Martin Eden (FINAL)

Jack London










CAPÍTULO XLIV

MR. Morse encontró a Martin en el vestíbulo del «Hotel Metropole». Si fue una casualidad, si Mr. Morse había ido allí por otros asuntos o si su propósito era invitarle a cenar, Martin no lo supo nunca aunque se inclinaba por la segunda hipótesis. De todos modos, recibió una invitación de Mr. Morse, el padre de Ruth, que le había prohibido entrar en su casa y había roto el compromiso.

Martin no se enfadó. Su dignidad no se había recuperado. Toleró al otro, preguntándose qué sensación debía producir humillarse de aquel modo. No rechazó la invitación. En vez de ello, se excusó vagamente, y preguntó correctamente por la familia, en especial por Mrs. Morse y por Ruth. Pronunció su nombre sin titubear, con toda naturalidad, aunque, íntimamente, se sorprendiese de no estremecerse, de que no se le alterase el pulso o se le encendiese la sangre.

Martin recibía numerosas invitaciones a cenar, algunas de las cuales aceptaba. Había gente que procuraba que les presentasen, con el único fin de invitarle. Y a Eden seguía intrigándole aquello tan sencillo, que comenzaba a crecer. Recordaba sus días de hambre, cuando nadie le sentaba a su mesa. Aquélla era la época en que necesitaba cenas, pues se debilitaba por su pobreza y perdía peso a causa del ayuno. Ésa era la paradoja.

Cuando tanta falta le hacía comer, nadie le invitaba y, ahora, que podía costearse cuanto quisiera, se las ofrecían a derecha e izquierda. ¿Y por qué? No era justo y nada hizo para merecerlo. No era distinto de antes. Todo su trabajo estaba realizado ya entonces. El matrimonio Morse le juzgaba como a un gandul y un vago y, a través de Ruth, le apremiaron para que buscara un empleo de oficinista. Pero, sin embargo, estaban al corriente de cuánto trabajaba. Ruth les había ido mostrando cada uno de sus originales. Los leyeron todos. Y a estos originales se debía que su nombre apareciese en los periódicos, y a que su nombre apareciese en los periódicos se debía que le invitasen.

Una cosa resultaba muy clara: A los Morse no les interesaba por sí mismo ni por su trabajo. Por tanto, ahora tampoco les interesaba por él mismo o por su trabajo, sino por la fama adquirida y, ¿por qué no?, a causa de los cien mil dólares que, más o menos, poseía. De ese modo valoraba a los hombres la sociedad burguesa y, ¿quién era él para esperar otra cosa? Pero Martin tenía mucho orgullo. Desdeñaba tal valoración. Deseaba que le valorasen por sí mismo o por su trabajo que, al fin y al cabo, era una proyección de su personalidad. De ese modo, le valoraba Lizzie Connolly. Para ella, ni siquiera contaba su trabajo. Sólo a él tenía en cuenta. De ese modo le valoraban Jimmy, el fontanero, y toda su pandilla. Esto lo habían demostrado en diferentes ocasiones en la época en que era uno más y eso demostraron aquel domingo en Shell Mound Park. Su trabajo podía irse al cuerno. Lo que les gustaba, y por quien estaban dispuestos a batirse, era el propio Martin Eden, uno de la pandilla y un tío simpático.

También estaba Ruth. Le había querido por sí mismo, lo que era indudable. Y, sin embargo, por mucho que le amase, prefirió el nivel de la burguesía. Se oponía a que escribiese, principalmente porque no le proporcionaba dinero. Ése fue su comentario al Ciclo de amor. También ella le insistía para que se buscase un empleo. Cierto que ella lo llamaba «hacerse una posición», pero significaba lo mismo y Martin prefería la antigua denominación. Martin le había leído cuanto escribiera, relatos, artículos, poemas, Wiki-Wiki, La vergüenza del sol, todo. E, insistentemente, ella le apremiaba para que se buscara un empleo, que trabajase. ¡Buen Dios! ¡Como si no trabajara, robando horas al sueño, agotando su vida, para ser digno de Ruth!

Por tanto, su pequeña preocupación fue creciendo. Martin estaba nuevamente fuerte y normal, comía regularmente, dormía mucho y, sin embargo, aquello se iba convirtiendo en una obsesión. Trabajo ya realizado. Esa frase le perseguía de continuo. Cierto domingo, cenaba frente a Bernard Higginbotham, en la tienda de éste, y apenas podía evitar gritarle:

«¡Es un trabajo ya realizado! Y, ahora, me invitas a comer, cuando me dejaste pasar hambre, me prohibiste la entrada en tu casa y me estigmatizaste porque no tenía un empleo. Y, sin embargo, ese trabajo ya estaba hecho, totalmente hecho. Y, ahora, cuando hablo, contienes tus pensamientos, para estar pendiente de mí y atender respetuosamente cuanto digo. Afirmo que tu partido está podrido y repleto de ladrones y, en vez de enfurecerte, te limitas a rezongar un poco, pero reconociendo que hay una gran verdad en mis palabras. ¿Y por qué? Pues porque soy famoso y tengo mucho dinero. No es porque yo sea Martin Eden, un buen muchacho y no totalmente imbécil. Si te dijese que la luna está hecha de queso verde, ibas a aceptarlo o, por lo menos, no lo negarías, porque tengo dólares, montones de dólares. Y eso lo debo a algo que hice hace tiempo; a trabajo ya realizado, precisamente en la época en que más me despreciabas».

Pero Martin no lo dijo en voz alta. Simplemente, se torturaba, mientras lograba sonreír y mostrarse tolerante. Conforme se encerró en sus pensamientos, Bernard Higginbotham se fue haciendo con la dirección y habló sin descanso. También él había triunfado. Se había hecho a sí mismo y estaba orgulloso. Nadie le ayudó. A nadie debía. Cumplía sus deberes como ciudadano y sacaba adelante a una familia numerosa. Y ahí estaba la tienda, el monumento a su industria y a su habilidad. La amaba igual que algunos hombres aman a sus esposas. Entonces, le abrió el corazón a Eden, para mostrarle con cuánto detalle la había planeado. Y tenía muchos proyectos, proyectos muy ambiciosos. El barrio crecía muy de prisa. Y la tienda quedaba pequeña. De disponer de espacio, podría hacer algunas mejoras que ahorrarían trabajo y dinero. Y algún día iba a hacerlo. Estaba ahorrando para poder adquirir el edificio adjunto, que uniría al suyo. En las dos plantas, instalaría la tienda y alquilaría los dos pisos. Los ojos le brillaban al hablar del nuevo rótulo que se extendería por la fachada.

Martin no le escuchaba. Sus pensamientos le habían alejado de la charla del otro. La obsesión casi le enloquecía y quiso apartarla de su mente.

—¿Cuánto dices que iba a costar? —indagó de súbito.

Su cuñado interrumpió su disquisición sobre las oportunidades comerciales que el vecindario ofrecía. No había hablado de cantidades. Sin embargo, las sabía. Las estuvo calculando en diferentes ocasiones.

—Al precio que están ahora las cosas —dijo— se podría hacer con cuatro mil.
—¿Incluido el rótulo?
—No lo contaba. Se haría una vez hechas las reformas.
—¿Y el solar?
—Tres mil más.

El tendero se inclinó hacia delante, humedeciéndose los labios y abriendo y cerrando las manos, mientras contemplaba cómo Martin extendía un cheque. Cuando éste se lo pasó, leyó la cantidad: siete mil dólares.

—No podré pagar más que el seis por ciento —dijo con voz ronca.

Martin contuvo la risa y preguntó:

—¿Cuánto sería eso?
—Veamos. Seis por ciento; seis veces siete, cuatrocientos veinte.
—Representa, más o menos, unos treinta y cinco al mes.

Higginbotham asintió.

—Entonces, si no te opones, lo arreglaremos de este modo. —Martin dirigió una mirada a Gertrude—. Puedes quedarte con el préstamo si inviertes esos treinta y cinco mensuales para la cocina y la limpieza. Te puedes quedar con los siete mil si me garantizas que Gertrude no tendrá que hacerlo. ¿De acuerdo?

Mr. Higginbotham tragó fuerte. Le parecía una ofensa que su esposa no se ocupase de las faenas caseras. Aquel magnífico regalo no era más que el dulce que envuelve la píldora, una píldora muy amarga. ¡Que su esposa no trabajase! Le aturdía.

—Muy bien —dijo Martin—. Yo pagaré los treinta y cinco mensuales y…

Extendió la mano para coger el cheque. Pero Bernard Higginbotham llegó antes, al tiempo que aseguraba:

—¡Acepto! ¡Acepto!

Cuando Martin tomó el tranvía, se sentía enfermo y cansado. Echó una ojeada al rótulo.

—¡Cerdo! —Gruñó—. ¡Cerdo, cerdo!

