Santuario (VII)

William Faulkner






XIX

—Pero esa chica… —dijo Horace—. Estaba perfectamente. Le consta que estaba bien cuando salió usted de la casa, y luego, cuando la vio con Popeye en el coche. No hacía más que llevarla a la ciudad. Estaba perfectamente. Usted sabe que estaba bien.

La mujer se había sentado en el borde de la cama y miraba al niño, envuelto en el limpio y descolorido trozo de manta, las manos extendidas junto a la cabeza, como si hubiera muerto en presencia de una angustia insoportable que no hubiese tenido tiempo de tocarlo. Tenía los párpados entreabiertos y los ojos vueltos hacia arriba, de manera que sólo se le veía el blanco de la córnea, de un color como de leche aguada. Su rostro estaba aún humedecido por el sudor, pero respiraba ya con menos dificultad. Habían desaparecido los débiles jadeos silbantes que Horace oyera al entrar en la habitación. En una silla junto a la cama reposaba un vaso lleno a medias de un agua levemente coloreada, con una cuchara dentro. A través de la ventana abierta entraban los innumerables ruidos de la plaza —coches, carretas, pasos sobre la acera que quedaba debajo—, y mirando por ella Horace veía el juzgado y a hombres que jugaban a tirar monedas de dólar entre agujeros hechos en la tierra bajo las acacias y los robles.

La mujer cavilaba tristemente, sin dejar de mirar al niño.

—Nadie quería que estuviera allí. Lee les ha dicho una y otra vez que no lleven mujeres, y antes de que oscureciese le dije que aquellos hombres no eran gente de su clase y que se marchara. La había traído el tipo ése que le he dicho, Y estaba en el porche con los otros, sin dejar de beber, porque cuando entró para cenar casi no se tenía en pie. Ni siquiera había tratado de lavarse la sangre que tenía en la cara. No son más que mocosos que, como saben que Lee infringe la ley, creen que pueden ir allí y tratar nuestra casa como una… No es que las personas mayores sean buenas, pero al menos compran whiskey como quien compra cualquier otra cosa; pero los muchachitos como ése son demasiado jóvenes para darse cuenta de que la gente no comete delitos sólo para divertirse —Horace le vio apretar los puños sobre el regazo —. Si estuviera en mi mano, bien sabe Dios que ahorcaría a todos los que hacen whiskey, lo compran o lo beben; a todos, sin dejar uno.
»Pero ¿por qué, me ha tocado a mí, a nosotros? ¿Qué les había hecho yo, a ella o a los de su clase? Le dije que se fuera. Le dije que no se quedara después de anochecer. Pero el individuo que la llevó se estaba emborrachando otra vez y peleándose con Van a cada momento. Si ella hubiera dejado de correr de un lado para otro y de ponerse donde todos tenían que verla… No se quedaba quieta en ningún sitio. Salía corriendo por la puerta en una dirección y al cabo de un minuto regresaba a toda prisa desde el extremo opuesto. Y si él hubiera dejado tranquilo a Van, que tenía que irse con el camión a medianoche, ya se habría ocupado Popeye de que se comportara debidamente. Además era sábado y se quedaron bebiendo toda la noche, y yo había tenido que aguantarlo una y otra vez, y le había dicho a Lee que nos marcháramos, que así no iba a llegar a ninguna parte, y a veces le daban ataques como el de anoche, y no teníamos ni médico ni teléfono. Y para colmo tuvo que aparecer ella, después de haberme pasado años trabajando como una esclava para él.

En reposo, con la cabeza inclinada y las manos todavía sobre el regazo, la mujer tenía la cansada inmovilidad de una chimenea que se alza sobre las ruinas de una casa cuando ya ha pasado el huracán.

—De pie en el rincón de detrás de la cama, con el impermeable puesto. Así de asustada estaba cuando le metieron en el cuarto al individuo aquél, cubierto de sangre una vez más. Lo pusieron sobre la cama, Van lo golpeó otra vez y Lee le sujetó el brazo, y ella de pie en el rincón, con unos ojos que parecían los agujeros de una máscara. El impermeable estaba colgado de la pared y ella se lo había puesto sobre el abrigo. El vestido estaba muy bien doblado sobre la cama. Al tipo aquel lo echaron justo encima, con la sangre y todo lo demás, y yo dije:
«—¡Cielo santo! ¿También estás tú borracho?
»Pero Lee se limitó a mirarme y vi que se le había puesto blanca la nariz, como le pasa siempre que se emborracha.
»La puerta no tenía pestillo, pero pensé que muy pronto saldrían a ocuparse del camión y que entonces me daría tiempo a hacer algo. Luego Lee me obligó a salir también a mí y se llevó la lámpara, de manera que tuve que esperar a que se reunieran otra vez en el porche para volver a la habitación. Cuando entré me quedé muy cerca de la puerta. El tipo que había traído a la chica roncaba sobre la cama, respirando con dificultad, con la nariz y la boca magulladas; también oía a los que estaban en el porche. Después salieron y les oía dando vueltas alrededor de la casa y por la parte de atrás. Al final se callaron.
»Yo seguía allí de pie, contra la pared. El otro roncaba, se ahogaba, recuperaba el aliento y hacía un ruido como si gimiera; y yo pensaba en la chica tumbada en la oscuridad, con los ojos abiertos, escuchándolos, y yo teniendo que estar allí, esperando a que se marcharan para tratar de hacer algo. Le dije que se fuera. Le dije: ‘¿Qué culpa tengo yo de que no esté casada? Tengo tan pocas ganas de tenerla con nosotros como usted de estar aquí.’ Dije: ‘He vivido toda la vida sin ninguna ayuda de gentes como usted; ¿qué derecho tiene a venir pidiéndome ayuda?’ Porque lo he hecho todo por él, hasta arrastrarme por el fango. He prescindido de todo lo que tenía y sólo he pedido que me dejaran sola.
»Luego oí abrirse la puerta. A Lee lo reconozco por la manera de respirar que tiene. Se acercó a la cama y dijo: ‘Necesito el impermeable. Levántese y quíteselo’, y oí el crujido de las vainas de las mazorcas mientras él se lo quitaba. Luego se marchó. No hizo más que coger el impermeable y salir. Era el impermeable de Van.
»He dado tantas vueltas alrededor de esa casa por la noche, con esos hombres allí dentro, esos hombres viviendo a costa del riesgo que Lee corría y que no hubieran movido un dedo por él si lo hubieran cogido, que era capaz de reconocerlos por la forma que tenían de respirar; y a Popeye lo distinguía por el olor de esa cosa que se da en el pelo. Tommy lo iba siguiendo. Llegó hasta la puerta detrás de Popeye; me miró y le vi los ojos, como los de un gato. Luego sus ojos desaparecieron y sentí que se acuclillaba a mi lado y oíamos a Popeye en el sitio donde estaba la cama y al tipo aquel roncando y roncando.
»Yo oía unos ruidos muy suaves de las vainas de las mazorcas, y por eso sabía que todo iba bien por el momento; al cabo de un minuto Popeye se marchó y Tommy lo siguió, moviéndose con mucha cautela; seguí allí hasta que los oí alejarse en dirección al camión. Entonces me acerqué a la cama. Cuando la toqué trató de defenderse. Quería taparle la boca con la mano para que no alborotara, pero no gritó de todas formas. Siguió tumbada, agitándose, moviendo la cabeza de un lado para otro y ciñéndose el abrigo.
»—¡Estúpida! —le dije—. Soy yo… la mujer.»

