Los golpes (IV)

Jean Meckert





VIII

Quince días después, encontré un pequeño estudio (así lo llamaban), cerca de la puerta de Clichy.

No estaba mal, un poco caro en realidad, pero Paulette se encaprichó.

Habitación y cocina, con baño propio, era pequeño pero no cutre, en un edificio nuevo con ascensor, conducto para las basuras y calefacción central. ¡Le daba cien vueltas al de los Henri, vaya!

En la calle también había tiendas nuevas. Tenía un aspecto coqueto en general, se respiraba vida fresca. Daban ganas de entrar esa misma noche.

Pasábamos el tiempo solos los dos, con algunas visitas a la suegra, que se lo tomaba como un golpe de suerte.

Era fenomenal. No se parecía en nada a la época que pasé con Marcelle. Con Paulette era serio y verdadero, sentía que ella me quería de verdad.

Paulette era una verdadera joya. Cocinera, costurera, nada perezosa, profundamente enamorada y nada tonta, tanto mejor.

Allí vivimos momentos espléndidos.

Cuando volvía por la tarde de trabajar en la empresa de terrajas, ella ya estaba en casa, a dos pasos del taller de Parmain. Tenía por costumbre ni tan siquiera llevarme las llaves.

Era un edificio muy seguro, como un verdadero cerco biempensante. Había una magnífica puerta, de aluminio y hierro forjado, de aire incluso surrealista, decía Paulette. Nunca pudo explicarme por qué, pero era una puerta surrealista. Los Henri se habrían pillado un buen cabreo si lo hubieran sabido.

No sé de qué estilo era el ascensor, pero era la mar de práctico. Había que ser más bien delgado para entrar, cuando íbamos dos se llenaba por completo.

Yo me jactaba de tener ascensor en casa. A veces, mentalmente, trazaba una lista de las personas que había conocido y que me hubiera gustado alinear en los rellanos para que me vieran, como un rey, en mi ascensor. De vez en cuando se piensan estas cosas. Me acostumbré muy pronto. Y al final ni siquiera era un lujo, porque vaya, había siete pisos.

Había un pasillo muy limpio e iluminado, y luego a la izquierda estaba nuestra puerta. La puerta «S.F.I.O.», como le decíamos a quien nos visitaba, ya que era la penúltima a la izquierda.

Daba a un patio interior que se veía muy bien desde ahí arriba.

Y luego tenía vistas, entre dos edificios, a lo lejos. A pesar de todo, no estaba encajonado, teníamos aire y sol.

Qué diferencia con mi antigua habitación de la Villette. Era como un indicio. Por fin la vida me iba a ir bien. Todo mejoraba.

El interior del piso era claro, limpio, todo nuevo. Con nuestros muebles, que acababan de entregarnos y nunca se habían utilizado, nuestros propios muebles. Eso sí que era una novedad para mí.

Pensándolo bien, en aquella época viví la auténtica felicidad, sin quebraderos de cabeza; me dedicaba solo a vivir con una mujercita de lo más apetecible. Ahora, cada vez que quiero encontrar momentos frescos y felices en mis recuerdos, ahí me detengo, en aquella época egoísta, cuando los dos mandábamos a la mierda al resto del mundo.

Todo esto son cosas que no se cuentan. Sin sufrimiento, sin historia, sin arte, sin civilización, nada de nada. Ya lo sabemos.

La felicidad es siempre un poco obscena, si te paras a pensar.

Una satisfacción perfecta, tanto en la superficie como en el fondo. Zampar bien, gozar mucho, ya sea en espasmos o como rezando, esta es la base. El resto son pamplinas y nimiedades. Primero, encerrarse en un estupendo egoísmo, eso es la felicidad. Y no es que sea bonito, pero sí resuta más tranquilo.

Paulette era un lugar de descanso solo para mí. Su naricita, sus labios que yo mordisqueaba, sus nalgas bien redondas y todos sus músculos de arriba a abajo. No lo explicaré, era un oasis únicamente para mí, no tenía necesidad de que explotara el universo.

No tardamos en comprar una radio que pusimos en una esquina discreta, junto al sillón. Nos gustaba escucharla a oscuras, solo con la luz de cuatro voltios suave e íntima detrás de Europa en cursiva.

Caía una sombra delicada, Londres o Varsovia sobre la nariz de mi pequeña Paulette. Así siempre me parecía guapa. Su belleza bajo una luz íntima hacía que me estallara el corazón de tanto palpitar. De golpe me veía con dieciséis años, una década atrás.

Para mí era algo nuevo. Tenía un gran corazón que ocupaba toda mi caja torácica, un corazón que latía por todas partes bajo mi piel, que subía hasta oprimirme el cuello y que me ahogaba por nada.

A veces lloraba. ¿Era quizá por la música?… Es raro, lo sé. Pero no veo por qué no debería decirlo.

En aquella época, siempre estaba pensando en un montón de cosas. No sabría decir cuáles, estaba muy confuso, pero todo me parecía verdadero, absolutamente impregnado de la más extrema verdad.

Quizá por eso es imposible expresarlo.

A menudo yo estaba en el sillón y sentaba a Paulette en mis rodillas, me encantaba. Y luego escuchábamos, completamente aislados, ajenos al mundo, en nuestro compartimento.

Yo no entendía mucho de música. Me inicié por entonces, iba girando los botones. Buscaba los diales más lejanos, quería Moscú, con su gran Internacional. Todo el mundo para nosotros.

Teníamos un comedor moderno que conseguimos a buen precio, con un sofá-cama, un «cosy-corner», como decía el catálogo. Eran muebles llamativos, lujo de rebajas que habíamos comprado a crédito mes a mes, la mierda esa de los plazos.

