Los golpes (VII)

Jean Meckert





XVI

El día siguiente fue uno de esos días redondos, poco frecuentes para los cochambrosos de nuestro bando. Un día teatral, de alta resonancia, un día que rebosaba vino en cada uno de sus minutos, vibrante desde sus inicios, que liberaba oxígeno desde los balcones del cielo.

Nos decidimos por Montmorency nada más levantarnos de la cama.

Mi Paulette había preparado las provisiones a toda máquina, y luego nos dirigimos hacia la Estación del Norte, con su repugnante pórtico.

Jóvenes ambos, exploradores, auténticos prometidos. Paulette no me habló ni una sola vez de su madre ni del neumático que tenía que recibir al día siguiente. La mamá quedaba lejos. Habíamos vuelto a tender el puente levadizo que nos unía.

Mi pequeña Paulette estaba totalmente enamorada. Enternecida, se le agrandaban los ojos cuando me miraba, tenía una humedad de bella madona bajo los párpados, estaba encantadora.

Llevaba su viejo abrigo que todavía conservaba penosamente el color azul marino, su viejo vestido de punto, abigarrado, alegre, y su sombrero estrafalario de fieltro y cartón.

Estaba guapa. Se había peinado muy rápido, sin fijador ni rulos. Tenía un pelo bonito y unos bonitos ojos, y también una bonitas y fuertes piernas que yo descubría por debajo del vestido.

Me dolían los brazos de las ganas que tenía de cogerla. Pero yo no quería que fuera tan rápido, quería esperar un poco… Le iba hablando. Ella me miraba, como un poco embobada y sorprendida. Parecía estar descubriendo mi ser más íntimo. Yo estaba feliz. Pensaba que me entendía, de una manera profunda.

En Enghien cogimos el tren. Subimos al piso de arriba para ahumarnos mientras remontábamos la cuesta. Hablábamos de todo un poco. Paulette reía para mí. Estaba atenta. Yo podía leer en sus ojos que era buena, una buena chica, una excepción.

Ascendíamos entre la vegetación otoñal. Desde arriba, íbamos animando con gritos a la cascada locomotora que remontaba la pendiente como una vieja portera subiría su escalera. Se embalaba cuando era llano. Encontrábamos todo aquello divino.

A toda máquina, Paulette se esforzaba por regalarme minutos excepcionales. Hablaba con dulzura, dudaba, se turbaba, me daba besos pudorosos.

Cuando llegamos a la estación comenzó a hablar del famoso Jean-Jacques, la naturaleza y todo eso. Yo lo había leído en la biblioteca municipal, sabía bien lo que pensaba de él, me sentía orgulloso. Nos sirvió como conversación hasta el bosque. Yo estaba loco de contento. No intentábamos deslumbrarnos, nos lo pasábamos bien… La casa donde vivió… la sirvienta… Teníamos nuestras lagunas. A la sirvienta, yo la llamaba Juliette Drouet. Paulette creía que era Thérèse Raquin. Nos daba igual. Reíamos.

Otras personas como nosotros iban desapareciendo bajo los árboles en busca de un sitio agradable. Nos íbamos quedando solos.

Bromeábamos como si fuera nuestra propiedad.

—¿Qué le parece mi bosque, baronesa?
—Magnífico, conde, absolutamente magnífico.
—Lo heredé de mi tatarabuelo, baronesa, que luchó en la batalla de Fontenoy.

Discutíamos un poco por saber si los Montmorency eran duques o condes, un asunto muy serio. Nos embarcábamos en historias del siglo XVII, refinábamos nuestro lenguaje como los comediantes de provincias que declaman algún clásico. Nos soltábamos largas parrafadas llenas de chorreras, miriñaques y verdugados, sin reírnos.

—¡Necios! ¡Malquistos! ¡Estafermos!… ¡Pardiez, baronesa! ¡Dichosos los oídos!…

Con seriedad, interpretábamos Los tres mosqueteros o El collar de la reina, plenamente enamorados, cien pasos más allá del ridículo. Éramos fantasiosos como chiquillos de diez años.

Parábamos el reloj, retrocedíamos sus agujas adornando los árboles, como niños y poetas en la infancia del mundo, a dos pasos de las ninfas y de las dríades. Nos transformábamos. Nos renovábamos.

Encontramos un lugar absolutamente perdido, uno de esos propicios matorrales que solo encuentras tras horas de camino. Un bosquecillo sin montículos. Un claro de un metro por dos, aislado como un torreón, oculto como una fosa, con gruesas y densas ramas de castaño en masa compacta hasta cincuenta metros a la redonda, donde perderse cien veces, desde donde oír al posible asaltante con veinte minutos de antelación.

Mi Pompadour colocó sus bonitas nalgas sobre las arañas que correteaban entre el musgo. Extendimos mi impermeable por el suelo para estirarnos. A Paulette le brillaban los ojos, sentía la plenitud de su pecho, estaba silenciosa y atenta, se reía con nerviosismo. Nos aislábamos, aprovechábamos cada momento, la vida se detenía a tres pasos, nos sentíamos únicos.

Ella se reía por todo, un poco ronca, sofocada por el placer. Nos unimos en la fosa verde. Ella se ruborizaba por la congestión contenida, se ahogaba: su sostén parecía apretarle. No podría decir lo bonita que estaba.

Mi Paulette era bella. Bella para mí y punto.

Todavía encima de ella, una vez que hube acabado, la seguí mirando muy de cerca.

Tenía los ojos azules, de un azul profundo, como una muñeca de terciopelo. Ojos vivos que se perfilaban mal bajo sus párpados hinchados.

