo?
—¿De ese hijo de perra con cerebro de mosquito?

Alzándola en vilo, Red se volvió para estar de cara a la puerta, liberando al mismo tiempo la mano derecha. Temple no pareció darse cuenta del movimiento.

—Por favor. No me hagas esperar, te lo ruego. Me estoy abrasando.
—De acuerdo. Vuelve a donde estabas y espera hasta que te dé la señal. Es necesario que vuelvas, ¿comprendes?
—No puedo esperar. Te necesito. Me estoy abrasando, te lo aseguro.

Temple siguió pegada a él. Juntos se dirigieron a trompicones hacia la puerta; él, manteniéndola a distancia del costado derecho; ella, en voluptuoso desfallecimiento, sin advertir que se movían, abrazada a él como si tratara de tocarlo simultáneamente con toda la superficie de su cuerpo. Red se desprendió por fin de Temple, empujándola al pasillo.

—Vete —le dijo—. Estaré ahí dentro de un momento.
—¿No tardarás? Me estoy abrasando. Me muero, te lo aseguro.
—No. No tardaré. Pero ahora tienes que irte.

La orquesta estaba tocando. Temple avanzó por el corredor, tambaleándose un poco. Cuando creía que estaba apoyada contra la pared descubrió que había empezado a bailar de nuevo; luego le pareció que bailaba con dos hombres al mismo tiempo; y después notó que no estaba bailando, sino que se dirigía hacia la puerta entre el hombre que mascaba chicle y el de la chaqueta abotonada. Trató de pararse, pero la tenían sujeta por debajo de los brazos; abrió la boca para gritar, lanzando una última mirada desesperada al salón en continuo movimiento.

—Grita —dijo el hombre de la chaqueta abotonada—. Inténtalo una sola vez.

Red estaba en la mesa de juego. Con la cabeza vuelta y el cubilete en la mano levantada, Temple vio cómo le hacía un gesto de saludo, breve y cordial. Después él la fue siguiendo con la mirada, hasta que desapareció al otro lado de la puerta, acompañada por los dos hombres. A continuación Red recorrió el salón con la vista durante unos instantes. Su rostro tenía una expresión serena, de seguridad en sí mismo, pero le habían aparecido dos líneas blancas en las aletas de la nariz y gotas de sudor en la frente. Agitó el cubilete y tiró los dados con mano firme.

—Once —dijo el crupier.
—Déjalo estar —dijo Red—. Esta noche voy a pasar un millón de veces.

Los dos hombres ayudaron a Temple a subir al coche. El de la chaqueta abotonada se puso al volante. En el sitio donde el camino privado desembocaba en la calle que llevaba a la carretera, se había estacionado un automóvil más grande de lo normal. Al pasar junto a él, Temple vio, bajo el sombrero en ángulo agudo, inclinado sobre las manos ahuecadas que protegían la cerilla, el delicado perfil de ave de presa de Popeye, en el momento de encender un cigarrillo. La cerilla salió disparada como una estrella fugaz en miniatura y, junto con el perfil, se vio devorada en seguida por la oscuridad gracias a la rapidez del coche donde viajaba Temple.

(Continuará…)

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