Nos acostumbramos a nuestros muebles. No podíamos ni concebir que pudieran existir otros. ¡Era nuestra casa!

Es cierto, en el fondo, que no hay historia cuando se es feliz. Durante aquella primera época viviendo juntos, me cuesta encontrar cosas que sobresalgan del resto.

Era todo plano, un Pamir, un Tíbet, por decirlo así, un altiplano de goce, ni más ni menos.

En aquellos días me quería, estoy seguro. Lo contrario sería imposible. Y yo quería a Paulette, tanto que, de haberla perdido, me habría muerto.

No se trataba de apariencia, ni de resignación. Era una renovación, vaya que sí, todo fresco, relucientemente nuevo, emociones de chiquillo, sueños optimistas. Para nada la felicidad de los funcionarios.

Tendría que explicar todo esto como si se tratara de un viaje a tierras lejanas, ahora que todo está marchito y sangra, y que tengo el corazón oprimido como si hubiera descendido al mismísimo infierno.

Lejos quedan las altas mesetas. Descender ocupa toda la vida, sin duda.

Que me dejen creer, al menos, que mi Tíbet, mi techo del mundo, era tan alto como el de cualquier otro, como el de cualquier señorito, acomodado o no, con títulos y honores o harapiento.

No obstante, tengo que explicar un poco todo esto, recortarlo en diferentes partes para uso externo. Es más duro de lo que se cree, si quiere explicarse sin faltar a la verdad, pues a menudo lo verdadero no es nada, puro viento, pssss, pasa, ya ha pasado, se fue lejos, como la iluminación de la estación nocturna a cien por hora. Hay que desconfiar del pasado, es una regla general. Desde el momento en que ponemos en juego la memoria o la imaginación, tendemos a simplificarlo todo, a falsearlo.

Enseñamos postales retocadas, ¿acaso no es todo verídico hasta que se demuestre lo contrario?

La vida… apenas la entiendo. Lo único que sé es que puedes ser feliz y, luego, infeliz. No sé si es algo que pueda explicarse.


IX

Puesto que me pasaba ahí media vida, tengo que contar un poco cómo era mi empresa de terrajas.

Se quiera o no, para nosotros el curro tiene una importancia brutal. No puedes evitar pensar en ello. Es lo que hay, vivimos para eso, de algún modo, deslomarse para el prójimo por un pedazo de pan.

Es un amable «o curras o la palmas», nada de recoger florecitas. Otros viven para las flores. ¡Nosotros, ni hablar!

Cuando era joven era un rebelde, estaba hasta el gorro de trabajar para vivir y de vivir para trabajar.

Quería algo diferente, una bocanada de aire fresco, un pequeño cambio. No estaba acostumbrado, no me resignaba como los viejos. Quería un poco de descanso, para saber lo que pasaba más allá de las fábricas y de las habitaciones cochambrosas.

Una leve necesidad de estallar, vaya.

Paseé mi desnudez por todas partes. Pero no es esto lo que quiero explicar, todo aquello se acabó. Empecé de nuevo mi vida, me volví un buen chaval resignado con un montón de excusas la mar de razonables. Adiós a la juventud. Ahora tengo mi lugar propio y limpio, con comprimidos de moral si quiero. Me puse del lado correcto y me gané el respeto y la consideración de mis vecinos. Todo funcionaba mejor.

Había muchos trabajadores resignados. Llegaron allí sin pena ni gloria. El resultado seguía siendo el mismo: nadie se rebelaba.

Teníamos dos jefes, dos hermanos. Pierre se ocupaba de todo, mientras que Georges siempre se quedaba al margen, pero era mucho más hipócrita.

Yo me ocupaba de tres máquinas. Tres fresadoras automáticas. Metía las terrajas en las brocas. Aflojar, quitar, poner de nuevo, apretar, en marcha, dos manetas en cada máquina, no era nada complicado. Las manos llenas de agua jabonosa, una pasta de limaduras de hierro, siempre secándome más o menos con un trapo pringoso, era un curro sucio pero sencillo.

Tenía todo el tiempo del mundo para pensar, pero no sabía muy bien en qué.

Eran momentos muy dispersos. Había demasiadas correas subiendo y bajando las grapas de cobre. Y luego estaban los silbatos de los otros, y el mío.

Sombrío domingo… En Capri… las novedades musicales, los temas clásicos y las señoras que cantaban canciones sentimentales… Para mi hermanita… que está en los cielos, allá arriba… Me llaman la golondrina del barrio… no soy más que una pobre chica del amor… Me he puesto mi vestido blanco… Y la historia del chico que vendía soldados… Y aquella chica tan desgraciada… Y aquel famoso antro de Santiago… Antinéa… El globito rojo… ¡Todo!… ¡Tu, tu, tu! Me dolía la boca de tanto silbar.

En ocasiones berreaba los éxitos que oía en la radio. Nos informábamos de las noticias los unos a los otros.

A veces había un silencio completo. Me refiero a nuestro silencio ahí dentro, porque lo que era el jaleo de las máquinas nunca cesaba. Y en esos casos las horas pasaban aún más lentas. Las manecillas parecían estancadas. Una mierda total, a lo largo y a lo ancho, todos gruñendo, apenas silbábamos como enfermos. Espaldas rotas, ojos perdidos en las profundidades, parecía que estuviéramos buscando el porqué de esa jodida situación. Pero, a ver… ¡Si nadie había hecho nada malo! No decíamos nada. La procesión iba por dentro, solo surgía con la política y allí no hablábamos de política, solo antes y después del trabajo. En el grifo de agua fría del patio nos vengábamos. Poníamos a parir al jefe, hasta ahí llegábamos. Alguien tenía que ser el responsable de aquello.

