Pinktoes (III)

Chester Himes










HARLEM U. S. A.
EDGECOMBE DRIVE, 409

EDGECOMBE DRIVE empieza en la calle Ciento Cuarenta y Cinco que constituye el extremo borde occidental de la pétrea cordillera que forma la mitad superior de la isla de Manhattan, hasta penetrar en unos barrios más miserables que comienzan en la calle Ciento Sesenta y Ocho, que es donde acaba. Desde la calle Ciento Cuarenta y Cinco hasta el puente de la Ciento Cincuenta y Cinco, hay un pronunciado descenso a través de una jungla rocosa, hasta el aplanado y escuálido barrio de barracas situado al extremo norte del valle del río Harlem. El puente cruza este río hasta el Bronx, y por el Norte el Drive forma una curva hacia adentro, flanqueando Cooean’s Bluff, discurriendo sosegadamente hacia el Norte frente a la vieja Mansión Jumel, actualmente museo y que fue el cuartel general de Jorge Washington, si no miente nuestra historia.

Todo el amplio lado del Drive es un acantilado, que domina los distantes techos y tejados de las casas de departamentos que se alzan mucho más abajo, en la Avenida Broadhurst y el Campo de Polo por el Norte, permitiendo una vista sin obstáculos de las calles, los edificios y el Yankee Stadium del Bronx.

El lado oeste del Drive se halla flanqueado por otras hermosas casas. Junto a las aceras hay árboles, espacios verdes e hileras de bancos, y en verano es muy agradable sentarse a la sombra para ver pasar los rápidos trenes que van a la Central de Nueva York y que cruzan centelleantes por el otro lado del río, en la lejanía.

Teniendo en cuenta todas estas cosas, parece ser un barrio residencial mucho más conveniente que Park Avenue, y uno se pregunta cómo es posible que los negros hayan llegado a vivir allí. Los primeros en instalarse en el barrio debían de estar muy contentos y emocionados al ver salir el sol por Flushing Bay, que está a muchos kilómetros, para entrar a raudales por las ventanas del living room. Ahora todo el barrio es negro y la emoción ha pasado.

Aunque muchas de las casas de departamentos tienen nombre, prácticamente todas se conocen por su número. Las dos más altas y famosas son el 409 y el 555. Es lícito suponer que, cuando los negros se instalaron en estos dos bloques, todos los que jugaban a los números en Harlem apostaron por ambos.

El más famoso es el 409. Esto se debe en parte a que es un edificio mejor conservado y, también, porque está habitado por negros más connotados. Posee dos elevadores atendidos día y noche por atentos ascensoristas uniformados. Y tiene conserje de uniforme y a veces otro lacayo cuyas obligaciones son algo vagas y que recibe el nombre de «criado». No sabemos exactamente qué puede hacer un criado de una casa de departamentos que no pueda hacer con la misma eficacia un portero, como no sea criar. Pero allí los tiene usted, portero, criado y ascensorista, todos luciendo el uniforme de la casa. Los departamentos (hoy se llaman así porque es más fino) tienen puertas chinas de color rojo, y el edificio consta de catorce plantas de altura.

El piso de los Mason se hallaba en la parte delantera de la décima planta. Después de la entrada venía un vestíbulo que pasaba frente a la cocina y conducía al living room. Por la puerta de la cocina cerrada, un extraño no se hubiera percatado de su existencia. Después del living un saloncito en ángulo recto conducía al cuarto de baño y a los dos dormitorios contiguos. Las ventanas de la cocina, del living room y del más pequeño de los dormitorios, daban a un patio interior. Este dormitorio contenía una cama cubierta de una montaña de cojines para convertirle en diván, librerías artísticas que podían hacer las veces de mesa y pie de lámpara y un enorme sillón de cuero rojo. Aquella pieza servía a la vez de biblioteca, sala de estar y habitación para invitados, en el sentido moderno. Julius dormía allí. El dormitorio principal que se abría enfrente estaba en la parte delantera de la casa y sus dos ventanales daban al Drive.

La cocina era bastante grande y también servía de comedor, era funcional de una manera sorprendente. Un tabique medianero formado por estantes que llegaban a la altura del techo, divididos por un paso central, separaba la cocina propiamente dicha de la parte reservada a comedor. La mesa de éste era grande y larga, y, como las mesas para celebrar meriendas al aire libre, tenía bancos adosados. Era de caoba oscura sin desbastar.

