Pinktoes (VIII)

Chester Himes







LOS OJOS SIGUEN MIRANDO

CUANDO CORRIÓ la voz de que un comité de damas de color se hallaba reunido en casa de Mamie Mason para descubrir un medio seguro de evitar que los maridos de color se escapasen con mujeres blancas, los espías brotaron como hongos. Esto no significa decir que tan ambiciosa empresa no contase con el apoyo de todas las damas de color de Harlem, de la primera a la última, pero ya conocéis a Mamie Mason, hijitas; no puede evitarlo, pero le gustan los blancos.

Naturalmente, Juanita Wright estaba apostada en la ventana del departamento de enfrente, desde donde veía la puerta del de Mamie y todos los que entraban y salían. Además, recabó los servicios de Big Burley, el famoso detective particular, de color, por si surgían pruebas que pudiesen aducirse en una demanda de divorcio.

La única dificultad consistía en que Big Burley era un hombre muy ocupado y esperaba con impaciencia que llegase Wallace y cayese en la trampa. Así, cada vez que llegaba alguien al departamento de Mamie, se volvía a Juanita para preguntarle, refrenando apenas su impaciencia:

—¿Quiere que intervenga ahora?

La única persona de todo el barrio que se hallaba a salvo de miradas indiscretas era Joe. Y esto era porque ya se había ido a la cama.


ÉL SIGUE SIENDO ÉL

APROXIMADAMENTE A ESA misma hora, el doctor Kissock tuvo la súbita inspiración de telefonear a su esposa, para saber cómo iban las negociaciones. No obstante, como precaución contra indiscreciones y para no dar pábulo a mayores escándalos, se expresó en los siguientes términos:

—¿Se ha convencido ya la primera parte contratante de la conveniencia de renunciar a la parte de la segunda parte contratante, y ha consentido la parte de la segunda parte contratante en una reconciliación con la parte contratante de la tercera parte?

Quiso la casualidad que Bessie Shirley se hallase cerca del supletorio de la cocina cuando sonó el teléfono. Nunca se hubiera perdonado si no hubiese tratado de averiguar quién llamaba a Mamie a una hora del día en que Joe solía estar ausente. Pero cuando oyó al doctor Kissock hablando en términos tan sibilinos, creyó que era su vendedor de números, que se refería a las tres cifras del premiado aquel día por el nombre de «partes contratantes», por si acaso la policía se hallase presente.

Así es que fue y le dijo:

—Todo está frío, primo, ¿cuál es la principal parte contratante?

Con esto quería decir, desde luego, qué cifra del número del día había salido primero, pues ella siempre solía apostar por determinada cifra, que había de salir en primer lugar.

—¡Canastos!, ¡esto es tan embrollado que no hay quien lo entienda! —exclamó admirado el doctor Kissock—. Pero ¿qué demonios significa?
—Soy yo quien pregunta qué significa esto, primo —dijo Bessie—. ¿No me das el soplo?
—¿Qué soplo? —preguntó el doctor Kissock—. Esto es llevar el misterio demasiado lejos, querida. Habla un poco más claro y nos entenderemos.
—Habla más claro tú, porras —repuso Bessie—. ¿Quién te crees que eres?
—¿Que quién creo que soy? —dijo el doctor Kissock—. Sé muy bien quien soy, pero tú, ¿quieres decirme quién diablos eres?
—Soy Bessie. Y si tú no eres Candy el Dandy, el vendedor de números, ¿quieres decirme quién demonios eres?
—¡Bessie! —barbotó el doctor Kissock—. ¿Pero puede saberse qué pasa ahí?
—Nos hemos reunido unas cuantas chicas para freír un poco de pescado —dijo Bessie—. ¿Y quién eres tú, para meter las narices en nuestras cosas?

El doctor Kissock se alarmó. Como era un caballero del Sur, dio a aquella frase la interpretación que se le había dado en el Sur, donde cuando se reúne un grupo de mujeres que dicen que van a freír pescado, ésto significa que van a chismorrear de lo lindo. Inmediatamente trató de telefonear a su buen amigo Wallace, para avisarle y evitar que cayese en la trampa. Pero Wallace ya había salido del hotel y no consiguió dar con él. El doctor Kissock recordó entonces que Art Wills, el periodista, y Wallace eran carne y uña, y que Wills iba a escribir el prefacio de un libro de Wallace, o tal vez fuese un libro sobre Wallace, en fin, algo de tipo editorial, no recordaba exactamente qué, pero sin duda Wills conocería el paradero de Wallace, pues, como es sabido, los editores siguen estrechamente la pista de sus autores.

Por consiguiente, telefoneó al despacho de Art. Pero éste no estaba en él, por la sencilla razón de que se hallaba en su casa cuidando de su hija y del gato inválido, en ausencia de su esposa que, como sabemos, se encontraba también en casa de Mamie, aunque Art se hallase a oscuras sobre el particular. Entonces el doctor Kissock dejó recado a la secretaria de Art para que éste dijese a Wallace Wright que le telefonease inmediatamente, y, para asegurarse de que ella cumpliría el encargo, agregó que se trataba de un asunto importantísimo relacionado con el libro de Wallace.

La secretaria de Art sabía, fuera de toda duda, que si un personaje como Wallace Wright escribía un libro, sólo podía ser sobre sí mismo. Telefoneó entonces a Art para decirle que un tal doctor Cassock la había informado de que Wallace Wright había terminado de escribir su autobiografía, por lo que convenía que Art se pusiese en contacto con él inmediatamente, antes de que la ofreciese a otro editor. Naturalmente, en asunto de tal importancia, el deber estaba por encima de obligaciones tan mezquinas como la de cuidar de su parlanchina hija y su gato, que no dejaba de quejarse. Entonces Art, ni corto ni perezoso, telefoneó a Baby Sitters Unlimited para pedirles que le enviasen a una niñera de confianza, y partió en busca de Wallace. Pero primerotelefoneó a Lou Reynolds para saber si la Editorial Hightower se le había adelantado.

—¿Qué sabes sobre la vida de Wallace, Lou? —preguntó Art discretamente.
—Por favor, Art, no me metas en ese escándalo —le suplicó Lou—. Yo no sé nada sobre la mujer se Wallace. Ni siquiera conozco a esa señora.

Con esto, Art se dio por satisfecho y dijo:

—Bien, de todos modos muchas gracias, Lou. Me voy a las carreras.
—Que te diviertas —dijo Lou, sabiendo que lo que Art quería decir era que se iba a Harlem, a casa de Mamie Mason, donde siempre había razas de todas clases.

En realidad, Art no quería dar a entender esto. Sencillamente, el sentido común le decía que al ser un hombre de color, el sitio más probable donde podría encontrarse Wallace era Harlem. Y si Wallace estaba en Harlem, lo más razonable era que se hallase en casa de Mamie Mason, porque allí era donde Art deseaba encontrarle.

Cuando el doctor Kissock estuvo seguro de que avisarían a Wallace a tiempo del peligro que representaba el visitar a Mamie Mason, se sintió obligado a llamar a la amante blanca de Wallace, que era lo que aconsejaba la humanidad más elemental. Telefoneó entonces a su buen amigo el doctor Oliver Wendell Garrett, que afortunadamente se hallaba aquel día en la ciudad, para permitirle que compartiese con él el honor de ayudar a su común amigo Wallace en su hora de aflicción. El doctor Garrett supo apreciar debidamente este honor y no expresó la menor duda acerca de su capacidad de llevar a término aquella misión, gracias al numeroso personal que tenía a sus órdenes.