Todo el mundo contento, nada de política. Era la ley. El porvenir estaba en el bando de los descontentos pero, a decir verdad, el porvenir nos importaba un carajo. Por más que lo retaras, el futuro olía a muerto. Reventar para germinar, convertirse en buen estiércol, esta era nuestra única ley y no tenía ninguna gracia. No estaba hecha para palurdos aburguesados ni para gruñones, había poca gente que se escapara. Una ley a la que mirabas de lejos y que dejabas para mañana, dura de tragar.

No nos lo tomábamos como una tragedia, claro. Cantando a gritos y escuchando las noticias resultaba más fácil. Así todos teníamos razón. ¡Camaradas! ¡Enhorabuena y todos de acuerdo! ¡Asinus asinum, todo falso! ¡Ah, pero la solidaridad existe! Eso sí que debería darles miedo. ¡Pero todo era de boquita y nada más!

En el patio no solo estaba nuestro taller. No era un gran edificio para ensordecer a generaciones, sino más bien una serie de cuartos en torno al patio, cuartos más pequeños que habitaciones de cuartel, con el vidrio de las ventanas pintado de azul o de blanco, para compartimentar el espacio.

Para nosotros había tres locales, éramos los más importantes, pero también había obreras en una esquina que fabricaban cuellos falsos y un grabador de música en otra esquina, siempre medio en bancarrota, y luego un judío en un local junto a la puerta cochera, donde toda su familia trabajaba quince horas al día haciendo empeines o suelas para los zapatos.

Era la pequeña industria, no había ninguna gran compañía. Lo pintoresco se me escapa, pero lo cierto es que todo era más bien mugriento.

Entrando por la puerta cochera y siguiendo por el pasillo que se abría bajo la casa, tenías la portería a la izquierda y la escalera de inquilinos por la que a veces yo subía a mear al baño del primer piso, cuando me quería dar un lujo.

La escalera estaba iluminada con luces de gas. Se veían pequeños reflejos en el extremo redondeado de los escalones. ¡Ding! ¡Pum! Aún subiendo poco a poco, a veces te tropezabas.

La portera era mala porque a los del patio nos prohibía subir a mear al edificio.

Cada vez que lo intentábamos tenía lugar una batalla sigilosa, estrategias de indio piel roja para ir a vaciar a gusto ahí, y no en los váteres infectos y repugnantes del patio.

Conocía esa escalera hasta el primer piso, con esas paredes que tendían al amarillo amarronado, color caca, una decoración apestosa; más arriba me era desconocida.

Era el edificio en el que vivían los jefes. Para mi gran consuelo, era cien veces más mugriento que el mío.

Apenas podíamos quejarnos de los jefes, apoquinaban sin lamentarse demasiado. En eso tuve suerte, eran potables.

Ya he dicho que había tres talleres. Uno pequeño entrando a la derecha, donde estaba una chica llamada Andrée, que fabricaba barras con un torno automático y el abuelo gagá, el antiguo jefe que había dejado el negocio a los hijos y se ocupaba reparando no se sabe muy bien qué.

Andrée estaba bien rolliza, no la llamábamos Dedée, sino simplemente por su nombre. El templador también la llamaba «la Ballena», ni él mismo sabía muy bien por qué. Andrée tenía una cara horrible, picada de viruela, y bizqueaba un poco, pero tenía un cuerpo magnífico. Una chavala alta, bien proporcionada, maciza y con los pechos bien firmes, habría dado el pego como una mujer rica si se vistiera bien. En ocasiones, pensé en ella mientras follaba con Paulette, tampoco era nada malo. Me recordaba a María Antonieta, no sabría decir muy bien por qué, porque no conocí a la mujer de Louis XVI. Quizá suena estúpido lo que digo, típico pensamiento de operario.

En el patio había varios olores peculiares, sobre todo hacia mediodía, cuando todos los pisos andaban cocinando sus chanfainas. Se producían varias mezclas, como en un gran laboratorio, judías con cuero, cocido a la grasa consistente, rosa y perfumada. Marengo en el primero, fango compacto en el segundo, choucroute en casa de la portera, decocción de pan ácimo en casa de los judíos, todo eso mezclado con hollín meado, tufos inflamables del garaje y yeso húmedo. Los olores de París.

Cada día encontrábamos olores nuevos, nunca el mismo, matices tan finos que los perdíamos. Demasiado refinamiento, mejor pensar en otras cosas.

Donde hacían el temple, por ejemplo, al fondo, en el local más retirado, el olor era denso por las limaduras vaporizadas en el pulido. El aire debía de pesar allí tres veces más, con el óxido del horno y el soplete. Se entraba en un nuevo espacio, con los pulmones más obstruidos y el aire atravesando con dificultad la glotis.

En aquel taller curraban tres personas. No se quejaban más que los otros. Cada uno con sus miserias, no habría hecho falta que exageraran demasiado sus reivindicaciones. Nosotros les habríamos demostrado, siendo diez en nuestro taller, que la cosa podía ser peor.

Tenía un amigo en la sección de pulido, se llamaba Gilbert. Era persona de pocas palabras. Cerraba la boca durante días y días para no tragarse el asqueroso y denso polvo que producía cada día. Vivía en el barrio, en la calle Angoulême, pero a veces, cuando no sabía qué hacer, iba por la tarde a casa de un pariente, en la calle Vieille-du-Temple. Íbamos juntos hasta el metro y, a veces, charlando, seguíamos hasta Bastilla hablando de esto y aquello.

En el local de temple, eran dos más.

