Los golpes (VI)

Jean Meckert






XIV

Como el verano empezaba a ser demasiado caluroso, decidimos pasar todos los domingos en el campo, en lugar de quedarnos en París, aburridos en casa de la suegra o paseando por los bulevares.

Siempre salíamos muy pronto para nuestra excursión dominical.

A menudo venía Bébert, mi amigo de los paseos en bicicleta, y su novia, una chica que se llamaba Solange, muy simpática pero un poco turbia, un poco equívoca, lo cual añadía poesía a nuestros paseos. A menudo también venía con nosotros Nénette, la hermanita de Bébert, contenta de gozar del sol, con su pelo ondulado y su delgado cuerpo de trece años, con un bañador que le sobraba por todas partes, pobre chiquilla, como un peplo deformado.

Nos llevábamos bien los cinco. Yo era el mayor del grupo. Hacía de cabecilla sin mucho esfuerzo. Algo sencillo, sin mucha historia, como el buen chaval que siempre he creído ser.

Habíamos descubierto un lugar apacible, práctico con la tarifa reducida del P.L.M.Estaba a una hora y media de París. Era la evasión, vaya si lo era, el campo, con el Sena y el Loing. Un lugar para bañarse y con hierba donde divertirse y estirarse para tomar un poco de sol, como las playas de Deauville o de Juanles-Pins.

Bébert traía su fonógrafo, un aparato portátil que había comprado de segunda mano y que desfallecía regularmente al final de cada disco. Tenía discos del mercadillo con canciones conocidas, melodías de baile, foxtrot, pasodobles, javas, tangos, valses. Buenos momentos para pasar la tarde. También había clásicos para los momentos melancólicos. Bébert nos hacía callar enérgicamente cuando ponía su Poeta y campesino, recocido y amarillento por el sol y la lluvia de Saint-Ouen, y que por momentos tenía ritmos imposibles. La mayor ambición de Bébert era encontrar un día la Meditación de Thaïs. Ese sería su culmen.

Llevábamos las provisiones en mi bolsa de camping que, aunque muy desgastada por el sol, aún era resistente. Comprábamos el pan y la bebida allí mismo, mientras que la fruta la traíamos del mercado de Saint-Mammès. A nosotros, parisinos, todo aquello nos parecía muy rústico, aire libre y a buen precio.

Aunque aún apestaba a aceite denso, las chalanas de fuel —puf! puf, puf!— atravesaban el Sena con ruidos sordos de motor, jugando al escondite por las orillas.

Olía a canal, a transporte fluvial, a alquitrán, a hierba verde, a carena, a perro muerto: era toda una novedad. Como mínimo era diferente a los vapores del taller.

Allí nos sentábamos en la hierba: había unos arbolitos para comer a la sombra y montículos para ir a hacer tus necesidades y cambiarte.

Extendíamos una manta e iniciábamos el ritual de broncearnos al sol, todos juntos, excepto Solange, que nunca quería desvestirse y prefería manejar el fonógrafo en la sombra. Nos íbamos girando para tostarnos por los dos lados, concienzudamente, sin decir palabra, roncando. De vez en cuando, Bébert se cabreaba:

—¡Oh, maldita sea! —gritaba.

Era un mosquito.

Paulette venía a hacerme carantoñas, a chuparme la oreja o pasarme hierba bajo la nariz. Nos reíamos. Yo le hacía llaves de lucha libre, la revolcaba, la inmovilizaba, la estiraba, la dislocaba. Ella se divertía, buena chica, y no le importaban las poses que rebasaban cierta línea. Iba dando pequeños gritos. Ella sudaba mucho, lo cual era un poco molesto. Tenía una cierta propensión a la grasa, de hecho ya estaba algo gordita, con unos michelines pletóricos en una silueta todavía flexible y fina. Toda una meridional, vaya, con nalgas y senos que se orientan dulcemente hacia la gelatina, pero que ella todavía sabía endurecer con sus músculos tensos. Tenía incluso su encanto.

Solange, la novia de Bébert, era completamente diferente. Incluso lo opuesto. Una chica bastante rara, delgada, endeble, con los pechos apenas formados, piernas largas, pero no flacas, sino muy hermosas, una cintura fina. Había algo indeciso en ella que recordaba a un efebo, a una viciosilla y a un premio de belleza. Tenía mal carácter y era coqueta, desconfiada sin ser arisca y muy femenina en sus abandonos. Un pequeño misterio para mí. Sus ojos eran todo un poema. Era una chiquilla: tenía dieciséis años.

