Pinktoes (VI)

Chester Himes









HARLEM U. S. A.
NUNCA NADA SALE BIEN

RESULTÓ QUE la llamada telefónica de Patty, hecha a inspiración de Mamie, trastornó tanto a Juanita, que ésta se sintió mal y tuvo que meterse en cama aquel día. Juanita era maestra de enseñanza primaria, y cuando comunicó que estaba enferma, una maestra suplente la reemplazó.

Mamie Mason era maestra suplente, y quiso la suerte que fuese ella la que tuvo que ocupar el puesto de Juanita Wright. Sobra decir que estaba borracha como una cuba cuando se presentó a ocupar el puesto. Por suerte no ha quedado constancia de lo que hizo aquel día, pero según informes su aula tuvo que ser completamente ventilada antes de reanudar las clases.

Lo único que salvó al día de la más completa devastación fue la proposición de matrimonio hecha por Art Wills a Brown Sugar, y que Mamie se encontró en su buzón al volver a casa de la escuela.

Todo pasó por beber demasiado whisky de maíz con el estómago vacío. Art tuvo una resaca muy mala, que le hizo sentirse lleno de remordimientos por ser siempre infiel a su dulce y fiel mujercita, y quiso irse a dormir para olvidarse de su esposa y los remordimientos. Pero después de la mala noche que había pasado con el gato, Debbie se sentía muy necesitada de un poco de amor terapéutico a la antigua usanza. Así es que ambos se desnudaron y dieron comienzo a la terapéutica. Mientras esto sucedía su hija Marilyn entró en la habitación y vio a papá encima de mamá, mientras mamá daba boqueadas, gemía y gritaba, tratando de quitarse a papá de encima, o quizá así le pareció. Naturalmente, ella creyó que estaban luchando. ¿Qué se le puede explicar a una criatura en un caso semejante? Art le dijo que trataban de sudar para darse un baño. Entonces Marilyn dijo: «Muy bien, voy a llenar la tina».

Art no tuvo más remedio que levantarse y tomar un baño. Entonces Debbie dijo que, como ya estaba levantado, podía desayu6 con ellas, pues al fin y al cabo eran su familia y Marilyn se merecía ver a su padre algunas mañanas antes de ir a la escuela.

Por lo tanto Art tuvo que desayunar y esperar a que Marilyn se marchase a la escuela. Cuando Marilyn lo hubo hecho, Debbie no vio razón alguna para no continuar haciéndose el amor, puesto que él ya se había bañado.

Pues bien, cuando hubieron terminado a la perfección y Art dió un gran bostezo y se tapó con las ropas de la cama, el gato inválido empezó a maullar quejumbrosamente. El minino trató de salir del cesto donde lo habían puesto, se enredó y, como Debbie no se atrevía a tocarlo, Art tuvo que levantarse y meterlo de nuevo en el cesto. Sin duda esto no le gustó al gato, porque arañó a Art en manos y muñecas. Se estaba poniendo yodo en los arañazos y rechinando los dientes al oír los lastimeros maullidos del gato, cuando Debbie entró en el cuarto de baño para decirle que probablemente le habría lastimado las patitas rotas, al gato, y que tendría que llevarlo a la clínica canina y gatuna para que nuevamente le enyesaran.

Al oírle decir tal cosa, Art decidió escaparse. Pero no es tan fácil como parece huir de casa, cuando se es una persona mayor. ¿Adónde puede escapar un hombre hecho y derecho? Entonces pensó en Brown Sugar. Escaparía a su casa. Ella tenía un marido cobarde con el que tendría que enfrentarse, pero al menos no tenía gatos con las patas rotas.

Así, cuando se vistió para llevar al gato a la clínica, se metió papel y sobre en el bolsillo y después de dejarlo en manos del veterinario, se fue a una estafeta y escribió a Brown Sugar la siguiente carta:

«Amor mío:
Deseo ardientemente casarme contigo, a condición de que tú marido no proteste. Me caigo de sueño y necesito dormir.
Besos de tu
Art»

Pero cuando tuvo que poner las señas en el sobre, dióse cuenta de que no las recordaba; tampoco recordaba el nombre de ella. Entonces escribió las siguientes:

Mrs. Brown Sugar
c/o Mrs. Mamie Mason
409 Edgecombe Drive
Manhattan, N. Y.

Naturalmente, Mamie abrió y leyó la carta dirigida a su atención. ¿Cómo podía tener atención por una carta si no sabía de qué se trataba?

Ninguna de las cartas escritas a su atención halló jamás mejor acogida que aquélla. Hacía tiempo que esperaba el momento de pedir otro favor a Art y aquella carta suya dirigida a Brown Sugar le hizo comprender cuán contento estaría él de hacérselo. Se proponía publicar un gran artículo ilustrado sobre Wallace Wright en el primer número de la revista que él tenía que dirigir cuando el dinero necesario para comenzar su publicación se hubiese reunido. Y la proposición de matrimonio que acababa de hacer a Brown Sugar debía ciertamente de convencerle de cuán injusto era. ¿Por qué tenía que beneficiarse Wallace Wright de la publicidad que le hacían sus amigos personales, si ni siquiera sé molestaba en llevar a su mujer a sus fiestas? Y pensar en encargar del artículo a Julius, su propio cuñado, que tendría que ir a casa de los Wright para fotografiar a aquella descocada. No había la menor justicia en todo ello. Lo menos que podía hacer Art era suprimir el artículo y escribir otro sobre ella.