Cuando Mackintosh’s Magazine publicó La quiromántica, en el puesto de honor y debidamente ilustrado, Hermann von Schmidt olvidó que, en cierta ocasión, lo había considerado obsceno. Hizo correr que estaba inspirado en su esposa y se aseguró de que llegaba a oídos de la Prensa, sometiéndose a una entrevista y a que le retratasen. El resultado fue toda una página en un suplemento dominical, con fotos de Marian, muchos detalles acerca de la familia Eden y el texto de La quiromántica, reproducido con autorización del Mackintosh’s Magazine. Causó una gran sensación en el barrio y las honestas amas de casa se sintieron orgullosas de conocer a la hermana del gran escritor, mientras que las que no la trataban se apresuraron a hacerlo. Hermann von Schmidt sonreía satisfecho en su taller y decidió encargar un nuevo torno.

—Es mucho mejor que la publicidad —le explicó a Marian— y no cuesta nada.
—Tenemos que invitarle a cenar —sugirió ella.

Y Martin fue a cenar, mostrándose amable con el gordo carnicero y la no menos gorda carnicera, gente muy influyente en el vecindario, que podían serle útiles a un joven emprendedor como Hermann von Schmidt. Sin embargo, habían necesitado un cebo tan importante como su cuñado para atraerles a su casa. Otro hombre se sentaba a la misma mesa, atraído por el mismo cebo. Se trataba del superintendente para las agencias de la costa del Pacífico de la «Compañía Asa de Bicicletas». Von Schmidt deseaba complacerle, para ver de obtener la representación en Oakland. Por tanto, para Hermann von Schmidt resultó una suerte tener a Martin Eden por cuñado, aunque, en lo más íntimo, no comprendía a qué se debía todo. En el silencio de la noche, mientras su esposa dormía intentó leer los libros de Martin, decidiendo que el mundo estaba loco si los compraba.

Y, en lo más íntimo, Martin comprendió perfectamente la situación. Mientras, durante la cena, contemplaba la cabeza de Von Schmidt, se imaginaba irla golpeando hasta arrancársela. Una cosa le agradaba de él, sin embargo. Pese a ser pobre y estar decidido a prosperar, había contratado una sirvienta para librar a Marian del trabajo más pesado. Martin habló mucho con el superintendente y, concluida la cena, le llevó aparte, junto con Hermann, al que garantizó desde un punto de vista económico para que tuviese el mejor surtido de recambios de todo Oakland. Fue más allá y, en una conversación privada con su cuñado, le aconsejó que estuviera atento a descubrir un garaje y una representación de automóviles, pues no había razón para que no pudiese dirigir ambos establecimientos.

Con lágrimas en los ojos, mientras le abrazaba, Marian le dijo a Martin, al despedirse, lo mucho que le quería y lo mucho que siempre le había querido. Se advertían en su afirmación ciertas dudas que ocultaba tras sus lágrimas y besos y que Martin supuso que sería su deseo de que la perdonase por no haber tenido fe en él e insistido en que se buscara un empleo.

—No sabe guardar el dinero —le confió Hermann von Schmidt a su esposa más tarde—. Se enfureció cuando hablé de pagarle intereses y dijo que los principios comerciales podían irse al cuerno y que si volvía a mencionarlo me arrancaría a golpes esa cabeza de holandés. ¡Eso es lo que dijo: cabeza de holandés! Pero es un buen chico, aunque no sea hombre de negocios. Me ha dado mi oportunidad. Es un buen chico.

Las invitaciones a cenar seguían lloviendo sobre Martin y, cuanto más llovían, más intrigado estaba. Fue el huésped de honor en un banquete del «Bohemian Club», con gente famosa, acerca de la que había leído y oído hablar durante toda su vida. Todos le aseguraron que al leer El tañer de las campanas, en el Transcontinental, y El hada y la perla, en The Hornet, supieron, en seguida, que se trataba de un triunfador. «Sí, pero, entonces, pasaba hambre y no tenía ropa —se dijo Eden—. ¿Por qué no me dieron un banquete entonces? Era la mejor ocasión. Ya había realizado mi tarea. Me festejáis ahora por un trabajo que hice entonces. Me festejáis porque todo el mundo lo hace y porque constituye un honor hacerlo. Me festejáis porque sois animales duros, porque pertenecéis a la multitud y lo único que actualmente piensa la multitud, de un modo automático, es festejarme. ¿Y qué tienen que ver Martin Eden y el trabajo que realizara con todo esto?», se preguntó pensativamente y, luego, se puso en pie para responder con ingenio y viveza a un brindis ingenioso y vivo.

En todas partes era igual. Dondequiera que se encontrase, en el club de Prensa, en el «Sequeia Club», en reuniones literarias o no, siempre se recordaba la primera vez que publicaron El tañer de las campanas y El hada y la perla. Y, de continuo, estaban invitando a Martin. «¿Por qué no me festejabais entonces? Es tarea ya realizada. El tañer de las campanas y El hada y la perla no han cambiado ni en una sola letra. Entonces eran tan extraordinarias como ahora. Pero no me festejáis por ellas ni por lo que he escrito después. Me festejáis porque está de moda y toda la multitud desea festejar a Martin Eden.»

Y, frecuentemente, en tales reuniones, solía ver, de improviso, a un joven matón, con una chaqueta cruzada y un sombrero ancho de alas rígidas. Le ocurrió cierta tarde en la «Ebell Society» de Oakland. Al dirigirse hacia el estrado, vio entrar por la amplia puerta de la sala al joven matón, con su chaqueta cruzada, y su ancho sombrero. Quinientas mujeres elegantes se volvieron a ver qué ocurría, tan intensa y firme era la mirada de Martin. Sin embargo, sólo vieron la puerta abierta y vacía. Martin contemplaba al duro adolescente que iba a su encuentro y se preguntó si se quitaría el sombrero, cosa que hasta entonces nunca había hecho. La imagen cruzó la sala y subió al estrado. Martin sintió deseos de llorar ante aquella visión retrospectiva de sí mismo, al pensar cuánto tenía por delante. La imagen se fue acercando hasta desaparecer dentro de Martin. Las quinientas mujeres aplaudieron suavemente con sus manos enguantadas intentando animar al gran hombre que habían invitado. Y Martin, apartando la visión de su mente, sonrió y comenzó a hablar.

El superintendente de las Escuelas, un anciano simpático, detuvo a Martin en la calle, para recordarle unas escenas en su despacho cuando le expulsaron del colegio por pelearse.

—Hace tiempo que leí en una revista El tañer de las campanas —dijo—. Es digno de Poe. Entonces ya afirmé que era espléndido.

«Sí, y por dos veces, en los meses que siguieron, nos cruzamos en la calle y usted no me reconoció —se dijo Martin—. En cada una de esas ocasiones, estaba hambriento y camino de la casa de empeños. Pero ya había realizado mi tarea. Entonces, no me reconoció. ¿Por qué me reconoce ahora?»

—El otro día le decía a mi esposa —continuaba el superintendente— que sería una buena idea invitarte a cenar. Y estuvo de acuerdo conmigo. Sí, estuvo muy de acuerdo conmigo.
—¿A cenar? —dijo Martin tan bruscamente que casi parecía una burla.
—Pues sí, a cenar. Sin cumplidos, con su antiguo superintendente —afirmó el anciano con timidez, dándole un golpe en el hombro en un intento de mostrarse jovial.

Martin continuó su camino estupefacto. Se detuvo en la esquina y miró en torno suyo.

—¡Que me aspen! —exclamó luego.

El viejo estaba asustado.


CAPÍTULO XLV

UN día, Kreis fue a ver a Martin; Kreis, el de la auténtica basura. Y Martin le recibió con alivio, para escuchar los brillantes detalles de un proyecto, tan disparatado como para interesar a Martin más como novelista que como inversor. Kreis interrumpió su exposición el tiempo suficiente para decirle que La vergüenza del sol era una estupidez.

—Pero no vine aquí a hablar de filosofía —siguió—. Lo que quiero saber es si estás o no dispuesto a poner mil dólares en mi proyecto.
—No, no soy tan tonto como todo eso —repuso Martin—. Pero voy a decirte lo que haré. Me proporcionaste una de las mejores noches de mi vida. Me disteis lo que con dinero no puede comprarse. Ahora, yo lo tengo y no me importa nada. Quiero regalarte mil dólares, que yo no valoro, por lo que me proporcionasteis aquella noche y que no tiene precio. Tú necesitas dinero. Yo tengo más del que necesito. Lo quieres. Para eso viniste. No es preciso que intentes obtenerlo con proyectos. Llévatelo.

Kreis no demostró sorpresa alguna. Se guardó el cheque en el bolsillo.