—Pero esa chica —dijo Horace— estaba perfectamente. Cuando volvía usted a la casa a la mañana siguiente en busca del biberón del niño, la vio y se dio cuenta de que estaba perfectamente.

La habitación daba sobre la plaza. Por la ventana, Horace veía a los jóvenes jugando con monedas de dólar en el patio del juzgado, y las carretas que pasaban o estaban amarradas a las cadenas de enganche; y oía el paso lento y las voces sin prisas de las personas que caminaban por la acera, bajo la ventana; gente que compraba cosas agradables para llevárselas a sus casas y comerlas en mesas tranquilas.

—Usted sabe que esa chica estaba bien.

Aquella noche Horace fue a casa de su hermana en un coche alquilado; no telefoneó para avisar. Encontró a Miss Jenny en su habitación.

—Vaya —dijo—. Narcissa se..,
—No quiero verla —dijo Horace—. Su joven amigo, tan pulcro y tan bien educado. Su caballero de Virginia. Ya sé por qué no volvió.
—¿Quién? ¿Gowan?
—Sí; Gowan. Y se lo juro, será mejor que no vuelva. ¡Cielos! Cuando pienso que tuve la oportunidad…
—¿Cómo? ¿Qué es lo que hizo?
—Se llevó a una estúpida muchachita con él a casa de Lee aquel día, se emborrachó y se fue dejándola allí. Eso es lo que hizo. Si no hubiera sido por esa mujer… Y cuando pienso que gente como esa va por el mundo impunemente por la sencilla razón de que tienen un traje a la última moda y han disfrutado de la asombrosa experiencia de ir a una universidad en Virginia… Que es posible encontrarlos en cualquier tren o en cualquier hotel, o por la calle: en cualquier sitio, dése usted cuenta…
—Ah —dijo Miss Jenny—. Al principio no sabía de quién estabas hablando. Bueno —añadió—. ¿Recuerdas la última vez que estuvo aquí, nada más llegar tú de Kinston? ¿El día que no quiso quedarse a cenar y se fue a Oxford?
—Sí. Y cuando pienso en cómo pude…
—Le pidió a Narcissa que se casara con él. Ella le contestó que con un niño tenía bastante.
—Siempre diré que no tiene corazón. Necesita insultar para quedarse tranquila.
—Así que él se enfadó y dijo que iría a Oxford, donde había una mujer que, tenía motivos para creerlo, no le consideraría ridículo: algo por el estilo. Vaya —Miss Jenny le miró, el cuello inclinado para verlo por encima de los lentes—. Confieso que un padre es una cosa extraña, pero dale a un hombre la oportunidad de intervenir en los asuntos de una mujer que no es de su familia… ¿Por qué piensan los hombres que la mujer con la que se casan o que engendran quizá, se porte mal, pero que todas las demás están condenadas a hacerlo?
—Es cierto —dijo Horace—, y aún he de dar gracias a Dios porque no es de mi sangre. Me resigno a que se vea expuesta a tener que tratar con un canalla de vez en cuando, pero pensar que en cualquier momento se pueda comprometer con un imbécil…
—Bueno, y ¿qué vas a hacer para evitarlo? ¿Iniciar una campaña para terminar con las sabandijas?
—Voy a hacer lo que ha dicho esa mujer: voy a hacer que se apruebe una ley que obligue a todo e] mundo a disparar contra cualquier hombre de menos de cincuenta años que fabrique, compre, venda o piense en whiskey…, con un canalla puedo enfrentarme, pero pensar en verla expuesta a cualquier imbécil…

Regresó a la ciudad. En la tibieza nocturna, las cigarras llenaban la oscuridad con su estridencia. Horace no estaba usando más que una cama, una silla y un escritorio sobre el que había extendido una toalla donde dejaba los cepillos, el reloj, la pipa y la petaca, y donde había colocado, apoyada contra un libro, una fotografía de la hija de su mujer, la pequeña Belle. La luz creaba un reflejo sobre su brillante superficie. Horace movió la fotografía hasta que pudo ver el rostro con claridad. Se quedó de pie, contemplando aquel rostro dulce, impenetrable, que miraba a su vez a algo situado un poco más allá del hombro de Horace, fuera del inanimado rectángulo de cartulina. Se acordó del emparrado de Kinston, del anochecer durante el verano y del murmullo de voces que se difuminaba en el silencio a medida que él —que no les deseaba ni a ellos, ni a ella, ningún mal; que quería para ella, Dios era testigo, todos los bienes imaginables— se acercaba; se acordó de cómo las voces se difuminaban en el pálido susurro de su vestido blanco, en el delicado y apremiante susurro animal de aquella extraña carne femenina que él no había engendrado y que parecía estar delicadamente teñida de una ardiente afinidad con la parra florecida.

