Martin Eden (XIII)

Jack London











CAPÍTULO XXXIV

ARTHUR se quedó ante la verja, mientras Ruth entraba en casa de María. Oyó el teclear de la máquina de escribir y, cuando Martin la hizo entrar en su cuarto, acababa de poner en limpio un original. La muchacha venía a saber si su novio acudiría o no a la cena de Acción de Gracias. Sin embargo, antes de que pudiese preguntarlo, Martin se dejó llevar de su entusiasmo.

—¡Te voy a leer esto! —dijo, separando las copias y poniendo en orden las cuartillas—. Lo acabo de escribir y es muy distinto a cuanto anteriormente he hecho. Resulta tan distinto, que me asusta. Pero considero que es bueno. Es una historia hawaiana. La titulo Wiki-Wiki.

A Martin le brillaba el rostro con el fuego creador, pero Ruth temblaba de frío. Le habían sorprendido sus manos heladas cuando la saludó. Escuchó atentamente mientras él leía y, aunque Martin había advertido, por la expresión de su rostro, que lo desaprobaba, al concluir preguntó:

—Con franqueza, ¿qué opinas?
—No… no lo sé —repuso ella—. ¿Crees que podrás venderla?
—No lo sé —confesó Martin—. Resulta demasiado fuerte para las revistas. Pero es real, cada una de sus palabras responde a la realidad.
—¿Por qué insistes en seguir escribiendo esas cosas cuando sabes que no las vas a vender? —continuó ella inexorablemente—. El motivo de que escribas es para ganarte la vida, ¿no es eso?
—Sí, exacto, pero ese maldito relato me dominó. No pude evitar escribirla. Me exigía que la escribiese.
—Pero al personaje, a ese Wiki-Wiki, ¿por qué le haces hablar con tanta crudeza? Va a ofender a los lectores y ése es el motivo de que las revistas te rechacen el trabajo.
—Pues da la casualidad de que el auténtico Wiki-Wiki hubiese hablado así.
—No es de buen gusto.
—Es la vida —afirmó Martin con cierta brusquedad—. Es auténtico. Y debo describir la vida tal como la veo.

Ruth no respondió, y durante unos minutos, que resultaron muy violentos, se mantuvieron callados. Por lo mucho que la quería era por lo que Martin lograba entender a la muchacha y ésta, en cambio, no lo conseguía porque él era demasiado grande y escapaba a los límites de su horizonte.

—Bueno. He cobrado del Transcontinental —dijo Martín al fin para dirigir la conversación a un tema más agradable. El recuerdo del trío de bigotudos, tal como les viera por última vez, multados en cuatro dólares, noventa centavos y un billete de transbordador, le hizo sonreír.
—¡Entonces, vendrás! —exclamó Ruth alegremente—. Eso es lo que quería saber. —¿Venir? —indagó él distraído—. ¿A dónde?
—Mañana, a la cena. Me dijiste que desempeñarías el traje si cobrabas.
—Me olvidé —dijo Martin con humildad—. Verás, esta mañana, un empleado municipal se llevó las dos vacas y la ternera de María y… Bueno, María no tenía dinero y tuve que pagar la multa. En eso me gasté los cinco dólares del Transcontinental; El tañer de las campanas fueron a parar al empleado municipal.
—¿Así que no vendrás?

Martin se examinó las ropas.

—No puedo.

Lágrimas de desengaño y de reproche le brillaron a la muchacha en las azules pupilas, pero nada dijo.

—El año que viene, por esta misma fecha, cenarás conmigo en «Delmonico» —anunció Eden alegremente—. O en Londres, París o donde prefieras. ¡Lo sé!

—Hace poco, vi en el periódico —anunció ella con cierta brusquedad— que se habían incorporado nuevos funcionarios al servicio postal ferroviario. Tú conseguiste el primer puesto, ¿verdad?

Martin tuvo que confesar que le habían avisado pero que renunció a su puesto.

—¡Tenía… tengo tanta seguridad en mí mismo! —dijo al concluir—. Dentro de un año ganaré más que una docena de funcionarios del ferrocarril. Espera y lo verás.
—¿Sí? —Fue todo el comentario de Ruth. Se levantó, poniéndose los guantes—. Debo irme, Martin. Arthur me espera.

Eden la tomó en sus brazos, para besarla, pero Ruth no reaccionó. Su cuerpo no vibraba, no le pasó los brazos en torno al cuello y sus labios se unieron a los suyos sin entusiasmo.

Martin, al volver de acompañarla, decidió que estaba enfadada con él. ¿Por qué? Era una desgracia que el empleado municipal se hubiese llevado las vacas de María. Pero fue una casualidad. A nadie podía culparse. Tampoco se le ocurrió a Eden que podía haberse comportado de otro modo que como lo hizo. Bueno, sí, decidió Martin luego, podían culparle un poco, por no haber aceptado el puesto en el servicio postal ferroviario. Además, a Ruth no le gustó Wiki-Wiki.

