Martin Eden (VIII)

Jack London










CAPÍTULO XVIII

EL lunes por la mañana, Joe gruñó al recibir el primer cargamento de ropa.

—Oye… —comenzó a decir.
—¡No me hables! —replicó Martin.
—Lo siento, Joe —rogó al mediodía, cuando iban a comer.

Los ojos del otro se llenaron de lágrimas.

—No importa, viejo —exclamó—. Estamos en el infierno y no hay quien nos ayude. Y conste que te aprecio mucho. Eso es lo que me dolió. Me caíste bien desde que te conocí.

Martin le estrechó la mano.

—Dejemos esto —propuso Joe—. Dejémoslo y vámonos por ahí, como vagabundos. Nunca lo he hecho, pero debe ser muy fácil. Sin nada que hacer. ¡Piénsalo; sin nada que hacer! Una vez estuve enfermo de fiebre tifoidea, y me enviaron al hospital. Era estupendo. Quisiera estar enfermo otra vez.

La semana fue transcurriendo. El hotel estaba atestado y las prendas delicadas les llovían de continuo. Hicieron prodigios de habilidad y de esfuerzos. Trabajaban cada noche, con luz eléctrica, se saltaban las comidas e, incluso, le dedicaban media hora antes del desayuno. Martin ya no se bañaba en agua fría. Había que superarse de continuo, a cada minuto, y Joe era como un pastor que vigilara los momentos, cuidándolos con atención, contándolos igual que un avaro cuenta el oro, trabajando en una especie de frenesí, como una máquina enloquecida, a la que ayudaba aquella otra máquina, que en cierta época creyó ser Martin Eden, un hombre.

Éste sólo lograba pensar en algunos breves instantes. La mansión de las ideas estaba cerrada, con las ventanas clavadas, y él no era más que el vigilante. Se había convertido en una sombra. Joe estaba en lo cierto. Ambos no eran más que sombras y la lavandería constituía el infinito limbo del trabajo. ¿Acaso era un sueño? A veces, en medio de aquel insoportable calor, mientras pasaba las planchas sobre las ropas blancas, a Martin se le ocurría pensar que quizá sólo se tratase de un sueño. En breve, o, quizá, dentro de mil años, iba a despertarse en su diminuto cuarto, con la mesa manchada de tinta, para seguir escribiendo. O puede que también eso hubiera sido un sueño y que le llamasen al cambio de guardia, en que saltaría de su litera del castillo de proa, dirigiéndose a cubierta, bajo las estrellas tropicales, donde empuñaría el timón y sentiría cómo los alisios se le clavaban en la carne.

Llegó el sábado, con su triste victoria a las tres de la tarde.

—Me parece que me voy al pueblo a tomarme una cerveza —dijo Joe en el monótono tono de voz que señalaba el desfallecimiento semanal.

Martin pareció despertar de improviso. Fue a su cuarto para limpiar y engrasar la bicicleta. Joe estaba a medio camino de la taberna cuando vio pasar a Martin, inclinado sobre el manillar, pedaleando rítmicamente, dispuesto para cubrir setenta millas de camino, de grava y de polvo. Durmió aquella noche en Oakland y, a última hora del domingo, volvió a cubrir las setenta millas de vuelta. El lunes comenzó su trabajo ya cansado. Pero se había mantenido sobrio.

Pasó una quinta semana y una sexta, durante las que Martin vivió y trabajó como una máquina, conservando tan sólo una chispa en su interior, un débil destello de alma, que le impulsaba cada fin de semana a un viaje de ciento cuarenta millas. Pero eso no era descansar. Constituía un medio mecánico para mantener despierto lo que en él quedaba de su antigua existencia. Al final de la séptima semana, sin pretenderlo, demasiado débil para resistirse, se fue al pueblo con Joe, para ahogar la vida y, así, hallar la vida hasta el lunes por la mañana.

De nuevo, en los fines de semana, recorría las ciento cuarenta millas, venciendo el embotamiento de un esfuerzo excesivo con el embotamiento que producía un esfuerzo aún mayor. Al cabo de tres meses, fue por tercera vez al pueblo y, al volver a la vida, vio la bestia en que se estaba convirtiendo, no a causa de la bebida sino del trabajo. La bebida era el efecto, no el motivo. Seguía inevitablemente al trabajo, como la noche sigue al día. El whisky le indicó que no era convirtiéndose en bestia de trabajo como conquistaría las alturas. Martin estuvo de acuerdo. El alcohol era sabio. Revelaba muchos secretos.

Pidió papel y lápiz e invitó a todo el mundo y, mientras los demás bebían a su salud, se apoyó en el mostrador para escribir.

—Un telegrama, Joe —dijo—. Léelo. Joe obedeció con una sonrisa aturdida, de borracho. Pero lo que leyó pareció serenarle. Contempló a su amigo con aire de reproche, al tiempo que las lágrimas afluían a sus ojos y le caían por las mejillas.
—¿No irás a abandonarme, verdad, Martin? —preguntó angustiado.

Martin asintió, llamando luego a uno de los camareros para que cursara el mensaje. —¡Espera! —rogó Joe—. Déjame pensar. Se apoyó en el mostrador, porque las piernas se le doblaban. Martin le sostuvo, dándole tiempo a que meditase.

—Que sean dos los despidos —dijo de pronto—. Yo lo arreglaré.
—¿Por qué te despides? —indagó Martin.
—Por lo mismo que tú.
—Yo me voy al mar. Tú no puedes.
—No —repuso el otro—, pero puedo ser un vagabundo.

Martin se le quedó mirando un instante y, luego, exclamó:

—¡Por Dios, que tienes razón! Más vale ser un vagabundo que una bestia de trabajo. ¡Por lo menos vivirás! Y es mucho más de lo que has hecho hasta ahora.
—Una vez estuve en el hospital —corrigió Joe—. Fue estupendo. Fiebre tifoidea. ¿Te lo he contado?

Mientras Martin corregía el telegrama, Joe siguió:

—En el hospital nunca sentía deseos de beber. Es raro, ¿no te parece? Pero cuando trabajo toda la semana como un esclavo, tengo que emborracharme. ¿No te has fijado en que los cocineros beben más que un demonio; igual que los panaderos? Es por su trabajo. No les queda otro remedio. Oye, yo pago la mitad del telegrama.
—Echémoslo a suertes —propuso Martin.
—Vamos, todos a beber —invitó Joe, mientras lanzaban los dados sobre el mostrador.

