El baile (I)

Irene Nemirovsky






1

La señora Kampf entró en la sala de estudios y cerró la puerta con tal brusquedad que la araña de cristal tintineó con un leve y puro sonido de cascabel, todos sus colgantes agitados por la corriente de aire. Pero Antoinette no dejó de leer, tan encorvada sobre el pupitre que sus cabellos tocaban las páginas. Su madre la contempló unos instantes sin hablar, antes de plantarse delante de ella con los brazos cruzados.

—Podrías hacer un esfuerzo al ver a tu madre —exclamó—. ¿No crees, hija mía? ¿O tienes el trasero pegado a la silla? Qué distinción… ¿Dónde está miss Betty?

En la habitación contigua, el ruido de una máquina de coser daba ritmo a una canción, un What shall I do, what shall I do when you’ll be gone away cantado melancólicamente por una voz torpe y fresca.

—Miss —llamó la señora Kampf—, venga aquí.
Yes, Mrs. Kampf.

La menuda inglesa, con las mejillas encendidas, los ojos estupefactos y dulces, un moño color miel en torno a su pequeña cabeza redonda, se deslizó por la puerta entreabierta.

—La he contratado —empezó severamente la señora Kampf— para vigilar e instruir a mi hija, ¿no es así? No para que se haga vestidos… ¿Es que Antoinette no sabe que debe ponerse en pie cuando entra mamá?
Oh! Ann-toinette, how can you? —dijo la miss con una especie de gorjeo apagado.

Antoinette se había puesto de pie y se mantenía en torpe equilibrio sobre una pierna. Era una jovencita alta y plana de catorce años, con la palidez propia de esa edad, y la cara tan descarnada que parecía, a los ojos de las personas mayores, una mancha redonda y clara, sin rasgos, con los párpados bajos, ojerosos, la pequeña boca cerrada… Catorce años, senos que ya pujaban bajo el estrecho vestido de colegiala, incomodando al cuerpo endeble, aún infantil; pies grandes y dos largos caños rematados en manos rojas, de dedos manchados de tinta, que un día tal vez se convertirían en los brazos más bellos del mundo; nuca frágil y cabellos cortos, sin color, secos y finos…

—Comprenderás, Antoinette, que hay para desesperarse con tus modales, pobre hija mía… Siéntate. Voy a volver a entrar y me harás el favor de levantarte inmediatamente, ¿entiendes?

La señora Kampf retrocedió unos pasos, salió y abrió la puerta por segunda vez. Antoinette se levantó con una lentitud desganada tan evidente que su madre apretó los labios con aire amenazador y preguntó:

—¿Le molesta a la señorita?
—No, mamá —dijo Antoinette en voz baja.
—Entonces ¿por qué pones esa cara?

Antoinette sonrió con una especie de esfuerzo laxo y penoso que deformó sus rasgos dolorosamente. A veces odiaba tanto a las personas mayores que querría matarlas, desfigurarlas, o bien gritar: «Sí, me molestas», golpeando el suelo con el pie; pero temía a sus padres desde muy niña. En otro tiempo, cuando Antoinette era más pequeña, su madre la sentaba a menudo sobre las rodillas, la apretaba contra su pecho, la acariciaba y abrazaba. Pero eso Antoinette lo había olvidado. En cambio, en lo más profundo de su ser conservaba el sonido, los estallidos de una voz irritada pasando por encima de su cabeza, «esta niña que está siempre encima de mí», «¡otra vez me has manchado el vestido con los zapatos sucios!, ¡al rincón, así aprenderás, ¿me has oído?, pequeña imbécil!». Y un día… por primera vez, un día había deseado morir. Ocurrió en una esquina, en medio de una regañina; una frase encolerizada, gritada con tal fuerza que los viandantes habían vuelto la cabeza: «¿Quieres que te dé un guantazo? ¿Sí?», y la quemazón de una bofetada. En plena calle. Tenía once años y era alta para su edad. Los viandantes, las personas mayores, eso no significaba nada. Pero en aquel instante unos chicos salían del colegio y se habían reído de ella al verla. «Y ahora qué, niña». ¡Oh!, aquellas risas burlonas que la habían perseguido mientras caminaba, la cabeza gacha, por la oscura calle otoñal. Las luces danzaban a través de sus lágrimas. «¿Aún no has terminado de lloriquear? ¡Oh, qué carácter! Cuando te corrijo, es por tu bien, ¿es así o no? ¡Ah!, y además, te aconsejo que no empieces otra vez a ponerme nerviosa». Qué malas personas… Y ahora, encima, expresamente para atormentarla, para torturarla y humillarla, de la mañana a la noche se ensañaban con ella: «¿Qué manera es ésa de coger el tenedor?» (delante del criado, Dios mío), o «Enderézate; al menos que no parezcas jorobada». Tenía catorce años, era una jovencita y, en sus sueños, una mujer amada y hermosa… Los hombres la acariciaban, la admiraban, como André Sperelli acaricia a Hélène y Marie, y Julien de Suberceaux a Maud de Rouvre, en los libros… El amor… Se estremeció. Su madre terminaba:

—… Y si crees que le pago a una inglesa para que tengas esos modales, estás muy equivocada, niña… —Y bajando la voz, al tiempo que apartaba un mechón que cruzaba la frente de su hija, añadió—: Siempre te olvidas de que ahora somos ricos, Antoinette… —Se volvió hacia la inglesa—: Miss, tengo muchos encargos para usted esta semana. Daré un baile el quince.
—Un baile —murmuró Antoinette abriendo los ojos como platos.
—Pues sí —confirmó la señora Kampf con una sonrisa—, un baile… —Miró a su hija con expresión de orgullo, luego señaló a la inglesa a hurtadillas frunciendo las cejas—. No le habrás comentado nada, supongo.
—No, mamá, no —se apresuró a decir Antoinette.

Conocía esa preocupación constante de su madre. Al principio —hacía dos años de eso—, cuando habían abandonado la vieja rue Favart tras el genial golpe en la Bolsa de Alfred Kampf, con la bajada del franco primero y la libra después en 1926, que los había hecho ricos, todas las mañanas a Antoinette la llamaban a la habitación de sus padres; su madre, todavía en la cama, se arreglaba las uñas; en el aseo contiguo, su padre, un judío menudo y enjuto de ojos ardientes, se afeitaba, se lavaba, se vestía con la exagerada rapidez de todos sus gestos, que en otro tiempo le había granjeado el apodo de «Feuer» entre sus camaradas, los judíos alemanes, en la Bolsa. Allí había estado estancado, en los grandes mercados, durante años… Antoinette sabía que anteriormente había sido empleado del Banco de París, y en un pasado aún más lejano, botones en la puerta del banco, con librea azul. Un poco antes de nacer Antoinette, se había casado con su amante, la señorita Rosine, la dactilógrafa del dueño. Durante once años habían vivido en un pequeño apartamento oscuro, detrás de la Ópera Cómica. Antoinette recordaba que pasaba a limpio sus deberes por la noche, en la mesa del comedor, mientras la criada fregaba los platos con estrépito en la cocina y su madre leía novelas, acodada bajo la lámpara, una grande con un globo de vidrio esmerilado en el que brillaba el impetuoso chorro de gas. A veces emitía un hondo suspiro irritado, tan fuerte y brusco que Antoinette daba un respingo en la silla. Kampf preguntaba: «¿Qué te pasa ahora?», y Rosine respondía: «Me duele el corazón de pensar en toda esa gente que vive bien y es feliz, mientras que yo me paso los mejores años de mi vida en este sucio agujero zurciéndote los calcetines…».

Kampf se encogía de hombros sin decir nada. Entonces, la mayoría de las veces, Rosine se volvía hacia Antoinette. «Y tú, ¿qué estás escuchando? ¿Te interesa lo que dicen los mayores?», exclamaba con humor. Luego concluía: «Sí, anda, hija mía, si esperas que tu padre haga fortuna como promete desde que nos casamos, ya puedes esperar sentada, que va para largo. Te harás mayor y estarás aquí, como tu pobre madre, esperando…». Y cuando decía esa palabra, «esperando», por sus facciones duras, tensas, hurañas, cruzaba cierta expresión patética, profunda, que conmovía a Antoinette a su pesar y a menudo le hacía acercar instintivamente los labios a la mejilla materna.