Entre tanto, Art se vio asaltado durante todo el día por la contemplación de las injusticias de la vida. Trabajaba como un bruto para mantener a su mujer y su hija y pagar el alquiler del departamento, y ni siquiera podía dormir allí sin tener que malgastar sus energías con su propia esposa. ¡Oh, qué humillante era aquello! Sin mencionar el hecho de que tenía que cuidar de un gato con las patas rotas, como si fuese una niñera. No le quedaba más solución que emborracharse. ¿Pero, cómo podía uno emborracharse sin alguien que bebiese con él? ¿Y qué mejor compañero para beber, que alguien que pronto sería su empleado?

Así es que telefoneó a Julius, que acababa de llegar a casa y de acostarse, para pedirle que fuese a almorzar con él.

—Quiero irme a dormir —dijo Julius en tono quejumbroso.
—¿Y por qué tienes qué dormir tú, cuando yo no puedo? —le preguntó Art.
—¿Y por qué no puedes dormir si tienes sueño?
—No tengo ningún sitio donde dormir.
—¿No podrías dormir con tu esposa?
—La he dejado. —Contestó Art con tristeza.

Julius comprendió que, desde luego, era muy grave que un hombre tuviese que dejar a su esposa cuando estaba más agotado y exhausto, porque éste era el único momento adecuado para que un hombre durmiese con su mujer. Entonces prometió encontrarse con él dentro de media hora en el Parador del Paraíso, que estaba en la parte alta de Harlem, en la esquina de la calle Ciento Treinta y Cinco y la Séptima Avenida. Si una vez allí no podía arreglarle la situación, sería únicamente porque todas las mujeres de color habrían muerto de repente. Por lo tanto, en vez de irse a dormir, se levantó, volvió a vestirse y echó varios tragos del whisky de Mamie para inspirarse.

Le sorprendió mucho encontrar a Art sentado ante una mesa y hablando con un corpulento individuo de color muy bien parecido. No había supuesto que Art tuviese tanta desfachatez. Sentándose a su lado, dijo:

—Veo que ya se conocen.
—No. —dijo el individuo de color— No hemos sido presentados.
—Este es Art —dijo Julius— Será mi jefe. ¿Y usted, cómo se llama?
—Bello —contestó el individuo de color.
—Sí, tengo que admitir que es bello —admitió Julius—. ¿Pero, cuál es su nombre?
—Este es mi nombre —contestó el individuo de color—. Como mi madre se llamaba Belleza, mi padre opinó que yo debía llamarme Bello, porque me parezco a ella.
—Muy bien, Bello, te presento a Art.

Bello y Art cambiaron un apretón de manos.

—¿Y tú, cómo te llamas? —preguntó Bello a Julius.
—¿Cómo me llamo? Oh, es verdad, aún no nos conocemos. Pues me llamo Julius.
—Me alegro de conocerte, Julius —dijo Bello, tendiéndole la mano. Julius se la estrechó.
—Puedes llamarme Jule —le dijo.
—Me dice Art que va a casarse —comentó Bello.
—Ya está casado —repuso Julius.
—Pues entonces, volverá a casarse.
—¡Oh!, —exclamó Julius, volviéndose hacia Art—. ¿Con quién?
—¡Con una que es mujer de los pies a la cabeza! —dijo Art con entusiasmo.
—Me alegro —dijo Julius, aliviado—. ¿Cómo se llama?
—Para decirte la verdad, no me acuerdo.
—¿Entonces, cómo sabes que ella quiere casarse contigo, si ni siquiera sabes quién es?
—Me dijo que sí, cuando estuve en su casa.
—Entonces, podrás decirme al menos cómo es, aunque no recuerdes su nombre.
—Es una mujer bellísima, alta y apuesta —exclamó Art con fervor—. De lo más femenino que he visto. La llaman Brown Sugar.
—¡Brown Sugar! —exclamó Bello—. ¿Es una chica alta y amarilla de pelo crespo?
—Tiene el pelo crespo pero yo no la llamaría amarilla. Tiene la cara más clara que la parte inferior del cuerpo, desde luego. Yo diría que tiene el cuerpo de color cobrizo y las piernas de un hermoso color moreno. ¿La conoces?
—¡Es mi mujer! —replicó Bello indignado.
—¡Oh! Entonces, tú eres ese marido suyo que es un cobarde.
—Yo no soy un cobarde —dijo Bello con tono retador—. Si tú te casas con mi esposa, yo me casaré con la tuya.
—No puedes casarte con ella. No está divorciada.
—Ah, tú eres uno de ésos. Quieres casarte con mi esposa pero no quieres que me case con la tuya.
—No se trata de si quiero o no quiero. Es que no puedo.
—Ya sé lo que te pasa. Eres un hombre lleno de prejuicios —dijo Bello acusándole.
—Yo no tengo prejuicios —dijo Art—. Pero yo no escribí las leyes.
—Si yo fuese blanco, no hablarías así —observó Bello—. Tú vé y cásate con mi esposa y deja que yo me case con la tuya, y no llegará la sangre al río. Pero sólo mencionas las leyes porque yo soy un hombre de color.
—Te equivocas de medio a medio —dijo Art acaloradamente—. Cuando vosotros, la gente de color, no podéis lograr lo que pretendéis, nos acusáis de tener prejuicios.
—Si no tuvieses prejuicios serías un hombre de verdad y no te interpondrías en el camino de la felicidad de tu esposa, sólo porque un hombre de color piensa casarse con ella —insistió Bello, sin dar su brazo a torcer.
—Yo no tengo más prejuicios que tú —repuso Art—. No puedes soportar la idea de que tu mujer se case conmigo porque soy blanco; en cambio, tú te propones casarte con una mujer blanca que ni siquiera ha obtenido el divorcio.
—Ya sé lo que te pasa —dijo Bello—. Estás preocupado porque sabes que yo te doy ciento y raya haciendo el amor.
—Permite que lo dude —dijo Art, picado.
—Pregúntaselo a mi mujer —repuso Bello.
—No necesito favoritismos —dijo Art—. Es ella quien me ha elegido.
—¿Por qué no vais al excusado y hacéis comparaciones? —sugirió Julius.
—¿Para que todos se piensen que somos del otro lado? —dijo Bello—. Yo aquí soy bastante conocido.
—Oh, en tal caso, más vale que no vayáis —asintió Julius.
—Si pudiésemos encontrar una mujer imparcial… —apuntó Bello.
—¿Conoces a Mamie Mason? —Le preguntó Art.
—Claro que conozco a Mamie Mason —repuso Bello—. ¿Te has acostado con ella?
—Pues ella te dirá que no tengo prejuicios —dijo Art.
—Muy bien, aceptaré lo que ella diga —concedió Bello.