El lunes por la mañana, a Joe aún le duraba el entusiasmo. No le importaba la jaqueca ni se interesaba por su trabajo. Rebaños y manadas de momentos se perdían, mientras el indiferente encargado contemplaba, a través de la ventana, el sol y los árboles.

—¡Míralo! —exclamó—. ¡Todo mío! Es gratis. Puedo tenderme a la sombra y dormir durante mil años, si quiero. Anda, Martin, vamos a dejarlo. ¿Para qué esperar más? Ahí fuera está el país del ocio y ya tengo el billete, sin la vuelta.

Minutos después, mientras echaba la ropa sucia en la lavadora, Joe descubrió la camisa del gerente del hotel. Con plena consciencia de la libertad, la arrojó al suelo y comenzó a patearla.

—¡Así estuvieses dentro, cerdo holandés! —gritó—. En este momento y donde la tengo ahora. ¡Toma eso y eso y maldito seas! ¡Sujetadme, sujetadme!

Martin se echó a reír, obligándole a que trabajase. El martes por la noche, llegaron los nuevos operarios e invirtieron el resto de la semana en ponerles al corriente. Joe, cómodamente sentado, se limitó a enseñarles su sistema, pero no movió ni un dedo.

—Ni golpe, ni golpe —afirmaba—. Pueden despedirme si quieren, pero, en ese caso, renunciaré. No quiero más trabajo, muchas gracias. Para mí, la sombra de los árboles y la carretera. ¡A la faena, esclavos! ¡Eso es sudar! Y, cuando llegue la muerte, os pudriréis igual que yo y, entonces, ¿qué puede importar cómo se ha vivido? Decídmelo, ¿qué importa a la larga?

El sábado cobraron su paga y llegó el momento de separarse.

—¿Vale la pena que te pida que cambies de opinión y vengas conmigo? —indagó Joe sin mucha esperanza.

Martin negó con la cabeza. Tenía ya dispuesta la bicicleta, a punto de marcharse. Se estrecharon la mano, que Joe retuvo un instante, mientras le decía:

—Volveremos a vernos, Martin, antes de morir. Eso es seguro. Lo siento en los huesos. Adiós, chico, y pórtate bien. Sabes que te aprecio.

Se quedó en el centro de la carretera, triste y solitario, contemplando a Martin, hasta que el marino desapareció en una curva.

—Ése es un buen chico —murmuró—. Un buen chico.

Luego, echó a andar hacia el tanque de agua, junto al que media docena de vagabundos descansaban en la hierba, esperando el tren.


CAPÍTULO XIX

RUTH y su familia habían vuelto a casa, y Martin, al regresar a Oakland, la vio con frecuencia. La muchacha había obtenido su título, por lo que ya no estudiaba, y Edén, agotada por el trabajo toda la vitalidad de su cuerpo y de su mente, no escribía. Esto les permitió disponer de más tiempo del que nunca habían tenido, por lo que su intimidad aumentó.

Al principio, Martin no hizo nada. Durmió mucho y pasó largas horas pensando y meditando. Semejaba reponerse de alguna calamidad. Los primeros síntomas de recuperación fue al notar que sentía mayor interés por los periódicos. Luego, volvió a leer, novelas ligeras y poesía, y poco después, se enzarzaba nuevamente con el abandonado Fiske. Su magnífico cuerpo y su salud generaron la necesaria vitalidad, ya que poseía toda la resistencia de la juventud.

Ruth no pudo ocultar su desilusión cuando él le anunció que volvería al mar en cuanto hubiera descansado lo suficiente.

—¿Por qué se marcha? —quiso saber la muchacha.
—Por dinero —fue la respuesta—. Tengo que reunir una reserva para mi próximo ataque a los editores. El dinero es la fuente de la guerra y, en mi caso, el dinero y la paciencia.
—Pero, si sólo quiere dinero, ¿por qué no se quedó en la lavandería?
—Porque allí me convertía en una bestia. El trabajo excesivo empuja a la bebida.

Ella le miró, con una expresión de horror.

—¿Quiere decir que…?

A Martín le hubiese resultado fácil desviar la cuestión, pero era sincero por naturaleza y, además, recordó su decidido propósito de decir siempre la verdad, pasara lo que pasara.

—Sí —respondió—. Eso es. Varias veces.

La muchacha, con un estremecimiento, se apartó.

—Ninguno de los hombres que he conocido hizo nunca eso; nunca.
—Entonces es que ninguno trabajó en la lavandería —dijo él con amargura—. El trabajo es bueno. La salud del hombre lo necesita, según afirman los predicadores, y el Cielo sabe muy bien que a mí nunca me ha asustado. Pero, a veces, lo bueno resulta excesivo y eso es lo que ocurre en la lavandería. Por tal motivo, vuelvo al mar. Creo que va a ser mi último viaje, ya que, cuando regrese, me abriré camino en las revistas. Estoy seguro.

Ruth guardó un silencio frío y Martin la contempló en silencio, dándose cuenta de lo imposible que a ella le era comprender lo que tuvo que soportar.

—Algún día escribiré La degradación del trabajo o Psicología de la bebida en la clase obrera o un título parecido.

Jamás, desde su primer encuentro, se habían sentido tan lejos uno de otro como aquel día. La confesión de Martin, provocada por un espíritu de rebeldía, la había repelido. Sin embargo, la horrorizaba más la repulsión en sí misma que sus causas. Le indicaba a la muchacha cuánto se había interesado en él, lo que, una vez aceptado, abrió el camino para una mayor intimidad. También se le despertaron a Ruth la piedad e idealísticos propósitos de reforma. Iba a salvar a aquel muchacho áspero, que tanto había adelantado. Iba a salvarle de la maldición de su ambiente originario y de sí mismo y a pesar de sí mismo. Todo esto le parecía una actitud muy noble, sin que soñara que, detrás y bien oculto, estaban los celos y los deseos del amor.

Paseaban mucho en bicicleta, aprovechando el delicioso clima otoñal, y en las colinas leían poesía en voz alta, alternándose, pero siempre poesía muy elevada, que mejoraba los sentimientos y las ideas. Renuncia, sacrificio, paciencia, diligencia y esfuerzo eran los principios que la muchacha predicaba indirectamente, abstracciones que, en su mente, inculcaron su padre, Mr. Butler y Andrew Carnegie, el cual se había convertido, de un humilde inmigrante, en el gran librero del mundo.