Mamie estaba sentada a la mesa, desayunando con Joe y Julius. El desayuno de Mamie consistía en un vaso de zumo de uvas sin endulzar, café endulzado con tabletas de sacarina y cortado con leche condensada desnatada, y dos tostadas. Seguía su régimen perenne. Joe, como de costumbre, tomaba su café excesivamente azucarado, un huevo pasado por agua y dos tostadas con mantequilla. Julius se zampaba seis lonjas de tocino, pasado un momento por la sartén, tres yemas de huevo y una montaña de tostadas cubiertas con un dedo de mantequilla. Sin duda era un desayuno de consolación, pues no había hecho nada para merecerlo. Aún no había llegado al café.

Joe llevaba un batín azul de franela sobre su pijama a rayas. Era un hombre robusto de estatura media, con cabeza en forma de huevo y rasgos árabes. Su tez era todo lo negra que puede ser la piel humana y llevaba la cabeza rapada al cero y reluciente como una bola de billar. Cuando sonreía, su blanca dentadura brillaba en su negro rostro como un faro en el mar.

Mamie y Julius vestían aún las ropas que habían llevado toda la noche, o, mejor dicho, en el caso de Mamie parte de la noche. Acababan de volver a casa. Tropezaron uno con otro en el vestíbulo de ésta y subieron juntos al departamento.

En aquellos momentos, Joe se dedicaba a burlarse con socarronería de su hermano menor, por haber regresado a casa cuando clareaba y en compañía de su cuñada.

—¿Puede saberse qué te pasa, Jule? ¿Ya no estás en forma?
—Verás, es que yo… ejem… hacía de tercer hombre.
—Lo que pasa es que ya no pitas.
—Joe, por Dios, ¿no te da vergüenza hablarle así a Julius?
—Jule ya está acostumbrado. Es un cazador de pelusa de los buenos, ¿no es verdad, Jule?
—¿Qué clase de preguntas son esas? —dijo Mamie—. ¿No ves que lo pones nervioso?

Le bastó una simple ojeada, cuando Julius entró arrastrando los pies en el vestíbulo de la casa, para convencerla de que aquella noche no había cazado ninguna pelusa, por gran cazador de pelusa que hubiese sido en otras ocasiones.

—Yo estaba seguro de que Schooley le hubiera ofrecido algo en bandeja. En Chicago llaman a Schooley «el aparato de extinción de incendios número 1».

Mamie soltó una carcajada. No precisamente porque ya estuviese enterada de que el aparato extintor de Schooley estaba averiado, sino porque la risa era para ella una respuesta definitiva, cuando no conocía otra. Era una de esas mujeres que pueden reír de cien maneras distintas, ninguna de las cuales denota enojo.

—Eddy Schooley estaba demasiado ocupado discurseando para apagar incendios —comentó.

Joe le dirigió una de sus rutilantes sonrisas.

—Sólo se dedicaba a atizarlos, por lo visto, ¿no?

Julius miró furtivamente a Mamie, pero la expresión de ésta no dejaba traslucir nada. Se disponía a decir que Schooley estaba demasiado ebrio para atizar o apagar incendios, pero Mamie le dirigió su amplia y acogedora sonrisa. Entonces él prefirió decir:

—Sin duda estaba calentando el motor.

Esta vez Mamie rió como si pensara algo muy gracioso.

Julius le dirigió otra mirada, pero ella parecía totalmente inocente, como si lo comprendiese todo. Supuso que ya sabía de qué hablaban, a pesar de que él no lo sabía.

Joe lanzó una risita.

—¿Y cómo te fue? ¿Qué hicieron Schooley y Pine? ¿Olieron nieve o armaron escándalo para demostrar los males que les afligen?
—Ya sabes cómo es Eddy Schooley… siempre se pone en primera fila —dijo Mamie—. Pine no es más que su sombra.
—Ah —se le escapó decir a Julius. Pero se contuvo antes de preguntarle: «¿Así, tú también estabas allí? Pues no te vi».

Pero ella prosiguió con blandura, como si no hubiese oído su exclamación.

