Crimen (FINAL)

Agustín Espinosa









OTOÑO

LA MANO MUERTA

Yo busco una mano desesperanzadamente. Imitada sin fortuna en mármoles, ceras y bronces. Una mano lívida, fría, yerta. Que descorra las cortinas de mi alcoba, que guíe mis deslucidos pasos, que quiebre en el aire, entre sus dedos dulces, saetas enemigas, que se apoye en mis horas peores sobre mis desvelados hombros.
Una mano pálida, fina y trágica. Una mano recién mutilada. Aún anillados sus dedos y rojas aún y espejeantes sus uñas. Una mano de novia que se ha querido hace ya mucho tiempo. Una mano que ha olvidado ya la caricia del guante. La que me cierre un día los ojos que no podrá la muerte cerrarme; ni mis amigos más fieles, ni mis padres, ni mis hijos, ni mis hermanos. Sino solo tú, mano de muerta, errante; mano de mis sueños del alba, mano que espera, como una estrella de mi alma, mi cuerpo.
Yo conozco una mano, pero no es esa.
Yo conozco una tibia mano, una mano rosada y blanda. Para mis labios, para mis manos y para mi cuello. Para mis noches de amor, en torno a mi cabeza o sobre mi espalda.
Pero no es esa.
Yo busco otra mano. Ala de mis pies. Apaciguadora de mis ansias. La que se apoye sobre mi hombro sólo y deshaga mis postreros quebrantos.
La que cierre mis ojos y vista mi cuerpo muerto y preceda mi entierro.
Una mano mutilada y única. Pálida, fría.
Una mano olvidada ya de que fue mano de amante.
Una mano angustiosamente blanca.


RETORNO

Han habitado una calle y una plaza mis sueños de muchas horas y años. Han sido escenario de mis pesadillas fustigantes, refugio de mis tropezones injustos, cielo de mis valerosas regresiones. En mi episodiario cotidiano, esa plaza y esa calle no han faltado nunca. En ellas ha estado mi estatua de héroe y la sombrerería de un duelo. En ellas, la vitrina de un alba y la alcoba de un ocaso y el cuerpo sangrante de una mujer lejana. En ellas, un entierro grotesco, un muchacho carbonizado, una parada pavorosa. Junto a mis ojos de niño anormal; desde mi infancia desesperada y trágica. Ya solo aquí y ahora. Ni después ya ni en otro sitio. ¡Tal nebulosa entre alas de ayer y cárceles de siempre!

1

Se llamaba así: la calle del Muerto. Pero su categoría no llegaba ni aun a callejón. Eran veinte metros de mal empedrado camino entre dos muros, blancos casi por milagro.
El nombre investía de todos modos a la calle del Muerto de una macabridad que no le venía. A ratos, debía de horrorizarse de su nombre la calle del Muerto, y en esos momentos se lo hubiera cambiado por cualquier otro.
La calle del Muerto tenía en su fondo un paisaje de barcas de vela sobre un mar de calma, de gaviotas, soles de poniente y nubes rosadas.
En la calle del Muerto escondía yo a mi batallón de los ocho años, para apedrear mejor al batallón enemigo, mal resguardado tras los escasos riscos de una marisma.
La calle del Muerto protegió mis mejores conspiraciones de niño conspirador. De ella únicamente lo esperaba todo. Con sus puros afectos compuse mi primera letanía.
¡Letrina de mi niñez sin ayos ingleses y de las de mis gentiles amigos del barrio de la Hoya!
¡Parque de los novillos del sábado!
Sobre todos mis objetos de la infancia he salvado esta calle del Muerto, y la salvaré sobre todos mis objetos de hoy. Mi recuerdo va hacia ella como mis pies de los ocho años.
A ella debo, en primer lugar, una doble epididimitis crónica, que me hace sonrojar cruelmente al desnudarme junto a los lechos pandos de las amigas de una noche.
A ella debo también una cicatriz retorcida, como de escrófula cerebral, que mi calva prematura acabará abandonando en el centro de la frente.



