Escribir (FINAL)

Marguerite Duras








El número puro

Hace mucho tiempo, el comercio de aceites de mesa rescató la palabra «puro». Durante mucho tiempo el aceite de oliva ha sido garantía pura; pero los demás aceites, ya sean de cacahuete o de nuez, nunca.

Esa palabra sólo funciona sola. Por sí misma, para sí misma, no califica a nada ni a nadie. Quiero decir que no puede adaptarse, que se define claramente sólo a partir de su empleo.

Esa palabra no es un concepto, ni un defecto, ni un vicio, ni una cualidad. Es una palabra de la soledad. Es una palabra sola, sí, eso es, una palabra muy breve, bisilábica. Sola. Sin duda, es la palabra más «pura» junto a la que y después de la que sus equivalencias se borran de sí mismas y para siempre quedan en lo sucesivo desplazadas, desorientadas, flotantes.

Olvido decir: es una de esas palabras sagradas en todas las sociedades, en todas las lenguas, en todas las conciencias. En el mundo entero, eso es lo que ocurre con esa palabra.

En cuanto Cristo llegó a este mundo, debió de pronunciarse en alguna parte y para siempre. Un caminante debió de pronunciarla, por el camino, en Samaria, o una de esas mujeres que acompañaban a la Virgen… Nada sabemos. En alguna parte y para siempre, esa palabra allí se quedó, hasta la crucifixión de Jesús. No soy creyente. Creo solamente en la existencia terrestre de Jesucristo. Creo que es cierto. Que Cristo y Juana de Arco debieron existir: su martirio resuelto en su muerte. También existió. Esas palabras siguen existiendo en el mundo entero.

Yo, que no rezo, lo digo, y algunas noches lloro por ello para superar el presente obligatorio, a través de una televisión hecha de publicidad, orientada ahora hacia un futuro de yogures y automóviles.

Ambos, Cristo y Juana de Arco, dijeron la-verdad acerca de lo que creían oír: la voz del Cielo. El, Cristo, fue asesinado como un deportado político. Y a ella, la bruja de los bosques de Michelet, debieron destriparla, quemarla viva. Violarla. Asesinarla.

Y ya, muy pronto en la historia, en tiempos lejanos, hubo los judíos, el pueblo de los judíos muertos, asesinados y también enterrados en las actuales tierras alemanas, eso aún en esa primera fase de un conocimiento frenado por la muerte. Y sigue siendo imposible abordar este hecho sin aullar. Sigue siendo inconcebible. Alemania, en lo que respecta a ese asesinato, se convirtió en una muerta endémica, latente. Aún no ha despertado; lo creo. Quizá nunca más esté completamente presente. Sin duda tiene miedo de sí misma, de su propio futuro, de su propio rostro. Alemania tiene miedo de ser alemana. Dijeron: Stalin. Yo digo: Stalin, quienquiera que sea, ganó la guerra contra aquéllos, los nazis. Sin Stalin, los nazis habrían asesinado a todos los judíos de Europa. Sin él habría sido necesario matar a los alemanes asesinos de judíos, hacerlo nosotros mismos, hacer de los alemanes, con los alemanes, lo que ellos, los alemanes, hicieron con los judíos.

La palabra judío es «pura» en todas partes, pero al pronunciarla de verdad es cuando se reconoce como el único vocablo capaz de expresar lo que se espera de él. Y lo que se espera de él ya no se sabe, porque los alemanes han quemado el pasado de los judíos.

La «pureza» de sangre alemana ha sido la desgracia de Alemania. Esta misma pureza ha hecho asesinar a millones de judíos. En Alemania, y lo creo a rajatabla, esa palabra debería ser quemada públicamente, debería ser asesinada, que sangre sólo sangre alemana, no simbólicamente recolectada, y que la gente llore realmente al ver esa sangre escarnecida (no llorarían por sí mismos, sino por la sangre en sí). Y aún no bastaría. Quizá nunca se sepa lo que hubiera bastado para que ese pasado alemán dejara de tejerse en nuestra vida. Quizá no se sepa nunca.

