El bosque de la noche (I)

Djuna Barnes









UNA PROFUNDA REVERENCIA

A principios de 1880, pese a tener fundadas dudas acerca de la conveniencia de perpetuar esa raza que posee la aprobación del Señor y la reprobación de los hombres, Hedvig Volkbein —vienesa de gran vigor y belleza militar, en un lecho con dosel de intenso y espectacular carmesí, con las alas bifurcadas de la casa de Habsburgo estampadas en la cenefa y edredón de plumas con el escudo de los Volkbein fastuosamente bordado en oro viejo— dio a luz, a los cuarenta y cinco años, a su único hijo, siete días después del anunciado por su médico para el parto.

Volviéndose y contemplando su campo visual, que vibraba con la trepidación de un batir de cascos de caballos en la calle, la mujer, con la prosopopeya del general que saluda a la bandera, le puso el nombre de Félix, parió y murió. El padre había sucumbido a unas fiebres seis meses antes. Guido Volkbein, judío de ascendencia italiana, gourmet y dandy, que nunca se presentaba en público sin la pelusilla de la cinta de una desconocida condecoración en el ojal de la solapa, era un hombre bajo, fornido, de altiva timidez, con un abdomen levemente protuberante en curva ascendente que hacía destacar los botones del chaleco y el pantalón, marcando el centro exacto de su persona con la línea obstétrica que ofrecen las frutas, inevitable secuela de las copiosas dosis de borgoña, nata y cerveza.

Guido había hecho del otoño su estación por ser ésta para él época de nostalgia y horror, en la que le asaltaban recuerdos raciales. Y se le veía pasear por el Prater llevando en el puño, bien visible, el delicado pañuelo de lino amarillo y negro que clamaba contra el decreto de 1468 dictado por un tal Pietro Barba, por el que se exigía que los de la raza de Guido corrieran en el Corso, con una cuerda al cuello, para diversión del populacho cristiano, mientras las damas nobles, sentadas en posaderas excesivamente delicadas para el reposo, se ponían en pie y, con los cardenales y los monsignori de roja sotana, aplaudían con ese abandono frío e histérico a la vez de un pueblo que es a un tiempo injusto y feliz; el mismo Papa soltaba su asidero del cielo, estremecido con la risa del hombre que renuncia a sus ángeles para recobrar a la bestia. Este recuerdo y el pañuelo que lo simbolizaba habían exacerbado en Guido la conciencia de lo que supone ser judío (al igual que ciertas flores que, estimuladas a la apoteosis de un éxtasis de floración, no bien alcanzan su variedad específica, empiezan a degenerar). Y él, sofocado, imprudente y condenado, con los párpados temblorosos sobre sus ojos saltones, compartía, lívido, un sufrimiento que, al cabo de cuatro siglos, hacía de él una víctima, y sentía en la garganta el grito que antaño recorriera la Piazza Montanara, «Roba vecchia!» —la degradación por la que su pueblo había sobrevivido.

Guido, que a los cincuenta y nueve años aún no había sido padre, preparó para el hijo que esperaba un corazón forjado según su propio corazón, imbuido de su propia preocupación, el implacable homenaje a la nobleza, la genuflexión que la bestia acosada hace por contracción muscular prosternándose ante lo inminente y lo inaccesible, como ante un gran calor. Ello había hecho sentir a Guido, como haría sentir a su hijo, el peso de una sangre prohibida.

