Martin Eden (II)

Jack London








CAPÍTULO III

MIENTRAS Martin Eden bajaba la escalera, hundió la mano en el bolsillo de la chaqueta para sacar un cigarrillo de papel marrón y tabaco mexicano. Aspiró hondo, para que el humo le llenase los pulmones y, luego, lo fue exhalando lentamente.

—¡Por Dios! —exclamó en voz alta y admirada—, ¡por Dios! —repitió. Y, nuevamente, dijo—: ¡Por Dios!

Luego, se llevó la mano al cuello, que arrancó de la camisa, guardándoselo en un bolsillo. Caía una fría llovizna, pero se descubrió la cabeza y se desabrochó el chaleco, contoneándose con espléndida despreocupación. Apenas se daba cuenta de que llovía. Se sentía en éxtasis, viviendo una serie de sueños y reconstruyendo mentalmente los últimos acontecimientos.

Al fin había encontrado a la mujer, a la mujer en la que pensó muy poco, pues no tenía costumbre de pensar en ellas, pero a la que, de modo impreciso, siempre esperaba encontrar. Se sentó a su lado a la mesa. Sintió su mano en la suya, pudo mirarla a los ojos y descubrir un hermoso espíritu, aunque no tan bello como las pupilas a través de las que brillaba, ni de la carne que le daba forma y expresión. Su cuerpo era algo más que el ropaje de un alma. Era una emanación de esa misma alma, una pura y graciosa cristalización de su divina esencia. Le sobresaltó la idea de la divinidad. Le hizo descender de sus grandes sueños. Hasta entonces, nunca le había asaltado la menor sospecha de la divinidad, ni siquiera un destello. Nunca creyó en esas cosas. Fue siempre arreligioso, burlándose amablemente de quienes se preocupaban del cielo y de la inmortalidad del alma. Afirmaba taxativamente que no había vida en el más allá. Sólo teníamos aquí y ahora. Después, las sombras. Sin embargo, lo que vio en los ojos de la muchacha era un alma, un alma inmortal, que no podía desaparecer nunca. Nadie, entre todas las personas, hombres y mujeres, que llegara a conocer, logró transmitirle el mensaje de la inmortalidad. En cambio, ella sí. Se lo dijo en un susurro la primera vez que le miró. El rostro de Ruth brillaba de nuevo ante los ojos de Martin, mientras seguía su camino, pálido y serio, dulce y sensible, sonriéndole con una ternura que sólo un espíritu es capaz de sentir y más pura de lo que había imaginado que se pudiera ser. Al pensarlo, sintió como si le golpeasen. Le sobresaltó. Había conocido lo bueno y lo malo, pero no se le ocurrió nunca que la pureza pudiese ser un atributo de la existencia. Y, ahora, a través de ella, la comprendía como el superlativo de la bondad y de todo lo que es limpio, como la suma de cuanto constituye la vida eterna. Al instante, se despertó su ambición de alcanzar aquella vida eterna. No era digno ni siquiera de traerle agua, eso lo sabía; fue un milagro de la suerte el que le permitió conocerla, hablarle y estar a su lado aquella noche. Se trataba de un simple accidente. No había mérito alguno. No merecía tal suerte. Su estado de ánimo era eminentemente religioso. Se sentía empequeñecido y manso, dominado por el automenosprecio y la humildad. En esa disposición acuden los pecadores a la penitencia. Había pecado. Pero, así como los humildes y sumisos ante la penitencia reciben brillantes premoniciones de su existencia futura, así entrevió él la dicha que alcanzaría poseyendo a la muchacha. Sin embargo, ésta le resultaba imprecisa, casi nebulosa, y muy distinta a las otras posesiones que ya conociera. La ambición le encumbró con locas alas y pudo verse elevándose a las alturas en compañía de Ruth, compartiendo con ella sus pensamientos, gozando juntos de cosas hermosas y nobles. Soñaba con una posesión espiritual, exenta de grosería, una libre camaradería de las mentes, que no lograba precisar de manera concreta. En realidad, ni siquiera llegó a pensarlo. En esos instantes, no pensaba en nada. Las sensaciones vencían a la razón y se estremeció ante cosas que jamás experimentara, navegando con delicia por un mar de sensibilidad en el cual el sentimiento se exaltaba, para espiritualizarse, más allá de las cumbres de la vida.