—Sería conveniente que me dieses su nombre y señas —dijo.
—¡Canastos, no recuerdo cómo se llama esa mujer! —dijo el doctor Kissock—. ¿Buscona? No, eso es como llaman a las de su clase. Pero ella es… ejem… una de nosotros, quiero decir que pertenece a nuestra especie.
—¿Ah, sí, de veras? —comentó el doctor Garrett—. ¡Imagínate! Pero sin duda Wallace tiene que saber cómo se llama. Debe de llamarla de algún modo cuando… ejem… cuando está sobre ella. Tal vez algo así como… ejem… pinktoe, lo he oído decir.
¡Pinktoe! ¡Repámpanos! —exclamó el doctor Kissock—. También he oído decir que las llaman «sedas», naturalmente, sólo cuando se dedican a sudar juntos.
—¡Sedas! —repitió el doctor Garrett— tiene gracia. Pero yo encuentro que resulta un poco raro tener que decir a una mujer, como ese tipo, ya sabes, que escribe esa pornografía de guerra, cosas así, por ejemplo… ejem… no, seda, oh, seda, mi seda, hasta que me venga, seda, cuando a ti te venga, seda, y vuelta a empezar, seda. Ejem. O algo parecido.
—Esto parece la revolución del gusano de seda, ¿no crees? —comentó el doctor Kissock—. ¡Pero mira qué pinktoe!… lame mi pinktoe, o ennegrece mi pinktoe, hasta que lo tenga negro como el tuyo… o algo parecido.
—Más valdrá que lo dejemos para los antropólogos —dijo el doctor Garrett.
—Desde luego —asintió el doctor Kissock—. Acaso inventen algo mejor.

El doctor Garrett no era un hombre egoísta en lo tocante a los honores, y por lo tanto su primer pensamiento fue el de compartir aquel honor de ayudar a Wallace con una persona de la misma clase de éste, que lo mereciese. ¿Y qué persona mejor sino aquel charlatán individuo de la Fundación Rosenberg, que le había llevado en coche a casa recientemente, a la salida de una de las fiestas de Mamie? ¿Pero cómo demonios se llamaba? Había escrito un libro sobre ballenas… Moby… no, ese era el nombre de la ballena. Jonás, sí, señor, éste era el nombre, Jonás Barriga, pero acaso fuese un seudónimo. Resultaba un poco raro que un autor llamado Jonás Barriga escribiese un libro sobre ballenas. Tendría que pasar el asunto a su secretaria.

—Ese sujeto se hace llamar Jonás Barriga —dijo—. Pero o mucho me equivoco, o lo mismo pudiera ser Jonás Johnson. Conozco a esa clase de tipos.

Con esta indicación, su secretaria no tuvo ninguna dificultad en localizar a Jonah Johnson en el fichero. Era el famoso corresponsal de guerra negro que se proponía escribir un libro sobre el pueblo ruso, si conseguía una beca de la Fundación Rosenberg. La secretaria le comunicó que el doctor Garrett deseaba que le obtuviese el nombre y las señas del sedero donde se surtía Wallace Wright, porque sabía que el doctor Garrett no podía referirse a la seda de Wallace Wright pues esto no tenía ni pies ni cabeza, y ella ya estaba acostumbrada a poner las palabras que faltaban en los dictados del doctor Garrett.

Ahora bien, si uno de sus paisanos de Harlem le hubiese pedido a Jonah el nombre y las señas de su propio sedero, Jonah la hubiera enviado a una casa donde pudiese encontrar algunas mujeres blancas, llamadas «sedas» en Harlem, debido a la leyenda de que su pelo del pubis es de un tacto sedoso. Pero nunca se le ocurrió pensar a Jonah Johnson, que tanto anhelaba una beca de la Rosenberg, que el mismísimo presidente de la Fundación, que podía tener toda clase de mujeres de balde, sin mencionar los autocares de mujeres de color que tenía que rechazar, quisiera surtirse por intermedio de Wallace Wright. Así, había que entender que si el doctor Garrett empleaba la palabra seda, se refería a la tela que se tejía con la brillante secreción de los gusanos de seda. Y si el doctor Garrett deseaba ponerse en contacto con el sedero de Wallace Wright, , esto era con la sola y exclusiva finalidad de hacerse confeccionar unas cuantas camisas de seda. Jonah Johnson no estaba dispuesto a que el presidente de la Fundación Rosenberg tuviese que esperar mucho tiempo para cumplir su deseo.

En consecuencia, partió al instante hacia casa de Mamie Mason, porque era seguro que si ésta no conocía el nombre y la dirección del sedero de Wallace Wright, nadie más lo sabría, y por otra parte era indudable que quien quiera que se presentase con un recado importante de parte del doctor Garrett, sería objeto de un gran recibimiento por parte de Mamie, quien lo invitaría a un par de copas, y quién sabe, acaso encontraría allí algo interesante, tal vez alguna de aquellas finas «sedas» que tenían la costumbre de visitarla.

Entre tanto, el reverendo Mike Riddick estaba meditando sobre la suerte del gran caudillo racial Wallace Wright, y pensando en las tentaciones de la carne que apartaron del camino recto al pobre pecador, y estas edificantes meditaciones despertaron un vivo deseo en él de medir su temple cristiano con tentaciones similares. ¿Y dónde era más probable hallar semejantes tentaciones sino en casa de Mamie Mason, que en aquellos mismos instantes agasajaba, entre otras, a Mrs. Kit Samuels, la mayor tentación que él conocía? Así es que, depositando su fe en el Altísimo, corrió a casa de Mamie.

—Buenas tardes, mi querida señora, que el Señor os bendiga y os guarde — le dijo, saludándola calurosamente—. Y aunque sé que no me habéis llamado, no creo que pongáis obstáculos a un religioso para el cumplimiento de su deber en su lucha contra las tentaciones.
—¡Tentaciones! —dijo Mamie, desdeñosa—. ¿Puede saberse desde cuándo luchas contra las tentaciones?
—He luchado siempre contra ellas; mi lucha ha sido larga y ardorosa — manifestó—. No he vencido, pero eso no importa.
—Siento decepcionarte —le dijo Mamie—. Pero hoy no tenemos tentaciones, sino pescado frito.
—¡Pescado frito! —exclamó con entusiasmo el reverendo Riddick, olfateando el aire como un sabueso a punto de levantar la caza—. ¿Cabe algo más tentador que el pescado frito?
—Además —prosiguió Mamie, apenas tenemos bastante para nosotras.
—¡Apenas tenéis bastante para vosotras! —repitió el reverendo Riddick—. ¡Esto es increíble! ¡Pero si hay más pescado en el mundo que cebo!
—Pero no está aquí —afirmó Mamie.
—¡Que no está aquí! ¿Con tantas invitadas? Si el Salvador fue capaz de alimentar a toda una multitud con cinco pescaditos, entre tú y tus invitadas podéis saciarme.
—Eso lo hizo el Salvador —repuso Mamie—. Pero además de esto, aquí no queremos hombres. Se trata de un asuntillo privado, entre nosotras.
—¿Un asuntillo de mujeres? —dijo escandalizado el reverendo Riddick. Irguiéndose en toda su estatura, añadió con voz severa—: ¿Ocurre algo inmoral en esta casa llena de mujeres, que tú deseas ocultar a los ojos de un ministro del Señor?