Quisiera pedir, a quienes lean esas líneas, ayuda para un proyecto que concebí hace tres años, a raíz del anuncio del cierre de las fábricas Renault, en Billancourt. Se trataría de consignar los nombres y apellidos de todas las mujeres y de todos los hombres que pasaron su vida entera en esta fábrica nacional de renombre mundial. Y que lo hicieron desde principios de siglo, desde la fundación de las fábricas Renault, en Boulogne-Billancourt.

Se trataría de una lista exhaustiva, sin comentario alguno.

Debería alcanzar la cifra de una gran capital. Ningún texto podría contrarrestar esta realidad de cifras, de trabajo en Renault, de pena capital: la vida.

¿Por qué hacer lo que pido?

Para ver lo que, en conjunto, formaría un muro de proletariado.

Aquí, la historia sería el número: la verdad es el número.

El proletariado en la inocencia más evidente: la del número.

La verdad sería la cifra aún no comparada, incomparable del número, la cifra pura, sin comentario alguno, la palabra.


La exposición de la pintura

para Roberto Plate

El espacio es amplio. En la parte superior de la pared hay cristales. El cielo se ha detenido, azul. Una nube blanca y densa abandona el cielo, solitaria. Deja atrás cristales y azul, muy lentamente.

No hay libros. No hay palabras escritas encima de un diario. No hay vocabulario de un léxico determinado. Todo está perfectamente en orden.

En medio del espacio hay una mesa baja y, debajo, otra mesa más baja. Ambas mesas están llenas de tubos de pintura vacíos, retorcidos, a veces rajados por la parte central, a veces rajados y aplanados, rascados con la hoja del cuchillo.

Ni los tubos ya empezados ni los aún intactos aparecen mezclados con los que están reventados y vacíos. Están rechonchos, llenos, muy saludables, muy compactos, como frutos que aún no han alcanzado la madurez. Están colocados de manera que no se ve la etiqueta con el nombre del color. Están hechos de una ligera aleación metalizada gris. Bajo la cápsula, están herméticamente cenados.

En un pote, encima de esta misma mesa, hay pinceles. Hay cincuenta pinceles, o cien. Todos parecen prácticamente destrozados. Están muy disminuidos, aplastados, explotados, también calvos, raídos en la pintura seca, cómicos además. No tienen la tangibilidad de la pintura en los tubos, ni la del hombre que habla. Dirianse hallados en una caverna, en una tumba del Nilo.

Entre ese conjunto de cosas, hay un hombre. Está solo. Lleva una camisa blanca y unos vaqueros azules. Habla. Señala metros cúbicos de telas alineadas, a lo largo de otra pared. Dice que son las que están pintadas, las de la exposición.

Hay muchas. Todas están vueltas hacia la pared. Toda la pintura que falta en los tubos ha ido a parar a esas telas. Ahora está allí, en las telas cuyo destino ha fijado.

El hombre habla. Dice que esas telas no todas son del mismo tamaño. Podría parecer lo contrario, pero no; son de formatos diferentes. Tal diferencia, diferente cada vez, plantea un misterioso problema a este hombre. A veces, las telas grandes y las pequeñas pueden mezclarse. En esta ocasión, es imposible. No sabe por qué, pero sabe que debe tenerlo en cuenta.

Habla solo, fuerte, a veces su voz se acelera y grita. No se sabe si el hombre grita a la pintura, mientras la pintura se hace. Se sabe que la pintura se hace todo el tiempo, día y noche, durante el sueño o el despertar de este hombre.

Este hombre habla un francés personal. Todo lo que está diciendo lo dice en un francés que sólo él habla. Ha dejado de hacer progresos en esta lengua. Le tomaba tiempo y no valía la pena.

Habla de colgar sus telas. Lo hará él mismo. Habla de eso. Dice dónde, en qué lugar de la ciudad tiene lugar la Exposición, en un antiguo taller de encuadernación, junto al Sena.