Y sin hijos se murió, salvo por la promesa que pendía del cinto cristiano de Hedvig. Guido había vivido como todos los judíos que, separados de su gente por azar o por voluntad, descubren que han de habitar en un mundo constituido por seres que, por ser diferentes, obligan a la mente a sucumbir a un populacho imaginario. Cuando un judío muere apoyado en un pecho cristiano, muere empalado. Hedvig, con toda su angustia, lloraba por un paria. En aquel momento, su cuerpo se convirtió en barrera y Guido murió contra aquella pared, solo y atormentado. Durante su vida, él hizo cuanto pudo para salvar aquella distancia inconmensurable, y el más lastimoso y fútil de sus esfuerzos fue el de asumir una baronía imaginaria. Adoptó la señal de la cruz; dijo que era austríaco, descendiente de un linaje muy antiguo, casi extinguido y, para probar su afirmación, exhibía la más asombrosa y vaga de las pruebas: un escudo de armas usurpado y una lista de antepasados (con sus nombres de pila) apócrifa. Cuando Hedvig descubrió sus pañuelos negros y amarillos, él dijo que los guardaba en recuerdo de una rama de su familia que había florecido en Roma.

Guido trató de compenetrarse con ella, adorándola, imitando su paso elástico y marcial que, en él, resultaba forzado y cómico. Ella habría hecho otro tanto, pero, percibiendo en él un algo profanado y retraído, encajó el golpe como cumple a una gentil —aproximándose a él con reserva. Ella creía todo lo que él le decía, pero con harta frecuencia preguntaba: «¿Qué sucede?»—ese continuo reproche que era un continuo recordatorio de su amor. Era como una acusación perenne en la vida de Guido. Él, atormentado, hablaba con encomio de la realeza, profiriendo elogios con la fuerza que se imprime a un chorro pequeño aplicando el pulgar al caño. Reía con excesiva jovialidad cuando estaba en compañía de títulos de menor rango, como si, por su buena disposición, pudiera proporcionarles una distinción soñada. Al enfrentarse nada menos que a un general de crujiente cuero, con esa economía de movimientos común a los militares, que parecen respirar de dentro afuera, exudando olor a pólvora y a caballo, letárgicos pero preparados para participar en una guerra no programada todavía (un tipo al que Edvig apreciaba mucho), Guido se estremecía con un temblor imperceptible. Advertía en Hedvig el mismo porte, la misma mano vigorosa, aunque fundida en un molde más pequeño, reducción de tamaño tan siniestra como la de una casa de muñecas. La pluma de su sombrero, afilada como cuchillo, parecía tremolar a impulsos de un viento heráldico; era una mujer dotada de fuerte brío natural, rotunda, exuberante y alegre. Al mirarlos a los dos, él se sentía cohibido, como si estuviera a punto de recibir una reprimenda, no del oficial sino de su esposa.

Cuando ella bailaba, un poco alegre por el vino, la pista era como un campo de maniobras; tenía un taconeo seco y preciso; unos hombros, erguidos como los que lucen galones e insignias de mando; el gesto de la cabeza denotaba la fría vigilancia del centinela cuya ronda no está exenta de motivos de aprensión. A pesar de todo, Hedvig hacía cuanto podía. Si alguna vez existió lo que podríamos llamar el chic macizo, ella lo personificaba —pero con un toque de inquietud. Lo que la mantenía en vilo, aun sin darse cuenta, era la pretensión de Guido de que era barón. Ella lo creía como el soldado «cree» una orden. El hormiguillo de la intuición, algo de lo que ella no habría hecho el menor caso, no iba descaminado. Hedvig se había convertido en baronesa sin cuestionárselo.

En la Viena de los tiempos de Volkbein, eran pocas las profesiones en las que se recibía con agrado a los judíos, pero en este caso, él, mediante negocios con mercancías del ajuar doméstico, con atinadas compras de viejos maestros de la pintura y de primeras ediciones y cambios de moneda, consiguió para Hedvig una casa en el casco antiguo, con vistas al Prater por el Norte, una casa grande, sombría e imponente que se convirtió en fantástico museo de su vida en común.

Los largos salones barrocos, saturados de terciopelos y oro, estaban poblados de fragmentos romanos, blancos e inconexos; una pierna de corredor, una fría cabeza de matrona medio vuelta, sobre un busto herido, en cuyos osados y ciegos ojos las sombras dibujaban la pupila, como si lo que contemplaran fuera un acto del sol. El salón era de nogal. Encima de la chimenea colgaban unas impresionantes copias del escudo de los Médicis y, a su lado, el ave austríaca.