Todo esto lo apreciaba y gozaba Martin. Seguía ahora con mucha más claridad el proceso mental de Ruth y su alma ya no le resultaba una incógnita. Se encontraba a su misma altura intelectual. Sin embargo, los puntos de divergencia no afectaban su amor. Éste se hacía mucho más ardiente que nunca, pues la amaba por lo que era, e incluso su fragilidad física añadía un nuevo encanto a sus ojos. Había leído algo acerca de la enfermiza Elizabeth Browning, que pasó años sin poner los pies en el suelo hasta el día de la llama, en que se escapó con Browning y pudo mantenerse erecta sobre la tierra y bajo el cielo. Lo que con ella hizo Browning, Martin estaba decidido a hacerlo con Ruth. Pero antes, ella debía amarle. El resto sería fácil. Le iba a dar fuerza y salud. Vio algunos retazos de su vida en años venideros, en los que, sobre un fondo de trabajo, comodidad y bienestar general, leía y discutía poesía con Ruth. La muchacha, en el suelo, recostada sobre varios almohadones, declamaba versos en voz alta. Ésa era la clave de la vida que llevarían. Siempre veía esa misma imagen. En ocasiones, era él quien leía, enlazándola por la cintura, mientras la muchacha le apoyaba la cabeza en el hombro. Otras, recorrían juntos las páginas impresas. Pero, además, a ella le agradaba la Naturaleza y, con generosa imaginación, cambiaba el escenario de sus lecturas. En ocasiones, la situaba en valles cerrados por altas paredes o en verdes prados, situados en las cimas de las montañas, y, asimismo, sobre dunas de arena. También lo imaginaba en islas del trópico, donde las cataratas se iban convirtiendo en neblina, llegando al mar como si fuesen olas de vapor, que ondulaban al impulso del viento. Sin embargo, siempre en primer plano, cual señores de la belleza, estaban él y Ruth, leyendo ininterrumpidamente, y, en el fondo, pero, sobre todo, en el trasfondo, se hallaban su trabajo, el éxito y el dinero, que les hacían libres del mundo y de sus tesoros.

—Debería recomendar a mi hijita que tuviese cuidado —le dijo su madre a Ruth una tarde.
—Sé a lo que te refieres. Pero eso es imposible. Él no pertenece…

Ruth se ruborizaba, pero era un rubor virginal, provocado por aquella primera discusión acerca de cosas de la vida que una madre también considera sagradas.

—A tu clase —añadió Mrs. Morse.

Ruth asintió.

—No quería decirlo, pero es la verdad. Se trata de un hombre rudo, brutal y fuerte… demasiado fuerte. Su vida…

Titubeó y no pudo continuar. Constituía una nueva experiencia el tratar de estos asuntos con su madre. Y fue nuevamente ésta la que acabó la frase.

—Lo que quieres decir es que su vida no ha sido limpia.

Ruth asintió otra vez y, nuevamente, se ruborizó.

—Eso es —dijo—. No es culpa suya, pero ha jugado demasiado con…
—¿Con el cieno?
—Sí, con el cieno. Y me asusta. En ocasiones me causa terror, cuando habla con tanta naturalidad de las cosas que ha hecho, igual que si no tuviesen importancia. ¿Verdad que la tienen?

Estaban sentadas, enlazándose por la cintura, y en aquella pausa su madre le acarició la mano.

—Pero me interesa mucho —siguió la muchacha—. En cierto modo, es mí protegido. Además, es mi acompañante, aunque sería mejor decir mi amigo. Una mezcla de todo. A veces, cuando me asusta, me da la impresión de ser un bulldog, con el que me distraigo como otras chicas, y que me enseña los dientes y quiere soltarse.

De nuevo esperó la madre.

—Supongo que me interesa igual que lo haría un bulldog. Y en él hay muchas cosas buenas. Pero otras no me gustarían si… fuésemos de distinto modo. Lo he pensado mucho. Es mal hablado, fuma, bebe y se ha peleado con las manos. Así me lo ha confesado y, además, le gusta, según él mismo dice. Es todo lo que no debe ser un hombre, sobre todo el que yo elija como… —Bajó a voz para añadir—… como marido. Por otra parte, es demasiado fuerte. Mi príncipe debe ser alto, esbelto y moreno, un príncipe gracioso y agradable. No, no hay peligro de que me enamore de Martin Eden. Sería la peor desgracia que pudiera ocurrirme.
—Pero no era de eso de lo que quería hablarte —dijo su madre a modo de excusa—. ¿Has pensado en él? No te conviene en absoluto pero ¿y si se enamora de ti?
—Ya lo está.
—Era de esperar —comentó Mrs. Morse con suavidad—. ¿Cómo podía ser de otro modo con los que te conocen?
—¡Olney me odia! —exclamó la muchacha con pasión—. Y yo le odio a él. Me pongo en guardia en cuanto le veo. Y tengo ganas de mostrarme desagradable, aunque no lo sea con los otros.

Y él siempre lo es conmigo. Con Martin Eden me siento feliz. Nadie me había querido antes; me refiero a un hombre. Y es agradable que te quieran de ese modo. Sabes a lo que me refiero, mamá, es bonito sentirse de veras mujer. —Ocultó la cara en el regazo de su madre con un sollozo—. Te pareceré un monstruo, ya lo sé, pero prefiero ser sincera y decirte lo que siento.

Mrs. Morse se sintió, a la vez, extrañamente feliz y triste. Su bija niña, que era bachiller en artes, había desaparecido, pero en su lugar encontraba a una hija mujer. El experimento dio resultado. El extraño vacío en la naturaleza de Ruth se había llenado, sin peligros ni riesgos. Aquel rudo marinero fue el medio y, aunque Ruth no le amaba, la hizo tomar consciencia de su condición de mujer.

—Le tiembla la mano —siguió explicando Ruth, con la cara aún oculta a causa de la vergüenza—. Resulta divertido y ridículo, pero me da mucha pena. Y cuando lo veo así, pues le doy consejos acerca del modo como debe enmendar cuanto ha hecho. Sé que me adora. Sus ojos y sus manos no mienten. Me hace sentir mujer con sólo pensarlo. Siento que poseo algo muy mío, que me hace igual a las otras chicas y mujeres. Pero también sé que antes no era igual a ellas y que a vosotros os preocupaba. Creísteis que no me había dado cuenta, pero lo supe siempre y quería… «hacerlo bien», como dice Martin Eden.