Siguió adelante, tambaleándose como un borracho, mientras decía fervorosamente y en voz alta:

—¡Por Dios, por Dios!

Un policía, de plantón en una esquina, le miró con aire suspicaz, advirtiendo entonces el cigarrillo, habitual en los marineros.

—¿Dónde la pescó? —quiso saber.

Martin Eden volvió a la tierra. Poseía un organismo en extremo flexible, que se adaptaba fácilmente a cualquier circunstancia y contingencia. Ante el saludo del policía, fue nuevamente el de costumbre, dándose cuenta en seguida de la situación.

—¿Qué le parece? —comentó riendo—. ¡Pues no estaba hablando en voz alta!
—Pronto comenzará a cantar —fue el diagnóstico del policía.
—No lo crea. Deme una cerilla y tomaré el primer tranvía.

Encendió el cigarrillo y dio las buenas noches.

—Bueno, que me aspen —murmuró—. El poli ese creyó que estaba borracho. —Sonrió, pensativo—. Y me parece que lo estoy —convino—, pero nunca creí que fuese a causa de un rostro de mujer.

Tomó un tranvía de Telegraph Avenue que se dirigía a Berkeley. Estaba repleto de muchachos y de jóvenes que entonaban canciones y lanzaban al aire los lemas de sus escuelas. Martin los estudió con atención. Eran universitarios. Asistían a la misma Universidad que ella, pertenecían a su misma clase social, quizá la conocieran y, de pretenderlo, podían tratarla a diario. Le sorprendió que no lo desearan, que hubiesen salido a divertirse en vez de pasar la velada con ella, habiéndole y rodeándola para adorarla. Su fantasía se desbordó. Se fijó en un estudiante de ojos achinados y boca floja. Era un mal bicho, decidió. A bordo de cualquier buque, aquel individuo sería un chivato, un quejica y un chismoso. Él, Martin Eden, era muy superior a todos ellos. Esto le causó una profunda alegría. Así semejaba acercarse más a Ruth. Comenzó a compararse con los estudiantes. A causa del mecanismo muscular de su cuerpo, estaba muy por encima de los componentes de aquel grupo. Pero ellos poseían conocimientos que les permitían hablar el mismo idioma que Ruth. Esto le deprimió. Sin embargo, se preguntó apasionadamente para qué servía el cerebro. Podía hacer lo mismo que ellos hicieron. Estudiaron la vida en los libros, mientras él se ocupaba en vivir la vida. También él poseía conocimientos, pero eran muy distintos. ¿Cuántos de aquellos muchachos serían capaces de hacer un nudo acollador, empuñar el timón o montar una guardia? Su vida se le apareció en una sucesión de imágenes de peligro y audacia, de penalidades y de esfuerzos. Recordó las heridas que sufriera y los errores que cometió mientras aprendía. Todo eso había adelantado. Más tarde, los estudiantes deberían comenzar a vivir la vida y pasar por la rueda, igual que él lo hizo. Muy bien. Mientras esto les ocupaba, él se dedicaría a aprender la Otra cara de la vida en los libros.