Así, en vez de almorzar, los tres subieron por la Séptima Avenida en dirección de Edgecombe Drive para que Mamie demostrase a Bello que Art no tenía prejuicios.

Pero por el camino encontraron a Kathy Carter, la secretaria de Joe Mason, que también había salido de la oficina temprano, para irse a dormir un poco, y le hicieron la misma proposición.

—Me gusta beber algo cuando hablo de política —dijo ella, y los cuatro se fueron al bar más próximo.
—Ya que me preguntas sobre Art —dijo ella, encaramada en el elevado taburete de la barra y pestañeando al mirarlo— creo que todo consiste en que los blancos y las personas de color aprendan a convivir, y entonces podremos juzgar.
—¿Cómo podremos convivir con los blancos, si sus prejuicios les impiden vivir con nosotros? —quiso saber Bello.
—Pues es esto precisamente lo que yo quiero decir —repuso Kathy—. Cuando podamos convivir de una manera auténtica, ellos desecharán sus estúpidos prejuicios.
—Es lo que yo decía —observó Art—. Es posible que yo también haya tenido prejuicios, pero después de convivir con mujeres de color tan magníficas, ahora ya no tengo el menor prejuicio.
—Es precisamente lo que yo quiero decir —repuso Kathy—. Cuando se sabe de qué se trata, todo es cuestión de congeniar. ¿Entendéis lo que quiero decir? Por ejemplo, los hombres de color tienen un elevado concepto de sí mismos, pero si tomamos a los hombres de color y a los blancos uno por uno, lo que cuenta es la expansión. He conocido a blancos capaces de quitar una chica de color a un negro con sólo proponérselo… así. —Hizo chasquear los dedos para demostrarlo—. ¿Comprendéis lo que quiero decir?
—¿Pero tú querrías casarte con un hombre blanco? —insistió Bello.
—¡Vaya si no! —exclamó ella, poniendo los ojos en blanco—. Qué pregunta.

Bello no ocultó su disgusto.

—Esto es lo malo de vosotras, las mujeres de color. Los hombres de vuestra raza no os parecen bastante buenos para vosotras. Esto es lo que empeora el problema negro. Aquí tienes a mi esposa, por ejemplo, que quiere casarse con un blanco…
—Lo que os pasa a vosotros, los hombres de color, es que sois celosos —afirmó Kathy—. Me dais asco. —Se estaba poniendo retozona e hizo chasquear los dedos jubilosamente—. Si dispusiese de tiempo, apuesto que yo sola resolvería el problema negro.

La expresión de Art parecía como si quisiese indicar que no se debía dejar para mañana lo que se pudiese hacer hoy, pero Bello estaba tan disgustado que dijo:

—Yo creía que íbamos a ver a Wallace Wright para hablar de este asunto. Veréis como él estará de acuerdo conmigo.

Entonces, los cuatro se dirigieron a casa de Wallace Wright, que vivía en el 555 de Edgecombe Drive. Pero al cruzar la calle Ciento Cuarenta y Cinco, tropezaron con Eddy Schooley, que tenía una resaca tan espantosa que creía que estaba pasando el cambio de vida.

—He aquí otra de las cosas que afectan al problema negro —dijo Kathy—. El cambio de vida.
—¿Cómo es eso? —preguntó Art con interés.
—Los hombres de color se dejan humillar muy fácilmente —explicó Kathy—. Se esfuerzan por satisfacer a sus hermosas mujeres blancas, éstas se vuelven casa vez más exigentes y cuando los hombres de color están agotados, se vuelven malos y echan las culpas de todo al problema negro.
—Los hombres pasan por el cambio de vida lo mismo que las mujeres —arguyó Schooley.
—Se aplica a ambos —repuso Kathy.
—Las mujeres de color tienen más nervio —aseguró Bello.
—Y los hombres de color también —dijo Julius, saliendo en su apoyo.
—Comen más —dijo Kathy.
—¿Comen más, qué? —preguntó Art.

Kathy le dirigió una mirada de coquetería.

—Al hablar de sociología tengo que beber algo —dijo, y entonces se fueron al bar más próximo.

Empezó Kathy, diciendo:

—Desde luego, a lo que más se parece el cambio es a una larga borrachera barata. Se pierden las ganas de hacer el amor.

