Santuario (VI)

William Faulkner







XVIII

Primero por la senda arcillosa y luego por la arena, Popeye condujo velozmente, pero sin dar sensación ni de apresuramiento ni de huida. Temple iba a su lado, con el sombrero encajado en la coronilla; el cabello se le escapaba por debajo del ala arrugada, en bucles apelmazados. Mientras se balanceaba mansamente con el traqueteo del coche, su rostro parecía el de una sonámbula. Cuando al fin se derrumbó contra Popeye en uno de los baches, se limitó a alzar una mano con gesto mecánico. Sin soltar el volante, Popeye la apartó con el codo.

—Enderézate —dijo—, Vamos. Tienes que dominarte.

Antes de llegar al árbol se cruzaron con la mujer. Estaba a un lado del camino, con el borde del vestido doblado sobre la cara del niño; los miró tranquilamente desde debajo de la cofia desteñida, y entró y salió del campo de visión de Temple sin moverse, sin hacer el menor signo.

Cuando llegaron al árbol, Popeye giró el volante y el coche abandonó el camino; luego, aplastando la maleza y la copa del árbol caído, en medio de un continuo ruido de cañas quebradas, similar a una ráfaga de fusilería a lo largo de una trinchera, volvió otra vez a la senda sin disminuir la velocidad en absoluto. El automóvil de Gowan seguía tumbado junto al árbol. Temple lo miró con ojos desprovistos de toda expresión mientras desaparecía a sus espaldas.

Popeye volvió inmediatamente a los surcos arenosos. Pero no era la acción de alguien que huye: la realizó con cierta perversa petulancia, nada más. Tenía un coche muy potente. Incluso sobre la arena iba a cuarenta millas por hora, y siguió a la misma velocidad cañada arriba, hasta llegar a la carretera, donde Popeye tomó la dirección norte. Sentada junto a él, tratando de mantenerse erguida a pesar de unos baches que ya habían dado paso al suave murmullo de la grava, Temple miraba sin expresión hacia adelante, mientras la carretera que había recorrido el día anterior se deslizaba hacia atrás bajo las ruedas como un hilo que se rebobinase, sintiendo todo el tiempo en sus entrañas cómo la sangre rezumaba lentamente. Permanecía inerme en el rincón del asiento, contemplando el continuo retroceso de la tierra —bosques de pinos en espacios abiertos salpicados de cornejos marchitos; juncias; campos verdeantes de algodón recién florecido, tan desprovistos de todo movimiento, tan llenos de paz como si el domingo fuese una propiedad de la atmósfera, de la luz y de la sombra— con las piernas muy juntas, escuchando el rezumar caliente de su sangre y repitiéndose monótonamente a sí misma, Todavía estoy sangrando, todavía estoy sangrando.

Era un día templado y luminoso; una mañana exuberante, con ese increíble resplandor del mes de mayo, repleto de promesas de calor y de mediodías perfectos, con nubes redondas como pellas de nata montada, flotando sin esfuerzo como si no fueran más que imágenes en un espejo, mientras sus sombras se deslizaban serenamente sobre la carretera. Había sido una primavera de color lavanda. Los árboles frutales, los de flores blancas, tenían ya hojas pequeñas cuando se abrieron los capullos; nunca lograron la blancura brillante de la primavera anterior, y también los cornejos habían florecido después de tener hojas, con un retroceso verde antes del crescendo blanco. Pero las lilas, las glicinas y los ciclamores e incluso los árboles del paraíso, siempre tan insignificantes, nunca habían parecido más hermosos ni más refulgentes, con un aroma intensísimo que el aire inquieto de abril y de mayo empujaba hasta una distancia de cien yardas. Las buganvillas de la veranda, a pesar de ser tan grandes como cestos, se sostenían con ingravidez de globos, y, con la mirada vacía en la cuneta que pasaba a toda velocidad, Temple se puso a gritar.

Empezó por un gemido, que fue creciendo en intensidad y se vio repentinamente truncado por la mano de Popeye. Con las suyas sobre el regazo, muy erguida, Temple gritó —el sabor acre de sus dedos en la boca mientras el coche frenaba con un chirrido de neumáticos sobre la grava— sintiendo el rezumar de la sangre en sus entrañas. Luego él la agarró del cogote y ella se quedó inmóvil, la boca redonda y abierta como una diminuta cueva vacía. Popeye la zarandeó.

—Cállate —dijo—, cállate —obligándola a guardar silencio con la presión de los dedos—. Mírate aquí.

Con la otra mano ladeó el espejo del parabrisas, y Temple pudo ver su propia imagen, el sombrero echado hacia atrás, el cabello apelmazado y la boca abierta. Comenzó a buscar en los bolsillos del abrigo sin dejar de mirarse en el espejo. Popeye la soltó, ella sacó la polvera, la abrió y se miró en el espejo, gimiendo un poco. Se empolvó la cara, se pintó los labios y se enderezó el sombrero, gimiendo con los ojos fijos en el espejo diminuto que tenía sobre el regazo mientras Popeye la observaba.

—¿No te avergüenzas de ti misma? —dijo él, encendiendo un cigarrillo.
—Sigo sangrando —gimió ella—. Lo noto.

Con la barra de carmín en la mano, lo miró y abrió la boca de nuevo, Popeye la agarró del cogote.

—Ya está bien. ¿Te vas a callar?
—Sí —gimió ella.
—A ver si es verdad. Vamos. Serénate.

Temple guardó la polvera. Popeye arrancó de nuevo.