«Pobrecita mía», decía entonces Rosine acariciándole la frente. Pero una vez exclamó: «¡Ah! Déjame tranquila, ¡eh!, me molestas; mira que llegas a ser pesada, tú también», y Antoinette nunca volvió a darle otros besos que no fueran los de la mañana y la noche, que padres e hijos intercambian sin pensar, como apretones de manos entre desconocidos.

Y después, un buen día se hicieron ricos de golpe, ella nunca había llegado a comprender muy bien cómo. Se habían ido a vivir a un gran piso blanco, y su madre había hecho que le tiñeran el cabello de un bonito dorado completamente nuevo. Antoinette lanzaba miradas asustadizas a aquella cabellera resplandeciente que no reconocía.

—Antoinette —ordenaba la señora Kampf—, repite conmigo. ¿Qué has de responder cuando te pregunten dónde vivíamos el año pasado?
—Eres una estúpida —decía Kampf desde el cuarto de aseo—, ¿con quién quieres que hable la niña? No conoce a nadie.
—Yo sé lo que me digo —respondía su mujer alzando la voz—. ¿Y los criados?
—Si la veo diciéndoles a los criados una sola palabra, tendrá que vérselas conmigo, ¿has comprendido, Antoinette? Ella ya sabe que tiene que callar y aprenderse sus lecciones, y ya está. No se le pide nada más… —Y volviéndose hacia su mujer—: No es imbécil, ¿sabes?

Pero en cuanto él se iba, la señora Kampf volvía a empezar:

—Si te preguntan alguna cosa, Antoinette, dirás que vivíamos en el Midi todo el año. No es necesario que especifiques si era Cannes o Niza, di solamente el Midi… a menos que te lo pregunten; entonces, es mejor que digas Cannes, es más distinguido… Pero naturalmente, tu padre tiene razón, sobre todo debes callar. Una niña debe hablar lo menos posible con los mayores.

Y la echaba con un gesto de su hermoso brazo desnudo, que había engordado un poco, en el que brillaba el brazalete de diamantes regalo reciente de su marido, que no se quitaba más que para bañarse. Antoinette recordaba todo eso vagamente, mientras su madre preguntaba a la inglesa:

—¿Tiene Antoinette la letra bonita, al menos?
Yes, Mrs. Kampf.
—¿Por qué? —preguntó la aludida tímidamente.
—Porque podrás ayudarme esta noche a escribir los sobres —explicó su madre—. Tengo que enviar casi doscientas invitaciones, ¿comprendes? No lo conseguiré yo sola… Miss Betty, autorizo a Antoinette a acostarse hoy una hora más tarde de lo habitual… Estarás contenta, espero —añadió volviéndose hacia su hija.

Pero como Antoinette callaba, sumida de nuevo en sus ensoñaciones, la señora Kampf se encogió de hombros.

—Siempre está en la luna, esta niña —comentó a media voz—. Un baile, ¿no te sientes orgullosa, acaso, al pensar que tus padres van a ofrecer un baile? No tienes mucho empuje, me temo, pobre hija mía —concluyó con un suspiro, y se fue.


2

Aquella noche, Antoinette, a quien la inglesa llevaba a acostarse por lo común al dar las nueve, se quedó en el salón con sus padres. Entraba en él tan pocas veces que examinó con atención los artesonados blancos y los muebles dorados, como cuando visitaba una casa desconocida. Su madre le mostró un pequeño velador donde había tinta, plumas y un paquete de cartas y sobres.

—Siéntate aquí. Voy a dictarte las direcciones. ¿Viene usted, querido amigo? —dijo en voz alta a su marido, ya que el sirviente estaba quitando la mesa en la estancia contigua. Desde hacía varios meses, en su presencia los Kampf se trataban de «usted».

Cuando el señor Kampf se acercó, Rosine bisbiseó:

—Oye, despide al criado, ¿quieres? Me molesta… —Pero al sorprender la mirada de Antoinette, se sonrojó y ordenó enérgicamente—: A ver, Georges, ¿va a acabar pronto? Arregle lo que falte y ya puede subir…

A continuación, los tres se quedaron en silencio, petrificados en sus asientos. Cuando el sirviente salió, la señora Kampf dejó escapar un suspiro.