Horace se movió bruscamente. Como por impulso propio, la fotografía se había movido, perdiendo en parte su precario equilibrio entre la mesa y el libro. La imagen se hizo confusa a causa del reflejo, como algo muy conocido visto bajo un agua agitada pero clara; Horace miró la familiar imagen con una especie de tranquilo horror y de desesperación, contemplando un rostro con más experiencia en el pecado de la que él nunca llegaría a adquirir, un rostro más borroso que dulce, unos ojos más impenetrables que tiernos. Al tratar de cogerla, la tiró; y desde allí, una vez más, la cara de la pequeña Belle adquirió una expresión tierna y meditativa detrás de la estudiada parodia de los labios pintados, contemplando de nuevo algo que quedaba más allá del hombro de Horace. Benbow se tumbó vestido en la cama y estuvo allí, con la luz encendida, hasta que oyó dar las tres en el reloj del juzgado. Entonces salió de la casa, guardándose antes en el bolsillo el reloj y la petaca.

La estación de ferrocarril quedaba a tres cuartos de milla. La sala de espera—iluminada por una sola bombilla de muy poca potencia— estaba vacía si se exceptúa a un hombre vestido con mono que dormía sobre un banco, con la cabeza sobre la chaqueta doblada, roncando, y a una mujer con un vestido de percal, un chal muy sucio y un sombrero nuevo —colocado como a escuadra y sin ninguna gracia—, adornado con rígidas flores moribundas. Tenía la cabeza inclinada —quizá estuviera dormida— y las manos cruzadas sobre un paquete colocado en el regazo; a sus pies descansaba una maleta de mimbre. Fue entonces cuando Horace se dio cuenta de que se había dejado la pipa.

Cuando llegó el tren, Benbow estaba paseando arriba y abajo en el sitio por donde se cruzaba la vía, nivelado con cenizas prensadas. El hombre y la mujer subieron, él con su chaqueta arrugada, ella con el paquete y la maleta. Horace les siguió al interior de un vagón de segunda, lleno de ronquidos, lleno de cuerpos desparramados a medias en el pasillo, como si se tratara de las consecuencias de una repentina y violenta destrucción; lleno de cabezas caídas y bocas abiertas, con las gargantas desencajadamente alzadas, esperando quizá el tajo del cuchillo.

Horace se adormiló. El tren siguió traqueteando, deteniéndose, dando sacudidas. Se despertó y volvió a adormilarse. Alguien, zarandeándolo, le hizo salir del sueño a un amanecer amarillo rojizo, entre rostros abotargados y sin afeitar, levemente teñidos con algo similar al definitivo estigma hermanador de un holocausto, haciéndose guiños con ojos muertos a los que la personalidad iba regresando en secretas oleadas opacas. Horace se apeó, desayunó y cogió otro tren, subiéndose a un vagón donde un niño gemía desesperanzadamente, y por cuyo pasillo avanzó aplastando cáscaras de cacahuetes con los pies, en medio de un intenso olor a amoníaco, hasta que encontró un sitio vacío al lado de un hombre. Un instante después su vecino se inclinó hacia adelante para escupir, sin mancharse las rodillas, un trozo de tabaco de mascar. Horace se levantó rápidamente y siguió avanzando, hasta llegar al vagón de fumadores. También iba lleno; y la puerta entre este vagón y el de los negros estaba abierta y se balanceaba. De pie en el pasillo, Horace podía ver un corredor que se estrechaba con la perspectiva, limitado por respaldos de felpa verde coronados por las ensombreradas cabezas de los habituales de los trenes rápidos, todos ellos moviéndose al unísono y escupiendo en el pasillo mientras ráfagas de conversaciones y de risas iban pasando hacia atrás, manteniendo en continuo movimiento el acre aire azulado que respiraban.

Horace cambió nuevamente de tren. La mitad de la gente que esperaba en el andén eran muchachos de atuendo universitario con misteriosas insignias sobre camisas y chalecos, y dos chicas de rostros maquillados y vestidos muy cortos de vivos colores, que parecían flores artificiales rodeadas por un grupo de inquietas y alegres abejas. Cuando el tren llegó, avanzaron desenfadadamente, hablando y riendo, empujando a las personas de más edad con jovial descortesía, chocando con los asientos y bajándolos con estrépito, instalándose finalmente, con los rostros vueltos hacia arriba para ocultar la risa, pero aún con floraciones de dientes en sus caras supuestamente serenas cuando tres mujeres de mediana edad fueron recorriendo el vagón, descubriendo, indecisas, asientos ocupados a derecha e izquierda.

Las dos chicas se sentaron juntas y procedieron a quitarse el sombrero —uno azul y el otro marrón— con manos delicadas y dedos no totalmente desprovistos de gracia revoloteando alrededor de sus cabezas de cabellos muy cortos, vistas entre los codos separados y las cabezas inclinadas de dos muchachos apoyados sobre el respaldo del asiento, rodeadas de cintas de sombrero de distintos colores a diferentes alturas, según sus propietarios se sentaran en los brazos de los asientos o fueran de pie en el pasillo; y en seguida vino a añadirse la gorra del revisor al avanzar entre ellos con gritos quejumbrosos y malhumorados, como los de un pájaro.

—Billetes. Billetes, por favor —salmodió.

Durante un instante lo retuvieron allí, invisible excepto por la gorra. Luego dos muchachos se escurrieron rápidamente hacia atrás, ocupando el asiento a espaldas de Horace. Benbow les oía respirar. El revisor picó dos billetes más hacia el frente del vagón antes de regresar.

—Billetes —salmodió—. Billetes.

Recogió el de Horace y se detuvo delante de los dos muchachos.

—Ya le he dado el mío —dijo uno—. Allí delante.
—¿Dónde está la contraseña? —dijo el revisor.
—No nos la dio. Pero se quedó con nuestros billetes. El número del mío era…—ofreció unas cifras con gran soltura, en un agradable tono de voz, lleno de franqueza—. ¿Te fijaste en el número del tuyo, Shack?