Volvió hacia la casa, deteniéndose ante el buzón. La esperanza volvió a apoderarse de él cuando tomó el correo. Uno de los sobres no estaba abultado y en el exterior aparecía impreso el membrete del New York Outview. Se detuvo antes de rasgarlo. No podían aceptarle un relato, ya que ninguno les había enviado. Quizás, y el corazón se le paralizó al pensarlo, quizá le encargasen un artículo. Pero en seguida apartó este pensamiento, juzgándolo absurdo.

Contenía una carta muy respetuosa, firmada por el director, indicándole que se incluía un anónimo que habían recibido y asegurándole que jamás, bajo ninguna circunstancia, prestaban atención a esa clase de correspondencia.

El anónimo estaba escrito imitando la letra de imprenta. Consistía en una retahíla de insultos a Martin, en los que se afirmaba que éste, que vendía relatos a las revistas, no era escritor, sino que se limitaba a copiar a máquina narraciones de publicaciones antiguas, que luego pretendía vender como propias. El matasellos era de San Leandro. A Martin le bastó una sola ojeada para adivinar el autor. En la carta se encontraban bien reflejadas la forma de construir de Higginbotham, la forma de expresarse de Higginbotham y el modo de razonar de Higginbotham. En cada rasgo, Martin descubrió la mano de su cuñado.

¿Por qué lo había hecho?, se preguntó en vano. ¿Qué daño le causó él a Higginbotham? Todo resultaba tan absurdo, tan incomprensible… No tenía explicación. Durante toda la semana, a Martin le enviaron, desde varias revistas, una docena de cartas similares. Martin se dijo que los directores se portaban bien. No le conocían, pero se mostraron comprensivos. Resultaba evidente que odiaban los anónimos. Comprendió que el propósito de causarle daño había fracasado. Si algo resultaba de aquello, iba a serle beneficioso. Por lo menos, habían indicado su nombre a una serie de revistas. Quizás, en caso de leer algún original suyo, recordaran el nombre del individuo acerca del que recibieron un anónimo. ¿Y quién podía decir si ese recuerdo no inclinaría la balanza a su favor?

Fue en esa época cuando Martin avanzó mucho en la estima de María. Cierta mañana, la encontró en la cocina gruñendo desesperada, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas, intentando en vano planchar unas prendas. Al instante, Martin diagnosticó gripe, le dio a beber whisky (remanente de las botellas que trajera Brissenden) y la hizo acostarse. Pero María se resistía. Alegó que debía planchar las prendas y entregarlas aquella noche, pues, de otro modo, al día siguiente no habría comida para los siete hambrientos Silva.

Para su sorpresa (fue algo que no dejaba de contar hasta el día de su muerte), vio cómo Martin Eden tomaba una plancha de la estufa y ponía una camisa de fantasía sobre la mesa. Se trataba de la mejor camisa de domingo de Kate Flanagan, que era la mujer más elegante y fastidiosa del mundo de María. Asimismo, Miss Flanagan había insistido muy especialmente en que la camisa debía entregársele aquella misma noche. Como todo el mundo sabía, Kate estaba en relaciones con John Collins, el herrero, y, según habían notificado a María, Miss Flanagan y Mr. Collins iban al día siguiente al Golden Gate Park. En vano intentó María rescatar aquella prenda. Martin guió sus vacilantes pasos hasta una silla, desde donde le estuvo contemplando con ojos saltones. En mucho menos tiempo del que ella hubiese empleado, la camisa quedó planchada y tan bien como ella misma hubiera podido hacerlo.

—Iría más de prisa —le explicó Eden— si las planchas estuviesen más calientes.

A su juicio, las planchas estaban entonces mucho más calientes que nunca.

—Salpica de agua las prendas muy mal —se quejó Martin, luego—. Le voy a enseñar cómo se hace. Hay que darle presión. Presión y rociarlas bien de agua si quiere trabajar de prisa.

Entonces, Martin le enseñó a María varios de los trucos que aprendiera de Joe, en Shelley Hot Springs, de modo que, según siempre concluía el relato:

—Fui más de prisa y ya no tuve que trabajar tanto. Era listo, Mr. Eden.

No obstante, con aquella simple lección, que mejoraba y favorecía mucho su tarea, desapareció el abismo entre ambos. Se diluyó la atmósfera de misterio con la que ella le envolviera, al comprender que se trataba de un antiguo lavandero. Dejaron de tener importancia sus libros y sus magníficos amigos, que le visitaban en grandes coches o cargados de botellas de whisky. Al fin y al cabo, no era más que un simple obrero, un miembro de su clase y de su casta. Resultaba mucho más humano y tratable, pero ya no constituía un misterio.