Un jovenzuelo pulidor también, o «aprendiz» como lo llamaban, con quien los jefes ahorraban un poco. No tenía más de quince años: la voz le estaba cambiando y se le veían sucias las ojeras cuando se quitaba las gafas negras.

Y luego Daniel, el hombre del horno, que se aprovechaba del ruido infernal para gritar como un poseso.

Ese cuchitril del temple era un lugar sumamente particular. A mediodía y por la tarde salían los tres más asquerosos que todos los demás juntos, riendo y con una sucia capa de polvo oxidado de varios centímetros.

Yo había trabajado ahí dentro a menudo cuando estaba la prensa. Sé de lo que hablo.

Imposible mantener algo limpio en ese lugar. Trabajar con gorra o boina para evitar la invasión del polvo metálico tan insidioso y tenaz como la iperita. Con enormes gafas, claro está, bien cerradas por todas partes para evitar que se te clavaran las partículas en los ojos.

La chaqueta, bien ceñida con un pañuelo para hacerla hermética y gomas en las mangas. Y luego una vieja caja de puros para meter la nariz con los ojos mirando a ras y las manos quemándose con el armazón de la escobilla metálica. ¡Brrrr! ¡Bzzzz! Giraba a toda marcha, bajo una bombilla que se balanceaba en todos los sentidos. Chispas saltando apenas la apoyabas, hacía falta tacto, hacerla rodar al revés en una pequeña cuña de madera. Sobre todo, no había que destrozar la terraja y no olvidarte de sacar todos los residuos del temple. Un trabajo bastante sucio.

Las narinas llenas, con quemaduras en las mucosas, era como respirar fuego.

Prefería sin duda mis tres máquinas.

A Gilbert no lo compadecía mucho, porque le pagaban como para vivir bien. Sin embargo al pobre chico lo veía por mal camino.

Era un vago, eso estaba claro; pero de haber sido yo el jefe, por cincuenta francos la hora, no le habría exigido mucho por su trabajo.

La estrategia de defensa del chico era ir a mear cada media hora, y cada vez que lo hacía, se tiraba unos cinco o diez minutos. Nunca supimos muy bien qué coño hacía solo en los lavabos, con ese olor a col podrida. ¡Esperaba a que pasara algo!

Le caí simpático. No tardó en contarme sus historias, que estaba hasta las narices del pulido y la suciedad, y que su propósito era irse a las colonias cualquier día de esos, ver moritas, negrazas contoneando el trasero, vivir a cuerpo de rey, me iba diciendo, muy vagamente, exotismo a cuatro chavos la hoja, para hacer soñar.

También quería ser un outlave. Esa era su vocación.

No se cansaba nunca de decir esas tonterías. Cinco fusiles en cada hombro, una metralleta preparada, él solo contra un continente, no tenía miedo.

Me rejuvenecía oírle. Le hacía hablar un poco, no me burlaba de él, era todo lo que el chaval pedía.

—¿Y por qué te quieres ir a las colonias? —le preguntaba yo—. ¿Estás mal, o qué? Estás aprendiendo un oficio, algo estable.

No le gustaba.

—¿Qué? —me decía—. ¿Que estoy aprendiendo un oficio? ¡Y una porra! Una mierda, eso es lo que es, ya te lo digo yo.

Parecía echarme la bronca.

—¡Venga, venga! ¿De qué te quejas? —le decía yo para chincharlo un poco—. Mira, te dejan en paz. Te la meneas diez veces al día, haces lo que quieres con tu torniquete y aprendes un oficio, por Dios. ¡Todo el mundo empieza así!
—¡Ah, tú no entiendes nada! —me respondía—. ¡Parece que se te ha olvidado, eh!… ¡Aprendizaje! No aprendo nada de nada. Hago mi trabajo como cualquier otro obrero, pero me pagan tres veces menos, ¡vaya que no! ¡Aprendizaje!… ¿De qué?… Si tuviera la suerte de Marcel, que anda siempre deambulando por ahí, pues aún, pero mi único derecho es mantener la boca cerrada, eso es todo. Los jefes, todo el mundo, sobre todo el capullo ese de Daniel, no se privan de echarme la bronca. Nunca se produce lo suficiente… Pues, ¡mierda para ellos! Si quieren más, ¡que me paguen como es debido!

El chico parecía apesadumbrado cuando pensaba un poco.

—Te lo digo yo, este es el momento más asqueroso de la vida. Todos te gritan, en casa, en el taller. Y los cuatro cuartos que gano al final de la semana ni siquiera los puedo gastar divirtiéndome con las máquinas tragaperras en las fiestas. Aceptarlo todo, los trabajos más asquerosos, para que no te despidan y evitar los berrinches de papá y las perrerías de mamá. ¡Hala, una mierda!…

Me explicaba un poco la situación en su casa. Había tenido tres trabajos. En los tres lo habían acabado echando. Estaba acostumbrado. Se volvía a casa, pasando otra página en su libro de aprendiz. La típica escena.

—¡Pero bueno! ¡Serás holgazán! ¡Ya te han echado! ¿Qué habrás hecho, por Dios? ¿Conque no quieres trabajar, eh?
—Que no, papá. Es el jefe, que no me tragaba, no es culpa mía…
—¡Ah, ya verás… el muy… ya te daré, ya!… ¿No te tragaba, eh? Pues no me extraña, gandul… que no pegas ni chapa…
—¡Pero, mamá, ya está bien, vaya mierda, no había trabajo para todos, esa es la verdad, no es culpa mía, no puedo sacarme el trabajo del culo!
—¡A tu madre no le faltes al respeto! ¡Por Dios! ¡No sabe ni mear solo y ya quiere dar órdenes! Un inútil, eso es lo que eres. ¡Acabarás en el presidio! ¡Con los holgazanes y los asesinos!