Al atardecer, cuando la noche se iba instalando poco a poco, con la bruma bajando sobre las charcas llenas de nenúfares, ella se convertía en la reina del grupo. Flotaba algo turbio en el aire, algo impreciso, de ensueño. Equívoca, navegaba entre un vicio de aúpa y la inocencia absoluta; no se podía saber, pero se notaba. De Bébert a mí, ella iba y venía pidiendo mimos con besos en los labios y excitando a todo el mundo, de manera muy sutil, sin que nadie se enfadara.

A Solange, esa chiquilla descarada, pequeña esfinge con hoyuelos, en el fondo, bien en el fondo, en ese inconsciente que siempre he tenido miedo de abordar, creo que quizá le debo algunas cosas: cosas intraducibles, tan insignificantes como fuertes y sin medida, que provocarían una gran revolución si salieran a la superficie. Cuando volvíamos de noche, me compadecía de Bébert, que se esforzaba por reír, como quien no quiere la cosa, profundamente desgraciado, sin comprender nada, desconcertado, sin derechos ni deberes, aniquilado.

A mediodía, sobre la hierba, hincábamos nuestras navajas en el salchichón y el paté. Pan crujiente a dentelladas y sidra a raudales y trompicones. El sol reinaba implacable. Sus rayos sacaban músculo, picando aquí y allá en la piel. Buena pigmentación en perspectiva, rojo o negro, un dolor seco al ponerse la camisa. ¡Viva el camembert y las bromas con los pies sucios! ¡Venga! A golpe de trompeta bebiendo a morro. ¡Ta, ra, ta, ta! Y la piel del plátano encasquetada en el escote de Paulette. Y una pelea para hacerle cosquillas a Bébert. Cómo nos divertíamos. Y luego nos echábamos una siestecita a la sombra. Reposo sobre reposo, no nos preocupábamos, viendo pasar los pequeños cúmulos blancos en el cielo azul.

Sin preocupaciones, con el vacío del vagabundo en la cabeza. Sentaba la mar de bien. Dormir con la pesadez de los animales saciados, en plena naturaleza, una costumbre primitiva. Eso sí era verdadero.

Nos pasábamos así largos ratos, enredados todos juntos, mejilla sobre pecho, nuca batiendo muslo, pantorrillas sobre estómago. También hablábamos un poco, preguntando de quién era tal mano, tal pecho o tales cabellos.

La pequeña Nénette manejaba el fonógrafo, o bien Paulette, que no quería prolongar mucho sus siestas. La primera en ponerse de pie, aprovechaba la poca afluencia para ir a hacer pipí entre las ortigas.

Teníamos una bola de caucho que nos lanzábamos los unos a los otros, poniendo prenda para el que no la atrapara. Nos cansábamos rápido.

Con la cámara de cajón de Bébert nos fotografiábamos, engrupos, con poses interesantes o en momentos que encontrábamos divertidos y que reconstruíamos para la foto; era una tontería.

Y luego Nénette se quedaba vigilando nuestras cosas, nos vestíamos un poco y cada pareja se iba por su lado.

A Paulette y a mí nos gustaba caminar. Encontrábamos un camino marcado o pequeños senderos con muchas sombras, y claros de tres metros que nos tenían reservada una tranquila soledad.

—Qué bien estamos, ¿verdad, cariño?
—¡Sí, querida mía!
—¡Qué bien se respira!
—¡El campo es agradable!
—¡Estoy muy a gusto aquí!
—¡Yo también!

La cosa no cambiaba mucho, pero tampoco pretendíamos filosofar.

Nos estirábamos con los ojos abiertos. Hablábamos de todo, de cualquier cosa.

—¿Te gustaría tener una casa en el campo?

Dependía de los días. Sí o no.

—¡Dime algo bonito!
—¡Te quiero!

Besos.

—¡Oh, una hormiga!
—¡Mira las hojas!
—… ¡Qué bien estamos!…

Así nos pasábamos horas enteras.

Tenía la cabeza despejada, los colores aparecían nítidos. Me recordaba la mejor época de mi vida en soledad. Le planté la mano entre las piernas. Nos quedábamos así, como dos camaradas, en comunión. Ella pasaba la punta de su lengua por mis picaduras de mosquito, pero yo seguía como un tronco.

