Los golpes (IX)

Jean Meckert






XXII

Un día, al volver a casa después del trabajo, una semana después de aquello, lo primero que vi junto a la radio fue una pintura con su retrato.

—¡Mira! —exclamé—. ¿Qué es esto?

Rápidamente vi la firma en una esquina, una pequeña B enredada en otra más grande, no había duda, eran las iniciales de Bernard.

Se me cortó la respiración.

—¡Eh! Dime, ¿qué significa esto? —fui a decirle a la cocina—. ¿Qué significa este retrato?
—No está mal, ¿verdad? —me dijo muy tranquila.
—¿Qué?… ¡Me importa una mierda!… ¿Qué significa…? Que yo… Bueno, ¡explícame qué hace ahí!
—¡Pues eso! ¡Que soy yo! Estaba en casa de mi madre. Tengo derecho, ¿no? Lo hizo Bernard cuando estábamos prometidos, a partir de una foto. ¿No estarás celoso, no?

No me lo podía creer.

—Pero, bueno… ¡Tienes la cara de ponerme eso delante de mis narices! Vaya, menudo descaro, ¡por el amor de Dios!

Ella estaba muy sorprendida.

—Creía que te gustaría tener mi retrato, pero… ya ves, me he vuelto a equivocar…

No, no… se estaba burlando de mí. Otra vez… La agarré, de golpe, por el brazo y la empujé hacia la habitación.

—¡Escúchame! —le grité.

Me acerqué a ella, zarandeándola muy nervioso.

—¡Escúchame bien!, no es el momento de burlarte de mí. ¡Hazme el favor de quitar de en medio ese horror y no se hable más! ¿Vale? Porque si quieres burlarte de mí así, la cosa podría acabar muy mal. Y podría darte un correctivo del que te acordarías el resto de tu vida. Te juro que no estoy bromeando y que me tienes harto.
—¡Me estás haciendo daño! —me dijo ella varias veces.

La solté. Ella se tocó el brazo con cara de dolor.

—¿A qué viene todo esto? ¡No entiendo nada!
—¿Qué? ¿Qué es lo que no entiendes?
—Todo lo que dices y este arrebato de cólera. Juraría que estás celoso, ¡eso es lo que me parece!

Creo que aquella fue una de las últimas veces que intenté realmente que me diera una explicación.

—Mira —le dije—, ¿qué dirías si sacara un día el retrato de Marcelle y te lo pusiera delante de las narices, eh?
—Pero no es el retrato de Bernard —dijo ella—, ¡es el mío, soy yo! ¿Lo has mirado mal o qué?
—Da igual —le contesté—. Tendrías que entenderlo. Te crees tan inteligente, diciendo que no eres la mujer de un carretero, ¿y no te das cuenta de que ese no es su lugar?

Suspiró profundamente y luego fue a coger el retrato para colocarlo bien de nuevo.

—¡Para una vez que tengo un retrato bonito! ¡Ay! Pero, bueno, ¡no insistamos más, puesto que al señor no le gusta! ¡Y yo que me creía guapa!… Dime ¿qué le reprochas a este retrato? No será porque lo hizo Bernard, ¿no? ¡Sería demasiado estúpido!… Y enmarcarlo me ha costado cuarenta francos, por si quieres saberlo. Te quería dar una sorpresa, pero ya ves… ¡Menudo éxito!

O no quería entenderlo, o realmente era tonta, realmente estúpida, o bien lo hacía con toda la intención.

—Pero ¡dime! ¿Qué le reprochas exactamente? —me preguntó de nuevo —. Intenta precisar un poco, en vez de atacarme. ¿Acaso no se me parece? Podemos reprocharle todo lo que queramos a Bernard, pero la verdad es que hacía lo que quería con sus dedos. No vas a decirme que no me parezco, me has reconocido al momento… Ahora bien, si prefieres una foto mía del Uniprix, ¡cada uno tiene sus gustos! No es para jorobarte, mi pobre Félix, pero tú no podrías hacerlo ni la mitad de bien…

Otra vez me dejaba sin palabras con su labia y con unas ganas formidables de darle una buena. Quizá habría valido la pena. Los golpes son jaque mate, se plantan y punto.