El hombre dice que hace siete años que no ha expuesto su pintura. Tiene otro trabajo en la vida, que le gusta mucho además, no es ése el problema. El deseo de exponer lo que pinta renació en él repentinamente, antes de la primavera. Dice: siete años, creo que es hora de volver a empezar, ¿no?

Habla cada vez más deprisa, se excusa, dice que es el nerviosismo. Siete años. Dice: lo he dejado todo. Me he encerrado aquí durante cuatro meses. Al cabo de esos cuatro meses, la exposición estaba lista. Dice que la determinación es lo que cuenta.

Tenía que conseguirlo.

Empieza a enseñar las telas de la Exposición.

Las coge, una a una, y una vez en la pared opuesta a aquella contra la que habían estado, las devuelve a su sitio. Tanto si las lleva como si las trae, sigue hablando. A veces diríase que duda en devolverlas a su sitio, después lo hace.

Siempre habla del orden que le gustaría observar en la exposición. No le gustaría que las telas fueran valoradas relacionándolas unas con otras. Le gustaría conseguir un orden natural que situara las telas en las paredes en condiciones de igualdad. En ningún caso habría que presentar una tela aislada, ni predominante ni perdida. Sería necesario que estuvieran juntas, casi que se tocaran unas a otras, casi, así, eso es. Que no estén separadas, como aquí, ¿comprendes?

A ráfagas, tela por tela, la pintura aparece a la luz.

El hombre dice que son telas de la misma persona realizadas en un mismo periodo de la vida de esta persona. Por eso quiere colgarlas juntas, el asunto le preocupa mucho, le gustaría no que formaran una sola, no, no es eso en absoluto, en absoluto, sino que todas estuvieran unas junto a otras en un acercamiento natural, exacto, cuyo único responsable fuera él, cuya valoración precisa sólo él debiera saber.

Habla mucho de la distancia que separa las telas. Dice que, en algunos casos, bastaría con casi nada. Y en otros, nada, que se colgaran pegadas una a otra, sí, en algunos casos, sí. En el fondo, no lo sabe. Ante esta pintura que es obra suya, se siente como nosotros, desbordado.

La pintura se libra en el ruido de un discurso continuo. El hombre habla para que el ruido del habla se produzca, y la pintura entra en la luz. Habla para producir un malestar, para que, por fin, surja la entrega del dolor.

Al fin, se le deja hacer a solas su trabajo de caballo de carreras, se le abandona a su desdicha, a esa obligación infernal que hace caso omiso de todo comentario, de toda metáfora, de toda ambigüedad. Es decir, que se le abandona a su propia historia. Se ha entrado en la violencia de la pintura que él ha creado. A la pintura, se la contempla; a él, al hombre que habla, al pintor, al que se debate en el continente del silencio, no. Sólo se contempla la pintura. El hombre que habla es el que ha «hecho eso» sin conciencia de hacerlo, al margen del significado, sumido en una ausencia capital.

Siempre se puede decir: todas las telas llevan la misma velocidad. A veces parecen aladas, como guiadas. A veces parece que la fuerza que las lleva aparezca como una ola que se tapa a sí misma, con su color azul negruzco.

Que hacia lo alto, cuando se asciende hacia las potencias, hacia el cielo, quizás haya el rostro de un niño que duerme. Apenas es un niño, apenas es un cielo, algo que pueda nombrarse. Nada. Pero es la pintura entera.

Que pasa una habitación blanca con el suelo blanco, abierta al vacío, y en un batiente de puerta ha quedado un resto de visillo blanco.

Que también hay ganados sin identidad, bolsas de hinchazón, la dulzura de una pintura muy antigua que habría podido identificarlos. Signos que parecen ser cosas. Troncos de árboles que parten, que abandonan. Anillos de serpientes marinas en la humedad de las fuentes, del musgo. Destellos, brotes, posibles acercamientos entre la idea, el objeto, la permanencia del objeto, su inanidad, la materia de la idea, del color, de la luz, e incluso de Dios sabe qué.

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