—En fin, detesto a ese Georges, no sé por qué. Cuando sirve la mesa y lo noto a mi espalda, se me quita el apetito… ¿De qué te ríes como una tonta, Antoinette? Vamos, a trabajar. ¿Tienes la lista de invitados, Alfred?
—Sí —respondió Kampf—, pero espera que me quite la chaqueta, tengo calor.
—Sobre todo —dijo su mujer—, no se te ocurra dejarla aquí como la otra vez… Por la cara que ponían Georges y Lucie me di cuenta perfectamente de que les parecía extraño que estuvieras en mangas de camisa en el salón…
—Me importa un bledo la opinión de los sirvientes —refunfuñó Kampf.
—Cometes un error, amigo mío, son ellos los que crean una reputación yendo de una casa a otra y contándolo todo…
»Jamás me habría enterado de que la baronesa del tercer…

Bajó la voz y susurró unas palabras que Antoinette no llegó a oír, pese a sus esfuerzos.

—… de no ser por Lucie, que estuvo en su casa tres años.

Kampf sacó de su bolsillo una hoja de papel cubierta de nombres y tachaduras.

—Empezaremos por la gente a la que conozco, ¿no es eso, Rosine? Escribe, Antoinette. El señor y la señora Banyuls. No sé la dirección; tienes el anuario a mano, ya buscarás a medida que…
—Son muy ricos, ¿verdad? —murmuró Rosine con respeto.
—Mucho.
—¿Tú crees que querrán venir? No conozco a la señora Banyuls.
—Yo tampoco. Pero tengo trato con el marido por negocios, eso basta… Al parecer su mujer es encantadora, y además no la reciben mucho en su círculo, después de que se viera mezclada en aquel asunto… ya sabes, las famosas orgías del Bois de Boulogne, hace dos años.
—Alfred, por favor, la niña…
—Pero si ella no entiende nada. Escribe, Antoinette… A pesar de todo, es una mujer muy distinguida para empezar…
—No te olvides de los Ostier —dijo Rosine con viveza—; parece que organizan unas fiestas espléndidas…
—El señor y la señora Ostier d’Arrachon, con dos erres, Antoinette… De éstos, querida, no respondo. Son muy estirados, muy… Antaño la mujer fue… —Hizo un gesto.
—¿De veras?
—Sí. Conozco a alguien que en otro tiempo la vio a menudo en una casa cercana a Marsella… Sí, sí, te lo aseguro… Pero hace mucho tiempo de eso, casi veinte años; con el matrimonio se refinó completamente, recibe a gente muy distinguida, y para las relaciones es extremadamente exigente… Por regla general, al cabo de diez años, todas las mujeres que han corrido mucho acaban siendo así.
—Dios mío —suspiró la señora Kampf—, qué difícil es…
—Es preciso seguir un método, querida. Para la primera recepción, más y más gente, cuantas más caras mejor. Es sólo en la segunda o la tercera cuando se empieza a escoger. Esta vez hay que invitar a diestro y siniestro.
—Pero si al menos estuviéramos seguros de que vendrán todos… Si alguien rechaza la invitación, creo que me moriré de vergüenza.

Kampf rió silenciosamente con una mueca.

—Si alguien rechaza la invitación, le invitarás de nuevo la próxima vez, y de nuevo la siguiente… ¿Sabes lo que te digo? En el fondo, para avanzar en el mundo no hay más que seguir al pie de la letra la moral del Evangelio.
—¿Sí?
—Si te dan una bofetada, pon la otra mejilla… El mundo es la mejor escuela de humildad cristiana.
—Me pregunto —dijo ella vagamente sorprendida— de dónde sacas todas esas tonterías, amigo mío.

Kampf sonrió.

—Vamos, vamos, continuemos… En este trozo de papel hay unas cuantas direcciones, Antoinette, sólo tendrás que copiarlas.