Continuó también el alejamiento de la familia de Martin. Tras el ineficaz ataque de Mr. Higginbotham, Hermann von Schmidt mostró la mano. La venta de varias historietas, algunos versos festivos y unos cuantos chistes, dieron a Martin una apariencia temporal de prosperidad. No sólo pagó parte de sus deudas, sino que le quedó lo suficiente para desempeñar el traje oscuro y la bicicleta. Ésta necesitaba que la reparasen, pues se le había torcido una rueda y, como prueba de amistad, se la envió a su futuro cuñado.

Aquella misma tarde Martin tuvo la satisfacción de que se la devolviese un muchacho. Von Schmidt, a juicio de Martin, también quiso mostrarse amable, visto el inesperado favor. Por lo general, había que ir a buscar las bicicletas al taller. Pero al examinar la suya, comprobó que no la habían reparado. Algo después, telefoneó al novio de su hermana, enterándose de que éste no quería tener tratos con él bajo ningún aspecto, forma o manera.

—Hermann von Schmidt —respondió Martin alegremente—, estoy pensando en ir allí y chafarte esa nariz de holandés que tienes.
—Si vienes a mi tienda —respondió el otro— llamaré a la Policía. Y acabaré contigo. A mí no me vengas a armarme jaleo. No quiero saber nada con los de tu clase. Eres un gandul, eso es lo que eres, y yo no me duermo. A mí no vas a explotarme por el hecho de que me case con tu hermana. ¿Por qué no te pones a trabajar de una manera honrada? ¡Contéstame!

El espíritu filosófico de Martin se impuso, venciendo a su irritación, y colgó el teléfono, silbando con asombro. Pero, luego, al reaccionar, se sintió deprimido por la soledad. Nadie le comprendía, a nadie parecía importarle, excepto a Brissenden, y Brissenden había desaparecido, sin que nadie supiera por dónde andaba.

Anochecía cuando Martin abandonó la última tienda para regresar a casa, con la cesta colgada al brazo. En la esquina se había detenido un tranvía, y al ver aquella figura tan flaca y familiar, a Martin le dio un vuelco el corazón. Se trataba de Brissenden y, al arrancar nuevamente el vehículo, Martin advirtió los bolsillos del abrigo, uno repleto de libros y el otro con una botella de whisky.


CAPÍTULO XXXV

BRISSENDEN no dio explicaciones acerca de su larga ausencia, ni Martin se las pidió. Le satisfacía ver nuevamente el cadavérico rostro de su amigo a través del humo de un ponche.

—Tampoco yo he estado ocioso —afirmó éste, tras oír el relato de las actividades de Martin.

Sacó un original del bolsillo y se lo pasó a Martin, que lo miró curioso.

—Sí, eso es —rió Brissenden—. Buen título, ¿no? Efímero; ésa es la palabra. Y tú eres el responsable, por darle tal calificativo al hombre que siempre está en pie, a lo inorgánico vitalizado, al último efímero, a esa criatura de la temperatura, que pugna por conquistar un breve espacio. Se me metió en la cabeza y tuve que escribir para librarme de ella. Dime lo que te parece.

Conforme leía, el rostro de Martin se encendió en un principio, para, luego, palidecer impresionado. Se trataba de arte puro. La forma triunfaba sobre el tema, si es que podía llamarse triunfo a que éste hallara manera de expresar hasta su más leve átomo por medio de una construcción tan perfecta, que hizo que a Martin le diese vueltas la cabeza, le saltaran las lágrimas y le entrasen escalofríos. Se trataba de un largo poema, de seis o setecientos versos, que resultaba inimaginable. No parecía posible realizarlo, y, sin embargo, allí estaba, con tinta negra sobre unas cuartillas de papel. Trataba del hombre y de sus angustias, explorando los abismos en busca de soles remotos y de un arco iris espectral. Era una loca orgía de imaginación, que se alzaba en el cráneo de un moribundo, que casi lloraba en silencio y escuchaba los latidos de su corazón. El poema estaba escrito en un ritmo majestuoso, al frío tumulto del conflicto interestelar, ante la llegada de las huestes de otros planetas, bajo la influencia de helados soles y de ardientes nebulosas, que danzaban en el negro vacío. En medio de todo ello, batía, incesante y débil, cual una lanzadera de plata, la trémula y frágil voz del hombre, semejante a un quejumbroso vagido entre el aullar de los astros y el chocar de los sistemas.