Schooley comentó:

—Así, no me extraña que esté siempre borracho.

Dijo Julius:

—Creía que ibas a decir que aún sentías cosquillas.

Kathy terció:

—Claro que les gusta más buscarles las cosquillas a las mujeres blancas. Esto para empezar.

Art protestó:

—El hecho de que les guste buscar las cosquillas no demuestra que tengan más prejuicios.

Bello arguyó:

—Nadie dice que el cambio de vida haga a los blancos más amantes de las cosquillas. Lo que yo he dicho es que…

De pronto un perfecto desconocido de color interrumpió la conversación para decir:

—Señoras y señores: Me gustaría conocer su opinión sobre la cuestión siguiente. ¿Es justo saltar sobre un blanco para darle una paliza y dejarlo medio muerto, sólo porque intenta matarse?
—¿Por qué un hombre blanco? —preguntó Art.
—Pues mire usted, porque era el que tenía los centavos —repuso el perfecto desconocido—, y temíamos que se muriese.
—Esto me recuerda que tengo que telefonear a Lou —le interrumpió Schooley.

Entonces Schooley le telefoneó a Lou Reynolds, su editor blanco, pues pensó en el dinero y le pidió que se reuniese inmediatamente con él en aquel bar.

—Es algo muy importante —le dijo—. No puedo decírtelo por teléfono, pero se refiere a mi próximo libro. Es una cuestión de… genética. ¿Tienen mayores tendencias suicidas los blancos que los negros cuando… ejem… están sin un centavo?

Lou le prometió ir inmediatamente.

Así, mientras esperaban a Lou, discutieron barajando estadísticas sobre si había más suicidios de blancos que de negros, y por qué.

—Esto proviene de la masturbación, tanto en el caso de los blancos como de los negros —dijo el perfecto desconocido—. Cada vez que un hombre se masturba pierde un pedacito de su cerebro.
—Pues yo conozco a algunos que ya no tendrían que tener cerebro —observó Kathy.
—Las personas de color se matan bebiendo —dijo otro perfecto desconocido—. Llegan a estar tan borrachos, que ni siquiera pueden engañarse.
—Cada vaso de whisky es un clavo en nuestro ataúd —dijo el perfecto desconocido que había hablado primero.

Cuando llegó Lou, los ataúdes de todos estaban perfectamente clavados.

—¡Santo Dios! —exclamó Lou—. ¿Dónde está el muerto?
—Pues aquí —dijo Kathy, meneándose para demostrarlo.
—Sírvele un whisky triple para que se ponga al corriente —ordenó Schooley al barman. Al fin y al cabo, él no pagaba.
—No estamos borrachos; solamente estamos alegres —dijo Kathy, guiñándole un ojo—. Anda, ven y siéntate a mi lado.
—No me extraña que seas amiga de los blancos —dijo Schooley— sentándolos a tu lado.
—Los blancos viejos tienen más prejuicios que los jóvenes —observó Bello. —La gente se muestra más comprensiva cuando bebe —dijo Kathy.
—Yo lo comprendo todo —dijo con expresión taimada el primero de los dos perfectos desconocidos.
—Yo podría resolver todo el problema negro a base de whisky, dosificándole juiciosamente, si comprendéis lo que quiero decir —dijo Kathy.
—Para engrasar las herramientas —apuntó Art.

Kathy le dirigió una mirada de persona enterada.

—Quiero decir de una manera matemática —dijo Bello—. Tomemos, por ejemplo, la cantidad de prejuicios anuales por persona, sumémoslos y…
—Eso es imposible —objetó Art—. Los prejuicios se adquieren.
—Proceden de esta educación —observó el segundo de los perfectos desconocidos. Si nadie supiese nada, no existirían prejuicios.
—No estoy de acuerdo —objetó el primero de los desconocidos—. Le ruego que me disculpe, señorita, pero todo procede de las partes genitales. Si nadie tuviese partes genitales, nadie hablaría de prejuicios.
—Son parásitos, como el musgo, dijo Lou.
—¡El musgo! —repitió Kathy—. Esto es exactamente lo que quiero decir. Todo es cuestión de pelo. Si las personas de color tuviesen el pelo liso y los blancos lo tuviesen lanudo, todos se sentirían iguales. ¿Entendéis lo que quiero decir?
—No íbamos a ver a Willard B. Overton, para hablar con él sobre la cuestión de los prejuicios? —dijo Bello, mirando a los reunidos con disgusto—. De lo contrario, me voy a casa.

Willard B. Overton vivía en la esquina de Edgecombe Drive y la calle Ciento Sesenta y Tres, ocho manzanas más al norte de la casa de Mamie y cinco manzanas en la misma dirección del lugar donde vivía Wallace Wright. Así es que todos salieron al Drive para encaminarse haciendo eses hacia la residencia de Mr. Overton. Se habían añadido tres perfectos desconocidos de color al grupo y todos seguían discutiendo el origen de los prejuicios raciales.

—Una de las cosas que tienen los blancos contra los de color es la costumbre que tienen éstos de comprarse enormes Cadillacs cuando no pueden siquiera pagar el alquiler —dijo uno de los perfectos desconocidos, mirando con envidia a un enorme Cadillac verde con el que se cruzaron—. Yo, desde luego, preferiría tener un convertible rojo —agregó.

De pronto se encontraron frente al 409. Para entonces todos habían olvidado por completo a Mr. Overton y a Mr. Wright.