No le tocó más remedio entonces a Mamie que invitar al reverendo Riddick a que inspeccionase aquella inocente reunión, tratando de descubrir en ella señales de inmoralidad. El reverendo Riddick entró en el salón y así que vio a Kit Samuels, comprendió que, por fin, se le presentaba su primera tentación.

—¿Cómo está usted, Mrs. Samuels? —dijo, saludándola—. Que el señor proteja su inocencia y le preste fuerzas para resistir las tentaciones que nos aguardan.
—¡Oh, reverendo Riddick! —exclamó Kit Samuels—. ¿No quiere probar un poco de mi pescado?
—Nada me agradaría más que probar un poco de su pescado —dijo solemnemente el reverendo Riddick, mientras se apretujaba junto a Kit en el banco de la mesa de la cocina, apretando su muslo enorme y duro contra el pequeño y suave de la joven, sin duda para advertirla de la gran tentación que se cernía sobre ellos—. Ahora inclinemos nuestras cabezas en oración y demos gracias al Señor por el pescado que nos disponemos a recibir.

El reverendo Riddick dió las gracias al Señor con un fervor tan extraordinario por el pescado que se disponía a recibir, que todos oyeron susurrar a Maiti Brown.

—¡Atiza, a éste le gusta el pescado!
—Me gustan los hombres amigos del pescado —observó Merto—. Los hombres amigos del pescado son de confianza, quiero decir que una no tiene que andarse por las ramas tratando de averiguar lo que les gusta; les gusta el pescado, y asunto concluido.
—Si te gustan los hombres amigos del pescado, ¿por qué no te buscas uno? —dijo Kit Samuels.
—Puedes estar segura que no te quitaré ningún hombre enamorado de tu pescado —repuso Merto—. Quiero decir que tú puedes hacer lo que gustes con tu pescado, que yo haré lo mismo con el mío.
—Hijas mías, recordad que tiene mayores bendiciones el acto de dar que el de recibir —dijo el reverendo Riddick con unción—. Permitidme que os bendiga aceptando un poco de pescado de cada una de vosotras.

Todos oyeron murmurar a Maiti Brown:

—Yo diría que aquí todos hablan con doble sentido.

Mamie, por supuesto, vio en seguida que si aquella obsesión por el pescado continuaba, habría más pesca de la que ella consideraba conveniente. Se disponía, pues, a enviar a Kit Samuels a un recado que requeriría la asistencia de un pescador de pelo en pecho, cuando se presentó nada menos que Art Wills, que venía en busca del mismísimo Wallace Wright.

Huelga decir que Debbie se disgustó lo indecible al descubrir que su marido tenía tratos inconfesables con un hombre de la reputación de Wallace Wright. Incluso era posible que su marido tratase de buscarle otra querida a Wallace. Y además, ¿qué había hecho de su hija?

Art le aseguró que la había dejado con una niñera, pero que si el angelito volvía a tirar el gato por la ventana, por Dios, que no le echase la culpa a él, porque después de lo mucho que trabajaba para mantenerlas a ambas, no estaba dispuesto a tolerar que su mujer llevase los pantalones.

Esta insinuación de mandona puso a Debbie furiosa. Afirmó entonces que si se preocupase más de lo que pasaba en su propia casa, su hija no cometería semejantes barrabasadas.

Naturalmente, Art se molestó mucho de que le cantasen las verdades. Entonces replicó diciendo que si su mujer le hubiese comunicado a dónde iba, en vez de decirle que iría a Far Rockway para visitar a su tía, en primer lugar ya no hubiera ido a casa de Mamie, sino tal vez se hubiera ido a Far Rockway, o incluso más lejos. Lo único que deseaba era leer la autobiografía de Wallace Wright.

—¡Buen Dios! ¡Eso es lo que queremos todas! —exclamó Maiti Brown.

De no haber sido por la providencial llegada de Jonah Johnson, Art se hubiera visto en una situación muy comprometida.

Pero cuando Jonah anunció que iba en busca del sedero de Wallace Wright, el asombro no es para ser descrito.

—¡Cómo! —exclamó estupefacta Bessie Shirley—. ¿Ahora resulta que tiene que pagarlo, a pesar de encontrarlo de balde hasta hace muy poco tiempo?
—No se trata de esa clase de seda —explicó Jonah— sino de seda para camisas.
—¡Santo Dios! —exclamó Mamie maliciosamente—. No iréis a decirme que Wallace se ha convertido ahora en un tratante en seda caliente.

Todas las personas de color presentes comprendieron lo que quería decir. Si Wallace trataba en seda caliente, esto sólo podía significar que la ofrecía de contrabando a clientes escogidos, que la compraban a sabiendas de que era un artículo robado.

No obstante, la mayoría de las señoras se puso de parte de Wallace al enterarse de sus deseos insaciables, y Patty Pearson fue lo bastante lista para comprenderlo.

—Creo que, moralmente, no hay nada que decir de que Wallace venda seda de contrabando —dijo—, porque estoy segura que el único motivo por el cual lo hace es el de ayudar a los asiáticos de color que se enfrentan con el problema de la seda, que para ellos es tan grave como el problema negro para nosotros.
—Estoy de acuerdo con Patty —dijo Alice Overton—. Como todas sabéis, yo estoy muy bien relacionada con personas blancas de muy buenas intenciones. Pero cuando uno de los nuestros se desvive por ayudar a las personas de color, yo no le regateo mi admiración, sin preocuparme por el hecho de que sean asiáticos.
—Dios me libre de acusar a Wallace de traficar en seda robada, si no puede obtenerla de ninguna otra manera —observó Mamie.
—Y pensar que yo ni siquiera puedo dar bastante —dijo Merto.’

Patty lo defendió, diciendo:

—Nadie cree que la robe él mismo. Él sólo comercia con ella.
—¿No es lo mismo que hacen todos? —preguntó Alice Overton.
—Desde luego —asintió Bessie Shirley— ¿No os parece maravilloso?
—Pero, ¿de dónde saca tanta seda? —quiso saber Kit Samuels.
—Y yo qué sé —dijo Maiti Brown—. Si es lo que me imagino…
—Desde luego, lo único que hace Wallace es tratar de ayudar a los asiáticos —dijo Alice Overton.
—Pero, ¿por qué tenemos que mezclar a los asiáticos con Wallace? —insinuó Mrs. Kissock, en tono de duda.
—Mezclémoslos a todos —dijo Bessie Shirley, jubilosa.
—Pero es que ahora muchos de ellos son rojos —prosiguió Mrs. Kissock—. Los asiáticos, claro. Por ejemplo, toda la China es roja.
—¿Y qué tiene eso de malo? Al fin y al cabo, es natural —dijo Merto.
—Como todo el mundo sabe, yo sería la última persona del mundo capaz de arrastrar por el fango el nombre de Wallace —dijo Mamie—. Pero si puede conseguir seda de la China comunista, ¿quién nos dice que no sea él también comunista?
—Ojalá Wallace viniese para explicar eso personalmente —dijo Mrs. Kissock—. Estoy segura de que él sabría distinguir y también nos comunicaría lo que dice la opinión pública sobre los comunistas, según los últimos sondeos y encuestas.
—Esta es otra de las cosas malas que tiene el problema negro: que siempre llamen rojos a la gente de color, como si no pudiesen ser negros únicamente —dijo Kathy Carter.
—Poco importa que uno sea rojo, o blanco, o negro —terció el reverendo Riddick—. La tentación siempre es la tentación.
—¿De qué está hablando? —preguntó Maiti Brown—. ¿De mujeres o de comunistas?
—Yo sólo sé una cosa —dijo Mamie—. Que no esperen verse invitados a mi baile de máscaras las personas de color que se dedican a defender a los traidores de su raza.
—¡Santo Dios! —exclamó Mrs. Kissock—. Tengo que telefonear a mi marido, para decirle que volveré tarde.
—Creo que lo que Kathy quiere decir —intervino Art— es que debemos pensarlo dos veces antes de tachar de rojo a un gran hombre como Wallace Wright, únicamente porque se dedica a traficar en seda, llevado del amor que siente por los suyos.
—Eso es exactamente lo que yo quiero decir, cielito —le dijo Kathy, haciendo chasquear los dedos triunfalmente—. Yo no lo diría así, pero el sentido es el mismo.

Parecía a punto de efectuar una demostración, pero se contuvo en presencia de Debbie Wills, que, naturalmente, no se hubiera limitado a quedarse sentada y aplaudiendo.

Mamie, naturalmente, se enfureció con Art por salir en defensa de Wallace.

—No vas a suponer que la cacerola volverá a llamar a la cazuela — exclamó en un tono nada gracioso.
—Yo no quise decir esto —repuso Art—. Algunos de mis mejores amigos son negros como el as de espadas.

Esta vez lo salvó el timbre de la puerta, anunciando la llegada de Eddy Schooley y su editor, Lou Reynolds. Después ambos negaron categóricamente haber llegado juntos, porque al entrar, Schooley dijo:

—¡Por Moisés, este sitio está lleno de fantasmas!

Naturalmente, juró y perjuró que Mamie en persona lo había invitado a asistir a una sesión y que él sólo se refería a la espeluznante sensación causada por las puertas que crujían en el corredor y los ojos que miraban desde los rincones oscuros, cuando él y Lou salieron del ascensor, y no al hecho de que hubiese más señoras negras presentes que blancas.

Pero las señoras de color opinaron que se referían a ellas, pues fantasmas es como a veces son llamadas las personas de color, y se mostraron tan resentidas y expresaron su resentimiento en tal lenguaje, que las señoras blancas se pusieron rojas como la grana, lo cual hizo pensar al reverendo Riddick en las cerezas. El reverendo Riddick sentía pasión por las cerezas y hacía mucho tiempo que no las probaba, pero consideró que entonces no era conveniente hablar de su afición a las cerezas, pues sentía también un profundo respeto por las señoras de color, cuando éstas se ruborizaban.

No podía decirse otro tanto de Art. Éste no sólo ignoraba que las señoras de color se hubiesen ruborizado, sino que consideraba una vergüenza que las señoras que tenían el mismo color que Schooley lo apostrofasen de tal modo, por lo que a él le parecía un error perfectamente natural.

—Nadie le ha entendido bien —dijo—. Schooley no se refería a fantasmas vivos, sino a fantasmas muertos.
—Si consideras que yo tengo algo de muerto —dijo Kathy Carter, haciendo chasquear los dedos con indignación—, te aseguro que no oirás repiquetear mis huesos cuando me menee. Supongo que entiendes lo que quiero decir.

Mrs. Kissock eligió este malhadado momento para volver de telefonear a su marido, armada con todos los hechos pertinentes y los detalles de la escapatoria de Wallace, que fue por los celos, elogiando después a Art porque hubiese avisado a Wallace, diciéndole que no se acercase por casa de Mamie aquella tarde.

Pero Art estaba tan contento de haber podido encontrar por fin algo, que podía negar, sin faltar a la verdad, que se enzarzó en una negativa tan elocuente que nadie le creyó.

No hace falta decir que Mamie recibió estas buenas noticias de muy mal talante.

—Esas serpientes que vienen a mi casa para comerse mi pollo frito, beberse mi buen whisky y pagarme con intrigas, son lo que yo llamo una calamidad para la raza blanca —dijo, echando espumarajos de rabia.
—No he visto a Wallace Wright desde la noche de la gran fiesta que ofreciste en su honor —dijo Art con toda sinceridad, pues no recordaba haber encontrado a Mr. Wright en el departamento de Patty Pearson en compañía de la mujer de éste, Julius y Patty, sin hablar de la amiga blanca de Mr. Wright—. Y es una suerte que no lo haya visto —prosiguió—, porque le hubiera precavido, desde luego, contra los griegos y sus regalos.
—Esto sólo demuestra que eres un embustero —dijo Mamie—. Nunca, en toda mi vida, he dado una fiesta en honor de Wallace Wright.
—Mamie tiene razón —asintió Schooley—. Esa fiesta se dio en mi honor.
—Yo tenía entendido que fue en honor del doctor Kissock —dijo Mrs. Kissock.
—Yo no le haría ascos al regalo de un griego —observó Merto—. Sobre todo, si fuese espléndido, brillantes y joyas, por ejemplo.
—Conozco a una que cayó tendida cuán larga era por comer en un restaurante griego —dijo Bessie Shirley.
—¡Dios mío! —dijo Maiti Brown—. ¿Sólo por comer?
—Por si aún no fuese bastante —prosiguió Mamie—, en primer lugar, Art Wills es el Judas que traicionó a Wallace Wright; ésta es la verdad.
—No puedo haber traicionado a Wallace, porque no sé qué sea culpable de nada que no hayamos hecho todos nosotros —repuso Art.
—¡Dios mío! —volvió a exclamar Maiti Brown—. ¡Él también!
—No pienso estarme mano sobre mano, viendo cómo acusáis de este modo al hermano Wills —dijo el reverendo Riddick—. Para mí da lo mismo que sea blanco.
—Acusan al hermano Wallace más que a mí, precisamente porque él no es blanco —dijo Art.
—En nombre de la fraternidad humana que la mujer que no tenga rocas en su lecho arroje la primera piedra contra el hermano Wright —dijo el reverendo Riddick.
—Podría señalar a alguno de los presentes que tratan de presentarse como personas virtuosísimas, aunque si la verdad pudiese decirse, su cama merecería llamarse las Montañas Rocosas —dijo Mamie.
—Tal vez yo no sea muy virtuosa, pero tengo mis virtudes particulares; no sé si entendéis lo que quiero decir —dijo Kathy Carter haciendo chasquear los dedos y meneando las caderas para dar mayor énfasis a sus palabras.
—La verdad es que, por debajo de la piel, todos somos hermanos —dijo Art.
—¡Dios mío! —exclamó Maiti Brown—. ¿Acaso tendremos que despellejarnos?
—Si tanto os interesa la verdad, yo puedo esclareceros un poquito —dijo Mamie—. Y si la verdad se tiene que conocer, más valdrá que todos los aquí presentes sepan que Art Wills telefoneó desde aquí mismo, desde mi propia casa, a Wallace Wright para citarlo en casa de Patty Pearson, atrayendo después con engaños a Juanita al nidito amoroso de Wallace, a fin de traicionarlo —dijo Mamie.
—Para decir la verdad, yo diría que el único pecado que cometió Wallace fue dejarse atrapar —observó Art.
—¿Pero esto es verdad? —dijo Bessie Shirley.
—Yo puedo hacer que todos digan la verdad hipnotizándolos —afirmó Schooley.
—Bien, no nos estemos aquí sin hacer nada —dijo Mamie—. A ver, Schooley, hipnotiza a Art y oblígale a decir la verdad.