Ya conocemos esa cantinela… ¡Viva el pueblo y la vida en familia!

—No me entiendo con mis viejos —me explicaba el chaval—. No hay solución, nada. ¡Menos mal que los padres tienen que palmarla!

Era mejor no quitarle de la cabeza sus sueños sobre las colonias, pobre chico: todo aquello le ponía malo.

Casi todos los que trabajaban en el taller vivían en los alrededores. Yo era el que vivía más lejos de todo el grupo, un pequeño y discreto récord.

Nadie, pues, comía conmigo a mediodía. Me iba solo a un restaurante de la avenida Parmentier, donde la comida no era mala.

No conocía a mucha gente en aquella época, y tampoco me importaba mucho. Tenía mi mesa, con mis cubiertos, mi servilleta y la jarrita de tinto, mis costumbres. Zampaba leyendo el periódico, tragándome también las noticias.

—¡Una de rosbif!
—¡Unas lentejas!
—¡Una manzana!

Los pedidos a la cocina iban pasando, pero no me molestaba. Nadie hablaba muy alto, era casi como un murmullo, con el ruido del interior y el de los coches que circulaban detrás de los vidrios.

Cada uno con su trozo de mesa y los olores del local. Manchas de vermú, el menú policopiado, impreso en tinta violeta, manteles de papel, espejos en las paredes, una vasta montaña de sombreros en la entrada y el mueble con los postres al final, aguantando el peso de los yogures, los pasteles y todas las especialidades de la casa.

Al entrar, saludaba a los presentes y luego me sentaba en mi banco acolchado, en una esquina, cerca de las plantas de interior. Vi pasar a varias chicas: Gertrude, Fernande o Aglaé, más o menos torpes, a mí me dejaban indiferente.

Cada uno a lo suyo zampando en su cerco, en el banco o en sillas, retomando fuerzas muy egoísta y beatamente. Leyendo o charlando para no perder el tiempo, lo cual te levantaba un poco el ánimo, igual que cuando se retocan las mujeres, un poco de colorete y, venga, sanseacabó.

Iba masticando la prosa que sostenía ante los ojos, apoyada en la jarrita, para darme razones serias de vivir e imaginarme que era alguien, a pesar de todo, a pesar de hoy y de ayer, de mañana y de siempre. La iba saboreando muy despacio. Las frases que me gustaban las volvía a leer, las pronunciaba para mí, en voz baja, se convertían así en mi propiedad.

Pero todo aquello apenas me levantaba el ánimo.

La soledad del mediodía me empujaba a veces a pensar en mi vida con Paulette. En esos momentos solía deprimirme. El destino venía a visitarme, con sus graves preguntas.

Me paseaba un rato después de comer, cara a cara conmigo mismo. Aquello me rejuvenecía, pues estaba pasando por un momento difícil, melancólico, con problemas muy serios, de los que jamás se resuelven. Todo eso tenía metido en la cabeza, era un poco denso. No pedía tanto.

Pensaba en nosotros dos, en Paulette y en mí; veía nuestro mañana y nuestro pasado mañana siempre igual. En el fondo, me habría gustado prometerle algo diferente a la pequeña. «Trabajo —me decía—, más y más trabajo… tampoco es un lujo de vida». Más bien, una vida corriente, de lo más sencillita, de saldo. Hace falta mucho más, claro, pero ¿por qué ella y yo?

«¡Si fuera rico!…», pensaba, lo cual no significaba nada y, sin embargo, lo traducía todo. Necesidad de cambiar un poco. Algo nuevo, algo mejor. Por todo eso me ponía triste. A Paulette me la veía en un cochazo, bien vestida y todo eso. Y yo, Félix, jugando al golf indolentemente, o a cualquier cosa de ricos… ¡Menudos sueños!

«¡Tengo mi derecho! —me decía a mí mismo—. Bien que sé disfrutar de la vida. Valoro los pequeños detalles, las emociones… Me merezco más que la vida que llevo…». Todo eso me preocupaba mucho. Rápidamente con tres razonamientos, como tres cucharadas soperas, le daba la vuelta a mis ideas. Me aconsejaba abandonarlas, no pensar por encima de mi condición…

¡Mi condición! ¡Qué palabra más dura y concluyente! Prefería debatirme entre tristes pensamientos. No tener nada era menos deprimente. Sentía el aburrimiento de nuestras miserables vidas, vidas que eran meros números, que hacían bulto, nada más. Es inenarrable y no tiene gracia.

En el fondo, incluso pensándolo bien, la bonita historia que explico aquí no es más que el reverso de una novela, los bastidores, todo lo que dejarían adivinar la gente del oficio, lo que no cuenta para nada.

Todo esto es duro. Hay realmente un anatema, una verdadera maldición contra mí, ser como todo el mundo. Todos nos creemos un poco el centro del mundo, que somos diferentes, con una vida hecha a medida, preciosa, original. Y luego, pensándolo bien, lo que hacemos es trabajar, comer, divertirnos, como todo el mundo. Hay que resignarse.

Por las tardes, hablábamos sobre todo de política con Gilbert. Dábamos un buen golpe en la mesa, pues ambos éramos ciudadanos, votantes y capaces de distinguir las diferencias entre unos y otros. Él era un comunista convencido, muy duro y adepto total a Moscú, aunque no formara parte de ninguna célula. Yo había estado en el paro durante mucho tiempo. Sabía perfectamente qué podía esperar de la famosa solidaridad obrera.