La carretera empezaba a llenarse de coches que salían a pasear porque era domingo: Fords y Chevrolets de pequeño tamaño con manchas de barro ya seco; de cuando en cuando algún coche más grande moviéndose a mayor velocidad, con mujeres cubiertas de los pies a la cabeza y cestos polvorientos; camiones cargados con campesinos de rostros impasibles y ropas que parecían hechas de maderas de colores meticulosamente talladas; y muy de tarde en tarde una carreta o un coche de un solo caballo. El bosquecillo que había delante de una desvencijada iglesia de madera en lo alto de una colina estaba lleno de parejas de mulas atadas a los árboles y de coches y camiones muy gastados por el uso, por los golpes y por los caminos en malas condiciones. Los bosques fueron cediendo el paso a los campos cultivados; las casas se hicieron más numerosas. Casi al ras del horizonte, sobre los techos y un par de chapiteles de iglesias, aparecieron jirones de humo. La grava se convirtió en asfalto y entraron en Dumfries.

Temple empezó a mirar’ alrededor, como alguien que se estuviera despertando.

—¡Aquí no! —dijo—. No puedo…
—Cierra el pico —dijo Popeye.
—No puedo… Quizá… —gimió ella—. Tengo hambre —añadió—. No he comido desde…
—Seguro que no tienes hambre. Espera a que lleguemos a Memphis.

Temple miró aturdida alrededor con ojos empañados.

—Puede que haya personas…

Popeye torció el volante en dirección a una gasolinera.

—No puedo salir —gimió Temple—. Todavía estoy sangrando. ¡Es cierto!
—¿Quién te ha dicho que bajes? —Popeye se apeó y la miró desde el otro lado del volante—. No te muevas.

Ella le vio echar a andar calle adelante y entrar por una puerta. Era una confitería destartalada. Popeye compró un paquete de cigarrillos y se puso uno en la boca.

—Déme dos barras de chocolate —dijo.
—¿De qué clase?
—Chocolate —dijo Popeye.

Sobre el mostrador, debajo de una campana de cristal, había una bandeja de sandwiches. Cogió uno, dejó un dólar y se dirigió hacia la puerta.

—Tenga el cambio —le dijo el dependiente.
—Quédeselo —respondió Popeye—. Se hará rico más de prisa.

Cuando salió, el coche estaba vacío. Se detuvo a diez pies de distancia y se cambió el sandwich a la mano izquierda, el cigarrillo sin encender formando un ángulo agudo con la barbilla. El encargado de la gasolinera, que estaba poniendo otra vez la manguera en su sitio, le vio e hizo un gesto con el pulgar hacia la esquina del edificio.

Pasada la esquina, la pared hacía un saliente, y en el ángulo había un barril grasiento lleno a medias de trozos de metal y de caucho. Temple estaba acuclillada entre el barril y la pared.

—¡Ha estado a punto de verme! —susurró—. ¡Miraba casi directamente hacia mí!
—¿Quién? —preguntó Popeye. Se volvió a mirar calle adelante—. ¿Quién te ha visto?
—¡Venía directamente hacia mí! Un chico de la universidad. Iba mirando directamente hacia …
—Vamos. Déjate de tonterías.
—Iba miran…

Popeye la agarró del brazo. Temple siguió acuclillada en el rincón, dando tirones para liberarse, estirando el cuello para ver más allá de la esquina, el horror pintado en su rostro descolorido.

—Nos vamos ahora mismo.

Luego Popeye la agarró otra vez por el cogote.

Temple gimió con voz ahogada. Era como si la estuviera enderezando lentamente con la mano que la sujetaba. Con esa excepción, ninguno de los dos hacía el menor movimiento. Uno al lado del otro, casi de la misma estatura, parecían dos conocidos que se hubieran parado a hacer tiempo antes de entrar en la iglesia.

—¿Vienes? —dijo él—. ¿Estás lista?
—No puedo. Ya me ha llegado a la media. Mira —se levantó la falda con un gesto lleno de encogimiento, luego la dejó caer y se alzó de nuevo, el torso arqueado hacia atrás, la boca abierta enmudecida por la presión de la mano en la nuca. Popeye la soltó.
—¿Vendrás ahora?

Temple salió de detrás del barril. El la cogió del brazo.

—Tengo todo el abrigo manchado por la espalda —gimió ella—. Míralo y verás.
—Estás perfectamente. Te compraré otro abrigo mañana. Vamos.

Se dirigieron hacia el coche. En la esquina, Temple se quedó otra vez atrás.

—¿No has tenido suficiente, verdad? —susurró él, sin tocarla—. ¿Es eso lo que quieres?

Temple siguió andando y se subió al coche sin oponer resistencia. Popeye se sentó al volante.

—Ten. Te he comprado un sandwich —lo sacó del bolsillo y se lo puso en la mano—. Vamos. Cómetelo.

Temple le obedeció, dando un bocado. Popeye encendió el motor y tomó la carretera de Memphis. Con el sandwich ya mordido en la mano, Temple dejó de masticar y abrió de nuevo la boca con la desesperanzada expresión de un niño pequeño; y otra vez la mano de Popeye dejó el volante para sujetarla por el cogote; ella se quedó inmóvil, mirándole a los ojos, la boca abierta y la masa de pan y carne a medio masticar sobre la lengua.

Llegaron a Memphis a media tarde. Al pie del farallón por debajo de Main Street Popeye giró para entrar por una calle muy estrecha de casas de madera ennegrecidas por el humo, con hileras de balcones, un poco apartadas de la calle en solares sin hierba, en los que se veía de cuando en cuando un árbol solitario y resistente de alguna especie venida a menos —enjutos magnolios de ramas retorcidas, olmos achaparrados o acacias de grisáceas y cadavéricas flores— junto a la pared posterior de un garaje; un montón de chatarra en un solar vacío; una caverna de aspecto equívoco con una puerta muy baja donde un mostrador cubierto de hule y una fila de taburetes, una cafetera de metal y un hombre gordo con un sucio delantal y un palillo entre los dientes surgía por un momento de la penumbra, creando el efecto de una siniestra y absurda fotografía falta de luz. Procedente del farallón, más allá de una hilera de edificios para oficinas que se recortaban nítidamente contra la luminosidad del cielo, les llegó el ruido del tráfico —las bocinas de los coches, los tranvías— que pasaba muy por encima de sus cabezas, y venía empujado por la brisa del río; al final de una calle un tranvía se materializó en la estrecha abertura como por arte de magia para desvanecerse inmediatamente entre un prodigioso entrechocar de metales. En el balcón de un segundo piso una joven negra que sólo llevaba puesta la ropa interior fumaba desganadamente un cigarrillo, con los brazos en la barandilla.