Tres grandes pianos se extendían sobre el grueso nudo sangre de dragón de unas alfombras madrileñas (Hedvig había interpretado los valses de su juventud con brío competente y varonil, al ritmo acelerado de su sangre, con ese aire que imprimen a su ejecución los vieneses que, aunque animados por amor al ritmo, tocan como el que se bate en duelo). El estudio albergaba dos gigantescos escritorios de fastuosa y sanguinolenta madera. A Hedvig le gustaban las cosas de dos en dos y de tres en tres. En el arco central de cada escritorio se habían clavado tachas de plata formando las figuras de un león, un oso, un carnero y una paloma y, en medio, una antorcha llameante. El diseño fue realizado bajo la supervisión de Guido, quien, improvisando sobre la marcha, lo reivindicó como escudo de los Volkbein, aunque después resultó una fauna heráldica que hacía tiempo había empezado a decaer a causa del desagrado papal. Los balcones (toque francés que Guido consideraba muy elegante), que miraban al parque, tenían cortinajes de terciopelo del país y telas de Túnez y las persianas venecianas estaban pintadas de ese tono granate tan caro a los austríacos. Sobre las paredes que se alzaban detrás de la larga mesa y que estaban recubiertas con chapa de roble hasta donde se iniciaba la curva del techo, colgaban dos retratos de tamaño natural del padre y la madre que Guido se había adjudicado. Ella era una suntuosa florentina de ojos vivos y maliciosos y boca grande y entreabierta. Las mangas, abullonadas y adornadas de perlas, se alzaban hacia las ondas de encaje almidonado que nimbaban su cabeza cónica de melena trenzada. La acumulación de tela del vestido le caía en profundos pliegues. La cola, que parecía deambular por entre un fondo de árboles primitivos, tenía el espesor de una alfombra. La mujer parecía estar esperando un pájaro. El hombre, precariamente montado en un corcel, más que cabalgar parecía estar descendiendo sobre él. Entre la silla y el calzón que ceñía el anca del jinete, se divisaba un trozo de cielo azul italiano. El artista había captado al caballo al salir de un salto, con las crines volando y la cola ondulada entre unas patas esbeltas y biseladas. El traje del caballero era una desconcertante mezcla de lo romántico y lo clerical, y debajo del brazo izquierdo sostenía un empenachado sombrero sin casquete. El conjunto sugería un capricho carnavalesco. La cabeza del hombre, levemente vuelta hacia un lado, tenía un notable parecido con Guido Volkbein, la misma nariz majestuosa y cabalística, unas facciones marcadas y expresivas, salvo en el punto en que el azul virginal del globo ocular abombaba el párpado como si bajo aquella carne se cobijara un órgano que no fuera el de la vista. No había intervalo en la proyección de aquella mirada interminable y objetiva. El parecido era casual. Si alguien se hubiera interesado por hacer averiguaciones, habría descubierto que aquellas telas reproducían a dos intrépidos y antiguos actores. Guido las había encontrado olvidadas en un anticuario y las adquirió al comprender que necesitaba una coartada para su estirpe.

En este punto exacto, quedaba cortada la historia para Félix que, treinta años después, salía al mundo con estos hechos, los dos retratos y nada más. Su tía, mientras se peinaba las trenzas con un peine ámbar, le contó lo que sabía. Y esto era todo lo que ella sabía del pasado. Lo que había formado a Félix desde el día de su nacimiento hasta que cumplió los treinta años era ignorado por el mundo, porque cada hijo sigue el paso del judío errante. No importa dónde ni cuándo lo encuentres; notarás que viene de algún lugar, no importa cuál —algún país al que ha devorado más que habitado, una tierra secreta en la que ha sido alimentado pero que no puede heredar, porque el judío parece estar en todas partes y no venir de ningún sitio. Cuando se mencionaba el nombre de Félix, tres o más personas juraban haberle visto la semana pasada en tres países diferentes al mismo tiempo.