Tenía la piel blanca y un poco blanda, que con el tiempo caería flácida. No era su piel lo más bonito. Ni su nariz, que era corriente, ni tampoco su boca, que reía hacia un lado y despreciaba el otro, ni sus cuatro pelos despeinados formando mechas, ni su mentón duro e indefinido, ni sus grandes pechos como peras ni tampoco sus piernas, gruesas y que pronto se volverían fofas, con tobillos ambiciosos que ya compartían la masa gelatinosa de la pantorrilla… Quizá mi Paulette fuera realmente fea, pero tenía esos ojos. Ni siquiera los ojos, más bien su mirada, ese algo casi imperceptible que brillaba. Y su cabello tan ligero y suave. Y yo la quería.

Su mirada, su cabello. Lo que salía de ella, lo que crecía de ella… no sé decirlo. Quizá yo la quería más allá de la vulgaridad de su cáscara. Quizá la estética no es más que un simple pasatiempo intelectual.

Es un hecho incontestable que no siempre tenemos mujeres a nuestro lado y que tampoco somos siempre guapos, nosotros los pobres. Aun así, sucede que nos amamos más allá de esa pequeña resignación. ¡Ah, no sé cómo decirlo!

Nos quedamos un buen rato en nuestro olvido. Yo no llevaba reloj. Paulette tenía el suyo en el bolso. Estirados sobre mi impermeable, hablábamos un poco sorprendidos por nuestro momento de felicidad, satisfechos y contentos los dos.

Hablamos de los últimos quince días. Ella seguía preguntándome de vez en cuando sobre Solange. No era muy grave. La cosa se iba diluyendo, se convertía en el pequeño pretexto de nuestro gran enfado. Metimos rápido a la tal Solange en el saco de las pequeñas histéricas. Y a Bébert, tan vulgar, como afirmaba Paulette, le augurábamos simplemente que sería cornudo tres veces por luna y que lo tendría bien merecido.

Sin embargo, pasaba algo serio entre nosotros, grave y pernicioso, algo que intentábamos discernir en nuestro laboratorio.

Cada uno tenía sus propias ideas al respecto, y estas no eran necesariamente las mismas.

En plena reconciliación, retomábamos las palabras del día anterior, pero vistiéndolas con traje de domingo.

—¿Crees realmente, pequeña mía, que no tengo tacto? —le pregunté.
—No, cariño, no es realmente eso… no es que te falte tacto… es que… cómo decirlo… es que… bueno… al contrario, tienes mucho tacto, pero hay cosas que se te escapan, no sé…
—¿De verdad?
—Tampoco es que se te escapen cosas, cariño mío… Eres muy inteligente… pero ¿cómo explicártelo?… No quieres esforzarte, ¿verdad?… Te da un poco igual lo que piensen los demás… Te sientes fuerte, mi amor… Sabes que eres muy fuerte… Que tienes tus propias ideas…

Me gustaba que me analizara con palabras amables… Que fuera o no verdad era completamente secundario. Dejaba que mi Paulette me inundara de matices.

Yo observaba las hojas sobre nosotros, claras y largas, como una infinidad de barquitos, verdaderas maquetas, proyectos de trasatlántico, afilados y picoteados.

Cantaban pájaros que no conocía. Trrr… ¡cui, cui, cui! Querían dejar en evidencia al campeón de RadioFlorence. Había uno que era muy metálico, debía de ser una urraca o algo así, no dejaba de revolotear, graznaba a nuestro alrededor, nunca paraba quieto. También había otros pequeños, muy pequeños, que descendían hasta los matorrales a dos metros de nosotros, para ver un poco, los muy curiosos. Aquellos pájaros eran el cerrojo del silencio, la certeza absoluta de la pura soledad.

A mediodía abrimos la bolsa de provisiones. Comida fría; faltaba un poco de bebida, así que racionamos los termos.

Luego, para desentumecer las piernas, jugamos al escondite entre los matorrales, nos buscábamos al son de «¡Eo!… ¡Cucú!…». Como los indios.

El bosque nos transmitía una serie de imágenes que evocaban tiempos pasados. Hacía surgir en nosotros sentimientos diversos, tumbas podridas de reminiscencias. Nos veíamos de golpe extremadamente ricos, en casas de sesenta paredes y ecos de una infinita persistencia. Nos estremecíamos y nos besábamos, demasiado grandes para nuestras palabras.

Estábamos muy lejos de todo, percibíamos la enormidad sin decir nada, nos sentíamos gigantes, conectados a la tierra, a la belleza de la vida, enorme y eterna, primos de los grandes árboles, y bellos los dos.

Empezamos a pasear estrechamente abrazados. Yo no decía nada y sentía que ella no se estaba aburriendo, era maravilloso. Yo había cortado una rama e iba golpeando con ella las flores…

—¿En qué piensas?
—¡En nosotros! ¿Y tú?
—¡Yo también!

Nos sentíamos henchidos por dentro, los recuerdos se agolpaban, les faltaba espacio, nuestra piel era demasiado estrecha. Era normal, sufríamos al volvernos tan enormes…

—¡Si fuéramos ricos!

Lo clásico. Cortábamos por lo sano de esa manera, abríamos sucursales en la imaginación.

¿Qué es lo que ambos estábamos, en el fondo, pidiendo? ¡Tampoco mucho! Un poco de novedad en nuestra vida cotidiana, bonitos domingos que nos cubrieran con margaritas, ilógicos como las estrellas, profundos como sótanos con caja fuerte. Todo lo que pensábamos pasaba por la tierra, nos comprendíamos a través de nuestros pies, caminábamos…

—¿Cómo llamaremos al pequeño?

Estábamos convencidos de que habíamos encargado un niño en el arrebato sin precauciones de la mañana.

No nos disgustaba. Dejábamos para el mañana una reflexión más seria sobre el tema.

«François… Jacqueline… Fernande… Albert…».