—No hay nada igual en literatura —dijo Martin cuando, al fin, pudo hablar—. Es extraordinario. Se me ha subido a la cabeza. Me siento como embriagado. Casi me impide pensar. Esa voz humana, eterna, llena de angustia y de miedo, sigue resonando en mis oídos. Semeja la marcha fúnebre de un gran mosquito entre el estruendoso barritar de los elefantes y el rugir de los leones. Resulta insaciable, con un deseo microscópico. Sé que me estoy poniendo en ridículo, pero ha llegado a obsesionarme. Eres… no sé lo que eres… Eres extraordinario. ¿Cómo lo consigues? ¿Cómo lo consigues? ¿Cómo lo consigues?

Martin interrumpió su rapsodia, para continuar luego.

—No volveré a escribir. No soy más que barro. Me has mostrado la obra del verdadero artesano y artífice. ¡Genio! Eso es más que genial. Trasciende más allá del genio. Es la verdad loca. Es cierto cada uno de sus versos. La ciencia no puede mentir. Es la verdad adivinada por un vidente y extraída del negro metal del cosmos, para convertirla, con un sonido rítmico, en una perfección de belleza y de esplendor. Pero ya no diré nada más. Estoy abrumado. Sólo una cosa. Deja que intente venderlo en tu nombre.

Brissenden sonrió.

—No existe una sola revista en toda la Cristiandad que se atreviese a publicarlo. Lo sabes muy bien.
—No sé nada en absoluto. Creo, por el contrario, que no hay una sola revista en toda la Cristiandad que no lo aceptara en seguida. No reciben cosas como ésta a diario. No se trata del poema del año. Es el poema del siglo.
—Quisiera pedirte una cosa.
—Bueno, no seas cínico —le exhortó Martin—. Los directores de revista no son totalmente fatuos. Lo sé. Y te voy a hacer una apuesta. Nos jugamos lo que quieras a que Efímero la aceptan al primer o al segundo intento.
—Sólo una cosa me impide aceptarlo. —Brissenden esperó un instante—. Eso es lo mejor que he hecho en toda mi vida. Lo sé. Es mi canto del cisne. Me siento muy orgulloso. Casi lo adoro. Es mejor que el whisky. Es cuanto soñaba, la obra grandiosa y perfecta, cuando no era más que un muchacho, con dulces ilusiones e ideales limpios. Al fin lo he conseguido, con mi último aliento, y no quiero que lo manoseen y lo ensucien una serie de cerdos. No, no acepto tu proposición. Es de mi propiedad; yo lo hice y sólo lo comparto contigo.
—Pero piensa en el resto del mundo —protestó Martin—. La función de la belleza es alegrar el mundo.
—¡Es mi belleza!
—No seas egoísta.
—No soy egoísta. —Brissenden sonrió, del modo como solía hacerlo cuando se sentía satisfecho de lo que iba a decir—. Soy menos egoísta que un perro hambriento.

En vano intentó Martin que cambiara de criterio. Le dijo que su odio a las revistas y a los periódicos era furioso, fanático y que su conducta era mil veces más despreciable que la del joven que incendió el templo de Diana, en Éfeso. Ante la avalancha de acusaciones, Brissenden bebió tranquilamente el ponche, reconociendo que era cierto cuanto el otro decía, excepto lo que se refería a los directores de revista. Su odio por ellos no conocía límites y superaba a Martin cuando se trataba de acusarlos.

—Quisiera que me lo pasaras a máquina —le dijo luego—. Lo haces mil veces mejor que cualquier mecanógrafa. Y ahora quiero darte un consejo. —Sacó un voluminoso original del bolsillo—. Aquí está tu La vergüenza del sol. No lo he leído una vez, sino dos y tres incluso, que es el elogio mayor que puedo hacerte. Después de lo que has dicho de Efímero, debo callarme. Pero sí te diré una sola cosa: Cuando publiques La vergüenza del sol, será un éxito. Va a provocar tal polémica, que te valdrá miles en publicidad.

Martin rió.

—Supongo que ahora me dirás que lo ofrezca a las revistas.
—En absoluto, bueno, si es que quieres que lo publiquen. Ofréceselo a las editoriales de primera clase. Algún asesor puede estar lo bastante loco para recomendarlo. Tú has leído los libros que cuentan. Su contenido se ha transmutado en la mente de Martin Eden para convertirse en La vergüenza del sol y un día Martin Eden será famoso, y una gran parte va a debérselo a este trabajo. Por tanto, búscate un editor y lo antes posible.

Brissenden se marchó tarde aquella noche y, en el momento en que subía al tranvía, se volvió bruscamente para entregar a Martin un pedazo de papel ligeramente arrugado.

—Toma —le dijo—. Estuve en las carreras y tuve suerte.

Sonó la campanilla y el tranvía se puso en marcha, dejando a Martín preguntándose qué sería lo que el otro le diera. De regreso a su habitación, lo examinó, comprobando que era un billete de cien dólares.