Félix se hacía llamar barón Volkbein, al igual que su padre. De qué vivía Félix, cómo había hecho su fortuna —conocía los números como el perro conoce la nidada de perdices y tan infatigablemente como el perro señalaba y corría—, cómo había aprendido siete idiomas, conocimiento que utilizaba ampliamente, nadie lo sabía. Su figura y su cara eran familiares a muchas personas. Él no era popular, aunque el póstumo homenaje rendido a su padre le procuró entre sus amistades esa peculiar mirada semicircular del que, reacio a dar un trato de igualdad, no obstante, otorga a la rama viva (por aquello de la muerte y su sanción) esa pequeña inclinación de la cabeza —perdón que presiente una futura aprensión—, una reverencia común a todos nosotros cuando nos encontramos en presencia de esta gente.

Félix era más grueso y más alto que su padre. Tenía la frente excesivamente ancha. Su cara era un óvalo largo y carnoso, marcado por una insistente melancolía. Sólo una de sus facciones recordaba a Hedvig: la boca, sensual por falta de deseo, como la de ella lo fuera por represión, tensa sobre la estructura ósea de los dientes. Las otras facciones eran un poco pesadas: el mentón, la nariz y los párpados. Sobre uno de ellos solía colocarse el monóculo que brillaba al sol como un ojo redondo y ciego.

Generalmente, iba solo, a pie o en coche, vestido como para asistir a una gran ceremonia, aunque no había en el mundo acto alguno para el que pudiera decirse que estaba correctamente vestido; su afán por no desentonar en ningún momento le llevaba a elegir un atuendo que fuera tan apropiado para la mañana como para la tarde.

Por las pasiones que se entremezclaban en su pasado, por la diversidad de sangres, por la razón de mil situaciones imposibles, Félix dio en ser lo que es complejo y simple a la vez: un hombre cohibido.

Su cohibición le llevaba a obsesionarse por lo que él llamaba la «vieja Europa»: la aristocracia, la grandeza, la realeza. Al pronunciar cualquier título hacía una pausa antes y después del nombre. Sabedor de que el circunloquio era su único punto de contacto con la nobleza, lo hacía interminable y minucioso. Con la furia del fanático, trataba de subsanar su propia descalificación, recomponiendo la osamenta de olvidadas cortes imperiales (sólo las recordadas pueden optar al título de olvidadas), escuchando con ávida atención a funcionarios y archiveros, no fuera a perderse por una distracción algún fragmento valioso para su resurrección. Le parecía que podría recuperarse un poco de aquel pasado de grandezas si su reverencia era lo bastante profunda, si él se inclinaba y rendía pleitesía.

En mil novecientos veinte, Félix estaba en París (su ojo ciego le había eximido del servicio militar), siempre con sus botines y su chaqué, con sus reverencias, con sus indagaciones, buscando con sus rápidos movimientos pendulares el objeto al que rendir tributo: justo la calle, el café, la casa, el ambiente más indicados. En los restaurantes se inclinaba levemente ante todo el que parecía «alguien», pero era tan leve la reverencia que su sorprendido destinatario podía pensar que Félix sólo pretendía arreglarse el chaleco. Alquiló sus habitaciones porque un Borbón salió de ellas para ir a la muerte. Tenía ayuda de cámara y cocinera; los tomó porque él se parecía a Luis XIV y ella, a la reina Victoria, una Victoria de baratillo, para bolsillo de pobre.