Y así fue como Eddy Schooley ejerció sus poderes hipnóticos sobre Art Wills.

Art permanecía tendido en el sofá, con Schooley sentado en una silla a su lado, mirándole fijamente a los ojos, haciéndole lentos pases con las manos frente a la cara, repitiendo en voz baja e hipnótica:

—Sueño… sueño… mucho sueño…

Art había tenido un día muy agotador, con todo lo que le había sucedido, y se sentía muy cómodo en el sofá por lo que la voz monótona de Schooley resultaba muy agradable después del parloteo de las mujeres. Así es que entonces Artse preguntó por qué no podía descabezar un sueñecito, aprovechándose de la situación, cosa que nadie le echaría en cara, pues prácticamente le obligaron a someterse a la estúpida idea de Schooley. En efecto, esto es lo que hizo. Cerró los ojos y se quedó dormido.

—Está dormido —dijo Lou Reynolds.

Schooley levantó un párpado de Art y vio que, efectivamente, estaba dormido, hecho que le sorprendió a él más que a nadie.

—Cáspita —murmuró Schooley—. Está dormido.
—Es lo que he dicho —asintió Lou—. Ordénale que se levante.
—Levántate —le ordenó Schooley.

Naturalmente, la orden no surtió el menor efecto sobre Art, pues éste dormía a pierna suelta. En vez de levantarse, se puso a roncar.

Schooley sintió tal desconcierto ante el sesgo que tomaban los acontecimientos, que no advirtió que Mamie Mason se levantaba de la silla que ocupaba a su izquierda y Patty Pearson hacía lo propio a su derecha.

Pero Schooley no era de los que se arredran por pequeños reveses, especialmente después de descubrir cómo podía dejar dormido a un sujeto. Puso entonces la mano con suavidad en la frente de Art y le habló con el candor y la franqueza de un polizonte fraternal que preguntase a un ratero medio cretino qué había hecho con el producto del robo:

—¿Cuál es la verdad, amigo?

Pero fue Mamie quien respondió, mirando fijamente ante sí, sumida en un profundo trance hipnótico:

—La verdad está en la cocina, oh maestro.

Y, por otro lado, fue Patty quien respondió también, sumida igualmente en profundo trance hipnótico:

—Está en el dormitorio, oh maestro.

Mamie dirigió a Patty una mirada asesina con el rabillo de su ojo hipnotizado y Patty dirigió a Mamie una mirada retadora con el rabillo del suyo.

—¡Dios mío! —exclamó Maiti Brown—. ¡Se le ha producido un cruce!

Schooley, anonadado ante aquella inesperada revelación de sus tremendas facultades, se quedó asustado, boquiabierto como un pasmado.

No ocurrió lo mismo con sus sujetos. Ninguna de aquellas dos damas tan avispadas era tan estúpida como para quedarse hipnotizada, perdiendo el pleno dominio de sus facultades.

Así, por un lado, Mamie dijo lo siguiente al hipnotizador:

—Oh, maestro, haré como tú me ordenas con tu pensamiento e iré a buscarlo al hogar donde está oculto y te lo traeré para que lo examines.

Patty, a su vez, dijo:

—Oh, maestro, si te dignas venir conmigo yo te conduciré a un sitio para que veas la verdad con tus propios ojos.

En esta coyuntura, las potencias ocultas que movían a los sujetos entraron en conflicto tan curioso que ambas cruzaron miradas envenenadas a tiempo que cada una asía con fuerza un brazo del maestro.

—No vayas con esa zorra mentirosa, oh maestro; la verdad no reside en ella —dijo Mamie.
—No te dejes engañar por la lengua falsa de esa bruja embustera, oh maestro; si la escuchas perderás la verdad —dijo Patty.
—¡Dios Todopoderoso! —exclamó afligido el reverendo Riddick—. Habría que exorcizar a estas desgraciadas.
—¡Suéltale, perra! —gritó Mamie a Patty, presa de un súbito acceso de rabia, mientras tiraba del maestro hacia la cocina.
—Tengo tanto derecho a él como tú —repuso Patty, furiosa, tratando de arrastrar al maestro hacia el dormitorio.
—¡Dios Todopoderoso! —repitió el reverendo Riddick con voz llena de temor—. Estas mujeres tienen el Diablo en el cuerpo.
—¡Dios mío, deshipnotízalas en seguida! —gritó Maiti Brown, horrorizada.

La única dificultad consistía en que el maestro aún no sabía cómo sacar a sus sujetos del trance. Entonces pensó que lo único eficaz sería gritar y gritó:

—¡Despertad, despertad!

Ninguna de las dos hipnotizadas, empeñadas en partirle en dos, le hizo el menor caso, pero el tercer sujeto, que hasta entonces había estado durmiendo apaciblemente en el sofá, se despertó de repente y lo primero que vio fue al bruto de Eddy Schooley maltratando a dos mujeres. Se puso en pie de un salto, ordenándole que las soltase, y le bastaron dos mamporros para noquear al maestro.

—¡Dios mío! —exclamó Maiti Brown, más horrorizada si cabe—. ¡Otro endemoniado!

Como el maestro estaba tendido inconsciente en el santo suelo, sin que nadie pudiese sacar de su trance a los sujetos, Mamie corrió a la cocina para regresar blandiendo la carta que Art Wills había escrito a Brown Sugar.

—El maestro me ruega que te ofrezca esto, oh hermana mía —dijo, metiendo la carta en las manos de Debbie Wills—, a fin de que tú, esposa de este hombre solapado, puedas ver la verdad con ojos muy abiertos.

Art no prestaba la menor atención a las pamplinas de Mamie, pues estaba arrodillado junto al pobre Schooley, tratando de hacerle recuperar el conocimiento, a fin de presentarle sus excusas por su atolondramiento.

Así, cuando Debbie terminó de leer la carta y se volvió hacia él para gritarle: «¡Eres una bestia!», creyó él, claro está, que se refería a su violenta reacción.

—No soy una bestia —protestó—. Lo haría por cualquier mujer que admirase, tuviese o no tuviese razón.

Esta desvergonzada confesión de infidelidad fue un golpe tan fuerte para Debbie, que le provocó un ataque de histerismo. El reverendo Riddick no era de los que se quedan mano sobre mano en presencia de una mujer histérica.

—Déjalo de mi cuenta, yo expulsaré los malos espíritus de su cuerpo —dijo, buscando con la mirada a Mrs. Samuels, pues sabía que ésta apreciaba los buenos combates de lucha libre.

