La jornada de un interventor electoral (II)

Italo Calvino






VI

Por un momento Amerigo estuvo satisfecho de sí mismo, de su calma, de su autodominio. Habría querido que la norma constante de su comportamiento fuera ésta, lo mismo en política que en cualquier otra cosa: desconfianza tanto del entusiasmo, sinónimo de ingenuidad, como del rencor fanático, sinónimo de inseguridad, debilidad. Correspondía, este comportamiento, a una costumbre táctica de su partido, pronto asimilada por él, puesto que le servía de coraza psicológica, para dominar los ambientes extraños y hostiles.

Pero, pensándolo bien, este deseo suyo de esperar, de no intervenir, de contar con un «caso general», ¿no estaban dictados por un sentido suyo de inutilidad, de renuncia, en el fondo, de pereza? Amerigo ya se sentía demasiado desalentado como para esperar que tomase cualquier iniciativa. Su batalla legalista contra las irregularidades y las manejos no había empezado todavía y ya toda aquella miseria se le había caído encima como una avalancha. Que se diesen aire, con todas sus camillas y muletas, que se apresurasen a llevar a cabo este plebiscito de todos los vivos y los moribundos y hasta tal vez los muertos: no era con las limitadas razones formales de que disponía un interventor como podía detenerse la avalancha.

¿Qué había venido a hacer, al Cottolengo? ¡De respeto a la legalidad, nada! Había que volver a empezar desde el principio, desde cero: era el sentido primero de las palabras y las instituciones lo que se sometía de nuevo a discusión, para establecer el derecho de la persona más indefensa a no ser usada como instrumento, como objeto. Y esto, hoy, en el punto al que se había llegado, en el que las elecciones del Cottolengo eran tomadas por una expresión de voluntad popular, parecía tan lejano, que no podía ser invocado más que a través de un apocalipsis general.

Era al extremismo, como precipitándose en un vacío de aire, hacia donde se sentía absorbido. Y, con el extremismo, conseguía justificar la abulia y la desidia, ponía de inmediato en orden su conciencia: si frente a una impostura como ésta se estaba quieto y sin decir nada, como paralizado, era porque en estas cosas o todo o nada, o se hacía tabla rasa o se aceptaba.

Y Amerigo se encerraba como un erizo, en una oposición que era más próxima a un desdén aristocrático que al caluroso y elemental partidismo popular. Tanto es así, que la proximidad de otras personas de su mismo bando, en lugar de darle fuerzas, le comunicaba una especie de hastío, y a cada intervención, por ejemplo, de la mujer de la chaqueta naranja, era presa de una reacción contraria, casi como si tuviera miedo de parecérsele. Se lanzaba entonces con sus pensamientos en la dirección de un posibilismo tan ágil que le permitiera ver con los mismos ojos del adversario las cosas que poco antes le habían indignado, para después volver a experimentar con más frialdad las razones de su crítica e intentar un juicio finalmente sereno. También aquí actuaba en él —más que un espíritu de tolerancia y adhesión hacia el prójimo—la necesidad de sentirse superior, capaz de pensar todo lo pensable, incluidos los pensamientos de los adversarios, capaz de componer la síntesis, de descubrir por doquier los designios de la Historia, tal como debería ser prerrogativa del verdadero espíritu liberal.

En aquellos años, en Italia, el partido comunista también había asumido, entre otros muchos deberes, el de un ideal, y jamás existido, partido liberal. Y así el pecho de cada comunista podía albergar dos personas a un tiempo: un revolucionario intransigente y un liberal olímpico. En aquellos tiempos duros, cuanto más esquemático y sin matices se hacía, el comunismo mundial, en sus expresiones oficiales y colectivas, tanto más ocurría que, en el pecho de cada militante, aquello que el comunista perdía de riqueza interior adaptándose al bloque compacto de fundición, el liberal lo ganaba en caras e iridiscencias.