No tuvo escrúpulos en quedárselos. Sabía que su amigo disponía siempre de mucho dinero y también le constaba, con absoluta certeza, que el éxito le iba a permitir devolvérselo. Por la mañana, pagó todas sus facturas, dio a María tres meses adelantados de alquiler y desempeñó todas sus propiedades. Luego, le compró un regalo de bodas a Marian y otros más sencillos, apropiados para Navidad, a Ruth y a Gertrude. Con lo que quedaba, se trasladó a Oakland con toda la tribu Silva. Iba a cumplir una promesa que hiciera hacía tiempo, de que todos los Silva, incluida María, tendrían zapatos. También recibieron trompetas y muñecas, así como otros juguetes y bolsas de caramelos y de avellanas, hasta obligarles a ir cargados.

Fue mientras esa extraordinaria procesión le seguía a él y a su patrona, en busca de una dulcería, cuando encontraron a Ruth y a su madre. Mrs. Morse quedó horrorizada. Incluso indignó a Ruth, pues ésta tenía en mucho las apariencias, y la presencia de su novio, en compañía de María y precediendo a una serie de granujillas portugueses, no resultaba muy agradable. Sin embargo, no fue esto lo que más la molestó, sino lo que consideraba su falta de consideración y de respeto. Por último, y más importante aún, la muchacha vio en el incidente la imposibilidad de borrar sus orígenes humildes. En sí mismo, constituía un estigma, pero pregonarlo al mundo, a su mundo, era ir demasiado lejos. Aunque su compromiso con Martin se mantuvo en secreto, la evidente intimidad entre ambos no había dejado de provocar comentarios. En la dulcería, examinando atentamente a Eden y a sus acompañantes, había no pocos conocidos de la muchacha. A Ruth le faltaba la elasticidad de Martin y no era capaz de elevarse sobre su propio medio ambiente. La había herido en lo más hondo y su sensible naturaleza temblaba de vergüenza. Tanto era así que, cuando Martin fue luego a verla, decidió no darle el regalo que guardaba en el bolsillo, prefiriendo esperar a una ocasión más propicia. Le resultó inesperado el espectáculo de Ruth bañada en lágrimas, lágrimas de pasión y de ira. Al verla sufrir, quedó convencido de que había sido un bruto, aunque por mucho que lo pensara no pudo averiguar de qué forma. No se le ocurría sentirse avergonzado de las personas que conocía ni tampoco que darle a la tribu de los Silva un poco de alegría navideña pudiese ser una falta de consideración hacia Ruth. En cambio, comprendió el punto de vista de la muchacha, una vez ella se lo hubo explicado, pero lo consideró una simple debilidad femenina, de las que afligen a todas las mujeres e, incluso, a las mejores mujeres.


CAPÍTULO XXXVI

—VEN, voy a enseñarte la verdadera basura —le dijo Brissenden una tarde de enero.

Habían comido juntos en San Francisco y se hallaban en el muelle del transbordador, a punto de regresar a Oakland, cuando se le ocurrió mostrarle a Martin la «verdadera basura». Se volvió, avanzando a toda prisa por el muelle, constituyendo una triste figura embutida en su abrigo, mientras Martín se daba prisa por seguirle. En una bodega, compró dos botellas de oporto añejo y, con una en cada mano, saltó al tranvía de Mission Street, también seguido por Martin, cargado con varias botellas de whisky.

«Si Ruth me viese ahora», se dijo Eden, mientras se preguntaba lo que podía constituir la verdadera basura.

—Quizá no haya nadie allí —comentó Brissenden cuando se apearon, para dirigirse al ghetto obrero de Market Street—. En tal caso, vas a perderte lo que desde hace tanto tiempo buscabas.
—¿Y qué diablos es eso? —indagó Martin.
—Hombres, hombres inteligentes, en vez de las vaciedades parlantes con los que te vi en el antro del mercader. Tú has leído los libros y te has encontrado por ti mismo. Bien, pues esta noche voy a presentarte otros hombres que también han leído de modo que no vuelvas a sentirte solo.

Al llegar al final de la manzana, añadió:

—No es que me importen mucho sus interminables discusiones. No me interesa la filosofía de los libros. Pero verás que esos tipos son inteligentes y no cerdos burgueses. Pero anda con cuidado. Te vencerán en cualquier tema que saques a relucir.

Algo después, dijo jadeando, mientras rechazaba el intento de Martin de quitarle las dos botellas:

—Confío en que esté Norton. Es un idealista, estudió en Harvard. Tiene una memoria prodigiosa. El idealismo le llevó a un anarquismo filosófico y la familia le echó de casa. Su padre es presidente de una compañía de ferrocarriles y varias veces millonarios, pero el hijo pasa hambre en San Francisco y publica una revista anarquista mensual a veinticinco centavos.