2

En mis tardes de entonces había una plaza solitaria hasta donde llegaba el ruido del mar cercano. La plaza era grande y oscura, con bancos vulgares de piedra y árboles altos e incoloros.
Veía la plaza únicamente desde el fondo de un callejón empinado que moría en la misma plaza. No recuerdo haberla pisado nunca. Sé, sin embargo, que si pudiera sentarme hoy en cualquiera de sus bancos los recordaría con la sensación exacta de su dureza, más que advertirla por primera vez. Creo saber también qué profundidad darían las huellas de mis botas sobre su piso de tierra. Pasearía por ella como su huésped, más que como su vecino.
El mar sonaba tan próximo a la plaza, que la convertía en playa; que la limitaba con el mar. Era —no tuvo nunca fue— una playa abandonada, vestida con abalorios de plaza de provincia. Tenía la desolada desnudez fatal de la playa. Árboles y bancos, mirándose miedosos, llenábanla de una angustia muda, que se comunicaba a todo cuanto rozaba con ella.
Hasta mi escondite de la calle inmediata llegaba su caricia fría de plaza trágica. Su sombra desgraciada. La sutileza repugnante de un ala de pájaro adverso, construida con olores de pescadería, flores viejas, aguas podridas y excrementos humanos.


¡NO! ¡NO!

Una madrugada de noviembre desvaída y hosca, un hombre, extenuado de muchas noches de vigilia, se paseaba agitadamente entre las paredes de una habitación celular, monologando en voz alta.
He aquí sus palabras:
—¡No! ¡No! ¡No es eso! ¡Ni lo ha sido nunca! La ventana sigue en el sitio de siempre. Pasaban ayer bajo ella las horas. Era mayo, y había sombras largas en sus perfumados ocasos. Era febrero, y una luz senil tendía una cortina de encajes sobre una ociosa calleja. Y era agosto, con cálidas rosas sobre muros resolados. O noviembre, con cristales nublosos y siluetas imprecisas de unos espectrales amantes, como un escaparate de pascuas. La ventana empezó —¿qué febrero, qué mayo, qué agosto, qué noviembre?— a motivar preguntas misteriosas. Un perro huidizo fue muerto en un alba por una madrugadora carreta. Su cadáver permaneció varios días bajo la ventana ignorante. Fue otro día un sacerdote quien se abrió allí las venas. La gente empezó a mirar con superstición hacia la macabra ventana. Luego, ya, todo asesino vulgar, todo caprichoso suicida, era atraído hacia el tradicional escenario. Había de ser allí precisamente, aunque hubiera rincones más penumbrosos, plazas más solitarias, superiores encrucijadas. Esa muchacha que ha muerto hace apenas diez días, llevándose hasta el cielo el secreto de su destrozado cuerpo y de su cráneo fracturado, si se detuvo un instante, al morir, bajo una ventana iluminada, no fue para hacerse doble blanco de un puñal lanzado al aire y de un acelerado mazazo. No hacen falta relecciones de Poe ni sherlockhólmicas sutilezas. ¡Cuando Esquilo ya ha hablado, y ha hablado Shakespeare, y Lenormand ha hablado! Pero hay, en tanto, un enamorado infeliz entre bizquerías judiciales y lobregueces de una casa celular y sonar de llaves y horizontes enrejados. Ha perdido su ventana de tantos días. Ha perdido sus ocasos de mayo, sus encajes de febrero, sus rosas de agosto, sus encristaladas luces otoñales. ¿Qué ha tenido que ver con ese sacerdote, esa muchacha o ese perro? Habla ahora en voz baja, y suspira, y dice: «¡Señor!», con el mismo aire vaticinal que cuando era marco de su vida una ventana abierta sobre un callejón desolado. Llegará —va a llegar— el día de los birretes oscuros y las oscuras togas. Llegará —va a llegar— la oración leguleya y el ceremonioso fallo. ¡Y la ventana espera! He visto, por primera vez, unas tablas despintadas tras los envelados cristales. He visto unas flores reflejadas en su luna nueva. Está como muerta. Como recién apuñalada por la sanción de un perro hambriento, un cura paranoide y una misteriosa muchacha. ¡Si no por ese amante infeliz —soflamadas lenguas hermenéuticas, síes juratoriales, índices oficiantes— por la angustiosa soledad de la dolorosa ventana!