Popeye detuvo el coche delante de una de las desvencijadas casas de tres pisos. La entrada quedaba oculta por una ennegrecida estructura rectangular con celosías, caída hacia un lado. En la mugrienta extensión de césped que había delante, con una cinta alrededor del cuello —rosa en un caso y azul en el otro—, se paseaban dos diminutos perros blancos de lanas, semejantes a gusanos, creando un ambiente obsceno e indolentemente paradójico. El reflejo de la luz del sol sobre sus pelajes hacía pensar que los hubieran lavado con gasolina.

Más tarde Temple los oyó fuera, en el pasillo, gimiendo y arañando el suelo, o, cuando la criada negra abrió la puerta, los vio abalanzarse a trompicones hacia el interior del cuarto, trepando y tumbándose sobre la cama y sobre el regazo de Miss Reba, jadeantes y pomposos, balanceándose al compás de las profundas respiraciones de su ama y lameteando la jarra de metal llena de cerveza que ella, al hablar, agitaba con una mano profusamente ensortijada.

—Cualquier persona de Memphis te dirá quién es Reba Rivers. Pregunta a cualquiera que te encuentras por la calle, tanto si es un policía como si no. He tenido a algunas de las personas más importantes de Memphis en esta casa: banqueros, abogados, médicos; todos han venido. Tuve a dos capitanes de la policía bebiendo cerveza en el comedor y a su jefe en el piso de arriba con una de mis chicas. Se emborracharon, tiraron la puerta abajo y se lo encontraron en cueros, bailando como un loco. Un hombre de cincuenta años, que medía siete pies, con la cabeza de un alfiler. Buena persona. Me conocía bien. Todos conocen a Reba Rivers. Se gastaban aquí el dinero a manos llenas, ya lo creo que sí. Todos me conocen. Nunca he engañado a nadie, corazón.

Miss Reba bebió cerveza, respirando pesadamente dentro de la jarra, perdida la otra mano —enjoyada con diamantes amarillos tan grandes como guijos— entre las exuberantes ondulaciones de su pecho.

Hasta los movimientos más insignificantes parecía llevarlos a cabo con un derroche de aliento totalmente desproporcionado con el placer que pudieran proporcionarle/ Casi inmediatamente después de que entraran en la casa, mientras con un rosario de madera en una mano y la jarra de cerveza en la otra subía las escaleras delante de ellos con gran esfuerzo, dejando caer pesadamente los pies, enfundados en zapatillas de fieltro, sobre cada escalón, Miss Reba empezó a hablarle a Temple de su asma. Acababa de volver de la iglesia, y llevaba un vestido de seda negra y un sombrero exuberantemente florecido; la parte inferior de la jarra estaba todavía helada por la frialdad del líquido. Miss Reba se movía lentamente, trasladando el peso de su cuerpo de un muslo a otro y hablando sin pausa por encima del hombro, con voz ronca, jadeante y maternal, mientras los dos perros se afanaban a sus pies.

—Popeye sabía muy bien que no te podía traer a ninguna otra casa. Llevo detrás de él… ¿cuántos años hace que estoy detrás de ti para conseguirte una chica, querido? Es lo que yo digo, es tan difícil que un hombre joven viva sin una chica como que… —jadeando, se puso a maldecir a los perros, deteniéndose para apartarlos con el pie—. Volved abajo —les dijo, agitando el rosario amenazadoramente.

Ellos respondieron con agudos ladridos rencorosos, enseñándole los dientes, mientras Miss Reba se recostaba contra la pared, un débil olor a cerveza invadiéndolo todo, la mano en el pecho, la boca abierta, los ojos fijos en una expresión de terror y de tristeza por la dificultad de toda respiración mientras trataba de recobrar el aliento, con la jarra, alzada en la penumbra, convertida en suave brillo apaisado, como de plata deslustrada.

La estrecha escalera giraba sobre sí misma en una sucesión de tramos mezquinos. La luz, que en cada piso se filtraba por delante a través de una puerta con una pesada cortina y por detrás a través de una ventana con la persiana bajada, creaba en todos ellos una sensación de fatiga. Era una luz exhausta, fúnebre, completamente agotada, con la prolongada fatiga de un agua estancada a la que no llegan ni la luz del sol ni los ruidos llenos de vida que la acompañan. Había también un olor insidioso de comida atrasada, con resabios de whiskey, e incluso Temple, a pesar de su ignorancia, se sintió sumergida en fantasmal promiscuidad con la ropa interior, con los discretos susurros de los cuerpos ajados, tan inexpugnables como frecuentemente sitiados, que ocultaban las puertas silenciosas que iba dejando a sus espaldas. Detrás de ella, entre sus pies y los de Miss Reba, trepaban los dos perros —sus pelambres grasientas llenas de reflejos—, golpeando con las uñas las tiras de metal con que la alfombra quedaba sujeta a las escaleras.

Más tarde, tumbada en la cama, con una toalla atada a la cintura cubriendo su desnudez, Temple los oía olfatear y gemir al otro lado de la puerta. Su abrigo y su sombrero colgaban de unos clavos en la pared, el vestido y las medias estaban sobre una silla y, al parecerle que oía el rítmico chapoteo de la tabla de lavar en alguna parte, tuvo de nuevo el mismo doloroso deseo de esconderse que había experimentado cuando le quitaran las bragas.

