Pinktoes (FINAL)

Chester Himes






LOS DEDOS NEGROS SIGUEN SIENDO NEGROS

SALVO la cara sonrosada y lozana de la novia y el rostro gris y macilento del novio, apenas nada distinguía aquella boda de otras ceremonias nupciales semejantes, excepto su ultrarrespetabilidad.

Como conocía perfectamente la delicada sensibilidad de los contrayentes, Mamie procuró que la ceremonia fuese ultrarrespetable, invitando a ella únicamente a dignos matrimonios, a personas que se hacían pasar con éxito por marido y mujer, y a parejas de la misma raza que podían considerarse prometidos, dejando volar un poco la fantasía. No había más parejas mixtas allí que el novio y la novia, a fin de que nada empañase su gloria resplandeciente.

Mamie tampoco estaba dispuesta a presentarse sola en una ceremonia de carácter tan sumamente respetable. Así es que telefoneó a Joe, que se encontraba en Buffalo, ordenándole regresar inmediatamente a casa para asumir su papel de marido, con notas o sin ellas. Después volvió su atención hacia la respetabilidad de su hermano Julius, por desgracia tan descuidada, y, sin enterarse éste, puso un telegrama a su esposa Judy, que se hallaba en San Francisco, diciéndole que abordara el primer avión para Nueva York si le quedaba un resto de imaginación. Judy tenía imaginación de sobra, trabajaba en turnos de veinticuatro horas desde que Julius se fue a Nueva York. Así es que tomó el primer avión, como le aconsejaba su cuñada, llegando con suficiente antelación, antes de tener que vestirse, para colmar a Julius de las atenciones conyugales que el pobrecillo echaba tanto de menos. Como nadie se había tomado la molestia de advertir previamente a Julius del regreso de su cara costilla, apenas se hallaba con fuerzas para ser objeto de aquella ardiente adoración, y, durante la ceremonia se oyó murmurar asombrada a Dora Steele que Julius estaba tan envejecido y decrépito como el novio.

Sabedores de que los ojos del mundo los contemplaban, los invitados de color se portaron con unos modales extremadamente refinados. Los meñiques que sostenían las tazas de té estaban rígidamente extendidos, formando ángulo recto con los demás dedos, como si se tratase de antenas de insectos, según los más rigurosos dictados de la etiqueta. Al saludarse, pronunciaban claramente todas las sílabas, de modo que en ve de decir, por ejemplo: «qué tal, Moe, qué hace Joe?», decían: «Cómo está usted, Moisés, qué tal sigue Josefo?». En realidad, era tan obligatorio el empleo de expresiones correctas, que una señora muy bien hablada se refirió a la «luz genital» de la habitación, tachándola de discreta. Apenas hace falta decir que la mucosidad excesiva que exprimía silenciosamente de los orificios nasales con la palma de la mano, se hacía desaparecer inmediatamente, lamiéndola rápida y furtivamente con la lengua, pues sobarse la nariz de manera destemplada se consideraba una grosería. Cuando se hacía necesario soltar una ventosidad, se apretaba fuertemente el esfínter del ano, hasta que alguien lanzaba una nube de humo de tabaco y entonces el peso del cuerpo se trasladaba a la nalga izquierda, a fin de permitir que los ofensivos gases saliesen produciendo un sonido ahogado, que luego cuidábase de apagar con un profundo suspiro. Tanto la acción de sentarse como la de levantarse se ejecutaba con tan digna deliberación, que se pudo comprobar luego que ningunas posaderas de color se dejaron caer descuidadamente en ninguna de las sillas de Mamie.

Naturalmente, las risotadas se consideraban una verdadera grosería, e incluso eran mal vistas las sonrisas inoportunas, especialmente si revelaban unas encías azules. Las voces se modulaban con tal suavidad, que en ocasiones se tenía que identificar a los que participaban en una conversación por el movimiento de los labios.

Naturalmente, los invitados blancos se conducían también con los modales más cultivados, pues querían dar ejemplo a sus hermanos y hermanas de tez más oscura. Como resultado de ello, bebían el coctel con el estudiado sigilo de los bebedores clandestinos, manteniendo sobre sus rostros la máscara pétrea y cortés de SS. MM. británicas cuando visitan el África Negra.

Sin embargo, y pese a esta opresiva falta de ruidos, había una alarmante abundancia de movimiento, creada por los constantes desplazamientos de los invitados, que se esforzaban por rehuir encuentros desagradables o embarazosos. Como es de suponer, se produjeron numerosos casos de amnesia temporal y confusión de personalidad.

Cuando llegó Wallace Wright sin su esposa Juanita, sin duda Mamie lo tomó por un desconocido más o menos putañero, pues le dijo:

—Oye, conquistador de tres al cuarto, te has confundido de casa.

Sin intimidarse ante tan destemplada acogida, Wallace se adelantó valientemente para felicitar a los novios, tal como dictan los convencionalismos sociales. La situación, desde luego, era muy delicada, y todos la seguían, conteniendo el aliento.

Pero Wallace hubiera dominado la situación, indudablemente, de no haber resbalado al pisar un hueso de pollo que se había caído por inadvertencia del bolsillo del novio, el cual contenía medio pollo asado, que él mordisqueaba de vez en cuando para calmar su debilidad. Y son tales las leyes naturales que gobiernan los desplazamientos de la materia, que se sintió proyectado con violencia hacia adelante, con el resultado de que clavó en la barriga de la novia la mano que le tendía para saludarla, propinándole tan fuerte golpe que la hizo caer sentada sobre sus rollizas nalgas, para quedar con las piernas abiertas, exhibiendo la cueva revestida de nylon donde era sospecha general que se ocultaba su demonio.