Incluso las palabras, las jodidas palabras adquirían forma. Yo iba escuchando cómo Paulette añadía sílabas y recordaba historias de baberos. Producía suaves vibraciones en el aire que palpitaban en mi oreja, me daban ganas de acariciarla. Mi Paulette no se reconocía, tenía dificultades con las palabras, dudaba, buscaba, pensaba, las estaba pariendo con dolor.

Con horror, no lograba acabar ni siquiera las frases hechas y refinadas, que cobraban ahora un olor a niño muerto que le disgustaba.

—¿Eres mi Paulette, no? —le preguntaba.
—Mm… —murmuraba exactamente como la pequeña Solange.

Paseando, fuimos a parar a una carretera de macadán que olía a madera y gasolina, o mejor dicho, a tubo de escape, ese olor persistente y más intenso que los matorrales mohosos que nos rodeaban.

A la izquierda, había un chiringuito. Nos sentamos bajo la pérgola. Pedimos dos cervezas de barril, pero la señora no quiso entenderlo, nos trajo dos latas con vasos. Estábamos disfrutando. Parecía que estuviéramos realmente en un lugar perdido.

Había gallinas que picoteaban los granos entre las piedras del suelo, parecía que disparaban con sus movimientos mecánicos. Nos reímos mucho. Era como estar en el campo. Nos figurábamos estar en plenas vacaciones.

Nos rodeaba un íntimo color verde bajo las hojas; nos poníamos a soñar en alto. Paulette era toda ternura y pasión. Yo había apoyado la cabeza en sus rodillas, bien estirado en un gran banco. Ella iba acariciándome. Tenía los ojos vidriosos de lo mucho que me quería.

—En el fondo, ¡nos queremos mucho! ¿A que sí, cariño mío?
—Sí.
—A veces tenemos nuestras cositas, discusiones e ideas, pero no dura, ¿eh?
—No, ¡no dura mucho!

Nos pusimos a hablar dulcemente.

—¿Por qué a veces te haces el duro? Dime, cariño, ¿por qué?
—No es que me haga el duro, Paulette. Es que hay cosas que no puedo aceptar, eso es todo. Tu familia, por ejemplo. Yo soy un tipo claro y directo, y no me gusta hacer comedia, ellos no pueden verme ni en pintura… ¿Qué quieres que te diga?, ellos me aborrecen, y yo a ellos.
—Pero, veamos, ¿no crees que mamá hace todo lo que puede?
—Tu madre me irrita, Paulette. El mero sonido de su voz me pone de mala leche… ¡No es algo que haya decidido yo!

Ella movía la cabeza maternalmente, me sonreía con amor.

—¿No podrías hacer un pequeño esfuerzo por mí? Di, cariño mío… Podríamos ser tan felices los dos… Son pequeñas tonterías las que a veces nos separan… Que te contengas un poco a veces, eso ayudaría mucho, ¿no crees? Alguna vez, me da vergüenza cuando te pones a decir palabrotas… y que mandes a paseo a mi familia o a cualquiera…
—¡Déjalo ya, venga! Tengo mis motivos. ¡No vamos a estropear el día!
—No, no, cariño —me daba besos—, solo estamos hablando, charlando, no estamos estropeando el día… Ya sabes que yo también tengo mis defectos, que a veces ni conozco… Dímelos, mi amor, ¿cómo querrías que fuera tu querida Paulette?

Intenté buscar algunos y también disculparme por esas famosas groserías.

—No es culpa mía —le dije—. Tienes las ideas que tiene todo el mundo, no tengo nada que decir en contra, todo es previsible… Soy más bien yo. Son mis palabras que deciden explotar, se equivocan de camino, salen en tromba…

Reflexionó durante tres segundos.

—Parece como si no tuvieras confianza en ti, me dijo, como si te creyeras inferior a los otros. ¿Por qué piensas eso?

¡Oh, no era eso!

Nos entendíamos mejor en silencio, sin esa necesidad de marear la perdiz.

Me daba la impresión de que a Paulette le hacía falta una pequeña tarima para interpretar esas escenas de psicología… Buscaba un título, era su gran filosofía, una frase que lo pudiera explicar todo. En esto no era nada especial. Lo hace todo el mundo, toda la estupidez humana, en resumen. Al menos esa era mi experiencia personal.

Intenté contarle lo que me rondaba por la cabeza, pero realmente no sabía explicarme. Paulette ronroneaba por encima de mí, escuchando mis balbuceos. No hubiera disfrutado más enseñándome a leer.

Había un poco de pereza por mi parte: siempre acababa desistiendo. Todo el drama con Paulette venía quizá de ahí, de haberla dejado creer en mi vacío, de no haber tenido jamás el valor de afrontar el ridículo de mi pensamiento completamente desnudo, sin pasar por los tópicos de los otros. Cuando Paulette venía hacia mí, con lencería de seda y abrigo de pieles, yo me avergonzaba de mostrarme desnudo. Tal vez me equivoqué al querer apagar siempre la luz.

Felices tiempos aquellos en los que creía que la vida era sencilla.

Cuando volvimos para coger el tren, todavía había un poco de sol en el horizonte. Seguíamos aferrándonos a la imaginación:

—¡Cuando seamos ricos!…

Nos decidiríamos por Passy, un bonito piso, o mejor una casa, ya lo veríamos; pero estábamos de acuerdo en que sería Passy, con dos o tres ventanas al menos que darían al Bois de Boulogne… Discutíamos sobre la marca del coche y el número de sirvientas. En el fondo, era un proyecto muy sencillo. Al final nos poníamos más o menos de acuerdo con las vagas palabras de la imaginación. Avanzábamos a tientas en nuestra futura riqueza: ciegos los dos, nos aferrábamos el uno al otro…

En el café de Dunkerque, saliendo de la Estación del Norte, compramos un bonito décimo de lotería nacional que nos hizo pasar tres semanas soñando con el oro.