El segundo estudiante también repitió unas cifras con un agradable tono de voz, lleno de franqueza.

—Seguro que tiene los nuestros —añadió—. Busque y los encontrará —empezó a silbar entre dientes un sincopado ritmo de baile sin asomo de musicalidad.
—¿Comes en Gordon Hall? —dijo el otro.
—No. Es que tengo halitosis natural.

El revisor siguió su camino. El silbido, alcanzado el máximo volumen posible, dejó paso a las palmadas sobre las rodillas y a un du-du-dú exclamativo. Después el primer estudiante se puso a dar absurdos y vertiginosos chillidos; para Horace era como estar sentado delante de una serie de páginas impresas que una mano furiosa fuera pasando a empellones y que sólo dejaban en la mente una serie de evocaciones misteriosas, sin pies ni cabeza.

—Esa ha viajado mil millas sin billete. —Marge también.
—Y Beth.
—Du-du-dú.
—Marge también.
—El viernes por la noche dejaré que me piquen el mío.
—Iiiiyóu.
—¿Te gusta el hígado?
—No llego tan lejos.
—liiiyóu.

Silbaron, golpeando el suelo con los tacones en furioso crescendo, acompañándolo con du-du-dús. El primero subió con violencia el asiento que quedaba detrás de la cabeza de Horace. Luego se puso en pie.

—Vamos —dijo—. Ya se ha ido.

El asiento retumbó de nuevo contra la cabeza de Horace y les vio volver a reunirse con el grupo que obstruía el pasillo, y vio cómo uno de los muchachos ponía su áspera y desenfadada mano sobre uno de los radiantes rostros de piel tersa vuelto hacia ellos. Más allá del grupo una campesina con un niño en brazos estaba apoyada contra un asiento. De cuando en cuando contemplaba el pasillo obstruido y los asientos vacíos que quedaban del otro lado.

En Oxford, Horace se apeó en medio de un tropel de muchachas destocadas, con vestidos de tonos alegres, en algunos casos con libros en las manos y rodeadas una vez más por enjambres de camisas de colores. Ocupando toda la acera, cogidas de la mano con sus acompañantes y moviendo los brazos adelante y atrás, objeto de casuales e infantiles caricias, subían perezosamente la pendiente, camino de la universidad, contoneando sus caderas apenas formadas y mirando a Horace con ojos fríos e inexpresivos cuando se salía de la acera para adelantarlas.

En lo alto de la colina se separaban tres caminos, que atravesaban una amplia arboleda más allá de la cual, entre verdes perspectivas, brillaban edificios de ladrillo rojo o de piedra gris, y donde empezaba a oírse la clara voz de soprano de una campana. La procesión se dividió en tres corrientes, disminuyendo rápidamente por encima de las parejas remolonas, de brazos balanceantes, que. avanzaban por impulsos caprichosos, empujándose unos a otros con chillidos infantiles, llenos de la intensa despreocupación de los niños.

El camino más ancho llevaba a la oficina de correos. Horace entró y esperó a que la ventanilla quedara libre.

—Estoy tratando de encontrar a una señorita, Miss Temple Drake. Es muy probable que me haya cruzado con ella, ¿no es cierto?
—Miss Drake ya no está aquí —dijo el empleado—. Dejó la universidad hace cosa de dos semanas.

Era un hombre joven: un rostro lampiño e inexpresivo detrás de unas gafas con montura de asta y con el pelo muy cuidado. Al cabo de un rato, Horace se oyó a sí mismo preguntar calmosamente:

—¿No sabe usted adonde ha ido?

El empleado le miró. Se inclinó hacia adelante, bajando la voz:

—¿También usted es detective?
—Sí —dijo Horace—, sí. Pero no importa. No tiene ninguna importancia.

Luego se vio descendiendo tranquilamente los escalones, de nuevo con el sol sobre la cabeza. Se quedó allí mientras a ambos lados las muchachas se cruzaban con él en un flujo continuo de vestidos de tonos alegres, de brazos descubiertos, de rostros radiantes y cabellos muy cortos, y en los ojos —sobre las bocas con la misma pintura rabiosa en todos los labios— la misma expresión calculadora, inocente, descarada, que Horace conocía tan bien; como música en movimiento, como miel vertida al sol, pagana, evanescente y serena, vagamente evocadora de todos los días perdidos y de los placeres pasados, bajo la luz del so], brillante, temblorosa por el calor, extendiéndose en visiones fugaces de piedra y ladrillo que tenían cierta calidad de espejismo: columnas sin capiteles, torres que parecían flotar sobre una nube verde, en lenta destrucción a manos de viento del sudoeste, siniestro, suave, imprevisible; y él allí de pie, oyendo el dulce sonido de la campana claustral, pensando ¿Ahora qué? ¿Qué viene después?, y contestándose a sí mismo: Nada, evidentemente. Nada. Se ha acabado todo.

Regresó a la estación una hora antes de la llegada del tren, en la mano una pipa cargada pero sin encender. En el lavabo, garrapateado con lápiz sobre la sucia pared, llena de manchas, vio su nombre. Temple Drake. Lo leyó tranquilamente, con la cabeza inclinada, manoseando la pipa todavía sin encender.

Media hora antes de que llegara el tren empezaron a reunirse, descendiendo por la ladera y juntándose en el andén, con sus risas estridentes, sus pálidas piernas idénticas, sus cuerpos en continuo movimiento dentro de sus breves vestidos, con la desmañada y voluptuosa despreocupación de los jóvenes.