—¡Dios mío! —exclamó Maiti Brown—. ¡Sujétenlo!

Ningún invitado fue tan malicioso como para suponer que se refería a Wallace, tendido en aquellos momentos en el suelo frente a las piernas abiertas de la novia, con los labios fruncidos como si quisiera morder. Todos sabían que Wallace era demasiado caballero para morder, por justificable que estuviese la provocación.

Tampoco supuso nadie que se refiriese al reverendo Riddick, que miraba transfigurado los pantaloncitos negros de su futura, como si se hallase dispuesto a continuar sus prácticas de exorcismo, pese a su debilidad.

Por consiguiente, y teniendo en cuenta las circunstancias, la única deducción plausible era que Maiti se refería al demonio de Peggy, que sin duda trataba de escapar de su cueva. Y por lo que todos sabían sobre la magnificencia de aquel demonio, se apiñaron a su alrededor, con la boca abierta y los ojos como platos, si no para sujetarlo, al menos para verlo.

Pero tan enérgica era la fuerza dominante de la buena crianza, que reinó el más absoluto mutismo durante aquella vigilante espera, silencio roto únicamente por el ligero frufrú de las faldas causado por súbitas palpitaciones y el apagado rechinar de dientes provocado por un tremendo esfuerzo de contención. Ni un solo invitado cometió la descortesía de echarse a reír. En realidad, las caras morenas conservaron tan rígida gravedad, que se suscitaron graves dudas acerca de si esperaban ver surgir de la cueva al demonio de Peggy o a Satanás en persona.

Las únicas voces que rasgaron aquel prolongado e intenso silencio fueron las de los doctores Stone y Garrett, que susurraban.

—Le ha dado un buen golpe, ¿eh? —musitó el doctor Stone, mientras su rostro blanco y brillante temblaba de excitación y se mordía los labios convulsivamente.
—Desde luego. Es el mejor derechazo al bajo vientre que he visto en mi vida —replicó el doctor Garrett, cuyas blancas melenas temblaban y se sacudían espasmódicamente y cuya perilla estaba erizada.
—Sin duda se lo merecía —murmuró la voz del doctor Stone.
—Indudablemente. Todas se lo merecen —repuso el doctor Garrett—. Es un tipo fuerte, ese Wallace. Pero debiera haber continuado.
—Sí, señor. Trataba de asegurarse que no quedaba nada suyo —asintió el doctor Stone—. Pero… ejem… debiera haberle dado unos cuantos mordisquitos en puntos estratégicos, cuando la tuvo en el suelo.
—En efecto. Y una buena tunda con el látigo —añadió el doctor Garrett—. Hay que ahorrar el mango y cansar a la mujer. Esto las prepara, y las pone más jugosas.
—Eso me hace pensar en aquel poema sobre el jugo… ¿cómo se titulaba? —preguntó el doctor Stone, riendo entre dientes.
—Ah, sí, de ese joven poeta negro: «Cuanto más negra la baya, más dulce el jugo» —dijo el doctor Garrett, acercando discretamente la boca al oído de su colega.
—Ja, ja, estupendo. Cuanto más dulce la baya, más negro el jugo —dijo a su vez el doctor Stone, invirtiendo los términos y mordiéndose convulsivamente los labios.

Pero cuando el novio ayudó a la novia a levantarse, los groseros comentarios posteriores se perdieron entre el murmullo de las corteses conversaciones.

Vamos a entresacar algunas perlas, para ilustración del avisado lector:

—¿No sabías, querida, que los primeros globos se hicieron con vejigas de peces?
—¿De veras, querido? ¿Y qué mal habían hecho los pobres peces?
—Yo no soy muy científico, querida, pero creo que todo se debe a la sal que tiene el mar.

O bien:

—Cielito, ¿cómo es posible que Mamie Mason respire con ese vestido tan ajustado?
—¿Pero aún no lo habías observado, cariño? Todavía no ha respirado.
—Pero Santo Dios, cielito, ¿cómo consigue meter todo eso en ese maldito vestido?
—No seas tonta, hijita; la grasa se vierte cuando está caliente.
—Pero es que está tan caliente, cielito?
—Naturalmente, monada, con tantos hombres blancos a su alrededor.

Pero cuando llegaron los fotógrafos para dejar constancia de aquel memorable evento, ante la posteridad, por no decir las notas de sociedad de los semanarios negros, la grasa caliente de Mamie se enfrió considerablemente, pues aquellos hombres blancos, en particular los venerables doctores en filosofía y humanidades, se debandaron como una partida de rateros al ver llegar a los agentes de la ley. Se acordaron de pronto que tenían compromisos anteriores, se les oyó murmurar con tono urgente: «Tengo que irme… tengo que irme…», y cada vez que brillaba el destello de un flash, hubiérase dicho, por su expresión de pánico, que acababa de empezar la tercera guerra mundial.

Mamie Mason se puso furiosa con ellos, pues ya se imaginaba unas fotografías en que ella aparecería rodeada de aquellos dignos caballeros, con el epígrafe LA SEÑORA MAMIE MASON, FAMOSA POR LAS RECEPCIONES QUE ORGANIZA EN HARLEM, OFRECE UN VINO DE HONOR A DISTINGUIDAS PERSONALIDADES BLANCAS…, en lugar destacado de las páginas de sociedad de los citados semanarios negros.

Viendo el sesgo que tomaban las cosas, o, mejor dicho, el éxodo repentino de los invitados, Patty Pearson comentó con sarcasmo:

—Mirad cómo Mamie intenta tragarse su desilusión.

Lo que hizo que su compañera observase con tono igualmente mordaz:

—Creía que se estaba calentando la garganta.