INVIERNO

PARADE

Realizaba con esto altivos sueños de los cincuenta años. Mi espalda comba, mi paso tembloroso y mi desmesurada calva medían bien los días aguardados.
¿Cuánto tiempo había permanecido cerrado el trágico balcón? Lo abrí vacilante, pensando que aún habría sobre las maderas huellas de sus manos. Todo seguía teniendo el mismo aire de entonces. Venía de la calle un conocido olor a humedad y a grasas. Los raíles de la vía brillaban bajo la luna con iguales reflejos. Iba y venía despaciosamente, la gorra en una mano, la sombra triste del guardagujas. Pasaron dos trenes aureolados de humo negro y de lamentos de sirena.
¿Habéis oído alguna vez a una orquesta de clownes tocando la «Valse poudrée», de Popy? La música y sus intérpretes van tan de acuerdo, está tan hecha la una para los otros que se piensa que más que de una expresión de letra ajena se trata de una instintiva improvisación.
Un pedazo de barrio anónimo solitario y tenebroso, solo paseado por trenes inclementes y carromatos de la madrugada, tenía que haber terminado preciso escenario de un crimen como el mío. Se había estado preparando durante largos años para mi primera salida de criminal improvisado. El debut de su héroe. Mi escena de amateur del asesinato.
Era, pues, mi vuelta, un poco la vuelta del hijo pródigo. Se adivinaba una ternura paternal latiendo en todas y cada una de las cosas que en aquellos momentos me rodeaban.
Yo había citado allí, aquella noche, a varios criminales desconocidos, con objeto de confrontar sus crímenes con el mío y poder deducir del cotejo calidades beneficiosas para mi crimen, a expensas de la supuesta inferioridad de los suyos.
Esto solamente me había llevado allí.
Mi retorno tenía una causa asentimental y única. No había venido a templar recuerdos —si se despertaron fue a pesar mío; me poseyeron ellos a mí y no yo a ellos— ni a desenterrar horas pasadas. Acudía a una cita expresa. Era el criminal número 10 que esperaba a sus nueve hermanos menores.

Fue como si lloviera esencia de jazmín en la calle. Luego como si la destilaran sobre mi propio rostro.
Así anunció su inmediata presencia el primer criminal.
Era este un jazminero corpulento. Florido hasta más allá de su posibilidad de floración. En él se habían refugiado las flores de cien jazmineros floridos. Se habían dado cita en él la noche histórica del crimen y, halagados de la hazaña, habían olvidado el retorno.
Imaginad ahora, por unos momentos, un jardín de palacio español del siglo diecinueve. Dan sobre este jardín varias ventanas. Una de ellas cabalga sobre un huesudo y alto jazminero.
He aquí el escenario elemental del crimen.
Fue la víctima una joven de diecisiete años, que dormía confiadamente el último sueño de las vírgenes morenas.
Su cadáver conservó durante muchos días la sonrisa inconfundible de los que mueren intoxicados con perfumes.
En el crimen estuvieron complicados una doncella de la víctima, que rompió alevosamente el día de autos un cristal de la alcoba de su ama, y varios faroles vecinos, cooperadores conscientes en el asalto de la casa.
Nadie como este singular jazminero ha lastimado más hondamente mi vanidad de criminal intacta.
Me irritaba, más que el pavoneo, el olor a perfumería y la falsa floración, su evidente capacidad de perpetrador de un crimen de tan extraña belleza.
(Unos días después, escribía la «Carta a Gustavo Adolfo Bécquer», inclusa en mi Segundo epistolario. A ella pertenecen estos significativos fragmentos:
«Usted únicamente, Gustavo Adolfo Bécquer, novio de todas las muertas bonitas. Ningún otro que usted ha podido ser el inspirador de ese crimen…».
«Su barba suave y sus ojos del Sur han andado mezclados en este bello cuento…».
«Usted amortajó el cuerpo de la víctima. La llamó ángel andaluz entre ayes de su musa de sangre. Usted siguió a distancia el coche del entierro y lloró enternecido sobre la tumba alunada…»).