Cuando el tranvía cruzó la zona ocupada por unas cuantas viviendas, que separa Oakland de Berkeley, se mantuvo atento hasta descubrir un edificio de dos pisos, en cuya fachada campeaba el orgulloso rótulo: «Tienda de Higginbotham». En esta parada bajó Martin Eden. Se detuvo y contempló el letrero. Para el joven, tenía un significado más profundo que las meras palabras. De las propias letras, emanaba una personalidad mezquina, egocéntrica y de pequeñas raterías. Bernard Higginbotham se había casado con la hermana de Martin y éste le conocía bien. El joven abrió la puerta, con el llavín que poseía, y se encaminó al segundo piso. Allí vivía su cuñado. La tienda se encontraba en la planta. En el ambiente, flotaba un aroma a vegetales añejos. Mientras cruzaba, el recibidor, Martin tropezó con un carro de juguete, abandonado allí por alguno de sus numerosos sobrinos. Fue a chocar estrepitosamente contra una puerta. «¡Avaro! —se dijo—. Demasiado tacaño para gastarse dos centavos en una luz de gas y evitar que los inquilinos se partan el pescuezo.»

Buscó el tirador y entró en una habitación iluminada, en la que se encontraban su hermana y Bernard Higginbotham, Aquélla se ocupaba en remendar unos viejos pantalones del marido, mientras éste acomodaba su flaco cuerpo en dos sillas, dejando que sus pies, calzados con viejas pantuflas, colgasen de la segunda. Miró al recién llegado por encima del periódico que leía, descubriendo dos ojos oscuros, falsos y penetrantes. Martin Eden jamás pudo echarle la vista encima sin experimentar una especie de repulsión. No llegaba a comprender qué pudo ver su hermana en aquel hombre. El cuñado le producía siempre la sensación de una sabandija y nunca conseguía evitar el deseo de aplastarle con una bota. «Algún día le romperé la cara», era el modo como se consolaba por tenerle que soportar. Las crueles pupilas, semejantes a las de una comadreja, le miraban con aire de censura.

—¿Y bien? —le invitó Martin—. Suéltalo de una vez.
—Hice pintar la puerta la semana pasada —se lamentó Mr. Higginbotham reconviniéndole—. Ya sabes los precios que ha impuesto el sindicato. Deberías estar más atento.

Martin fue a contestarle, pero comprendió que sería inútil. Apartó la vista de aquella alma sórdida que era su cuñado, hasta un cromo clavado en la pared. Siempre le había gustado, pero, entonces, fue como si por primera vez lo viese. Era grosero, exactamente grosero, como todo cuanto había en la casa. Sus pensamientos volvieron a la mansión de la que regresaba y, de nuevo, vio los cuadros y, luego, a la muchacha,

contemplándole con extrema dulzura, igual que en el momento en que se despidieron. Olvidó dónde se encontraba e, incluso, que existiese Bernard Higginbotham, hasta que ese caballero indagó:

—¿Has visto un fantasma?

Martin bajó de su sueño y contempló sus pupilas, semejantes a abalorios, de expresión burlona y, al mismo tiempo, truculentas y cobardes. De súbito, se le aparecieron aquellos mismos ojos cuando su propietario hacía una venta en el almacén del piso inferior y se mostraban serviles, farisaicos, húmedos y halagadores.

—Sí —convino Martin—. He visto un fantasma. Buenas noches. Buenas noches, Gertrude.

Se dispuso a abandonar la habitación, cuando se le enganchó el pie en un descosido de la alfombra.

—¡No golpees la puerta! —le advirtió Mr. Higginbotham.

Martin sintió cómo se le encendía la sangre en las venas, pero se contuvo y cerró con mucho cuidado.

Mr. Higginbotham contempló a su esposa con aire triunfal.

—Ha estado bebiendo —declaró en voz baja—. Te lo anuncié.

Ella asintió, resignada.

—Le brillaban mucho los ojos —reconoció— y no llevaba cuello, aunque se lo puso para salir. Quizá sólo tomó un par de vasos.
—No mantenía el equilibrio —insistió su esposo—. Le estuve vigilando. No podía moverse sin tropezar con algo. Ya oíste que casi se caía cuando entró.
—Creo que tropezó con el carro de Alice —dijo Gertrude—. No lo vería en la oscuridad.

