Martin Eden (VI)

Jack London










CAPÍTULO XII

CIERTO atardecer, mientras luchaba con un soneto que no lograba expresar cuanto ocurría en su mente, llamaron a Martin al teléfono.

—Una voz de mujer, de una señorita elegante —se burló Mr. Higginbotham, que había respondido a la llamada.

Martin se dirigió al teléfono, que estaba en el otro extremo de la habitación, y sintió un súbito acaloramiento interior al oír la voz de Ruth. En su pugna con el soneto, Eden casi había olvidado su existencia y, ante el timbre de su voz, le golpeó el amor que por ella sentía. ¡Y qué voz! Delicada y suave, como una lejana música o, mejor aún, como una campanilla de cristal, de sonido perfecto. Una simple mujer no podía tener una voz semejante. Había en ella algo celestial, que venía de otros mundos. Martin apenas se enteró de lo que le decía, tanta era su emoción, pero procuró que su rostro no se alterase, pues sabía que Mr. Higginbotham le observaba atentamente.

No era mucho lo que Ruth tenía que decirle; simplemente, que Norman iba a acompañarla aquella noche a una conferencia, pero que se lo impedía una súbita jaqueca; estaba desolada, tenía las invitaciones y, de no haber contraído otro compromiso, ¿sería tan amable de acompañarla?

¿Que si quería? Tuvo que contenerse para que el entusiasmo no se advirtiese en su voz. Siempre había visto a la muchacha en su casa. Jamás se atrevió a pedirle que fuese con él a algún sitio. De un modo súbito, y mientras aún hablaban por teléfono, sintió el deseo de morir por ella, mientras en su mente se formaban y disolvían continuas imágenes de hechos heroicos. ¡La amaba tanto, de un modo tan ardiente y con tan pocas esperanzas! En aquel momento de loca felicidad, en que ella iba a ir a una conferencia con él, con Martin Eden, sentía a la muchacha tan por encima de sí, que no imaginó que le quedase otra cosa que morir por ella. Era el único modo en que podía expresar adecuadamente lo que por Ruth sentía. Era la sublime abnegación del amor verdadero, que acomete a todos los enamorados, y que a Martin le llegó allí, ante el teléfono, en un torbellino de fuego y de gloria; sintió que morir por ella equivalía a haber vivido y amado adecuadamente. Tenía veintiún años y nunca, hasta entonces, estuvo enamorado.

Le temblaba la mano al colgar el teléfono y se sentía débil a causa del orgasmo experimentado. Sus ojos brillaban como los de un ángel y su rostro aparecía transfigurado de toda escoria terrenal.

—Concertando citas, ¿eh? —se burló su cuñado—. Sé lo que eso significa. Aún vas a verte ante el tribunal.

Pero Martin no quiso descender de las alturas en que se encontraba. Ni siquiera la brutalidad de aquella alusión podía devolverle a la tierra. Estaba demasiado alto para que le hiriesen o le encolerizasen. Había tenido una gran visión y era casi como un dios, por lo que sólo podía sentir lástima por aquel gusano de hombre. Ni siquiera le miró, pese a que sus ojos le abarcaron, y, como en un sueño, salió de la habitación para vestirse. Hasta que se encontró en su habitación, anudándose la corbata, no se dio cuenta de que en los oídos le sonaba algo desagradable. Al pensarlo, advirtió que se trataba del último comentario de Bernard Higginbotham, que, por alguna razón, no había llegado a su mente.

Cuando a su espalda se cerró la puerta de los Morse y Martin salió a la calle en compañía de Ruth, se sentía muy alterado. Era una gran ventura acompañarla a una conferencia. Ignoraba lo que debía hacer. En las calles, había visto que las mujeres de la clase de la muchacha asían a los hombres del brazo. Pero también había visto lo contrario. Martin se preguntó si lo harían sólo por las noches y únicamente entre matrimonios o parientes.

Antes de llegar a la acera, recordó a Minnie. Era una muchacha muy puntillosa. Le llamó la atención la segunda vez que salieron juntos porque él iba por la parte de dentro, advirtiéndole que un caballero va en el sitio opuesto al acompañar a una dama. Minnie solía darle una patada en la espinilla cuando cambiaban de acera para recordarle cuál era su puesto. Martin se preguntó dónde lo habría aprendido y si estaría en lo cierto.

Decidió que en nada iba a perjudicarse intentándolo, por lo que, al llegar a la acera, se retrasó un instante, para situarse en la parte exterior. Entonces, se planteó el otro problema. ¿Debía ofrecerle el brazo a Ruth? No lo había hecho en toda su vida. Las chicas que conociera nunca asían a los hombres del brazo. Las primeras veces que salían juntos, marchaban tranquilamente uno al lado del otro y, luego, se enlazaban mutuamente por la cintura, apoyando ellas sus cabezas en los hombros de sus acompañantes al pasar por una calle oscura. Pero esto era distinto. Ruth no pertenecía a esa clase. Algo tenía que hacer.

Arqueó el brazo simulando naturalidad, igual que si tuviese costumbre. Y, entonces, ocurrió la maravilla. Sintió que la mano de la muchacha se le apoyaba en el brazo. Al contacto, le recorrieron el cuerpo unos escalofríos y, luego, creyó haber abandonado la tierra para volar con ella por los aires. Pero regresó muy pronto, preocupado por una nueva complicación. Estaban cruzando la calle. Ahora, quedaba él en el interior, cuando su puesto estaba al otro lado. ¿Debería, acaso, soltarla y ponerse al revés? Pero, de hacerlo, iba a tener que repetir la maniobra en cada ocasión. Había un gran error en todo esto y Martin decidió no preocuparse más, simulando no darse cuenta. No obstante, le satisfizo poco esta decisión y, al quedar en el interior, comenzó a hablar con mucho interés, como si estuviese tan embebido en cuanto decía que no advirtiese nada más. Así, en caso de estar equivocado al no cambiar de sitio, lo achacarían más a su entusiasmo que a su descuido.

Cuando cruzaban Broadway, se enfrentó a un nuevo problema. Bajo la luz de los faroles, vio a Lizzie Connolly y a su amiga. Martin sólo dudó un instante y, luego, se descubrió. No podía ser desleal con los suyos y era por algo más que por Lizzie Connolly por lo que se quitaba el sombrero. Ella le saludó con una inclinación de cabeza y le miró con descaro, con ojos que no eran suaves, como los de Ruth, sino hermosos y duros, que examinaron a su acompañante detenidamente, estudiando su rostro, sus ropas y su clase social. Eden se dio cuenta de que Ruth miraba a su vez, con ojos tímidos como los de una paloma, para observar disimuladamente a la operaría, a su traje barato y al sombrero que todas ellas lucían entonces.

—¡Qué muchacha más bonita! —comentó luego Ruth.