Para provocarlo un poco, no tenía más que llamarlo San Stalin, su gran hombre. Se ponía malo. Me explicaba que se necesitaban una bandera y también un ejército para defender al proletariado, y que la URSS era su única patria, y que no pretendía dejarse la piel por los capitalistas barrigudos.

En nuestras largas discusiones, siempre utilizábamos las mismas palabras. Gilbert no se resignaba del todo, quería militar firmemente, embarcarse con algún grupo, combatir. Y cuando yo le decía que nosotros, los del pueblo, no tenemos ninguna importancia y que, rojo o azul, siempre nos acababan jodiendo, se ponía hecho una fiera y me trataba de traidor. ¡Menudo era Gilbert!


X

A Paulette le había hablado varias veces de Gilbert, el pulidor comunista.

Ella lo conocía de nombre por las historias que le contaba. Me preguntaba por él, como si fuera un viejo amigo. Y por los otros también, se interesaba de veras por mi pequeño universo. Me preguntaba si Léon seguía mal, si Yvonne continuaba con sus sentimientos de poca monta, y sobre los jefes… Yo le preguntaba, a su vez, por Parmain y Géo, así como por el resto. Nos manteníamos al corriente de nuestras cosas. Aquello era amor verdadero.

Reinaba la calma en nuestra guarida, no nos preocupábamos por nada, todo iba sobre ruedas.

Si salíamos por la noche, era casi únicamente para ir al cine. Estaba cerca, era cómodo y estaba abarrotado. Nos compensaba, se había convertido en una costumbre.

Escoger la sesión era relativamente sencillo. O queríamos reír o queríamos llorar, pero claramente, sin trasfondos. Nos gustaba lo cómico y lo melodramático, sin matices; nos bastaba con que no nos tomaran el pelo.

Las semanas pasaban con las películas que íbamos a ver. El cine era también nuestra gran conversación artística. A Paulette no se le escapaba el último divorcio en Hollywood y me mantenía al corriente. Nos pasábamos una hora hablando de todo aquello para acabar afirmando, por supuesto, que no nos importaba lo más mínimo.

Paulette era buena para eso. Quería clasificar perfectamente a las vedetes. Era una maniática de la justicia. Le quitaba el sueño no saber quién era la más moderna, si Greta o Marlène. Se compraba revistas especializadas, con fotos azules y literatura sobre el tema.

—¡Dime, cariño! ¿Te gusta más este que el otro? ¿Qué te parece esta chica? ¿Y este?

Discusiones claramente importantísimas, sin dolor, sin esfuerzo. Temas delicadísimos, vaya. En el fondo, son cosas que ayudan a vivir. La vida no es nada más que eso, naderías de las que hacemos un mundo.

Cuando íbamos al cine, no queríamos ir con prisas. Por la mañana salíamos de casa bastante pronto. Yo siempre pillaba la hora punta, oliendo a humanidad mugrienta en un metro supercomprimido. Viajes enlatados, con una pierna o un brazo que costaba sacar de entre la muchedumbre.

La salida del trabajo siempre era impresionante, una descongestión brutal, un verdadero símbolo del final de la jornada. Lo que quedaba de sol, a partir de la primavera, hacía parpadear un poco, coloreaba a las mujeres y las tiendas. Intentaba entonces respirar profundamente, aprovechando una ráfaga de viento. A veces tenía suerte y pasaba justo por ahí un metro cúbico de aire de campo. Atraparlo me levantaba el ánimo, me ponía de buen humor.

—¡Buenas, pequeña! —le decía al entrar.

Ella se me lanzaba al cuello como una vieja medalla.

—Cariño… Amorcito… y esto y aquello.

Y luego siempre tenía algo que explicarme sobre el taller de Parmain.

—¿Sabes lo que me ha pasado hoy, cariño? Pues bien, figúrate… ya conoces al garajista de la calle tal… Pues deja que te explique…

Siempre era divertida cuando parloteaba así, aunque a veces no me dejaba leer el periódico y entonces la enviaba a freír espárragos.

La dejaba preparar la comida, aquello no era lo mío. Al principio, había interpretado el papel de «hombre solo y apañado», enseñándole cómo dar la vuelta a la carne o salpimentar la ensalada, pero ella me había acabado apartando de los fogones.

Así que no me quedaba más remedio que chuparme la política, sin quejarme, con el culo pegado al sillón, consumiendo el periódico, haciéndole escupir lo que no quería decir.

Paulette estaba orgullosa de su manera de cocinar. Ella misma alababa sus judías o sus chuletas…

—En mi familia… —empezaba diciendo muy orgullosa.

Ante la ternera con zanahorias semanal en casa de su madre, había oído veinte veces la perorata sobre los méritos de la familia, antigua estirpe de horno, mujeres de su casa y todo el rollo…

Yo cambiaba rápidamente de conversación para hablar de las últimas gilipolleces de los periódicos, era como nuestro aperitivo para ponernos en sintonía, un acuerdo perfecto.

No teníamos mucho espacio para nuestra mesa entre la cama y la ventana. Era una vivienda de culo estrecho, un verdadero camping.

Hacían falta prodigios en el método y la organización para lograr un día a día decente, y un orden estricto. ¡Limpieza! ¡Limpieza! Mi Paulette se pasaba las horas arreglando cada esquina de nuestro pisito abarrotado, mañanas enteras de domingo quitando el polvo cuando yo salía a dar una vuelta por el mercado.

Cada cual tenía que sentarse exactamente en su lugar: yo en el fondo y ella al lado de la cocina, por el trajín de los platos.

—¿Está bueno? —me preguntaba en el segundo plato—. ¿A que están buenos, mi corazón, los platos de tu pequeña Lelette?
—Sí… sí… —respondía yo para poder comer tranquilo.