La voz y la cólera de Mr. Higginbotham comenzaron a alzarse. Durante toda la jornada, se anulaba a sí mismo en la tienda, reservando para las últimas horas, con la familia, mostrarse tal cual era.

—Te digo que ese precioso hermano tuyo está borracho.

Su voz sonaba fría, aguda y definitiva y sus labios pronunciaron cada palabra como el troquel de una máquina. Su esposa suspiró, por toda respuesta. Era una mujer grande y fuerte, vestida siempre con mucha limpieza y siempre cansada por el peso de la carne, de su trabajo y de su marido.

—Lo lleva dentro, te lo aseguro, heredado de su padre —siguió acusando Mr. Higginbotham—. Y morirá en la calle, del mismo modo. Lo sabes muy bien.

Gertrude suspiró, asintiendo, para continuar con su tarea. Habían convenido que Martin regresó a casa borracho. No cabía en sus almas comprender la belleza o hubiesen adivinado que aquellos ojos brillantes y el rostro iluminado denunciaban el primer amor de la juventud.

—Da un excelente ejemplo a los niños —dijo Mr. Higginbotham para romper el silencio, del que culpaba a su mujer. En ocasiones, deseaba que ella le hiciese frente más a menudo—. Como lo repita, tendrá que marcharse. ¿Comprendido? No permitiré que ese mequetrefe desmoralice a inocentes criaturas con el alcohol. —A Mr. Higginbotham le había gustado cierta palabra, recientemente añadida a su vocabulario tras leerla en el periódico—. Eso es lo que pretende, desmoralizar. No tiene otro nombre.

Su mujer suspiró de nuevo, movió la cabeza apenada y continuó cosiendo. Mr. Higginbotham volvió a la lectura del periódico.

—¿Te pagó la pensión de la semana pasada? —indagó por encima de sus páginas.

Gertrude asintió, añadiendo:

—Aún le queda dinero.
—¿Cuándo vuelve a embarcarse?
—Cuando lo haya gastado, supongo —respondió ella—. Ayer se fue a San Francisco, para buscar algún buque. Pero todavía le queda dinero y es un poco especial acerca de las embarcaciones en las que se enrola.
—¡Un rata de cubierta con mucho orgullo! —se burló el tendero—. ¡Especial!
—Me habló de una goleta que va a un país extraño en busca de un tesoro escondido. Dijo que se embarcaría si el dinero le duraba bastante.
—Si sentara la cabeza, yo le daría trabajo. Podría encargarse del reparto — anunció su esposo, sin trazas de benevolencia en la voz—. Tom se ha despedido.


Gertrude le miró alarmada.

—Me lo ha dicho esta noche. Va a trabajar con Carruthers. Le paga más de lo que yo puedo permitirme.
—Te advertí que le perderías —replicó ella—. Merecía más de lo que le dabas.
—Oye, vieja —gritó Mr. Higginbotham—. Por milésima vez te aconsejo que no metas las narices en mis asuntos. No volveré a decírtelo.
—No me importa —contestó Gertrude—. Tom es un buen muchacho.

Su marido clavó en ella la mirada. Le estaba desafiando abiertamente.

—Si ese hermano tuyo valiese lo que come, podría sustituirle —insistió luego.
—Paga su pensión —le recordó—. Y es mi hermano y, mientras no te deba dinero, no tienes derecho a estarle pinchando de continuo. Aún me quedan sentimientos a pesar de llevar siete años casada contigo.
—¿Le avisaste de que le cobrarías el gas si continúa leyendo por las noches? —indagó el marido.

Mrs. Higginbotham no respondió. Su rebeldía se iba apagando conforme a los ánimos les dominaba el cuerpo cansado. Su esposo quedó triunfador. La había apabullado. Las pupilas le brillaron, al tiempo que oía con satisfacción los suspiros de Gertrude. Le complacía mucho zaherirla, lo que últimamente resultaba bastante fácil, aunque no fuese igual en los primeros tiempos de su matrimonio, antes de que la turba de hijos y sus continuos ataques la despojasen de toda energía.