Fue una hora decisiva para la madre y la hija, y los ojos se les humedecían conforme hablaban en la penumbra. Ruth se expresaba con enorme inocencia, mientras su madre, atenta y comprensiva, se limitaba a explicar y a guiarla.

—Tiene cuatro años menos que tú —le dijo—. Y no pertenece a tu mundo. Carece de posición e, incluso, de sueldo. No es práctico. Puesto que te quiere, en nombre del sentido común, debería hacer algo que le diese el derecho a casarse, en vez de perder el tiempo con la literatura y con sus sueños. Me temo que Martin Eden no madurará nunca. No acepta sus responsabilidades, trabajando como lo hizo tu padre o todos sus amigos; Mr. Butler, por ejemplo. También me temo que Martin Eden nunca ganará dinero. Y el mundo está ordenado de un modo que el dinero es necesario para la felicidad. No, no me refiero a esas grandes fortunas, sino a lo suficiente para permitirnos una razonable comodidad y una vida decente. ¿No te ha hablado nunca?
—Nunca, ni una sola palabra. No lo ha intentado siquiera, pero, de hacerlo, no se lo permitiría, porque yo no le quiero.
—Me alegro. Me dolería que mi hija, mi única hija, tan limpia y tan pura, se enamorase de un hombre como ése. Hay muchos hombres en el mundo, limpios, dignos y viriles. Espera. Algún día conocerás a uno, os enamoraréis y seréis felices como tu padre y yo. Otra cosa debes tener siempre en cuenta…
—Sí, mamá.

Mrs. Morse suavizó la voz para decir:

—Los hijos.
—He… pensado mucho en ellos —confesó Ruth recordando ciertas cosas. La ruborizaba estar hablando de eso con su madre.
—Son precisamente los hijos los que anulan a Mr. Eden —insistió Mrs. Morse—. Su herencia debe ser limpia, y me temo que la suya no lo sea. Tu padre me ha contado cosas de la vida de los marineros y… Tú me comprendes.

Ruth oprimió la mano de su madre en señal de asentimiento, segura de haber comprendido, aunque sólo concebía algo remoto y terrible, que estaba mucho más allá de su imaginación.

—Sabes muy bien que nada hago sin decírtelo —advirtió—. Pero debes preguntármelo, como ahora has hecho. Quería explicártelo, pero no sabía cómo. Sé que se trata de falsa modestia, pero tú puedes facilitarme las cosas. De vez en cuando, pregúntame, dame una oportunidad. ¡Tú también eres mujer, mamá! —exclamó exaltada, mientras se ponían en pie, mirándola en la penumbra y sorprendida por aquella afinidad—. Nunca lo hubiese pensado de no haber hablado como ahora. Para comprenderlo, he tenido que descubrir que yo lo soy.
—Las dos somos mujeres —le dijo su madre, al tiempo que la besaba—. Las dos somos mujeres —repitió cuando salían de la habitación, enlazadas por la cintura y animadas por un nuevo compañerismo.
—Nuestra niña se ha convertido en mujer —le dijo orgullosamente Mrs. Morse a su marido una hora más tarde.
—Eso significa —comentó él tras contemplar a su esposa— que está enamorada.
—No, pero sabe que la aman —le respondió con una sonrisa—. El experimento ha dado resultado. Al fin despertó.
—Entonces, deberemos librarnos de él —comentó Mr. Morse secamente.

Pero su esposa negó con la cabeza.
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—No va a ser necesario. Ruth me ha dicho que va a embarcarse dentro de poco. Cuando regrese, no la encontrará aquí. La enviaremos a casa de su tía Clara. Además, un año en el Este, con el cambio de clima, de gente y de ideas, va a ser cuanto necesite.


CAPÍTULO XX

A Martin volvía a dominarle el deseo de escribir. En su mente, se agitaban relatos y poemas, que buscaban crearse, y tomaba notas con vistas al día en que iba a darles expresión. Pero no escribía. Estaba de vacaciones, que decidió dedicar al descanso y al amor, y en ambas cosas se desenvolvía bien. Recobró su antigua vitalidad y veía a Ruth a diario. Al encontrarse, la muchacha experimentaba, de nuevo, la impresión de su fuerza y de su salud.

—Ten cuidado —la advirtió otra vez su madre—. Me temo que tratas demasiado a Martin Eden.

Pero Ruth se sentía muy segura. Tenía confianza en sí misma y, además, Martin iba a embarcarse en breve. Cuando regresara, ella se encontraría en el Este. Pero, sin embargo, había cierto encanto en la fuerza y en la salud de Eden. También a Martin le habían informado de aquel viaje al otro extremo del país y sentía la necesidad de apresurarse. Sin embargo, no sabía cómo debe cortejarse a una muchacha de aquella clase. Además, lo complicaba todo su mucha experiencia con otras muy distintas. Éstas, sabían lo que eran el amor y la vida y se mostraban coquetas, mientras que Ruth lo ignoraba todo. Su prodigiosa inocencia sobrecogía a Martin, helando en sus labios toda frase apasionada, convenciéndole, a pesar de sí mismo, de que no era digno de ella. Tenía, también, otro inconveniente. Martin no había estado enamorado nunca hasta entonces. Le gustaron muchas mujeres en su época de marinero y se sintió fascinado por algunas, pero a ninguna amó. Supo atraerlas, sin preocuparse demasiado. Fueron simples diversiones, parte del juego varonil, pero no la más importante. Y, ahora, por primera vez, era él quien suplicaba, y se mostraba tierno y tenía dudas. No sabía cómo expresar sus sentimientos y le asustaba la inocencia de su amada.

Martin, conforme se familiarizaba con un mundo desconocido, en continuo cambio, aprendió la regla de que, al intervenir en un nuevo juego, había que dejarle la iniciativa al oponente. Esto le resultó útil en infinitas ocasiones, entrenándole, además, como un buen observador. Sabía la forma de estudiar un fenómeno con el que no estuviese familiarizado y esperar el momento de debilidad, para abrirse paso. Era igual a los primeros tanteos en un combate pugilístico. Y, cuando la ocasión se presentaba, la experiencia le había enseñado a lanzarse a fondo.