Hacia las cuatro de la tarde, volvíamos para bañarnos.

Era una especie de playita, con trozos de madera en el agua que delimitaban los lugares en los que se hacía pie. Era un lugar conocido, siempre había una treintena de personas chapoteando. Chicas guapas y anatomías raquíticas con bañadores de todos los colores.

Solange tampoco se desnudaba ahí. Siempre tenía un pretexto, pero en el fondo creo que le daban vergüenza sus pechos inacabados. No le gustaba que la tratáramos de niña.

Yo lucía mis pectorales y mi piel, que se iba tostando por partes. Me encasquetaba el gorro, tirando bien del cordón para no perderlo.

La niña no sabía nadar, chapoteaba en los límites; en una zona que llamábamos «la piscinita».

Paulette tampoco iba demasiado lejos, daba unas brazadas demasiado arqueadas, como una rana, muy divertida. Tenía fondo, pero no rapidez, la corriente podía arrastrarla hacia el centro. Yo le decía que fuera con cuidado.

Bébert y yo competíamos. ¡Paf! Unas zambullidas estupendas. Me ganaba claramente a crol; sin embargo, no le gustaba alejarse demasiado, le daban calambres.

A mí me gustaba bucear. No aguantaba mucho, pero lo suficiente como para causar impresión. Era increíble: la presión del agua en los oídos y toda aquella imprecisión de la vista, bruscamente limitada con la oscuridad que invadía el fondo. Un nuevo arco iris casi imperceptible, colocado verticalmente en el agua: negro, verde oscuro, amarillo sucio, azul pálido y la fina capa de espuma al volver a la superficie. Los colores cobraban mayor viveza. También lo notaba en mis tímpanos. Dejaba ir mis burbujas del verde al amarillo, como globitos saltando hacia el cielo. Me entraban ganas de dormir, de descansar, de un descanso fresco tras el ejercicio. Era impresionante.

Al aire libre me aplicaba para mejorar mi crol. Me lo tomaba en serio, pero no lo conseguía. Siempre había algo que fallaba en mis movimientos —en mi respiración, sobre todo—, algo que me impedía ser totalmente hidrodinámico.

¡Plif! ¡Plof! ¡Pluf! Batía la superficie del agua con brazos y piernas. ¡Qué grandes momentos!

Luego salíamos rápido para secarnos al sol y sentir cómo el calor formaba un caparazón de rinoceronte en la piel, provocando un placer formidable cuando el leve céfiro venía a secarse los pies sobre nuestra espalda.

Los minutos del domingo transcurrían a traición. No teníamos tiempo para retenerlos, hacían su trabajo en silencio, bien lubricados, sin chirriar. ¡Ya! ¡Siempre ya! Teníamos que volver para encarar los grandes problemas. Teníamos una manera muy particular de comprender a los grandes especialistas del trabajo. Nos daban miedo esos domingos tan rápidos. Te veías envejecer. Otra bola roja lanzada al oeste, por un dedo experto, sobre el gran ábaco. Se sentía la muerte.

Sobre todo por la noche, después de cenar, con las últimas luces del atardecer, nos invadía una melancolía que no estaba lejos de la depresión. Nos sentíamos vacíos. Necesitábamos entonces a nuestra Solange bailarina y mentirosa. Era entonces la hora de esa chica inacabada, ese pequeño demonio.

Mi Paulette desaparecía entonces, más aburrida que la vida cotidiana. Igual de vacía.

La noche llegaba suavemente, púrpura, luego violeta y profundamente azul, para terminar en tinieblas.

—¡Qué a gusto estamos! —decíamos.
—¡Qué temperatura!

Y sufríamos por estar secos como vulgares osamentas. Sin drama, solo un poco incómodos. Todo el mundo se había marchado.

Yo volvía a montar el fonógrafo, colocando siempre los mismos discos. Y bailábamos todavía un poco, sin fuerzas, en la penumbra. Nos habría gustado ser doce y luego cien mil. Buscábamos las zonas oscuras, por parejas. Los pies iban topando con las piedras del camino de tierra, aquella era nuestra sala de baile. El agua estaba muy cerca y en pura calma. Arrastrábamos los pies, pisando con cadencia, siempre igual, ni tan siquiera al ritmo del fonógrafo.

—¡Qué temperatura más agradable hace esta noche! —me murmuraba Paulette.
—Sí.

Me hacía entonces arrumacos, pequeños gestos cariñosos.