—Vamos, vamos —dijo Miss Reba—. Yo estuve sangrando cuatro días. Eso no es nada. El doctor Quinn te cortará la hemorragia en dos minutos, y Minnie te tendrá las bragas lavadas y planchadas y ni siquiera te habrás dado cuenta. Vas a ganar mil dólares con esa sangre, querida —alzó la jarra, y las flores de su sombrero, rígidamente moribundas, asintieron en macabra salutación—. Nosotras, las chicas pobres…—añadió.

Las persianas de hule, resquebrajadas en mil trayectorias diferentes como un viejo pergamino, se hincharon levemente de aire luminoso, y dejaron entrar a ráfagas en la habitación el sonido de tráfico dominical, festivo, continuo, diáfano. Temple yacía inmóvil en la cama, las piernas estiradas y muy juntas, con la sábana subida hasta la barbilla y el rostro pequeño y descolorido enmarcado por la desparramada opulencia de sus cabellos. Miss Reba, jadeante, bajó la jarra de cerveza. Luego, con voz ronca y desfalleciente, empezó a explicarle a Temple lo afortunada que era.

—Todas las chicas del distrito han tratado de engatusarlo, querida. Hay una, una mujercita casada que se cuela aquí a veces, que le ofreció veinticinco dólares a Minnie para que se lo metieran en la habitación, nada más. Pero, ¿crees que se ha molestado siquiera en mirar a alguna? Chicas que han llegado a ganar cien dólares en una noche. No señor. Se gasta el dinero a manos llenas, pero, ¿crees que las mira como no sea para bailar? Siempre supe que no iba a ser una de esas putas vulgares que tenemos aquí. Se lo explicaba a ellas, les decía, la de vosotras que consiga atraparlo llevará brillantes, dije, pero no será una puta vulgar,, y ahora Minnie te las habrá lavado y planchado tan bien que te parecerá que no ha pasado nada.
—No puedo ponérmelas otra vez —susurró Temple—. De verdad.
—Tampoco tendrás que hacerlo, si no quieres. Se las puedes dar a Minnie, aunque no sé qué hará con ellas como no sea… —al otro lado de la puerta los perros empezaron a gemir con más fuerza. Se oyó un ruido de pasos que se acercaban. La puerta se abrió. Entró la criada negra llevando una bandeja con una botella de cerveza y una copa de ginebra, los perros agitándose alrededor de sus pies—. Y mañana las tiendas estarán abiertas y tú y yo nos iremos de compras, como ha dicho Popeye. Ya dije que la chica que lo atrapara llevaría brillantes: verás cómo… —giró sobre sí misma, enorme como una montaña, la jarra en alto, mientras los dos perros se peleaban por subirse a la cama primero y luego a su regazo, amenazándose mutuamente con rencorosas dentelladas al aire. Desde sus cabezas informes llenas de rizos, ojos como cabezas de alfiler brillaban, coléricos y feroces, mientras rosadas bocas abiertas dejaban al descubierto dientes afilados como agujas—. ¡Reba! —dijo Miss Reba—, ¡bájate! ¡Tú, Mr. Binford! —quitándoselos de encima, mientras los dientes de los perros se volvían contra ella—. Vosotros mordedme y ya veréis… ¿Has lavado la ropa interior de Miss…? ¿Cómo te llamas, querida? Antes no me enteré muy bien.
—Temple —susurró Temple.
—No me refiero al apellido, querida. Aquí no nos andamos con ceremonias.
—Mi nombre es ése. Temple. Temple Drake.
—Te pusieron nombre de chico, ¿no es cierto? ¿Has lavado la ropa interior de Miss Temple, Minnie?
—Sí, señora —dijo la criada—. Se está secando detrás del fogón.

Se acercó con la bandeja, apartando a los perros con muchas precauciones, mientras ellos lanzaban dentelladas al aire cerca de sus tobillos.

—¿La has lavado bien?
—Me ha costado lo suyo —dijo Minnie—. Parece como si la sangre más difícil de quitar…

Con un movimiento convulsivo Temple se dio la vuelta, escondiendo la cabeza debajo de la sábana. En seguida sintió la mano de Miss Reba.

—Vamos, vamos. Ten, tómate esto. Te invito yo. No voy a dejar que la chica de Popeye..,
—No quiero más —dijo Temple.
—Vamos —replicó Miss Reba—. Bébelo y te sentirás mejor —levantó la cabeza de Temple, que se apretó la sábana alrededor del cuello. Miss Reba le acercó la copa a los labios. Temple bebió el contenido de un golpe, se tumbó de nuevo encogiéndose, ciñéndose la sábana alrededor del cuerpo, los ojos negros y desorbitados sobre la ropa de la cama.
—Seguro que tienes la toalla mal colocada —dijo Miss Reba, tocando la sábana con la mano.
—No —susurró Temple—. Está perfectamente. No se ha movido —se encogió aún más; las otras pudieron ver cómo doblaba las piernas debajo de la sábana.
—¿Has hablado con el doctor Quinn, Minnie? —dijo Miss Reba.
—Sí, señora —Minnie estaba llenando la jarra con el contenido de la botella, y las paredes de metal se iban cubriendo de una escarcha opaca a medida que aumentaba el volumen de cerveza en el interior—. Pero dice que no hace visitas a domicilio los domingos por la tarde.
—¿Le has dicho quién le llamaba? ¿Le has dicho que era Miss Reba?
—Sí, señora. Pero ha dicho que no…
—Vuelve y dile a ese hijo,.. Dile que… No; espera —se alzó pesadamente—. Darme esa respuesta a mí, que puedo meterlo en la cárcel todas las veces que quiera.