El tren de vuelta llevaba coche salón. Horace atravesó el vagón de segunda clase y se acomodó en él. No había más que otro pasajero: un hombre en el centro del vagón, junto a una ventana, destocado, recostado contra el respaldo, el codo en el reborde de la ventanilla, y un cigarro puro sin encender en la mano ensortijada. Cuando el tren se puso en marcha, dejando atrás a los acicalados estudiantes, un poco más de prisa a cada momento, el otro pasajero se levantó y echó a andar hacia el vagón de segunda. Llevaba un abrigo cruzado sobre el brazo y un sombrero de fieltro de color claro, lleno de manchas. Con el rabillo del ojo Horace le vio buscar algo en el bolsillo superior de la chaqueta y se fijó en el austero corte de pelo sobre su grueso cogote de piel muy blanca. Como con una guillotina, pensó Horace, viéndole cruzarse furtivamente con el mozo negro en el pasillo y esfumarse, desapareciendo de su vista y borrándose de su mente en el momento en que empezaba a calarse el sombrero. El tren siguió corriendo, balanceándose en las curvas, pasando de cuando en cuando como un relámpago junto a una casa, atravesando quebradas y valles donde las nuevas plantas de algodón giraban lentamente en hileras que se abrían como las varillas de un abanico.

El tren disminuyó de velocidad; la sacudida fue repitiéndose hacia atrás, de un vagón a otro, acompañada de cuatro pitidos. El hombre del sombrero manchado entró sacándose un cigarro puro del bolsillo superior de la chaqueta. Avanzó por el pasillo rápidamente, mirando a Horace. Luego moderó el paso, con el puro entre los dedos. Se produjo una nueva sacudida. El hombre extendió la mano y se apoyó en el respaldo del asiento situado frente a Horace.

—¿No es usted el juez Benbow? —dijo. Horace levantó la vista hacia un rostro inmenso, abotargado, carente de todo vestigio de edad o de actividad mental: una majestuosa extensión de carne a ambos lados de una minúscula nariz roma, como un montículo en el centro de una amplía meseta; sin embargo, aquel rostro contenía un algo indefinible, sutilmente paradójico, como si el Creador hubiera redondeado la broma iluminando aquel generoso gasto de masilla con algo originariamente destinado a alguna débil criatura de hábitos adquisitivos, como una ardilla o una rata—. ¿No estoy hablando con el juez Benbow? —dijo, extendiendo la mano—. Soy el senador Snopes, Clarence Snopes.
—Ah —dijo Horace—, sí. Gracias, pero me temo que anticipa usted un poco las cosas. Se trata más bien de una esperanza.

El otro agitó el puro delante de la cara de Horace, mientras mantenía extendida la otra mano, la palma hacia arriba, el dedo corazón levemente descolorido alrededor de una enorme sortija. Horace le estrechó la mano, liberando la suya en seguida.

—Me pareció reconocerlo cuando subió usted en Oxford —dijo Snopes—, pero yo… ¿Puedo sentarme? —añadió, apartando ya la rodilla de Horace con su pierna. Arrojó el abrigo, una prenda azul de mala calidad con un grasiento cuello de terciopelo, sobre el asiento, y se acomodó en el momento en que el tren se detenía—. Sí, señor, siempre me alegro de ver a los amigos de otros tiempos… —se inclinó hacia la ventanilla y examinó la sucia estación de muy escasas dimensiones, con el tablón de anuncios lleno de misteriosas inscripciones en tiza, una vagoneta de tracción manual con un gallinero de tela metálica que contenía dos aves de aspecto melancólico, y tres o cuatro hombres con mono que mascaban tabaco, apoyados contra la pared—. Por supuesto usted no pertenece ya a mi circunscripción, pero lo que yo digo siempre, los amigos de un hombre son siempre sus amigos, de cualquier manera que voten. Porque un amigo es un amigo y tanto si puede hacer algo por mí como si no… —se recostó contra el asiento, todavía con el cigarro sin encender entre los dedos—. Entonces no viene usted directamente de la gran ciudad, ¿eh?
—No —dijo Horace.
—Siempre que vaya usted a Jackson me gustará poder serle útil, igual que si todavía estuviera en mi circunscripción. Ningún hombre está tan ocupado que no tenga tiempo para los viejos amigos, es lo que digo siempre. Vamos a ver, usted vive ahora en Kinston, ¿no es cierto? Conozco a sus senadores. Excelentes personas los dos, pero en este momento no recuerdo sus nombres.
—Realmente no sabría decirle —replicó Horace.

El tren se puso en marcha. Snopes se inclinó hacia el pasillo. Su traje de color gris claro había sido planchado pero no limpiado.

—Bueno —dijo, alzándose y recogiendo el abrigo— Siempre que pase usted por la ciudad… Se dirige a Jefferson, supongo.
—Sí —dijo Horace.
—Entonces ya nos volveremos a ver.
—¿Por qué no hace el viaje en este vagón? —sugirió Horace—. Se sentirá más cómodo.
—Voy a fumar un rato —dijo Snopes, agitando el puro—. Nos veremos luego. —Puede usted fumar aquí. No hay ninguna señora.
—Claro —dijo Snopes—. Nos veremos en Holly Springs.

Siguió avanzando camino del vagón de segunda y se perdió de vista con el puro en la boca. Horace lo recordaba, diez años atrás, como un muchacho torpe y corpulento, hijo del propietario de un restaurante, miembro de una familia que se había ido trasladando por grupos, desde las inmediaciones de Frenchman’s Bend a Jefferson, durante los últimos veinte años; una familia con las suficientes ramificaciones para haberlo elevado a la legislatura del Estado de Mississippi sin necesidad de recurrir a una votación pública.

Horace estuvo un rato completamente inmóvil, con la pipa, fría ya, en la mano. Luego se levantó y después de cruzar el vagón de segunda llegó al de fumadores. Snopes estaba en el pasillo, cubriendo con el muslo el brazo de un asiento donde se acomodaban cuatro hombres y utilizando el puro sin encender para gesticular. Horace consiguió atraer su atención y llamarlo desde la entrada. Instantes después Snopes se reunía con él, el abrigo cruzado sobre el brazo.

—¿Qué tal van las cosas por la capital? —preguntó Horace.

Snopes empezó a hablar con su voz ronca, llena de convicción. Sus palabras fueron dibujando gradualmente un cuadro de absurdas trapacerías y mezquina corrupción con fines tan estúpidos como triviales que se fraguaban principalmente en habitaciones de hotel en las que los botones, con las chaquetillas muy abultadas, se introducían sin ser vistos, mientras veloces puertas de armarios se cerraban discretamente sobre revuelos de faldas.