—Bueno, me gustaría el encargo de irte proporcionando otras noches como aquélla.
—Ya es demasiado tarde —afirmó Martin moviendo la cabeza—. Aquella noche, fue única. Me sentía en el paraíso. Sé que para vosotros es habitual. Sin embargo, no lo era para mí. Nunca volveré a vivir otra de la misma intensidad. He acabado con la filosofía. No deseo volver a hablar de eso.
—El primer dinero que, en toda mi vida, me proporciona la filosofía —dijo Kreis ya en la puerta—. Y se cerró el mercado.

Cierto día, Martin se cruzó en la calle con Mrs. Morse, que le sonrió, con un inclinación de cabeza. Edén sonrió a su vez, quitándose el sombrero. El incidente no le afectó. Un mes antes, hubiera podido disgustarle o despertado su curiosidad, obligándole a calcular si dicha señora se daba cuenta de lo que hacía. Pero entonces no le dedicó ni un solo pensamiento. Lo olvidó en seguida, como hubiese olvidado el Ayuntamiento después de pasar por delante. Sin embargo, su cerebro no descansaba un solo minuto. De continuo giraba en torno a un círculo. Su epicentro era “la tarea realizada”; amenazaba con destrozarle, igual que un tumor. Por las mañanas, se despertaba con esa idea. De noche, le provocaba pesadillas. Cuanto ocurría en torno suyo que pudiese afectarle, lo relacionaba al instante a la “tarea realizada”. A través de un implacable proceso analítico, llegó a la conclusión de que no era nadie, de que no era nada. Martin Eden, el matón de barrio, y Martin Eden, el marinero, habían sido reales, eran una expresión de sí mismo. Pero Martin Eden, el escritor famoso, no existía. Martin Eden, el escritor famoso, no era más que una nebulosa emanada de la mente de la multitud para incrustarla en el ser corporal de Martin Eden, el matón de barrio y el marinero. Pero a él no le engañaban. No era ese ídolo que la multitud adoraba y al que sacrificaban cenas. Él sabía la verdad.

Leyó las revistas que hablaban de él y leyó todas las semblanzas que de sí mismo se habían publicado, hasta que fue incapaz de asociar s identidad con esos retratos. Él era un hombre que había vivido, sentido emociones y amado, que fue tolerante con las fragilidades de la vida, que sirvió en los alcázares de proa, visitó extraños países y dirigió una banda en sus días de camorrista. Era el hombre que se sintió maravillado por los miles de libros que figuraban en la biblioteca pública, que luego aprendió a desenvolverse entre ellos, hasta dominarlos. Era el hombre que trabajó hasta tarde, aplicándose un aguijón y que, a su vez, escribió libros. Pero le era ajeno por completo aquel colosal apetito que la multitud semejaba querer aplacar.

No obstante, en las revistas encontró cosas que le divirtieron. Todos le reivindicaban como su descubrimiento. El Warren’s Monthly afirmaba que pudo presentar a Martin Eden al público gracias a su continua búsqueda de nuevos autores. Se lo atribuían el White Mouse, igual que el Northern Review y el Mackintosh’s Magazine, hasta que los silenció el Globe, señalando sus archivos, donde estaba enterrada la Lírica marina. Youth and Age, que había vuelto a publicarse tras eludir todas sus deudas, aseguró haber sido la primera, cosa que no leyó nadie más que los hijos de los agricultores. El Transcontinental dio una seria y convincente explicación de cómo había descubierto a Martin Eden, cosa que le disputó The Hornet al exhibir El hada y la perla. La modesta reivindicación de “Singletree, Darnley & Co.” se perdió entre aquel clamor. Además, la editorial no poseía una revista que sostuviese sus afirmaciones.

Los periódicos calcularon los beneficios de Martin. De algún modo, las magníficas ofertas que se le habían hecho trascendieron y los predicadores le visitaron en tono amistoso, mientras en su correo aumentaban las cartas de los pedigüeños. Pero las peores eran las mujeres. Por todas partes se publicaron sus fotografías y los redactores aprovecharon su rostro fuerte y curtido, su cicatrices, sus anchos hombros, sus ojos claros y tranquilos y sus facciones ascéticas. Cuando se mencionaba esto, Martin sonreía, recordando su bulliciosa adolescencia. Con frecuencia, entre las mujeres que le presentaban, había una que le miraba, con aire crítico, como si le seleccionase. Esto le provocaba risa. Recordó que Brissenden se lo había advertido y volvía a reír. Las mujeres no iban a destrozarle. De eso, estaba seguro. Había ya superado esa etapa.

Una vez, cuando acompañaba a Lizzie a la academia nocturna, advirtió la mirada que le dirigía una mujer de la burguesía, hermosa y bien vestida. La mirada fue un poco larga, demasiado consciente. Lizzie comprendió lo que significaba y se puso en tensión. Martin lo advirtió a su vez, dándose cuenta del motivo, y le dijo que se estaba acostumbrando y que no le importaba.

—Pues debiera —le respondió ella—. ¡Lo que te ocurre es que estás enfermo!
—Nunca me sentí mejor en toda mi vida. Peso cinco libras más de lo corriente.
—No es cosa del cuerpo. Es de la cabeza. Hay algo que no funciona bien. Incluso yo, que; no soy nadie, me estoy dando cuenta.

Martin siguió a su lado, reflexionándolo.

—Daría cualquier cosa para que te curases —afirmó Lizzie impulsivamente—. Debiera importarte que las mujeres te miren de ese modo. No es natural. Es lo lógico entre los mariquitas. Pero tú no eres de ésos. Te aseguro que me conformaría, y muy satisfecha, si encontrases una mujer que te hiciese cambiar.

Cuando dejó a Lizzie en la academia, regresó al «Metropole».

Una vez en sus habitaciones, se dejó caer en un sillón y quedó ensimismado. No se durmió, pero tampoco pensaba. Tenía la mente vacía, excepto cuando en ella se formaban imágenes con forma y color. Vio las imágenes, pero apenas tenía consciencia de ellas, como si se tratara de un sueño. Sin embargo, no dormía. Al fin, salió de su ensimismamiento para consultar el reloj. Eran las ocho. Nada tenía que hacer y aún era pronto para acostarse. Luego, volvió a vaciársele la mente y, de nuevo, se le formaron imágenes. Éstas nada tenían de particular. Se trataba siempre de hojas y de ramas de árboles, a través de las cuales resplandecía el sol.

Le despertaron con un golpe en la puerta. No dormía y, al instante, asoció la llamada con una carta, un telegrama o alguno de los empleados que le traía la ropa de la lavandería. Pensaba en Joe, preguntándose dónde se encontraría cuando invitó:

—Adelante.

Seguía pensando en Joe y no se volvió hacia la puerta. Oyó que la cerraban con cuidado. Remaba un profundo silencio. Martin olvidó que habían llamado a la puerta y continuaba ensimismado cuando le sobresaltó el sollozo de una mujer. Era involuntario, espasmódico y sofocado. Martin se dio cuenta de esto cuando se volvía. Al momento se puso en pie.

—¡Ruth! —exclamó sorprendido y estupefacto.

El rostro de la muchacha se veía pálido y tenso. Ruth seguía junto a la puerta, apoyándose en ella con una mano y la otra caída al costado. Tendió ambas hacia él, como implorándole, y fue a su encuentro. Martin, al estrecharlas y acompañar a la muchacha hasta el sillón, se dio cuenta de que estaban muy frías. Acercó una butaca, sentándose en el brazo. Se sentía demasiado confuso para hablar. A su juicio, el asunto de Ruth estaba muerto y enterrado. Sentía entonces la misma sorpresa que si la lavandería de Shelley Hot Springs invadiese el «Hotel Metropole» con la colada de toda una semana para que él la atendiese. En varias ocasiones fue a hablar, pero siempre acabó por callarse.

—Nadie sabe que estoy aquí —dijo Ruth en voz baja y sonriendo débilmente.
—¿Cómo has dicho? —preguntó Martin.

Le sorprendió el sonido de su propia voz.

La muchacha repitió sus palabras.

—¡Ah! —comentó Eden, preguntándose qué más podía decir.
—Te vi entrar y esperé unos minutos.
—¡Ah!

Martin no se había sentido tan torpe en toda su vida. No tenía una sola idea en la cabeza. No se le ocurría nada, aunque de ello hubiese dependido su vida. Le hubiese resultado más fácil desenvolverse si la intrusión hubiese procedido de la lavandería de Hot Springs. Simplemente, se habría arremangado los brazos y puesto a trabajar.

—Y, entonces, entraste —pudo decir al fin.

Ella asintió, con extraña expresión y, luego, se soltó el pañuelo que llevaba al cuello.

—Te vi desde la otra acera cuando ibas con aquella chica.
—Ah, sí —comentó él—. La acompañaba a la academia nocturna.
—¿No te alegras de verme? —indagó Ruth al cabo de otra pausa.
—Sí, desde luego. —Martin hablaba con premura—. ¿No te has precipitado al entrar?
—Me colé. Nadie sabe que estoy aquí. Quería verte. He venido a decirte que fui muy tonta. He venido porque no podía mantenerme lejos de ti, porque el corazón me impulsaba a venir, porque… porque quería venir.