Se dirigió con macizo contoneo hacia la puerta, los perros apretujándose contra las zapatillas de fieltro. La criada la siguió y cerró la puerta. Temple oyó a Miss Reba maldecir a los perros mientras descendía las escaleras con aterradora lentitud. Luego el ruido se perdió a lo lejos.

Las persianas de hule se movían constantemente con débiles sonidos raspantes. Temple empezó a oír el tic-tac de un reloj. Estaba en la repisa de la chimenea, encima del hogar lleno de papel verde ondulado. El reloj era de porcelana con dibujo de flores, sostenido por cuatro ninfas del mismo material. Tenía una sola manecilla, dorada y con adornos de volutas, a mitad de camino entre las diez y las once, dándole a la esfera, por lo demás perfectamente inexpresiva, un sentido muy claro de afirmación, como si nada tuviera que ver con la medición del tiempo.

Temple se levantó de la cama. Sujetando la toalla se dirigió a hurtadillas hacia la puerta, el oído aguzado, la visión un tanto borrosa por el esfuerzo de escuchar. Atardecía; en un espejo opaco —un transparente rectángulo de crepúsculo puesto en pie— se vislumbró como un tenue fantasma, como una sombra descolorida que se movía en la más profunda sima de otra sombra. Al llegar a la puerta empezó a oír cien sonidos conflictivos que se sumaban en una única amenaza y Temple se puso a arañar la puerta furiosamente hasta que encontró el pestillo; al echarlo se le cayó la toalla. La recogió inmediatamente, con la cara vuelta para no verla, corrió de nuevo a la cama, se metió en ella de un salto y, subiéndose la sábana hasta la barbilla con manos crispadas, se quedó quieta, escuchando el secreto murmullo de su sangre.

Tuvieron que llamar a la puerta varias veces antes de que Temple hiciera el menor ruido.

—Es el médico, querida —jadeo Miss Reba roncamente—. Vamos, anda. Pórtate como una buena chica.
—No puedo abrir —dijo Temple, con voz muy débil—. Estoy en la cama.
—Anda, vamos. El médico sólo quiere ponerte bien —Miss Reba jadeó roncamente—. Dios mío, si pudiera respirar hondo por lo menos una vez. No me he llenado los pulmones desde… —en el pasillo, al otro lado de la puerta, Temple oía también a los perros—. Querida.

Se levantó de la cama, sujetando la toalla, y fue hasta la puerta sin hacer el menor ruido.

—Querida —dijo Miss Reba.
—Espere —suplicó Temple—. Déjeme volver a la cama antes de Déjeme volver.
—Así me gusta —dijo Miss Reba—. Sabía que iba a portarse como una buena chica.
—Ahora cuente diez —dijo Temple—. ¿Me promete que contará diez? —insistió, la boca junto a la puerta.

Descorrió el pestillo sin hacer ruido y luego se volvió a toda prisa hacia la cama en decreciente repiqueteo de pies descalzos.

El medito era un hombre gordinflón con escasos cabellos rizados. Llevaba gafas con montura de asta que no cambiaban en nada el aspecto de sus ojos, como si los cristales no estuvieran graduados y sólo usara los lentes por razones de decoro profesional. Temple lo miró por encima de la sábana, subida hasta la garganta.

—Haga que salgan —susurró—; si por lo menos se marcharan…
—Vamos, vamos —dijo Miss Reba—, el doctor te pondrá bien.

Temple siguió agarrada a la sábana.

—Si la jovencita permitiera… —dijo el médico. Sus cabellos eran apenas sutiles espirales de vapor por encima de la frente. Su boca, de labios gruesos, húmedos y rojos, se hundía en las comisuras. Detrás de las gafas, sus ojos, de color avellana con reflejos metálicos, parecían diminutas ruedas de bicicleta moviéndose a velocidad vertiginosa. Extendió una mano gruesa y muy blanca con un anillo masónico, cubierta de suave vello rojizo hasta la segunda articulación de los dedos. Un aire frío se deslizó a lo largo del cuerpo de Temple, pasando bajo sus muslos; había cerrado los ojos. Tumbada de espaldas, con las piernas muy juntas, empezó a llorar, desesperada y mansamente, como un niño en la sala de espera de un dentista.
—Vamos, vamos —dijo Miss Reba—, toma otro sorbo de ginebra, cariño. Te sentirás mejor.

La resquebrajada persiana de hule, bostezando de cuando en cuando con un sonido rasposo contra el marco de la ventana, dejaba entrar el crepúsculo en débiles oleadas. Desde detrás de la persiana, el crepúsculo color de humo se alzaba en lentas bocanadas, como señales indias hechas con una manta, espesándose en la habitación. Las figuras de porcelana que sostenían el reloj lanzaban suaves destellos opacos desde sus superficies curvas: rodilla, codo, brazo, costado y pecho, en actitudes de voluptuosa dejadez. El cristal de la esfera, transformado en espejo, parecía recoger toda la luz que se negaba a desaparecer, manteniendo en sus tranquilas profundidades un sereno gesto de tiempo moribundo, con la dignidad de un mutilado de guerra, falto de un brazo. Las diez y media. Temple, tumbada en la cama, mirando al reloj, pensaba en las diez y media.

Llevaba un camisón demasiado amplio de crespón color cereza, que se transformaba en negro por contraste con el blanco de las sábanas. Su rojiza cabellera estaba ahora desenredada y peinada; su rostro, su garganta y sus brazos, fuera de las sábanas, tenían un color ceniciento. Después de que los otros salieran de la habitación se quedó quieta un rato, cubierta por completo con la ropa de la cama. Siguió inmóvil hasta que oyó cerrarse la puerta y hasta que el ruido de los pasos que descendían las escaleras y la voz clara e incesante del médico y la trabajosa respiración de Miss Reba se tiñeron del color del crepúsculo en el destartalado vestíbulo y terminaron por perderse a lo lejos. Entonces saltó de la cama, corrió a la puerta, echó el pestillo, volvió a toda prisa, se cubrió otra vez la cabeza con las sábanas y se quedó toda encogida y en tensión hasta que le faltó el aliento.