—Siempre que vaya a la ciudad no deje de venir a verme —dijo—. Me gusta enseñársela a los viejos amigos. Pregunte a cualquiera en Jackson; le dirán que si lo que usted busca está allí, Clarence Snopes sabe dónde encontrarlo. Tiene usted un caso muy difícil en Jefferson, según he oído.
—No se puede decir todavía —dijo Horace—. Hoy he estado en Oxford, en la universidad, hablando con algunas amigas de la hija de mi mujer. Una de las compañeras que más apreciaban ha dejado de estudiar. Una señorita de Jackson llamada Temple Drake.

Snopes le observaba con ojos opacos, apenas visibles entre los abultados párpados.

—Ah, sí; la chica del juez Drake —dijo—. La que se escapó.
—¿Se escapó? —dijo Horace—. Se escapó para volver a casa, ¿verdad? ¿Cuál era el problema? ¿Iba mal en los estudios?
—No lo sé. Cuando salió en el periódico la gente pensó que se habría escapado con alguien. Uno de esos matrimonios entre compañeros.
—Pero cuando apareció otra vez en su casa, se dieron cuenta de que no era eso, me imagino. Vaya, vaya, Belle se sorprenderá mucho. ¿Qué hace ahora? Pasearse por Jackson, como es lógico.
—No está allí.
—¿No? —dijo Horace. Sentía que el otro le estaba vigilando—. ¿Adonde se ha ido entonces?
—Su padre la mandó a algún sitio del norte, con una tía. A Michigan. Salió en el periódico un par de días después.
—Ah —dijo Horace. Todavía llevaba en la mano la pipa apagada, y descubrió que su mano estaba buscando una cerilla en el bolsillo. Respiró hondo—. Ese periódico de Jackson tiene mucho prestigio. Se le considera el más digno de crédito de todo el estado, ¿no es cierto?
—Así es —dijo Snopes—. ¿Ha ido usted a Oxford para tratar de localizarla?
—No, no. Simplemente me he encontrado con una amiga de mi hija y me ha dicho que había dejado la universidad. Bien, ya le veré en Holly Spring.
—Claro —dijo Snopes.

Horace volvió al coche salón, se sentó y encendió la pipa.

Cuando el tren disminuyó la velocidad antes de llegar a Holly Springs, Horace salió a la plataforma y luego volvió a entrar rápidamente en el vagón. Snopes salió del coche de segunda mientras el mozo abría la puerta y bajaba el estribo con el taburete en la mano. Snopes descendió. Se sacó algo del bolsillo superior de la chaqueta y se lo dio al mozo.

—Vamos a ver, George —dijo—, aquí tienes un puro.

Horace se apeó también. Snopes siguió adelante, su sombrero lleno de manchas sobresaliendo media cabeza por encima de los demás. Horace miró al mozo.

—Se lo dio el senador, ¿no es cierto?

El mozo golpeó el cigarro contra la palma de la mano. Luego se lo guardó en el bolsillo.

—¿Qué va a hacer con él? —preguntó Horace.
—No se lo voy a dar a ningún conocido —dijo el mozo.
—¿Hace esto con mucha frecuencia?
—Tres o cuatro veces al año. Además parece que siempre me toca a mí… Gracias, señor.

Todavía a una manzana de distancia oyó llegar el tren con dirección a Memphis. Estaba ya en el andén cuando él entró en la estación. Junto al vestíbulo abierto, Snopes, de pie, con un aire vagamente tutorial en sus robustos hombros y en sus gestos, hablaba con dos jóvenes, tocados con jipijapas recién estrenados. El tren silbó. Los dos jóvenes se subieron. Horace retrocedió, dando la vuelta a la esquina de la estación.

Cuando apareció su tren, vio a Snopes subirse delante de él y entrar en el vagón de fumadores. Horace vació la pipa, subió al vagón de segunda clase y buscó un asiento en la parte de atrás, en contra de la dirección de la marcha.


XX

Cuando Horace salía de la estación de Jefferson, un coche que iba en dirección a la ciudad disminuyó la velocidad al llegar a su lado. Era el taxi que usaba para ir a casa de su hermana.

—Esta vez le llevaré gratis —dijo el conductor.
—Muy agradecido —respondió Horace subiéndose.

Cuando el automóvil entró en la plaza eran sólo las ocho menos veinte en el reloj del juzgado, pero no había luz en la ventana de la habitación que ocupaba Mrs. Goodwin.

—Quizá el niño esté dormido —dijo Horace, y añadió—: Si hace el favor de dejarme delante del hotel…

Se dio cuenta de que el taxista le miraba con una especie de discreta curiosidad.

—Hoy ha estado usted fuera —dijo el conductor.
—Sí —respondió Horace—. ¿Qué pasa? ¿Qué ha sucedido hoy aquí?
—Ya no está en el hotel. He oído que Mrs. Walker le ha dado alojamiento en la cárcel.
—Ah —dijo Horace—. Me apearé aquí de todas formas.

El vestíbulo estaba vacío. Al cabo de un momento apareció el propietario: un hombre reservado, vestido de gris oscuro, con un palillo en la mano y el chaleco abierto sobre un estómago muy prominente. La mujer no estaba allí.

—Han sido esas señoras de la iglesia —dijo. Bajó la voz, con el palillo entre los dedos—. Han venido esta mañana, en comité. Ya sabe usted cómo son estas cosas, me imagino.
—¿Me está usted diciendo que permite a la Iglesia baptista decidir quiénes han de ser sus huéspedes?
—Son esas señoras. Ya sabe lo que pasa cuando se empeñan en una cosa. Trae más cuenta rendirse y hacer lo que dicen. Yo, por supuesto…
—Si hubiera un hombre, cielo santo…
—No alce la voz —dijo el propietario—. Ya sabe lo que pasa cuando esas…
—Pero, por supuesto, no había un hombre que… Y usted dice ser uno, cuando deja…
—Yo tengo una posición que mantener —dijo el propietario en tono conciliador—, si quiere que vayamos al fondo de la cuestión —retrocedió un poco, apoyándose contra el mostrador—. Supongo que puedo decidir quién se aloja en mi casa y quién no. Y conozco a algunas personas más a quienes les convendría hacer lo mismo. Y no están demasiado lejos. No tengo deudas de gratitud con ningún hombre. Y con usted menos que con nadie.
—¿Dónde está ahora Mrs. Goodwin? ¿O la han echado de la ciudad?
—No es cosa mía saber dónde van los huéspedes cuando se marchan —dijo el propietario, volviéndose de espaldas—. Pero creo que alguien la ha recogido.
—Sí —dijo Horace—. Cristianos. Cristianos.