¿Acaso era señal de que la verdadera naturaleza de Amerigo —y de muchos como él— habría sido, de haberse abandonado a sí misma, la del liberal, y que sólo por un proceso —justamente— de identificación con lo distinto podía ser definido como comunista? Preguntárselo quería decir para Amerigo preguntarse qué era la esencia de una identidad individual (si es que existía…), fuera de las condiciones externas que la determinaban. Juntar en él —y en tantos como él— esos diferentes metales, era «tarea de la Historia» —pensaba—, es decir, un fuego más allá de ellos (que superaba a los individuos, con todas sus debilidades)…

Aquel fuego que se reflejaba, por débil que fuera, hasta en aquel colegio electoral, en cuantos estaban presentes allí en la mesa, y poco a poco, se descubría en cada uno de ellos, distinto en el grado de intensidad, de temperatura individual que ponían al representar su papel: la indecisión de Amerigo, la impaciencia de la mujer de naranja (una compañera del partido socialista, como comprendió en cuanto pudieron apartarse y hablar), la necesidad del joven democratacristiano flaco de creerse (y no era éste el caso) en un frente de batalla rodeado por los enemigos, el aprensivo formalismo del presidente, que provenía de su escasa convicción en el sistema, y, por lo que respecta a la interventora de la blusa blanca (que no perdía ocasión para mostrar bien a las claras su desacuerdo con la colega), una necesidad de sentirse edificada y protegida por el escándalo de la desobediencia.

En cuanto a los otros miembros de la mesa (democratacristianos asimismo todos ellos, o casi) parecían preocupados solamente en suavizar las diferencias: que aquí dentro se votaba de una sola manera lo sabían todos, ¿no?, pues, entonces, ¿por qué excitarse, por qué poner pegas? No cabía más que aceptar las cosas como estaban, fueran amigos o adversarios.

También entre los votantes variaba la forma de considerar lo que estaban haciendo. Para los más, el acto del voto ocupaba un puesto mínimo en su conciencia, era una crucecita que había que marcar con el lápiz sobre una señal impresa, algo que debía hacerse como se les había enseñado con mucho cuidado, como el modo de comportarse en la iglesia o de mantener en orden el catre. Sin dudar un solo momento de que pudiera hacerse de otra manera, concentraban sus esfuerzos en la ejecución práctica, ya de por sí tal —sobre todo por lo que se refiere a los inválidos y los retrasados mentales— como para ocuparlos enteramente.

Para otros, en cambio, más emotivos, o bien adoctrinados según un método didáctico distinto, la votación parecía que se desarrollaba en medio de peligros y engaños; todo era motivo de desconfianza, de ofensa, de miedo. Sobre todo ciertas monjas vestidas de blanco: tenían la obsesión de las papeletas manchadas. Entraba una en la cabina, permanecía allí por espacio de cinco minutos, luego salía sin haber votado.

—¿Ha votado? ¿No? ¿Por qué?

La monja extendía la papeleta abierta e intacta e indicaba cualquier puntito más claro o más oscuro.

—¡Está manchada! —protestaba con voz airada, al presidente—. ¡Cámbiemela!

Las papeletas estaban impresas sobre un papel ordinario, verdusco, hecho de una pasta granulosa, llena de impurezas, con rastros de tinta tipográfica por todas partes. Ahora ya se sabía que cada vez que venía a votar una de aquellas monjas blancas se repetía la escena de la papeleta rechazada. No se conseguía convencerlas de que se trataba únicamente de defectos del material, que no podían hacer invalidar el voto. Cuanto más se insistía más tercas se ponían las monjitas: una —vieja, oscura, que venía de Cerdeña— incluso se enfureció. Sin duda habían tenido, acerca de aquella historia de las manchas, quién sabe qué especiales recomendaciones: que estuvieran atentas, en el colegio electoral había comunistas que manchaban expresamente las papeletas de las monjas, para que sus votos resultaran nulos.

Aterrorizadas: así es como estaban, estas monjitas blancas. Y en el tratar de hacerlas entrar en razón, la mesa se sentía solidaria: es más, eran justamente el presidente y el interventor flaco, al no ser creídos, al sentirse tratados como enemigos infieles, quienes más se irritaban. También ellos se preguntaban, con Amerigo, qué habían podido decirles, a estas pobres mujeres, para asustarlas así; de qué horrores podían haberlas amenazado, describiéndoles la amenazante victoria comunista, por un solo voto perdido. Un resplandor de guerra de religión invadía el colegio electoral durante un momento, luego se apagaba: y la ejecución de las operaciones reemprendía su curso normal, somnoliento, burocrático.