Lo que inspiró a Patty la siguiente observación:

—Lo único que necesita esa vieja bomba de succión es un buen lubricante.

Lo cual provocó el siguiente comentario:

—Creí que era eso lo que la atragantaba.

Pero Mamie Mason no era de las que se amilanan fácilmente y aún guardaba un as en la manga.

Así es que mientras ayudaba al doctor John Stetson Kissock a ponerse el abrigo, le recordó:

—No olvides que tú eres uno de los jueces.
—¿De los jueces? —exclamó él, mientras una expresión sorprendida inflaba su rubicundo rostro de Cupido, al par que dirigía una mirada furtiva a la novia—. ¿Tenemos que catarla?
—Me refiero al jurado de mi baile de máscaras, querido —dijo Mamie—. Supongo que no lo has olvidado.
—No, nada de eso —contestó él, mientras su rostro se iluminaba ansiosamente—. No lo olvido ni por un momento. Todas las blancas y las negras juntas. Magnífica ocasión para… ejem… jugar una partida de ajedrez.
—Y trae a Annah también —insistió Mamie.
—No me quedará más remedio —dijo él, con expresión compungida—. Si no fuese por ese maldito viaje a Europa que se ha retrasado…
—Mira que si no asistes, invitaré a otro en tu lugar —le amenazó Mamie—. Al fin y al cabo, otro da lo mismo.

No podía haber dicho nada que le doliese más.

—No, tú no harás eso —dijo él, con tono suplicante.
—Claro que lo haré —repuso ella, impertérrita—. Y tengo un amigo nuevo que…
—¿De veras? —exclamó excitadamente el médico, mientras un vivo rubor teñía su brillante calva—. ¿Y es grande?
—Grande y negra y tiene un palmo —dijo Mamie para irritarlo—. Y está por estrenar.
—Dios mío —dijo él, y su boquita sonrosada se puso a temblar—. ¿Y yo podré ser el primero?
—Si vienes a mi baile de máscaras, sí.
—Oh, no faltaré —tartamudeó él con excitación, y el rostro arrebolado de entusiasmo.
—Y quiero que seas miembro del jurado.
—Sí, sí, —dijo él con mansedumbre—. Si tú lo quieres…
—Y traerás a Annah —Insistió ella, cruel.
—¡Annah!

El doctor Kissock tragó saliva con embarazo.

—A mi baile de máscaras.
—Pues… ejem… sí, la traeré, si me prometes guardarme la banana.
—Bien, te lo prometo.
—¿La ha visto alguien? —preguntó en un susurro.
—Desde luego que no. La tengo guardada, entre mi ropa interior.
—¿No hay peligro de que Joe la encuentre?
—Y si la encuentra, creerá que es un recuerdo; nunca se le ocurrirá pensar que es mía.
—¿De veras?
—Claro que no. No sabe que yo hago eso.
—¿Y entonces, cuándo será?
—Ven dos días antes del baile.
—Seguro que vendré —prometió él.

Mamie lo besó en ambas mejillas. Él le dio unas palmaditas afectuosas en la espalda y partió a toda prisa.

El doctor Oliver Wendell Garrett estaba esperando discretamente a un lado para que le llegase el turno de despedirse. Naturalmente, Mamie también se lo recordó.

Y él demostró idéntica sorpresa.

—¿De qué jurado me hablas? —preguntó, con el aspecto de un reo que va a ser juzgado. Pero cuando su vista se posó en los apasionados semblantes del negro y corpulento novio y la blanca y sonrosada novia, su perilla tembló excitadamente.
—Por Jove, ¿van a luchar? —preguntó.
—Me refiero al baile de máscaras, cariño —dijo Mamie, circunspecta.
—¡Ah, el baile de máscaras! Esa fiesta espléndida que preparas. Con la ilusión que me hacía asistir a ella… pero ahora… ejem… resulta que Abby se empeña en que hagamos ese viaje a Hawaii. Hace años que se lo tengo prometido…
—Entonces me buscaré a otro para estrenarlo —le amenazó Mamie.
—¡Eh, alto ahí! —dijo él, alarmado—. No puedes hacer eso.
—Claro que puedo. Lo haré si tú no vienes.
—¿Debo considerar ésto como una amenaza? —dijo él, muy serio.
—Considéralo como te dé la gana.
—Bueno, si te pones así… —dijo él, batiéndose en retirada.
—Y traerás a Abby —insistió Mamie, implacable.
—Me ha ocurrido algo terrible —dijo el doctor Garrett, cuya hermosa silueta patriarcal pareció encogerse de pronto—. He perdido el mío. ¿No lo habré dejado aquí?
—No lo he visto, pero ahora tengo uno mío —repuso ella.
—¿De veras? —preguntó él con avidez, dirigiendo una mirada escrutadora a sus oscuras y tersas facciones—. ¿Usado?
—No, cielín, es nuevo y flamante, y lo guardo para ti.

El doctor Garrett se enderezó e irguió retadoramente su nívea cabellera, como la cresta de un gallo de pelea, y sonrió a Mamie mientras su lasciva perilla temblaba.

—En tal caso, fijemos ya la fecha.
—Ven tres días antes del baile.

Al ver entonces al doctor Carl Vincent Stone esperando con impaciencia en el fondo del vestíbulo y ocultando el rostro a las cámaras fotográficas con un pañuelo de seda blanca, que parecía gris por contraste como su maquillaje, besó familiarmente a Mamie en la frente y empezó a alejarse mientras ella aún seguía inclinada

El doctor Stone tenía mucha prisa por irse, pues con el rabillo del ojo veía acercarse a un fotógrafo.

—Sí, sí —dijo apresuradamente—. Dime cuándo.
—La víspera del baile —le susurró ella.