Martin sintió deseos de darle las gracias, pero se limitó a decir:

—Pues no sé. Supongo que es cuestión de gusto, pero no me llama la atención.
—Pero si no encontraría usted una mujer en diez mil con unas facciones tan delicadas. Son espléndidas. Parece un camafeo. Y también tiene hermosos ojos.
—¿Lo cree de veras? —indagó Martin distraído, ya que para él no había mujer más hermosa que la que llevaba del brazo.
—¿Que si lo creo? Si esa muchacha pudiese vestirse bien y la enseñaran a andar como es debido, quedaría usted admirado, Mr. Eden, igual que todos los hombres.
—También deberían enseñarla a hablar —comentó el marino—, pues de otro modo no la iba a entender usted. Estoy seguro de que no comprendería ni una cuarta parte si hablase a su aire.
—¡Tonterías! Es usted peor que Arthur cuando quiere tener razón.
—Se olvida de cómo hablaba yo cuando me conoció. Desde entonces, he aprendido un nuevo idioma. Antes, hablaba igual que esa chica. Ahora puedo expresarme con suficiente claridad en el idioma de ustedes para decirle que no iba a comprender el de la muchacha en cuestión. ¿Sabe por qué anda de ese modo? Ahora pienso en tales asuntos, de los que nunca me había preocupado, y creo comenzar a entender muchas cosas.
—¿Por qué anda así?
—Durante años, ha pasado muchas horas pegada a una máquina. Los cuerpos jóvenes son moldeables y acaban por adaptarse a la clase de trabajo que realizan. Con sólo mirar a una persona, puedo adivinar su oficio. Fíjese en mí. ¿Por qué cree que me bamboleo de ese modo? Pues a causa de los años pasados en el mar. De haber sido vaquero durante el mismo tiempo, no me balancearía, pero tendría las piernas arqueadas. Eso le ocurre a mi amiga. Habrá advertido que tiene una mirada dura. Nadie la protegió jamás. Tuvo que cuidar de sí misma, y una muchacha joven no puede hacerlo y, a la vez, conservar una mirada suave y dulce, como… como la de usted, por ejemplo.
—Creo que tiene razón —comentó Ruth en voz baja—. Y, es una pena. ¡Una muchacha tan bonita!

Martin la miró, descubriendo que sus ojos brillaban de compasión. Entonces, recordó que la amaba y se maravilló de su buena suerte, que le permitía acompañarla a una conferencia.

—¿Quién eres tú, Martin Eden? —se preguntó mirándose al espejo al regresar a su dormitorio. Se estuvo contemplando durante un buen rato con curiosidad—. ¿Quién eres? ¿Qué eres? ¿Dónde está tu sitio? Por derecho, perteneces a muchachas como Lizzie Connolly. Perteneces a las legiones del trabajo, con todo lo que es bajo, vulgar y feo. Tu puesto está con los bueyes y con los esclavos, en lugares sucios, que huelen mal. Como esas verduras agrias. O esas patatas que se están pudriendo. ¡Huélelas, maldito, huélelas! Y, sin embargo, te atreves a abrir libros, a escuchar buena música, a que te gusten las buenas pinturas, aprendes a hablar bien, a pensar cosas que no se les ocurren a los de tu clase, a separarte de los bueyes y de las Lizzie Connolly y a amar a una mujer pálida y espiritual, que está a un millón de millas de ti y que vive en las estrellas. ¿Quién eres tú y qué eres? ¡Maldito seas! ¿Y tú vas a triunfar?

Amenazó con el puño a su imagen en el espejo y, luego, se sentó al borde de la cama, para soñar con los ojos abiertos. Al cabo de un rato, sacó una libreta y el álgebra, perdiéndose en las ecuaciones cuadradas, mientras las horas iban pasando, se apagaban las estrellas y, en la ventana, asomaba la luz grisácea del amanecer.


CAPÍTULO XIII

EL gran descubrimiento se debió a los corros de socialistas parlanchines y de filósofos obreros que, en las cálidas tardes de verano, se formaban en el City Hall Park. Una o dos veces al mes, cuando cruzaba el parque en dirección a la biblioteca, Martin se detenía para escucharles y siempre le costaba separarse de ellos. El nivel de las conversaciones era bastante inferior a las de los Morse. No se mostraban graves ni dignos. Se enfurecían con facilidad y se insultaban, mientras los juramentos y las alusiones obscenas asomaban frecuentemente a sus labios. Les vio llegar a las manos por lo menos un par de veces. Y, sin embargo, aunque no lograse explicárselo, semejaba haber algo vital en lo que aquella gente pensaba. Su vocabulario atraía a Martin mucho más que el sereno, tranquilo y dogmático de Mr. Morse. Aquellos hombres, que destrozaban el idioma, gesticulaban como locos y se combatían con furia; parecían, no obstante, mucho más vivos que Mr. Morse y su amigo Mr. Butler.

Martin había oído citar a Herbert Spencer varias veces en las discusiones del parque, pero una tarde apareció uno de sus discípulos. Se trataba de un desmadrado vagabundo, que llevaba el sucio abrigo cerrado hasta el cuello, para ocultar que no tenía camisa. Se celebró un torneo verbal, amenizado con numerosos cigarrillos y muchos salivazos de tabaco, en el cual el vagabundo sostuvo triunfalmente su terreno, aunque se burlara de él un obrero socialista. «No hay dioses, sólo lo Desconocido y Herbert Spencer es su profeta.» A Martin le intrigó el motivo de la discusión, pero, al dirigirse a la biblioteca, llevaba un nuevo interés por Herbert Spencer. Puesto que el vagabundo mencionó varias veces sus Primeros principios, decidió solicitar ese libro.

Así comenzó el gran descubrimiento. En otra ocasión había ya hecho la prueba con Spencer, pero, al elegir sus Principios de psicología, fracasó tan rotundamente como con Madame Blavatsky. No pudo entender nada y lo devolvió sin concluirlo.

Sin embargo, aquella noche, después de estudiar álgebra y física y trabajar en un soneto, se acostó, abriendo Primeros principios. La mañana le sorprendió aún ensimismado en su lectura. Siguió en cama hasta tener el cuerpo dolorido e intentó tenderse en el suelo, con el libro en alto, o leerlo de lado. Durmió de un tirón la noche siguiente, pasó la mañana escribiendo y, luego, el libro le tentó de nuevo, dedicando la tarde entera a leer, olvidándose de todo, incluso de que le esperaba Ruth. Volvió al mundo cuando Bernard Higginbotham abrió la puerta para preguntarle si creía que su casa era un restaurante.

A Martin Eden le había dominado la curiosidad durante toda la vida. Deseaba saber, y este deseo le lanzó a recorrer el mundo. Pero ahora aprendía de Spencer que nada sabía y que nada hubiese sabido, pese a continuar aquellos viajes. Se había limitado a pasar por la superficie de las cosas, observando fenómenos aislados, acumulando fragmentos de hechos y haciendo ligeras generalizaciones, todo independientemente, dentro de un universo desordenado. Había estudiado el mecanismo de vuelo de los pájaros, que llegó a comprender bien. Pero nunca se le ocurrió intentar explicarse el proceso por el que los pájaros llegaron a tener órganos voladores. Ni siquiera se le ocurrió que existiese tal proceso. Qué llegaran a ser los pájaros, estaba fuera de sus cálculos. Siempre habían existido. Eran así.