XVII

Un domingo de octubre después de aquello, estuvimos otra vez en casa de la suegra, en el pisito de Batignolles. Me había quedado un poco sorprendido cuando, antes de salir, Paulette buscaba las palabras para decir algo, dando rodeos penosamente.

—Cariño… No sé cómo decirlo… Es mamá quien lo ha organizado… Hoy vendrá también mi prima Yvonne a casa.
—¡Ah!
—Sí, mi prima Yvonne… y bueno… resulta que… vaya… que mamá todavía no le ha dicho que vivimos juntos.

Luego siguió hablando y explicándome que su madre no podía ni dormir pensando en la vergüenza, en la desastrosa situación: ¡su hija Paulette arrejuntada con un hombre! Veinte veces al día, en su trabajo, se quedaba sin palabras, pálida, diciendo mentiras piadosas, se hartaba de pastillas, ya no podía vivir más así…

Finalmente, acabó soltándome la bonita cohartada para la comida: éramos prometidos, a veces salíamos juntos, pocas y muy decentes. Esperábamos la resolución del divorcio. ¡Toma ya!

Y es que la prima Yvonne era alguien importante. Alguien a quien no se podía ofender. Era rica. Solo podías acercarte a ella con sonrisas comerciales.

Me habían contado por encima su historia: que era un poco puta, una mantenida… Si la tal Yvonne hubiera fallado en su estrategia, no habría habido suficientes silencios para reprobar su vergonzosa conducta. Pero, con la hucha que tenía, se aplicaban pequeños retazos de moral para encontrarle buenas excusas.

La suegra se mostraba servil, Paulette rebosaba indulgencia. Y esto era, por supuesto, absolutamente sincero. No había que decir lo contrario, todas tenían la conciencia limpia.

A esa tal Yvonne le ofreceríamos una primita Paulettte debidamente edulcorada…

Al principio, no habían sabido cómo hablarme de esa prima rara que contrastaba con el resto de la familia. Tenían un poco de vergüenza, habilitaban un cerco de excusas que solo servirían para ese caso concreto.

—Evidentemente, tuvo una juventud muy agitada… A los trece años era obrera en el sector de estilográficas… Aprendió sola mecanografía, ¿verdad? Y, luego, su primer jefe la dejó embarazada… Nunca vimos al niño… Si abortó o lo dejó en una casa de beneficencia, no quisimos saberlo… Pero, en el fondo, mantuvo su honestidad, ¿verdad? Viajó mucho y luego consiguió un puesto en la industria química durante la guerra… Gestionaba el personal de una gran empresa farmacéutica… Seguro que muchas veces pagó en especie, como suele decirse… ¿Entiendes lo que quiero decir, no?… Así es la vida… Y luego la mantenía un padre de familia. Puede parecer escandaloso, al principio… Pero, como comprenderás, había ciertas circunstancias… La vida no es más que un cúmulo de circunstancias… Y, además, era un hombre rico… Y ella es tan buena. Sabe hacerse perdonar… Mira, a Paulette le pagó esto y lo otro… Tiene un corazón de oro…

A la chismosa de la suegra no solo le apestaba el aliento, sino el corazón mismo. Y me dolía en el alma ver cómo Paulette adoptaba una conciencia jesuítica, perdonando sinceramente a la prima rica, mientras que luego ella misma me hacía otro retrato más preciso con detalles todavía más turbios, orientándolo suavemente hacia la repugnancia para perdonarla de nuevo más y mejor.

Una verdadera educación puritana y familiar: había que empujar a las personas hacia su purín para poder repescarlas luego, orgullosa y bondadosamente.

Me presentaron a la prima Yvonne con cierta incomodidad en otro sentido.

—Actualmente es obrero, pero está estudiando y tomando clases de dibujo, ¿verdad? Será ingeniero uno de estos días y no le sorprenderá a nadie…

La prima me pareció simpática. Era casi la única cara de la familia que no me disgustaba.

Hacía tiempo que había pasado los cuarenta. Se parecía un poco a Paulette, pero más refinada. Sin duda había sido una mujer bien torneada, todavía se la veía suave y perfumada, venía vestida y maquillada a la perfección, con la piel de su cara tirante como una media de seda…

Paulette y la suegra Antoinette se callaban en cuanto ella abría la boca, la halagaban, se extasiaban. La prima, que había tenido éxito en la vida, se sentía un poco incómoda, descendía tres octavas para ponerse al mismo nivel; pero las otras dos se rebajaban rápidamente a ras de suelo.

—Tú que has viajado tanto… Tú que conoces tanto mundo… Tú que estás abonada aquí y allá… Y tú que esto… Y tú que lo otro…

Se le reservaban todas las letanías de la educación. Al final, ella acababa tomándoselo como verdadero afecto: se ponía a hacer confidencias, interpretaba su papel de mujer de mundo, empleaba palabras crudas, dudando entre dos miradas que la acorralaban y lo registraban todo, incómoda en esa cordialidad resplandeciente y vacía.

Durante la comida, le hicieron muchas preguntas sobre sus viajes antes de la guerra.

—Explícale a Félix cuando estuviste en Moscú y luego en Budapest —le pedía Paulette—. ¡Escucha esto, estimado Félix!

No se olvidaba de tratarme con la debida distancia.

Tras explicar algunas cosas sobre Moscú, acabó hablando del comunismo.

—¡Pues yo soy comunista! —dije.