Mientras, Patty Pearson se había ido corriendo a la parte de atrás del departamento para atisbar al interior del dormitorio. Al ver en él a Merto trabada en íntima conversación con Joe Mason, que vestía únicamente el pijama, retiró la llave de la parte interior de la puerta del cuarto de baño, cerrando sigilosamente la puerta del dormitorio por fuera.

¿Y cómo era que Merto se encontraba en el dormitorio con Joe y en actitud tan comprometedora, en momento tan intempestivo? Esto nos retrotrae al asunto del pescado.

Poco antes de que Schooley empezase a hipnotizar a Art, Merto se fue al lavabo, y, al salir para volver al salón, Joe Mason entreabrió la puerta del dormitorio y dijo «¡Pssst!»

Ni qué decir tiene que Merto se sintió instantáneamente intrigada por aquella manera de llamarla, especialmente teniendo en cuenta de que quien lo hacía era un caballero de color y en pijama, que se asomaba por la puerta del dormitorio, con una cama claramente visible al fondo.

—Ya sé que no está bien pedir nada a una invitada —dijo Joe con expresión dulce e implorante—, pero, me gustaría tanto probar un poco de pescado…

Después de llevar tanto rato percibiendo el tentador aroma del pescado frito desde su dormitorio, era perfectamente natural que Joe sintiese un deseo loco de probarlo.

Pero aunque no hubiese sabido esto, Merto lo comprendió perfectamente.

—No es un momento muy a propósito —repuso—, con toda la casa llena de gente, quiero decir…
—Por esto te lo he pedido —dijo Joe—. Así, en pijama, aunque me pusiese una bata, no estoy presentable ante todas esas señoras.
—Sí, desde luego —admitió Merto—. Pero sería muy emocionante, con todos mirando.
—Es que no quiero que Mamie me sorprenda comiendo pescado en su cama —explicó Joe.
—Pero ¿cómo iba a saberlo?
—Pues lo adivinaría, si me viese así —dijo Joe.
—Cualquiera lo adivinaría si nos viese juntos, creo yo —dijo Merto.
—Durante toda la tarde me muero de deseos de probarlo —añadió Joe—. Y ahora huele tan bien, que no me importará que venga alguien y me vea cuando lo esté comiendo.
—Francamente, a mí tampoco me importaría —dijo Merto.
—Pero no quiero abusar de tu generosidad.
—Oh, eso no es problema —repuso Merto—. Déjame entrar para que lo piense. Quiero decir que podré decidirlo mejor después de ver la configuración del terreno, como un general.

Y esto explica que Merto se encontrase en el dormitorio de Joe cuando Patty Pearson pasó por allí durante su trance hipnótico.

¿Y qué poderes ocultos guiaron a Patty en este diabólico descubrimiento? Pues la verdad es que vio que Merto se iba al lavabo y como Patty Pearson era muy entrometida y fisgona, esperó que Merto regresase y, al ver que no volvía después de transcurrir un tiempo que Patty consideraba razonable para aliviar cualquier necesidad de orden corporal, empezó a atar cabos y decidió actuar por su cuenta.

Y, precisamente entonces, quiso la ley de las probabilidades que Julius Mason se presentase en casa de Mamie en compañía de Fay Corson, aquella rica divorciada rubia, de la calle Setenta Este. Su llegada era bastante razonable. Al fin y al cabo Julius vivía allí y se hallaba convencido de que Mamie estaba camino de Chicago, por habérselo dicho precisamente la propia Mamie. No tenía ningún motivo para suponer, por otra parte, que su hermano Joe ya hubiese regresado de Buffalo. Por lo tanto, se hallaba convencido de que conducía a Fay Corson a un departamento desocupado. ¿Para qué? Bien, para lo que hubiera pensado cualquier persona que se hallase en su cabal juicio.

El único inconveniente fue que Big Burley se hallaba de guardia en el piso del otro lado del vestíbulo cuando llegó Julius con Fay Corson, y mediante un razonamiento combinado, hijo de la lógica policiaca y su larga experiencia, supuso que Fay Corson era la amante blanca de Wallace Wright que por fin llegaba. En primer lugar, porque ante todo era la única mujer blanca que había visto llegar desde que acudió al departamento Mrs. Anna Kissock, y, en segundo lugar, porque iba acompañada de un desconocido de color. Téngase en cuenta que él no conocía personalmente a Julius. Por último, era razonable suponer que la querida de Wallace Wright no se haría acompañar a Harlem por un extraño de color a menos que Wallace ya estuviese allí esperándola. Pero Big Burley no se dejaba engañar fácilmente.

—¡Aquí están! —gritó Juanita que se había ido a la cocina a beber un poco de agua, atragantándose—. ¡La he visto venir!
—¡Oh! —gritó Juanita, que casi se ahogaba—. ¡Dame unas palmadas en la espalda!
—Ahora no es momento de dar palmadas en la espalda —dijo Burley—. Tenemos que apresurarnos.

Después de pronunciar estas palabras, cruzó el vestíbulo como una tromba y su corpachón cayó como un ariete contra la puerta china de color rojo arrancándola de sus goznes.

El espectáculo que vieron los ojos de Big Burley era propio para helar la sangre en las venas a hombres más templados que él.

Mamie Mason y Patty Pearson se estaban arrancando mutuamente los cabellos.

El reverendo Riddick luchaba a brazo partido con Art Wills, rodando con él por el living room, gruñendo como un cerdo que buscase bellotas e increpando con grandes voces al Diablo alojado en el cuerpo de su adversario:

—¡Vade retro, Satanás!

Kit Samuels luchaba con unos cables eléctricos, embarazada, sin duda, por sus propias ropas.

Debbie Wills, presa de histerismo, lloraba a moco tendido, abrazada por Dora Steele, que intentaba consolarla.

Bessie Shirley se hallaba dominada por una risa no menos histérica, al ver el espectáculo gratuito que ofrecía toda aquella carne ardorosa.

Eddy Schooley, que había recuperado el conocimiento, gateaba por la habitación, tratando de esquivar las patadas de los luchadores.

Lou Reynolds intentaba disuadir, sin demasiado entusiasmo, a Kathy Carter de que se uniese a las que se tiraban de los pelos.

Jonah Johnson, aprovechando la confusión general, trataba de arrebatarle Fay Corson a Julius, pero éste la agarraba fieramente.

Mrs. Kissock murmuraba, presa de un terror evidente:

—¡Dios Misericordioso! Se han vuelto locos. Igual que en Lo que el viento se llevó.

Maiti Brown, sentada en el sofá, contemplaba aquel caos con horror indescriptible, gritando:

—¡Dios mío! ¡El Diablo se los va a llevar a todos!

Naturalmente, Juanita no siguió a Big Burley al interior de aquel antro de iniquidad. No era que la iniquidad le importase, en realidad le encantaba, pues tenía lugar en casa de Mamie, donde estas cosas ya eran de esperar. Pero había jurado no poner jamás los pies en la misma. Así es que se quedó en el vestíbulo, gritando:

—¡Agarrad a esa mujer! ¡Que no se escape!