Y, lo mismo que con los pájaros, le ocurría con todo. Los primeros intentos de Martin para estudiar filosofía resultaron vanos, a causa de su ignorancia y de su falta de preparación. La metafísica medieval de Kant no le dio la llave de nada y sólo sirvió para hacerle dudar de sus capacidades intelectuales. Del mismo modo, sus intentos de estudiar el evolucionismo se habían limitado a un volumen muy técnico de Romanes. Nada pudo entender, por lo que llegó a la conclusión de que el evolucionismo no era más que la teoría particular de ciertos hombrecillos de incomprensible vocabulario. Y ahora se enteraba de que no era meramente una teoría, sino un proceso aceptado del desarrollo y que los científicos ya no la ponían en duda, discrepando, tan sólo, en su método.

Y, entonces, aparecía aquel hombre, Spencer, para ordenar, ante sus ojos, la inmensidad del saber humano, reduciéndolo todo a unidades, elaborando hasta los detalles más nimios, con lo que presentaba un universo tan concreto como las maquetas de barcos que los marineros meten en botellas. No existían el capricho ni la casualidad.

Todo se debía a unas leyes. Y al obedecerlas volaba el pájaro, al igual que en obediencia a esas mismas leyes cobró vida el pájaro, llegó a tener patas y alas y se convirtió en un ave.

Martin había ido ascendiendo de plano en la vida intelectual y, entonces, se encontraba en el más alto. Todos los secretos se le iban descubriendo. Se sentía borracho de comprensión. Por las noches, mientras dormía, convivía con los dioses en unas extrañas pesadillas y, despierto, durante el día, se movía como un sonámbulo, con la mirada ausente, contemplando el mundo que acababa de descubrir. En la mesa, no prestaba atención a las conversaciones acerca de cosas pequeñas e innobles, preocupado su inquieto cerebro en ir averiguando las causas y los efectos de cuanto ocurría ante sus ojos. En la carne que le ponían en el plato, veía el resplandor del sol y seguía todas sus transformaciones hasta el origen, cien millones de millas atrás, o acompañaba a esa misma energía hasta los flexibles músculos de sus brazos, que le permitían cortar la carne, o a la mente que ordenaba el movimiento de aquellos músculos para que cortasen la carne, con lo que imaginaba ver el resplandor del sol en su propia mente. Todo esto le tenía como en trance y no oía la palabra «manicomio» que pronunciaba Jim ni se daba cuenta de la ansiedad que se reflejaba en el semblante de Gertrude o del movimiento del dedo de Bernard Higginbotham, al apoyárselo en la sien, con lo que sugería que a su cuñado no le funcionaba bien el cerebro.

Lo que en cierto modo más impresionó a Martin fue la correlación del conocimiento, de todo conocimiento. Siempre sintió curiosidad por saber cosas y, cuanto iba adquiriendo, lo archivaba en un departamento distinto de su mente. Así, acerca del mar y de los marinos, poseía muchísimos datos. Acerca de las mujeres, poseía bastantes. Sin embargo, ambos temas estaban separados por completo. No había la menor relación entre ellos. El hecho de que, en el campo de la ciencia, tuviesen algo que ver las mujeres histéricas con una goleta que se enfrentaba a una tormenta le hubiese parecido a Martin no sólo ridículo, sino, además, imposible. Sin embargo, Herbert Spencer, aparte de demostrarle que estaba equivocado, indicaba que era imposible que no existiese tal relación. Todas las cosas tenían que ver con otras, desde la estrella más lejana hasta las miríadas de átomos en el grano de arena que pisamos.

Este nuevo concepto, no dejaba de maravillar a Martin y, de continuo, se enzarzaba en buscar la relación entre cuanto hay bajo el sol e, incluso, más allá. Estableció listas de las cosas más incongruentes y no descansó hasta encontrar un parentesco entre todas, un parentesco entre el amor, la poesía, los terremotos, el fuego, las serpientes de cascabel, el arco iris, las piedras preciosas, las monstruosidades, los atardeceres, el rugido de los leones, la iluminación de gas, el canibalismo, la belleza, el asesinato, las palancas, las grúas y el tabaco. Así fue unificando el universo, de modo que pudiese examinarlo mejor. Recorría sus caminos, sus atajos y sus selvas, pero no como el viajero al que aterra lo desconocido, sino como aquel que va observando y anotando cuanto ve, para no olvidarse nunca.

—¡Estúpido! —le espetó a su imagen en el espejo—. Querías escribir, intentaste escribir, pero no tenías nada que escribir. ¿Qué llevabas en tu interior? Algunos conceptos infantiles, ciertos sentimientos mal concebidos, belleza poco concebida, mucha ignorancia, un corazón repleto de amor y una ambición tan grande como tu amor y tan frívola como tu ignorancia. ¡Y querías escribir! Sólo estás a punto de ir aprendiendo lo que debes escribir. Querías crear belleza, pero ¿cómo ibas a hacerlo si nada sabes de su naturaleza? Querías escribir acerca de la vida, cuando nada conoces de sus características. Querías escribir acerca del mundo y de los esquemas de la vida, cuando el mundo es, para ti, igual a un rompecabezas chino y sólo podrías haber escrito acerca de lo que ignoras del esquema de la vida. Pero alégrate, Martin, muchacho. Aún podrás escribir. Sabes poco, muy poco, pero vas por buen camino para saber más. Algún día, si tienes suerte, puede que estés a punto de saber cuanto debe saberse. Entonces, podrás escribir.

Comunicó su descubrimiento a Ruth, con el fin de compartir con ella tanta maravilla. Pero la muchacha no se mostró muy entusiasta. Lo aceptó tácitamente y, en cierto modo, parecía ya saberlo por estudios anteriores. Pero no le produjo impresión alguna, lo que hubiera sorprendido a Martin de no haberse dicho que para la muchacha no constituía la novedad que para él era. Arthur y Norman, según comprobó, creían en la evolución y habían leído a Spencer, pero sin darle mayor importancia, mientras que el joven de los lentes, Will Olney, se burlaba a conciencia de Spencer y repetía el epigrama: «No hay dioses, sólo lo Desconocido y Spencer es su profeta.»

Sin embargo, Martin se lo perdonó todo, pues había descubierto que Olney no estaba enamorado de Ruth. Más adelante, quedó estupefacto al comprobar, por una serie de detalles, que no sólo a Olney no le interesaba Ruth, sino que sentía por ella una profunda antipatía. Martin no lo pudo comprender. Era un fenómeno que no llegaba a relacionar con todos los demás del Universo. No obstante, sintió una gran compasión por el joven que, por un fallo temperamental, no podía apreciar debidamente la finura y belleza de Ruth. Varios domingos fueron a pasear por las colinas en bicicleta y Martin tuvo amplia oportunidad de advertir la tregua armada que existía entre Ruth y Olney. Éste solía ir siempre con Norman, lanzando a Arthur y a Martin a la compañía de Ruth, cosa que Eden agradecía profundamente.

Aquellos domingos fueron grandes ocasiones para Martin, ya que podía estar con Ruth y, además, le iban equiparando a los muchachos de su clase.

Pese a la diferencia de educación recibida, Eden se estaba convirtiendo en su par intelectual y, las horas que pasaba hablando con ellos, le permitían ejercitarse en la gramática que tanto había estudiado. Ya no consultaba los tratados de urbanidad, prefiriendo observar cómo se comportaban los otros. Excepto cuando le vencía el entusiasmo, Eden estaba siempre en guardia, atento al menor movimiento y aprendiendo sus cortesías y deferencias más habituales.