VII

La tarea que ahora le tocaba hacer, en la división del trabajo entre los componentes de la mesa, era comprobar los documentos de identidad. Venían a votar multitud de monjas, a centenares: primero las blancas, luego las negras. Con los documentos casi todas estaban en orden: el carné de identidad expedido pocos días antes, flamante. Durante las semanas anteriores a las elecciones, las oficinas del censo debían de haber trabajado día y noche para poner en regla enteras órdenes religiosas. Y los fotógrafos también: ante los ojos de Amerigo seguían pasando fotografías y más fotografías tamaño carné, todas con la misma distribución de espacios blancos y negros, la ojiva del rostro enmarcada por las blancas vendas y por el trapecio del pectoral, todo ello inscrito en el triángulo negro del velo. Y tenía que decir esto: o el fotógrafo de las monjas era un gran fotógrafo, o son las monjas que en las fotografías salen muy bien.

No sólo por la armonía de ese noble motivo figurativo que es el hábito monacal, sino porque los rostros aparecían naturales, semejantes, serenos. Amerigo advirtió que esta comprobación de los documentos de las monjas se convertía para él en una especie de reposo del espíritu.

Pensándolo bien, era extraño: en las fotografías tamaño carné, en noventa de cada cien casos, uno aparece con los ojos desmesuradamente abiertos, los rasgos hinchados, una sonrisa que desentona. Al menos, él siempre salía así, y ahora, al comprobar estos carnés de identidad, en cada foto en que hallaba facciones tensas, afectadas y expresiones innaturales, reconocía su misma falta de libertad frente al ojo de cristal que te transforma en objeto, su relación interesada hacia sí mismo, la neurosis, la impaciencia que prefigura la muerte en las fotografías de los vivos.

Las monjas no: posaban frente al objetivo como si la cara no perteneciera ya a ellas; y, de ese modo, salían perfectas. No todas, se entiende (Amerigo ahora leía en las fotos de las monjas como un cartomántico; reconocía a las dominadas aún por la ambición terrena, a las movidas por la envidia, por las pasiones no apagadas, a las que luchaban contra sí mismas y su suerte): era necesario que hubiesen atravesado como un umbral, olvidándose de sí, y entonces la fotografía registraba esta inmediatez y paz interior y dicha. ¿Es ello señal de que existe, una dicha?, se preguntaba Amerigo (estos problemas, poco habituales en él, era llevado a conectarlos con el budismo, el Tibet), y, si existe, ¿es entonces, perseguida? ¿Es perseguida en menoscabo de otras cosas, de otros valores, para ser como ellas, las monjas?

¿O como los idiotas completos? También ésos, en sus carnés de identidad acabados de hacer, se mostraban felices y fotogénicos. También para ellos, dar una imagen de sí no constituía problema alguno: ¿quería esto decir que el punto al que, a través de una senda penosa, lleva la vida monacal, ellos lo alcanzan por azar de la naturaleza?

En cambio, los que quedan a medio camino, los disminuidos físicos, los inadaptados, los de pocos alcances, los neuróticos, aquellos para quienes la vida es sólo estupor y dificultades, en las fotografías son un desastre: con esos cuellos alargados, esas sonrisas como de liebres, sobre todo las mujeres, cuando les queda una débil esperanza de salir agraciadas.

Traían a una monja en una camilla. Era joven. Extrañamente, era una hermosa mujer. Iba vestida como si estuviese muerta; el rostro, coloreado, aparecía compuesto como en los cuadros de iglesia. Amerigo habría querido no sentirse atraído a mirarla. La dejaron en la cabina sobre la camilla, con una banqueta al lado para que marcara también ella su crucecita. Mientras estaba allí, Amerigo, sobre la mesa, tenía el documento. Miró la fotografía; tuvo miedo. Era, con los mismos rasgos, un rostro de ahogada en el fondo de un pozo, que gritaba con los ojos, arrastrada hacia la oscuridad. Comprendió que todo en ella era rechazo e incertidumbre: aun el hecho de yacer inmóvil y enferma.