Nos aplastó entonces un silencio de tres segundos.

—¡Dame eso! —le grité.

Cogí el retrato y le di un golpetazo contra el respaldo de una silla, pero era sólido. Me ensañé entonces como un animal, golpeándolo, rasgándolo, destrozándolo, hasta que no quedaron más que trozos de madera y cartón que tiré al suelo violentamente.

Paulette estalló en sollozos, intentando encontrar de golpe una reacción. Se tiró encima de la cama.

—¡Dios mío! Pero ¿qué te he hecho, qué, para que me castigues así?

Se cogía la cabeza y se la golpeaba contra la madera de la cama hasta hacerse realmente daño.

¡Vaya, el gran final del tercer acto!

—¡Quiero morirme!… ¡que se acabe de una vez!

Se retorcía en la cama y acabó cayéndose con un golpe seco. Se estaba provocando un ataque de nervios más allá de la situación. La cosa pintaba mal.

Para no vomitar, me fui a la cocina y me bebí un vaso de agua.


XXIII

No tenía la menor duda de que había algo turbio en su actitud.

Me había dado cuenta que escondía su bolso nada más entrar en casa. Y me dije que ahí había algo sospechoso.

Me prometí descubrirlo en cuanto tuviera ocasión, un día que ella saliera sin sus cosas para hacer algún recado.

Ella y yo estábamos en guerra, de manera soterrada, con falsas sonrisas.

Tan solo quería saber. Era imposible seguir así, y no tenía la menor duda de que ella no soltaría prenda por la fuerza.

Sin embargo, en realidad, no quería saberlo. Yo la seguía queriendo. Me había tratado de animal en varias ocasiones, pero evitaba tomar medidas definitivas: temía perderla para siempre.

Una debilidad, eso es lo que era. Es fácil de entender. En ese momento, no creía que el final de mi pobre historia llegaría tan rápidamente. Quería retenerla, impedir que se marchara. Yo la quería y creía que todo podía arreglarse. Pobre de mí: me equivocaba.

Y ahora me veía urdiendo artimañas, ¡hurgando en su bolso!

Aquel sábado que ella se fue de recados sin el bolso no esperaba encontrar nada en particular.

Dejé que bajara y, tímidamente, como quien comete realmente una mala acción, lo saqué: estaba detrás del contador de gas.

No busqué mucho. En el bolsillo del medio había un gran sobre amarillo del taller de Parmain, sellado y sin dirección. Por más que miré, no había nada que fuera sospechoso. Me quedé un poco decepcionado y muy intrigado por aquel sobre, que estaba bien lleno. Parecía contener una masa de papeles.

«¡Son los papeles de su divorcio!» pensé. Pero la conocía muy bien. No los escondería así.

Me moría de ganas de abrir el sobre, pero no quería que ella lo supiera, por si lo que guardaba ahí eran tonterías.

Por otra parte, me parecía demasiado voluminoso como para albergar los papeles de los seguros sociales. Me quedé pensativo. Era imposible ver lo que contenía al trasluz, era demasiado grueso.

Ya no sabía qué hacer.

Fui a mirar en el aparador los papeles que había guardado ahí, en una cajita en la que había escrito «divorcio». Estaba intacta.

Muy serio, esperé dos minutos sin saber lo que iba a hacer… Podían ser facturas, papeluchos sin importancia del taller… Menuda imagen daría si supiera que había hurgado en su bolso sin encontrar nada.

Febril y a disgusto, pasé un cuchillo para abrirlo. Se rompió un poco. Me dije que ya era demasiado tarde y lo abrí del todo.

Dentro había un paquete de cartas.

«Mi pequeña…», así empezaba la primera. Estaba fechada dos meses antes… y firmada por Bernard…

¡Pues iba listo!

Me senté en la mesa y las leí todas, de la primera a la última línea, con arrebatos de rabia que me hacían temblar hasta la punta de los dedos.