—El único error que cometió Schooley consistió en hablar demasiado, sin permitir que Pine dijese esta boca es mía. Lou ya se lo había advertido antes, y se puso furioso.
—¿Qué opinas del gran Schooley, Jules? —le preguntó Joe—. No lo conocías, ¿verdad?
—Pues no… yo… ejem… estuvo muy bien, un poco, ejem…— tartajeó Julius.
—Julius no perdió la calma —observó Mamie, sonriéndole con indulgencia—. Después, unos cuantos fuimos al Café Society, y luego volvimos a casa de Lou para terminarnos lo que quedaba del coctel.
—Las sobras y las migajas del coctel, ¿eh?
—Hicimos limpieza —dijo Mamie—. No queda nada, ¿eh, Julius?

Por último Julius comprendió que Mamie trataba de convencer a Joe de que había estado en la Emisora y en la fiesta del Café, y, lo que es más, que él la había acompañado.

Corrió valientemente en su ayuda.

—Hubiéramos podido seguir un rato en casa de Lou, si la bebida no se hubiese acabado. Pero Schooley bebía tanto…

Mamie le dirigió una risita de complicidad y continuó la comedía.

—Tu hermano Julius trataba de mantenerse a la altura, pero no podía competir con Eddy Schooley. Ya sabes cómo traga, con esa bocaza que tiene.
—Las señoras dicen que es formidable —apuntó Joe.

Mamie dejó escapar una risa ligeramente embarazada.

—Dicen que es arma secreta —agregó.

Joe rió por lo bajo.

—Es una verdadera maravilla que no se emborrachase antes de la emisión. Casi no es propio de Schooley.
—Sí, es rarísimo —asintió Mamie—. Pero nunca le había visto tan sereno. Tú ya sabes que Eddy Schooley puede ser muy agudo cuando se lo propone. Cuando se puso a hablar del régimen a base de pavo frío…
—Hablaba mucho antes de que comenzase la emisión, luego hubo coloquio y…

Julius interrumpió la conversación, tratando de apartarla de aquellos peligrosos escollos.

Pero ella mentía con tal sensualidad, que la cosa comenzaba a gustarle.

—Nos habló de una chica de quince años que había contraído el hábito desde que tenía cinco. Su padre se acostumbró a ponerle una inyección para que no llorase, y cuando cumplió diez años ya era una ninfómana confirmada. Eddy Schooley dijo que…
—¿Qué tal quedó por la radio? —preguntó Julius a Joe, atajándola de nuevo—. Tú escuchaste el programa, ¿es verdad?

Mamie rió con nerviosismo.

—Oh, Joe estaba en una conferencia. Pero te hubiera gustado, nenín —dijo a Joe, cariñosa.
—No, estaba aquí, en casa —repuso Joe.
—¡Que no, nenín, que no estabas! —exclamó Mamie, boquiabierta.
—La conferencia fue aplazada. Telefoneé poco antes de las ocho, pero a esa hora tú y Jule estábais en el coctel.
—Qué pena, hijito, no te preparé nada para cenar. ¿Comiste algo en el centro? —dijo Mamie, desesperada.
—No, tomé un tentempié aquí. Encontré algunas sobras. No quería perderme el programa de radio y por eso volví en seguida a casa… —Mamie se puso a reír de manera incoherente.
—Oh, cariño, ya sabes lo que me pasa con los programas de radio, a veces ni siquiera sé… —balbuceó con tono de culpabilidad—. A veces ni siquiera me entero de lo que dicen. De haberlo sabido, te hubiera telefoneado, para que te reunieses con nosotros… Aunque, naturalmente, Vivien me retuvo hasta… pero Julius hubiera podido…

—Pensé en ir al estudio —dijo Joe—. Pero después de beber un whisky y descalzarme…
—Pero nene, ¿por qué eres tan perezoso?… —Le dio un ruidoso beso en la mejilla—. Ya sabes que nunca resulta igual por la radio… a veces se pierde la mitad de lo que dice uno… después, cada vez que uno dice algo…
—Pero oíste casi todo lo que dijo Pone —intervino Julius, en un postrer esfuerzo desesperado por salvarla—. Te pasó lo que a mí, que no distinguía a Schooley de Pine hasta que… Ya venga a llamar a Pine, a Schooley… y después… ejem… bueno, así fue.

Joe lo miraba, sorprendido.

—¿Pero es que no os lo anunciaron?
—¿Anunciar, qué? —preguntaron Mamie y Julius al unísono.
—Pues que el programa no fue retransmitido. Anunciaron que lo suspendían por dificultades técnicas. Para reemplazarlo, dieron el coro de Hall Jonhson, que cantó espirituales negros.
No podía oír mentir a nadie
allá abajo, a mi lado
,
y no podía oír mentir a nadie —cantó Julius en silencio para sus adentros.