Nunca he pretendido ser un gran experto, pero ella era bastante sibarita y hacendosa, siempre al acecho de nuevas recetas. Un deseo de curiosidad, en definitiva, un pequeño arte, su toque.

En realidad, yo le debía parecer un ser sórdido e infecto que se zampaba salvajemente sus platillos, sin ritual y dándome por satisfecho con un rápido «¡No está mal!».

Aun cuando en un primer momento la tristeza nublara su cara, ella prefería mirarme entonces con un gesto tierno y maternal, sonriendo dulcemente con un balanceo de la cabeza: «Cariño mío —me decía— ¡Te comes todo lo que te echen!…».

Yo entonces me enorgullecía, me jactaba de ser un devorador, de mi estómago robusto, muy lejos de la mermelada de vinagreta. Un abismo. Yo la refinaba más bien a ella: a comer de todo.

Teníamos la ventana abierta y un gran trozo de cielo para nosotros, por encima del edificio de enfrente. Bien mirado, nuestra casa tenía luz, era nueva, joven, incluso un poco fría. Creo que le faltaban plantas.

El hule era claro, extraordinariamente nuevo y brillante con sus motivos rojos.

Ensayo artístico en pareja, habíamos escogido ese hule entre los dos, en la droguería de la esquina, un verdadero hito del buen gusto, lejos de los cuadros y de las monterías. Era nuestra propiedad colectiva, con nuestros muebles, nuestra armonía de líneas modernas. Magnífica entente de luna de miel, un acorde mayor, una época feliz.

También teníamos mi salvamanteles, el que había hecho en el taller de carpintería durante el curso complementario, cuando tenía unos trece años. Lo había conservado desde entonces; estaba bastante grasiento. Mi madre lo utilizaba para poner sus ollas cuando todavía estaba blanco: ella había sido la primera en maravillarse de ese salvamanteles de madera que había confeccionado con gran esfuerzo. Ya hacía mucho tiempo de eso, la mitad de mi vida me la había pasado sin madre.

A Paulette ya le había gustado mucho en la Villette, así que había adoptado mi trozo de madera, se había convertido en un habitual desde el primer momento en que vivimos juntos.

Suyo, mío, nuestro, miraba lo que nos pertenecía, desde las cucharillas hasta la ensaladera. Incluso la música de cuatro chavos era pura intimidad, nuestra radio, nuestro locutor y nuestro cielo azul que se entreveía por la ventana. ¡Todo era nuestro!

La única riqueza verdadera era ser el jefe de todo, del sol y de la ensaladera, de un salvamanteles de madera y de una buena mujer entradita en carnes.

Teníamos confianza en todo, las tormentas eran fáciles de disipar. Una planicie, sin horizonte, sin montañas, sin abismos, una Holanda de sentimientos, evidencia suprema de perfecta igualdad.

—¿Quién le va a pagar el cine a su mujercita? ¡Su lobito feroz!

Nos preparábamos. Pasada rápida del peine, sombrero no hacía falta, el cine estaba en el barrio. El paquete de cigarrillos para el humo personal, eso también.

Íbamos a tomarnos nuestra ración de imágenes, como todo el mundo hacía, junto a la alarma que temblequeaba en la esquina, entre las luces y los carteles en color.

¿Olvido o cultura? ¿Llenado o vaciado de sesos? No se sabe con certeza. Lo mejor era no plantearse esas preguntas, era un mal hábito. Íbamos al cine a atontarnos, como se decía, y nos gustaba. Atontarse, masajearse a golpes, como quiera llamarse. Pero daba una razón más para vivir. Y a la mierda todo lo demás.

—¡Dos a cuatro francos!

Ya teníamos nuestras costumbres, nuestras butacas, viejos al cabo del día.

Había muchas parejas y también chiquillos a los que había que colocar en alguna parte. Siempre había algún habitual a quien saludábamos de lejos, y luego esperábamos.

—¿Estás bien, mi corazón? ¿Verás bien? ¿Ese grandullón de ahí te molestará?

El jefe de sala iba poniendo música en el tocadiscos.

Sabía cuidar a sus clientes, un tipo bajito con bigote de traidor que venía a husmear de vez en cuando por la taquilla y evaluaba la sala con una sola mirada, como el gran capitán de un buque, con las manos cogidas por detrás. Consorcio o no, gerente o propietario, tenía buen gusto para escoger a sus trabajadoras, amables jovencitas con adorables traseros y pechos a su justa altura.

Cada uno fumaba lo suyo para no oler el humo de los demás. Era una caza de volutas, cada vez se batía un nuevo record de espesor, hasta el punto de tener que esperar un rato durante el noticiero para poder ver algo. Habría bastado con no fumar, por supuesto, lo que faltaba era algún mandamás no fumador en ese cine para que tomara tal soberbia decisión.

Estábamos sentados confortablemente en las butacas rojas. Lo que molestaba sobre todo era el calor, oscuro e intenso, extenuante, que te hacía sudar por la frente y las nalgas. En aquel pequeño cine nos macerábamos todos juntos, nos desengrasábamos bajo la camisa, ríos por debajo del brazo. Sudor, humo, mezcla científica, imborrable, el perfume absoluto, el más denso, el antipolillas, en comunión todos ahí dentro, hermanos baptistas de paso.

Paulette y yo nos fijábamos en la gente. Para nosotros, los perfectos, la vida siempre era una especie de gran circo.