El hecho de que a Spencer se le leyese muy poco, tuvo intrigado a Martin durante mucho tiempo.

—Herbert Spencer —comentó el bibliotecario—, una inteligencia excepcional.

No obstante, no parecía conocer nada de sus escritos. Cierta tarde, durante la cena y en presencia de Mr. Butler, Martin mencionó a Spencer. Mr. Morse criticó duramente el agnosticismo del filósofo inglés, confesando no haber leído nunca sus Primeros principios. Mr. Butler, por su parte, afirmó que no podía soportarle, y que, pese a no interesarse por sus obras, se desenvolvía muy bien en la vida. En la mente de Martin surgieron dudas y, de haber sido menos individualista, probablemente hubiese abandonado a Spencer para siempre. Pese a todo, sus explicaciones eran las únicas que le convencían y consideraba que abandonarle equivalía a un piloto que arrojase la brújula por la borda. Por tanto, Martin se dedicó a estudiar con mayor ahínco el tema de la evolución, dominándolo a fondo y viéndolo confirmado por distintos autores. Cuanto más estudiaba, más se iba internando en campos del saber hasta entonces inexplorados y lo único que lamentaba es que el día sólo tuviese veinticuatro horas, queja que en él se hizo crónica.

En una ocasión, decidió, por falta de tiempo, abandonar el álgebra y la geometría. Ya ni siquiera se le ocurrió probar con la trigonometría. Luego, tachó la química, limitándose a la física.

—No soy un especialista —se defendió ante Ruth—, ni pretendo serlo. Hay demasiadas especialidades para que alguien intente, en una sola vida, conocer algo de cada una de ellas. Lo que me interesa son los conocimientos generales. Si necesito ayuda de los especialistas, consultaré sus libros.
—Pero no es lo mismo que si uno domina la materia —protestó la muchacha.
—No se necesita. Nos beneficiamos de su obra. Para eso la hicieron. Al venir hacia aquí, vi a unos deshollinadores. Son especialistas y, cuando acaben su trabajo, gozará usted de chimeneas limpias sin saber nada de cómo se construyen.
—Me temo que eso es sacar las cosas de quicio.

Ruth le contempló con curiosidad y Martin advirtió, en su mirada, una nota de reproche. Sin embargo, estaba plenamente convencido de que tenía razón.

—Todos los pensadores que han estudiado los grandes problemas, en realidad nuestras mejores cabezas, han tenido que basarse en los especialistas. Así lo hizo Herbert Spencer. Generalizó, gracias a los descubrimientos de miles de investigadores. Hubiese tenido que vivir mil vidas para averiguarlo todo personalmente. Lo mismo hizo Darwin. Aprovechó cuanto habían aprendido los floricultores y los ganaderos.
—Tienes razón, Martin —dijo Olney—. Tú sabes muy bien lo que buscas, al contrario de Ruth, que ni siquiera ha pensado en lo que pretende… Sí, desde luego —se apresuró a añadir adelantándose a las protestas de la muchacha—. Buscas eso que llaman cultura general. Pero en tal caso, no importa lo que se estudie. Puedes dedicarte al francés, al alemán, e, incluso, al esperanto. Lo mismo te dará un tono de cultura. Da igual que se estudie el latín o el griego. Seguirás siendo culto. Ruth se dedicó al sajón, lo que fue un acierto, y, aunque sólo hace dos años, únicamente recuerda algún verso. Pero consiguió ese barniz de cultura. Lo sé. Estábamos en la misma clase.
—Hablas de la cultura como si debiera ser un medio para conseguir algo —protestó Ruth. Le brillaban los ojos y en sus mejillas se habían encendido dos manchas de color—. La cultura es un fin en sí misma.
—Pero eso no es lo que Martin pretende.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Qué es lo que pretendes, Martin? —le preguntó Olney, volviéndose hacia él.

Eden se sintió incómodo y dirigió a Ruth una mirada de súplica.
—Sí, ¿qué es lo que quieres? —repitió la muchacha—. Así quedará solucionado.
—Naturalmente que deseo adquirir cultura —balbuceó el marino—. Me encanta la belleza, y la cultura me permitirá apreciarla mejor.

La muchacha asintió, con aire triunfal.

—Eso son tonterías y a todos nos consta —fue el comentario de Olney—. Lo que busca Martin es una carrera, no la cultura. Lo que ocurre es que, en su caso, la cultura va paralela a la carrera que ha elegido. No la necesitaría de querer ser químico. Martin quiere escribir, pero no se atreve a decirlo para que no tengas mala opinión de él.
»¿Y por qué quiere escribir Martin? —continuó—. Porque no tiene dinero. ¿Por qué te llenas tú la cabeza con literatura y cultura general? Porque no has de abrirte camino en el mundo. Tu padre se encarga de eso. Te compra la ropa y todo lo demás. ¿De qué te va a servir la educación recibida, o a mí, a Arthur y a Norman? Estamos ahítos de cultura general, pero si nuestros padres se arruinasen hoy, no aprobaríamos mañana un examen para maestro, A lo más que podías aspirar, Ruth, es a una escuela de pueblo o a dar clases de música en un internado de señoritas.

—¿Y qué ibas a hacer tu? —preguntó la muchacha.
—Nada. Quizá me ganara un dólar y medio como mozo en una empresa o puede, y fijaos en que digo «puede», que me aceptaran de vigilante en un colegio, para echarme a la semana por incapacidad.

Martin escuchó la discusión atentamente y, si bien creía que Olney estaba en lo cierto, le molestó el tono protector que empleaba con Ruth. Pero, mientras le escuchaba, se iba formando en su mente un nuevo concepto del amor. No importaba que la mujer amada razonase justa o injustamente. El amor estaba por encima de la razón. El hecho de que la muchacha no comprendiese sus motivos para desear una carrera, no la desmerecía a sus ojos. Ruth provocaba el amor, sin que esto tuviese nada que ver con sus opiniones.

—¿Qué has dicho? —exclamó a una pregunta de Olney que le sacó de su abstracción.
—Decía que confío en que no serás tan tonto como para estudiar latín.
—El latín es algo más que cultura —intervino Ruth—. Es una preparación.
—Bien, ¿piensas estudiarlo? —insistió Olney.

Martin estaba apurado. Se daba cuenta de que la posición de Ruth dependía de sus respuestas.