Un último resplandor de color azafrán iluminaba el techo y la parte superior de las paredes, resplandor teñido ya de morado por la presencia, contra el cielo de poniente, del farallón cortado a pico sobre el que descansaba Main Street. Temple estuvo viendo cómo desaparecía, consumido por los sucesivos bostezos de la persiana de hule. Vio también condensarse la última luz sobre el cristal del reloj, y cómo la esfera, de ser un orificio redondo en la oscuridad, se convertía en un disco suspendido en medio de la nada, en medio del caos original, para transformarse al fin en una bola de cristal que albergaba en sus inmóviles y enigmáticas entrañas el ordenado caos del intrincado y fantasmal mundo sobre cuyos costados llenos de cicatrices las viejas heridas se precipitan vertiginosamente hacia la oscuridad donde acechan nuevos desastres.

Temple se acordó de las diez y media. La hora de vestirse para ir a un baile si una tenía la suficiente popularidad como para poder llegar tarde. El aire estaba cargado de vapor de agua porque muchas se acababan de bañar; los polvos de tocador brillaban bajo la luz como la paja desmenuzada en el sobrado de un granero, y ellas se miraban unas a otras, haciendo comparaciones, preguntándose quién causaría mayor impresión si entrara en el baile tal como estaba en aquel momento. Algunas no lo harían por nada del mundo, sobre todo las que tenían las piernas demasiado cortas. Otras que estaban muy bien tampoco lo harían, sin explicar el porqué. La peor parecida de todas dijo que en opinión de los muchachos todas las chicas eran feas a no ser que estuvieran vestidas. Explicó que la Serpiente llevaba varios días viendo a Eva y nunca se fijó en ella hasta que Adán le hizo ponerse una hoja de parra. ¿Cómo lo sabes?, dijeron las otras y ella respondió: porque la Serpiente estaba allí antes que Adán, porque fue la primera que echaron del paraíso y estaba allí desde el principio. Pero no era eso de lo que hablaban, y repitieron, ¿Cómo lo sabes?, y Temple se acordaba de ella casi acorralada contra el tocador y el resto de las chicas en círculo, muy bien peinadas, oliéndoles los hombros a jabón perfumado y los polvos flotando en el aire y sus ojos como cuchillos hasta que casi se podía ver el sitio donde sus miradas le tocaban la piel; y los ojos de la chica fea, valientes y asustados y atrevidos, y todas las otras diciendo, ¿Cómo lo sabes?, hasta que se lo contó, y alzó la mano y juró haberlo hecho. Fue entonces cuando la más joven se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación. Se encerró en el cuarto de baño y la oyeron devolver. Temple se acordó de las diez y media de un domingo por la mañana y de las parejas caminando hacia la iglesia. Al mirar el gesto pacífico y ya casi invisible del reloj, se dio cuenta de que todavía era domingo. Quizá eran las diez y media de aquella mañana, aquellas diez y media precisamente. Entonces no estoy aquí, pensó Temple. Esta no soy yo. Yo estoy en la universidad. Esta noche tengo una cita con…, pensando en el chico con quien estaba citada. Pero no se acordaba de quién podía ser. Apuntaba las citas en el pony de latín, y así no tenía que molestarse en saber quién era el elegido. Temple se limitaba a vestirse, y al cabo de un rato alguien venía a buscarla. Así que será mejor que me levante y me vista, dijo, mirando al reloj.

Temple se incorporó y cruzó la habitación tranquilamente. Lo hizo con los ojos en la esfera del reloj, pero aunque pudo ver un alabeado torbellino de débiles luces y sombras que cruzaban el cristal como una miniatura geométrica, no se vio a sí misma. Es este camisón, pensó, mirándose los brazos, el pecho que sobresalía de una mortaja casi invisible, bajo la cual sus pies descoloridos asomaban velozmente a intervalos cuando caminaba. Descorrió tranquilamente el pestillo, volvió a la cama y se recostó con las manos detrás de la cabeza.

Todavía quedaba algo de luz en la habitación. Se dio cuenta de que estaba escuchando el tic-tac de su reloj; que llevaba oyéndolo algún tiempo. Descubrió que la casa estaba llena de ruidos, que se filtraban en la habitación ahogados e irreconocibles, como si vinieran de muy lejos. En algún sitio sonó un timbre, débilmente pero con un tono muy agudo; alguien subió las escaleras con un vestido que crujía a cada momento. El ruido de pasos cruzó por delante de su puerta, y subió un tramo más para cesar luego. Temple siguió escuchando el tic-tac de su reloj. Un automóvil arrancó debajo de la ventana con un chirriar de cambio de velocidades; de nuevo sonó débilmente un timbre, con el mismo tono agudo y durante mucho tiempo. Descubrió que el resto de luz que aún entraba en la habitación procedía de un farol. Después se dio cuenta de que era de noche y de que la oscuridad exterior estaba llena de los ruidos de la ciudad.

Oyó subir las escaleras a los dos perros, poseídos de furiosa urgencia. El ruido cruzó por delante de su puerta y se detuvo convertido en absoluta inmovilidad; los dos perros se quedaron tan quietos que Temple casi podía verlos, aplastados contra la pared en la oscuridad, vigilando las escaleras. Uno de ellos se llamaba míster algo, pensó Temple, esperando oír los pasos de Miss Reba. Pero no era Miss Reba; eran pasos demasiado rápidos y demasiado ligeros. Se abrió la puerta; los perros se precipitaron dentro de la habitación como dos manchas informes, se escondieron debajo de la cama y se quedaron allí agazapados, gimiendo.