Sólo tuvo tiempo de mostrarle una pequeña redoma que contenía un líquido verdoso y que mantenía discretamente oculta en la palma de la mano, lo cual hizo que el fotógrafo casi le sorprendiese con la boca abierta cuando el flash brilló a su lado. Pero ella cerró la puerta con tal rapidez que en la fotografía sólo apareció la alarmada señora de la casa que, al parecer, trataba de impedir la entrada de un fantasma presa de gran agitación.

Pero resultó que dos de los venerables doctores en filosofía y humanidades, y futuros miembros del jurado, se confundieron de fecha, lo cual motivó uno de los más notorios escándalos en la historia del baile de máscaras.


HARLEM U. S. A.
Y LAS CARRERAS ENTRE LAS RAZAS
CONTINÚAN

DURANTE toda aquella noche y la mañana siguiente, las damas de la alta sociedad de Harlem y las señoras distinguidas que habitaban en el Bronx, en Brooklyn y el condado de Westchester, permanecieron de pie junto a sus cocinas y fogones encendidos, cocinando.

Cabezas de jabalí y pies de cerdo preparados en ollas a presión; gambas y bogavantes hervidos; conejos al fricasé y pavo asado; salmonetes fritos y pollas tiernísimas; ostras salteadas y rebozadas, y sesos hervidos; jamones de Virginia curados con azúcar y pasteles de boniatos de Louisiana; colas de caimán estofadas y arroz silvestre; crías de zarigüeya asadas y tiernísimos pavos criados con leche; jugosas tajadas de sandía y cortezas de granada.

En los jamones se trazaron dibujos abstractos, caricaturas faciales y jeroglíficos; los pavos asados se presentaban acompañados de estatuillas de puré de papa que representaban a los padres peregrinos vestidos con descoloridas y negras pieles de berenjena; los salmonetes procedían del Mississippi y habían sido alimentados con migajas de pan desde las plantaciones de algodón; las crías de zarigüeya, asadas, estaban acurrucadas en lechos de hojas verdes. Cubitos de cabeza de jabalí hervida, finas lonjas de pies de cerdo deshuesados, diminutos pastelillos de ostras salteadas y rebozadas y canapés de seso hervido, ancas de rana fritas acompañadas de almejas y clavadas en pequeñas banderillas o palillos, rematadas por pepinillos, daban la impresión, por su abundancia, de un puerco espín sorprendido in fraganti con sus púas llenas de botín.

Además de estos deliciosos aperitivos destinados a preparar los paladares y exprimir las glándulas salivales, además de obstruir el colon, había los extras imprescindibles y necesarios, sin cuyos aditamentos nadie se atrevería a aventurarse en tan peligrosos placeres gastronómicos.

1) Condimentos: salsas y aderezos, mostaza, escabeches y especias, frascos de jugo de tomate, jarritos con aliñado para la barbacoa, caldo de pollo grasa de jamón, jugo de zarigüeya, salsa de pavo, gelatina de pie de cerdo, etcétera.

2) El servicio de mesa: trinchantes, cucharas para servir, tenedores de mango largo, vajilla de plata, cristalera, loza, manteles, servilletas, tarjetas para los invitados, recuerdos, jarrones con flores, serpentinas de colores, etcétera.

3) Las bebidas, que no hay que confundir con los refrescos: jarras de café, café con leche, suero de mantequilla, leche azucarada, limonada, zumos de frutas, infusión de sasafrás, té, etcétera.

4) Los refrescos: whisky, ginebra, ron, vino, cerveza, blanca y negra, sidra, champañas de varias marcas, agua mineral, cerveza de gengibre, soda, etcétera.

5) Y, por último y no menos importante, los medicamentos: tabletas para el dolor de cabeza, sales para los desmayos, ensalmos para la afonía, el sudor excesivo y las quemaduras del sol; frasquitos de específicos para indigestiones agudas, calambres de estómago, retortijones, diarrea, incontinencia de orina, ardores de los riñones, exceso de gases intestinales, dolor de muelas y hemorragia nasal; prescripciones facultativas para ataques cardíacos, manchas negras, delirium tremens, mal de San Vito y otros desórdenes nerviosos; antídotos contra toxinas de los alimentos, del agua, del whisky, del aire y de las ratas; alcohol para friegas en casos de jaqueca, pies cansados, brazos doloridos, tortícolis, calambres y labios tumefactos; linimento idóneo para dolores y contusiones más graves; vendajes, esparadrapo, productos antisépticos y astringentes para cortes, pinchazos, orificios de bala, hematomas, ojos amoratados y dientes saltados; afrodisíacos, filtros amorosos, amuletos y hierbas medicinales para los trastornos psíquicos secundarios, sin mencionar preservativos, consoladores, bragas de recambio, vasitos de papel, tubos de vaselina, enjuagues bucales, Sen Sen y otros cosméticos y profilácticos necesarios en tales casos, sin olvidar permanganato y estimulantes como caramelos de hachís, cócteles de cantáridas, pastelillos de marihuana, etcétera.

¡Por las barbas del profeta! ¿Había empezado la guerra atómica? ¿Venía una plaga de langosta? ¿Había una Convención de predicadores anabaptistas en la ciudad?

Nada de eso.

Era el día del baile de máscaras de Mamie Mason, y las susodichas damas de la alta sociedad preparaban aperitivos y entremeses para sostenerlas a ellas y a sus invitados, a sus amantes e invitados, sin mencionar a esos blancos que no se dignaban traer nada de comer, pero que engullían como lobos lo que se les ofrecía, durante las largas horas de orgía que los aguardaban.