—¡Venga, para ya! —le decía yo, gruñón.

Ella se enfurruñaba. Nos dejábamos de hablar. Volvíamos junto al fonógrafo. Solange estaba en una esquina con Bébért; no se les veía.

—¿Estás enfadada? —le preguntaba yo por decir algo.
—¡No!

Se hacía la celosa. Pero yo intuía que la cosa era más compleja. Se me escapaba.

Nos reuníamos de nuevo los cinco.

—¡Quiero bailar con Félix! —gritaba Solange acercándose y rodeándome el cuello.

Nos alejamos los dos.

—¡Llévame en brazos! —me pedía—. Me encanta que me lleven.

Y yo la cogía en brazos hasta la orilla.

Nos tuteábamos, nos hacíamos rabiar un poco en todo lo que hacíamos para recordar que todo era un juego.

—¡Me he ganado un beso! —le decía.

Ella me ofrecía entonces su frente.

—¡No! ¡En los labios!

Ella se reía. Fingía que quería escaparse para que yo la cogiera y le besara a la fuerza. Luego me rodeaba con sus brazos, se ofrecía entera, sencilla; en su boca. Yo sentía su delicado cuerpecillo, pegado al mío, abandonándose. Me impresionaba compararla con la solidez de Paulette. La llamaba: «¡chiquilla!». Sentía entonces la necesidad de protegerla.

Me entraban ganas de decirle un montón de cosas. Sentía entonces la melancolía y el deseo de algo nuevo. No sabía qué me pasaba, pero era triste.

—¿Estás bien así? —le preguntaba.

Nos sentábamos. La cogía en brazos, con una mano bien pegada a su cintura y el pulgar haciendo imperceptibles viajes del vientre a su bonito muslo, inmóvil y confiado. Yo estaba muy a gusto. La volvía a besar.

—¡Oh! —exclamaba—. ¡Se lo diré a Bébert!
—¡Me da igual!
—Estoy muy bien así —me decía. Como una reina, con su boquita ardiente.

La mantenía pegada contra mí, con su cabeza apoyada en mi hombro y mi mano suave magreándole los muslos.

Me gustaba mirar la corriente de agua, oscura, con remolinos que se deslizaban, bajo un cielo constelado y resquebrajado como una bonita cerámica.

—Solange, pequeña mía, dime que estás a gusto así.
—Mm… —murmuraba tranquilamente como un animalito, muy tranquilamente con dos tonos, sin abrir la boca.

Nos quedábamos callados un buen rato. Yo tenía pensamientos profundos, como en la época de mi adolescencia.

Solange era fresca y malsana, como un delicado sueño, una ciénaga con flores y juncos en la que era posible respirar la vida lejos del asfalto y de la civilización.

—Dime, cielito, ¿quieres a Bébert?
—Mm…
—Y a mí, ¿me quieres?
—Mm…
—¿Entonces quieres a todo el mundo?
—… ¡No lo sé!… Así estoy bien.

Me daban ganas de comérmela a besos o de tirarla al agua, no lograba saberlo con certeza.

A lo lejos se oía el fonógrafo que Nénette, la pobre, ponía una y otra vez incansablemente. Y yo sabía que Bébert estaba bailando con Paulette, triste, pero atrevido, con la mano en sus nalgas: trataba de llevarse su parte. No me importaba. Y, sin embargo, yo quería a Paulette. Yo ya no entendía nada. Nada de nada.

Besaba otra vez a Solange, delicadamente, como para no hacerle daño.

—¿Acaso no es verdad que me quieres? —le volvía a preguntar.
—¡Sip!
—¡No es verdad!
—¡Entonces nada es verdad! ¡Yo qué sé!
—¿Eres una mentirosilla?
—¡Sip! ¡Todo el mundo miente!

Era verdad. Me entraba el bajón solo con pensarlo. Me ponía entonces soñador. Estiraba el tema dándomelas de hombre experimentado.