La suegra estaba escandalizada…

—En las fábricas, Yvonne, ya sabes…

Pero la prima entendía perfectamente que yo fuera comunista. Me preguntó acerca de lo que pensaba al respecto. Me echaba un cable en cuanto yo divagaba un poco, prestaba atención a lo que decía, me decía la palabra exacta que buscaba… Yo estaba alucinando… Parecía haber pensado muchas cosas durante su vida. A los postres, se mostraba la mar de cordial.

La prima me preguntó qué tipo de estudios hacía y qué tipo de ingeniero iba a ser: ya estaba pensando en todas las amistades que podían ayudarme a encontrar un puesto.

Ponía tanta buena voluntad en ocuparse de mí que no pude contenerme.

—¡Bah, mis estudios! —exclamé—. Un poco de diseño industrial en cursos nocturnos, hace diez años. Hice dos planos, tres proyecciones y dibujé un alfabeto con tinta china… ¡Eso es todo!
—¡Ah, ah! —exclamó ella—. Pues sí, ¡es muy poco!
—Es la suegra la que querría casar a su hija con un ingeniero —añadí—. ¡Pero yo no tengo nada que ver con eso!

La prima empezó a reír.

—¡Ja, ja! ¿Qué, lo oyes, Antoinette? ¡Y no te lo esconde!
—Sí, ya lo sé —dijo la suegra—, a este no lo matará la ambición, no…

Quería avergonzarme, pero lo tenía difícil. Para una vez que tenía alguien que me escuchaba en la familia, no iba a perder la ocasión con una simple pulla. Y como ya había empezado a hablar sin tapujos, les saqué los colores ante la prima comprensiva. La suegra había perdido una buena ocasión para cerrar el tema y ahora se estaba poniendo pálida, y luego roja, mientras yo seguía hablando. Paulette me apretaba el brazo hasta que los dedos se le ponían blancos, sin dejar por ello de sonreír.

Y, con la risa, precisé que no solo no era ingeniero, sino que ni tan siquiera era obrero, sino un simple peón especializado. Y que yo quizá no tenía ni ambición ni pretensiones, pero que tampoco pretendía casarme con una princesa.

Tomé a la prima por testigo.

—Bueno, ¿te parece innoble y repugnante ser un peón?
—Claro que no —respondió la prima—, no hay oficios tontos.
—Pero —dijo Paulette— él no es un peón. Parece que le guste rebajarse… Es un obrero especializado, es ajustador, prima, y muy capaz.
—¡Que soy peón!
—¡No, no lo eres!

En cuanto Paulette entraba en la conversación, se cerraban todas las puertas, todo se convertía en pura polémica, nos limitábamos a tres palabras, ni siquiera a una idea. Se me trababa la lengua. Sentía que el ambiente se enrarecía. De nuevo aparecía como el perfecto imbécil.

Siempre le agradeceré a la prima que entendiera lo que bloqueaba mis réplicas: no era la torpeza, sino el desconcierto. Ella aireó un poco el ambiente.

—Amigo mío —me dijo—, vas a entrar en una familia de encamisados, una familia de empleados de oficina y funcionarios. Si quieres tener un hogar tranquilo, deberás inocularte rápidamente el germen de esa enfermedad llamada «respetabilidad».
—Patrón en mi casa —dije—. ¡Con eso me basta!

Entonces, la prima estalló de risa.

—Me resultas muy simpático —me dijo.

Seguramente, Paulette y la suegra la encontraban bondadosa y nada orgullosa.


XVIII

En cuanto el invierno asomó por el horizonte, se perfiló una gran ofensiva por y con vistas a la futura boda.

El divorcio con el otro desgraciado ya se había resuelto. Bernard ni tan siquiera había reaccionado, el muy holgazán, nadie sabía dónde estaba y a nadie parecía importarle lo más mínimo.

Habíamos mantenido una frialdad glacial con los famosos primos desde que Paulette había venido a vivir conmigo. Ella lamentaba no ver a los Gédéon y a los Henri, y me lanzaba pullas diciendo que había perdido a su familia por mi culpa.

Cuando íbamos a casa de la vieja, continuaban las jeremiadas sobre la enorme inmoralidad de esa situación, que era la primera vez que veían algo así en toda la historia de la familia, y que yo tenía que saber el inconmensurable sacrificio que Paulette había hecho. ¡Pamplinas! Era realmente insostenible. Alusiones por aquí y por allá sobre mi absoluta falta de decoro y moralidad. Que no era culpa mía, evidentemente, que me había quedado huérfano muy pronto y que me había faltado una buena madre para guiarme por el recto camino de la vida.

Ellas estaban a mi entera disposición para darme todas las indicaciones necesarias. Pasaban de la pura amabilidad a las amenazas, veladas pero bien precisas. Paulette estaba harta de vivir «en pareja», ella quería pasear con la cabeza bien alta…

—Pero yo también tengo mis principios —exclamaba defendiéndome—. ¡Y en mi ideario está no casarme!

Paulette lloraba.

—¡Con todo lo que yo he hecho por ti!… ¡Pues yo sí que quería casarme y ya ves todo lo que he hecho por ti! ¡Ay, no me quieres! Hace tiempo que tendría que haberlo sospechado. Eres un egoísta, como todos los hombres.
—Pero ¿qué más te da, Félix? —decía la suegra—. No cambiará nada, tú mismo lo dices. Explica un poco tus argumentos.

Mientras no hubiera niño, no había prisa, ese era mi argumento. El matrimonio era como acudir al dentista. Ideas de hombre.

Me encasquetaron intenciones maquiavélicas, me veían podrido de oscuros planes. Esas dos pesadas parecían nacidas para la discusión. Ahogándome con sus parrafadas, inculcándome todos sus malos pensamientos, al final me di por vencido, estaba completamente sobrepasado, con dolor en el estómago e inseguro sobre si estaba haciendo bien o mal.