¿Y qué hacía Mamie Mason mientras tenían lugar estos preparativos gastronómicos? Se estaba probando aquel traje absolutamente fabuloso de lamé dorado, adornado con pedrería, de la talla 12, que se había hecho confeccionar hacía meses para su efímero reinado de reina de la fiesta, mientras se felicitaba por no haber bebido apenas agua durante aquellos duros días de ayuno. Naturalmente, estaba sola, pues no quería que nadie viese los efectos que había tenido tan rigurosa prueba sobre su anatomía.

Mas de pronto oyó unos golpes apresurados en la puerta de la escalera.

Sonrió tristemente, convencida de que era su médico que venía a inyectarle vitamina C. Pensó que debía felicitarlo por haber conseguido que aún se mantuviese en pie.

Pero era el doctor John Stetson Kissock, presidente del Comité del Sur para la Preservación de la Justicia. Estaba agitadísimo. Su cara sonrosada de Cupido, por lo general radiante, estaba tensa como una ciruela, y sus ojos azul pálido muy abiertos.

—¡Dios misericordioso! —tartajeó—. Acabo de ver a un agente de la ley, blanco, golpeando brutalmente a un negro.
—Ya entiendo lo que quieres decir —repuso Mamie—. Pero te esperaba ayer.
—No puedo esperar —gimió él—. Tengo los minutos contados.
—Pero me estaba probando el traje —dijo Mamie, encolerizada.
—Pues quítatelo y no seas cruel —suplicó él, como si se dispusiese a quitárselo personalmente, ni que fuese rasgándolo.

Naturalmente, ella no estaba dispuesta a que le estropeasen tan fabulosa creación, así es que empezó a quitárselo con la mayor rapidez posible, mientras él se despojaba también de su severo atuendo.

Ni que decir tiene que después de tan prolongado ayuno, su cuerpo no parecía un desnudo de Boticelli. En realidad, presentaba un sorprendente parecido con un esqueleto cubierto por una piel excesivamente grande para su talla.

Pero sin sus ropas, el doctor Kissock había perdido toda su apariencia doctoral y no era más que un rollizo cerdo acabado de escaldar, con la piel sonrosada reluciente después de ser minuciosamente restregada.

—¿Dónde está? —preguntó el cerdo, es decir, el doctor Kissock—. Dijiste que tenías uno nuevo.

A decir verdad, si ella tenía uno nuevo no lo mostraba, en caso de que ambos se refieriesen a lo mismo, porque incluso el viejo quedaba tapado a medias por los pliegues de la piel que pendían fláccidos del abdomen y lo cubrían como un delantal.

Pero ella se limitó a decir:

—No te muevas, voy a buscarlo.

Mientras él permanecía temblando y estremeciéndose en el centro de la habitación, ella cerró y echó el pasador nocturno a la puerta de entrada, volvió al dormitorio y lo sacó de entre su ropa interior, que era el lugar exacto donde le dijo que lo guardaba.

¡Por la gran sombra de Sade! Era un látigo en miniatura, casi una fusta, negro y de un palmo de longitud, tal como ella había dicho y, cuando empezó a flagelar al cerdito con él, su rostro se puso colorado de excitación extática.

—¡Oh, oh, el pobre negro! —gritó el doctor Kissock, corriendo y chillando por la habitación mientras ella lo fustigaba.

El ardor de Mamie no decaía al saltar y brincar, ora sobre un pie ora sobre el otro, sin dejar de gritar, chillar y gemir:

—¡Oh, oh, el pobre negro! (latigazo). ¡Oh, oh, el pobre negro! (latigazo).

Cuando el rojo y brillante trasero de Kissock empezó a cubrirse de verdugones, ella empezó a sudar y jadear.

De pronto llamaron fuertemente con los nudillos a la puerta de entrada.

—¡Pasa al dormitorio! —gritó ella, empujando al cerdo, perdón, al doctor Kissock, hacia su habitación.

Envolviéndose en su bata roja fue a abrir sudorosa y desgreñada.

Ante ella apareció el doctor Carl Vincent Stone, antiguo rector y presidente del Consejo de Administración de aquella famosa Universidad negra del Sur Profundo, sin maquillaje y jadeando afanosamente, como un landronzuelo después de haber arrebatado un bolso por el procedimiento del tirón.

—No puedo soportarlo —gimió el inoportuno visitante, apartándola a un lado, volviéndose y cerrando la puerta con llave—. No puedo soportarlo. No puedo soportarlo.
—¿Qué es lo que no puedes soportar, querido? —le preguntó Mamie con tono apaciguador.
—No puedo soportar oír a las negras cantando espirituales. He tenido que escuchar la audición ofrecida por el coro de la escuela, y, la verdad, no puedo soportarlo. Oh, cómo odio a los negros.
—Pero hoy no te esperaba —reprochó Mamie.

—Es por culpa de esos malditos espirituales. Me sacan de quicio— rezongó él, mordiéndose los labios de una manera terrorífica, mientras se oscurecían las manchas morenas de su blanco rostro.
—No me desgarres las ropas —dijo Mamie, alarmada, apresurándose a desnudarse—. Aunque no puedas soportarlo.

Él se puso a olfatearla de un modo extrañísimo, por delante y por detrás.

—¡Cáspita, cómo apestas! —exclamó mientras restregaba sus narices en el fláccido abdomen de Mamie, bañado de sudor—. Hueles igual que una de esas perras negras.
—Bueno, tú espera aquí, que voy a buscarlo— le ordenó, metiéndolo a empellones en la cocina para irse después al cuarto de baño en busca de la redoma que contenía el líquido verdoso que le mostró durante la recepción, y que no era ni más ni menos que esencia de almizcle ligeramente impregnada de cantáridas.