En su búsqueda de la comédie humaine, Félix fue a dar con los excéntricos. Versado en edictos y leyes, historias populares y en la herejía, catador de vinos raros, lector de libros más raros aún, aficionado a cuentos de viejas, que trataban de hombres que se santificaban y de animales que se condenaban, conocedor de todos los planos de fortificaciones y puentes, visitador de todos los cementerios de todos los caminos, pedante de muchas iglesias y castillos, Félix poseía una mente que reverberaba con tenue reverencia ante Madame de Sévigné, Goethe, Loyola y Brantôme. Pero el que pulsaba la nota más profunda era Loyola: porque vivía solo, retirado y soltero. Una raza que ha huido de sus generaciones de ciudad en ciudad no ha tenido el tiempo necesario para acumular esa robustez que produce la obscenidad, ni tampoco, después de la crucifixión de sus ideas, ha generado en veinte siglos el suficiente olvido como para crear leyenda. Hay que ser cristiano, para, bloqueando eternamente al judío el camino de la salvación, asumir las culpas y extraer de las profundidades del arrepentimiento supersticiones encantadoras y fantásticas, por las cuales el judío que labora lenta e incansablemente, una vez más, se convierte en «depositario» de su propio pasado. Su desgracia nunca es provechosa hasta que un goy le da una forma que permita una vez más enarbolarla como «señal». La desgracia del judío nunca le viene de sí mismo sino de Dios; su rehabilitación nunca la consigue por sí mismo sino por un cristiano. El cristiano, con su tráfico de penitencias, ha hecho de la historia de los judíos una mercancía; es el medio por el cual el judío recibe, en el momento necesario, el suero de su propio pasado, a fin de que pueda volver a ofrecerlo como sangre. De esta manera el judío participa de las dos condiciones; y de esta manera también Félix tomó el pecho de su nodriza, cuya leche fue su alimento aunque no era suya por derecho natural.

Desde muy joven, Félix se aficionó a la fastuosidad del circo y el teatro. En cierta manera, la asociaba con esa superior e inalcanzable fastuosidad de los reyes y las reinas. Las actrices mejor dispuestas de Praga, Viena, Hungría, Alemania, Francia e Italia, los acróbatas y tragasables, le abrieron, en algún momento, sus camerinos, salones de mentirijillas en los que él podía sentirse a sus anchas. Allí no tenía por qué dárselas de competente ni de extranjero sino que se convertía en parte de una espléndida y rancia ficción.

La gente de este mundo, con unos fines totalmente divergentes de los de él, también se había agenciado títulos de circunstancias. Había una princesa Nadja, un barón Von Tink, una principessa Stasera y Stasero, un rey Buffo y una duquesa de Broadback: parodias estridentes y baratas nacidas de una vida bestial, inmensamente hábiles en ese inquietante quehacer del entretenimiento. Asumían títulos únicamente para deslumbrar al burgués, para hacer su vida pública (lo único que tenían) misteriosa y desconcertante, sabiendo perfectamente que la habilidad nunca es tan asombrosa como cuando parece inapropiada. Félix esgrimía su título para deslumbrar a su propia marginación. Eso los asociaba.

Cuando se encontraba entre aquella gente, hombres que olían menos que sus animales y mujeres que olían más, Félix tenía la sensación de paz que antes experimentara sólo en los museos. Evolucionaba con un humilde histerismo entre los brocados y las blondas ajadas del Carnavalet; amaba aquel viejo y documentado esplendor con un amor parecido al que el león tiene por el domador —ese enigma sudoroso y salpicado de lentejuelas que, al imponerse al animal, le muestra un rostro en cierto modo parecido al suyo propio, pero que, aunque curioso y débil, había extraído de su cerebro la furia necesaria.

Nadja se había sentado de espaldas a Félix, tan segura de la precisión de sus ojos como lo habría estado de la precisión lineal de un Rops, sabedora de que Félix comparaba la elasticidad de su espina dorsal de grácil curvatura que se cimbreaba hacia la hendidura compacta del anca, con el bello y furioso movimiento de la cola de su león.

La espiral emotiva del circo, que tomaba su vuelo de la inmensa descalificación del público, rebotando de su esperanza sin límites, producía en Félix anhelo y desazón. El circo era una cosa amada que él no podía tocar y, por lo tanto, nunca podría conocer. La gente del teatro y de la pista eran para él tan dramáticos y tan monstruosos como una partida de mercancías por la que no pudiera pujar. El que él los frecuentara con aquella perseverancia era evidencia de que algo en su carácter se hacía cristiano.

