Lugares abandonados (III): “Los custodios del saber”

Carlos E. Luján Andrade

Faithful unto Death (1865)-Sir John Edward Poynter



No es extraño que el mundo digitalizado contenga tanta información como el mundo físico. Las versiones sobre un original se multiplican por miles cuando hablamos de una realidad virtual que crece desenfrenadamente. Los soportes físicos del conocimiento van desapareciendo a pesar de la resistencia de muchos por darles el valor que tuvieron hace algunas décadas.

Lo cotidiano se hace virtual. Cada vez la información generada opta por un soporte aparentemente sólido pero que tiene una atmósfera efímera, pues cuánta información se pierde día a día en el mundo virtual. Dentro de esa visión, ¿dónde quedan los partidarios de la acumulación material de lo que acoge el conocimiento?

Es parte de nuestra historia el arrasar con lo antiguo cuando el mundo moderno luce más llamativo y dinámico. Nuestra civilización está construida bajo las bases del pasado porque es necesario despojarnos de aquello que impide innovar, crecer y sobrevivir. Lo que se destruye es porque los hombres y mujeres de un “tiempo mejor” asumen que hacerlo es un deber. La contemplación inerte de los paradigmas que impiden la evolución del pensamiento es un síntoma de decadencia y hastío. Es por eso que la consigna de una civilización que lucha por mejorar o solucionar los problemas creados por las generaciones pasadas, es despejar el camino del desarrollo de aquello desgastado e infructuoso.

Hoy mismo se arrasa con el pasado reciente, se tiran a la basura lo que hace tan solo unas décadas nos encandilaba, se contempla con nostalgia lo que nos sorprendió de niños, pero es un lujo mantenerlos aún presentes con nosotros. Las sociedades no necesitan de aquello que le quita espacio a lo nuevo. Otra situación es el legado de lo muy lejano en el tiempo. Tales vestigios representan la memoria de un origen que ya olvidamos. Los hemos rescatado de sus contemporáneos que los enterraron sin rubor para edificar su nueva civilización. Lo vemos comprensible y aún con cierta esperanza que los que vendrán, desenterrarán lo que destruimos o mejor aún, lo que legó nuestra época.

Sin embargo, existimos algunos que podemos ir en contra de tal corriente arrasadora de lo pasado. No solo es responsabilidad de los Estados o algunas instituciones privadas el preservar aquello que la actual civilización desdeña. Cada individuo es responsable de su propio legado. Conservar libros, revistas, discos, pinturas, esculturas o cualquier prueba tangible de lo bello y sabio que ha creado nuestra civilización puede ser una alternativa válida para que estos alcancen el objetivo final de su creación: que es la de servir como impulsor de nuevas o más profundas ideas sobre lo que proponían.

Cada biblioteca personal, será el orden filosófico, sentimental y quizás onírico de quien la crea. Explorar en su variedad no solo nos permitirá hallar lo que tal persona creía lo que era o debía ser su tiempo, sino también encontrar nuestra conexión con tales creaciones. La contundencia de la presencia física de tal legado es más relevante con respecto a la multitudinaria y avasalladora información encontrada en la red. No sabemos si el ser humano podrá adentrarse de tal forma en que se haga uno mismo con lo virtual. Algunos creen que sí, pero lo cierto es que todavía no hay pruebas tangibles de aquel desafío. Entonces, la única conexión que tiene el hombre real es con los objetos que lo circundan. Una nueva idea o motivación la hallará en su contacto real con el soporte físico que acoge la inventiva y arte de su creador.

Una fotografía de las columnas griegas de la Acrópolis jamás será lo mismo que ir y ser testigo de aquellas construcciones derruidas, como tampoco lo son las imágenes digitalizadas de las estatuas de los Budas de Bāmiyān destruidas por los islámicos talibanes a principios de siglo. La facilidad con la que navegamos en la red nos hace perder el horizonte con el esfuerzo creador. Recorrer cientos de kilómetros para hallar un libro que nos devela una verdad escondida, construye un vínculo férreo con el investigador. La importancia de la custodia de aquel documento lo envuelve de espíritu trascendental y no efímero.

Los seres humanos estamos condicionados por una genética que nos ha permitido edificar en base a nuestras creencias, acumular lo que creemos valioso, levantar deidades hacia lo sentido mágico y fantástico. El mundo en el que hemos vivido está compuesto de realidad. Es en ese paisaje que el hombre se ha desenvuelto. Su espíritu guerrero estaba motivado por una bandera que en lo alto ondeaba, en un dios que lo miraba con sus ojos de piedra o en la historia escrita en un libro. ¿Sería insensato creer que los hombres podrán integrarse de esa forma con una tecnología que tiene pocos años con nosotros? ¿Estamos tan convencidos de su desarrollo exponencial que podamos despojarnos de nuestro origen por la acumulación material?

Mientras nos convencemos de ello, nos jugamos el pasado y la sabiduría de las civilizaciones predecesoras. Quién sabe si alguna vez no tengamos ningún soporte material de una obra, pues a nadie le interesará ver un cuadro renacentista en su museo de origen porque lo podremos hacer virtualmente. Y qué sucederá cuando tengamos hasta la necesidad de deshacernos de aquel objeto porque el ser humano de un tiempo futuro lo crea un estorbo.

Custodiar los objetos materiales que alojan la belleza del intelecto y espíritu del hombre es una obligación ante un tiempo minimalista, digital y práctico. Cuando llegue el hartazgo de todo ellos, se volverá a lo esencial y no hay objeto más pleno que uno que contiene todas las emociones del mundo.

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