—Me temo que no va a quedarme tiempo —dijo al fin—. Me gustaría, pero no podré.
—Como ves, Martin no busca cultura —exclamó Olney—. Pretende llegar a algún sitio, hacer algo.
—Pero eso constituye una disciplina mental. Te obliga a ejercitarla. —Ruth contempló a Martin, como si esperase que cambiara de opinión—. Los futbolistas deben entrenarse antes de cada partido. Para el pensador, el latín es algo parecido. Entrena.
—¡Tonterías! Eso nos dijeron cuando éramos niños. Pero hubo algo que se callaron. Nos dejaron que lo descubriésemos por nuestra cuenta. —Olney hizo una pausa efectista y luego agregó—: Y lo que se callaron es que todo caballero debía haber estudiado latín, pero que ningún caballero debería saber latín.
—Eso no es justo —protestó Ruth—. Sabía que ibas a darle la vuelta a este asunto para reforzar tu teoría.
—No, no lo creas —fue la respuesta—. Los únicos que saben latín son los abogados, los farmacéuticos y los profesores de lenguas muertas. Si Martin quiere ser una de esas cosas, me habré equivocado. ¿Pero qué tiene todo eso que ver con Herbert Spencer? Martin acaba de descubrirlo y está entusiasmado. ¿Por qué? Pues porque Spencer le ayuda en sus propósitos. Ni a mí ni a ti podría ayudarnos. No tenemos propósitos. Tú te casarás algún día y yo no tendré otra cosa que hacer más que seguir a los abogados y administradores que se encargarán del dinero que va a dejarme mi padre.

Olney se puso en pie, encaminándose a la puerta, donde se detuvo para una descarga final.

—Deja en paz a Martin, Ruth. Sabe lo que le conviene. Fíjate en todo lo que ha hecho por sí mismo. Me pone enfermo… enfermo de vergüenza. Sabe mucho más acerca del mundo, de la vida, de los hombres y de todo lo demás que Arthur, Norman, tú o yo, pese a tanto latín, francés y lenguas nórdicas.
—Pero si Ruth es mi maestra —objetó Martin caballerosamente—. A ella le debo lo poco que he aprendido.
—¡Tonterías! —Olney dirigió una maliciosa mirada a Ruth—. Supongo que vas a decirme que ella te recomendó leer a Spencer, lo que no es cierto. Ruth no sabe acerca de Darwin y del evolucionismo más que yo de las minas del rey Salomón. ¿Cuál fue esa definición de Spencer que me citaste el otro día? Aquello acerca de la homogeneidad, la incoherencia y lo indefinido.

Repítesela a Ruth, a ver si entiende algo. No es lo que llamamos cultura. Bien, adiosito, y, Martín, si te empeñas en el latín, te voy a perder el respeto.

Durante toda aquella discusión, Martin, pese a estar muy interesado, sintió una especie de fastidio. Se debía al tono infantil con que se trataban los estudios y las lecciones, que contrastaba con las grandes cosas que se agitaban en su interior, con el deseo de aferrar la vida, tan fuerte que le torcía los dedos como uñas de águila, con la emoción cósmica que le embargaba y con la incipiente consciencia de irlo dominando todo.

Eden se comparaba a un poeta, lleno de belleza y de poder que, habiendo naufragado en tierra extraña, se tambaleara y titubease al intentar, vanamente, cantar en la bárbara lengua de sus hermanos de aquel nuevo país. Eso mismo le ocurría a él.

Estaba vivo, dolorosamente vivo, a todas las cosas del Universo y, no obstante, debía soportar la charla infantil acerca de si le convenía o no estudiar latín.

—¿Qué diablos me importa el latín? —se preguntó aquella noche ante el espejo—. Que los muertos sigan muertos. ¿Por qué han de gobernarme a mí y a cuanto llevo conmigo? La belleza es una cosa viva y eterna. Los idiomas acaban por desaparecer. Son como el polvo de los muertos.

Pensó entonces que había expresado muy bien sus pensamientos y se acostó preguntándose el motivo de que no pudiese hablar de ese modo cuando estaba con Ruth. Entonces, no era más que un escolar, con léxico de escolar.

—Dadme tiempo —exclamó en voz alta—. ¡Dadme tiempo!

«Tiempo, tiempo, tiempo», ésa era su continua queja.


CAPÍTULO XIV

NO fue a causa de Olney sino pese a Ruth y a su amor por Ruth, por lo que decidió no estudiar latín. El dinero representaba tiempo. Había tantas cosas mucho más importantes que el latín, tantos temas que exigían su estudio con voces imperiosas. Y debía escribir. Necesitaba ganar dinero. No le aceptaban nada. Unas dos docenas de originales hacían la ronda por los periódicos. ¿Cómo lo conseguían los demás? Martin pasaba largas horas en la biblioteca pública estudiando lo que otros habían escrito, revisando sus trabajos con meticulosidad y comparándolos fríamente con los suyos y preguntándose, preguntándose de continuo, cuál era el secreto de que pudieran vender sus obras.

A Martin le sorprendía la cantidad de cosas publicadas que carecían de vida. No habían sabido injertarles luz, ni vida ni color. Sin embargo, pese a todo, sus autores las vendían a dos centavos la palabra, veinte dólares el millar, según indicaban en aquella nota en el periódico. A Martin le asombraban tantos relatos, escritos con habilidad y ligereza, según debía reconocer, pero sin vida ni realismo. La vida era sorprendente y extraordinaria, llena de una inmensidad de problemas, de sueños y de esfuerzos heroicos, pero, sin embargo, aquellos relatos sólo trataban de sus aspectos más vulgares. Martin sentía la presión y la fuerza, sus fiebres y sus sudores, junto con sus violentas rebeldías. Esto era, sin duda, acerca de lo que debía escribirse. Quería glorificar a los cabecillas de la perdida esperanza, a los enamorados locos, a los gigantes qué luchaban contra la fatiga, el terror y la tragedia, haciendo que la vida se resquebrajase con el vigor de su empresa. Pero, en cambio, los relatos que aparecían en las revistas semejaban dedicados a glorificar a los Mr. Butler, sórdidamente ávidos de dinero, y a los idilios más vulgares de hombrecillos y de mujeres vulgares. ¿Acaso los directores de esas publicaciones eran vulgares? ¿O, acaso, tanto los directores como los escritores y lectores temían a la vida?

El principal problema de Martin era que no conocía a ningún director. Y no sólo tampoco conocía a ningún escritor, sino que, además, no conocía a nadie que hubiese intentado escribir. No tenía quien le aconsejara ni en el más mínimo detalle. Martin comenzó a dudar de que los directores fueran seres humanos Semejaban tuercas en una gran máquina. Y esto era aquello, una gran máquina. Eden vertía su alma en sus narraciones, en sus artículos y en sus poemas, para confiárselos a una máquina. Los doblaba como era debido, ponía unos sellos en el interior, junto con el original, cerraba el sobre, le ponía también sellos y lo depositaba en un buzón. Así cruzaban el país y, al cabo de un tiempo, el cartero se los devolvía en otro sobre, en el cual habían pegado los sellos que él enviara. Era similar a una de esas máquinas que, al introducir unas monedas y mover una palanca, te entregan una barra de chicle o de chocolate. Dependía de en qué ranura colocaras la moneda, para que saliera chicle o chocolate. Lo mismo ocurría con la máquina editorial. Por un lado, sacaba cheques, y por el otro, notas de devolución. Hasta entonces, Martin no había conseguido más que lo último.

Eran estas notas las que daban mayor apariencia de ser una máquina a todo aquel horrible proceso. Estaban impresas, con una fórmula estereotipada. Martin las había recibido a centenares, algo así como una docena por cada uno de sus primeros escritos. De haber recibido una sola línea de tipo personal entre todas las notas, se hubiese sentido animado. Pero ni siquiera un solo director le dio esa prueba de su existencia. Por tanto, decidió que no había seres humanos al otro extremo de la línea tan sólo tuercas, bien engrasadas y ajustadas, en una máquina.