Se puso en pie, acercándose a él. Le apoyó una mano en el hombro, mientras se le agitaba la respiración, y, luego, se echó en sus brazos. Martin la abrazó a su vez, a impulsos de su amable naturaleza, que no deseaba herirla y que sabía que la peor ofensa que se puede infligir a una mujer es rechazarla. Pero no puso calor ni procuró que fuese una caricia. Ella se le había echado a los brazos y él la sostenía, eso era todo. Ruth se recostó en él y, luego, con un brusco cambio de actitud, alzó las manos para apoyárselas en el cuello. Pero la carne de Martin no se encendió al contacto. Más bien se sentía torpe e incómodo.

—¿Por qué tiemblas? —indagó Eden—. ¿Tienes frío? ¿Quieres que encienda la calefacción?

Fue a soltarse de ella, pero Ruth se aferró con más fuerza, temblando muy agitada.

—No son más que nervios —dijo castañeteando los dientes—. Pronto me dominaré. ¡Ya está! Me siento mejor.

Poco a poco, dejó de temblar. Martin seguía estrechándola, pero ya no se sentía sorprendido. Ahora sabía a qué debía su visita.

—Mi madre quería que me casara con Charlie Hapgood —declaró Ruth.
—Charlie Hapgood, el tipo que habla siempre con frases hechas —comentó Martin. Luego, añadió—: Y, ahora, supongo que tu madre quiere que te cases conmigo.

No lo dijo en forma de pregunta. Simplemente, lo expuso como una certeza, mientras, ante sus ojos, danzaban las cifras de sus derechos de autor.

—No se opondrá. De eso estoy segura —repuso la muchacha.
—¿Me considera un buen partido?

Ruth asintió.

—Pues no soy mejor partido que cuando rompió nuestro compromiso —razonó Martin—. En nada he cambiado. Soy el mismo Martin Eden, aunque, es posible, que incluso sea peor. Ahora fumo. ¿No me lo notas en el aliento?

A modo de respuesta, ella le puso los dedos sobre la boca, con cierta coquetería y a manera de juego, esperando el beso que antes fue siempre la consecuencia. Pero la boca de Martin no respondió a la caricia. Esperó a que retirase los dedos y, entonces, continuó:

—No he cambiado. No tengo empleo. No busco un empleo. Y, lo que es más, no pienso buscar un empleo. Sigo creyendo que Herbert Spencer es un gran hombre y muy digno, mientras que el juez Blount no pasa de un asno presuntuoso. Cené con él la otra noche; pude comprobarlo.
—Pero no aceptaste la invitación de papá —se dolió ella.
—De manera que lo sabes. ¿Quién le envió? ¿Tu madre?

La muchacha no respondió.

—Así que fue ella. Lo imaginaba. Y supongo que ahora te ha enviado a ti.
—Nadie sabe que estoy en tu hotel —protestó Ruth—. ¿Crees que iban a permitírmelo?
—Te permitiría que te casaras conmigo, desde luego.

Ruth lanzó un grito.

—¡Martin, no seas cruel! No me has besado ni una sola vez. Estás insensible como una piedra. ¡Piensa en lo que me he atrevido a hacer! —Miró en torno suyo estremeciéndose, aunque la dominaba la curiosidad—. ¡Piensa dónde estoy!

«¡Me dejaría matar por ti, me dejaría matar por ti!». Las palabras de Lizzie le sonaban a Martin en los oídos.

—¿Por qué no te atreviste antes? —preguntó con aspereza—. ¿Cuando yo no tenía un empleo? ¿Cuando pasaba hambre? ¿Cuando era exactamente el mismo de ahora, tanto como artista que como hombre, el mismo Martin Eden? Ésa es la pregunta que me hago continuamente, no tan sólo acerca de ti, sino de todo el mundo. Verás, yo no he cambiado, aunque mi súbita y aparente cotización me obligue a comprobarlo a diario. Tengo la misma carne sobre los huesos, las mismas manos y los mismos pies. Soy el mismo. No he adquirido nuevas fuerzas ni nuevas virtudes. Mi mente es también la de antes. No poseo otras ideas acerca de la filosofía y de la literatura. Personalmente, no valgo más que cuando nadie me apreciaba. Por tanto, no me quieren por mí mismo, ya que soy igual a entonces. Y lo que me intriga es el motivo por el que ahora les importo. No será por mí, ya que soy el mismo de quien no se preocupaban. En consecuencia, debe ser por algo distinto, algo ajeno a mí, por algo que no soy yo. ¿Quieres que te lo diga? Es por el reconocimiento que he recibido. Y ese reconocimiento no forma parte de mí. Reside, tan sólo, en la mente de los demás. Y, también, por el dinero que he ganado y que sigo ganando. Pero ese dinero tampoco forma parte de mí. Está en los Bancos y en el bolsillo de cualquiera. Y es por eso, el reconocimiento y el dinero, por lo que ahora tú me quieres.
—¡Me estás destrozando el corazón! —sollozó la muchacha—. Sabes muy bien que te amo y que estoy aquí sólo por eso.
—Me temo que no veas mi punto de vista —dijo Martin suavemente—. Lo que quiero decir es que, si me amas, ¿cómo es que me amas mucho más ahora que cuando tu cariño era tan débil que me rechazaste?
—Olvida y perdona —exclamó la muchacha con pasión—. Siempre te quise, recuérdalo. Y que ahora estoy aquí, en tus brazos.
—Me temo que soy como un comerciante ávido, que únicamente mira las escalas para pesar tu amor y ver qué calidad tiene.

Ruth se soltó de Martin, para sentarse de nuevo, muy envarada, mientras le miraba anhelante. Fue a decir algo, pero lo pensó mejor y calló.

—Considero —continuó Martin— que, cuando ya era lo que ahora soy, nadie, fuera de mi clase, se preocupaba por mí. Cuando ya había escrito todos mis libros, nadie, de cuantos los leyeron, los tuvo en cuenta. En realidad, a causa de lo que escribía, yo parecía importarles mucho menos. Semejaba como si, al escribirlos, hubiese cometido un acto que, en el mejor de los casos, podía calificarse de vergonzoso. Todos me decían que me buscase un empleo.

Ella hizo un ademán de protesta.

—Sí, sí —convino Eden—, menos tú. Tú me indicabas que me hiciera una posición. La palabra tan familiar de «un empleo» te ofendía, igual que mucho de lo que he escrito. Te resultaba brutal. Pero te aseguro que a mí me resultaba tan brutal que cuantos me conocían me lo recomendasen, como se recomienda la enmienda a un ser inmoral. Pero volvamos a la cuestión. Que publicasen lo que yo había escrito y que unánimemente se me reconociese mérito, provocó un cambio en tu amor. No te querías casar con Martin Eden, con toda su tarea realizada. Tu amor por él no era lo bastante fuerte para que pudieras soportarlo. Pero lo es ahora y no puedo por menos de llegar a la conclusión de que su fuerza nace de haber publicado y de gozar de popularidad. En tu caso, no menciono los beneficios que me proporciona, aunque tengo la seguridad de que pueden explicar el cambio de actitud de tus padres. Como puedes suponer, todo esto no me halaga. Pero, peor aún, me hace poner en duda el Amor, el Amor de verdad. ¿Es que, acaso, resulta algo tan vulgar que debe alimentarse del éxito? Así lo parece. Lo he pensado tantas veces, que la cabeza me da vueltas.
—¡Pobre cabecita! —Ruth tendió la mano, para acariciarle el cabello—. No te tortures más. Empecemos de nuevo. Te quise siempre. Sé que fui débil al someterme a la voluntad de mi madre. No debí hacerlo. Pero a ti mismo te he oído hablar muchas veces, de un modo bastante claro, de lo débil que es el ser humano. Haz que tu caridad me alcance a mí. Obré mal. ¡Perdóname!
—Claro que te perdono —dijo Martin impaciente—. Resulta fácil hacerlo, cuando nada hay que perdonar. Nada de lo que has hecho necesita perdonarse. Cada uno obra según sus luces y no puede hacer más. Lo mismo podría pedirte yo que me perdonases por no buscar un empleo.
—Mis intenciones eran buenas —protestó la muchacha—. Lo sabes muy bien. No podía amarte y no pretenderlo.
—Cierto, pero me hubieras destrozado con tus buenas intenciones. ¡Sí, sí! —añadió para acallar sus protestas—. Hubieses destrozado mi manera de escribir y mi carrera. El realismo es consustancial con mi carácter y la burguesía odia el realismo. La burguesía es cobarde. Teme la vida. Y todos sus esfuerzos iban encaminados a que también la temiese yo. Querías formalizarme. Me hubieras querido comprimir, hasta que cupiese en un agujero, donde todos los valores son irreales, falsos y vulgares. —Advirtió que Ruth iba a protestar—. Vulgares, una vulgaridad cómoda, lo reconozco, es la base del refinamiento y de la cultura burguesa. Y, como decía, tú querías formalizarme, convertirme en uno más de los de tu clase, con los ideales de tu clase, los valores de tu clase y los prejuicios de tu clase. —Movió la cabeza tristemente—. Ni siquiera ahora comprendes lo que digo. Mis palabras no significan para ti lo que yo pretendo que signifiquen. Lo que yo veía no es para ti más que pura fantasía. Sin embargo, para mí constituía la más vital de las realidades. En el mejor de los casos, puede que te sientas sorprendida y un poco divertida de que este hombre tan ordinario, que emerge del abismo, se atreva a juzgar a tu clase y considerarla vulgar.