Mamie soltó una carcajada histérica.

—Oh, nenito… —Abrazó a Joe con la fuerza de un campeón de lucha libre y luego le dio unas palmaditas con su mano grasienta—. Te perdiste la cena, la emisión y todo lo demás. Te ofreceré una fiesta como compensación.

—Pero no me perdí un buen sueñecito —dijo Joe, con sonrisa artera.

Evidentemente, Joe Mason tenía fe.


MAMIE MASON
COINCIDENCIA

LO QUE A Mamie Mason le confería grandeza era su habilidad para sacar partido de las coincidencias. Y sacaba partido de ellas de manera tan singular porque creía en las coincidencias. Creía que toda la vida, desde la cuna a la tumba, era una simple coincidencia. Sabía que su presencia en el vientre materno se debió indudablemente a una coincidencia; en realidad, todo cuanto se refería al vientre femenino era coincidencia, desde lo que entraba en él hasta lo que salía de él. Creía en las coincidencias como un piloto cree en la atmósfera. Aunque no la ve, hace volar en ella muchas toneladas de acero; por lo tanto, su presencia es indudable.

Toda su vida fue una serie de coincidencias, que se sucedieron posándose los talones.

Si nunca hubiese ido a la recepción dada por Madame Walker, en 1931, en honor del ministro plenipotenciario de Liberia, y si no hubiese advertido que Madame Walker le miraba con disgusto ni hubiese oído que preguntaba desdeñosamente: «¿Quién es esa chica gorda?», nunca se hubiera convertido en la más famosa patrona de Harlem, de la época, y a Mamie le hirió en lo vivo oírse llamar «esa chica gorda». Ya era bastante malo que la llamasen gorda, a pesar de que lo era, y, peor aún, chica; pero el despectivo ésa, adicional, era un insulto gratuito que nunca le perdonó a Madame Walker. ¡Ésa! Oh, el desdén que encierra este adjetivo en apariencia tan inocente. ¡Esa es su copa!, dice el camarero, indicando desdeñosamente la bebida. ¿De quién es ese caballo? ¿Ha visto usted a esos morenos? ¡No, éste es mío y ése es suyo! Fue el desdén añadido al tejido adiposo lo que la puso en el camino de la grandeza.

Porque si su tejido adiposo no hubiese sido despreciable, nunca hubiera tenido ninguna necesidad de ponerse a régimen. Y si nunca se hubiese puesto a régimen, nunca hubiera sufrido los prolongados tormentos del hambre. Y si nunca hubiese sufrido los prolongados tormentos del hambre, nunca se hubiera convertido en una patrona tan vengativa. Y si nunca se hubiese convertido en una patrona tan vengativa, nunca habría gastado tanto dinero, tiempo y energía ofreciendo fiestas para recibir a toda clase de gente en su casa y en sus manos, para hacerlos sufrir también.

De no haber sido su celulita desdeñosa, no la hubiera alimentado, no hubiera hallado deleite en ella y no habría dejado de ser una buena esposa de amplias posaderas, dedicada a cocinar, a coser y a atender las necesidades de su marido, contenta y emocionada cada vez que se le presentase ocasión; y en la actualidad se parecería a esas mujeres cuyas fotografías sirven para los anuncios de harina para pasteles, con la sola diferencia de que su tez era más clara. Hubiera dejado que todos sus amigos y enemigos de ambas razas viviesen su propia vida y se labrasen su propia desdicha, y sólo hubiera podido servir a los negros haciendo budines de grasa.

¿No era coincidencia?

Entonces, ¿cómo podía explicar lo de haberse casado con Joe Mason?

Estaba prometida a Sam Banks. La fecha de la boda había sido fijada ya y se habían enviado las invitaciones, incluso se celebró la recepción. Llegó el día de la boda. La iglesia estaba llena. El sacerdote subió al púlpito. El novio se acercó al altar, a los compases de la marcha nupcial. Ella avanzó tímidamente por el pasillo central, del brazo de su madre. Sudorosa y con la vista baja. Llegó ante el altar y se situó junto al novio, bajando la mirada con virginal recato. El pastor leyó la letanía matrimonial. Las viejas señoras de la primera fila suspiraron. Le hicieron la pregunta fatídica al novio y luego a la novia:

—¿Acepta a esta mujer por esposa, etc.?
—Acepto.
—¿Acepta a este hombre por marido, etc.?