Cuando regresó, él ya se había desvestido, y sus ropas aparecían esparcidas por el suelo a su alrededor. Y, que Dios nos asista, aquel ser no era el doctor Stone, sino un viejo perro sarnoso y manchado de blanco y negro que, a juzgar por el temblor que lo poseía, estaba rabioso.

Mamie le dio la redoma con esta advertencia:

—No la malgastes, y ten cuidado.

Luego ella se arrimó a la pared con brazos y piernas muy abiertos, mientras su espinazo rígido se inclinaba hacia afuera, hasta sus nalgas morenas, fláccidas y prominentes.

Temblando de excitación, el perro sarnoso, es decir el doctor Stone, vació medio frasco de tintura de almizcle sobre la nuca de Mamie y empezó a lamerla con voracidad, lanzando gruñidos y rechinando los dientes mientras el líquido rezumaba por su espalda.

—¡Oh, cómo odio a los negros! —murmuró espasmódicamente, empezando a morderla con creciente rabia.

Gruñido, cachete, mordisco.

—¡Oh, cómo odio a los negros!

Gruñido, cachete, mordisco.

—¡Oh, cómo odio a los negros!

Naturalmente, Mamie no estaba dispuesta a permitir que el otro la fuese mordiendo hasta que no pudiera sentarse para reinar como reina de la fiesta, por mucho que su atormentador odiase a los negros. Le sacudió entonces un fuerte revés que dio en el ojo del doctor Stone, derribándolo cuán largo era sobre su huesuda espalda.

En aquel preciso instante sonaron ansiosos golpes en la puerta del departamento.

—¡Oh, lo que faltaba! —gritó Mamie, encerrando al perro callejero, es decir al doctor Stone, en la cocina, para ponerse luego la bata e ir corriendo a abrir.

En el umbral se recortó la silueta patriarcal del doctor Oliver Wendell Garrett, presidente de la Fundación Rosenberg, contemplándolo con tal amedrentadora expresión de piedad, que le hizo temer que la habían condenado a la hoguera.

—¿Qué he hecho? —gimió.
—No eres tú, querida, sino yo, que acabo de pronunciar una conferencia sobre fraternidad —dijo, mientras sus bondadosos ojos grises se anegaban en llanto.
—Ah, eso quiere decir que tu amor ha bajado. Pero hoy no es el día.

Él entró y luego cerró la puerta con gestos lentos y deliberados.

—El amor no elige el día —respondió, empujándola hacia el salón y empezando a desnudarse.

Es ocioso decir que Mamie ya empezaba a estar agotada y contempló a su nuevo visitante con visible desagrado.
—No vale la pena que te desnudes —le dijo con firmeza—. Lo he perdido.

Él terminó de desnudarse en silencio y cuando Mamie le miró a sus viejos ojos humedecidos, comprendió que ya no era el doctor Garrett, sino un decrépito chivo, peludo y salaz.

—Pero yo he encontrado el mío —dijo el viejo chivo, perdón, el doctor Garrett.

Con estas palabras le arrancó la bata con una mano y con la otra sacó de entre sus ropas un látigo idéntico al que ella había empleado para flagelar al cerdo, es decir al doctor Kissock.

—No me pegues demasiado fuerte —suplicó Mamie, mientras él empezaba a azotarle la espalda y las nalgas con una expresión de júbilo insondable.

Ella empezó a correr, a brincar y retorcerse por la habitación, mientras sus fláccidas nalgas bailoteaban como pellejos llenos de vino y sus senos se bamboleaban como el deforme aparato genital de un eunuco. Entretanto, él no cesaba de pegarle, canturreando alegremente:

—¡Oh, oh, cuánto amo a los negros!

Latigazo… alarido… brinco… carcajada… regate… nuevo restallido…

—¡Cuánto amo al negro! ¡Oh, oh!

Latigazo… alarido… brinco…

Sus otros dos invitados, el sonrosado cerdito y el perro manchado, encerrados en sus respectivos calabozos, escuchaban con suma atención por el ojo de la cerradura el frenético rumor de pies desnudos, el inconfundible restallido del látigo sobre la carne, los ahogados gritos de dolor y el alegre canto de amor al negro, preguntándose si el tercer visitante no sería el Diablo en persona. Sintieron un acuciante deseo de comprobarlo e irrumpieron en la habitación, uno procedente del dormitorio y el otro de la cocina, ambos tan desnudos como el día en que vinieron al mundo.

¿Y se quedaron petrificados al reconocerse? En absoluto. Cuando vieron a su corpulento y desnudo colega, el viejo chivo, es decir el doctor Garrett, vapuleando alegremente a una negra y reluciente cabra, o sea a Mamie Mason, su común amante de color, se despertó en ellos una pasión tan incontenible por el problema negro, que ni todas las leyes sudistas dictadas por Jim Crow hubieran podido impedirles participar en la ceremonia.

El perro sarnoso, o sea el doctor Stone, se lanzó a dar furiosos mordiscos, iniciando un rítmico dúo con el chivo, que flagelaba alegremente a la cabra.

—¡Oh, oh, cómo odio a los negros!

—¡Oh, oh, cómo amo a los negros!

Pero el sonrosado cerdito alteró aquel ritmo al bailar en círculos excéntricos, mientras gritaba:

—¡Oh, oh, el pobre negro!

Lo cual inspiró a la cabra la idea de fustigarlo de nuevo con su propio látigo a fin de restablecer el ritmo, levantando ronchas en su cabeza calva y sonrosada.

Durante unos momentos, los cuatro se unieron en un impresionante y animado grupo escultórico, que hubiera causado envidia a Picasso.

Pero la cabra negra golpeó por accidente al chivo en su chisme, haciendo que el pobre chivo lanzase un gemido tan angustioso y contagioso, que suscitó una verdadera sinfonía de gemidos, hasta alcanzar su apogeo en un furibundo crescendo.