Ruth apoyó la cabeza en su hombro, mientras temblaba de nuevo. Martin esperó a que ella hablase y, luego, continuó:

—Y ahora quieres que renovemos nuestro amor. Quieres que nos casemos. Me quieres a mí. Y, sin embargo, de no haberse publicado mis libros y haber llamado la atención, yo sería el mismo, pese a todo. Pero tú te hubieras mantenido lejos. Son esos puñeteros libros…
—No hables así —le interrumpió la muchacha.

Esa advertencia sobresaltó a Martin. Luego, estalló en una amarga carcajada.

—Eso es —dijo—, en el momento más difícil, cuando tu felicidad está en juego, te da miedo la vida igual que antes, te dan miedo la vida y los tacos más saludables.

Sus palabras hicieron que la muchacha comprendiese lo pueril de su comentario, pero, no obstante, consideraba que él lo había exagerado, por lo que se sintió molesta. Guardaron silencio durante un buen rato, mientras ella pensaba desesperadamente y Martin meditaba acerca de su desaparecido amor. Sabía ahora que, en realidad, no la quiso nunca. Era a una idealización de Ruth a la que él amara, una criatura etérea que él creó, el brillante y luminoso espíritu de sus poemas amorosos. Pero a la auténtica Ruth, con todas las debilidades burguesas y todas las limitaciones de la psicología burguesa, a ésa no la quiso nunca.

De súbito, ella comenzó a hablar.

—Sé que hay gran verdad en cuanto has dicho. He tenido miedo a la vida. No te quise lo bastante. Pero he aprendido mucho. Te quiero por lo que eres, por lo que fuiste y por el modo como has llegado a ser lo que eres. Te quiero por lo distinto que resultas a lo que llamas mi clase, por tus ideas, que no comprendo, pero que sé que puede llegar a comprender. Me esforzaré en conseguirlo. E, incluso, el que fumes y hables mal, todo eso forma parte de ti y también te querré por eso. Aún puedo aprender. He aprendido mucho en los últimos diez minutos. Que haya osado venir aquí es una prueba de lo mucho que estoy adelantando. ¡Oh, Martin…!

Ruth lloraba, muy pegada a él.

Por primera vez, los brazos de Martin la rodearon con gentileza y afecto y ella lo reconoció con el rostro encendido.

—Es demasiado tarde —dijo Eden. No dejaba de recordar las palabras de Lizzie—. Soy un enfermo. ¡No, no se trata del cuerpo! El mal está en la mente. Parece como si hubiese perdido todos los valores. Nada me importa. De haberte comportado así hace unos meses, todo habría sido distinto. Ahora es demasiado tarde.
—¡No es tarde! —protestó ella—. Te lo demostraré. Tendrás la prueba de que mi amor ha aumentado, de que me importa más que mi clase y todo lo que me es querido. Rechazaré cuanto es importante para la burguesía. Ya no temo a la vida. Abandonaré a mis padres y dejaré que me critiquen mis amigos. Me entregaré a ti, ahora y aquí, por amor, si es que tú lo deseas, y me sentiré contenta y orgullosa de estar contigo. Si fui traidora al amor, ahora, por amor, traicionaré cuanto había provocado la anterior traición.

Se puso en pie ante él, con los ojos brillantes.

—Estoy esperando, Martin —murmuró—. Esperando que me aceptes. Mírame.

Al mirarla, Martin se dijo que era espléndido. Ruth se había redimido de cuanto le faltaba, descubriéndose, al fin, como una auténtica mujer, superior a la férrea ley de los convencionalismos burgueses. Resultaba espléndido, magnífico, desesperado. Y, sin embargo, ¿qué le ocurría a Martin? No le emocionaba ni le excitaba lo que ella acababa de hacer. Resultaba espléndido y magnífico, pero únicamente desde un punto de vista intelectual. En lo que debió haber sido un momento de fuego, Eden la apreció fríamente. No le llegó al corazón. No sentía el menor deseo por ella. De nuevo, recordó las palabras de Lizzie.

—Estoy enfermo, muy enfermo —dijo con un gesto de desesperación—. No supe cuánto hasta este momento. Hay algo que me ha abandonado. Siempre temí a la vida, pero no imaginé jamás que llegaría a sentirme saciado de la vida. Ésta me ha dado tanto, que estoy vacío de todo deseo. De tenerlos, te querría ahora. ¡Date cuenta de lo enfermo que estoy!

Echó hacia atrás la cabeza, cerrando los ojos. Igual que un niño lloroso, que olvida su pena al contemplar el sol que se filtra por entre los párpados, así Martin olvidó su enfermedad y la presencia de Ruth, todo, al contemplar la esplendorosa vegetación, bañada por los rayos solares, que surgía ante sus ojos cerrados. El espectáculo no le calmaba. La luz del sol era demasiado violenta y cegadora. Hería el contemplarla y, no obstante, la siguió contemplando, sin saber el motivo.

Volvió en sí al oír girar el pomo de la puerta. Era Ruth.

—¿Cómo puedo salir? —le preguntó aún llorosa—. Tengo miedo.
—¡Perdóname! —dijo Martin poniéndose en pie—. No soy yo mismo. Olvidé que estabas aquí. —Se llevó la mano a la cabeza—. No me siento bien. Te acompañaré a casa. Podemos salir por la puerta de servicio. Nadie nos verá. Ponte el velo y todo irá bien.

Ruth le tomó por el brazo y avanzaron por el pasillo en penumbra y por la estrecha escalera.

—Ya estoy a salvo —dijo ella, de improviso, cuando salieron a la acera, mientras hacía un movimiento para soltarse.
—No, no, te acompañaré a casa —repuso Martin.
—¡No, no lo hagas! —protestó la muchacha—. No es necesario.

De nuevo, pareció irle a soltar. Martin sintió una súbita curiosidad. Ahora, en que estaba fuera de peligro, la muchacha semejaba asustada. Eden no vio razón que lo justificase, atribuyéndolo, por tanto, a los nervios. En consecuencia, le sujetó la mano y echó a andar. A mitad de camino, advirtió que un hombre, embutido en un largo abrigo, se ocultaba bruscamente en un portal. Le dirigió una mirada cuando pasaron ante él y pese al cuello subido, creyó reconocer a Norman, el hermano de Ruth. Durante su camino, la muchacha y Martin apenas hablaron. Ella se sentía aturdida. Él se mostraba apático. Sólo en una ocasión Eden le dijo que, en breve, regresaría a los mares del Sur y sólo una vez ella le pidió que la perdonase por haberle visitado. Y eso fue todo. Su despedida, ante la casa, resultó muy convencional. Se estrecharon las manos, se dieron las buenas noches y él se quitó el sombrero. Se cerró la puerta, Eden volvió a ponerse el sombrero, encendió un cigarrillo y se fue al hotel. Al llegar ante el portal en el que viera ocultarse a Norman, se detuvo, para contemplarlo divertido.

—¡Me mintió! —dijo en voz alta—. Me quiso hacer creer que había tomado una gran decisión y le constaba que su hermano, que la acompañó hasta aquí, la estaba esperando para volverla a acompañar. —Estalló en una carcajada—. ¡Esos burgueses! Cuando no tenía ni un céntimo, no era digno de que me viesen en compañía de su hermana. Ahora, que tengo una cuenta bancaria, él mismo me la trae.

Al ir a continuar su camino, un vagabundo, que se cruzó con él, le pidió:

—Oiga, señor, ¿puede darme algo para pagarme una cama?

La voz hizo volverse a Martin. Al instante, estrechaba la mano de Joe.

—¿Te acuerdas de cuando nos separamos en Hot Springs? —decía el otro—. Te aseguré que volveríamos a encontrarnos. Lo sentía en los huesos. Y aquí estamos.
—Tienes buen aspecto —comentó Martin examinándole—. Y has engordado.
—Desde luego que sí. —El semblante de Joe aparecía radiante—. No había sabido lo que era vivir hasta que me convertí en vagabundo. Peso treinta libras más y me siento en plena forma. ¡Cuando trabajaba, no tenía más que la piel y los huesos! ¡Me sienta bien hacer de vagabundo!
—Sin embargo, pedías para alquilar una cama —se burló Martin—. Hace frío.
—¿Buscando una cama? —Joe metió la mano en el bolsillo y sacó un puñado de monedas—. Gano más que en mi antiguo empleo —exclamó—. Tienes aspecto de rico. Por eso te lo pedí.