¿Es bueno poseer la dicha? ¿O es mejor esta ansia, esta carga que endurece las caras ante el resplandor del fotógrafo y no nos deja satisfechos de cómo somos? Dispuesto siempre a juntar los extremos, Amerigo habría querido seguir chocando con las cosas, seguir batiéndose, y, sin embargo, entretanto, alcanzar dentro de sí la calma más allá de todo… No sabía qué habría querido: comprendía únicamente cuán lejos estaba, él como todos, del vivir del modo como se vive lo que trataba de vivir.


VIII

Los abusos que un interventor de la oposición puede impugnar con éxito durante las votaciones en el Cottolengo se pueden clasificar en un limitado número de casos. Preocuparse porque hagan votar a los idiotas, por ejemplo, no lleva a grandes resultados: cuando los documentos están en regla y el elector está en condiciones de ir a la cabina solo, ¿qué se puede decir? No hay más remedio que dejarlo que vaya, acaso esperando (pero sucede raras veces) que no le hayan enseñado bien, que se equivoque, y aumente el número de las papeletas nulas. (Ahora, terminado el aluvión de monjas, le tocaba el turno a una formación de jovencitos parecidos como hermanos con sus caras torcidas, vestidos con el que debía de ser su mejor traje, como los que se ven en fila por la ciudad los domingos que hace buen tiempo, y la gente los señala: «Mira, los “cutu”»). Con ellos, incluso la mujer de naranja se mostraba casi alentadora.

Los casos en los que es preciso estar más alerta es cuando un certificado médico autoriza a la asilada medio ciega, o al paralítico, o al manco, a ser acompañados hasta la cabina por una persona de confianza (de ordinario, monja o cura) que marque la crucecita por él. Con este sistema, muchos desgraciados incapaces de comprender y querer, que nunca habrían estado en condiciones de votar aunque hubiesen tenido vista y uso de las manos, son ascendidos al rango de electores de segura observancia.

En esos casos, un cierto margen para las impugnaciones de la mesa lo hay casi siempre; por ejemplo, un certificado conforme se es muy corto de vista: al interventor le será fácil poner pegas.

—¡Presidente, ve! ¡Puede ir a votar solo! —exclamaba la naranja—. ¡Le he tendido el lápiz y él ha alargado la mano y lo ha cogido!

Era un pobrecillo con el cuello torcido y un bocio. El cura que lo acompañaba era de corpulencia gruesa y cara adusta, con una boina bien calada en la cabeza, un aire duro, práctico, un poco como un camionero; ya hacía un rato que iba de un lado para otro llevando electores. Adelantó la palma de la mano, vertical, con la hoja encima, y golpeó en ella con la otra mano:

—Certificado médico. Aquí dice que no ve.
—¡Ve mejor que yo! ¡Ha cogido dos papeletas y ha reparado en que eran dos!
—¿Pretende saber más que el oculista?

El presidente, para ganar tiempo, fingía estar en las nubes.

—¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es lo que pasa? —Había que explicárselo todo desde el principio.
—Hagámosle ir hasta la cabina solo —decía la mujer. El del bocio ya echaba a andar.
—¡No! —decía el cura—. ¿Y si se equivoca?
—¡Pues si se equivoca es porque no sabe votar! —rebatía la naranja.
—Pero ¿por qué se ensaña con un pobrecillo? ¡Qué vergüenza! —decía la otra interventora, la de blanco, a su colega.

Era el momento en que intervenía Amerigo.

—Podría probarse si realmente la vista…
—El certificado, ¿es válido o no? —decía el cura.

El presidente observaba la hoja del derecho y del revés como si fuera un billete de banco.

—Pues sí, es válido…
—Es válido sólo si dice la verdad —objetaba Amerigo.
—¿Es cierto que no ve? —le preguntó el presidente al del bocio. El del bocio miraba de abajo arriba, con su cuello torcido. No habló: se puso a llorar.
—¡Protesto! ¡Atemorizan al elector! —dijo el interventor flaco.
—¡Así, a un pobrecillo! —dijo la interventora mayor—. ¡Es lo que se dice no tener compasión!
—Visto que la mayoría de la mesa está de acuerdo… —dijo el presidente.
—¡Yo me opongo! —espetó la naranja.
—¡Yo también! —dijo Amerigo.
—¿Qué es esta historia? —dijo el cura, al presidente, con brusquedad, como tomándola con él—. ¿Impiden el voto a un elector? Presidente, ¿usted no dice nada?