Se dirigió hacia la puerta. El propietario le llamó. Horace se volvió. El otro estaba sacando un papel de una casilla y poniéndolo sobre el mostrador. Horace se acercó. El propietario se inclinó hacia adelante, con las manos en el mostrador y el palillo entre los dientes.

—Dijo que usted la pagaría —explicó.

Horace pagó la factura, contando el dinero con manos temblorosas. Entró en el patio de la cárcel, se llegó hasta la puerta y llamó. Al cabo de un rato, una mujer flaca y desaliñada, que se cubría el pecho con una chaqueta de hombre, apareció llevando una lámpara. Le miró con curiosidad y empezó a hablar antes de que Horace pudiera decir nada.

—Está buscando a Mrs. Goodwin, imagino.
—Sí. Cómo ha…
—Usted es el abogado. Le he visto otras veces. Está aquí. Ahora duerme.
—Gracias —dijo Horace—. Gracias. Sabía que alguien… No podía creer que…
—Sería bien difícil que yo no encontrara una cama para una mujer y un niño —dijo su interlocutora—. No me importa lo que diga Ed. ¿Quería verla para algo especial? Ahora está durmiendo.
—No, no; sólo deseaba…

La mujer le miraba por encima de la lámpara.

—Entonces no hace falta molestarla. Puede usted volver mañana por la mañana y buscarle un sitio donde alojarse. No hay prisa.

La tarde del día siguiente Horace fue a casa de su hermana, también en un coche alquilado. Le contó lo que había sucedido.

—Voy a tener que llevarla a casa.
—No quiero que esté en mi casa —dijo Narcissa.

Horace la miró. Luego empezó a cargar la pipa lenta y cuidadosamente.

—Ya no estamos en condiciones de elegir, querida. Tienes que darte cuenta.
—En mi casa, no—dijo Narcissa—. Creía que ya habíamos zanjado ese asunto.

Horace encendió el fósforo y con él la pipa; luego depositó la cerilla cuidadosamente en el hogar de la chimenea.

—¿Te das cuenta de que prácticamente la han echado a la calle? De que…
—No creo que le resulte muy duro. Debe de estar acostumbrada a eso.

Horace la miró. Se puso la pipa en la boca y estuvo fumando hasta verla bien encendida, observando el temblor de su mano por encima de la boquilla.

—Escúchame. Para mañana probablemente querrán ya que se vaya de la ciudad. Sólo porque no está casada con el hombre cuyo hijo lleva de un lado a otro por estas santas calles. Pero ¿quién se lo ha dicho? Eso es lo que me gustaría saber. Me consta que nadie estaba enterado en Jefferson con la excepción…
—Tú fuiste el primero a quien se lo oí decir —dijo Miss Jenny—. Pero Narcissa, por qué…
—En mi casa, no —respondió Narcissa.
—Bien —dijo Horace, aspirando el humo hasta poner la pipa totalmente al rojo—. No hay más que hablar, por supuesto —añadió secamente, con voz clara.

Narcissa se puso en pie.

—¿Pasarás aquí la noche?
—¿Qué? No. No. Tengo que… Le dije que iría a buscarla a la cárcel y… —aspiró el humo de la pipa—. Bueno, no creo que importe mucho. Confío en que no.

Narcissa seguía esperando, vuelta a medias.

—¿Vas a quedarte o no?
—Podría decirle incluso que he tenido un pinchazo —dijo Horace—. El tiempo no es una cosa tan mala después de todo. Usándolo correctamente, se puede estirar cualquier cosa, como si fuera una goma, hasta que se rompe por algún sitio, y te encuentras con toda la tragedia o la desesperación reducidas a dos bultitos entre el índice y el pulgar de cada mano.
—¿Vas a quedarte o vas a marcharte? —dijo Narcissa.
—Creo que me quedaré —dijo Horace.

Llevaba cosa de una hora en la cama con la luz apagada cuando se abrió la puerta de la habitación; más que verla u oírla, sintió que se abría. Era su hermana. Horace se incorporó sobre un codo. La silueta de Narcissa se dibujó vagamente al acercarse a la cama. Al llegar junto a él se quedó mirándolo.

—¿Hasta cuándo piensas seguir adelante con esto? —dijo.
—Sólo hasta mañana por la mañana —respondió él—. Regreso a la ciudad. No tendrás que volver a verme.

Ella siguió de pie junto a la cama, inmóvil. Al cabo de un momento le llegó otra vez su voz fría e inflexible.

—Sabes muy bien lo que quiero decir.
—He prometido no llevarla otra vez a tu casa. Puedes mandar a Isom para que se esconda en el arriate de las cañas de indias —Narcissa no dijo nada—. No te parecerá mal que yo viva allí, ¿verdad?
—Me da igual donde vivas. El problema es dónde vivo yo. Vivo aquí, en esta ciudad. Tendré que seguir aquí. Tú, en cambio, eres hombre. Para ti no tiene importancia. Puedes marcharte.
—Ah —dijo él. Seguía tumbado sin moverse.

Ella, de pie a su lado, tampoco se movía. Hablaban calmosamente, como si estuvieran opinando sobre alimentos o sobre el papel de las paredes.