Martin era un excelente luchador, animoso y terco, y se hubiese decidido a seguir alimentando la máquina durante años. Pero se desangraba, y no en años, sino en unas cuantas semanas, concluiría la lucha. Cada sábado, el coste de su manutención le acercaba más a la destrucción, mientras que el franqueo de los cuarenta originales le sangraba con la misma intensidad. Martin ya no se compraba libros y procuraba economizar en cuestiones mínimas, aunque no tenía el sentido del ahorro y adelantó el fin varios días, al regalarle cinco dólares a su hermana Marian para que se comprase un vestido.

Eden siguió debatiéndose en la oscuridad, sin consejo, sin que le animasen y al borde de la desesperación. Incluso Gertrude comenzaba a mirarle con recelo. En un principio, toleró lo que, con amor fraterno, consideraba una tontería, pero, ahora, con solicitud fraterna, se sentía inquieta. Le parecía que la tontería de Martin se estaba convirtiendo en locura. Martin lo sabía y esto le hacía sufrir mucho más que el desdeñoso y punzante desprecio de Bernard Higginbotham. Martin tenía fe en sí mismo, pero estaba solo en su fe. Ni siquiera Ruth la compartía. La muchacha quería que estudiase y, si bien jamás le censuró por escribir, tampoco lo aprobaba.

Martin nunca pretendió mostrarle sus escritos. Se lo impedía cierta delicadeza. Además, la muchacha estudiaba mucho en la Universidad y Eden no quiso privarla del descanso. Sin embargo, una vez obtuvo su diploma, la propia Ruth le pidió que le dejase leer algo. Martin sintió un gran júbilo y, al mismo tiempo, una gran vergüenza. Allí tenía un juez. Ruth era bachiller en artes. Había estudiado literatura con profesores experimentados.

Puede que los que dirigían las revistas fuesen, también, jueces perspicaces. Pero ella iba a resultar distinta. Ruth no le enviaría una nota estereotipada, ni le diría que, por el hecho de que no publicasen su trabajo, éste no carecía de mérito. Ella, que era un ser humano, le hablaría, según su costumbre y, lo más importante, descubriría al verdadero Martin Eden. Por su trabajo, comprendería cómo eran su alma y su corazón y adivinaría algo, sólo algo, de sus sueños y de su vigor.

Martin reunió algunas de sus narraciones, copiadas a máquina, y, tras una breve duda, añadió su Lírica marina. Luego, Ruth y él tomaron las bicicletas cierta tarde de junio y se fueron a las colinas. Era la segunda vez que se encontraba a solas con ella y, mientras avanzaban bajo el calor, suavizado por la brisa del mar, Martin se sintió impresionado por el hecho de que era un mundo hermoso y bien ordenado y que resultaba magnífico ser joven y estar enamorado. Dejaron las bicicletas junto al camino y, luego, subieron hasta un montículo, en el que la hierba, quemada por el sol, olía a cosecha.

—Ya ha cumplido su misión —dijo Martin, cuando se sentaron. Ella lo hizo sobre su chaqueta y él en el suelo. Eden olió con placer la hierba pardusca, que fue penetrándole en la mente y poniendo en marcha sus razonamientos, desde lo particular a lo universal—. Ha cumplido su razón de existir —comentó mientras la acariciaba con afecto—. La movió la ambición bajo el invierno, se enfrentó a la primavera, floreció, alimentando a los insectos y a las abejas, se esparcieron sus semillas, ajustó sus cuentas con el mundo y el universo y…
—¿Por qué lo mira usted todo de un modo tan práctico? —le interrumpió Ruth.
—Porque he estudiado el evolucionismo, imagino. La verdad es que hace muy poco que empecé a ver claro.
—Me temo que haya perdido de vista la belleza al hacerse tan práctico. La destruye usted, igual que los niños que arrancan las alas a las mariposas.

Martin negó con un gesto.

—La belleza tiene un gran significado, pero nunca llegué a comprenderlo. La aceptaba, pero como algo carente de valor, que era así, sin razón y sin motivo. Nada sabía acerca de la belleza. Sin embargo, ahora ya lo sé o comienzo a saberlo. Esta hierba me resulta ahora más hermosa desde que conozco la química oculta del sol, de la tierra y de la lluvia que la convierte en hierba. Hay una gran novela en la biografía de la hierba y, también, una gran aventura. Sólo con pensarlo me estremezco. Al imaginarme la lucha entre la fuerza y la materia, me dan ganas de escribir un poema épico sobre la hierba.
—¡Qué bien habla usted! —exclamó ella como ausente y Martin advirtió que le miraba con fijeza.

Se sintió dominado por la confusión, mientras la sangre le afluía a las mejillas.

—Confío en ir aprendiendo a expresarme —murmuró—. Creo que tengo muchas cosas que decir. ¡Pero resulta tan difícil! No consigo encontrar el medio para comunicar lo que llevo dentro. En ocasiones, me parece como si todo el mundo, toda la vida, todo, se hubiese instalado en mi interior, para que yo lo transmita a los demás. Siento, ¿cómo lo voy a describir?, siento su grandeza, pero, cuando hablo, no consigo hacerlo más que como un niño. Es una gran tarea el traducir el sentimiento en lenguaje, tanto hablado como escrito, que, a su vez, despertará, en el que lea u oiga, iguales sensaciones. Es una tarea superior. Vea, cuando hundo la cara en la hierba, el aroma que respiro me provoca miles de Meas y de fantasías. Se trata del aroma del Universo. Me hace concebir canciones, risas, el éxito, el dolor, el esfuerzo y la muerte, y tengo visiones que despierta en mi mente la esencia de la hierba, todo lo cual quisiera explicárselo a usted y al mundo entero. ¿Pero cómo hacerlo? Tengo la lengua atada. He intentado, con las palabras anteriores, describirle el efecto que me produce el aroma de la hierba. Sin embargo, no lo he conseguido. Sólo lo he esbozado. A mí mismo me resulta confuso. Pero, a pesar de todo, ardo en deseo de comunicarlo. —Alzó las manos en un ademán de desesperación—. ¡Es imposible! ¡Nadie lo puede comprender! ¡No se puede explicar!
—Pero usted habla muy bien —insistió ella—. Piense cuánto ha mejorado en el poco tiempo que le conozco. Mr. Butler es un famoso orador. El comité del Estado le pide siempre que intervenga durante las campañas electorales. Acaba usted de hablar tan bien como él lo hizo en una reciente cena. La única diferencia es que él se domina mejor. Usted se excita demasiado, pero, con práctica, acabará por superarle. Usted sería un magnífico orador. Puede llegar muy lejos… si se lo propone. Tiene usted dominio. Estoy segura de que puede usted dirigir a hombres, y no veo razón para que no triunfe en todo lo que intente, tal como ha triunfado en la gramática. Sería usted un buen abogado. Destacaría en política. Nada hay que le impida tener un éxito tan grande como el de Mr. Butler. Sin la dispepsia, claro —añadió la muchacha con una sonrisa.