Ella levantó tímidamente la vista para dirigir una mirada amorosa a las dulces y amantes facciones del hombre que dentro de unos instantes se convertiría en su marido, en el padre de sus hijos, para bien o para mal, y… ¡que Dios nos asista! A su lado había otro hombre. Tenía tan poco de Sam Banks como usted o como yo, amigo lector. Era Joe Mason. Y estaba borracho como una cuba. Por un momento, el pánico la dominó. Pero sólo por un momento. Su gran sentido del realismo vino en su ayuda en el difícil trance. Lo mismo daba un hombre que otro; quizá aquél valiera más. Por añadidura, ella los conocía a ambos desde hacía tiempo, y de las mismas maneras, y el uno no tenía nada que no tuviese el otro, y era demasiado tarde para huir. Así es que bajó la vista y contestó con modestia:

—Sí, acepto.

¿Y por qué estaba Joe Mason allí, en aquella iglesia, ante aquel altar y a aquella hora, vestido con el traje tradicional de un novio? Pues porque Joe Mason estaba prometido con Eureka Banks, que, pese al apellido, no tenía el menor parentesco con Sam Banks.

La fecha de la boda ya había sido fijada y se habían cursado las invitaciones. Se había celebrado la recepción. Llegó el día señalado. La iglesia estaba llena. El sacerdote subió al púlpito. Y aquí terminaba toda la semejanza entre ambas ceremonias, porque el novio no se presentó. Joe Mason era el prometido, pero agarró tal borrachera que se confundió de iglesia.

¿Y qué pasó con Sam Banks? Éste también se había emborrachado a más no poder. No obstante, a diferencia de Joe Mason, no se confundió de iglesia aunque sí de hora. En realidad, cuando Sam llegó a la iglesia para casarse con Mamie, ésta ya era la feliz esposa de Joe Mason, el templo estaba desierto y la pareja había iniciado su viaje de bodas.

¿Y qué fue de Eureka Banks? Pues que se cansó de esperar, hasta que la iglesia estuvo vacía; entonces telefoneó una y otra vez al departamento de Joe, esforzándose desesperadamente por encontrarlo, antes de desistir y volver con su amante de clase inferior. Pero nunca le perdonó el plantón a Joe, e hizo circular algunas historias feísimas sobre la infancia de Mamie en Pittsburgh. Una de ellas decía que el padre de Mamie era un invertido blanco, que la engendró por casualidad un día que, para variar, probó suerte con la doncella de color del burdel. Otra decía que en realidad Mamie era hija de una prostituta blanca que sucumbió por casualidad a las zalamerías de un sinvergüenza negro que quiso conquistarla para tener casa, y cuando la mujerzuela se trasladó a otra casa de Youngstown, en Ohio, abandonó la criatura mulata, dejándosela a la doncella de color. La más malévola de esas historias es una —que Eureka sólo se decidía a contar cuando estaba achispada—, según la cual el padre de Mamie era un obrero siderúrgico de color que se amancebó con una blanca de la peor condición. «Ese negro solía volver a casa del trabajo, todos los días, y subía por la escalera del pórtico, haciéndola retemblar con sus sucias patazas», contaba Eureka. «Y antes de que la mamá de Mamie pudiese abrir la puerta, el negrazo se ponía a vociferar a grito pelado: ¡Nena, espero que tengas la concha caliente! Cuando quedó encinta ella, se cansó de que aquel negro gritase una y otra vez que esperaba que tuviese la concha caliente, así es que un día lo esperó armada con un atizador, al rojo vivo, e hizo huir de la ciudad a aquel energúmeno. Cuando le vio por última vez, corría en dirección a Erie con un enorme agujero en la parte posterior de los pantalones, del que salía humo.»

Al considerar la validez de estas historias, no se debe olvidar el viejo proverbio acerca de la mujer burlada. Mamie contaba a sus íntimos que su padre fue un hombre blanco riquísimo y famoso que quiso a su madre ardientemente toda su vida, pero como ya estaba casado y tenía una familia dignísima, no pudo unirse a ella en matrimonio.