—Bien, aquí estamos —dijo Art—. Mamie debe de estar a punto de levantarse.

En realidad, Mamie acababa de volver a casa de la escuela primaria y sólo había tenido tiempo de leer la carta de Art dirigida a Brown Sugar, cuando se produjo la invasión.


PERO LOS QUE ESTÁN BEBIDOS
SIGUEN BEBIENDO

COMO ES natural, cualquier proposición parecía de perlas a todos, mientras hubiese whisky qué beber. Además, Joe se había ido a Buffalo.

Entonces, Mamie sugirió a Art que telefonease a Wallace Wright a su oficina y se citase con él en casa de Patty Pearson, a fin de que pudiesen hacer planes sobre el artículo ilustrado que se publicaría en la revista ilustrada.

Art aceptó la sugestión entusiasmado y se apresuró a telefonear a Wallace, mientras Mamie permanecía de pie a su lado, prestándole apoyo moral e indicándole además lo que tenía que decir.

—Quiere saber por qué tenemos que vernos en casa de Patty Pearson —dijo Art, tapando el micrófono con la mano.
—Dile que es porque no quiere que yo sepa que le ves y que a él le cae de paso cuando vuelve a casa del trabajo —dijo Mamie.

La explicación fue del completo agrado de Wallace.

—Muy bien, Art. Estaré allí dentro de tres cuartos de hora —dijo.
—Oh, nos olvidamos de Juanita —dijo Mamie—. Se sentirá ofendida.
—Yo no la he olvidado —aseguró Art—. Lo que pasa es que no he pensado en ella. Pero le telefonearé para decirle que venga también.
—No vendrá —dijo Mamie.

Art la miró.

—¿Qué quieres decir con eso?

Mamie rio, haciéndose la enterada.

—No querrá ir a casa de Patty.

Art suspiró.

—Entonces llamaré a Wallace para anular la cita.
—No, no lo hagas —le dijo Mamie—. Tú vete ahora a ver a Juanita antes de que vuelva Wallace; sólo está a dos cuadras de aquí, pero hazlo ahora, aprovechando que aún estás sereno.
—No sé si estoy tan sereno como tú supones —exclamó Art—. ¿Por qué no puede ir Julius a verla? Quizá ella vendría con él.
—Estoy segura de que le encantaría —dijo Mamie—. Pero eres tú quien tiene que verla. Tú eres el jefe. Te enviaré a Julius cuando llegue Wallace.

Art se fue, pero no hubiera tolerado que nadie le dijese que allí mandaban las mujeres.

Después de esto, Mamie le dijo a Julius:

—Tú dedícate ahora a agasajar a tus amigos. Yo tengo qué hacer.

Bajó corriendo a casa de Patty e hizo que telefonease a la amiga de Wallace Wright, que vivía en el centro.

—Dile a ésa que venga a verte en seguida, que tú le dirás cómo puede impedir que yo meta las narices en sus asuntos.
—Yo no la conozco —observó Patty.
—¿Eso qué importa? Tú dile lo que te digo y vendrá corriendo.

Mamie acertó. La dama en cuestión vino al instante. Llamaremos a dicha dama Peggy, para que así resulte menos embarazoso para Mr. Wright. Pero éste no era su nombre.

Peggy llegó dos minutos después de Wallace, y ambos se quedaron muy sorprendidos al reconocerse.

Mamie ya había regresado hacía mucho rato a su departamento, donde ofrecía una pequeña fiesta improvisada, sin que supiese nada en absoluto de lo que pasaba abajo, en el de Patty Pearson. En realidad, ésta tampoco lo sabía, porque así que llegó Peggy ella salió momentáneamente, pues estaba citada con su modista.

Resultó, sin embargo, que antes de ir a la modista pasó por casa de Mamie, para que ésta le prestase un sombrero, que se pondría al probarse el vestido, y, al ver que allí todos estaban de jarana, quiso quedarse a beber al menos una copa. Esto era lo que aconsejaba la buena crianza. Lo único que lamentó fue que Julius saliese cuando ella llegaba. Ni siquiera pudo quedarse a saludarla, porque Mamie lo envió a toda prisa en busca de Juanita y de Art. Naturalmente, Patty no sabía ni una palabra de ello, salvo lo que había oído, lo que adivinaba y lo que conjeturaba con su pequeña imaginación, guardándolo para futura referencia.

Por lo que a Julius se refiere, la visita fue estrictamente comercial, pues Art se le había adelantado. Así, se mostró únicamente como un hombre de negocios al traer a Juanita y a Art al departamento de Patty, para hablar con Wallace sobre el artículo ilustrado.

Finalmente, Patty volvió de visitar a la modista y se dedicó a tranquilizar a la nerviosa parejita, o sea a Wallace y su amiga blanca, Peggy, garantizándoles que estaban tan seguros en su casa como lo estarían en la de Peggy, agregando que podían hacer las mismas cosas, si lo deseaban, porque no habría nadie para verles sino ella misma. Pero, entonces, llegó de pronto la esposa de color de Wallace, acompañada por Julius y aquel corpulento y apuesto blanco, Art Wills. Si la sorpresa de Patty fue grande, la de la nerviosa parejita no fue menor.

¿Hace falta decir que Juanita se quedó muda de rabia?

Dio media vuelta para marcharse pero, entonces, Wallace, el gran estúpido, trató de retenerla.

—Esto no es lo que parece —le dijo—. La explicación es muy sencilla.