Martin se echó a reír y se rindió.

—Seguro que ya has echado varios tragos —insinuó.

Joe se guardó el dinero.

—Te equivocas —declaró—. Ya no me emborracho, aunque nada me lo impide. Es que no tengo ganas. Desde que nos separamos, sólo me he emborrachado una vez y fue porque me pillaron con el estómago vacío. Cuando trabajo como una bestia, bebo como una bestia. Cuando vivo como un ser humano, bebo como un ser humano; un trago de vez en cuando, si me apetece, y eso es todo.

Martin quedó citado con él para el día siguiente y regresó a su hotel. Se detuvo en recepción para consultar los buques que zarpaban. El Mariposa partía para Tahití dentro de cinco días.

—Telefoneen mañana para reservarme un camarote —le dijo al empleado—. No quiero uno de cubierta, sino de los de abajo, a babor. Recuérdelo, babor. Más vale que lo apunte.

Una vez en sus habitaciones, se acostó, durmiendo como un niño. Los sucesos de aquella tarde no le habían impresionado. Tenía la mente como muerta a las impresiones. El júbilo que despertó su encuentro con Joe resultó fugaz. Al minuto, se sentía ya molesto por la compañía del antiguo lavandero y por la necesidad de hablarle. Tampoco significaba gran cosa el hecho de que, en el plazo de cinco días, iba a partir para sus amados mares del Sur. Por tanto, cerró los ojos y durmió tranquilamente durante ocho ininterrumpidas horas. No se sentía inquieto. No cambió de posición ni soñó. El sueño representaba el olvido y lamentaba despertarse. La vida le inquietaba y le aburría y el tiempo le fastidiaba.


CAPÍTULO XLVI

—OYE, Joe —fue el saludo que Martin dirigió a la mañana siguiente a su antiguo compañero de trabajo—, hay un francés en la Calle Veintiocho. Ha ganado mucho dinero y se vuelve a su país. Tiene una lavandería estupenda y moderna. Es un modo de empezar, si quieres establecerte. Toma, cómprate ropa y ve a ver a ese hombre a las diez. Fue quien me buscó la lavandería y el que te la enseñará a ti. Si te gusta, y creo que vale los doce mil que piden por ella, dímelo y es tuya. Ahora, vete. Estoy ocupado. Nos veremos después.
—Oye, Martin —dijo el otro encendiéndose de coraje—. He venido a verte. ¿Comprendes? No vine a que me regalaras una lavandería. Vine a hablar, como viejos amigos, y me sueltas un negocio. Te diré lo que puedes hacer con ella. ¡Cógela y vete al infierno!

Se disponía a salir de la habitación, cuando Martin le sujetó por el hombro, obligándole a volverse.

—Mira, Joe —advirtió—, si te comportas de ese modo, vas a obligarme a pegarte un puñetazo. Y, en recuerdo de nuestra amistad, te pegaré fuerte. ¿Comprendes? ¿De acuerdo?

Joe se había aferrado a él, en un intento de arrojarle al suelo, y se debatía para quedar libre. Así se zarandearon mutuamente por el cuarto, para acabar cayendo sobre una silla que se destrozó. Joe quedó debajo, con los brazos abiertos e inmovilizado por la rodilla que Martin le apoyaba en el pecho. Jadeaba, falto de respiración, cuando le soltó Eden.

—Ahora vamos a hablar —advirtió Martin—. No te des humos conmigo. En primer lugar, quiero que se arregle ese asunto de la lavandería. Luego, vuelve aquí y hablaremos como viejos amigos. Ya te dije que estaba muy ocupado. Mira eso.

Un criado acababa de entrar con la correspondencia, compuesta de revistas y de cartas.

—¿Cómo voy a leerme todo eso y, al mismo tiempo, hablar contigo? Ve a arreglar el asunto de la lavandería y, luego, vuelve aquí.
—De acuerdo —convino Joe de mala gana—. Creí que me echabas, pero, por lo visto, me equivoqué. Pero no me vencerías con los puños. Tengo mayor envergadura que tú.
—Un día nos pondremos los guantes y lo vamos a ver —dijo Martin con una sonrisa.
—Seguro, en cuanto ponga en marcha la lavandería —Joe extendió el brazo—. ¿Ves la envergadura? Te daré un disgusto.

Martin dio un suspiro de alivio cuando la puerta se cerró tras su antiguo amigo. Se volvía antisocial. A diario, le resultaba más difícil mostrarse amable con la gente. Su presencia le perturbaba y le irritaba el esfuerzo de hablar con ellos. Todo el mundo le alteraba y, apenas había iniciado la conversación, estaba buscando excusas para irse.

De momento, no se ocupó del correo y, durante una media hora, se limitó a quedarse sentado en un sillón, mientras vagos pensamientos, apenas formulados, animaban de vez en cuando su inteligencia; en realidad, constituían sus únicas muestras de inteligencia.

Al fin, se rehízo y examinó el correo. Había una docena de peticiones de autógrafo, que reconocía a simple vista; eran de profesionales. También encontró varias de perturbados, desde la de uno que estaba trabajando en un modelo para solucionar el movimiento continuo o la del que demostraba que la superficie de la Tierra estaba dentro de una esfera hueca, hasta la del que buscaba financiamiento para comprar la península de la Baja California e iniciar allí una colonización comunista. Por último estaban las cartas de mujeres que querían conocerle. Una de ellas le hizo sonreír, pues había incluido el recibo de sus donativos a la parroquia, como prueba de su respetabilidad.

Los editores y directores de revistas contribuían al correo diario. Los primeros le pedían, de rodillas, unas colaboraciones, y los otros, también de rodillas, algún libro. ¡Sus pobres y desdeñados originales, que le obligaron a empeñarlo todo, durante aquellos terribles meses, para tener dinero con que franquearlos! Encontró unos inesperados cheques por los derechos de señalización en Inglaterra y por adelantos a traducciones extranjeras. Su agente le anunciaba la venta de derechos a Alemania de tres de sus libros y le informaba de que circulaban unas ediciones en Suecia, pero de las que nada podía esperar, ya que ese país no se había adherido a la Convención de Berna. Luego, encontró la demanda de un permiso nominal para imprimir sus obras en Rusia, país que tampoco se había adherido a la Convención de Berna.

Después, atendió los recortes de Prensa que le enviaban y estuvo leyendo acerca de sí mismo, cosa que se había puesto de moda. Toda su obra se había ofrecido al público de una vez. Eso debió provocar su popularidad. Tenía a los lectores a sus pies, igual que Kipling los tuvo en aquella ocasión en que estaba a punto de morir y la multitud, a impulsos de un pensamiento colectivo, comenzó a leerle. Martin recordaba cómo, esa misma multitud, que no le entendió en absoluto, cambió, de improviso, meses después, para destrozarle. Eden sonrió. ¿Por qué no iba a ocurrirle a él lo mismo? Bien, pues se burlaría de la multitud. Se encontraría muy lejos, en los mares del Sur. Construyendo su mansión, mientras traficaba en copra y en perlas y salvaba arrecifes en embarcaciones ligeras, o se dedicaba a la pesca de tiburones y bonitos y la caza de cabras salvajes en los montes del interior.

Pero, al pensarlo, se dio cuenta de lo desesperado de su situación. Vio, con toda claridad, que se encontraba en el Valle de las Sombras. Se desvanecía cuanta vida le quedaba, desapareciendo, camino de la muerte. Se dio cuenta de lo mucho que dormía y de lo mucho que deseaba dormir. Antes, odiaba el sueño. Le robaba preciosos minutos de vida. Cuatro horas de descanso, en un total de veinticuatro, significaba privarse de otro tanto de vida. ¡Cómo odiaba dormir! Ahora odiaba la vida. La vida no era buena; en su boca, tenía un sabor picante y amargo. Ése era el peligro que le amenazaba. Una vida que no ansiaba vivir, iba camino de extinguirse. A Martin se le despertó un vago instinto de conservación y comprendió que debía marcharse. Miró en torno suyo y la idea de tener que hacer el equipaje le resultaba intolerable. Era mejor dejarlo para lo último. Mientras, iría a equiparse.

Se puso el sombrero y salió, dirigiéndose a una armería, donde pasó el resto de la mañana comprando rifles automáticos, municiones y aparejos de pesca. Cambiaban mucho las modas en el tráfico, por lo que decidió esperar a su llegada a Tahití para ir adquiriendo mercancías. Podía pedirlas a Australia. Esa solución le resultó agradabilísima. Había evitado hacer algo y la perspectiva de una obligación era desagradable. Regresó al hotel muy contento, satisfecho por la perspectiva de que le esperaba su sillón. Gruñó al entrar y ver que lo ocupaba Joe.