La señora Kampf se inclinó sobre el hombro de su hija, que escribía sin levantar la frente:

—Es verdad que tiene una letra muy bonita, muy formada… Dime, Alfred, ¿el señor Julien Nassan no es el que estuvo en prisión por ese asunto de la estafa?
—¿Nassan? Sí.
—¡Ah! —murmuró Rosine con cierto asombro.

Kampf dijo:

—Pero ¿con qué me sales ahora? Ha sido rehabilitado, lo reciben en todas partes, es un muchacho encantador y sobre todo un hombre de negocios de primera categoría…
—Señor Julien Nassan, avenida Hoche, número veintitrés bis —releyó Antoinette—. ¿Y después, papá?
—No hay más que veinticinco —gimió la señora Kampf—. Jamás vamos a encontrar doscientas personas, Alfred…
—Claro que sí; no empieces a ponerte nerviosa. ¿Dónde está tu lista? Todas las personas que el año pasado conociste en Niza, en Deauville, en Chamonix…

Su mujer cogió un cuaderno de notas que había sobre la mesa.

—El conde Moïssi, el señor, la señora y la señorita Lévy de Brunelleschi y el marqués de Itcharra: es el gigoló de la señora Lévy, siempre los invitan juntos…
—¿Hay un marido al menos? —preguntó Kampf con aire dubitativo.
—Por supuesto, son personas muy distinguidas. Hay otros marqueses, ¿sabes?, hay cinco… El marqués de Liguès y Hermosa, el marqués… Oye, Alfred, ¿se ha de usar el título cuando se habla con ellos? Creo que es mejor, ¿no? Nada de señor marqués como los criados, naturalmente, sino: querido marqués, mi querida condesa… Sin eso, los demás no se darían cuenta siquiera de que recibimos a gente con título.
—Si pudiéramos pegarles una etiqueta en la espalda… Eso te gustaría, ¿eh?
—¡Oh!, tú y tus bromas idiotas… Vamos, Antoinette, date prisa en copiarlo todo, niña.

Antoinette escribió un poco más y luego leyó en voz alta:

—El barón y la baronesa Levinstein-Lévy, el conde y la condesa du Poirier…
—Son Abraham y Rébecca Birnbaum, que han comprado el título. Es una idiotez, ¿no?, hacerse llamar du Poirier… Pero si vamos a eso, yo… —Se sumió en una profunda ensoñación—. Conde y condesa Kampf, simplemente —murmuró—, no suena mal.
—Espera un poco —le aconsejó Kampf—. No antes de diez años…

Rosine se puso a escoger tarjetas de visita lanzadas en desorden a una copa de malaquita adornada con dragones chinos en bronce dorado.

—De todas maneras, me gustaría saber quiénes son estas personas —murmuró—. Recibí un montón de tarjetas por Año Nuevo… Hay un montón de gigolós que conocí en Deauville…
—Cuantos más mejor, para hacer bulto, y si van vestidos adecuadamente…
—Oh, querido, déjate de bromas, son todos condes, marqueses, vizcondes como mínimo. Pero no consigo juntar las caras con los nombres… todos se parecen. Aunque en el fondo da igual; ¿viste cómo lo hacían en casa de los Rothwan de Fiesque? Se dice a todo el mundo la misma frase exactamente: «Me alegro tanto…», y luego, si te ves obligada a presentar a dos personas, se farfullan los nombres… nunca se entiende nada… Mira, Antoinette, hija mía, la tarea es bien sencilla, las direcciones están en las tarjetas.
—Pero, mamá —repuso Antoinette—, esta tarjeta es del tapicero.
—¿De qué estás hablando? Déjame ver. Sí, tiene razón; Dios mío, Dios mío, estoy perdiendo la cabeza, Alfred, te lo aseguro… ¿Cuántas tienes, Antoinette?
—Ciento setenta y dos, mamá.
—¡Ah! ¡Menos mal!

Los Kampf dejaron escapar un suspiro de satisfacción conjunto y se miraron sonriendo, como dos actores que entran finalmente en escena tras una tercera llamada, con una expresión mezcla de lasitud dichosa y triunfo.

—No va nada mal, ¿eh?