Pero Big Burley cumplía su deber a su manera, y, echando mano del reverendo Riddick y Art Wills en un tremendo abrazo, vociferó triunfalmente:

—¡Os he pillado con las manos en la masa!
—¡Esos no, estúpido! —gritó Juanita desde su cuartel general instalado en el corredor—. ¿No ves que no son mujeres?

Big Burley soltó a los reos y se rascó la cabeza.

—No, en efecto, no lo son —tuvo que confesar—. Aunque nunca se sabe. Por un momento me pensé que estaba investigando aquel caso de luchadores maricas, y estos tienen toda la pinta de serlo.

Patty Pearson comprendió inmediatamente lo que pasaba, pues conocía a Big Burley y sabía que en otra ocasión confundió el botín con el betún, y chilló:

—¡Están en el dormitorio, idiota!

Aquello caía por completo dentro de la jurisdicción de Big Burley, al que por algo llamaban Burley el Camillero. Si estaban en el dormitorio, no tenían escapatoria. Así, cuando llegó ante la puerta del dormitorio y la encontró cerrada con llave, para él el asunto ya estaba clarísimo. Lo demás correspondería al juez y al verdugo. Volvió al living room y comunicó al Estado Mayor, apostado en el pasillo:

—Ya están listos. Los tengo encerrados en el dormitorio. Instantáneamente:

Mamie Mason y Patty Pearson dejaron de tirarse del pelo; el reverendo Riddick y Art Wills dejaron de luchar; Kit Samuels se quedó plantada y se bajó la falda; cesaron los lloros histéricos de Debbie Wills; terminó la risa histérica de Bessie Shirley; Lou Reynolds soltó a Kathy Carter; Jonah Johnson y Julius Mason soltaron simultáneamente a Fay Corson; Eddy Schooley se puso en pie; Mrs. Kissock dijo: «¡Dios mío! ¿Y ahora, qué? Maiti Brown dejó de horrorizarse y empezó a escandalizarse. Y todos ellos se precipitaron en tropel hacia el dormitorio, para efectuar una operación de reconocimiento.

Esto era demasiado para que Juanita se quedase en el vestíbulo, sabiendo que en el dormitorio se estaba tramando un escándalo tan descomunal. Además, era su marido el que se hallaba implicado en el asunto. Así es que irrumpió en casa de Mamie Mason, haciendo caso omiso de su promesa, y llegó a tiempo de reunirse con las impresionadas tropas, que entonces contemplaban como Big Burley derribaba la puerta del dormitorio. Y ante ellos apareció el pobre y viejo Joe, tan desnudo con su leve pijama como el primer troglodita, vuelto de cara a Merto junto al lecho por hacer, ofreciendo un aspecto de inocencia tan improvisado que casi resultaba obsceno.

—¿Qué significa esto? —preguntó con indignación.

Todos se quedaron boquiabiertos.

—Yo diría que parece una casa de citas —comentó Bessie Shirley.
—¡Tápate! —exclamó Mamie, furiosa, como si el pobre Joe expusiese deliberadamente sus partes pudendas.

Pero fue Maiti Brown la que resumió lo escandaloso de la situación.

—¡Dios mío! —exclamó horrorizada— ¡En la propia cama de su esposa!

Joe, por su parte, adoptó una soberbia actitud de justa indignación.

—¿Quién cerró esa puerta con llave? —preguntó.

Por pertinente que esta pregunta pudiera parecerle, a los demás les pareció muy poco adecuada a la ocasión, por no decir otra cosa, y produjo un gran embarazo a sus buenos amigos, deseosos de ayudarle.

—Ese no es mi marido —se apresuró a decir Juanita, para evitar que nadie pudiera suponer que estaba casada con semejante alcornoque.

Sobra decir que, teniendo en cuenta que todo había ido de mal en peor, aquella última y envenenada observación de su archienemiga fue el golpe de gracia para Mamie.

—Desde luego que no, querida, a juzgar por la última vez que vi la agujita de tu marido —dijo con rabia incontenible—. ¿Qué hace con ella? ¿Te cose?

Pero Big Burley no estaba dispuesto a dejarse arrebatar su gloria por una pelea de comadres, especialmente después de haber derribado dos sólidas puertas.

—Esto no es asunto mío, señora, y no me interesa saber si está usted casada con él, o no —dijo—. Usted contrató mis servicios para que los descubriese in fraganti y nadie podrá negarme que los he descubierto.
—¿Haciendo qué? —protestó Joe con tono virtuoso—. Yo sólo quería que me trajese un poco de pescado.
—¡Dios todopoderoso! —exclamó el reverendo Riddick, pasmado—. No dirás que no lo has conseguido, hombre de Dios.
—Eso es lo que piensan todos —dijo Mamie, echando espumarajos.

Lo que más la enfurecía era que él no quisiese reconocerlo, o al menos confesarlo, aunque no hubiese llegado a consumar el acto, en vez de humillarla en presencia de sus invitados insistiendo en que no se había puesto en forma bajo unas condiciones en que cualquier hombre normal se habría puesto, como si ella estuviese casada con un anormal que ni siquiera quería aceptarlo cuando se lo ofrecían en bandeja, o al menos en una cama limpia.

—No saquemos conclusiones prematuras —dijo el reverendo Riddick, saliendo en defensa del hermano Joe—. Acaso no tuvo tiempo.
—Estoy de acuerdo con el reverendo —dijo Art—. A veces las apariencias engañan.
—Bien, en resumidas cuentas, ¿quién engaña a quién? —preguntó Merto.
—Yo no, desde luego —dijo Mamie, furiosa.
—Lo único que puedo decirte, Mamie, querida —terció Juanita—, es que si el zapato te aprieta, aguántate.
—Yo quisiera saber qué tiene de malo que un pobre hombre pida un poco de pescado —dijo Merto—. Si quiere pescado, ¿por qué no podemos dárselo?
—Cuando hay mucha pesca, algún pez morderá el anzuelo. ¿Entendéis lo que quiero decir? —observó Kathy Carter.
—Yo me voy de aquí —dijo Maiti Brown—. Esta casa está llena de anzuelos.
—Pero hay uno en particular al que voy a aguzar la punta ahora mismo — dijo Mamie con voz amenazadora.
—Yo lo único que quiero saber es quién cerró la puerta con llave —dijo Joe con tono quejumbroso.

Todos dieron un respingo.

En esa coyuntura, el timbre del teléfono interrumpió el proceso.

Debe de ser Wallace —dijo Mrs. Kissock—. Creo que debería hablar con él.

Pero no era éste, sino Moe, que llamaba para dar una buena noticia a Joe sobre la rata que ocupaba su casa. Así, cuando Mrs. Kissock se puso al aparato, esperando oír la voz de su querido amigo Wallace y pensando qué palabras de aliento le diría para levantar su moral en aquellos tiempos de prueba, se llevó un susto tremendo al oír una voz ronca que parecía la de un gángster y que decía con tono triunfal:

—Oye, Joe, ya no tenemos que preocuparnos por esa rata. Acabo de matarla con la cuchilla de carnicero.

La pobre Mrs. Kissock se desmayó.

Juanita Wright se puso a chillar y huyó corriendo de la casa.

A Debbie Wills le dió un nuevo ataque de histerismo.

Maiti Brown volvió a horrorizarse.

