Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “¿Inmortalidad? Nooooooooo, mi amor“

Ítalo Costa Gómez










Yo no entiendo como hay personas que darían lo que fuera por ser inmortales. Yo soy un preguntón nato, ¿ya? En las reuniones me sale la Cristina Saralegui y me pongo a preguntar cosas mismo talk show. Algunas como “Si pudieras tener un súper poder, ¿Cuál elegirías tener?” y mucha gente me ha contestado: “sería inmortal”. Me quedo frío congelado como helado de D’onofrio porque a mí jamás se me ocurriría desear vivir para siempre.

[Me muero con tanta vida. ¡Qué feo! como Mumm-Ra. No me alcanza para pagarle a Morillas para que me jale a la Maju que parece más joven que yo usando Cicatricure, nadie entiende. No me hagas una cosa así. A mí déjame ir.]

Yo me imagino muriendo regio. Despidiéndome de la vida en la flor. OK, no en la “la flor, la flor” pero mismo Laura León, digamos. Morir regio, bien parado, cantando que hay dos mujeres y un camino y tomando tequila cuando de pronto sacanosapas. Me fui. El viento me llevó como al mariachi de la Scarlet Ohara.

Me entran las picazones de ponerme a pensar en eso de que voy a marchitarme con toda paciencia, concha y elegancia. O con la posibilidad de pasar por eso de quedarme postrado en una cama aferrándome a la vida sin poder hacer nada. No, cariño, por amor a Dios. A mí no me ates porque tengo el alma gitana, desconéctame. Off.

A lo que sí le tuve miedo en una época fue a la muerte de mis papás o de las personas que realmente amo. Cuando era niño la idea me aterraba porque me veía sin su cariño. Yo a mis viejos los amo – a mi estilo, con mis huevadas, cierto, pero los amo – y además del dolor que sentiría por su pérdida, me veía a mí mismo desamparado totalmente y viviendo en un hogar con ochenta niñitos como en «Mujercitas» y no, sunshine.

Ese miedo que me perseguía bien feo de niño lo perdí casi por completo en una sola tarde.

Cuenta la historia que ya había cumplido doce años. Vivíamos en un departamento en Magdalena del Mar, muy cerca a la casa de mi tía preferida. Ella era vital, hermosa, llena de vida, cantaba tangos y te hacía llorar desde que arrancaba y bailaba como las diosas. Con los años el asunto fue cambiando. Su cabecita no estaba bien y su cuerpo se empezó a deteriorar también. La trombosis que la aquejaba se hizo más severa y la tenían postrada en una cama llena de agujas. La habían operado dos veces y dejado unas cicatrices tremendamente largas en las piernas. Mis papis no me dejaban verla cuando íbamos al caserón enorme y medio tenebroso en el que ella vivía con mis primos y su esposo, mi tío Benito.

Como era un pequeño muy sensible tenían miedo del impacto que iba a generar la imagen que daba mi tía en ese momento. En especial porque ella y yo éramos muy unidos, muy cómplices. Creo que fue una de las pocas personas que no tuvo miedo ni reparos con mi orientación sexual – que a esa edad ya se dejaba notar con más claridad – y me hacía bromas simpáticas sobre el tema y me ponía mambos para que bailara.

Una tarde mi mamá me pilló llorando en la casa con una foto de Mariana. Ella sabía que lloraba a escondidas por mi tía. Tenía miedo de que se muera. Recuerdo que me miró un rato largo como tratando de encontrar por donde ir para tocar el tema conmigo.

-¿Tienes miedo de que tu tía se muera?
-Sí, má.
-¿Por qué?
-No sé. Porque ya no voy a verla.
-Mañana vamos a ir a su casa y voy a dejar que entres a su cuarto para que la mires un ratito. Te lo prometo.

[Ella tenía un plan. Sapa la mama.]

Al día siguiente fuimos al caserón de mis tíos y efectivamente mi madre me llevó hasta el cuarto principal. La imagen de ver a ese mujerón bello apagado y llena de tubos, con un color de piel muy raro, casi casi amarillo y además ver que estaba llena de agujas (a las que les tengo una fobia horrible, ya les he contado) me removió todas las células del cuerpo. Me bañó el alma en agua helada. No había forma de que ella estuviera feliz. Estaba sufriendo.

-¿Preferirías verme así a ya no verme más? Piénsalo hijo… ¿Preferirías vernos a tus papis así de malitos con tal de seguir vivos? – preguntó mi mamá.
-No. Preferiría nunca verlos así.
-Es una gran respuesta. Ahí puede estar el fin de tu miedo. Todos nos vamos a morir, Italito. Tarde o temprano. Me alegra que no le tengas miedo a la idea de morirte tú, como me contaste una vez. Eso es sano, me gusta. Pero hoy mismo quiero que el terror a la muerte de nosotros nunca más asome por tu cabecita. Ya no llores. A veces la muerte es una dama incomprendida porque es una maravillosa puerta hacia otro lado. No sé a dónde pero sé que a estar mejor. –

Me dejó darle un beso en la mano a mi tía y me alejó de ese cuadro tan triste. No volví a ver a la tía Mariana con vida.

Cuando al fin «se fue» yo no sufrí tanto. Sabía que ya estaba bien y si cierro los ojos puedo verla otra vez floreciendo. Cantando sus tangos y bailando Pérez Prado.
Hermosa, como siempre fue. Hermosa como es.

Y así fue, compañeros matutinos, que le perdí el miedo a la muerte en su totalidad. Propia o ajena. Entendí su función. Morir es parte de vivir y nada más.

Si me enfrío hoy – for some reason – no me lloren que estaré feliz por ahí bailando “Alma Latina” con la dalina chiquita en algún lugar y esperándolos para contarles cómo fue el viaje para mí. Si me mudo a otro espacio sideral pues péguensela en mi nombre, recuerden bonitos momentos conmigo, mátense de risa, hablen con amor sobre los ratitos que compartimos y mencionen siempre a mis pilares – esas personas clave que llegaron a hacerme la persona que soy – y, si pueden, recuérdenles siempre lo mucho que los amé y vivan bonito hasta que nos volvamos a ver.

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