El presidente decidió que era el momento de perder la paciencia, de tener un arrebato, el arrebato más violento que podía salir de un hombre apacible y plañidero como en el fondo él era.

—Pero bueno… —dijo—, ¿qué es lo que les pasa? Pero ¿por qué no dejan al votante que vote? Pero ¿por qué se lo quieren impedir? ¡Están aquí, pobrecitos, porque la «Piccola Casa della Divina Provvidenza» los ha mantenido desde pequeños! ¡Y cuando quieren demostrar su gratitud, pobrecitos, se lo quieren impedir! ¡La gratitud a quien les ha hecho el bien! Pero ¿es que no tienen sentimientos?
—Nadie quiere impedir la gratitud, presidente —dijo Amerigo—. Aquí estamos celebrando unas elecciones políticas. Se trata de controlar que cada cual sea libre de votar según sus ideas. ¿Qué tiene que ver la gratitud?
—¿Y qué idea quiere que tengan sino la gratitud? ¡Pobres criaturas que nadie las quiere! ¡Aquí tienen quien les quiere, les mantiene, les enseña! ¡Y tienen la voluntad de votar! ¡Más que todos los que están fuera! ¡Porque saben lo que es la caridad!

Amerigo mentalmente reconstruyó su pensamiento, registró su implícita calumnia («Claro, quieren decir que el Cottolengo es posible gracias a la religión y a la Iglesia, y que los comunistas sólo sabrían destruirlo, y, por consiguiente, el voto de los desgraciados es una defensa de la caridad cristiana…»), se ofendió y, al mismo tiempo, refutándola con la seguridad de ser superior («no saben que sólo nuestro humanismo es humanismo total…»), la borró como si nunca hubiese existido, todo ello en el espacio de un segundo («¡… y que nosotros y sólo nosotros podremos organizar instituciones cien veces más eficaces que ésta!»), pero lo que dijo fue:

—Perdone, presidente, esto son unas elecciones políticas, se elige entre los candidatos de los distintos partidos… (¡No se ponga a hacer propaganda en la mesa! —interrumpió el flaco—)… no es que se vote a favor o en contra del Cottolengo… Así que, las cosas que usted dice, la gratitud que hay que demostrar… Gratitud ¿a quién?

Se oyó la voz del cura que había estado escuchando hasta entonces con la barbilla sobre el pecho y las pesadas manos apoyadas en la mesa, mirando de través, bajo la boina:

—Gratitud a Dios nuestro Señor, y basta.

Nadie dijo nada más; empezaron a moverse en silencio: el hombre del bocio hizo la señal de la cruz, la interventora mayor asintió inclinando la cabeza, la joven levantó la mirada con resignación, el adjunto se puso a escribir de nuevo, el presidente a comprobar la lista de los votantes, y así cada componente de la mesa a sus ocupaciones. Sometiéndose al parecer de la mayoría, el presidente dejó que el cura acompañase al del bocio a la cabina; Amerigo y la compañera socialista hicieron constar en acta su desacuerdo. Luego Amerigo salió a fumar.


IX

Había escampado. Hasta de los patios desolados se desprendía un olor a tierra y primavera. Algunas trepadoras cubrían de flores una pared. Detrás de un pórtico, un grupo de niños, con una monja en medio, jugaba. Se oyó un sonido largo, quizás un grito, más allá de las paredes, de los tejados: ¿eran los aullidos, los bramidos que se decía eran proferidos en el Cottolengo día y noche, en las galerías de los seres escondidos? El sonido no se repitió. Por la puerta de una capilla se oía un coro de mujeres. En torno, todo era un ir y venir entre las secciones electorales instaladas por todos los pabellones, en aulas de la planta baja o del primer piso. Carteles blancos con números y flechas negras se destacaban sobre las columnas, bajo las viejas placas ennegrecidas con nombres de santos. Pasaban guardias municipales, con carpetas llenas de hojas. Los policías holgazaneaban, con los ojos adormecidos de quien no ve nada. Interventores de otras mesas habían salido, como Amerigo, a fumarse un cigarrillo y a contemplar el aire del cielo.