Celebramos la boda en febrero, un sábado en el que hacía fresco y un tímido sol.

Paulette estaba resplandeciente. En la más estricta intimidad, habíamos hecho leva general en la familia. Paulette era la reina, ante todos exhibía su victoria, triunfante como un buen capitán.

Después del ayuntamiento, fuimos en taxi hacia el Bois de Vincennes con toda la santa familia. Como era invierno, se veían no pocos abrigos de piel. Nos detuvimos en un gran café: la suegra quería invitar a todos a una ronda.

La primera dificultad fue pedir: no sabíamos qué tomar. Socarrón, el camarero, esperaba. Íbamos levantando las manos: cuántas gaseosas con menta… cuántos cafés con leche… Todos nos miraban. En un extremo de la mesa contaban chismes que no prosperaban. No tenían fuerza. Había sido idea de la suegra reunir a toda la familia. Aquello parecía un entierro. Las primas lejanas cuchicheaban, escandalizadas y muy educadas. El viejo tío superviviente de la guerra de los Cien Años proclamó su pretensión de contar su historia. Le hicieron callar con sonrisas de superioridad.

—Paulette —le murmuré a «mi esposa»—, estoy harto de estas caras de muerto. ¿Esto acabará pronto, no?

Pero a Paulette le sentó mal que yo le truncara su ascensión. Se había sentado en el respaldo de la silla y sobresalía muy por encima de la mesa, educada, amable, sonriendo a todo el mundo. A mí no se me veía. Se giró hacia mí, rabiosa y con el gesto torcido:

—¿No empieces otra vez, vale?… ¡Es el mínimo gesto de educación que podemos hacer a los amigos de mamá!
—¡Ah, que les jodan a los amigos de mamá! —exclamé casi en voz alta.

Se creó un pequeño escándalo a nuestro alrededor. A los demás les daba igual, vaciaban los azucareros en sus bolsillos. Agathe iba metiendo los terrones en su bolso.

Volvimos en taxi. Todos aquellos cuellos postizos habían visto perfectamente que yo era insociable, que no se me podía sacar de casa. Miraban a Paulette lamentando su suerte. Nos despedimos en Bastilla.

—Esta noche nos vamos a Italia —decía Paulette.

La suegra estaba encantada con esa idea.

—Se van de luna de miel a Italia… Vaya… A Italia…

Iba mintiendo a todo el mundo.

Henri el gordo se acercó fingiendo cordialidad.

—¡Ah, estoy muy contento por vosotros! —le decía a Paulette—. ¡Muy contento!… ¡A Italia, eh! ¡Formidable! ¡Extraordinario!… ¡La cuna de las artes plásticas, sí señor! ¡Las artes plásticas!

Estaba muy satisfecho de su frase, siempre estaba muy satisfecho ese comercial de ventas.

Luego vino la prima Yvonne a darnos la mano. Se nos puso a hablar de Nápoles y de Florencia, encasquetándonos sus consejos de antes de la guerra. Como era indispensable enviarle una postal, la suegra tuvo que confesarle la verdad, por nosotros.

La prima Yvonne se puso entonces a reír.

—¡Vaya, Félix! —me dijo—. ¡Pues peor para vosotros!

Entonces, Paulette y yo cogimos el autobús para volver a casa. «Mi esposa» ponía cara de pocos amigos.

—¿Qué ha querido decir con eso de «¡Pues peor para vosotros!»? —Eso era lo que le preocupaba, y luego mi conducta, como ella decía.
—Ni siquiera te has portado educadamente. ¿Qué van a pensar de mí? ¡Ay, ay! Nunca harás nada por mí. ¡Con todo lo que yo he hecho por ti!… Sacrificada y desgraciada… ¡No harás nunca el más mínimo esfuerzo! ¡Te sientes bien en tu madriguera! ¿No quieres ser más que un peón el resto de tu vida?
—¡Venga, cierra el pico! —le dije.

Entonces se puso a lloriquear. Dramatizaba su calvario.

—¡Dios mío! Con uno era aquello, con el otro esto. Pero ¿por qué me castiga así el cielo?… Está escrito que no tengo derecho a ser feliz.

La noche de nuestra boda se puso tan agresiva y pesada que le di una buena torta en toda la cara. Era un mal presagio, claro está. No paró entonces de quejarse, como si eso tuviera un significado especial: «Me ha pegado el día de nuestra boda… ¡Me ha pegado el día de nuestra boda!…». Lloraba y se quejaba sin cesar. Yo estaba desbordado.

Tuvimos, a pesar de todo, buenos momentos después de aquella ceremonia idiota. Lo único que pasa es que yo no soy un hombre hecho para este oficio. Tengo miedo de que se quede coja esta historia mía, de la que no me enorgullezco. Las palabras necesitan tanta lógica que más de veinte veces me ha asqueado seguir escribiendo. Tienes que estar tallándolo y rascándolo todo, poniendo constantemente la historia en la báscula para ver cuánto pesa. ¿Se reconocerá algo en toda esta serie de palabras que he ido pegando como bien he podido? ¿Se comprenderá que, detrás de toda esta fachada, se oculta el drama ilógico de dos existencias? ¿Habré logrado hacer sentir, al construir mi pequeño y extraño muro, toda la enorme tragedia que sentí?… Me fallan las fuerzas. Es durísimo llenar las palabras de sangre cuando llegas a casa cada día a las siete de la tarde.

Sí, todavía tuvimos algunos buenos momentos después de nuestra boda. Algunas noches agradables para nosotros dos solos. Y los paseos de los domingos por París o las afueras.