—Bien, se lo dices mañana sin falta —ordenó el tendero—. Y, antes de que se me olvide, avisa a Marian para que se encargue de los niños. Sin Tom, yo mismo deberé hacer los repartos, por lo que tú atenderás a los clientes.
—Mañana es día de colada —objetó ella.
—Levántate antes y ponte a lavar en seguida. Yo no saldré hasta las diez.

Satisfecho, hizo crujir el periódico y reanudó su lectura.


CAPÍTULO IV

MARTIN Eden, con la sangre aún alterada por el contacto con su cuñado, se dirigió, por el corredor a oscuras, hacia su reducido dormitorio, en el que no cabían más que una cama, un lavabo y una silla. Mr. Higginbotham era demasiado tacaño para tener servicio cuando su esposa se podía encargar de todo el trabajo. Además, la habitación que hubiese ocupado una criada le permitía tener dos huéspedes en lugar de uno. Martin dejó los volúmenes de Swinburne y de Browning en una silla, se quitó el abrigo y fue a sentarse en la cama. Los muelles del viejo somier gruñeron bajo el peso de su cuerpo, como si estuviesen asmáticos, pero él no lo advirtió. Iba a quitarse los zapatos, cuando se detuvo para contemplar la blanca pared de enfrente, manchada por los oscuros churretes de la lluvia que se filtrara del techo. En aquel sucio ambiente, las visiones se volvieron a encender. Olvidó los zapatos, para quedar con la mirada fija, hasta que, al fin, sus labios comenzaron a moverse y murmuró:

—¡Ruth! ¡Ruth!

Nunca imaginó que una sencilla palabra pudiese ser tan hermosa. Le encantaba el oído y se emborrachó repitiéndola.

—¡Ruth!

Era como un talismán, cual un conjuro. Cada vez que la repetía, el rostro de la muchacha aparecía en la pared, borrando toda suciedad. Era como si irradiase un resplandor que no se limitaba a los muros. Semejaba extenderse hasta el infinito y, a través de sus dorados rayos, permitir que sus almas se buscaran. Cuanto bueno había en Martin, brotaba con la fuerza de un torrente. Sólo con pensar en ella, se purificaba y ennoblecía, haciéndole mejor e impulsándole a desear ser mejor. Esto constituía una novedad. Jamás conoció a una mujer que le despertase tales sentimientos. Por el contrario, tenían el efecto opuesto, de embrutecerle. Ignoraba que la mayoría se habían esforzado inútilmente por conseguirlo. Al no preocuparse de sí mismo, no sabía que tuviese algo que atrajera el amor de las mujeres, motivo de que éstas sólo buscasen su juventud. Aunque ellas se preocupaban frecuentemente de él, Martín no se preocupaba lo más mínimo de ellas; nunca llegó a sospechar que pudiese haber mujeres que ahora fuesen mejores por causa suya. Hasta aquel momento, había vivido con una absoluta despreocupación y, entonces, le parecía que todas tendían hacia él unas manos envilecidas. No era justo con ellas ni consigo mismo. Pero Martín, que comenzaba a tener consciencia de su ser, no estaba en condiciones de juzgar y ardía en la vergüenza, mientras repasaba las visiones de su infamia.

