Best-Seller

Fernando Morote

Autómatas de carrusel (1995)-Gerardo Chávez











Llegamos a la conclusión de que, a estas alturas de nuestras carreras, ninguna gran editorial apostaría por nosotros. Aceptamos el hecho de que quizás, en el fondo, carecíamos de talento. No es cierto que los escritores somos, en todos los casos, egocéntricos.

Un honesto y riguroso examen de conciencia arrojó luces claras sobre nuestra realidad. La literatura fantástica no vendía, los relatos de ciencia ficción convocaban muy pocos seguidores, el realismo sucio estaba pasado de moda y la novela negra no llegaba a cuajar de manera firme. Ya que nadie en el grupo cultivaba el género erótico, alguien propuso posar desnudos y subir la fotos en las redes sociales. En principio pensamos que sería una buena forma de captar lectores. Tirar un poco de carne a los perros hambrientos ayudaría a ganar adeptos. Luego, analizando la experiencia de otros colegas, entendimos que sólo haríamos el ridículo. No éramos ya unos jovenzuelos a quienes se podía perdonar una estupidez de esa magnitud. Incluso la moción para tatuarnos los genitales tampoco pasó.

En cambio observamos con atención nuestros cuerpos. No los encontramos nada mal; aún conservaban un silencioso atractivo. Entonces la idea surgió espontánea. ¿Por qué no? Si íbamos a entrar en ese terreno, teníamos que hacerlo con dignidad. Un golpe de audacia es siempre bienvenido.

Descartamos el mito de que los intelectuales son impotentes. Coincidimos que es una falacia y la desafiamos formando un escuadrón de strippers. Apuntamos a damas entre 60 y 70 años de edad, de modo que pudiéramos causar un impacto decente en ellas (más jóvenes no nos convenían; hubiéramos caído sin remedio en el mismo pozo patético de nuestros pares).

La propaganda surtió mejor efecto del que humildemente esperábamos. Pronto empezamos a firmar los primeros contratos. Las abuelitas se volvían locas con nosotros. Les llevamos a la mesa un plato que no probaban durante lustros; muchas por insatisfechas, algunas por viudas, otras por divorciadas, varias por abandonadas y unas pocas por desinteresadas. Fue un nuevo despertar.

Cuando alcanzamos la meta establecida, después de lanzar por fin nuestros textos al mercado, decidimos editar también una antología de nuestras danzas sexuales. Causamos sensación con los tirantes apretados y las tangas abultadas sobre nuestra piel curtida. La noche de la presentación no faltó un iluminado que preguntara si pensábamos que nuestra compilación era una obra canónica. Sin alterarnos respondimos que la literatura se encuentra atravesando un momento extraordinario. Nadie cuestionó que lo dijéramos sólo por la cantidad de libros que se publican al año. A todo el mundo le importa un carajo la calidad de lo que se escribe.

Pero nosotros, al menos, cumplimos nuestro sueño. La exposición de cada miembro del grupo (con su miembro expuesto) resultó un inesperado best-seller.

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