«Gratitud a Dios». ¿Gratitud por las desventuras? Amerigo trataba de calmar su excitación reflexionando (la teología le era poco familiar) en Voltaire, Leopardi (la polémica contra la bondad de la naturaleza y de la providencia), luego —naturalmente— Kierkegaard, Kafka (el reconocimiento de un dios inescrutable para los hombres, terrible). Las elecciones, aquí, si no se iba con cuidado, se convertían en una especie de acto religioso. Para la masa de los votantes, pero también para él: la atención del interventor ante los posibles embrollos acababa siendo capturada por un embrollo metafísico. Vistos desde aquí, desde el fondo de esta condición, la política, el progreso, la historia, tal vez no eran ni siquiera concebibles (estamos en la India), cualquier esfuerzo humano por modificar lo que nos es dado, cualquier intento de no aceptar la suerte que nos toca al nacer, eran absurdos. («Es la India, es la India», pensaba, con la satisfacción de haber hallado la clave, pero también la sospecha de estar removiendo lugares comunes).

Esta legión de gente minusválida no podía ser llamada a declarar, en política, más que para testimoniar contra la ambición de las fuerzas humanas. El cura quería decir esto: aquí, toda acción (incluso el votar en las elecciones), se modelaba sobre la plegaria; toda obra que se realizaba (el trabajo de aquel pequeño taller, la escuela de aquella aula, los cuidados de aquel hospital), sólo tenía el significado de ser una variante de la única actitud posible: la plegaria, esto es, el hacerse parte de Dios, esto es (Amerigo aventuraba definiciones), el aceptar la pequeñez humana, el incluir la propia negatividad en la cuenta de una totalidad en la que todas las pérdidas se anulan, el admitir un fin desconocido que era lo único que podría justificar las desventuras.

Sin duda, una vez admitido que cuando se dice «hombre» se entiende el hombre del Cottolengo y no el hombre dotado de todas sus facultades (a Amerigo, ahora, las imágenes que le acudían al pensamiento eran, a pesar suyo, estatuarias, forzudas, prometeicas, de ciertos viejos carnés de partido), la actitud más práctica era la actitud religiosa, es decir, el establecer una relación entre la propia deficiencia y una armonía y plenitud universales (¿significaba esto reconocer a Dios en un hombre clavado en una cruz?). Luego, progreso, libertad, justicia, ¿eran solamente ideas de los sanos (o de quienes podrían —en otras condiciones— ser sanos), es decir, ideas de privilegiados, es decir, ideas no universales?

La frontera entre los hombres del Cottolengo y los sanos ya era incierta: ¿qué tenemos nosotros más que ellos? Un poco más de habilidad, un poco más de proporción en el aspecto, capacidad de coordinar un poco mejor las sensaciones con los pensamientos…; poca cosa, respecto a lo mucho que ni nosotros ni ellos conseguimos hacer y saber…; poca cosa para la presunción de construir nosotros nuestra historia…

En el mundo-Cottolengo (en nuestro mundo que podría convertirse, o serlo ya, Cottolengo), Amerigo ya no conseguía seguir la línea de sus elecciones morales (la moral lleva a actuar; pero ¿y si la acción es inútil?) o estéticas (todas las imágenes del hombre son viejas, pensaba mientras caminaba por entre aquellas vírgenes de yeso, aquellos santos; no era casual que todos los pintores coetáneos de Amerigo se hubiesen inclinado, uno tras otro, a la abstracción). Obligado a comprobar, durante un día de su vida, cuán extendida está lo que se ha dado en llamar la miseria de la naturaleza («Y aún gracias que sólo me han dejado ver a los mejores…»), sentía abrirse bajo sus pies la vanidad del todo. ¿Era esto lo que llaman una crisis religiosa?

«Vaya, sale uno un momento a fumarse un cigarrillo —pensó—, y tiene una crisis religiosa».

Sin embargo, algo en él oponía resistencia. Es decir: no en él, en su modo de pensar, sino ahí en torno, justamente en las mismas cosas y personas del Cottolengo. Muchachas con trenzas corrían con cestos de sábanas (hacia —pensó Amerigo— alguna secreta galería de paralíticos o de monstruos); los idiotas caminaban en cuadrillas, capitaneados por uno que parecía menos idiota que los demás (estas famosas «familias» —se preguntó con un repentino interés sociológico—, ¿cómo están organizadas?); en un rincón del patio había montones de cal y arena y unos andamios porque añadían pisos a un pabellón (¿cómo se administran los legados?, ¿qué parte se destina a los gastos, a las ampliaciones, a los aumentos del capital?). De la inutilidad del hacer, el Cottolengo era la prueba y, al mismo tiempo, la refutación.