El segundo criminal era una cuna de caoba, oscura, pesada y fea, con un ingrato aire de transición entre pesebre de corral y coche de tiovivo.
Una noche, cuando más feliz era el sueño de un niño recién nacido que dormía sobre ella, dio, haciendo con esto un desmesurado esfuerzo, una violenta vuelta de campana, y apretó fuertemente a la tierna criatura bajo su vientre acolchonado. En esta criminal posición permaneció hasta las primeras horas del próximo día, en que, convencida de la muerte de su víctima, tornó a abrir de nuevo su gran boca bajo los cielos recientes, convirtiéndose entonces de infanticida en lecho del infanticidato.
Su crimen lo condecoraba de un halo de flores blancas, músicas celestes y angelitos retozadores.

¿Quién iba a imaginarse que pudiera ser así el cuerpo normal de un rayo en descanso?
He aquí que mis ojos se habían detenido esta vez ante el tercer asesino.
Era una desproporción ingeniosamente conseguida lo que informaba la especial anatomía de aquel repugnante engendro asteróidico, que olía a humanidad, a fábrica de luz eléctrica, a carbón vegetal y a excremento de perro.
Tenía de persona, animal y árbol, en partes desiguales. Estaba animado de una conciencia mecánica extraordinaria.
Al pavor que producía su presencia se sumaba una sutil repulsión espeluznante muy próxima a lo que puede ser el horror metafísico.
En su crimen andaba un joven de veinticuatro años, hijo único de viejos campesinos, que había terminado hacía dos días su carrera de ingeniero electricista.
Supuso varias cosas probables. Que el joven ingeniero iba a llenar de pararrayos los campos. Que venía a quitarle su libertad de rayo silvestre, a llevarle por cauces fijos, a señalarle rutas, a sujetarle con riendas de acero.
Le acechó en una esquina del paisaje, y cayó sobre él y su caballería, carbonizándolos bárbaramente.
No satisfecho acaso, hizo restallar aún al día siguiente su látigo rojo sobre los cielos del entierro.
Encontraba en su crimen de defensa personal lenitivos para su pobre espíritu errante, que más le hacían desapacible e intransitable.
Era, a pesar de todo, un vulgar asesino de ocasión, que otro día podría ser igualmente víctima.

¿Os acordáis de la misteriosa desaparición de los senos de un busto de jardín público ocurrida hace algunos años en una apacible capital andaluza?
El suceso entretuvo durante varios días los mejores ocios del comentario periodístico. Las soluciones oscilaron de la venganza política a la broma perversa. Nadie sospechó ni estableció relaciones entre la doble amputación y un doble fallecimiento cercano: el de dos niños gemelos, biznietos de la deseñada heroína.
El cuarto asesino que apareció ante mí no era otro que este busto de plaza del Sur, tal como lo había yo visto en las revistas gráficas ilustradoras del anónimo accidente.
Parece que todos los anocheceres salían de su casa los niños gemelos, con el único y premeditado objeto de masturbarse a la sombra de los altos senos del busto de la bisabuela.
Ella premió, al fin, la infantil hazaña diaria dejándoselos caer sobre sus cabecitas rubias, que habrían de marchar la tarde siguiente camino de otros jardines más bellos. La meningitis se había presentado a medianoche, entre sollozos de una mujer desnuda, correr de criadas y timbres de teléfono.
El busto de la dama andaluza estaba demasiado orgulloso de su crimen, que había quedado impune por un fortuito olvido del jardinero, que había dejado destapada una alcantarilla próxima al asesinato.
En ninguno de los varios descubrimientos de senos de mármol, durante obras de alcantarillado, he intervenido yo para nada. He guardado hasta hoy, candorosamente, el secreto, con la misma preocupación que si de cosa mía se tratara. Si en mi fichero íntimo aparece el crimen del busto bajo el signo de Olalla Pineda, ya sabéis por qué he traído este santo nombre y por qué he evitado, también, el verdadero.