Martin conocía poco San Francisco y casi nada la parte sur de Market, por lo que ignoraba a qué lugar le conducían.

—Bueno —apremió—, cuéntame más acerca de ellos. ¿Cómo se ganan la vida? ¿Cómo llegaron hasta aquí?
—Confío en que esté Hamilton —dijo Brissenden, mientras tomaba un descanso—. Se llama Strawn-Hamilton, compuesto. Viene de una vieja familia del Sur. Es un vagabundo, el mayor holgazán que he conocido, aunque trabaja de escribiente, o, por lo menos, lo simula, en una cooperativa socialista por seis dólares semanales. Pero es un vagabundo vocacional. Así llegó a la ciudad. Le he visto pasar todo un día en un banco público, sin probar bocado, y cuando, a última hora, le invité a cenar, en un restaurante que estaba a dos manzanas, me contestó: «Demasiado esfuerzo, viejo. Cómprame un paquete de cigarrillos.» Era spenceriano como tú, hasta que Kreis le convirtió al monoísmo materialista. Haré que hable de eso, si puedo. Norton también es monoísta, aunque sólo acepta el espíritu. Y es capaz de acallar a Kreis y a Hamilton.
—¿Quién es Kreis? —indagó Martin.
—El dueño del local al que vamos. Era profesor, pero le expulsaron de la Universidad; la vieja historia. Tiene una mente precisa como una trampa de acero. Hace de todo para vivir. No tiene escrúpulos. Le quitaría el sudario a un muerto; cualquier cosa. La diferencia entre él y la burguesía es que roba sin ilusiones. Habla de Nietzsche y de Schopenhauer o de Kant, pero lo único que de verdad le interesa, sin exceptuar a Mary, es el monoísmo. Haeckel es su dios privado. Lo único que le irrita es que insulten a Haeckel. Aquí se albergan. —Brissenden dejó las botellas ante la puerta, antes de entrar. Se trataba de un edificio vulgar de dos pisos, con un bar y una tienda en la planta—. Toda la banda vive aquí; tienen el piso superior para ellos. Kreis dispone de dos habitaciones. Es el único. Vamos.

En el piso superior no había luces, pero Brissenden se deslizó por entre las sombras como un fantasma. Se detuvo para hablar con Martin.

—Uno de ellos, Stevens, es teósofo. Arma buenos líos cuando se embala. Ahora está de lavaplatos en un restaurante. Le encantan los buenos cigarros. Le he visto comer por diez centavos y pagar cincuenta por el que luego se fumó. Traigo dos por si aparece.
»Y hay otro tipo, Parry, un australiano, que es especialista en estadísticas y una enciclopedia del deporte. Puedes preguntarle la cosecha de grano del Paraguay en 1903 o la exportación inglesa a la China en 1890, qué peso tenía Jimmy Britt cuando se enfrentó a Nelson o quién era el campeón welter de América en 1868, y te dará las respuestas correctas con la celeridad de una máquina. Luego, está Andy, un albañil, que sabe de todo y juega muy bien al ajedrez, y otro tipo, Harry, panadero, un ardiente socialista, muy activo en los sindicatos. Por cierto, recordarás la huelga de camareros y cocineros; pues bien, Hamilton fue quien organizó el sindicato y quien la provocó. Lo planeó todo con tiempo en el cuarto de Kreis. Lo hizo por distraerse, pera es demasiado vago para continuar en el sindicato. Hubiera podido llegar muy lejos de desearlo. No hay límite a las posibilidades de ese hombre, de no ser tan soberbiamente haragán.

Brissenden seguía avanzando en la oscuridad, hasta que un rayo de luz señaló el quicio de una puerta. Ésta se abrió a su llamada y Martin se encontró estrechándole la mano a Kreis, un hombre apuesto, moreno, de dientes blancos, un bigote caído y ojos vivos. Mary, una muchacha rubia, de aire de matrona, lavaba la vajilla en la habitación que servía, a la Vez, de cocina y de comedor. La otra servía de dormitorio y de sala. Del techo pendía la colada de la semana, tan baja que, de momento, Martin no vio a dos hombres que hablaban en un rincón. Saludaron con entusiasmo a Brissenden y a sus botellas y, cuando les presentaron, Martin se enteró de que eran Andy y Parry. Se quedó con ellos, para escuchar con atención el relato que el último hacía de un combate de boxeo que viera la noche antes. Mientras, Brissenden, en sus glorias, se enzarzaba en la preparación de un ponche y servía vino y whisky con soda. A su invitación de que acudiese todo el mundo, Andy salió para hacer una ronda por las habitaciones.