¿Que si sabía quién era? Pues claro que lo sabía. Cuando era pequeña solía sentarse en sus rodillas y juguetear con sus pobladas barbas, y uno de los recuerdos que atesoraba con más emoción era el del día en que la sacó a pasear por primera vez en su Rolls-Royce. Él aún vivía y se escribían con regularidad; ella lo visitaba siempre que se le presentaba ocasión. Pero no quería que Joe lo supiese. Nunca le habló de su padre, temiendo que se avergonzase al saber que era hija ilegítima. Le dijo que su padre había muerto.

Sea como fuere, el padre de Mamie nunca apareció en escena. Su madre la visitaba con frecuencia, y siendo tan negra uno podía creer lo que se le antojase. Sólo hace falta fe.


JOE MASON

JOE MASON era un político. Tenía un despacho en el departamento de Sanidad del Estado y un título elegante, con un buen sueldo. Su rincón favorito era el salón de sesiones del Ayuntamiento, conocido por el nombre de «El rincón de Mason». Y tenía, además, otro despacho (particular) en la calle Ciento Veinticinco, cerca de la Séptima Avenida, en pleno corazón de Harlem. Este despacho consistía en una sala de recepción y un santuario interior, con un diván. El diván no era para lo que el lector piensa, pues Joe no sufría mareos. En el frontis de su oficina había un rótulo en letras de oro: JOSEPH P. MASON-RELACIONES PÚBLICAS. En la sala de recepción estaba la secretaria de Joe, que respondía al nombre de Kathy Carter. Las personas malévolas la llamaban la pieza de Joe. Joe pasaba casi todo el tiempo en aquella antesala; le gustaba su pieza.

El gran cargo de Joe, sin embargo, era el de asesor sobre relaciones interraciales adjunto al comité nacional de un importante partido político. Mamie pretendía que éste era el único motivo que le impelía a organizar tantas fiestas. ¿Había algo mejor para un asesor sobre relaciones inter-raciales que las fiestas inter-raciales donde las relaciones inter-raciales aún se relacionaban más?, argüía. Los cínicos aseguraban que había más consentimiento que consultas, en estos actos sociales. Pero no consideraban el hecho evidente de que las personas deben consultar antes de consentir.

Todos los días de trabajo Joe se iba a la oficina a las ocho y media de la mañana. Diez minutos antes de las nueve llegaba a su despacho de la calle Ciento Veinticinco. A las nueve en punto llegaba Kathy Carter. Mientras ella se quitaba el abrigo, Joe cerraba con llave la puerta de entrada. Una vez hecho esto, ambos se ponían a trabajar.

Y con esto, por ahora, es bastante acerca de Joe Mason.


HARLEM U. S. A.
COCINANDO CON LASS

A LAS DOS Y MEDIA de aquella tarde, el hambre despertó a Mamie Mason. Corrió a la cocina, bebió a borbotones media botella de leche desnatada, se comió seis huevos crudos, media libra de carne cruda, parcialmente congelada y picada, dos salchichas de Frankfurt, de carne de vaca, y seis lonjas de jamón hervido, después de despojarlas de la grasa. De pronto sintió náuseas. Se bebió un vaso de whisky para no devolverlo todo, pero como se empeñaba en salir, fue al cuarto de baño con el tiempo justo y lo vomitó. Cuando hubo quedado limpia se tomó una cucharada de aceite mineral, volvió a la cocina, se comió tres huevos duros, dos tostadas, una lata de atún y un cogollo de lechuga sin sazonar. Esta vez no hubo devolución. Se preparó un whisky doble y se lo llevó al dormitorio. Luego volvió al lavabo y se tomó dos cucharadas de magnesia laxante. Echó una mirada a Julius, dormido en el saloncito. Roncaba en dos octavas. Volvió a meterse en la cama y abrió una pequeña agenda negra en la que tenía una lista de los nombres y direcciones de las celebridades visitantes.