El historicista, en Amerigo, recobraba el aliento: todo es historia, el Cottolengo, estas monjas que van a cambiar las sábanas. (Historia que tal vez se había quedado detenida en un punto de su recorrido, encallada, vuelta contra sí misma). También este mundo de los deficientes podía llegar a ser distinto, y sin duda llegaría a serlo, en una sociedad distinta. (Amerigo tenía en la cabeza únicamente imágenes vagas: casas de salud luminosas, ultramodernas, sistemas pedagógicos modélicos, recuerdos de fotografías de periódicos, un ambiente incluso demasiado limpio, vagamente suizo…).

La vanidad del todo y la importancia de cada cosa hecha por cada cual estaban contenidas entre los muros del mismo patio. Bastaba con que Amerigo siguiese paseando por él para que topase cien veces con las mismas preguntas y respuestas. Sería mejor volver a la mesa; el cigarrillo se había terminado; ¿qué estaba esperando? «El que procede bien en la historia —trató de concluir—, aunque el mundo sea el Cottolengo, está en lo justo». Y añadió deprisa: «Ciertamente, estar en lo justo es demasiado poco».


X

Entró en el patio un coche negro y grande. El chófer con gorra salió a abrir. Se apeó un hombre erguido, de cabellos grises, bien afeitado. Llevaba una gabardina clara de esas con muchos botones y presillas, y las solapas medio subidas. Hubo un movimiento de gente, los policías saludaban.

El interventor flaco le pidió en voz baja al presidente —ejem— que, habiendo llegado su señoría el candidato de su partido, le diera, por favor, el permiso para ausentarse un momento, pues quería ir a informarle de cómo iban las cosas.

El presidente le respondió en voz baja —ejem— que esperase, porque, como los parlamentarios tienen derecho a entrar en todas las secciones, tal vez pasara también por allí.

En efecto, se acercó. Su señoría se movía en el Cottolengo con confianza, prisa, eficacia y euforia. Se informó de los porcentajes de los votantes, dirigió algunas palabras afables, en son de broma, a los electores que esperaban en fila, como si estuviese visitando las colonias de ultramar. El interventor flaco fue a decirle algo: probablemente, que había obstruccionismo comunista, y cómo comportarse con los que a cada momento querían levantar acta. El diputado apenas le prestó atención, porque de lo que sucedía allí dentro quería saber lo indispensable, y sin demorarse demasiado. Hizo un ademán vago, rotatorio, como para decir que, total, la máquina funcionaba, funcionaba bien, votos los había a millones, y que en esos casos un poco espinosos, si se logra cortar por lo sano enseguida, estupendo, pero que si no, se pasa por alto y sanseacabó.

Luego, de pronto, se informó de alguien, preguntó a diestro y siniestro:

—¿Dónde está la reverenda Madre? ¿Dónde está? —Y salió, volvió al patio. La Madre, advertida, ya acudía; él fue a su encuentro, y le habló como a un viejo amigo, reprendiéndola amistosamente.

Quiso continuar su paseo por las secciones acompañado de la Madre. Les seguía un pequeño séquito, en su mayoría representantes del censo de las distintas mesas (de vez en cuando, se le aproximaba uno para informarle acerca de alguna pega) y chicos del servicio de mensajeros del partido (yendo siempre de un lado para otro con las listas de los electores trasladados a otras instituciones pero todavía inscritos para votar allí, o en todo caso, personas de las que era preciso organizar el transporte), y su señoría daba breves órdenes, apremiaba a los mensajeros, a los chóferes, contestaba a todos tomándolos del brazo, por el codo, a fin de darles ánimo pero también para quitárselos de encima enseguida.