DIARIO A LA SOMBRA DE UNA BARCA

13 de enero

Los barrios marineros de los puertos del mediterráneo están hoy demasiado vigilados para que pudiera terminar bien mi aventura. Eso es todo. Mi parada se quebró en sus mitades. Se agostó su fin, como sueño interrumpido. Quedaron allá, en la blanca alcoba del crimen, esperando revolver de mis ojos, y entre dorados cascos policíacos, un caballo de cartón, asesino de su infantil dueño; un cable eléctrico, electrocutador de un viejo cochero; un guerrero de cuadro histórico, que apenas dio, para asesinarle, tiempo a su pintor, a que terminase de pintarle su espada; una hoja Gillette, autora de milagrosas sangrías; un sexagenario pene, violador y asesino, a la vez, de una niña de siete años.
Fue todo tan imprevisto, estaba yo tan lejos del mundo, tan cerca de Dios o tan vecino de los ángeles, que me es imposible poder reconstruir ahora cómo sucedió todo aquello.
Me admira aún la fría habilidad con que pude burlar una persecución tan astuta. Me tiemblan todavía las piernas. Me zumban espantosamente los oídos. Vivo oculto, desde hace cuatro días, en el fondo de una barca encallada en una solitaria marisma, visitado solo cada noche por un horrible marinero noruego que me trae pan, esperanzas de fuga, fruta pasada y rosas rojas.
De este marinero espero mi liberación, que se alarga ya demasiado. No duermo. Apenas como. El ruido igual y constante del mar sobre un viejo rompeolas cercano terminará volviéndome loco, si antes no me hago un ataúd con mi barca o me dejo tragar por los tiburones.

18 de enero

Anoche he visto, sobre una luna en menguante, una rubia Virgen del Carmen. Tenía un gran escapulario marrón y unos azules ojos maternales. Ella misma me ha anunciado mi próxima liberación sobre una hermosa nave de plata.

19 de enero

Desde el amanecer acecho inútilmente, a través de una ancha rendija abierta entre dos tablas de la barca, el paso imperioso de una nave.
Espero que esta noche se resolverá tal vez todo. Confío, más que en el marinero noruego, en la próxima luna. El mar se confundirá de pronto con el cielo, y serán los vientos del Este mis huéspedes, y mi barca la luna naciente. Podré ir desnudo sobre ella, dueño de mis barbas floridas, timonel de sus cuernos, blanco como ella y como ella sin patria. Será un viaje feliz de no sé aún qué remota Citerea. Preveo que todo sucederá tal como lo pienso.

20 de enero

Blanca como el barco que me salve era aquella blanca muchacha. ¿Quién desnudó su cuerpo? ¿Quién lo arrojó en el aire?
Yo vi su entierro de joven desposada. ¿No toqué acaso sus enrojecidas carnes?
No sé su nombre, ni el color de sus cabellos, ni el timbre de su alma. Habrá sin duda una pequeña lápida, perdida entre flores de un cementerio de barrio.
Blanca como el barco que me aguarda. Solo sé que era blanca; pero que después fue roja. ¿Quién ha dicho que yo era su marido, que yo la amé, que tuve un hijo con ella?
¡Aaaaaaaaaaah! Aúlla el mar otra vez. Sí. Rompe ya el viejo rompeolas. Llévate luego la playa y mi barca.
No espero nada de ti, horrible noruego.
No espero nada de tus sangrientas manos ni de tus promesas odiosas. Guárdate tus brazos de remador. Guárdate tus marineras experiencias.
Yo tengo ya mi barco de plata.
Ya está ahí. Antes que tú, noruego. Cuando llegues, ni estará la barca vacía ni me encontrarás acaso en la barca. Yo he clavado sus marchitas tablas y he puesto escayola en las roturas y he compuesto sus remos y la he aparejado para el viaje. Mira la marisma solitaria, el oleaje del mar y la estela de mi marcha.
Cómete tu pan, robado en no sé qué odiosa tahona. Cómete tu fruta —horrible noruego— y tus rosas.