Por tanto, en el caso de Ruth, esperó, deseando descubrir su amor, pero sin atreverse. Temía desagradarla y no estaba seguro de sí mismo. Aunque lo ignoraba, Martin iba por el buen camino. El amor vino al mundo antes que el idioma articulado y, durante su infancia, aprendió formas y medios que jamás olvidara. Martin cortejaba a Ruth en ese estilo primitivo. En un principio, no se dio cuenta de que lo hacía, aunque luego lo adivinase. El contacto de su mano sobre la de la muchacha tenía mayor potencia que cuantas palabras pudiese decirle, la impresión que a ella le causaba su fuerza era más seductora que los poemas impresos o los discursos apasionados de miles de generaciones de amantes. Lo que expresase su lengua, afectaría al juicio de Ruth, pero el contacto de su mano, por muy furtivo que fuese, iba directamente a sus instintos. Los juicios de Ruth tenían su misma edad, pero los instintos eran tan antiguos como su raza y aún más. Fueron jóvenes al mismo tiempo que el amor y eran más sabios que los convencionalismos, que las opiniones y que todo lo nuevo. Por tanto, sus juicios no intervinieron. No había razón para que lo hiciesen y Ruth no se dio cuenta de lo profundamente que Martin iba despertando su naturaleza. Por otra parte, que él la amaba resultaba tan claro como el día, y la muchacha, con toda consciencia, gozaba ante sus muestras de admiración, con sus brillantes ojos, de tierna mirada, sus temblorosas manos y el inevitable rubor que nacía bajo su piel bronceada. Ruth incluso osó incitarle con timidez, pero, al mismo tiempo, con tal delicadeza que Martin no llegó a sospecharlo, y haciéndolo de manera casi inconsciente, de modo que tampoco ella lo sospechó. Se emocionaba con esas pruebas de su poderío, que demostraban que era una mujer y, como todas las hijas de Eva, se divertía atormentándole y jugando con él.

Martin, enmudecido por la inexperiencia y por su arrolladora pasión, cortejándola torpe y desmañadamente, se limitaba a fiarlo todo en el contacto. El de su mano le resultaba a la muchacha deliciosamente más que agradable. Martín lo ignoraba, aunque se diese cuenta de que a ella no le era molesto. No es que se estrecharan las manos con frecuencia, excepto al encontrarse y en las despedidas. Pero, además, existían muchas oportunidades al manejar las bicicletas y dar vueltas a las páginas de los libros de poesía que llevaban a las montañas. Y, también, tenía ella muchas ocasiones de rozarle la mejilla con el cabello o de apoyarle el hombro mientras leían algún verso. Ruth debía contener la sonrisa al sentir vagos impulsos, que no sabía de dónde procedían, de despeinarle, mientras él deseaba, al cansarse de leer, que le permitiera apoyar la cabeza en su regazo y soñar, con los ojos cerrados, acerca de su futuro. En otras épocas, durante ciertas excursiones a Shellmound Park y Schuetson Park, se había recostado en muchos regazos y, por lo general, se dormía con todo egoísmo, mientras las muchachas le protegían del sol y le contemplaban embelesadas, sorprendidas ante su gran desprecio por su amor. Apoyar la cabeza en el regazo de una muchacha, había sido lo más sencillo para Eden hasta entonces, en que el de Ruth le resultaba inaccesible. Y, sin embargo, era precisamente en su reticencia donde estaba el secreto de su fuerza. Ésa fue la causa de que jamás la alarmase. Tímida y muy puntillosa, la muchacha nunca se dio cuenta del peligro que entrañaban sus relaciones. Así, inadvertidamente, fue sintiéndose más próxima a él, mientras que Martin, presintiendo esa aproximación, ansiaba atreverse, pero tenía miedo.

Sólo una vez se atrevió, cierta tarde en que la encontró en la sala a oscuras, a causa de una jaqueca.

—Nada puede aliviarme —respondió ella a sus preguntas—. Y, además, no tomo remedios. El doctor Hall no me lo permite.
—Creo que yo puedo hacerlo y sin necesidad de medicinas —repuso Martin—. No tengo la seguridad, naturalmente, pero quisiera intentarlo. Se trata de un masaje. Lo aprendí de los japoneses. Son especialistas en eso. Luego, los hawaianos me enseñaron algunas variantes. Lo llaman lomi-lomi. Surte el mismo efecto que las medicinas y algunas cosas más.

Apenas había comenzado Martin a acariciarle la cabeza, cuando Ruth lanzó un profundo suspiro.

—¡Qué agradable! —dijo.

Media hora más tarde, la muchacha volvió a hablar para preguntarle:

—¿No se cansa usted? La pregunta era innecesaria y conocía de antemano la respuesta. Luego, la muchacha se dejó arrastrar por el bálsamo de su fuerza. La vida semejaba emanar de las puntas de los dedos del marino, ahuyentando el dolor, o, por lo menos, así se lo parecía a ella, hasta que, aliviada, se durmió. Entonces, Eden se fue.

Aquella tarde, Ruth le telefoneó para darle las gracias.

—Dormí hasta la hora de comer —le explicó—. Me ha curado usted, Mr. Eden, y no sé cómo agradecérselo.

Martin se sentía entusiasmado y locuaz al responderle y, durante toda la conversación telefónica, no le abandonaba el recuerdo de Browning y de la enfermiza Elizabeth Barret. Cuanto se había hecho, podía repetirse, y él, Martin Eden, iba a hacerlo en bien de Ruth Morse. Volvió a su habitación, en la que, sobre la cama, descansaba la Sociología de Spencer. Pero fue incapaz de leer. El amor le atormentaba y se imponía a su voluntad, de modo que, pese a sus propósitos, se encontró sentado a la mesa manchada de tinta. El soneto que aquella noche compuso fue el primero de un ciclo amoroso de cincuenta, que concluyó en dos meses. Trabajó en las mejores condiciones, a impulsos de su propia pasión.