—Mira, mi pequeña —le decía meciéndola un poco—, en el fondo, la vida es una estupidez, es absurda. Uno no sabe lo que quiere, nunca. Nunca lo sabemos… Yo quiero, tú quieres, él quiere y luego te asqueas… Y luego todo es lo mismo… ¿Qué es lo que hacemos? ¡Nadie lo sabe!… ¿Por qué estamos aquí? ¡Tampoco lo sabe nadie!… Minutos que pasan y luego otros, y luego días y años, y ya está, ¡eso es la vida!…
—¡Qué triste te pones!
—Sí. Y no he acabado todavía. Dime, pequeña, ¿tú también estás triste? ¿Te crees que no lo adivino, eh?
—¡Estás de bajón, tonto!
—¡No!… ¡Sí!… ¡Carajo! No lo sé. Escucha, Solange, yo te quiero. Me recuerdas algo, no sé qué. No sé lo que me recuerdas. Quizá una pintura, o algo de cuando yo era niño, imágenes, ya sabes, o medallones…
—Me gusta cuando te pones así —me decía ella.
—No son monsergas, ¡es sincero! Querría irme, que nos fuéramos los dos a un país cálido.
—¡No es verdad! —murmuraba ella.
—¡Que sí, es verdad! Bueno, no lo sé. ¡Qué complicado es todo esto!

Me callaba un rato. Y luego encontraba de nuevo una frase, una frase estupenda que lo explicaba todo. Estaba feliz.

—La vida, Solange, no es lógica, y nosotros tampoco tenemos ni pizca de lógica. Y luego resulta que hay que ser lógico para hacer feliz a Fulano y Mengano. Hay que caminar recto, girar cuando toca. Y luego nosotros queremos ir más lejos, o menos lejos, meternos en otros jardines. Pero está prohibido pisar el césped. Nos echan la bronca. Es la historia de toda la juventud, que te echen la bronca, aprender a caminar bien recto. Debes entender, Solange, que yo podría hartarme de todo. Tú no eres una chica corriente. Tú quieres a Bébert y también a mí, y a cualquiera, ¿no es verdad?
—¡Sí, es verdad! —decía—. En el fondo quiero a todo el mundo.
—Y luego no quieres a nadie. Pero tampoco eres una fulana, ni una burguesa. ¡Eres una chiquilla! ¡Eso es lo más bello! ¡Eres ilógica!

Había encontrado algo, así de pasada, ante el agua que fluía con sus murmullos. Oímos una rata chapoteando. No había razón para estar triste. Todo era la mar de bello, muy tranquilo. Lo demás era darle vueltas al asunto.

Lo que le decía le hacía pensar. Se iba pegando más a mí, con su bonita cabecita y su pelo cosquilleándome la nariz.

Tenía ascendiente sobre ella, lo notaba: era la edad.

Tenía casi diez años más que ella. Eso era decisivo para las confesiones.

—¡A mí, nadie me quiere! —me dijo de repente, a punto de llorar.
—Pero ¡qué dices!
—No, Félix, nadie me quiere. ¡Lo noto!
—¿Acaso Bébert no te quiere, eh?
—¡Oh, no lo sé! A veces sí, a veces no. Además, no entiende nada. Dice que no soy seria. Es celoso sin motivo. No hago daño a nadie. Todos, pasando por ti y por Bébert, os divertís conmigo y se acabó, yo no cuento.

Se puso a llorar de verdad. Tristeza de niña.

—¡Venga, venga! Ya tendrás tiempo de hacerte mala sangre —le decía yo en un tono de complicidad.
—¡Sí, ya lo sé! ¡Ya sé que soy una niña! ¡Y entonces no cuenta! Si supieras lo desgraciada que soy…

Yo la consolaba, ella me explicaba sus penas.

Era el punto álgido para mí. Tenía sensaciones tan placenteras que siempre me he preguntado si consolar a esta jovencita así no fue un clímax de voluptuosidad.

Pregunta sin respuesta. Le iba secando las lágrimas mientras la besaba. Ella se defendía.

—Félix, ¡eres un cerdo! —me decía.

Se puso a correr. Fuimos a buscar a los otros. Yo ya no sabía qué pensar. Me hubiera puesto de rodillas, pero tenía amor propio y un montón de cosas que me lo impedían. Entonces la hice rabiar. La levantaba como a una pluma.

—¡Ooop! ¡Miren a esta chiquilla!
—Déjame en paz. ¡No te hablaré más!
—¡Ah, pues yo tampoco le hablaré más a una chiquilla a quien todavía le están creciendo las tetitas!
—¡Qué malo eres! ¡Te odio! ¡Os odio a todos!

Empezó a darme puñetazos: «¡Toma! ¡Toma!», rabiando y, pese a todo, riendo.

—¡Anda! —exclamaba—. Eres de hierro, no es posible… ¡Me estoy haciendo daño!
—¡Alto! —le decía burlándome—. ¡Esas garras! Todavía eres muy pequeña. ¡Tienes que tomar mucha sopa!