Se puso en pie de súbito, para contemplarse en el sucio espejo del lavabo. Le pasó una toalla y, luego, se examinó con atención. Tenía ojos hechos para ver, pero, hasta aquel instante, estuvieron demasiado ocupados contemplando un mundo que cambiaba de continuo para mirarse a sí mismo. Descubrió en el espejo la cabeza, y el rostro de un muchacho de veinte años, pero, por falta de costumbre, no supo cómo valorarlos. Sobre una amplia frente, tenía una abundante cabellera castaña, con algunas ondas y rizos, que encantaban a las mujeres, haciendo que las manos les ardiesen con el deseo de acariciarlos. Pero Martín lo pasó por alto, considerando que para ella carecía de mérito y fijándose tan sólo en la frente, como si intentara penetrar allí y descubrir su contenido. Se preguntó varias veces qué clase de cerebro tenía. ¿De qué era capaz? ¿Hasta dónde podía llevarle? ¿Le iba a conducir a Ruth?

También se preguntó si habría espíritu en aquellos ojos acerados, que a veces parecían azules y que estaban fortalecidos por los vientos que azotaban el soleado mar. Le hubiese gustado saber qué le parecían a la muchacha. Intentó colocarse en su sitio para mirarlos, pero resultó inútil. Lograba fácilmente ponerse en el lugar de otros hombres, pero debía tratarse de gente cuya clase de vida conociese. E ignoraba totalmente la de ella. Ruth era como un misterio, por lo que le resultaba imposible adivinar sus pensamientos. Llegó a la conclusión de que sus ojos parecían honestos, sin que se descubriese el menor asomo de mezquindad o de doblez. Le sorprendió lo bronceado de su rostro. Nunca imaginó que fuese tan moreno. Se arremangó, comparándolo con la parte de la piel no alcanzada por el sol. Sí, al fin y al cabo, era un hombre blanco. Pero los brazos también estaban tostados. Los movió, acariciándose los bíceps con la otra mano, mientras miraba al lugar menos curtido. Era muy blanco. Se rió, al verse en el espejo, diciéndose que la cara fue, en una época, tan blanca como aquello. Tampoco soñó que en el mundo hubiese mujeres que se enorgullecían de tener una piel tan clara y suave como la suya, donde escapara a los efectos del sol.

Su boca tenía algo de la del querubín, de no cerrarse firmemente sobre los dientes. En ocasiones, lo hacía de tal modo que resultaba dura y casi ascética. Era la boca de un luchador y de un enamorado. Sabía apreciar las dulzuras de la vida, pero, al mismo tiempo, era capaz de sacrificarías, para dominar a esa misma vida. En esto le ayudaba la recia mandíbula, firmemente acusada. La fuerza se equilibraba con la sensualidad, tonificándola e impulsándole a amar la belleza sana y a que vibrase con las sensaciones más limpias. Y, entre los labios, se advertían dientes que nunca necesitaron del dentista. Al examinarlos, decidió que eran blancos, fuertes y regulares. Pero entonces comenzó a inquietarse. Vagamente, como si surgiese del fondo de la memoria, recordó que había quien se los lavaba a diario. Era gente de la clase alta, a la que Ella pertenecía. También Ruth debía hacerlo. ¿Qué pensaría de enterarse que él no se los había lavado ni una sola vez en toda su vida? Decidió comprarse un cepillo y adquirir esa costumbre. Comenzaría mañana mismo. No era únicamente con el triunfo personal con lo que iba a conquistarla. Debía reformarse por completo, incluido el lavarse los dientes y ponerse cuello y corbata, aunque esto último le pareciese renunciar a su libertad.