—¿No te das cuenta? Esta ciudad es mi hogar, donde tengo que pasar el resto de mi vida. El sitio donde nací. No me importa donde vayas ni lo que hagas. Pero no puedo aceptar que mi hermano esté mezclado con una mujer que anda en boca de la gente. No espero que me tengas consideración; te pido que se la tengas a nuestro padre y a nuestra madre. Llévatela a Memphis. Dicen que te negaste a que el hombre saliera de la cárcel en libertad bajo fianza; llévatela a Memphis. También se te ocurrirá alguna mentira que contarle a él.
—Ya veo. Así que eso es lo que crees, ¿no es cierto?
—Yo ni creo ni dejo de creer. Lo que importa es lo que crea la gente de la ciudad, tanto si es verdad como si no lo es. Y lo que también me importa es tener que decir mentiras todos los días para justificarte. Vete de aquí, Horace. Cualquier persona, excepto tú, se daría cuenta de que es un caso de asesinato a sangre fría.
—Y esa mujer sería la causa, naturalmente. Supongo que también dicen eso, inspirados por su apestosa y omnipotente santidad. ¿Todavía no han empezado a decir que fui yo quien lo mató?
—No veo que conocer la identidad del asesino cambie mucho las cosas. El problema es, ¿vas a seguir mezclado en ese asunto, cuando la gente cree ya que tú y ella os metéis en mi casa por la noche?

En la oscuridad, su voz fría e inflexible daba forma a las palabras por encima de su cabeza. A través de la ventana, empujadas por el aire nocturno, llegaban las adormecedoras disonancias de las cigarras, y de los grillos.

—¿Crees tú eso? —dijo él.
—Lo que yo crea no tiene importancia. Vete, Horace. Te lo pido.
—¿Y dejarla…, dejarlos, sin más?
—Contrata a un abogado si ese hombre todavía insiste en que es inocente. Lo pagaré yo. Puedes conseguir un abogado criminalista mejor que tú. Ella no se dará cuenta, ni le importará tampoco. ¿No ves que está jugando contigo para que se lo saques gratis de la cárcel? ¿No te das cuenta de que esa mujer tiene dinero escondido en alguna parte? Mañana vuelves a la ciudad, ¿no es cierto? —se dio la vuelta, disolviéndose otra vez en la oscuridad—. No te irás antes del desayuno, ¿verdad?

A la mañana siguiente, durante el desayuno, su hermana dijo:

—¿Quién será el abogado que se encargue de la parte contraria en este caso?
—El fiscal del distrito. ¿Por qué?

Narcissa tocó la campanilla y pidió más pan. Horace se la quedó mirando.

—¿Por qué preguntas eso? —y luego añadió—: Un mequetrefe presuntuoso —hablaba del fiscal del distrito, que también se había criado en Jefferson y que había ido con ellos al instituto local—. Creo que fue él quien estaba detrás de lo que pasón hace dos noches. Lo del hotel. Probablemente hizo que la echaran para halagar a la opinión pública, para capitalizarlo políticamente. Si estuviera seguro, si creyera que lo hizo únicamente para que lo elijan congresista, juro que…

Después de que Horace se marchara, Narcissa subió a la habitación de Miss Jenny.

—¿Quién es el fiscal del distrito? —le preguntó.
—Lo conoces de toda la vida —dijo Miss Jenny—. Y además votaste por él. Eustace Graham. ¿Para qué quieres saberlo? ¿Estás buscando un sustituto para Gowan Stevens?
—Sentía curiosidad —dijo Narcissa.
—Tonterías —dijo Miss Jenny—. Tú no sientes curiosidad. Haces cosas y luego esperas a que vuelva a presentarse otra oportunidad para actuar.

Horace se encontró con Snopes cuando el senador abandonaba la peluquería —la mandíbula gris a fuerza de polvos—, moviéndose entre efluvios de brillantina. En la pechera de la camisa, debajo de la corbata de lazo, llevaba un botón con un rubí de bisutería que hacía juego con la sortija. La corbata era de lunares azules sobre fondo blanco y, de cerca, se notaba que estaba sucia; todo él en conjunto, con su cogote afeitado, su traje planchado y sus zapatos relucientes, daba más una impresión de limpieza en seco que de haberse lavado con agua y jabón.

—Qué tal, juez —le saludó—. He oído que tiene usted dificultades para alojar a esa cliente suya. Lo que yo digo siempre… —se inclinó, bajando la voz y moviendo de un lado a otro sus ojos de color fango—, la Iglesia no tiene sitio en la política, y las mujeres no tienen sitio en ninguna de las dos, y aún menos en la administración de la justicia. Si se quedaran en sus casas tendrían suficientes cosas que hacer sin crear dificultades en un proceso. Y además un hombre tiene sus necesidades y lo que haga es sólo asunto suyo. ¿Cómo ha solucionado el problema?
—Está en la cárcel —dijo Horace secamente, haciendo ademán de seguir su camino.

El otro le cerró el paso fingiendo una torpeza involuntaria.

—En cualquier caso ha conseguido tenerlos en ascuas a todos. La gente dice que no le consigue la fianza a Goodwin para que ella siga… —Horace hizo de nuevo gesto de continuar andando—. Siempre lo he dicho, la mitad de los problemas de este mundo los causan las mujeres. Como la chica que le dio un disgusto tan grande a su padre, escapándose de esa manera. Creo que ha hecho muy bien mandándola fuera.
—Sí —dijo Horace secamente, la voz rebosante de indignación.
—Me alegrará mucho oír que su caso marcha viento en popa. Le diré, entre nosotros, que tengo ganas de que un buen abogado ponga en ridículo a ese fiscal del distrito. Basta darle un puesto insignificante a un tipo como ése y en seguida se cree el amo del mundo. Bueno, me alegro de haberle visto. He de resolver unos asuntos en el norte del estado que me llevarán un día o dos. ¿No tendrá usted también que hacer un viaje en esa dirección?
—¿Cómo? —dijo Horace—. ¿En qué dirección?
—Hacia Memphis. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?
—No —dijo Horace, echando a andar de nuevo. Dio unos cuantos pasos sin ver nada en absoluto, pero siguió avanzando, decidido, dejando atrás, sin darse cuenta, personas que lo. saludaban, mientras los músculos de la mandíbula empezaban a dolerle.

(Continuará…)

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