Éste se mostraba encantado con la lavandería. Lo habían arreglado todo y se haría cargo de ella al día siguiente. Martin yacía en el lecho, con los ojos cerrados, mientras el otro hablaba. Sus pensamientos estaban muy lejos, tanto que apenas se daba cuenta de que pensaba. Sólo con un esfuerzo, conseguía contestar. Y, sin embargo, se trataba de Joe, por quien siempre sintió una gran simpatía. Pero Joe mostraba demasiado entusiasmo por la vida. Su ruidoso impacto en la debilitada mente de Martin resultaba doloroso. Era como una prueba hiriente a su cansada sensibilidad. Cuando Joe le recordó que algún día, en el futuro, iban a boxear juntos, casi gritó.

—Recuerda, Joe, que has de dirigir la lavandería según las reglas que estableciste en Shelley Hot Springs —le dijo—. No se harán horas extra. No habrá turno de noche. Y no contratarás niños. El sueldo, además, debe ser justo.

Joe asintió, mientras sacaba una libreta.

—Lee aquí. Redacté las normas esta mañana, antes del desayuno. ¿Qué opinas?

Las leyó en voz alta y Martin las fue aprobando, mientras se preguntaba si su amigo no se marcharía nunca.

Era ya tarde cuando Eden despertó. Lentamente, volvió a la vida. Examinó la habitación de una sola mirada. Evidentemente, Joe se fue al darse cuenta de que él dormía. Se dijo que era una consideración digna de tenerse en cuenta. Luego, cerró los ojos y volvió a dormirse.

En los días que siguieron, Joe estuvo demasiado ocupado en hacerse cargo de la lavandería y en organizaría para molestarle. Y no fue hasta la víspera de su partida cuando los periódicos anunciaron que tenía pasaje en el Mariposa. Una vez, en que se impuso el instinto de conservación, fue a la consulta de un médico e hizo que le examinaran detenidamente. Nada le encontraron. Se le informó de que tanto el corazón como los pulmones estaban en magnífico estado. Cada órgano, por lo menos a juicio del médico, funcionaba con toda normalidad.

—No le ocurre nada, Mr. Eden —le dijo el doctor—. Nada en absoluto. Está usted en plena forma. La verdad es que le envidio su salud. Es soberbia. ¡Mire quén pecho! Ahí, en el estómago, reside el secreto de su extraordinaria constitución. Físicamente, es usted un hombre entre mil, entre diez mil. A menos de que tenga un accidente, vivirá hasta los cien años.

Y Martin supo que el diagnóstico de Lizzie era correcto. Estaba bien en el aspecto físico. Era la «máquina de pensar» la que no le funcionaba y no había cura para eso, excepto marcharse a los mares del Sur. Lo malo era que ahora, a punto de embarcar, no tenía deseos de partir. Los mares del Sur no le atraían mucho más que la civilización burguesa. No le entusiasmaba pensar en que iba a irse, y el acto de partir le pesaba en la carne. Martin se hubiera sentido mejor de estar ya a bordo y en alta mar.

El último día resultó una dura prueba. Enterados de su marcha por los periódicos de la mañana, Bernard Higginbotham, Gertrude y toda la familia fueron a despedirle, lo mismo que Hermann von Schmidt y Marian. Además, había asuntos pendientes que resolver, facturas que pagar e interminables periodistas a los que atender. Se despidió bruscamente de Lizzie Connolly a la puerta de la academia y se fue a toda prisa. En el hotel, le esperaba Joe, tan ocupado en la lavandería que no pudo ir antes. Fue la gota decisiva, pero Martin se aferró a los brazos del sillón y estuvo una media hora hablando y escuchando.

—Ya sabes —le dijo a Joe— que no has de sentirte atado a ese negocio. Va sin condiciones. Puedes venderlo cuando quieras y gastarte el dinero. En cuanto te canses y desees volver a las carreteras, te largas tranquilamente. Haz sólo aquello que te guste.

Joe negó con la cabeza.

—Ya no me iré más, gracias. Ser un vagabundo es excelente, excepto por una cosa: las chicas. Lo lamento, pero no puedo pasar sin ellas. Y los vagabundos han de prescindir. ¡La cantidad de veces que me he detenido ante casas en que celebraban un baile, y oía las risas de las mujeres! ¡Por la ventana veía sus trajes blancos y sus caras alegres! Entonces, aquello era un infierno. Me gustan demasiado los bailes, las excursiones, pasear a la luz de la luna y todo lo demás. Para mí, la lavandería, con un aspecto respetable y los dólares cayéndome en el bolsillo. Ayer conocí a una chica y, la verdad, no me importaría casarme con ella. Y lo estoy pensando durante todo el día. Es una monada, con los ojos más lindos y la voz más suave que he oído en mi vida. Voy por ella, eso es seguro. Oye, ¿por qué no te casas tú, con tanto dinero como gastas? Podrías elegir a la chica más bonita del mundo.

Martin negó con la cabeza, sonriendo, pero en lo más íntimo se preguntaba el motivo de que la gente quisiera casarse. Le resultaba absurdo e incomprensible.

Desde la cubierta del Mariposa, en el momento de zarpar, Martin vio a Lizzie Connolly, que se ocultaba entre la multitud aglomerada en el muelle. «Llévatela —se dijo de pronto—. Resulta fácil ser bondadoso. La harás muy feliz.» Al principio fue como una tentación, pero, en seguida, le asustó. Le aterraba sólo pensarlo. Su alma agotada elevaba una protesta. Se apartó de la borda, con un gruñido, murmurando:

—Estás muy enfermo, muy enfermo.

Se fue a su camarote, donde se mantuvo encerrado hasta que el buque se hubo alejado del muelle. En el comedor, al servirse la comida, se encontró sentado en el lugar de honor, a la derecha del capitán, y no tardó en descubrir que era el gran hombre de a bordo. Pero jamás se embarcó un hombre más insatisfecho. Pasó la tarde en una silla de cubierta, con los ojos cerrados, medio dormido, y, por la noche, se acostó pronto.

Al segundo día, Martin pudo ver a la totalidad de pasajeros, repuestos casi todos de su mareo, y, cuanto más les veía, más le desagradaban. Sin embargo, comprendía que era injusto con ellos.

Se esforzó por reconocer que se trataba de gente buena y amable, como la mayoría de burgueses, con toda la estrechez y futilidad intelectual de su clase. Le aburrían extraordinariamente cuando hablaban con él, a causa del vacío de sus mentes superficiales, mientras que le alteraban la escandalosa alegría y la excesiva energía de los jóvenes. Nunca estaban quietos, enzarzados de continuo en los juegos de cubierta, paseando o asomándose a la borda con estentóreos gritos, para contemplar a las marsopas que saltaban y las primeras bandadas de peces voladores.

Martin dormía mucho. Después del desayuno, iba en busca de su silla, con una revista que jamás concluía. Le cansaba la letra impresa. Le sorprendía, asimismo, que la gente hallase tantas cosas acerca de las que escribir e, intrigado, se iba adormilando. Cuando le despertaba el gong, avisando que era la hora de comer, le irritaba tenerse que levantar. No hallaba satisfacción en estar despierto.

Un día, para librarse de aquel letargo, se fue al castillo de proa con los marineros. Pero la casta de hombres de mar semejaba haber cambiado desde que él ya no formaba parte de ella. No pudo encontrar la menor relación con aquellos seres bestiales, de rostros estólidos y mentes bovinas. Se sintió desesperado. Arriba, nadie quería a Martin Eden por sí mismo y no podía volver ya con los de su clase, que le apreciaron en el pasado. Ya no quería estar con ellos. Les podía soportar tan poco como a los estúpidos pasajeros de primera y a los bulliciosos jóvenes.

La vida le resultaba cual una luz blanca y fuerte que hiere los ojos de los enfermos. Durante cada uno de los minutos en que estaba despierto, la vida resplandecía sobre él y en torno a él. Dolía, dolía de un modo intolerable. Era la primera vez en toda su vida que Martin viajaba en primera clase. En todos los barcos, estuvo siempre en el castillo de proa, en el entrepuente o en las oscuras profundidades de la carbonera, manejando la pala. En esa época, al encaramarse por las escalerillas de hierro, desde las sofocantes profundidades, había visto con frecuencia a los pasajeros, vestidos de blanco, que no hacían otra cosa más que divertirse. Se sentaban bajo toldillas, que les protegían del sol, mientras unos diligentes camareros atendían sus menores caprichos. Entonces, consideró que el reino en el que moraban era igual al paraíso. Pues bien, allí estaba, el gran hombre de a bordo, centro de atención general, sentado a la derecha del capitán y, sin embargo, no hacía más que acercarse al castillo de proa o a la bodega, en busca del paraíso que perdiera. No había hallado uno nuevo y, tampoco, lograba recuperar el antiguo.