Todos le miraron con expectación. Pero Wallace cometió entonces el grave error de no ofrecer la sencilla explicación con la urgencia que la situación requería, sin duda porque no se le había ocurrido ninguna.

Entonces Art corrió en su ayuda.

—Naturalmente. Estas cosas hoy ya no ocurren.
—¿Qué cosas? —preguntó Juanita, furiosa.
—A ver si lo adivinas —dijo Patty con tono malicioso.
—Todo esto es obra de Mamie Mason —dijo Peggy.

Como un hombre en trance de ahogarse, Wallace trató de asirse a la tabla de salvación que se le ofrecía.

—Sí, no hay duda.
—Yo vine aquí para hablar de negocios con Mrs. Pearson —continuó Peggy sin amilanarse.
—Yo le pedí que viniese —dijo Patty, asintiendo.
—Es la primera vez que veo a Mr. Wright —afirmó Peggy.
—Ahora ya lo entiendo todo —dijo Wallace—. Arthur me telefoneó, citándome aquí para hablar de negocios. ¿No es verdad, Arthur?
—Desde luego que sí —asintió Art—. Te llamé desde casa de Mamie. ¿No es verdad que estaba allí, Julius?
—Ciertamente —corroboró Julius—. Y Mamie también.

Todos parecían haberse puesto de acuerdo para lapidar a Mamie y salir del embrollo lo más airosamente posible, ya que Mamie no estaba allí para defenderse. Y para quedar como una pobre mártir, Juanita estaba dispuesta a aceptar esta solución y permitir que Wallace la llevase a casa.

—¡Cómo me odia esa mujer! —suspiró.

Pero Wallace cometió la imperdonable grosería de despedirse de Peggy, a pesar de que ésta aseguraba que no se conocían.

—Pensaba que no la conocías —le dijo Juanita.
—Y no la conozco, querida —repuso Wallace.
—¿Entonces, por qué te despides de ella?
—Realmente, querida, te lías con un papel de fumar. Yo no sabría distinguir a esa mujer del gato de Adán.

Quizá de haber dicho un gato persa, Peggy no se hubiese molestado. ¡Pero un gato, y tan viejo que hubiera podido pertenecer a Adán!

—Esta alusión me ha molestado mucho, Wallace —exclamó furiosa.
—De modo que te llamas Wallace, ¿eh? —dijo Juanita con sorna.
—Bien, por lo menos es más de lo que usted puede hacer, sin duda —dijo Peggy.
—No saquemos las cosas de quicio… —empezó a decir Wallace, tratando de restarle importancia a la cosa, pero Juanita lo atajó:
—Pues tú te quedas aquí con ella, ¿sabes? Ya me acompañará Arthur.
—No pienso quedarme aquí ni un minuto más, para que me insultes — dijo Peggy—. Julius me acompañará a casa.
—Tengo que acordarme de esa técnica —dijo Patty, cumplimentándolos—. Lo habéis hecho de primera.

Entonces Art acompañó a Juanita a su casa y Julius acompañó a Peggy; ambas señoras estaban tan enfadadas con Wallace que se mostraron locamente efusivas con sus acompañantes que, naturalmente, no protestaron. No hay ningún amor que provoque más pronta reacción que el amor enloquecido.

Patty ya estaba en su casa, pero después de mirar a Wallace, decidió irse. En cuanto a éste, no sabía a dónde ir de momento, y, si lo hubiera sabido, no habría encontrado a ninguna amorosa compañera esperándole, así es que decidió quedarse dónde estaba.

Patty subió al departamento de arriba para contar a Mamie todas las cosas tan emocionantes que habían sucedido en el suyo. ¡Menuda sorpresa se llevó Mamie!

Art volvió de acompañar a Juanita.

—Te has quedado sin tu artículo sobre los Wright —le dijo Mamie, tratando de consolarle.
—¿Y él, dónde está? —preguntó Art, pues resulta que no se acordaba en absoluto de lo que había pasado en casa de Patty. ¡Efectos de los locos transportes amorosos en el cerebro!
—Se han separado.
—¿Quién se ha separado?
—Los Wright.
—Pero si acabo de dejar a Juanita y no me ha dicho ni una palabra sobre el particular —dijo—. Y eso que nos hemos puesto muy íntimos.

Mamie montó en cólera.

—¡Vamos, hombre, que tú estabas aquí cuando sucedió!
—¿Dónde estaba, cuando sucedió?

Mamie se indignó tanto que fue corriendo a su dormitorio en busca de la carta que había escrito Art a Brown Sugar.

—Si publicas ese artículo en la revista de Wallace, enseñaré esta carta a tu mujer —dijo en tono amenazador.

Art trató de enfocar su vista, nublada por los vapores del alcohol, sobre la carta.

—¿Qué es eso? Parece una carta.
—Es una carta, amigo.

Él rebuscó en el bolsillo, sacó las gafas y se las caló. Luego miró las palabras que él mismo había garrapateado:

«Amor mío: Deseo ardientemente casarme contigo a condición de que tu marido no proteste. Me caigo de sueño y necesito dormir.
Besos de tu
Art.»

—Caramba, parece que es mi escritura —comentó sorprendido—. Y también parece mi firma.
—¿La reconoces ahora? —le preguntó Mamie.
—¿A quién está dirigida?

Mamie le mostró el sobre.