Estaban muy bien escritas, con todas las comas en su lugar. Una maravilla, un estilo verdaderamente preciso, con sentimientos de lo más elevados.

Yo las iba leyendo como si me estuviera azotando con ortigas.

«Acuérdate —le pedía todo el rato—. Acuérdate de lo que hicimos tú y yo…».

«Cariño mío —escribía ese capullo—. No dejo de pensar en ti, día y noche… Mi sueño te persigue, paso a paso… Estoy presente por todas partes, en cada uno de tus gestos… Mi pensamiento busca unirse al tuyo…».

¡Había páginas enteras así! Verdadera literatura de folletín. ¡Sabía escribir el muy asqueroso y desgraciado!

Página tras página, la cosa no cambiaba, insistía en lo mismo una y otra vez. Y con estúpidas vueltas al pasado… Cuando nos hemos querido como nos hemos querido… ¿Te acuerdas de aquel lugar? ¿Y de aquel momento?… ¿Y de aquella velada?… ¿Y aquella otra noche?…

Pensaba que no se acabaría nunca, pero no quería perderme ni una línea, valía la pena. Me quedé pálido como si estuviera ante un montón de guarradas.

«¡Cuánto sufro! —se quejaba después utilizando otro tono—. Cuando te marchaste de manera tan repentina, algo se rompió en mí. Me siento enfermo, pisado como un pobre insecto… Mi vida es un martirio… Tengo la sensación de que mi corazón ha explotado y que no puedo recoger los trozos esparcidos…».

Tendría que citarlo todo, era un trabajo de cuidado. Merecería copiarlo todo, el tipo conocía el oficio. Siempre con ambigüedades, páginas enteras de matices bien dosificados, verdadera literatura…

«Querría volverte a ver, querida mía. Querría volver a ver tus bonitos ojos, sentir tu ternura tan femenina. Me resulta imposible creer que no quede nada de amor por mí en ese corazoncito tuyo. Porque… ¿me querías, no? ¿Al menos esto es verdad? ¿O acaso era puro teatro? ¡Oh, sería demasiado horrible! No puedo ni pensarlo…».

Y así continuaba el muy embaucador, adulándola del mismo modo que magrearía sus nalgas, el muy pervertido. Estaba en su salsa, menudo pirado, haciendo correr la tinta como un académico rebosaría su savia.

«… No puedo ni imaginarme que tú, tan fina y comprensiva, te abandones ahora a la vida ordinaria. Vivir para pasar los días, como una tarea, como un trabajo por encargo. Tú valías mucho más, Paulette. Tú le dabas cien vueltas… ¡Vuelve! Busca tu grandioso y verdadero destino…».

Y luego un buen golpe de trémolo:

«A menudo, entre el suicidio y yo se interpone tan solo tu imagen. Tu imagen y la viva y loca esperanza de que un día comprenderás, finalmente, que no había que pesarme en la misma balanza que al resto… ¡Ah, querida, querida mía! ¿Por qué solo quieres quedarte con el recuerdo de mis bajezas y mis sombras? ¿Tanto miedo tienes de amarme que has tenido que crear un monstruo entre tú y yo?… Cometí errores, lo sé, errores de todo tipo. Soy malo, sin duda. Fuiste desgraciada por mi culpa, cariño mío. ¿Qué más puedo decirte? ¿Que lo lamento? Es cierto, profundamente, ¡pero eso no cambia nada!… Te quiero. Te necesito. Sin ti, no soy nada. La vida se me hace un lastre…».

¡Cerdo! Después de eso, se enfadaba de verdad. Le explicaba con palabras bien escogidas que, si ella no volvía con él, significaba que él se había equivocado, que ella no era entonces mas que la peor de las golfas, con un cerebro más pequeño que un guisante y un corazón de chinche…

Luego hablaba de él, solo de él, el tipo no se cortaba, párrafos enteros como paquetes llenos de cosas extraordinarias, ornándose con historias, atribuyéndose aventuras, nada bonito…

Tenía ganas de vomitar.