Antoinette preguntó con timidez:

—La… la señorita Isabelle Cossette, ¿no será mi señorita Isabelle?
—Pues sí, claro…
—¡Oh! —profirió Antoinette—. ¿Por qué la invitas a ella? —Y enrojeció con virulencia, presintiendo el seco «¿y a ti qué te importa?» de su madre; pero la señora Kampf explicó, azorada:
—Es una buena mujer… Hay que ser amables con los demás.
—Es un mal bicho —protestó Antoinette.

La señorita Isabelle, una prima de los Kampf, profesora de música de varias familias de ricos corredores de Bolsa judíos, era una solterona flaca, envarada y tiesa como un paraguas; enseñaba piano y solfeo a Antoinette. Excesivamente miope, pero sin llevar jamás lentes pues se envanecía de sus ojos —bastante bonitos— y de sus espesas cejas, pegaba a las partituras su larga nariz carnosa, puntiaguda, azulada por los polvos de arroz, y cuando Antoinette se equivocaba, la golpeaba en los dedos con una regla de ébano, plana y dura como ella misma. Era malévola y fisgona como una vieja beata.

La víspera de cada clase, Antoinette musitaba con fervor en su oración de la noche (al haberse convertido su padre al casarse, a Antoinette la habían educado en la fe católica): «Dios mío, haz que la señorita Isabelle se muera esta noche».

—La niña tiene razón —terció Kampf, sorprendido—; ¿cómo se te ocurre invitar a esa vieja loca? Si no la soportas…

La señora Kampf se encogió de hombros, impaciente:

—¡Ah!, no entiendes nada. ¿Cómo quieres que se entere la familia si no? A ver, dime, ¿ves desde aquí la cara de la tía Loridon que riñó conmigo porque me había casado con un judío, y la de Julie Lacombe y el tío Martial, todos los de la familia que nos hablaban con aquel tonillo protector porque eran más ricos que nosotros, te acuerdas? En fin, es muy simple, si no invitamos a Isabelle, si no estoy segura de que al día siguiente se morirán todos de envidia, ¡lo mismo me da que haya baile como que no! Escribe, Antoinette.
—¿Se bailará en los dos salones?
—Naturalmente, y en la galería… Ya sabes que nuestra galería es preciosa, y alquilaré suficientes canastillos de flores; verás qué bonito se ve todo en la gran galería, con todas las mujeres vestidas de gala con sus hermosas joyas, y los hombres de frac… En casa de los Lévy de Brunelleschi el espectáculo fue mágico. Para bailar los tangos apagaron la luz eléctrica y sólo dejaron encendidas dos grandes lámparas de alabastro en los rincones. Daban una luz rojiza…
—¡Oh! A mí eso no me gusta demasiado, suena a ambiente de local dancing.
—Es lo que se lleva ahora en todas partes, al parecer; a las mujeres les encanta dejarse toquetear con música… La cena, naturalmente, en mesas pequeñas.
—¿Un bar, quizá, para comenzar?
—Es una idea… Hay que animarlos desde que lleguen. Podríamos instalar el bar en la habitación de Antoinette. Que duerma en el cuarto de la ropa blanca o en el trastero del final del pasillo, sólo será por una noche…
—¿No podría quedarme al menos un cuartito de hora?

Un baile… Dios mío, Dios mío, ¿sería posible que hubiera, a dos pasos de ella, una cosa espléndida que ella imaginaba vagamente como una mezcla confusa de música frenética, perfumes embriagadores, trajes deslumbrantes y palabras de amor cuchicheadas en un gabinete apartado, oscuro y fresco como una alcoba… y que ella estuviera acostada, como todas las noches, a las nueve, como un bebé…? Quizá los hombres que supieran que los Kampf tenían una hija preguntarían por ella; y su madre respondería con una de sus odiosas risitas: «Oh, hace rato que duerme, claro…». Sin embargo, ¿qué podía importarle que también Antoinette tuviera su porción de dicha en este mundo? ¡Oh! Dios mío, bailar una vez, una sola vez, con un bonito vestido, como una auténtica joven, ceñida por brazos de hombre… Cerrando los ojos, insistió con una especie de audacia desesperada, como si se encañonara el pecho con un revólver cargado:

—Sólo un cuartito de hora; di que sí, mamá.
—¿Qué? —exclamó la señora Kampf estupefacta—. Repítemelo…
—Tú te irás al baile que dan en el cuarto de la ropa blanca —dijo el padre.