En la fila de delante, había una pareja que no pasaba de los treinta cada uno. Tenían un enfado de mil demonios, rabioso y mudo, con una discusión previsible en su confortable nido. Él estaba pálido, crispado y agriado, hacía gestos con la mano… «¡Te daré una buena!…», decía discretamente, en voz baja. Y ella, por su parte, continuaba lanzándole dinamita en las narices, pálida también, colérica, pero con tanto secreto que no se oía nada. Nosotros estábamos detrás. Después meneaban ambos la cabeza… «¡Asqueroso!…», «¡Cerda!…», se iba oyendo.

Luego se daban la espalda, retorcidos, tercos los dos, con una sonrisa educada para el resto de la sala.

Los enfermos, los extenuados de la vida…

Otros, al contrario, en ese horno que te ponía los nervios de punta, se echaban la bronca abiertamente, de manera sonora y gesticulante.

—¡Señorrr!
—¡Señora!
—¡Vendido!
—¡Víbora!

En aquel cine el vocabulario se repartía en pequeñas dosis. El acomodador se lo tomaba con calma y ponía las cosas en su sitio.

—¡Venga, venga, se lo explican fuera!

Era el gran calmante. Nadie quería irse.

Se transigía con los asientos plegables.

Estaban también los conciliábulos y los enamorados, los chavales con sus gorras que separaban los brazos de su cuerpo para hacerse los cachas, las familias enteras, las suegras congestionadas y, finalmente, la política, todos comunistas en aquella sala.

Había gritones, tanto hombres como mujeres, en el pequeño cine; aquello animaba el ambiente, por supuesto, pero al iluminarlos bruscamente se callaban en menos de dos segundos. Se aprendían muchas cosas allí.

Empezaba Fox Movietone a todo volumen. Inmediatamente la sala se llenaba de música, se apagaban las luces, la ración comenzaba.

El señor Rasta, ministro plenipotenciario, de visita en el Elíseo… clacs, soldados, adornos, revistas, discursos… La misma repetición, una y otra semana, nunca se cansaban, eran los entrantes. Seguidamente te veías proyectado en la pura mentira, en el arte puro, en el truco oficial o comercial… Inauguración, perorata, desfile… Música triste, Chopin o La Heroica para un entierro de primera… Falsa nota de trompeta taponada, una pelea de chimpancés, una moto sobre un alambre, todo para el gran público, en serie, la emoción mundial por una buena hostia, la risa a carcajadas suministrada por metraje.

En el cine te quedaba, sin embargo, un poco de tiempo para ti entre imagen e imagen. Más rápido que una mirada al horizonte, te repasabas a ti mismo. Era el derribo semanal, un golpe de tractor enorme. Te dejabas labrar y picar de nuevo como un suelo arenoso e inutilizable, esperando la divina tormenta del cielo en nuestro Sáhara. Yo, más Paulette, más él, más el otro, más ella, más toda la fila de delante, y la sala entera, y todas las salas de París y el mundo entero, la humanidad se perdía así en repliegues tan lejanos que no podías sino pensar en su colosal destino. Acudías al cine como quien va al molino, para triturar la semana, tras lo cual cada uno se llevaba su propia harina al salir.

A Paulette le encantaba el cine. Acumulaba muchas sesiones y, en paralelo, folletos y artículos, era el tipo de mujer absolutamente normal, hasta en el sentimiento. Si fuera una joven soltera, quizá coleccionaría las fotos retocadas de los hombretones de Hollywood… Amor, belleza, ideal… Tenía la moral de los consultorios femeninos, toda esa maraña que huele a la purulencia de los cambios de temporada. Nada podría ofenderle más que decirle que sus ideas no eran más que tópicos. Cuando me encasquetaba línea a línea el folletín de los semanarios para hacerme oír sin chistar su profunda opinión sobre tal película, a veces me impresionaba, me sentía ligeramente inferior, le daba un palmadita en las nalgas, como de pasada. No me sentía nada cómodo.

Siempre creí que yo era mucho más original y profundo que ella, pero mi profundidad no tenía salida, siempre soltaba gilipolleces, bromas de mal gusto, después de laboriosos intentos por exhibirme. Sé que parezco tonto diciendo esto. Pero, de hecho, todo el mundo se cree así, ser mejor que su fama… ¡olvidémoslo!

Creo que Paulette bajaba el nivel cada vez que me hablaba sobre cine, literatura o música. Siempre amable, solía mostrarse explicativa y didáctica sobre cualquier cosa, invadía mis silencios, se creía con derecho, me ponía de los nervios. Yo tenía que cambiar de conversación rápidamente, aquello me provocaba dolor de barriga.

Ni para el entusiasmo ni la denigración absoluta tenía yo un vocabulario muy rico.

«¡No está nada mal!», decía yo, o bien: «¡Es horrible! ¡Es tonto del culo!», y ahí acababa todo mi análisis, todas mis palabras, comprimidas como en una caja de ostras, un tesoro escondido, exclusivo para expertos.

Paulette, en cambio, siempre tenía el cuchillo en mano para abrir sus propias ostras. Se zampaba lo que llegara, se hinchaba con las palabras, rebañaba sus conchas y las conchas de los otros. Incluso costaba entenderla.

No es que ella quisiera parecer esnob, ni jugar a la cultura, sino más bien charlar. Aceptaba con mala cara no tener algo que decir sobre esto o aquello, mejor una patraña informativa que el silencio, era de la raza común.

Quizá me equivoco, pero no me gusta la gente que charla. Así como la moda está hecha para las personas que no tienen gusto, la charla es el biombo de los que no tienen nada dentro, es la gran búsqueda del callejón sin salida al que llamamos «infinito», es el gran engaño civilizado, pura apariencia, frutos vacíos, un fiasco.

(Continuará…)

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