—Tenemos suerte, la mayor parte están aquí —le dijo Brissenden a Martin en voz baja—. Ahí vienen Norton y Hamilton. Te los presentaré. No veo a Stevens. Si puedo, les haré hablar del monoísmo. Espera a que hayan bebido unos tragos y se animen.

Al principio, la conversación era algo deshilvanada. No obstante, Martin no pudo dejar de advertir lo bien que funcionaban sus cerebros. Tenían opiniones, aunque, a veces, fuesen contradictorias, y, pese a ser ingeniosos y listos, no eran superficiales. Vio en seguida que, no importa de qué hablasen, cada uno aplicaba todos sus conocimientos y que tenían un profundo y unificado concepto de la sociedad y del cosmos. Nadie les fabricaba sus opiniones; eran rebeldes de una clase u otra y en sus labios no cabían los lugares comunes. Nunca había oído Martin en casa de los Morse discutir tal amplitud de temas. No parecía haber más límite que sus posibilidades de abarcarlos. Hablaban de las últimas novelas a los dramas más avanzados y del futuro del teatro a la herencia de otras generaciones. Comentaban o se burlaban de los periódicos de la mañana, saltaban de las condiciones de trabajo en Nueva Zelanda a Henry James. Luego, trataban de los propósitos alemanes en el Extremo Oriente y de los aspectos económicos del Peligro Amarillo. Se hablaba de las elecciones alemanas y de ciertos discursos de sus cabecillas, para pasar a la política local, a los últimos escándalos de la administración de los sindicatos o a las maniobras para provocar una huelga de marineros. A Martin le sorprendió el conocimiento que de todo tenían. Sabían lo que no publicaban en los periódicos, los hilos que movían las manos ocultas para que bailasen las marionetas. Para sorpresa de Eden, Mary intervino en la conversación, demostrando una inteligencia que jamás encontrara en cuantas mujeres trató. Hablaron de Swinburne, de Rossetti, tras lo cual ella les guió, más allá de los conocimientos de Eden, en los senderos de la literatura francesa. Pudo vengarse, no obstante, cuando ella defendió a Maeterlinck, y él sacó a relucir su bien madurada tesis de La vergüenza del sol.

Habían acudido otros hombres, y la atmósfera estaba impregnada de humo de los cigarrillos, cuando Brissenden dio la señal.

—Aquí tienes carne fresca para tu cuchilla, Kreis —dijo—. Un joven inocente, entusiasmado con Herbert Spencer. Conviértele en partidario de Haeckel, si es que puedes.

Kreis pareció despertarse como atraído por un imán, mientras Norton contemplaba a Martin con simpatía, como indicándole que no iba a carecer de protección.

Kreis comenzó dirigiéndose a Martin, pero, poco a poco, Norton fue interviniendo hasta que ambos se enzarzaron en una discusión personal. Eden escuchaba, sin poderlo creer. Resultaba imposible imaginar que aquello pudiese ocurrir en la vida real y, aún menos, en el ghetto obrero de Market Street. Los libros aparecían vivos en aquellos hombres. Hablaban con fuego y entusiasmo, encendidos por el estimulante intelectual, como otros se encendían con el alcohol o la ira. Lo que Martin oía ya no era la fría filosofía en palabra impresa, que escribieran míticos semidioses, como Kant y Spencer. Era algo vivo, con sangre roja y cálida, encarnada en aquellos dos hombres, hasta que sus facciones se contraían de entusiasmo. A veces, otros hombres intervenían y todos seguían la discusión, con los cigarrillos encendidos y una intensa atención.

El idealismo jamás atrajo a Martin, pero el modo como Norton lo exponía le resultó una revelación. Su lógica plausibilidad, que tanto atraía a Eden, hizo que Kreis y Hamilton se burlasen de Norton, llamándole metafísico, el cual, a su vez, se burlaba de ellos, llamándoles metafísicos. Los otros acusaban a Norton de querer explicar el estado consciente por sí mismo. Él, por su parte, les acusaba de jugar con las palabras, de que sus razonamientos iban de las palabras a la teoría, en vez de ir de los hechos a la teoría. Esto les horrorizó. Era casi un dogma de su sistema de razonamiento comenzar con los hechos e ir dándoles nombres.

Cuando Norton se aventuró en la intrincada selva de Kant, Kreis le recordó que todos los buenos filósofos alemanes van a Oxford cuando mueren. Poco después, Norton les recordaba la ley de la Parsimonia de Hamilton, cuya aplicación reivindicaron para cada proceso racional.

Y, mientras, Martin se enlazaba las rodillas con los brazos, para escucharles mejor. Pero Norton tampoco era discípulo de Spencer, por lo que, asimismo, se dirigía a él, igual que sus dos oponentes.