Las muchas horas que no pasaba con Ruth las dedicaba a su Ciclo de amor, a sus lecturas y a la biblioteca pública, donde se ponía en contacto con las revistas y con su contenido. Las que pasaba con la muchacha resultaban enloquecedoras por lo que parecían prometer, y que jamás se cumplía. Una semana después de curarla de la jaqueca, Norman propuso un paseo nocturno en barca por el lago Merritt, propuesta que en seguida apoyaron Arthur y Olney. Como Martin era el único capaz de dirigir una embarcación, se le incluyó en el proyecto. Ruth se sentó a su lado junto al timón, mientras los tres jóvenes se reunían en el centro del bote, para hablar de asuntos de la Universidad.

La luna aún no había salido, y Ruth, mientras contemplaba la bóveda estrellada del cielo, se sintió terriblemente sola. Miró a Martin. Un golpe de aire impulsaba la embarcación, que se ladeaba hasta casi tocar el agua, y Eden, con una mano en la caña y la otra en la vela, la enderezaba, enfilando hacia la orilla norte. Martin no se dio cuenta de nada, por lo que ella le pudo seguir observando, preguntándose qué extraña fuerza hacía que un hombre como él, con tantas cualidades, perdiese el tiempo escribiendo relatos y poemas, condenándose, así a la mediocridad.

La mirada de Ruth se detuvo en el cuello, vagamente entrevisto a la luz de las estrellas, y en la erguida cabeza, y la muchacha volvió a experimentar el deseo de acariciarlo. La fuerza, que tanto odiaba, la atraía. La sensación de soledad se hizo más intensa, al sentirse cansada. Resultaba muy incómoda su posición en el bote y recordó cómo el marino le había curado la jaqueca y la serenidad que de él emanaba. Entonces, Eden se sentaba a su lado, muy cerca, y la inclinación del bote semejaba empujarla hacia él. De súbito, Ruth sintió el deseo de apoyarse en Martin, de descansar en su fuerza, impulso que, apenas expresado, la dominó, obligándola a obedecerlo. ¿Quizá se debió a la inclinación del bote? No lo sabía; no lo supo nunca. Sólo se dio cuenta de que se apoyaba en él y de que se sentía agradablemente relajada. Puede que la embarcación tuviese la culpa, pero Ruth no hizo nada para evitarlo. Se apoyó en el hombro de Martin con ligereza, pero se apoyó, y siguió haciéndolo cuando él cambió de postura para que estuviese más cómoda.

Era una locura, pero Ruth se negó a tenerlo en cuenta. Ya no era la misma, sino, simplemente, una mujer, llena de ansias femeninas, que, pese al contacto, no parecían satisfacerse. Ruth no se sentía cansada. Martin no habló. De haberlo hecho, habría roto el encanto. En cambio, su reserva lo prolongó. Eden se encontraba aturdido y casi mareado. No comprendía lo que estaba ocurriendo. Era demasiado extraordinario para ser otra cosa que un delirio. Tuvo que dominar un loco deseo de soltar la caña, para abrazar a Ruth. Su intuición le indicaba que sería un error y se alegraba de que el timón y las velas le mantuviesen ocupadas las manos, para vencer las tentaciones. Guió el bote descuidadamente, malgastando el viento en las velas, de modo que el viaje durase más. Al llegar a la otra orilla, debería desembarcar y terminaría aquel contacto. Navegó con habilidad, sin soltar demasiado trapo y procurando que no lo advirtiesen sus compañeros. Mentalmente, agradeció a sus largas travesías que hubiesen hecho posible aquella noche maravillosa, de modo que pudiese sentirla a su lado y sobre su hombro.

Cuando los primeros rayos de la luna acariciaron la vela, bañando el bote en una luz perlada, Ruth se apartó de Martin. Y, al hacerlo, advirtió que él, a su vez, también se apartaba. Fue mutuo el impulso de evitar que les viesen. El incidente era tácita y secretamente íntimo. Ruth se sentó alejada de él, sintiendo que le ardían las mejillas, mientras percibía el total alcance de lo sucedido. Era culpable de algo que no deseaba que viesen ni sus hermanos ni Olney. ¿Por qué lo había hecho? Nunca, en toda su vida, hizo nada semejante, pese a haber paseado de noche en bote con otros hombres. Jamás experimentó el deseo de hacerlo. La dominaron la vergüenza y la sorpresa ante su primera reacción de mujer. Dirigió una furtiva mirada a Martin, que parecía muy atareado maniobrando el bote, sintiendo que podía llegar a odiarle por impulsarla a hacer algo tan inmodesto y vergonzoso. ¡Y precisamente él, de cuantos hombres conocía! Quizá su madre tuviese razón y se estaban viendo con demasiada frecuencia. Decidió que no volvería a ocurrir y que, en el futuro, iba a evitarle un poco. Se le ocurrió el loco propósito de darle una explicación la primera vez que se encontrasen. Le mentiría, indicando, como por casualidad, que casi se había desmayado en el bote. Luego, recordó que se separaron al unísono en cuanto salía la indiscreta luna y comprendió que iba a saber que mentía.

En los días que siguieron, Ruth no fue la misma, sino una extraña y desconcertante criatura, que se negaba a razonar, a cualquier clase de autoanálisis y a pensar en el futuro o a dónde se dirigía. Se sentía como presa de una estremecedora y desconocida fiebre, que, alternativamente, la asustaba o la encantaba, manteniéndola en un continuo estado de desconcierto. Sin embargo, tenía una idea fija, que aseguraba su seguridad. No iba a permitirle a Martin que le confesara su amor. Mientras mantuviese esa decisión, no había peligro. Eden iba a embarcarse en breves días. Y, aunque se lo confesara, tampoco importaría. No podía ser de otro modo, ya que ella no le amaba. Cierto que resultaría una penosa media hora para él y una media hora muy embarazosa para ella, pues era la primera vez que esto le ocurría. Al pensarlo, se estremeció casi con placer. Era, en verdad, una mujer, a la que un hombre estaba a punto de pedirla en matrimonio. Constituiría un cebo para cuanto era fundamental en su sexo. Se estremecieron el propio tejido de su vida y todas las esencias de su ser.

Este pensamiento revoloteaba en su mente como una mariposa atraída por una llama. Llegó, incluso, a imaginarse a Martin declarándose, suponiendo lo que iba a decir, así como su respuesta, suavizada por la bondad y exhortándole a ser mejor y más noble. Ante todo, debía abandonar el tabaco. Insistiría mucho en eso. Pero no, era preferible que no le dejase hablar. Ruth podía impedírselo y le había dicho a su madre que lo iba a hacer. Ruborizada y encendida, apartó, con cierta pena, aquella escena de su fantasía. Su primera declaración de amor debería retrasarse a fecha más a propósito y a un pretendiente más elegible.