Parecía idiota diciéndole eso. Estaba triste. Pero ¡qué otra cosa podía decirle, por Dios! Las banalidades y las perogulladas no servían para nada, ¡eran como confetis multicolores! Pienso que tendría que haberle dicho algo. Pero en aquellos momentos no pensaba en nada. ¿Decirle que la quería? Tampoco era del todo cierto. ¿Explicarle todo lo que me preocupaba? No podía, era demasiado complicado. Era un camino para mí solo, sin etiquetas sobre el césped, muy diferente al Jardin des Plantes.

Volvimos junto a Paulette, Bébert y la hermanita.

Paulette seguía hablando, explicando cosas precisas y sensatas que no querían decir nada en absoluto. Me ponía de los nervios, la verdad. Me parecía estar oyendo a los Henri o a los Gédéon, con su confusión al peso, en pequeños paquetes bien envueltos, puro vacío en papel de seda.

—En definitiva —le decía ella con mucha autoridad—, si hubiera hecho menos calor, tendríamos más frío…

O algo similar, pero el caso es que se pasó cinco minutos diciendo eso, con un montón de perífrasis y medias tintas. Todo un arte.

—¡Deja de jodernos! —dije.

Paulette sacó entonces su gran sistema de reprobación silenciosa. Se calló durante unos treinta segundos.

Encendimos un fuego con trozos de papel para ordenar nuestras cosas en las bolsas. Y luego cogimos el último tren. Todos estábamos cansados.


XV

Aquellas excursiones no duraron mucho tiempo. De entrada, la temporada se estaba acabando y, además, Paulette se oponía claramente. Solange no le caía nada bien, por estar celosa o no, y además sabía perfectamente cómo hacer para que los demás cargaran con su estrafalario malhumor.

—No es manco tu amigo Bébert —me había dicho un día con un tono equívoco—. Tampoco quiero decir nada, pero vaya… yo ya me entiendo…
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir con eso?
—¡Oh, nada!… No sé ni por qué lo he dicho…
—Pero ¡bueno! ¿Te ha hecho algo, eh? ¿No ha sido correcto contigo?
—¡Oh, sí!… ¡Tan correcto como lo eres tú con su querida amiguita!

Más claro que el agua.

Me explicó entonces que no era ciega, que no quería pasar por imbécil y que yo no me daba cuenta del ridículo que estaba haciendo, que esa «fulanita» se burlaba de mí.

Una verdadera escena.

—¡Estás celosa! —le dije.

Se partió entonces de risa, sinceramente.

—¿Yo, celosa?… Ja, ja… Realmente, mi pobre Félix, te crees que soy estúpida… ¡Celosa! ¡Ja!… ¡Esto es de risa!

Notaba que se estaba alejando.

Ya no era como al principio. Hacía falta algo en nuestros amores para hacerlos potables.

La rueda chirriaba con claridad. Hacíamos cualquier cosa para que no rascara.

Durante quince días, estuvimos jugando a los celos, uno de Bébert, otro de Solange. Hábilmente, preparábamos el terreno para una reconciliación, una renovación, para erigirla entre las disputas y nosotros.

Cuando volvía por la noche, le decía un simple «buenas noches»; ella me ofrecía la mejilla mientras vigilaba las judías. Le daba un beso superficial.

Yo habría preferido no dar el primer paso. Me habría gustado verla deshacerse en lágrimas, pero no soy tan malo. Me parece que habría sido una bonita prueba de amor. Yo tenía mis propias lágrimas preparadas para responder. Pero no las utilicé.

Era extraordinario, ella no soltaba prenda. Me daba miedo.

—¿Alguna novedad?
—¿Y tú?
—¡Soy yo quien te lo ha preguntado!
—¡No!
—¡Yo tampoco!

Y luego cada uno se ponía a leer una página del periódico. La gran conversación educada emergía de la actualidad.

—¿Has visto el crimen en Périgueux?

En ocasiones, me daban ganas de reír de lo desgraciado que me sentía.

Paulette se derretía cuando la cogía en brazos, una vez que habíamos apagado la luz.

Se trataba de un mero enfado, no de un desacuerdo absoluto.

Yo le plantaba algunos besos para empezar, ella respondía bien. Todavía estábamos lejos de sentir una profunda aversión el uno por el otro.