La lista rezaba:

OWG Waldorf
CVS New Yorker
BBB & M ídem
SK Commodore
AT preguntar a Joe
MS & B Theresa
WR llamar a Fay
ES & P no importa

En primer lugar telefoneó al Hotel Waldorf Astoria y dijo que quería hablar con el doctor Oliver Wendell Garrett. El doctor Garrett era el arquetipo de hombre blanco, distinguido, que Mamie adoraba, y aun más, por el que prefería ser adorada. Como presidente del consejo directo de la fundación Rosemberg, que administraba un legado de Sam Rosemberg, el difunto filántropo, destinado a fomentar el amor entre negros y blancos del Sur, su misión consistía en dar el veredicto definitivo sobre las proyecciones y comienzos del amor antes mencionado, que él considerase más oportuno. Ni que decir tiene que para ocupar un cargo de tal responsabilidad es obligado tener un aspecto en consonancia, y lo cierto era que el doctor Garrett tenía absolutamente el aspecto de patriarca que aquel puesto requería. Era un gigante muy bien parecido, con una nívea cabellera y una perilla erizada y expresiva. No obstante, sus benévolos ojos grises, con los que contemplaba todo el caos racial con infinita conmiseración le eximían de toda austeridad.

—¿Estás solo? —le dijo Mamie, a guisa de salutación.
—Pues sí, Mamie, querida; estaba pensando precisamente en tu trasero.

Ella comprendió que, en efecto, estaba solo.

—Esta noche doy una pequeña fiesta en honor de Eddy Schooley, a fin de fomentar el amor entre negros y blancos del Sur. Él acaba de publicar un libro y…
—Schooley. Nunca oí hablar de él.
—… vendrá mucha gente, viejos amigos tuyos. Stetson Kissock, Willard Overton, Wallace Wright…
—No quiero ver a ningún amigo, sino únicamente a ti. Me muero de ganas de darte unos buenos azotes en el trasero.
—…y Lorenzo y Vincent —prosiguió Mamie—. Y Alice y Maiti…
—¡Maiti! ¿La de pecho tan opulento? ¿Está aquí?

Mamie empezó a preguntarse cuándo picaría.

—Está con Billy —dijo—. Los dos están en el New Yorker.
—Me gustará verlas a las dos, ja, ja, con su pecho; y así tendré ocasión de dar unas palmaditas a tu encantador trasero, de budín de caramelo.

Mamie se echó a reír.

—Has estado bebiendo, ¿verdad?
—Efectivamente.
—Ven a partir de las diez, cuando gustes, bomboncito.

Después telefoneó al doctor Stetson Kissock, que presidía el comité del Sur para la Preservación de la Justicia y se hospedaba en el Commodore, para informarle de que daba una fiesta en honor del doctor Garrett. El doctor Kissock era un hombre rechoncho, de tez sonrosada y calva reluciente, igualmente sonrosada, ceñida por níveos cabellos, que parecía un cupido ya entrado en años, pero que aún disparaba. En su rostro radiante de cupido chispeaban unos ojos azules, que miraban con expresión excepcionalmente bondadosa todas las vilezas de la injusticia racial. Pero el doctor Kissock no era de los que se dejaban derrotar por el problema negro. Durante más de cuarenta años de abnegada devoción a la «causa», no había encontrado mejor sistema para preservar la justicia del Sur, en su forma prístina, que fomentando el amor entre blancos y negros del Sur. ¡Claro que iría a ver a su viejo amigo el doctor Garrett, propagandista amoroso!

Después telefoneó al doctor Carl Vincent Stone, antiguo rector y presidente del consejo directivo de una famosa Universidad negra situada en el Sur profundo, y que estaba en el New Yorker, para comunicarle que daba una fiesta en honor del doctor Kissock, a fin de tener un cambio de impresiones sobre la mejor manera de luchar contra el mayor enemigo de la educación y la justicia en el Sur: la desegregación. Ni qué decir tiene que el doctor Stone era un blanco. En el Sur, el honroso título de President Emeritus, que se aplica a un antiguo rector de Universidad, nunca recae en un hombre negro, valga o no valga. La única dificultad del caso consistía en el hecho de que el doctor Stone tenía manchas marrones en cara manos, debidas sin duda a qué él o uno de sus antecesores se rozó descuidadamente con un negro, y, antes de aparecer ante personas de color, tenía quedarse maquillaje blanco. Junto con su áspero cabello negro, sus pobladas cejas igualmente negras y sus facciones enérgicas y prematuramente humanas, el maquillaje blanco hacía que el doctor Stone pareciese más blanco de lo que muchos negros cínicos consideraban necesario.

Después, Mamie telefoneó al doctor Baldwin Billings Brown, el famoso psicólogo negro, catedrático de Psicología de la Universidad negra de la que el doctor Stone había sido rector, y también estaba en el New Yorker, y le dijo que daba una fiesta en honor del doctor Garrett. El doctor Brown prometió que no faltaría, pues tenía muchos deseos de asistir a ella.