Y LAS REINAS NUNCA DEJAN DE SER REINAS

FINALMENTE llegó el día memorable, esperado desde hacía tanto tiempo con tales palpitaciones del corazón y jadeos entrecortados.

A decir verdad, el escenario estaba adaptado para una ocasión de magnificencia superlativa. La sala de baile del Savoy había sido decorada con un lujo y una fastuosidad dignos de una coronación. La vista quedaba materialmente deslumbrada por el oro y la púrpura real que desplegaba La Société des Mondaines du Monde de Harlème. Los palcos, en torno a la pista de baile estaban completamente ocultos tras colgaduras de oro y púrpura. En el extremo opuesto había una balsa de oro macizo, flotando en un mar de púrpura real. En lo alto, las cintas de las serpentinas se extendían desde el centro del techo en todas direcciones hasta las paredes, formando una especie de tienda de listas púrpura y oro. Y en el palco central, que estaba enfrente del estrado reservado para la orquesta, había un dosel purpúreo cubriendo a un trono de ébano, que podía verse desde todos los ángulos del salón.

A un lado de aquél había el palco reservado para los jueces y, al otro, el que estaba reservado para los periodistas.

En la calle, frente al edificio, se había acordonado la entrada desde la acera al portal, vigilado por un retén de policía especial a las órdenes del alcalde, lo cual no dejaba de estar justificado.

Mucho antes de que llegasen los primeros invitados, se reunió ya un gran gentío, e incluso los gatos y perros de Harlem, tan curiosos como las ratas, acudieron atraídos por toda aquella conmoción.

¡Por fin llegaban! Los rutilantes automóviles con chófer, los enormes descapotables, los elegantes turismos, los taxis multicolores que traían a blancos y negros invitados al baile de la ciudad negra, a la gran fiesta de fraternidad entre las razas.

Y, por la porra de Zeus, la historia más fastuosa del mundo conocido estaba representada en aquella gran noche: dioses del Olimpo, conquistadores del Imperio romano, reyes de la antigua Israel, sátrapas orientales, crueles caudillos bárbaros, sicofantes papales, los grandes amantes de todas las épocas, junto con los infames asesinos, ángeles y malvados, demonios, grifos, santos y trasgos, pies negros de Norteamérica, miembros de la Mano negra siciliana, torvos y patibularios facinerosos de los barcos piratas que eran el azote de los siete mares, matones negros indígenas, y pinktoes de toda la ciudad. ¡Y, por los cuernos de Pateta, incluso peces! Mobby Dick, la gran ballena blanca, con cámara fotográfica colgada del hombro y libro de notas en el bolsillo… ¿o acaso se considera pez a una ballena? Y luego vino un enorme pulpo negro rodeando con sus brazos a ocho sirenas… perdón, se trata de un error; no era más que un personaje de Harlem llamado Gordito el Agachado, que se dedicaba a vender muñecas de trapo como recuerdo. Y ahí, frente a nosotros, tenemos a Alí Babá y un ladrón, cosa rara tratándose de Harlem…

Todos ellos reencarnados para asistir al triunfo y la gloria de Mamie Mason.

Allí estaban todos cuantos pintaban algo.

Wallace Wright iba adecuadamente disfrazado de Job, pero Juanita, la pobrecita, iba de mujer de Lot.

Willard B. Overton iba de Buda y Alicia, su mujer, de Verdad, lo cual no sorprendió a nadie.

Naturalmente, Eddy Schooley iba de Baco, pero no estaba tan báquico como la última vez que le vimos. Acompañaba a Patty Pearson, disfrazada de Lucrecia Borgia.

El doctor Baldwin Billings Brown iba de Esfinge y su mujer Maiti de Circe, que Dios nos ampare. No era extraño que su marido fuese de Esfinge.

Kathy Carter asumió la identidad de Catalina la Grande, como ya era de suponer, y se presentó del brazo de aquel joven y eminente escritor negro de cuarenta y nueve años, Lorenzo Llewellyn, el cual, de manera muy apropiada, se disfrazó de Eslabón perdido.

Jonah Johnson, el futuro becario de la Rosenberg, encarnaba al Fardo del Hombre Blanco, disfraz que sin duda había de interpretarse como una delicada indirecta, pero tuvo el buen juicio y la discreción de dejarse a su mujer en casa.

Nuestra amiga Merto iba de Eva, luciendo un collar de recuerdos entretejidos, que todo el mundo, salvo sus respectivos modelos, creyeron que eran plátanos, aún sin explicarse el por qué de tan descomunales semillas, y… qué contrariedad, se le olvidó la hoja de parra, no la llevaba, pero sin duda procedía de una parra muy raquítica. Y Maurice se presentó disfrazado de… ¡Cupido!

Milt Shirley iba de Nerón, y su mujer de Nana… sombras de líbidos.

Evie Miller y Moe Miller se disfrazaron de Hada buena y Hada mala, aprovechando su tez clara y oscura respectivamente.

El profesor Isaiah Samuels se disfrazó de Simon Legree y su esposa Kit de Pequeña Lisa, lo cual hizo que algunos enarcasen las cejas.

El reverendo Mike Riddick se disfrazó nada menos que de Jehová en persona, aunque hay quien asegura que iba sólo de Moisés, con su luenga barba blanca y nívea cabellera. Su mujer, Peggy, encarnaba al Becerro de oro. Sí, desde luego, debía de ser Moisés.

Como es lógico, muchos blancos fueron disfrazados de negros.