CAPÍTULO XXI

LLEGÓ un hermoso y cálido día, que palpitaba con el flujo del cambio de estaciones, uno de esos días del veranillo indio californiano, con un sol perezoso y una ligera brisa que no libra a la atmósfera de su modorra. Unas leves neblinas cárdenas, que no eran vapores sino tejidos de color, se ocultaban en los pasos de las colinas. San Francisco se extendía, como una mancha de humo, en sus alturas. La amplia bahía semejaba una plancha reluciente de metal, en la que descansaba algún buque o se movía al compás de la lenta corriente. Tamalpaís apenas se distinguía bajo el plateado resplandor y la Golden Gate hacía honor a su nombre, bajo el sol. Más allá, el Pacífico, mortecino e inmenso, reunía en su horizonte masas de nubes, que iban avanzando hacia la costa, como un aviso del inminente invierno.

Estaba a punto de concluir el verano. Sin embargo, se mantenía, débil y claudicante entre las colinas, aumentando el cárdeno de sus valles, haciendo girar la bruma y muriendo calmosamente, satisfecho de haber vivido y de haber vivido con esplendor. Y, en las montañas, en su lugar predilecto, Martin y Ruth se sentaban muy juntos, con la cabeza inclinada sobre la misma página, mientras él leía los sonetos de amor de la mujer que había amado a Browning, como a pocos hombres les aman.

La lectura languidecía. Resultaba demasiado fuerte la belleza que les rodeaba. El año moría como había vivido, lleno de hermosura y de voluptuosidad, y los recuerdos pesaban en el aire. Fue dominando a los dos jóvenes, soñador y lánguido, debilitando las fibras de la resolución, y ocultando el rostro de la moral, o de la razón, con la neblina cárdena. Martin sentía una profunda ternura y, de vez en cuando, le acometían espasmos. Tenía la cabeza muy cerca de la de Ruth y, cuando la brisa le agitaba a ella el pelo y le rozaba la mejilla, las letras impresas le bailaban ante los ojos.

—Me parece que no se ha enterado usted ni de una sola palabra —le dijo la muchacha en una de las ocasiones en que perdió el punto.

Eden la miró con ojos encendidos y estaba a punto de quedar como torpe, cuando se le ocurrió una respuesta.

—Me parece que usted tampoco lo sabe. ¿De qué trataba el último soneto que hemos leído?
—Lo ignoro —confesó ella riendo—. Me he olvidado. No leamos más. El día es demasiado bonito.
—Será el último que, en mucho tiempo, pasaremos en las colinas —anunció Martin gravemente—. En el mar se está preparando una tormenta.

El libro se deslizó de sus manos y ambos siguieron sentados en el suelo, mirando hacia la bahía, con ojos que soñaban, pero que no veían. Ruth dirigió la vista al cuello de Martin. No se inclinó hacia él. Se vio atraída por algo exterior, más fuerte que la gravitación, tan fuerte como el destino. Sólo les separaba una pulgada y ella la cubrió sin proponérselo. Su hombro se apoyó en el de Martin, tan suavemente como una mariposa roza una flor, e idéntica suavidad hubo en la respuesta. Sintió que el hombro de Martin oprimía el suyo y la dominó un gran temblor. Era el momento de apartarse. Pero se había convertido en una autómata. Sus actos estaban más allá del alcance de su voluntad. Ruth no pensó en la voluntad ni en dominarse, en medio de aquella deliciosa locura que la embargaba.

El brazo de Martin fue situándose detrás de ella, hasta rodearla. La muchacha esperó, en un tormento delicioso. Esperaba, no sabía exactamente qué, jadeando, con los labios secos y ardientes, el pulso alterado y fiebre en la sangre. El brazo se alzó, atrayéndola hacia el marino, lentamente, como en una caricia. Ruth no podía esperar más. Con un suspiro y un movimiento espontáneo, impremeditado, espasmódico, le apoyó la cabeza en el pecho. Él se inclinó a su vez y, conforme se acercaban sus labios, la muchacha salió a su encuentro.

En el momento irracional de la entrega, Ruth se dijo que aquello debía ser el amor. De no serlo, resultaba demasiado vergonzoso. No podía ser otra cosa que el amor. Amaba al hombre que la enlazaba con sus brazos y cuyos labios oprimían los suyos. Se apretó más contra él, con un rápido movimiento del cuerpo. Y, un instante después, se soltó de su abrazo, para, de súbito y con satisfacción, rodear el cuello de Martin Eden con ambas manos. Tan exquisito resultaban el amor y el deseo satisfechos, que gimió, descansando luego entre sus brazos.

Nada se habían dicho y nada se dijeron durante un buen rato. Por dos veces Eden se inclinó a besarla y, en cada una, ella le recibió tímidamente, mientras se iba estrechando contra él. Se aferró a Martin, incapaz de separarse, y el marino siguió sentado, sosteniéndola en sus brazos, contemplando, con ojos que no veían, la ciudad, al otro lado de la bahía. Por una vez, en su mente no había visiones. Allí, tan sólo se agitaban luces y resplandores, tan cálidos como el día y como su amor. Se inclinó hacia ella. La muchacha le estaba hablando.

—¿Cuándo te enamoraste de mí? —le preguntó en un susurro.
—Desde el principio, desde el primer momento en que te vi. Fue como si me volviese loco y, en todo el tiempo que ha pasado, no he hecho más que empeorar. Y ahora, amor mío, estoy peor. La cabeza me da vueltas de júbilo.
—Me alegro de ser mujer, Martin, querido —dijo Ruth tras un suspiro.