Martin alzó la mano, mientras se acariciaba la callosa palma con el pulgar y contemplaba la suciedad incrustada en la piel y que ningún cepillo podía limpiar. ¡Cuan distintas a las de Ruth! Sintió un delicioso escalofrío al recordarlas. Suaves como pétalos de rosa y frescas cual un copo de nieve. Jamás imaginó que las manos de una mujer pudiesen serlo hasta ese punto. Se dio cuenta de que deseaba que esas manos le acariciasen y se ruborizó. Era demasiado atrevimiento. En cierto modo, semejaba rebajar su gran espiritualidad. Ruth era un pálido espíritu, exaltado más allá de la carne. No obstante, la suavidad de sus manos se mantuvo en los pensamientos de Martin. Estaba acostumbrado a las endurecidas palmas de las operarías de fábrica. Sabía muy bien cómo llegaron a ser así; pero las de ella… Eran tan suaves porque nunca trabajaron. Ante la terrible realidad de que había gente que no tenía que trabajar para poder vivir, sintió que se ampliaba el abismo existente entre ambos. Entonces comprendió la distinción de la gente que no trabajaba. En la pared, semejó dibujarse una figura altiva, arrogante y poderosa. Él debía trabajar; sus primeros recuerdos parecían relacionados con el trabajo y toda su familia trabajaba. Estaba, por ejemplo, Gertrude. Cuando sus manos no resultaban duras a causa de las faenas caseras, se veían hinchadas y enrojecidas por la colada. También estaba su hermana Marian. El pasado verano figuró entre las operarías de una envasadora y sus esbeltas y finas manos lucían cicatrices de los cuchillos de cortar tomates. Además, se había dejado las puntas de dos dedos en la guillotina de la fábrica de papel en que estuvo empleada el invierno anterior. Recordaba las manos endurecidas de su madre, cuando yacía en el ataúd. Y su padre trabajó hasta el último aliento; al morir, los callos que tenía en las palmas debían medir ya la media pulgada. Pero las manos de Ruth eran suaves, lo mismo que las de su madre y las de sus hermanos. Esto último le causó una gran sorpresa. Era una clara señal de la distinción de su casta, de la gran distancia que había entre los dos.

Martin se sentó de nuevo en la cama, sonriendo con amargura, para quitarse los zapatos. Era un estúpido. Se había emborrachado con el rostro y con las suaves manos de una mujer. Y, entonces, súbitamente, ante sus ojos apareció una visión, como si se proyectase en la blanca pared. Martin se encontraba ante una humilde casa de vecindad. Era ya de noche, en el East End de Londres, y a su lado estaba Margey, una obrera de quince años. La había acompañado a su domicilio tras una fiesta. Vivía en aquel edificio, ni siquiera apropiado para los cerdos. Martin tendió la mano a la muchacha para despedirse. Margey alzó la cabeza para que la besara, pero él no pensaba hacerlo. En cierto modo, le asustaba. Luego, la endurecida palma de la chica se cerró sobre la suya, apretándosela con calor. Martin sintió sus callosidades y le invadió una ola de compasión. Contempló sus ojos hambrientos de cariño y su mal alimentado cuerpo, que había saltado de la infancia a una madurez temerosa y, al mismo tiempo, feroz. Entonces, la abrazó, a la vez que se inclinaba para besarla en los labios. Recordaba aún su grito de júbilo y el modo como se aferraba a él, igual que una gata. ¡Pobre muchacha hambrienta! Siguió contemplando aquella visión de algo ocurrido mucho tiempo atrás. La carne se le encendía como se le encendió aquella noche, cuando Margey le abrazaba, mientras el corazón se le henchía de piedad. Era una escena grisácea, de un gris sucio, Sobre un fondo de lluvia que caía sobre el empedrado. Pero, de pronto, un gran resplandor iluminó la pared y, a través de la otra visión, desplazándola, fue surgiendo el pálido rostro de Ruth, bajo su corona de cabellos dorados, remoto y tan inaccesible como una estrella.

Martin tomó los volúmenes de Browning y de Swinburne de la silla para besarlos. Se dijo que, pese a todo, ella le había indicado que volviese pronto. Se miró nuevamente al espejo y se dijo, en voz alta, con toda solemnidad:

—Martin Edén, mañana, a primera hora, irás a la biblioteca pública a estudiar urbanidad. ¿Comprendido? —Apagó el gas y, luego, el somier crujió bajo su cuerpo—. Has de cuidarte el lenguaje, Martin, muchacho; has de cuidarte el lenguaje — añadió en voz alta.

(Continuará…)

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