Luego telefoneó sucesivamente a las siguientes personas:

Milt Shirley, editor de un semanario negro, y su esposa Bessie, que se alojaban en el Hotel Theresa de Harlem, para decirles que daba una fiesta en honor del doctor Brown.

Will Robbins, el conocido liberal blanco, productor de aquella magnífica película sobre la tolerancia racial, titulada El negrito que leía y corría, cuyo subtítulo era: Si no sabes leer, ya puedes correr, y que paraba en el departamento de aquella rubia divorciada del East Side, Fay Corson, donde estaba segura de que los encontraría a ambos, para decirle, al oído, que organizaba una pequeña francachela en honor de Panama Paul, aquel fabuloso actor negro que inmortalizó el papel principal, Pie Caliente, en la película de Robbins.

Lorenzo Llewellyn, el conocido y joven autor negro, de 49 años; Jonah Johnson, el famoso corresponsal negro en el extranjero; Moe Miller, el celebérrimo reportero neoyorkino, águila negra del periodismo; y Lou Reynolds, el atareado director blanco de la colección de libros negros que publicaba Hightower; a todos ellos les anunció que la fiesta se ofrecía en honor de Schooley y Pine, los temibles autores de Tierra de ensueño y otras… ejem… hierbas.

Willard B. Overton, presidente de una importante organización benéfica negra de la ciudad, dotada con fondos particulares y que se llamaba Ayuda al Negro, S. A.; le susurró que la fiesta sería en honor de unos blancos riquísimos e importantes que, sin duda, querría conocer, pero cuyos nombres no se atrevía a mencionar prematuramente, por temor a causarles alguna molestia. Al parecer, él comprendió perfectamente este lenguaje, pues le aseguró que su discreción sabría aguantar los embates de su ansiedad por conocerlos.

Y ni qué decir tiene que telefoneó también a Wallace Wright, el gran dirigente racial negro por cuyas venas corría una sexagésima cuarta parte de sangre negra, y al que ya nos hemos referido, y que era presidente del comité ejecutivo de la Sociedad Política Nacional Negra SPNN (que algunos negros de Harlem, notorios por su lenguaje obsceno, llaman «Somos Pocos los Negros Naturales»), para decirle que la fiesta se daba en su honor, constándole que ésta era la única razón que le parecería convincente. E insistió para que trajese a su esposa, aquella sinvergüenza de Juanita, que había jurado que nunca pondría los pies en su casa. En realidad, ¿Qué otra razón podría esgrimir Mamie para dar una fiesta tan perfectamente espontánea, como no fuese la de atraer con engaños a aquella perendeca a su casa?

Pero aun así, Wallace titubeaba.

—Espero que no habrá comunistas reformados ni novelistas sociales, Mamie.
—Oh, sólo habrá una docena de personas, querido, contándote a ti y a Juanita. Estarán los doctores Stone, Garrett y Kissock, por supuesto…
—Por supuesto.
—Y Billings Brown, tal vez Art Wills y acaso Reynolds…
—¿Lou Reynolds? ¿El que publica las obras de Schooley? Supongo que no irá ese degenerado de Schooley.

Ella se echó a reír.

—Eddy Schooley está a buen recaudo en Chicago, querido.

Entonces, naturalmente, tuvo que telefonear a Schooley después de esto, cosa que no se proponía hacer, para decirle que Julius necesitaba una entrevista con él y algunas fotografías en el primer número de la revista negra que proyectaba.

Schooley le prometió que iría, y luego empezó a beber, para poner en forma a todos sus miembros.

Joe fue la última persona a la cual le telefoneó. Le pidió que se pusiese en contacto con el ayudante especial del presidente, Arthur Tucker, que había oído decir que estaba en la ciudad, para rogarle también que asistiese. Joe dijo que la idea le parecía magnífica y prometió colaborar.

Cuando él llegó a su casa, le dio un abrazo de oso y le metió varios centímetros de lengua por la boca; luego le dijo:

—Tienes que rasurarte y vestirte para estar guapo, cariño. Voy a ofrecerte una gran fiesta-sorpresa.

Eran entonces las seis y media y ella tuvo que apresurarse a ir al retrete, pues ya no se podía aguantar más.

(Continuará...)

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