Martin la estrechó de nuevo entre sus brazos y preguntó:

—¿Y tú? ¿Cuándo lo supiste?
—Casi desde el principio.
—He estado tan ciego como un murciélago —respondió Eden vejado—. Ni siquiera llegué a imaginarlo hasta ahora, en que… que te besé.
—No me refería a eso. —La muchacha se apartó un poco para mirarle—. Quiero decir que yo supe desde el principio que me querías.
—¿Y tú? —indagó él.
—Lo comprendí de pronto. —Ruth hablaba muy despacio, con los ojos encendidos y tiernos y un rubor en las mejillas que no desaparecía—. No lo supe nunca hasta ahora, cuando… me abrazaste. Jamás pensé en casarme contigo, Martin, hasta este momento. ¿Cómo me enamoraste?
—No lo sé —se rió Martin—. Quizá fue queriéndote, pues te quería lo bastante como para fundir un corazón de piedra, cuanto más uno de mujer.
—Esto es tan distinto de lo que yo imaginaba que era el amor… —exclamó la muchacha.
—¿Cómo lo imaginabas?
—No creí que fuese así. —Ella le miraba a los ojos, pero abatió la vista al añadir—: No sabía cómo era.

Martin la fue a estrechar de nuevo. Sin embargo, se contuvo por temor a asustarla. Entonces, sintió que el cuerpo de la muchacha se le rendía otra vez y volvieron a enlazarse, mientras sus labios se unían.

—¿Qué dirá mi familia? —comentó ella en una de las pausas.
—No lo sé. Podemos averiguarlo en seguida.
—¿Y si mi madre se opone? Tengo miedo de decírselo.
—Yo lo haré —se ofreció Martin—. Creo que tu madre no me tiene simpatía, pero puedo ganármela. Si te he ganado a ti, puedo ganar a cualquiera. Y si no lo consigo…
—¿Qué?
—Pues nos tendremos uno al otro. Pero no creo que haya peligro de que tu madre se oponga. Te quiere demasiado.
—No desearía destrozarle el corazón —comentó Ruth pensativamente.

Martin iba a asegurarle que a las madres no se les destroza el corazón con demasiada facilidad, pero, en vez de ello, dijo:

—El amor es lo más grande del mundo.
—Martin, a veces me asustas. Estoy asustada ahora, al pensar en ti y en lo que has sido. Debes ser bueno conmigo, muy bueno. Recuerda que, al fin y al cabo, soy una niña y que nunca había estado enamorada.
—Ni yo tampoco. Somos dos niños. Y tenemos la suerte de haber encontrado, uno en el otro, su primer amor.
—¡Pero eso no es posible! —exclamó Ruth soltándose de sus brazos con un brusco y apasionado movimiento—. Para ti, es imposible. Has sido marinero, y los marineros, según he oído decir, son… son…

En este momento, a ella le falló la voz.

—Son aficionados a tener un amor en cada puerto —sugirió Eden—. ¿Era eso lo que querías decir?
—Sí —respondió ella en voz baja.
—Pero eso no es amor. —Martin hablaba con conocimiento de causa—. He estado en muchos puertos, pero ni siquiera he sentido un atisbo de amor hasta verte a ti, aquella primera noche. ¿Sabes que, tras salir de tu casa, me querían detener?
—¡Detener!
—Sí. Un policía creyó que estaba borracho y, en realidad, lo estaba… de amor por ti. —Me has dicho que éramos como niños y yo aseguraba que a ti te era imposible y, ahora, te apartas del asunto.
—Lo que he afirmado es que no he querido a nadie más que a ti —repuso él—. Eres, absolutamente, mi primer amor.
—Pero has sido marinero —insistió ella.
—Lo que no me impide haberte amado a ti sola.
—Pero has tenido otras mujeres… ¡Otras mujeres!

Y, ante la sorpresa de Martin Eden, Ruth estalló en una tormenta de lágrimas que, para calmarla, requirió más de un beso y muchas caricias. Mientras, el marino se decía que todas las mujeres eran hermanas bajo la piel, aunque las novelas le indujeran a creer lo contrario. Supuso, por culpa de éstas, que en las clases altas sólo se conseguía algo con una declaración formal. Era corriente, en el mundo del que Martin procedía, que los muchachos y las muchachas intentaran conquistarse por medio del contacto, pero esto resultaba inconcebible entre las personas distinguidas, situadas en lo alto. No obstante, las novelas se equivocaban. Aquí tenía la prueba. Las mismas caricias y ligeros roces, hechos en silencio, que daban resultado entre las chicas de la clase trabajadora, tenían idéntico efecto con las de la clase no trabajadora. Todas ellas eran de una misma carne, hermanas bajo la piel, cosa que él, como lector de Spencer, no debió olvidar. Mientras abrazaba a Ruth y la iba consolando, le tranquilizó pensar que todas, en el fondo, eran iguales. Esto le acercaba a la muchacha y a ésta la hacía asequible. La carne de Ruth era como la de todos, como la suya propia. No había impedimentos para su matrimonio. La única diferencia era la de clase y eso era extrínseco. Fácilmente se podía suprimir. Según Martin había leído, un esclavo alcanzó la púrpura romana. En consecuencia, también él podía alcanzar a Ruth. Ésta, bajo su pureza, inocencia, cultura y etérea belleza, era fundamentalmente humana, como Lizzie Connolly y todas las Lizzie Connolly. Cuanto era posible en ellas, era posible en Ruth. Era capaz de amar y de odiar, de sufrir ataques de histeria y, desde luego, de sentir celos como, entonces, los sentía, mientras sollozaba en sus brazos.

—Además, soy mayor que tú —exclamó de pronto la muchacha abriendo los ojos y mirándole—. Tengo cuatro años más.
—Calla, eres sólo una niña y yo tengo cuarenta años en experiencia —repuso él.

En realidad, eran como dos niños, en lo que al amor se refiere, inocentes e inexpertos en la forma de expresarlo, pese a que ella tuviese un título universitario, y él, la cabeza llena de filosofía científica y conociera la vida muy a fondo.

Pasaron allí el resto de la tarde, hablando de lo que hablan los enamorados y maravillándose de las excelencias del amor y del destino que les uniera, seguros de que nadie se había querido tanto como ellos. Una y otra vez, volvieron a explicarse sus primeras impresiones, intentando, en vano, analizar lo que sentían y cómo lo sentían.

Los cúmulos de nubes, agrupados en el horizonte, recibieron los rayos del sol del atardecer, mientras el cielo se teñía de una tonalidad rosácea, excepto en el cenit, que conservó su esplendorosa luz. Estas tonalidades les fueron envolviendo, mientras ella cantaba:

—¡Adiós, dulce y hermoso día!

Ruth cantaba suavemente, mecida en los brazos de Martin, con las manos unidas a las suyas y los corazones en las manos.

(Continuará…)

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