La señora Kampf se encogió de hombros:

—Decididamente, creo que esta niña está loca.

De pronto Antoinette gritó con el rostro demudado:

—¡Te lo suplico, mamá, te lo suplico! Tengo catorce años, mamá, ya no soy una niña… Sé que a los quince años se hace la presentación en sociedad; yo ya los aparento, y el año que viene…

Su madre estalló súbitamente.

—¡Pero bueno! —exclamó con la voz enronquecida por la cólera—. Asistir al baile esta chiquilla, esta mocosa, ¡habrase visto!… Espera y verás cómo hago que se te pasen todos esos delirios de grandeza, niña… ¡Ah!, y encima crees que vas a presentarte «en sociedad» el año que viene. ¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza? Que sepas, niña, que apenas he empezado a vivir yo, ¿me oyes?, yo, y que no tengo intención de preocuparme tan pronto por una hija casadera… No sé por qué no te doy un buen tirón de orejas para quitarte esas ideas —añadió en el mismo tono, y adelantó el brazo como dispuesta a hacerlo.

Antoinette retrocedió y palideció aún más; su mirada perdida y desesperada despertó en su padre cierta piedad.

—Vamos, déjala —dijo, deteniendo la mano alzada de Rosine—. La niña está cansada y nerviosa, no sabe lo que dice… Vete a la cama, Antoinette.

Ella no se movió, pero su madre la empujó ligeramente por los hombros.

—Vamos, fuera, y sin replicar; pobre de ti si no te vas…

A la niña le temblaban brazos y piernas, pero se marchó despacio y sin derramar una lágrima.

—Un encanto de niña —bufó la señora Kampf cuando se fue—. Esto promete… Vale que a su edad yo era igual, pero yo no soy como mi pobre madre, que nunca supo negarme nada… Yo la mataría, te lo aseguro.
—Se le pasará durmiendo; estaba cansada. Ya son las once y no tiene costumbre de acostarse tan tarde; será eso lo que la puso nerviosa… Sigamos con la lista, que es más interesante —dijo Kampf.


3

En medio de la noche, unos sollozos en la habitación contigua despertaron a miss Betty. Encendió la luz y escuchó un momento a través de la pared. Era la primera vez que oía llorar a la niña; cuando la señora Kampf la regañaba, por lo general Antoinette conseguía tragarse las lágrimas y no decía nada.

What’s the matter with you, child? Are you ill? —preguntó la inglesa.

Los sollozos cesaron de inmediato.

—Supongo que su madre la ha reñido, es por su bien, Antoinette… Mañana le pedirá perdón, se abrazarán y ya está; pero ahora hay que dormir. ¿Quiere una taza de tila caliente? ¿No? Al menos podría contestarme, querida —añadió al ver que Antoinette guardaba silencio—. ¡Oh!, dear, dear, está muy feo que una señorita se enfurruñe; apena a su ángel de la guarda…

Antoinette hizo una mueca, «sucia inglesa», y tendió hacia la pared sus débiles puños crispados. Sucios egoístas, hipócritas, todos, todos… Les daba exactamente igual que ella se ahogara de tanto llorar en medio de la noche, que se sintiera miserable y sola como un perro extraviado…

Nadie la quería, ni una sola alma en el mundo… Los muy ciegos e imbéciles no veían que ella era mil veces más inteligente, más refinada, más profunda que toda esa gente que osaba criarla y educarla. Nuevos ricos groseros e incultos… ¡Ah!, cómo se había reído de ellos durante toda la velada, y ellos no se habían dado cuenta, naturalmente. Podía llorar o reír delante de sus narices y ellos no se dignarían mirarla. Claro, una niña de catorce años, una chiquilla, es algo despreciable y vil como un perro. Pero ¿con qué derecho la enviaban a acostarse, la castigaban, la injuriaban? «¡Ah!, ojalá se murieran». Al otro lado de la pared se oía a la inglesa respirar suavemente mientras dormía. De nuevo Antoinette se echó a llorar, pero más quedo, saboreando las lágrimas que se le colaban por las comisuras de la boca; un extraño placer la invadió bruscamente: por primera vez en la vida lloraba así, sin muecas, ni hipos, silenciosamente, como una mujer… Más adelante derramaría las mismas lágrimas por amor… Durante un largo instante oyó los sollozos batiendo en su pecho como el oleaje profundo y grave del mar, la boca bañada por lágrimas que sabían a agua salada… Encendió la lámpara y se miró en el espejo con curiosidad. Tenía los párpados hinchados, las mejillas enrojecidas, amoratadas, como una niña maltratada. Estaba fea, fea… Volvió a sollozar.