EPÍLOGO

EN LA ISLA DE LAS MALDICIONES

Esta isla lejana, en la que ahora vivo, es la isla de las maldiciones.
Bulle a mi alrededor un mar adverso, de un azul blanquecino, que se oscurece en un horizonte marchito, vacío de velas latinas y de chimeneas trasatlánticas. Hay bajo mis pasos una masa de tierra parda bajo puñales curvos de cactus, higueras mórbidas y aulagas doradas. Sobre unas rocas frontales se desmayan las sombras violeta de unas garzas.
Yo, el hijastro de la isla. El aislado.
Asisto a la apertura del naufragio más largo de los siglos. El anunciado tiernamente por el Apocalipsis. Aquel en que el sol se inmoviliza de pronto, o en que su paso es tan tímido que la vista o no acierta a seguirlo o apenas si lo advierte.
Presiento que no se va a acabar nunca este ocaso, medido como por un gran reloj cuyo péndulo corriera lentamente en cada oscilación millares de kilómetros. Pendientes de él hay un nacimiento de aventura, un huevo en flor y una pistola engatillada.
«Y yo no he traído hasta aquí —escribo— ni sus muslos de nieve, ni sus manos hábiles, ni siquiera sus ojos desmesuradamente abiertos dentro de un estuche sin leyenda…».
Vaga en el aire un alto oro de ausencia, como vigilia de alma en pena, o sueño de niño agonizante, en lucha silenciosa con el paisaje y sus recuerdos.
De quebrados rincones llegan ecos de alcobas secretas sobre jardines enlunados; de balcones entreabiertos a noches profundas; de voces impotentes de náufragos; de bancos solitarios donde yacen cadáveres de niñas recién asesinadas; de hombres que corren por una calle larga en cuyo fondo hay un cuchillo ensangrentado, un joven muy pálido y muchos angustiosos gritos de hambre.
¿De dónde ha caído esa luz en que se han quemado mis manos y las cartas donde mi único secreto vivía entre estremecidos temblores agobiantes?
¿Quién es esa mujer que se ha arrojado al mar para no tener que desnudarse más ante marineros, comerciantes y soldados, tan frágil y blanca, que su cuerpo, un momento sobre el agua, se confundió con la espuma marina y con la estela de la luna y con las alas de las gaviotas?
¿De dónde ha venido ese grito que ha interrumpido de pronto la tarde y ha hecho volver a un mismo tiempo todos los ojos y todas las manos hacia un mismo punto vago y distante?
¿Y de quiénes son esos cadáveres que ha tendido la última marea sobre las playas del alba y de quiénes esas coronas de rosas y esos pasos silenciosos sobre la arena en sombra?
Yo, el hijastro de la isla. El aislado.
Asisto a la apertura del naufragio más largo de los siglos. Aquel que el golpear del pico de un cuervo lo mide sobre el corazón de una virgen, y del que hay pendientes amarguras, óleos y sueños.
Cuando me asome, una noche, al espejo, con un candelabro encendido entre las manos, veré amanecer tras el cristal mi imprevista vejez precipitada por una lívida tarde sin proa.
Me voy hundiendo, atropelladamente, en un ocaso, que se hace cada vez más hondo, precedido por la ávida cita de una estrella.
Una mañana me despertaré huésped de mis alas maltrechas y no volveré a dormirme, con ellas, acaso.

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