Siguieron hablando, y ella, con su manera habitual, suave pero persistente, insistió en la necesidad de una amplia base de cultura y del latín para cualquier carrera. Ruth trazó su ideal del hombre triunfador, que se basaba en la imagen de su padre, con algunos toques inconfundibles de Mr. Butler. Martin la escuchaba atentamente, tendido de espaldas y gozando de cada uno de los movimientos de sus labios. Pero su mente no la recibía. No había el menor atractivo en las imágenes que ella evocaba y Eden sintió, junto a una punzada de desencanto, una mayor ansia amorosa por ella. En las palabras de la muchacha no hubo ni una sola mención a sus relatos, que yacían olvidados en la hierba.

Al fin, aprovechando una pausa, Martin miró hacia el sol, calculando su altura, y tomó los originales para recordárselos.

—Me había olvidado —dijo Ruth— y tengo mucho interés en conocerlos.

Eden le leyó uno de sus cuentos, que consideraba de los mejores. Lo titulaba El vino de la vida y ese vino, que se le había subido a la cabeza al escribirlo, volvió a subírsele mientras lo leía. Había cierta magia en la concepción original y creyó habérsela impreso en las frases y en la forma de desarrollarlo. El fuego y la pasión con que lo escribiera surgieron nuevamente para arrollarle, de modo que se le pasaron por alto sus muchos defectos. No le ocurría lo mismo a Ruth. Su entrenado oído detectó las debilidades y las exageraciones, el excesivo énfasis que le prestara, advirtiendo, al instante, cada vez que el ritmo de las frases se alteraba o fallaba. Apenas lo notaba cuando no resultaba demasiado pomposo, momentos en que se daba cuenta exacta de que era obra de un aficionado. Éste fue su juicio final, obra de un aficionado, aunque no se lo dijo a Eden. En su lugar, cuando él hubo concluido, le señaló algunos defectos menores, asegurando que el relato le había gustado.

A Martin le desilusionó. Ruth tenía razón en sus críticas. Esto se lo reconocía, pero no pensaba compartir con ella su trabajo, para que le hiciese una corrección de escolar. Los detalles importaban muy poco. Ya se corregirían. Aprendería a corregirlos. Martin imaginaba haber captado algo grande de la vida, para plasmarlo en su relato. Eso fue lo que le leyó a la muchacha, no un ejercicio de composición y ortografía. Deseaba que ella sintiera lo mismo que él, que advirtiese y viera aquello que supo arrancarle a la vida con las manos y con la mente para plasmarlo en aquellas páginas, con palabras escritas. Decidió que había fracasado. Quizá los directores de periódico tuviesen razón. La idea era buena, pero no sabía transmitirla al lector. Disimuló su desengaño y colaboró con ella en la crítica de la narración, cíe modo que la muchacha no se dio cuenta de que, en el fondo, Martin no estaba de acuerdo.

—A esta otra narración la titulo El recipiente —explicó Martin desdoblando las cuartillas—. Me la han devuelto de cuatro o cinco revistas, pero, así y todo, sigo creyendo que es buena. En realidad, no sé lo que creer, excepto que no he tenido mala idea. Quizás a usted no se lo parezca. Es corta; cosa de dos mil palabras.
—¡Qué horror! —exclamó la muchacha cuando él hubo concluido—. ¡Es horrible, totalmente horrible!

Martin examinó el pálido rostro de Ruth, sus ojos desorbitados y los puños cerrados con secreta satisfacción. Lo había conseguido. Supo transmitir la fantasía y el sentimiento de su mente. Alcanzaba al lector. Le gustara o no, a Ruth la había dominado, obligándola a olvidar los detalles.

—Eso es la vida —afirmó Eden—, y la vida no siempre es bonita. Pero, quizá porque soy distinto, ahí encuentro algo hermoso. Me parece que la belleza aumenta al quedar al descubierto…
—¿Y no podía esa pobre mujer…? —comenzó a decir Ruth con vehemencia. Luego, dejó sin expresar su protesta y afirmó—: ¡Es degradante! ¡No es que no sea bonito! ¡Es que resulta asqueroso!

Por un momento, Martin sintió como si fuese a detenérsele el corazón. ¡Asqueroso! No se le había ocurrido. Tampoco era ése su propósito. Todo el relato apareció ante sus ojos, como en letras de fuego, y, a ese resplandor, estuvo buscando los detalles asquerosos. Luego, se le tranquilizó el corazón. No era culpable.

—¿Por qué no buscó un tema más grato? —le preguntaba la muchacha—. Sabemos que en el mundo hay cosas repugnantes, pero ésa no es una razón…

Siguió hablando indignada, pero él no la escuchó. Sonreía para sí al contemplar su rostro virginal, tan inocente, tan penetrantemente inocente, que su pureza parecía invadirle, librándole de toda escoria, para envolverle en una invisible capa, tan suave como el resplandor de las estrellas. Sabemos que hay cosas repugnantes en el mundo. Calculó lo que ella podía saber de eso, divirtiéndose como si se tratara de un chiste. Al instante, cual en una visión relámpago, se le apareció todo el océano de cosas repugnantes que hay en la vida, que él conocía muy bien y por las cuales tuvo que pasar o, por lo menos, ver, diciéndose que debía perdonarla por no comprender el relato. No era culpa suya. Martin agradeció a Dios que hubiese protegido de este modo la inocencia de Ruth. Sin embargo, él conocía la vida, la parte sucia lo mismo que la limpia, así como toda su grandeza pese al fango existente y, ¡por Dios!, que tenía algo que decirle al mundo. Los santos del cielo no podían ser más que limpios y puros. Eso carecía de mérito. Pero los santos del fango, ésa era la inextinguible maravilla. Y eso, también, era lo que hacía que la vida mereciese vivirse. Ver cómo la grandeza moral surgía de los pozos de la iniquidad, distinguir el esplendor lejano con ojos sucios de lodo, asistir a cómo, de la fragilidad y de todas las bajezas humanas, iban elevándose la fuerza, la verdad y el espíritu superior…

De pronto, Martin captó unas frases que en aquel momento repetía la muchacha.

—Su tono general es muy bajo, pese a todos los intentos.

Entonces, Ruth le citó un poema. Martin estuvo a punto de recomendarle otro, pero le absorbieron de nuevo sus visiones, por lo que se quedó mirando a la muchacha, a la hembra de la especie, a la que, desde el fermento primordial, ascendiendo durante miles y miles de siglos por la escalera de la vida, había llegado a la cúspide, para ser una sola, Ruth, pura, inocente y divina, dotada de poderes para hacer que él, Martin Eden, comprendiese el amor, aspirase a la pureza y deseara probar aquella divinidad. Él, Martin Edén, que, asimismo, había surgido de la masa y del fango, superando los incontables abortos y equivocaciones de la creación. Allí estaban lo extraordinario, la maravilla y la gran novela. Merecía escribirse, si es que encontraba las palabras adecuadas. ¡Santos del cielo! No eran más que santos y nada podían hacer. Pero él era un hombre.