Bessie Shirley corrió al teléfono para marcar la combinación de números llamada «la hilera de la muerte».

El reverendo Riddick se ofreció para sacar el Diablo del cuerpo de cualquier pecador presente. Kit Samuels aceptó el ofrecimiento, pues se sentía muy pecadora.

Joe Mason empezó a vestirse, sin importarle un bledo la presencia de las señoras. Big Burley se le acercó para darle unas palmaditas cariñosas en el hombro, mientras repetía con orgullo:

—Es la mejor captura que he hecho.

Entre tanto, la pobre Mamie, hecha una furia, se esforzaba por restablecer el orden. Llevó a Mrs. Kissock al dormitorio y puso a Debbie Wills en el diván del saloncito. Dio un puntapié tan furioso en la espinilla a Big Burley, que le quitó las ganas de meterse a buscar pruebas para casos de divorcio.

Schooley aún seguía entusiasmado por su éxito como hipnotizador.

—Tienen que pagarme mis honorarios —decía sin cesar.

Mamie le clavó el tacón del zapato en el pie.

—Aquí tienes tus honorarios —le espetó.

Más tarde, Schooley se quejó de que las mujeres no eran buenos sujetos para ser hipnotizadas, a causa de su carácter impetuoso.

Cuando Alice Overton vio que Merto se iba en compañía de Bessie Shirley, corrió a su casa para proteger a Willard.

Kathy Carter dijo que ella estaba de parte de Joe, porque si se deja a un toro en un pastizal lleno de vacas, lo más lógico es suponer que nacerán terneras.

Mamie ordenó a Kathy que saliese inmediatamente de su casa.

—Si te refieres a mí, querida, te diré que vine porque me dio la gana, sin que me invitase nadie —repuso Kathy indignada—. Solo vine para tomar las notas de Joe.
—Pues alguien se te adelantó, monada —dijo Patty Pearson, la muy taimada.
—¡Dios mío! —exclamó Maiti Brown—. ¡Qué día! ¡Del pescado nos vamos a las notas!

Mamie dijo que agradecería a todos que se largasen y la dejasen tranquila.

Entre tanto, Julius y Fay ya se habían dedicado a lo suyo, que sin duda era la razón de haber acudido allí.

Varios de los presentes se proponían imitarlos.

Kathy y Art Wills se marcharon, animados de tan laudables intenciones. Kathy embaucaba a Art diciéndole que, aunque ella no perteneciese a la alta sociedad como Mamie Mason, sabía tomar notas más que ésta. Art tuvo que admitir más tarde que era verdad.

El reverendo Riddick y Kit Samuels también se fueron juntos, sin duda para hacer una sesión de lucha libre.

Por el camino, él le decía:

—Y así fue como perdí a mi esposa. El Diablo huyó; no había otra alternativa.
—Pero usted es sacerdote —observó Kit, asombrada—. ¿Con todo lo que usted sabe sobre el pecado, no podría ocultarlo mejor?
—Santo Dios, hijita, eso no tenía nada que ver con el pecado —repuso el santo varón—. Ella nunca me sorprendió haciéndolo. Yo me limitaba a luchar a brazo partido con el Diablo para hacerle abandonar el cuerpo de las amigas de mi mujer que iban a visitarla. Pero después ellas volvían, para pedirme que las siguiese exorcizando.
—¿Y por qué tenía que molestarse su esposa? No debía de ser muy religiosa, si le disgustaba que usted sacase los demonios del cuerpo a sus amigas. Al fin y al cabo, usted cumplía con su deber de sacerdote.
—Santo Dios, hijita, esto era lo malo del caso —repuso el reverendo Riddick—. Lo malo es que mi mujer era demasiado religiosa. Sacó la conclusión de que yo pretendía salvar su alma, y lo que pasa es que me gusta luchar con mujeres, esto es todo.

Dora Steele dijo a Lou Reynolds:

—¿No te parece espantoso?
—Terrible —asintió él.
—Siempre tiene que ser un negro y una blanca.
—Espantoso —dijo él.
—Pero esto no es peor que estar casada con un impotente —observó ella.
—En efecto.
—Aunque no debe estar tan mal como parece, mirándolo bien.
—Hay que evitar a toda costa formar juicios precipitados —dijo Lou.
—Oh, qué inteligente eres —exclamó Dora—. Me gustaría que conocieses a una amiga mía, inteligentísima, a la que le encanta la conversación con personas inteligentes. Vive cerca de aquí. Aunque no sé si estará en casa.
—Me gustaría que estuviese —dijo Lou—. Nada me agrada más que una conversación inteligente, con una persona que sepa cuándo tiene que irse.
—Oh, las personas inteligentes siempre saben cuándo tienen que irse — observó Dora—, y también cuándo tienen que venirse.
—Vaya, esto me gusta —dijo Lou.
—Sabía que te gustaría. Aunque parezca una frase sobada, cuánto más sobada más jugosa.

Luego se fueron juntos, en busca de una conversación inteligente y bien jugosa.

¿Y qué fue de nuestro buen amigo Wallace Wright, mientras pescaban y freían todo este pescado?

La verdad es que Wallace, escamado, prefirió no presentarse por casa de Mamie Mason aquella tarde, a pesar de que Mrs. Kissock le había dicho que Mamie se iba a Chicago. Él sabía perfectamente que Mamie no tenía intención alguna de irse a Chicago ni a ninguna parte, mientras hubiese algo que freír en su casa, especialmente él. Así, después de agradecer amablemente a Mrs. Kissock los grandes planes que había trazado para su futuro, se limitó a cambiar de hotel y a tomar otra habitación bajo nombre supuesto.

¿Y qué le ocurrió a Peggy? Absolutamente nada. Nadie le dijo nada de nada y ella no supo nada. Así es que se quedó en cama y pasó el tiempo sintiéndose acalorada y preocupada y esperando que Wallace la llamara.

¿Y qué hizo Joe después de partir tan apresuradamente de su feliz hogar? Corrió a su oficina de la calle Ciento Veinticinco para meditar en todo lo ocurrido. Después telefoneó a la florista y le encargó que enviase un gran ramo de rosas encarnadas a Mamie con una tarjeta suya. Luego telefoneó a la estación Gran Central y reservó una plaza en el tren de la noche para Buffalo. Cuando ya era demasiado tarde para remediarlo, descubrió que se había olvidado las notas. Y con el negocio que planeaba, las necesitaba.

¿Y qué hizo Mamie cuando todos sus planes terminaron en tan estrepitoso fracaso? Mamie Mason era una mujer capaz de encontrar una brizna de satisfacción incluso en el fracaso más fenomenal. Por lo menos había conseguido que aquel penco de Juanita Wright acudiese a su casa, incluso no estando invitada. Pero aquella brizna de satisfacción dejó a Mamie tan hambrienta, que telefoneó al carnicero para pedirle que le enviase el mayor jamón de su establecimiento, porque lo que entonces ella quería era un gran pedazo de carne maciza y de verdad, con un hueso adentro, para que no hubiese ninguna duda de que era carne y no pescado. Creía que si podía sentarse tranquilamente y comerse todo un jamón, todo se arreglaría.

Lo cual demuestra que la fe puede tener dos caras, pero esto no le resta fuerza.

(Continuará...)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.