En cierto momento, los coches para el transporte de electores habían salido todos a recoger gente. Algún mensajero holgazaneaba, a la espera de hacer otro viaje; a su señoría no le gustaba ver gente ociosa, y lo mandó afuera con su coche. Así, habiendo despachado a cada cual a un quehacer, su séquito había desaparecido. Su señoría se encontró solo, en el patio, y debía esperar a que su coche regresara. El sol ocupaba la mitad del cielo; pero aún, a rociadas, caían algunas gotas de las nubes. Su señoría tuvo ese momento de soledad que experimentan los reyes y los poderosos cuando han terminado de dar órdenes y ven que el mundo da vueltas por sí mismo. Echó en torno una mirada fría, hostil.

Amerigo lo observaba a través de una ventana, y pensó: «A ése el Cottolengo no le roza ni siquiera los faldones de la gabardina». (Bajo el aire despreocupado del parlamentario podía reconocerse el pesimismo católico sobre la naturaleza humana, pero a Amerigo ahora le gustaba verlo como un lúcido cinismo). Y también pensó: «Es un hombre que aprecia la buena mesa, que fuma con boquilla de cerezo. Quizá tiene un perro y va a cazar. Sin duda, le gustan las mujeres. Quizá esta noche ha estado en la cama con una mujer que no es la suya». (Tal vez fuera sólo la indulgencia católica hacia su propia conciencia gris de buen padre de familia burgués lo que daba al diputado aquel aspecto jovial, pero a Amerigo ahora le gustaba verlo como espíritu pagano, epicúreo). Y, de pronto, la aversión se transformó en solidaridad: ¿no eran acaso, ellos dos, más parecidos que cualquier otro, allí dentro? ¿No pertenecían a la misma familia, no estaban de la misma parte, la parte de los valores terrenos, de la política, de la práctica, del poder? ¿No estaban profanando los dos el fetiche que era el Cottolengo, usándolo uno como una máquina electoral, tratando el otro de desenmascararlo en esta función suya?

Mirando por la ventana advirtió que en otro antepecho aparecían dos ojos detrás del cristal, una cabeza que no conseguía sobresalir más que hasta la nariz, una caja craneal cubierta de pelusa: un enano. Los ojos del enano estaban fijos en su señoría, y contra el cristal de la ventana se alzaron unos dedos cortísimos, la palma arrugada de una pequeña mano, que golpeó contra el cristal, golpeó por dos veces, como para llamarlo. ¿Qué tenía que comunicarle?, se preguntó Amerigo. ¿Qué pensaba, el enano, de aquel importante personaje? ¿Qué pensaba —se dijo— de nosotros, de todos nosotros?

Su señoría se volvió, dirigió la mirada a la ventana, se detuvo apenas en el enano, luego la apartó, distante. Amerigo pensó: «Se ha dado cuenta de que es alguien que no puede votar». Y pensó: «No lo ve siquiera, no lo considera digno de una mirada». Y aún pensó: «Sí, su señoría y yo estamos a una parte y el enano a la otra», y se sintió más tranquilo.

El enano golpeó otra vez con la manita en la ventana, pero su señoría ya no volvía la cabeza. Sin duda el enano no tenía nada que decirle a su señoría, sus ojos eran sólo ojos, sin pensamientos tras ellos, y sin embargo, hubiérase dicho que quería hacerle llegar una comunicación, de su mundo sin palabras, que quería establecer una relación de su mundo sin relaciones. ¿Cuál es el juicio, se preguntaba Amerigo, que un mundo excluido del juicio da de nosotros?

El sentimiento de la vanidad de la historia humana que había experimentado poco antes en el patio surgió de nuevo: el reino del enano vencía al reino de su señoría, y Amerigo ahora se sentía totalmente de la parte del enano, se identificaba con lo que el Cottolengo testimoniaba contra su señoría, contra el intruso, el verdadero y único enemigo que se había infiltrado allí dentro.

Pero los ojos del enano se posaban con la misma ausencia de participación en todo lo que en el patio se movía, incluyendo a su señoría. Negar valor a los poderes humanos implica la aceptación (o sea, la elección) del poder peor: el reino del enano, demostrada su superioridad sobre el reino de su señoría, lo anexionaba, lo hacía suyo. He aquí, pues, que el enano y su señoría confirmaban estar de la misma parte, y Amerigo ahora no podía permanecer en ella, estaba fuera…

Regresó el coche negro y desembarcó un cargamento de temblorosas beatas. Con gran alivio, su señoría se metió dentro, bajó el cristal para dar ánimos por última vez, y partió.

(Continuará…)

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