—¡Estos perros! —dijo la voz de Minnie—. Me han hecho derramar la sopa —se encendió la luz. Minnie llevaba una bandeja en la mano—. Le traigo algo de cenar— dijo—. ¿Dónde se han metido los perros?
—Debajo de la cama —dijo Temple—. No tengo hambre.

Minnie depositó la bandeja sobre la cama y se quedó mirando a Temple, su rostro amable rebosante de comprensión y placidez.

—Quiere usted que yo… —dijo, extendiendo la mano. Temple apartó la cara muy de prisa. Oyó arrodillarse a Minnie tratando de apaciguar a los perros, que le respondían ladrando, con gruñidos asmáticos y quejumbrosos y dentelladas al aire—. Salgan de ahí, vamos —dijo Minnie—. Siempre saben cuándo Miss Reba se está preparando para emborracharse. Usted, Mr. Binford.

Temple alzó la cabeza.

—¿Mr. Binford?
—El que lleva la cinta azul —dijo Minnie. Agachándose, agitó el brazo en dirección a los perros. Estaban acorralados contra la pared a la cabecera de la cama, gruñendo y lanzándole dentelladas, enloquecidos de terror—. Mr. Binford era el hombre de Miss Reba. Fue propietario de esta casa durante veinticinco años hasta que se murió hace unos cinco. Al día siguiente Miss Reba trajo estos perros, a uno le puso Mr. Binford y a la otra Miss Reba. Cada vez que va al cementerio se pone a beber como está haciendo ahora y entonces los perros tienen que esconderse. Pero a Mr. Binford lo coge de todas, todas. La última vez lo tiró desde la ventana del piso de arriba; luego bajó, vació el armario de Mr. Binford y tiró a la calle toda su ropa, excepto la que llevaba puesta cuando lo enterraron, claro.
—No me extraña que estén asustados —respondió Temple—. Déjelos ahí debajo. A mí no me molestan.
—Imagino que no me queda otro remedio. Mr. Binford no saldrá de esta habitación si puede evitarlo —Minnie se incorporó de nuevo, mirando a Temple—. Tómese la cena —dijo—. Le sentará bien. También le he traído una copa de ginebra sin que se dieran cuenta.
—No me apetece —dijo Temple, volviendo la cara hacia el otro lado.

Oyó salir a Minnie de la habitación y cerrar la puerta sin hacer ruido. Debajo de la cama los perros se aplastaban contra la pared, inmóviles en el frenesí de su miedo.

La luz colgaba del centro del techo, debajo de una pantalla ondulada de papel color rosa, tostado en el sitio donde entraba en contacto con la bombilla. El suelo estaba cubierto por una alfombra marrón con dibujos, dividida en tiras y clavada al suelo con tachuelas; de las paredes color verde oliva colgaban dos litografías enmarcadas. Los visillos de las dos ventanas, de encaje hecho a máquina, parecían etéreos segmentos de polvo coagulado puestos en pie. Toda la habitación tenía un insincero aire de anticuada respetabilidad; en el espejo deformante de un tocador barato de madera barnizada, parecían perdurar —como en una alberca de aguas estancadas— los fantasmas exhaustos de gestos voluptuosos y de muertas lujurias. En el rincón, sobre una desteñida tira de hule llena de costurones y clavada a la alfombra, descansaba un lavabo con una palangana, una jarra y una hilera de toallas; detrás había también una tinaja para el agua sucia, cubierta a su vez con papel ondulado de color rosa.

Los perros no hacían el menor ruido debajo de la cama. Temple cambió levemente de postura; el seco crujido del colchón y de los muelles se fundió en el acto con el silencioso terror de los animales agazapados. Temple pensó en ellos, lanudos, informes, cerriles, malhumorados, malcriados; en cómo la pomposa monotonía de su vida sin sobresaltos les era repentinamente arrebatada sin previo aviso por un incomprensible momento de terror y de miedo al enfrentarse con la aniquilación física por obra de las mismas manos que simbolizaban ordinariamente la reglamentada tranquilidad de sus vidas.

La casa estaba llena de ruidos. Indistinguibles, remotos, llegaban hasta Temple con un significado de despertar, de resurrección, como si la casa misma hubiera estado durmiendo y reviviera al llegar la oscuridad; oyó algo .que podría haber sido una explosión de risa en la voz chillona de una mujer. Los tibios aromas de la bandeja llegaron hasta ella. Temple volvió la cabeza y contempló los platos de gruesa porcelana, unos tapados y otros sin cubrir. En el centro había una copa de ginebra, un paquete de cigarrillos y una caja de cerillas. Se incorporó sobre un hombro, subiéndose el camisón que se le escurría. Levantó las tapaderas, descubriendo un filete, patatas fritas, guisantes; bollos de pan; una anónima masa rosácea que algún sentido —por eliminación, quizá— identificó como un dulce. Temple volvió a subirse el camisón, pensando en los que estarían cenando en la universidad en animada confusión de voces y entrechocar de cubiertos; en su padre y sus hermanos en el comedor familiar; en el camisón que le habían prestado y en Miss Reba diciendo que saldrían de compras al día siguiente. Y no tengo más que dos dólares, pensó.

Al ver la comida descubrió que no tenía hambre en absoluto, que ni siquiera tenía ganas de mirarla. Alzó la copa y la vació de un trago haciendo un gesto de desagrado; apartando la vista de la bandeja dejó la copa y buscó a tientas el paquete de cigarrillos. Cuando se disponía a encender la cerilla, miró otra vez la cena, cogió con muchas precauciones una patata frita y se la comió. Después se comió otra, con el cigarrillo aún sin encender en la mano izquierda. A continuación dejó el cigarrillo, cogió el tenedor y el cuchillo y empezó a comer, haciendo una pausa de cuando en cuando para subirse el camisón.