Cuando Paulette volvió, yo seguía releyendo.

Se quedó pálida de golpe.

—¡Oh! —exclamó—. ¡Tenía que pasar!… ¡Hurgar en mi bolso cuando yo no estoy!
—¡No exageres! —le dije—. ¿Cómo vas a explicarme esto, eh? ¡A ver, di!
—¡No puedo prohibirle a la gente que me escriba! —me respondió.

Y luego me dejó pasmado. Fue ella la que se enfadó diciéndome que eso era una verdadera injuria, espiarla así, como a una criminal.

—¡Un momento! —le grité—. ¡No desvíes el tema, eh! ¿Me vas a decir qué son estas cartas?
—¡No tengo nada que decir!

—¿Cómo dices? ¿Te apuestas algo a que te lo saco yo?

La agarré con fuerza.

—¡No me toques, Félix!

Me miró directamente a los ojos, no tenía miedo. Parecía que, en realidad, no tuviera nada que reprocharse. ¡Yo seguía sin creérmelo!

—¿Acaso soy responsable de lo que me escribe? —me replicó cuando vio que yo empezaba a apretar los dientes—. ¿Acaso puedo impedir que alguien me escriba? ¿Acaso montaría yo este drama si el Papa o tu querida Marcelle, o bien la portera te enviara cartas de amor? ¿Acaso has leído en las cartas una sola palabra que te haga creer que yo le he enviado ni siquiera una postal? ¿Acaso es culpa mía?… Piensa un poco antes de insultarme y de pegarme, ¡que es lo único que sabes hacer! Hace tres meses que te lo escondo, para que no te moleste ni un segundo, y así es como me lo agradeces…

Ella se reafirmaba mientras hablaba, se ponía roja de verdadera rabia, estiraba el cuello, se erguía cada vez más.

No resistí mucho tiempo. Le pegué un bofetón sonoro y humillante.

Reaccionó al momento, era la primera vez. La vi claramente, llena de odio y dolorida ante mí, con una mirada desafiante como un tanque. Pataleaba. Su bofetada me dio en todo el ojo. Se agarró con las manos a mi jersey. Yo no salía de mi asombro. Ante mí había una mujer bajita y gorda que no reconocía, gesticulante y repulsiva… ¡Tuve que darle para que me soltara

Estalló entonces en un ataque de nervios como nunca lo había visto: se retorcía, gritaba desfigurada y sin tan siquiera media lágrima.

Es penoso volver a pensar en eso con todos los detalles.

—¡Eres abyecto! —me chillaba—. ¡Eres la peor de las abyecciones, para que lo sepas! Estás más vacío que la última de las bestias. No tienes ni cuatro malditas ideas en tu cerebro cuadrado… ¡Eres lo peor de lo peor! ¡Lo único que sabes hacer es viajar por las carreteras, morirte solo en una esquina, pegarme así, por todo y por nada! ¡No tienes ni dos dedos de frente ni tres palabras para hablar! ¡Y encima te crees muy listo! ¡Y te emborrachas! ¡Y me pegas!…
—¡Ya vale, no! —le dije—. Me quieres ver como un borracho, es una buena estrategia. ¡Vete a dormir a casa de tu madre, eh! Eso te debe venir de familia, ¡no sabéis sino fabricar borrachos! ¡Pero te advierto que soy más difícil de pelar que tu padre! ¡No servirá dos veces el truco de meter arsénico en la sopa!

Nunca le había hablado de eso. Lo recibió como un golpe bajo. Se puso a tartamudear…

—¿Arsénico? ¿Cómo?… Pero ¿qué estás diciendo?

La estaba machacando. Me di cuenta, de golpe, de la terrible fuerza de esa tontería y de la mala intención que llevaba. Volvía a estar preparado para la pelea.

—Ve a preguntárselo a tus queridos primos. Ellos no pegan a nadie, solo van contando historias… ¡Me lo explicaron todo! ¡Entiendo que no estés orgullosa! ¡Ja, ja, ja! ¡Bonita familia! ¡Todo podredumbre y compañía!