Como cuando íbamos a pasear por calles sin adoquinar, a impregnarnos de miseria, impasibles, para hacernos una serie de estampas llena de ideas disparatadas y deformes. Los muelles a lo largo del Sena, así como nuestros recuerdos personales y nuestras ideas, gastadas y postergadas, quedaban envueltos en la niebla, entre chalanas de carbón… Y aquellos barrios ricos llenos de casas de doble escalera, repletos de chachas y de cuartos de baño, nos hacían soñar en cosas buenas para el futuro, un egoísmo hecho de cojines y de calefacción central… Pantin, el humo ocre y el canal de Ourcq, sucísimo y repleto de aceite y cangrejos amarillos, con sombrías calles en invierno, con cochambrosos quemadores de gas que se unían a mis brumosos recuerdos de colegial… Y la Villette, con el pis proletario bajo los puentes, de un verde centelleante y ensordecidos por el paso de los camiones… Y, por todas partes, nosotros dos acariciando esa gran ilusión de tener para nosotros lo que era de todo el mundo. Y aquellas bellas y cálidas noches de finales de invierno, la sigilosa música de la radio, el periódico que lees, las sobremesas. Y esos cuerpos, los brazos que se abren y se cierran.

Sí, tuvimos realmente buenos momentos, momentos solo para vivir. Aquí y allá, encontrábamos esos segundos indivisibles que llaman «felicidad», hechos de pequeños egoísmos, de inmensos olvidos, obscenos a fuerza de ser felices, como injurias ante el rostro de los demás.

Sin embargo, la relación entre nosotros evolucionó rápidamente.

Sucedió a primeros de marzo, aquella famosa noche en la que fui realmente inmundo, unos quince días después de nuestra boda.

Se había producido un acontecimiento en el taller: Léon Martin tenía un décimo de lotería que había salido en el cuarto sorteo. ¡Había ganado cien francos!

Y empezamos a incordiarle: «¡Estírate e invítate a algo! ¡Eh, Léon!… ¿Ya conoces la tradición, no? ¡Venga, ricachón!». Hasta los dos jefes se habían unido a la chanza. Lo acorralamos al salir, lo llevamos a la fuerza al bar de enfrente. Tenía que pagar una buena ronda.

Rechazamos quedarnos en la barra, invadimos la sala de atrás todos juntos, contentísimos con la broma.

El dueño del bar puso en marcha el tocadiscos. Al tiempo que bebíamos, cada cual iba explicando historias de grandes y pequeños premios. Los jefes no tuvieron otro remedio que pagar también una ronda. Todos estábamos muy contentos, muy satisfechos. Las señoras ya empezaban a canturrear las canciones y a mover la cabeza siguiendo la melodía. Tres copitas, ya ves. Nada grave.

Luego salí hacia el metro con Gilbert y Léon Martin. A Gilbert le habían tratado de imbécil por haber querido acariciar la espalda de una jovencita. Fue él quien lo propuso:

—¡Una última!

Nos la tomamos en la barra del bar de la esquina, hablando muy alto, orgullosos.

—¿No estarás escondiendo nada, Félix? —me preguntaron. Lo dejamos para otro día, cordialmente, convencidos como estábamos los tres de que era la noche más bella de nuestras vidas.

Había un reloj de péndulo colgado encima de la barra. Le pregunté al camarero si iba adelantado.

—¡Venga! —exclamé finalmente, un poco perjudicado—. ¡Que estoy casado, chavales! Tengo que irme.

En el metro no había casi nadie. Menudo cambio de afluencia.

Cuando salí del metro, eran las nueve. ¡No me lo podía creer! Me preguntaba lo que Paulette estaría pensando. Tenía que llegar rápido… Para que ella también se pusiera contenta… Para que todo el mundo estuviera contento.

—¡Oh! —exclamó alarmada—. ¡Aquí estás! Pero ¿qué ha pasado?
—¡Menuda historia!

Me acerqué a darle un beso… Ella me miró, con suspicacia.

—¿No habrás bebido?

Empecé a explicarle la historia de Léon Martin, que había ganado cien francos en la lotería. No parecía interesarle lo más mínimo. Empezó a desesperarse. Se diría que iba a ponerse a llorar.

Eché mano de una vía de escape. Encendí la radio mientras servía la cena. Vi que retiraba su plato de la mesa…

—¿Por qué retiras tu plato?
—Por nada. ¡Anda, come!

Me sirvió la sopa y, luego, se sentó en el sillón a coser.

Al cabo de tres cucharadas, no podía aguantarme más. Me levanté, tiré con fuerza mi servilleta.

—¿Por qué no vienes a cenar, eh?

Hablaba a voz en grito, con gestos bruscos. Vi claramente que ella tenía miedo.

—¡No estoy borracho! —le dije—. Solo hemos bebido dos o tres copitas. ¡Sé exactamente lo que digo y lo que hago!

Ella giró la cabeza.

—Pero si no te he dicho nada.

De nuevo esa actitud que tanto me disgustaba.

—¡No me gusta que adoptes esa actitud, eh! —le grité tan fuerte como pude—. Tienes esos… esos… ¡Venga! ¡Ahora mismo te sientas a la mesa a cenar!
—¡No tengo hambre!
—¿Qué? ¿No tienes hambre?… He visto cómo retirabas tu plato de la mesa… Dime lo que estás pensando… Llego aquí contentísimo, alegre y con una sonrisa… y me encuentro con esa cara de funeral.

Empezó a mover la cabeza, se puso a reír nerviosa.

—¡Venga! Eso sí que es fuerte. Ya verás cómo acabará siendo culpa mía…

Yo quería mantenerme sereno.

—¡Ah, si no me contuviera! —exclamé soplando la sopa.

Paulette no respondió nada, absolutamente nada, como si yo no existiera. Se levantó para ir a la cocina.

Esperé dos o tres minutos después de acabarme la sopa, pero ella no volvía.

—¿¡No hay segundo plato, o qué!? —grité.