Se esforzó por animarse y buscar algo que le interesara. Se internó en la sala de pilotos y se alegró de abandonarla. Estuvo hablando con un sobrecargo libre de servicio, un hombre inteligente, quien, al instante, le abrumó con propaganda socialista, llenándole las manos de octavillas y libelos. Escuchó cómo el hombre exponía su moral de esclavo y, mientras, recordaba, con languidez, su propia filosofía nietzscheana. Pero, al fin y al cabo, ¿de qué servía? Le vino a la memoria una de las más locas afirmaciones de Nietzsche, en la que aquel loco dudaba de la verdad. ¿Quién sabe? Quizá Nietzsche tuviera razón. Quizá no hubiese verdad en nada, no hubiese verdad en la verdad, no existiera la verdad. Pero su débil mente le pesó en seguida y se sintió contento de volver a su silla.

Pese a que a bordo se sentía desgraciado, le abrumó pronto una nueva inquietud. ¿Qué pasaría una vez el buque llegase a Tahití? Debería desembarcar. Iba a tener que encargarse de las mercancías para poder traficar, obtener pasaje en alguna goleta que fuera a las Marquesas y atender miles de asuntos, que resultaban dolorosos. Cuando lograba obligarse a pensarlo, se daba cuenta del peligro al que se asomaba. La verdad era que se hallaba en el Valle de las Sombras y el riesgo estaba en que no tenía miedo. De tenerlo, volvería a la vida. Pero, en su caso, no hacía más que hundirse en las tinieblas. Ya no encontraba satisfacción en las cosas más familiares. El Mariposa navegaba ahora entre los alisios del nordeste, y este viento revivificador le irritaba. Hizo que cambiaran la silla para escapar al fornido camarada de otros días y otras noches.

El día en que el Mariposa entró en la zona de calma, Martin quedó más abatido que nunca. Ya no podía dormir. Le dominaba el sueño pero, a la fuerza, debía mantenerse despierto soportando el blanco resplandor de la vida. Se sentía inquieto. El aire resultaba húmedo y pegajoso y la lluvia no refrescaba. Le dolía la vida. Paseaba por cubierta hasta que se sentía agotado y, entonces, se sentaba en su silla, hasta verse obligado a ponerse en pie. Se forzó a sí mismo a acabar una revista, y de la biblioteca del buque sacó varios volúmenes de poesía. Pero no retuvieron su atención y volvió a sus paseos.

Tras la cena, se quedaba mucho rato en cubierta, pero eso no le sirvió de nada, pues al bajar a su camarote no podía dormir. Le había fallado aquel medio de olvido. No podía resistirlo. Encendió la lámpara eléctrica e intentó leer. Uno de los volúmenes era de Swinburne. Martin yacía en cama, girando las páginas, hasta que, de súbito, se dio cuenta de que leía con interés. Concluyó la estrofa, fue a continuar y, luego, volvió atrás. Dejó caer el libro abierto sobre el pecho, mientras pensaba. ¡Aquello era lo que necesitaba! ¡Resultaba curioso que no se le hubiese ocurrido antes! Allí estaba el significado de todo. Anduvo a la deriva y, ahora, Swinburne le mostraba la mejor salida. Deseaba descansar, y el descanso le estaba esperando. Miró la abierta portilla. Sí, era lo bastante amplia. Se sintió feliz por primera vez en varias semanas. Por fin hallaba el remedio a su enfermedad. Tomó el libro y leyó la estrofa en voz alta, muy lentamente:


Desde un excesivo amor a la vida, desde la esperanza, y el miedo, gracias damos a nuestros dioses particulares, de que ninguna vida sea eterna de que no vuelvan los muertos de que incluso los ríos caudalosos desemboquen en el mar.


Martin miró, nuevamente, a la abierta portilla. Swinburne le daba la llave. La vida estaba enferma o, mejor dicho, había enfermado hasta resultar intolerable. «¡De que no vuelvan los muertos!» El verso le hizo sentir una profunda gratitud. Era el único beneficio existente en el Universo. Cuando la vida resultaba una doliente carga, la muerte proporcionaba el anhelado sueño. ¿Qué era lo que esperaba? Había llegado el momento de irse.

Se levantó, para asomarse al portillo y mirar la blanca espuma. El Mariposa iba. sobrecargado y, de sujetarse con las manos, los pies tocarían el agua. Podía dejarse caer sin ruido. Nadie se daría cuenta. Le alcanzaron unas salpicaduras, humedeciéndole la cara. En la boca le quedó el sabor a sal, que le agradó. Se preguntó si debería escribir su canto del cisne, pero lo apartó riéndose. No le quedaba tiempo. Sentía impaciencia por partir.

Tras apagar la luz del camarote, para que no le delatase, se deslizó por la portilla, con los pies por delante. Se le encallaron los hombros y volvió atrás, para intentarlo nuevamente con un brazo pegado al cuerpo. Le ayudó un movimiento del vapor, quedando colgado de las manos. Cuando los pies tocaron el agua, se soltó. Fue a caer en un mar de espuma blanca. El costado del Mariposa pasó ante él, cual un muro negro, roto en algunos lugares por portillas iluminadas. Iba muy de prisa. Casi antes de que Eden se diera cuenta, el buque se hallaba ya lejos, cabalgando sobre la espumosa superficie.

Un bonito atacó su blanco cuerpo y Martin se echó a reír. Le había pegado un mordisco y el dolor le recordó la razón por la que se encontraba allí. El esfuerzo por lograrlo le hizo olvidar el motivo. Las luces del Mariposa se iban perdiendo en la distancia y él seguía nadando rítmicamente como si pretendiese alcanzar una orilla que se hallaba a miles de millas.

Era el instinto de conservación. Dejó de nadar, pero apenas sintió que el agua le tapaba la boca, las manos comenzaron a moverse nuevamente. El ansia de vivir, se dijo, y no pudo por menos de burlarse. Bien, aún conservaba esa ansia, pero con tan escasa intensidad, que, con un último esfuerzo, podía agotarla.

Cambió de posición para adoptar una vertical. Miró hacia arriba, a las estrellas, mientras expulsaba el aire de los pulmones. Ayudándose con fuerza con pies y manos, pudo elevar los hombros y el pecho fuera del agua. Así ganaba impulso para el descenso. Luego, se dejó caer, hundiéndose en el agua sin un solo movimiento, cual una blanca estatua. Aspiró hondo, tragando agua a conciencia, igual que si se anestesiara. Al ahogarse, sus brazos y piernas se agitaron involuntariamente, devolviéndole a la superficie, bajo la luz de las estrellas.

El ansia de vivir, se dijo desdeñosamente, procurando, en vano, no admitir aire en sus pulmones. Debería intentarlo de otro modo. Tragó oxígeno, hasta el límite. Esta reserva le arrastraría al fondo. Giró sobre sí mismo, sumergiéndose de cabeza, nadando con todas sus fuerzas. Se fue hundiendo. Tenía los ojos abiertos y pudo ver el rastro fosforescente del bonito. Mientras nadaba, confió en no encontrárselo, pues la tensión podía privarle de la voluntad. Los peces no le atacaron y se sintió agradecido de esta última bondad de la vida.

Siguió nadando hacia abajo, hasta que se le cansaron las piernas y los brazos, que apenas podía mover. Sabía que se hallaba a gran profundidad. La presión en los oídos le producía un vivo dolor y le pesaba la cabeza. Le fallaba la resistencia, pero hizo un esfuerzo para seguir nadando y descender aún más, hasta que le falló la voluntad y se le escapó el aire de los pulmones en una explosiva bocanada. Las burbujas, cual diminutos globos, le rozaron la cara y los ojos, mientras emprendían su carrera hacia arriba. Sintió un profundo dolor y como si le estrangulasen. Con sus últimos restos de consciencia, se dijo que aquel dolor no era la muerte. La muerte no producía dolor. Aquella sensación de ahogo era la vida, la punzada de la vida, el último golpe que la vida le propinaba.

Las manos y los pies comenzaron a agitarse, débilmente, como en espasmos. Pero Martin los había vencido, igual que al ansia de vivir, que los obligaba a moverse. Se encontraba a demasiada profundidad. Nunca alcanzaría la superficie. Se sintió flotar lánguidamente en un mar de imágenes y de ensueños. Le rodeaban los colores y las radiaciones, envolviéndole e impregnándole. ¿Qué era aquello? Semejaba un faro, pero brillaba en su mente; una luz resplandeciente y blanca. Refulgía con mayor viveza cada vez. Hubo un profundo estruendo y le pareció que caía por una interminable escalera. Y, allá en el fondo, se desplomó en las sombras. Esto fue lo que supo. Había caído en la oscuridad. Y, en el instante de saberlo, dejó de saber.

FIN

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