—Como sabe, a Berkeley nunca le han replicado adecuadamente —dijo mirando a Martin—. Herbert Spencer fue el que más se aproximó, aunque no demasiado. Incluso los más firmes partidarios de Spencer no pueden ir más allá. Leí el otro día el artículo de uno de ellos en que el mayor elogio era que Spencer casi logró replicar a Berkeley.
—¿Sabes lo que dijo Hume? —indagó Hamilton. Norton asintió, pero el otro lo repitió en beneficio de los demás—. Dijo que las razones de Berkeley no admiten réplica ni provocan convicciones.
—En la mente de Hume —fue la respuesta—. Y la mente de Hume era igual a la tuya, con una única diferencia: sabía lo suficiente para reconocer que no se puede replicar a Berkeley.

Norton era sensible y emotivo, aunque nunca perdía la cabeza, mientras que Kreis y Hamilton eran como dos salvajes que, fríamente, buscaban los lugares más débiles, para herir. Conforme avanzaba la velada, Norton, excitado por las continuas acusaciones de ser un metafísico, aferrándose a la silla para no saltar, con los ojos grises encendidos y el rostro contraído y lleno de seguridad, lanzó un ataque a fondo.

—Muy bien, puede que yo razone como un hechicero, pero ¿cómo razonáis vosotros? No tenéis base en que apoyaros, no sois más que unos dogmáticos poco científicos, pese a esa ciencia positiva que siempre colocáis donde no le corresponde estar. Mucho antes de que naciera la escuela del monoísmo materialista, removieron el suelo de modo que no encontrara cimientos. Y eso hizo Locke; John Locke. Hace doscientos años, incluso más, demostró, en su ensayo En torno al conocimiento humano, que no había ideas innatas. Pero lo mejor de todo es que eso es exactamente lo que vosotros afirmáis. Esta noche, habéis insistido en que no existen las ideas innatas.
»¿Y qué significa eso? Significa que no sabéis la última realidad. Tenemos el cerebro vacío al nacer. Lo único que recibimos a través de los cinco sentidos son las apariencias y los fenómenos. Por tanto, el numen, que no figura en nuestras mentes cuando nacemos, no tiene modo de filtrarse…
—Niego que… —Fue a interrumpirle Kreis.
—¡Espera a que acabe! —le gritó Norton—. Sólo se puede saber una parte del juego entre la fuerza y la materia, según afecte vuestros sentidos. Verás, en bien de la discusión, estoy dispuesto a admitir que la materia existe y lo que me propongo es venceros con vuestros propios argumentos. No puedo hacerlo de otro modo, ya que ambos, sois congénitamente incapaces de comprender una abstracción filosófica.
»Y, ahora, ¿qué sabéis de la materia, según vuestra ciencia positiva? Sólo la conocéis por sus fenómenos, su apariencia. Sólo tenéis presentes sus cambios o los cambios que provocan cambios en vuestro consciente. La ciencia positiva sólo trata de los fenómenos, pero sois lo bastante tontos como para intentar ser entologistas y tratar del numen. No obstante, y por la propia definición de la ciencia positiva, ésta sólo entiende en las apariencias. Como alguien ha dicho, el conocimiento basado en los fenómenos, no puede trascender el propio fenómeno.
»No es posible replicar a Berkeley, aunque se haya aniquilado a Kant, pero, a la fuerza, asumía que la ciencia prueba la no existencia de Dios o, lo que es lo mismo, la existencia de la materia… Recordad que admití la existencia de la materia únicamente para hacerme inteligible a vuestra comprensión. Sed partidarios de la ciencia positiva, si eso os gusta, pero la entología no tiene lugar en ella. Por tanto, dejadla en paz. Spencer tenía razón en su agnosticismo, pero si…

Era ya hora de tomar el último transbordador para Oakland, y Brissenden y Martin se fueron, dejando a Norton discutiendo y a Kreis y Hamilton esperando la oportunidad de saltarle encima, como dos mastines, en cuanto hubiese concluido.

—He tenido una visión del país de las hadas —dijo Martin, ya en el transbordador—. La vida merece vivirse cuando se conoce a gente como ésa. Tengo la cabeza revuelta. Nunca hice caso del idealismo. Pero no puedo aceptarlo. Sé que seré siempre un realista. Supongo que nací de ese modo. Pero me hubiera gustado contestarles a Kreis y Hamilton y creo que tengo algo que decirle a Norton. No vi que Spencer resultase perjudicado. Estoy tan impresionado como un niño el día en que por primera vez va al circo. Comprendo que debo leer más. Sigo creyendo que Spencer es la cumbre, y la próxima vez voy a intervenir.

Pero Brissenden, que respiraba con dificultad, se había dormido, con la barbilla apoyada en el hundido pecho, bien envuelto en su largo abrigo y agitándose a las vibraciones de las hélices.

(Continuará…)

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