Sin decir nada, salió de la cocina con un plato de carne. Iba sollozando un poco, parecía derramar lágrimas de tristeza, se mordía los labios, no me miraba, dándose aires de superioridad ante un borracho apestoso.

Yo sentía zumbidos hasta en la punta de los dedos. Viendo la cara que ponía, me atravesaban violentos arrebatos de rabia. Necesitaba un esfuerzo titánico para mantenerme tranquilo.

—Venga, come un trozo —le dije amablemente.
—No, gracias —me respondió como machacada por la pena—. De verdad que no tengo hambre, ¡nada de hambre!

Salté de la silla.

—¿Vale ya, no? ¡Me tienes harto con tus caras!
—Pero ¡si no he dicho nada! —respondió sorprendida.
—Pero, por Dios, ¡dime lo que piensas! ¡Explícate, no pido gran cosa! ¡Parece que soy un criminal!

Debía de estar gritando mucho.

—No merece la pena alarmar así a los vecinos —me dijo—. Es suficiente con que yo te vea en este estado.

La cosa se iba de madre. Parecía que ella andaba buscando exactamente lo que hacía falta para cabrearme de manera fulminante. Yo buscaba mis palabras como si fueran munición.

—¡Que se jodan los vecinos! Yo pago mi alquiler… ¿Y qué dices de mi estado? ¿En qué estás pensando, eh?

En ese terreno perdía el control. Ella empezó a tocarme las narices diciendo que no me respetaba a mí mismo. Se lamentaba de su suerte, detrás del muro de locuciones y proverbios que derivaban de la situación.

—¿Por qué no te respetas a ti mismo? Ponte un poco en mi lugar. ¿Así es como piensas que vamos a querernos? ¡Venga ya, lo que faltaba! Te aseguro que no se convertirá en costumbre. Ya sabes que no aguantas la bebida, ¿no? Acuérdate de Nochebuena, menuda imagen le diste a mi familia… Si no aguantas ni un trago, no te bebas un litro… Mientras yo me angustio por ti, resulta que el señor está divirtiéndose y que vuelve a casa borracho…

Para no explotar, yo había agachado la cabeza y cerrado las escotillas.

Ella se tomó mi actitud como vergüenza, se iba creciendo mientras hablaba, no me perdonaba que le hubiera metido miedo, que hubiera ofendido a sus pelmazos… Sus lágrimas quedaban bien lejos. Ahora era ella la que estaba gritando. Cuando creía que yo ya estaba por los suelos, se puso realmente agresiva.

—¡Ja, ja! ¡Ya no brillas tanto, eh! ¡Venga! —exclamó—. Acaba de comer y vete a dormir la mona.

Esa frase lo decidió todo. Estaba atónito.

—¡Dormir la mona! —grité—. Pues ten, tú también dormirás tranquila con esta.

Le solté en toda la cara un buen tortazo, directo, duro como de hombre a hombre, de improviso. Ella salió despedida y se estampó contra la pared, hizo «crac», sacó el aire que llevaba dentro, pero no cayó al suelo. Abrió la boca como para pedir ayuda, pero solo le salió un grito ahogado. Se moría de miedo. Me quedé sorprendido de no haberla derribado. Eso es todo lo que pensé en aquel primer momento… Luego, cuando vi que su nariz empezaba a sangrar, las lágrimas que salían a borbotones y sus sollozos, me di cuenta de que me había pasado.

Exclamé: «¡Oh!», como sorprendido y apenado.

Luego acabó cayéndose, le dio un ataque horrible, un verdadero ataque de nervios, como en el cine.

—¡Animal!… ¡Cobarde!… ¡Inmundo!… —me chillaba entre espasmos y pataletas.

Iba limpiándose la sangre del rostro por capas, era el culmen de su martirio.

Juro que nunca le habría pegado así si hubiera llegado en un estado normal. Ahí tengo una prueba de que el exceso de alcohol debía de estar afectándome.

Me sentía como un gilipollas viendo cómo se revolcaba por el suelo. Dudaba entre la disculpa banal, la serie de lamentaciones, o bien volver a darle un buen golpe, ¡para que se callara de una vez! Estuvimos a punto de salir en la página de sucesos; sentía ganas de reventar a alguien a patadas.

Luego pensé que, dejando de lado toda esa comedia, le había hecho realmente daño.

—¡Venga! —Le decía aliviándola como un memo— ¿Te he hecho daño, eh? Deja que te ponga un poco de agua… dime, Paulette… También es culpa tuya… Creía que estabas más lejos… Y luego, no sé, me ha salido solo…
—¡Animal! —ella no paraba—. ¡No me toques!… ¡Pegar a tu mujer!… ¡Qué daño, Dios mío, qué daño! Pero ¿por qué no me matas, eh? ¡Ya que has empezado, venga, mátame! ¡Machácame! ¡Acaba conmigo de una vez! ¡Si tengo que pasar la vida así, prefiero morir ahora! ¿Me oyes?

La dejé que hablara. Con el dolor, salieron las verdaderas lágrimas. Ella se fue empequeñeciendo, desgraciada. Su cara parecía como la de un bebé al que le están dando un vermífugo, toda arrugada, encogida, se parecía a su prima Lucienne. Se tocó los dientes y luego detrás de la cabeza, que debía de haberse golpeado contra la pared. Empezaba a salirle la tristeza de verdad: ya no era más que una pobre niña.

Aproveché para ponerla en pie y levantarle la cabeza para que la nariz dejara de sangrar.

Estuvo llorando toda la noche en su pañuelo, con leves sollozos ahogados. No quería que me acercara. Se levantó unas diez veces para mirarse en el espejo el labio inflado y magullado. Yo ya no brillaba tanto…

(Continuará…)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.