Art Wills y Debbie, su mujer, se pintarrajearon la cara de negro, pues iban de Tío Tom y Topsy, lo cual no sentó muy bien a muchos negros de verdad, especialmente a los que también iban de Tío Tom.

Will Robbins y Fay Corson se pintaron también la cara de negro para representar al Negus de Abisinia y a la reina de Saba, lo cual sentó muy bien a los negros de verdad.

Pero éstos se disgustaron sumamente al ver aparecer a Lou Reynolds y a su colega femenino Lullabelle Talmadge, con la cara pintada de negro para encarnar a Tío Ben, el rey del arroz frito, y a Tía Jemina, la reina del pastel de hojaldre.

¡Atención, por favor! ¡Abran paso, apártense!

La reina ha llegado.

Aún no se le ve. Pero ya resuenan estruendosos aplausos. La multitud se agolpa a la entrada para verla mejor. Los rostros radiantes están expectantes y excitados. Los fotógrafos tratan de situarse a codazos en lugares ventajosos.

Y aquí viene ella, con el cuerpo ceñido con un vestido de tisú de oro y una corona de piedras centelleantes sobre su cabello negro como el ala de un cuervo. Y le dan escolta los tres venerables jueces, que van de frac y corbata blanca: el doctor Oliver Wendell Garrett, presidente de la Fundación Rosenberg, el doctor John Stetson Kissock, que preside el Comité del Sur para la Preservación de la Justicia, y el doctor Carl Vincent Stone, antiguo rector y presidente del Consejo de Administración de esa gran Universidad negra de las tierras sureñas.

¿Pero qué es esa consternación que se pinta en la cara de los invitados?

¿Puede saberse qué ocurre? Nunca, y al decir nunca queremos decir nunca, en la larga e ilustre historia del baile de máscaras anual, que congrega a tan selecta representación de lo mejor de ambas razas, reunidas para celebrar la valiente lucha contra los prejuicios, nunca, repetimos, se había visto a una tan gloriosa reina de color y unos jueces blancos tan distinguidos y estimados, llamados protectores y defensores del problema negro, con aspecto tan alicaído y derrengado.

¡Por los clavos de Cristo! La reina camina como si sufriese de lumbago. Y los enormes bultos visibles bajo el espeso maquillaje que le cubre cuello y hombros, y que ni siquiera el crespón dorado de China que le tapa a medias el escote consiguen ocultar, tienen un desagradable aspecto de verdugones. Y la expresión vidriosa de sus ojos suscita graves dudas acerca de si está dormida o despierta.

A continuación, todos observan la manera cuidadosa como anda el doctor Oliver Wendell Garrett, midiendo sus pasos y separando mucho las piernas. Si no se tratase del presidente de la Fundación Rosenberg, se podría pensar que ha contraído alguna enfermedad venérea trasera.

¿Y qué demonios son esas costras que tiene en la calva el doctor John Stetson Kissock? Nadie se las había visto antes, y, con lo llamativas que son, habrían sido vistas. ¿Y por qué lleva ese almohadón? ¿Teme encontrar duros los asientos? ¿O acaso tiene un ántrax en el trasero? ¿Y por qué está tan ronco? ¿Por casualidad le ha dado un aire?

¿Y por qué el doctor Carl Vincent Stone muestra tan sorprendente parecido esta noche con el último de los monstruos creados por Hollywood? ¿Y puede saberse qué tiene bajo los dedos de maquillaje blanco que le cubren el rostro?

Pero, finalmente, para alivio general, la reina consigue llegar a su trono y dejarse caer en él, a punto de desmayarse, mientras su áureo vestido se destaca como una llama sobre el fondo de ébano. No es extraño, pues, que todos se congreguen a su alrededor para contemplarla, en medroso silencio.

Mas he aquí que se le acerca una ballena blanca. Todos dan gracias al cielo por aquel incidente, que disminuye la tensión general. La ballena sostiene un micrófono en una mano y una hoja mecanografiada en la otra. Pero cuando empieza a leer, todos comprenden que no es una ballena, sino el maestro de Ceremonias.

—Antes de que empiece la fiesta —dice con voz que resuena por todo el sistema de altavoces— deseamos rendir homenaje a Mamie Mason, la fundadora y genio inspirador de esta celebrada sociedad de Harlem que subvenciona esta gran ocasión de unidad racial a fin de demostrar nuestro amor recíproco, y vivo amor, que brota de las partes íntimas de todos nosotros… ejem… quiero decir de lo más íntimo de nuestro ser, y que es nuestra gloriosa reina por una noche…

Aplausos ensordecedores.

—Y ahora me dirijo a Mamie Mason, o, mejor dicho, a Vuestra Majestad (sonrisa de oreja a oreja), para rogarle que nos ofrezca un atisbo de sus diversas aventuras interraciales (risas ahogadas entre el auditorio), es decir, de sus diversos experimentos interraciales (más risas), ejem… sobre las maneras y los medios de mejorar y perpetuar los íntimos y frenéticos lazos que unen a ambas razas (estentóreas carcajadas), sí, como digo, los cordiales lazos entre las razas que existen aquí esta noche.

Todos esperan, conteniendo el aliento, la respuesta de la reina.

La soberana levanta la vista con expresión soñolienta. De momento parece como si no hubiese entendido ni una sola palabra. Pero, de pronto, sus ojos se iluminan y su rostro asume una expresión exultante, al contemplar a su alrededor las caras radiantes y jubilosas de sus amigos blancos y negros, la flor y nata de la sociedad de ambas razas.

Se inclina hacia el micrófono y proclama con voz vacilante:

—Más… relaciones… entre las razas…
—¡Dios mío! ¿He oído bien? —exclama Maiti Brown extraordinariamente escandalizada—. Vamos, pinktoes, que llevamos cien años de retraso.

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