Cuando terminó de comer encendió el pitillo. Oyó de nuevo un timbre y luego otro en un tono algo diferente. Un portazo vino a cortar el agudo crescendo de una voz de mujer. Dos personas subieron las escaleras y cruzaron por delante de su puerta; oyó la voz de Miss Reba retumbando en algún sitio y luego estuvo escuchando su lenta progresión escaleras arriba. Temple mantuvo los ojos fijos en la puerta hasta que apareció en ella su anfitriona con la jarra de cerveza en la mano. Llevaba un vestido de estar por casa y una toca de viuda con un velo; calzaba zapatillas de fieltro con dibujo de flores. Debajo de la cama, los dos perros emitieron al unísono un ahogado gemido de total desesperación.

El vestido, desabrochado por la espalda, colgaba desmañadamente de los hombros de Miss Reba. Una mano ensortijada descansaba sobre el pecho, mientras la otra mantenía la jarra en alto. La boca abierta, que ponía al descubierto los muchos dientes con empastes de oro, daba testimonio de sus dificultades al respirar.

—¡Dios mío, Dios mío! —dijo Miss Reba.

Los perros salieron de debajo de la cama y se lanzaron hacia la puerta en confuso revoltijo. Al pasar junto a Miss Reba a toda velocidad, su dueña se volvió y les tiró la jarra, que dio en el marco de la puerta, salpicó de cerveza la pared y rebotó contra el suelo con un ruido lleno de desesperanza. Miss Reba respiró entre jadeos, apretándose el pecho. Se acercó a la cama y miró a Temple a través del velo.

—Éramos tan felices como dos palomas —gimió, con voz abogada, las sortijas como rescoldos avivados entre las ondulaciones de su pecho—. Pero tuvo que morirse y dejarme sola —respiró entre jadeos, la boca entreabierta dando forma a la escondida tortura de sus maltrechos pulmones; los ojos, heridos de desconcierto, redondos, desorbitados en la palidez del rostro—. Como dos palomas —gritó con voz ronca, entrecortada.

El tiempo había alcanzado otra vez el gesto muerto del reloj tras el cristal. El de Temple en la mesilla junto a la cama decía las diez y media. Durante dos horas había estado escuchando, tumbada, sin que la molestara nadie. Ahora distinguía voces procedentes del piso bajo. Llevaba algún tiempo oyéndolas, envuelta en la soledad de aquella habitación pasada de moda. Más tarde empezó a tocar una pianola. De cuando en cuando oía los frenos de un automóvil en la calle, bajo la ventana; en una ocasión, a través de la persiana de hule, le llegaron las ásperas voces de dos personas que se peleaban.

Oyó cómo un hombre y una mujer subían las escaleras y entraban en la habitación contigua a la suya. Luego Miss Reba subió también con gran esfuerzo y cruzó por delante de su puerta; tumbada en la cama, inmóvil, con los ojos muy abiertos, Temple escuchó cómo Miss Reba aporreaba la puerta vecina con la jarra de metal y daba gritos con la boca pegada a la madera. Al otro lado de la puerta el hombre y la mujer no hicieron el menor ruido; se quedaron tan quietos que Temple pensó de nuevo en los perros, se acordó de ellos aplastados contra la pared debajo de la cama, atenazados por la ira, el terror y la desesperación. Escuchó la voz de Miss Reba gritando roncamente a la madera insensible hasta transformarse en un angustioso jadeo, para ser muy pronto sustituida por las groseras maldiciones de una voz masculina. Al otro lado de la puerta el hombre y la mujer no hacían el menor ruido. Temple se quedó contemplando la pared más allá de la cual la voz de Miss Reba se alzaba de nuevo mientras aporreaba la madera con la jarra de cerveza.

Temple ni vio ni oyó abrirse la puerta. Cuando, después de un espacio de tiempo que no sabría precisar, miró en aquella dirección, se encontró con que Popeye estaba de pie en el quicio, con el sombrero inclinado sobre la frente. Sin hacer el menor ruido entró en la habitación, cerró la puerta, echó el pestillo y se acercó a la cama. Temple empezó a encogerse muy despacio, al ritmo de Popeye, subiéndose la sábana hasta h barbilla, vigilándolo por encima de la ropa de la cama. Popeye llegó junto a la cama y la miró. Ella se retorció lentamente, encogiéndose, contrayéndose sobre sí misma en un aislamiento tan absoluto como si estuviera atada a la torre de una iglesia. Le sonrió, la boca deformada en la rígida y conciliadora palidez de la mueca.

Cuando le puso la mano encima, Temple empezó a gemir.

—No, no —susurró—, el médico dijo que ahora no podía, dijo que…

Popeye tiró de la ropa de la cama, apartándola. Ella se quedó inmóvil, las manos vueltas, la carne bajo te toalla que le cubría el regazo retrocediendo encogida en furiosa desintegración, como personas atemorizadas dentro de una multitud. Cuando él extendió la mano de nuevo, Temple creyó que iba a golpearla. Con los ojos fijos en su rostro, vio cómo sus facciones empezaban a crisparse y a temblar como las de un niño que está a punto de llorar y cómo su boca dejaba escapar un sonido plañidero. Cuando le agarró el borde del camisón, ella le sujetó las muñecas y empezó a moverse de un lado a otro, abriendo la boca para gritar. Popeye se la tapó con una mano y Temple, sin soltarle las muñecas, mientras su saliva le escurría entre los dedos, agitando furiosamente el cuerpo sobre las caderas, le vio agachado junto a la cama, el rostro violentamente contorsionado por encima de su barbilla inexistente, los azulados labios proyectados hacia adelante como si estuviera soplando la sopa para enfriarla, emitiendo un extraño sonido muy agudo que recordaba el relincho de un caballo. Al otro lado de la pared, Miss Reba llenaba el pasillo, la casa entera, con el ronco alboroto jadeante de sus obscenas maldiciones.

(Continuará…)

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