Ella abrió los ojos como platos. No podía creérselo. Estaba petrificada…

—¡Venga! —seguí—. Explícame por qué tu madre vino a París, ¿eh? ¿Por qué le arrancaron el velo en plena calle en Saint-Étienne? ¡Venga, dime! ¿Te crees que no lo sé o qué? ¡Te has quedado de piedra, eh! Pues bien contentos que estaban cuando me lo contaron tus queridos primos, ellos, que no pegan a sus mujeres…
—¡Seguro que no te lo explicaron así! —empezó a reaccionar tímidamente—. ¿Arsénico en la sopa?… ¡Seguro que no te lo dijeron así!… ¡Con lo que sufrió mamá! No es justo… ¡No es justo!

Empezamos a gritar como nunca cuando le pregunté cosas precisas sobre las cartas. Nos injuriábamos echando venablos por la boca: ya nada tenía sentido, ¡éramos enemigos!

—¡Estoy harta! —dijo ella de golpe—. Me voy a casa de mi madre. No quiero vivir más con un animal.

Empezó a vestirse… Ahora estaba llorando de verdad, con lágrimas enrojecidas y grandes que no me necesitaban para salir.

—¡Sí, ya la conozco a tu madre! —le decía yo burlándome—. ¡Por mí puedes largarte de aquí! Tu madre se llama Bernard, ¿verdad? ¡Es «bebé» tu querida madre! ¿A que sí? ¡Seguro que hace mil maravillas con la lengua, eh?
—¡Eres lo peor de lo peor! —me decía ella—. No me merezco esto, no, ¡no me lo merezco!

Bajó del armario su maleta azul, metió su ropa de cualquier manera…

—Ya sabes que si te largas ahora —le advertí como suele hacerse—, ¡ya no volverás a cruzar esa puerta!
—¡No temas por eso, no! —me dijo desafiante.

Estaba completamente decidida. Estábamos peleando de igual a igual, ya no reconocía a mi querida Paulette de los inicios. Me sentí desgraciado.

Le cogí la maleta y la puse contra la ventana.

—No pongas esa cara —exclamé—. Déjate de comedias. Sería demasiado fácil. Ella ya llevaba el sombrero y el abrigo.

No respondió. Estiró de la maleta que yo tenía bien agarrada.

Pensé entonces en el momento en que nos tranquilizaríamos riendo.

Pero no acabó así.

—¡Pues bueno! —dijo—. ¡No será esto lo que me retenga!

Y se fue de golpe dando un buen portazo.

—¡Muérete! —le grité.

No era mi intención salir corriendo tras ella.


XXIV

La noche se me hizo eterna y, por la mañana, decidí pasar por casa de mi suegra. Era domingo.

Tenía intenciones contradictorias: o bien darle una buena paliza a Paulette, o atraparla por el lado de los sentimientos. Me inclinaba más bien por la paliza. En el metro, notaba fríos arrebatos de rabia que me llegaban hasta los ojos.

«¡Armaré una buena bronca!», me iba diciendo firmemente.

En Brochant, me obligué a dar un paseo hasta el parque para calmar un poco toda esa rabia. Me quedé un cuarto de hora inmóvil en el puentecillo, viendo cómo pasaban los patos. Intentaba ordenar mis pensamientos, preparar mi discurso contra aquellas dos expertas.

¿Tenía que decirle a la suegra lo de las cartas? ¿O acaso era mejor no decirle nada y que toda explicación quedara simplemente entre Paulette y yo?

Tal vez Paulette ya le había dado su versión. Su versión fácil y fluida, frase a frase, en la que yo aparecía como un ser siniestro, estaba seguro, con una botella medio vacía en la mano.

¡La muy cerda! Le podía perdonar todo, ¡excepto esa reputación de borracho! ¡Eso jamás! ¡Antes la aplastaría como a un tomate!

Subí las escaleras a oscuras, con pálidos arrebatos de rabia propios de un asesino. Llamé a la puerta con el puño, presa de la indecisión, pero dispuesto a distribuir bofetadas de kilo y medio.