—A Brown Sugar. Desde luego, la recuerdo muy bien —admitió Art—. ¿Quién crees que haya podido escribirle imitando mi letra y firmando con mi nombre?
—No trates de salirte por la tangente —dijo Mamie, con expresión torva—. Voy a telefonear ahora mismo a Debbie.
—¿A Debbie? ¿Quieres decir a mi mujer, Debbie?
—Sí, y voy a decirle que venga inmediatamente.
—Entonces, yo me voy.

Art se fue.

Esto puso a Mamie tan furiosa, que escondió todo el whisky y dijo que se había terminado.

Entonces Lou anunció que salía a comprar otra botella. Con estas palabras se fue.

Schooley protestó, diciendo que la fiesta se estaba poniendo muy insípida. Mamie le invitó a irse, y se fue también.

Art se acordó de que iba a casarse con Brown Sugar y decidió ir a verla. Se había olvidado por completo de la carta que Mamie acababa de enseñarle. Llamó a un taxi y dio orden al conductor de que le llevase al Bronx.

—¿A qué dirección? —quiso saber el taxista.
—Ya le indicaré la calle —dijo Art—. Usted lléveme al Bronx.

El taxista lo llevó al Bronx.

—Es una calle con árboles —le indicó Art.

El taxista empezó a dar vueltas por el Bronx en busca de una calle con árboles. Al fin y al cabo, él no pagaba la carrera. Como no podía evitar todas las calles con arbolado, a pesar de lo grande que es el Bronx, cuando por último cruzaron una calle poblada de árboles, el taxista le preguntó cortésmente:

—¿Es ésta la calle que busca?
—No, tiene demasiados árboles.

Luego encontraron otra calle con árboles. Art dijo:

—No, ésta tiene muy pocos.

Finalmente encontraron la calle con la cantidad justa de árboles. Entonces tuvo que localizar la casa. Por último la encontró, pero ya había anochecido y la casa estaba completamente a oscuras. Tocó un timbre hasta que una luz se encendió. Un negro corpulento, vestido con un albornoz, salió a abrir. Art vio inmediatamente que no era el marido de Brown Sugar, pues al marido ya lo conocía. Así es que supuso que debía ser su hermano.

—Desearía hablar con su hermana —dijo.
—Yo no tengo ninguna hermana —respondió el desconocido.
—Perdone, le tomé por su hermano —dijo Art.
—Se equivoca usted de casa, amigo —dijo el desconocido—. La que usted busca es la de enfrente.

Art miró la casa que se alzaba en la acera opuesta y meneó negativamente la cabeza.

—No es ésa. La que yo busco es de ladrillo.
—No, señor —repuso su interlocutor—. Es ésa.
—No es de piedra, le digo —arguyó Art—. La recuerdo muy bien. Es una casa de ladrillo de tres pisos, como ésta.
—Pues no es ésta —insistió el hombrón—. Es ésa de piedra del otro lado de la calle. Le digo que se ha confundido de casa.
—Sé distinguir perfectamente entre una casa de piedra y una casa de ladrillo —dijo Art—. Incluso a oscuras.
—Le digo que no, amigo —repuso el otro pacientemente—. ¿Qué sacaría con engañarle? ¿Ve usted esa casa de enfrente? Acérquese más y examínela con atención. Verá que es la que busca.
—Sé que no es ésa, hombre —dijo Art—. Esa es de piedra.
—Es lo que yo le digo: una casa de piedra.
—Pero yo busco una casa de ladrillo.
—Oiga, muchos blancos cometen la misma equivocación —dijo el negro, armándose de paciencia—. Pero en esta casa sólo vivimos mi padre y yo. La casa que usted busca es la de enfrente. ¿Cree que no sé qué casa es, después de vivir aquí tantos años? Usted vaya y compruebe por sí mismo si es la que busca.

A pesar de que Art sabía que no era aquella, la casa, cruzó la calle y golpeó con los nudillos en la puerta, sólo para complacer al desconocido.

La puerta se entreabrió cautelosamente y unos ojos rodeados por un círculo cárdeno le atisbaron. Luego la puerta terminó de abrirse y una mujer de color muy pintarrajeada exclamó alegremente:

—Sí, ésta es la casa, cielito. Anda, pasa, que todas las chicas quieren saber quién eres.

Mientras esto sucedía, Lou se detuvo en el FAT MAN’S a beber una copa. En realidad, no había dicho que iba a buscar whisky para Mamie. Lo único que dijo fue que salía a comprar un poco más de whisky, y esto era lo que estaba haciendo.

Dos lindas morenitas, sentadas también a la barra, lo miraron por el espejo. Al menos, a Lou le parecieron dos lindas morenitas.

—¿Te gusta el pollo frito? —le preguntó una de las lindas muchachas.
—Desde luego que sí —contestó él, guiñándole el ojo—. Me gusta bien doradito.
—Pues aquí no tienen —dijo ella.
—Por supuesto que no. ¿A dónde podríamos ir?
—Nos lo darían en casa de Maggie —dijo el otro bomboncito.
—¿A los tres? —preguntó Lou.
—Pues claro que sí, si es verdad que te gusta el pollo frito— agregó la primera de las dos monadas.
—Sí, el pollo frito me gusta —dijo Lou, cautelosamente. Pero no demasiado de una vez.
—No te darán demasiado.
—Sólo un muslo y una ensalada con patatas —añadió la segunda monada.
—¿Sólo un muslo? —dijo Lou sorprendido—. ¿Cómo es eso?
—Pues verás, dan el otro muslo a otro cliente —explicó el primer bombón.
—Vámonos, vámonos, todos a casa de Maggie —dijo Lou—. Eso yo tengo que verlo.