Aquella situación no podía durar eternamente. Nos amábamos, se notaba, pero también había un amor propio, el verdadero escollo, que lanzaba su ofensiva.

Nos pasamos toda la tarde de un sábado sin hablarnos. Ella hacía la colada en la cocina. Yo estaba en la habitación reparando el biombo y luego desmonté la radio: quería hacer un esquema del chasis con una vaga noción de bricolaje. Era demasiado complicado.

Bajé a comprar el programa de la T.S.F. y luego pasé por el barbero, y luego volví a montar la radio tan perfectamente que estaba persuadido de que funcionaría todavía mejor.

—Estoy muy cansada —me dijo durante la cena.

Es cierto que parecía agotada.

—¡Pues no vayamos a comer con tu madre mañana!

Ella se quejó entonces, diciendo que era imposible y que se lo habíamos prometido. Empezamos a discutir cada vez más fuerte y, al final, le dije que podía ir solita a casa de la vieja, que yo no estaba dispuesto a jorobarme todo el día.

—Al fin y al cabo, ¡no estamos casados! —exclamé.

Me miró con una cara muy extraña. Dejó que mi frase inundara la habitación y luego murmuró con un pequeño golpe seco:

—De acuerdo.
—¡Mañana iré a dar un paseo solo! —añadí.
—¡Haz lo que quieras!

No nos dijimos nada más, el ambiente estaba enrarecido. En la cama, ni nos dimos un beso. Cada uno por su lado. Apagamos la luz. Yo no lograba dormirme. Ella tampoco.

Hacia medianoche, Paulette se levantó. Oí cómo se preparaba una pastilla en un vaso de agua…

—¿Estás bien? —pregunté para retomar la conversación.
—¡Sí!
—¿Te pasa algo?
—Me duele la cabeza.

Hablaba con una vocecita que nunca le había oído, como si estuviera llena de lágrimas. Me parecía que estaba preciosa detrás de la mesa, disolviendo la pastilla.

Me levanté.

—Ve a acostarte, ¡yo te la preparo!

Pero ella se aferraba al vaso, diciendo que no valía la pena…

La cogí en brazos, ella se crispó un poco.

La metí entre las sábanas y le di de beber esa guarrada.

—Gracias —me dijo.

Le pregunté si necesitaba algo más y, luego, me acosté y apagué la luz. Habría querido acercarme a ella sin parecer que me estaba achantando. No sabía cómo hacerlo.

—¿Estás mejor? —le pregunté al cabo de un rato.
—¡Sí!

Yo no podía aguantarme. La rodeé con mis brazos diciéndole que quería darle calor.

—¡No tengo frío!… —decía mientras intentaba separarse—. Déjame dormir.
—¿Estás enfadada?
—¡No! ¡Déjame!
—Sí que estás enfadada.

Ella se defendía muy débilmente, muy crispada, pero vencida de antemano… Entonces se puso a llorar de golpe.

—Como no estamos casados, no vale la pena seguir interpretando esta comedia… Venga, déjame… No vale la pena continuar. Tú nunca me has querido… He arruinado mi vida por tu culpa. Soy muy desgraciada…

Era el momento. La dejé hablar. Le daba besos con dulzura. No me había dicho ni la mitad en los últimos quince días, aquello era una verdadera descongestión… También iba enterándome de lo que yo creía que Paulette pensaba de mí exactamente.

—Pero no eres malo… Te falta tacto… No es culpa tuya… Una mujer es más sensible… Y, además, hay cosas que se hacen y otras que no se hacen… En el fondo no eres malo, pero no sabes…

Todo eso no tocaba realmente el tema, pero en ese momento yo no tenía ganas de polémica. Dejé que hablara. Ella seguía llorando. Yo estaba un poco descolocado, la deseaba y, sin embargo, la analizaba desmenuzando sus frases sin fondo, su carro de penas.

—¡Cariño!… —le decía yo—. Cariño mío…

Ella se lo tomaba como una muestra de afecto, la enternecía.

—No eres malo —iba repitiendo—. Y yo, yo te quiero.|
—Yo también te quiero.

Nueva luna de miel. Promesas solemnes.

Para demostrarle que era un tipo distinguido y todo eso, le di un beso dulcemente, a pesar del deseo que me corroía por dentro.

—¡A dormir, pequeñaja! —le dije.

Ella captó la intención, le pareció conmovedor.

—¡Qué bueno eres! —me contestó.

(Continuará…)

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