—Tiene usted la fuerza necesaria —oyó decir a la muchacha—, pero es una fuerza incontrolada.
—Como la de un toro en una tienda de loza —sugirió Martin con una sonrisa.
—Y es preciso que aprenda a discernir. Debe usted consultar acerca del buen tono, de lo que es refinado y de gusto.
—Soy demasiado audaz —convino él.

Ruth sonrió con aprobación y se dispuso a escuchar otro relato.

—No sé lo que va a parecerle —advirtió Eden a modo de excusa—. Resulta un poco extraño. Quizá me haya pasado, pero mis propósitos eran buenos. No se preocupe de los detalles. Fíjese tan sólo, si capta lo importante. Resulta ambicioso y es sincero, pero ignoro si he sido capaz de hacerlo inteligible.

Comenzó a leer, sin dejar de observar a la muchacha. Había conseguido llegar a ella. Ruth sin respirar y totalmente absorbida, a juicio de Eden, por su creación. El relato se titulaba Aventura y era la apoteosis de la aventura, no como aparece en los libros, sino como es en realidad, el supremo esfuerzo, terrible con los vencidos igual que con los vencedores, sin lealtad para nadie, incomprensible y exigiendo una inagotable paciencia. Demanda días y noches de trabajo, en que casi domina la desesperación, ofreciendo, tan sólo, el resplandor de la gloria o la muerte negra después del hambre y de la sed o de la fiebre devoradora, a costa del sudor y de la sangre y a través de nubes de mosquitos feroces, al cabo de una interminable sucesión de tratos mezquinos e innobles, en el incierto camino hacia la cúspide y el triunfo absoluto.

Todo esto, y algo más, era lo que se exponía en su relato y Martin creyó que era lo que dominaba a la muchacha, al escucharle sin el menor comentario. Ruth tenía los ojos muy abiertos y se le enrojecían las mejillas. A Eden le pareció que jadeaba en los últimos párrafos. Es cierto que Ruth se sentía alterada, pero no por el relato, sino por el autor. No le interesó mucho el cuento, pero la obsesionaba la sensación de fuerza que emanaba de Martin, fuerza que acabó por arrollarla. La paradoja es que el relato se veía cargado con su fuerza y que, en aquel momento, constituía el canal transmisor. Ruth se daba cuenta únicamente de la fuerza, pero no del medio y, cuando semejaba más transportada por lo que él había escrito, estaba, en realidad, transportada por algo muy ajeno a esto, por un pensamiento terrible y peligroso, que, sin que ella se lo propusiera, había surgido inesperadamente. Se dio cuenta de que se preguntaba cómo debía ser el matrimonio y, la consciencia de que no podía desterrar esa curiosidad, cada vez más fuerte, la aterraba. Era impropio de una muchacha. No era propio de ella. A Ruth nunca la había torturado sueño adobado por la poesía de Tennyson, sin percibir el total significado de las delicadas alusiones del delicado maestro acerca de la realidad que interviene en la relación entre reinas y caballeros. Ruth estuvo siempre dormida y, ahora, la vida llamaba imperativamente a su puerta. Mentalmente, la asustaba descorrer los cerrojos, pero los instintos la impulsaban a abrir paso al extraño visitante.

Martin esperó su veredicto con satisfacción. No tenía dudas acerca de lo que iba a ser, por lo que quedó sorprendido al oírla decir:

—Es muy bonito.
»Es muy bonito —repitió la muchacha tras una pausa.

Naturalmente que era bonito, pero había algo más en el relato que la simple belleza, algo mucho más espléndido, que hizo de ésta su simple acompañante. Martin se tendió nuevamente en el suelo, advirtiendo cómo en su interior crecía la forma gris de una duda. Había fracasado. Se mostró torpe. Había intuido algo muy grande, pero no lo supo expresar.

—¿Qué piensa usted de… —Martin se interrumpió, avergonzado de usar por primera vez una palabra tan extraña—… del motif?
—Resulta confuso —reconoció Ruth—. En conjunto, ésa es mi única crítica. Seguí bien la historia, pero parecía haber demasiado. Demasiadas palabras. Interrumpe usted la acción al introducir excesivo material extraño.
—Ése era el motif —se apresuró a explicar Eden—, el gran motif subterráneo, cósmico y universal. Intenté que se mantuviese a tiempo con la anécdota, que es superficial. Estaba sobre la buena pista, pero creo que fallé. No conseguí sugerir lo que pretendía. Será cuestión de aprender.

Ruth no le entendió. Era bachiller en artes, pero Eden había sobrepasado sus limitaciones. La muchacha no había llegado a comprenderle, atribuyéndolo a su incompetencia.

—Se muestra usted demasiado voluble —comentó—. Pero algunos párrafos son muy bonitos.

Martin la oyó vagamente, pues dudaba en sí debía leerle la Lírica marina. Eden quedó algo desesperado, mientras Ruth le contemplaba, dominada por aquellas ideas acerca del matrimonio.

—¿Quiere usted ser famoso? —le preguntó bruscamente.
—Un poco —confesó Eden—. Es parte de la aventura. No es el ser famoso, sino el proceso de conseguirlo lo que cuenta. Y, al fin y al cabo, no considero el ser famoso más que como un medio para otro fin. Por ese motivo y por esa razón, quiero ser muy famoso.

«Por ti», deseaba añadir y lo hubiese añadido de mostrarse ella entusiasmada con lo que le leyó.

Pero Ruth andaba demasiado preocupada, buscándole una carrera en la que pudiese destacar, para preguntarle cuál era esa última meta que Martin había insinuado. Eden no tenía porvenir en la literatura. De eso, la muchacha estaba convencida. Acababa de demostrárselo con sus composiciones de aficionado. Martin sabía hablar bien, pero era incapaz de expresarse de una manera literaria. Ruth le comparó a Tennyson, a Browning y a sus prosistas favoritos, con clara desventaja para el marino. Sin embargo, Ruth no le confió sus pensamientos. El extraño interés que Martin le despertaba hizo que contemporizase. El deseo de escribir, que ahora sentía Martin, no le parecía más que una pequeña debilidad, a la que se sobrepondría con el tiempo. Entonces, se iba a ocupar de cosas mucho más serias. Y triunfaría. Eso le constaba a la muchacha. Era tan fuerte que no podía fracasar… si dejaba de escribir.

—Quisiera que me mostrase usted cuanto escribe, Mr. Eden —propuso Ruth.

Martin se ruborizó de placer. Ruth sé interesaba por sus cosas, como acababa de demostrar. Por lo menos, no le entregó la consabida nota de devolución. Había considerado bonitos algunos párrafos y eran éstas las primeras palabras de ánimo que recibía.

—Lo haré —dijo con entusiasmo—. Y le prometo, Miss Morse, que voy a triunfar. He llegado lejos, eso lo sé, y, también, que todavía tengo mucho que hacer, pero voy a conseguirlo aunque deba arrastrarme. —Alzó unas cuartillas escritas—. Esto es la Lírica marina. Cuando llegue a su casa, se lo daré para que lo lea tranquilamente. Y debe decirme lo que opina. Lo que necesito, por encima de todo, es crítica. Y, por favor, muéstrese franca conmigo.
—Seré muy franca —le prometió ella, con la desagradable impresión de que, no sólo no lo había sido, sino que, además, dudaba de que pudiera serlo.

(Continuará…)

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