«Quiero morirme. Dios mío, haz que me muera… Dios mío, Virgen Santa, ¿por qué me habéis hecho nacer entre ellos? Castigadlos, os lo suplico… Castigadlos una vez para que yo pueda morir en paz».

Se interrumpió y de pronto dijo en voz alta:

—Pero sin duda todo es un cuento, el buen Dios, la Virgen, cuentos como los padres buenos de los libros y la infancia feliz…

¡Ah!, sí, la infancia feliz, ¡menuda mentira, eh, menuda mentira! Coléricamente, mordiéndose las manos con tanta fuerza que las notaba sangrar, repitió:

—Feliz… feliz… ¡Preferiría estar muerta y enterrada!

La esclavitud, la prisión, repetir día tras día los mismos gestos a las mismas horas… Levantarse, vestirse… los vestidos oscuros, los gruesos botines, las medias de canalé, adrede, adrede ataviada como una criada, para que nadie en la calle siga con la mirada, siquiera un momento, a esta chiquilla insignificante… Imbéciles, jamás volveréis a verle esta piel joven y estos párpados lisos, intactos, frescos y ojerosos, y estos bellos ojos asombrados, desvergonzados, que llaman, ignoran, esperan… Jamás, nunca jamás… Esperar… y estos deseos malignos… Por qué esta envidia vergonzosa, desesperada, que roe el corazón al ver pasar dos enamorados bajo el crepúsculo, que se abrazan al caminar y titubean dulcemente, como ebrios… ¿Un odio de solterona a los catorce años? Sin embargo, ella sabe que le llegará su momento; pero tarda demasiado, nunca llega… y mientras tanto, la vida estricta, humillada, las lecciones, la dura disciplina, la madre que grita…

«¡Esa mujer, esa mujer que ha osado amenazarme!», pensó, y dijo en voz alta:

—No se habría atrevido…

Pero recordaba la mano alzada.

«Si me hubiera tocado la habría arañado, la habría mordido, y luego… pues me habría escapado… para siempre… por la ventana», pensó febrilmente. Y se vio en la acera, tendida, ensangrentada… Sin baile a los quince… Dirían: «La niña no podía escoger otro día para matarse». Como había dicho su madre: «Quiero vivir yo, yo…». En el fondo, quizá eso le hacía más daño aún que todo lo demás. Antoinette nunca había visto en los ojos maternos aquella fría mirada de mujer, de enemiga…

«Sucios egoístas; soy yo la que quiere vivir, yo, yo; yo soy joven… Me están robando, me roban mi parte de felicidad en la tierra… ¡Oh! ¡Entrar en ese baile milagrosamente, y ser la más bella, la más deslumbrante, con los hombres a mis pies!».

Susurró:

—¿La conocen? Es la señorita Kampf. La suya quizá no sea una belleza convencional, pero posee un extraordinario encanto, y es tan fina… Eclipsa a todas las demás, ¿no creen? En cuanto a su madre, parece una cocinera a su lado.

Apoyó la cabeza en la almohada húmeda de lágrimas y cerró los ojos; cierta molicie y relajada voluptuosidad distendió lentamente sus cansadas extremidades. Se tocó el cuerpo a través de la camisa de dormir, con dedos ligeros, suavemente, respetuosamente… Un buen cuerpo preparado para el amor…

—Quince años, oh Romeo, la edad de Julieta… —musitó.

Cuando tuviera quince años, el sabor del mundo habría cambiado…

(Continuará…)

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