Pero cuando llegaron a casa de Maggie, comprobó que tenían razón. Sólo le dieron un muslo con ensalada y patatas.

Maggie tenía un enorme departamento de siete habitaciones en la última planta del edificio contiguo. En una habitación, un tocadiscos destilaba un blues mientras las parejas estaban retrepadas por los rincones, sobándose y besuqueándose. Cuando entraron en el comedor, éste se hallaba desierto. Lou nunca pudo saber qué había en las demás habitaciones, si pollos de una sola pata o cualquier otra cosa. Se preguntó si pollo significaría lo mismo en todas las lenguas.

Mientras todo esto sucedía, Schooley estaba sentado en la cocina de un departamento situado en la cuarta planta posterior del 409, comiendo con gran deleite chicharrones estofados. No recordaba cómo llegó allí, pero todos eran muy simpáticos. Sólo eran cuatro: él, una mujer y una pareja.

—Vaya, vaya, de modo que es usted el famoso escritor Edward Spooleing—decía la mujer—. Cuando le vi tambaleándose por el rellano, me dije: ¿Te apuestas a que es alguien importante?

Era una mujer de tez achocolatada, fuerte y musculosa, que no parecía dispuesta a que contradijesen sus afirmaciones.

—Estuve en una fiesta que dieron en casa de Mamie Mason —dijo Schooley.
—Siempre quise ir a una fiesta de Mamie Mason —dijo la mujer con tono nostálgico—. Pero es una mujer tan altanera, que nunca se ha dignado invitarme.
—Venga, yo la llevaré conmigo —le dijo Schooley.
—Que Dios bendiga su buen corazón. ¿Verdad que es simpático? —dijo, dirigiéndose a los demás—. Vamos a tutearnos, simpático. Puedes llamarme Viola.

Naturalmente, la fiesta en casa de Mamie aún seguía. Patty pidió dos botellas de whisky a la mujer del portero, que subió con ellas. Bello llamó a un amigo que vino con otras tres botellas y dos chicas de color. Uno de los perfectos desconocidos llamó a otra perfecta desconocida, que vino con cuatro botellas de whisky y dos perfectos desconocidos blancos, uno de ellos camionero y el otro electricista. Había bebida en abundancia, pero nada para comer.

Por esto Schooley fue objeto de una calurosa bienvenida. Porque Viola se presentó trayendo nada menos que una sartén de chicharrones estofados.

Después de esto, la fiesta se hizo más fragante.

Uno de los perfectos desconocidos de color se puso a dormir y con el cigarrillo encendido hizo un agujero en el brazo del sillón, casi flamante, de Mamie. Ni qué decir tiene que no llegó la sangre al río.

Art volvió en compañía de dos «damas» muy sazonadas de las que deambulan de noche. Esto les daba derecho a llamarse damas tenebrosas, pero se habían empolvado la cara hasta tal punto que sus facciones tenían un tono lila brillante.

Esto tampoco fue una gran ayuda.

Hubiera podido creerse que Lou hubiese hecho otro tanto, después de invitar a pollo frito a las dos morenitas tan lindas que de momento confundió con dos pollos fritos. Pero lo que hizo fue traerse otra vez el tocadiscos de casa de Maggie. Inmediatamente ofrecieron una serenata a Mamie, poniendo el disco Me alegraré de que te mueras, pillín. De vez en cuando se detenían para remojarse el gaznate con un poco de vino dulce. Pero como nadie tenía vino dulce, resulta que sus gaznates continuaban secos.

—¿Y a quién os imagináis que trajo Julius consigo? Pues a Fifi, la corista que lo dejó plantado para irse con Art. Da pena decirlo, pero la verdad es que cuando vio a Art entre los presentes, trató de plantarlo de nuevo. Pero las damas nocturnas que acompañaban a Art se molestaron por su intromisión, y trocaron con ella algunas palabras que algunos de los presentes no habían oído en su vida. Lou dijo que subiesen el volumen del tocadiscos para ahogar el altercado.

Así se consiguió ahogar todos los ruidos, excepto el que hizo la policía al aporrear la puerta. Pero la policía comprendió en seguida de qué se trataba. Eran personas perfectamente respetables que hacían un poco de algazara. Se limitaron a advertir a Mamie que procurasen no hacer tanto barullo, y que bajasen el volumen.

—¿Hay que bajar mucho? —murmuró Bello, viendo cómo la mano de Kathy se deslizaba al interior de la bragueta del camionero blanco.

Pero los polizontes no le hicieron caso.

—No se preocupe, señora. Conocemos a Joe —dijo uno de ellos.

Palabras que obligaron a Kathy a soltar al camionero y exclamar de pronto:

—¡Santo Dios, y yo que tenía que ir con Joe a Buffalo!

Y entonces se puso a insultar a Mamie.

Mamie se enfureció de tal modo, que pidió a los policías que hiciesen desalojar su casa. Julius también se fue y esto la enfureció aún más. ¡Mira que abandonarla su propio cuñado! Pero Julius no estaba dispuesto a permitir que Fifi se fuese a su casa sola; no era aún lo bastante idiota.

Mamie estaba tan encolerizada, que se sentó a comerse todos los chicharrones estofados que quedaban en la sartén. Pero así que hubo terminado de comer, corrió al cuarto de baño, se metió dos dedos en la garganta y los devolvió.

Mamie Mason tenía fe.

(Continuará…)

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