Todavía no eran las nueve. La suegra Antoinette vino a abrirme con los bigudíes puestos.

—¡Anda, Félix! —exclamó muy sorprendida.
—¿Y Paulette? —le respondí a la defensiva.
—¿Paulette? ¿Cómo, Paulette? ¿Qué sucede?

Estaba claro que no estaba allí. En el piso no había manera de esconderse y, además, no era su estilo.

La suegra empezó a alarmarse al verme en aquel estado.

—Pero, Félix, ¡me estás asustando! ¿Qué pasa?
—¿No ha dormido aquí?
—¡Pues claro que no, Félix! Vino a dormir aquí el otro jueves, hace quince días. ¡Ya lo sabes! Pero ¿qué está pasando?
—¿Me puedes jurar que no ha dormido aquí?
—Claro que te lo juro, Félix. Pero me estás asustando… Paulette… ¿Qué pasa?… ¿Le has vuelto a pegar?

Estábamos buenos: yo volvía a ser el gran culpable. No lo pude aguantar.

—Pues lo que pasa —le respondí—, ¡es que tu hija es una puta! No tiene suficiente con que le acaricien el culo, ¡también quiere que le acaricien el cerebro! ¡Tu hija está pirada, eso es lo que pasa!

La suegra pasó entonces al ataque.

—¡Cuidado con lo que dices, Félix!

Pero yo estaba desbocado.

—Por si no estás enterada, ¿no conoces a su gran amante? ¿A su querido, con quien ha mantenido correspondencia desde hace tres meses? ¿A su adorado tipejo, con el que ha pasado la noche? Pues… ¡es Bernard!
—¡No puede ser!

Parecía que la vieja había recibido el golpe en todo el pecho…

—¡Y tengo pruebas! —le dije—. ¡Un paquete de cartas así de grande!…

Viendo cómo estaba, entendió al momento que no era una mentira. Empalideció y se derrumbó llorando en una silla.

—¿Qué más tendré que sufrir?… ¡Dios mío!

Yo también acababa de encajar un duro golpe. Me senté en la esquina del catre azul para recuperarme un poco.

La vieja me pidió más detalles lloriqueando, se lo expliqué todo, todo lo que no tuve más remedio que explicarle.

En su tristeza, de repente le asaltó una idea.

—Yo conozco bien a mi pequeña. Habrá estado dando vueltas toda la noche, Félix… Vayamos rápido a vuestra casa. Estará desfalleciendo en el felpudo…
—Tiene llaves.
—Entonces estará llorando en la cama. Ya la estoy viendo, Félix, ¡vamos!

Yo también quería pensar eso. Le advertí a la vieja que quería estar solo con Paulette para darle su merecido. Tras creerme un poco más tranquilo, volví a ponerme hecho una furia, guardando silencio de vez en cuando y moviendo los hombros como para indicarle a la suegra que la pequeña iba a pasar un mal rato. Cual gallina protectora, quiso evitar los golpes.

—¡No, Félix! ¡No le pegues! Todo esto es culpa tuya. Si fueras un poco más delicado con ella, nada de esto sucedería… Créeme, Félix, ella es más fina que tú. Y, además, tiene mucha imaginación… No es por criticarte. Eres un buen chico… Pero no hablas demasiado. La gente te importa bien poco. No siempre eres educado… Tampoco debe de ser agradable para ella… Una vida de obreros, sin esperanza. Ponte en su lugar… Ella necesita esperanzas, pequeñas mentiras… Una mujer es mucho más delicada que un hombre… Tú tampoco eres un patán redomado, Félix, pero…

Corté la conversación.

Hice el viaje de vuelta en el metro.

Estaba dispuesto a no pegarle más. Verla, de entrada, estaba como loco por verla…

En casa no había nadie.

Es demasiado duro de contar.

Esperé toda la tarde… Y luego la noche…

Fueron momentos de una tristeza tan desbordante que no quiero contar.

(Continuará...)

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