De igual forma, se sorprendía de sentir atracción por la Iglesia, aunque esta tensión podía manejarla con más facilidad; descubrió que su palestra se circunscribía al corazón de cada cual.

Félix debió su primera conversación con un «caballero de calidad» a la duquesa de Broadback (Frau Mann). Ella, a la sazón en Berlín, le explicó que aquella persona había tenido «algo que ver» con ella en el pasado. A él le costaba trabajo imaginar que Frau Mann hubiera podido tener «algo» que ver con alguien, pues sus coqueterías eran musculares y localizadas. Su especialidad —el trapecio— parecía haberla conservado. En cierto modo, le daba cierto encanto. Sus piernas poseían esa elasticidad común a los artistas aéreos; en sus muñecas había algo de la barra, en sus andares, el serrín de la pista, como si el aire, por su misma ligereza, por su misma falta de resistencia, fuera un problema casi insuperable, lo cual hacía que su cuerpo, aunque esbelto y compacto, pareciera mucho más pesado que el de las mujeres que mantienen los pies en el suelo. En su rostro había la expresión tensa del organismo que sobrevive en un medio extraño. Parecía llevar en la carne el dibujo de su traje: un maillot a rombos rojos y amarillos, escotado en la espalda, con frunces en las mangas, desteñido por el sudor de las tres funciones diarias, medias rojas y botas con cordones —uno, sin saber por qué, tenía la impresión de que todo aquello penetraba en ella como el dibujo penetra en el caramelo duro de las fiestas, y el bulto de la ingle, donde se le hincaba la barra, mientras se balanceaba con el pie en la pantorrilla, tan sólido y pulido como el roble, sugería una perfecta especialización. El material de las medias no era una simple funda, era ella misma; la tira de la entrepierna, tejida a punto prieto, era como su propia carne, y la hacía tan asexuada como una muñeca. La aguja que hiciera a la una propiedad de la niña había hecho que la otra no pudiera ser propiedad del hombre.

—Esta noche nos divertiremos —dijo Frau Mann a Félix—. A veces, Berlín de noche es encantador, nicht wahr? Y el conde es digno de ver. Su casa es muy elegante, toda en rojo y azul, a él le gusta el azul, sabe Dios por qué, y le gusta también la gente imposible, por eso nos ha invitado… —El barón encogió la pierna—. Incluso puede que tengamos estatuas.
—¿Estatuas? —dijo Félix.
—Estatuas vivientes —dijo ella—. El conde las adora. —A Félix se le cayó el sombrero, que rodó por el suelo y se paró.
—¿Es alemán? —preguntó.
—Oh, no, es italiano, pero eso no importa, lo habla todo. Me parece que viene a Alemania a cambiar dinero…, ahora viene, ahora se va, y todo sigue igual, salvo que la gente tiene algo que comentar.
—¿Cómo dice que se llama?
—No lo he dicho, pero se hace llamar conde Onatorio Altamonte. Es una ridiculez, pero dice que tiene vínculos con todas las naciones; eso a usted debería agradarle. Habrá cena y habrá champaña. —La forma en que ella decía «cena» y «champaña» imprimía a la carne y al líquido su diferenciación precisa, como si, por haber dominado dos medios, la tierra y el aire, su talento pudiera dominar todos los demás.
—¿Se divierte uno? —preguntó él.
—Oh, muchísimo.

Ella se inclinó hacia delante y empezó a quitarse la pintura con la apresurada destreza del artista que limpia la paleta. Miró al barón con aire de burla.

Wir setzen an dieser Stelle über den Fluss —dijo.


A un extremo del inmenso salón, de pie alrededor de una mesa, había un grupo compuesto por diez hombres, todos en actitud parlamentaria y con aspecto de estar decidiendo la suerte de una nación, y una mujer joven. En el momento de la entrada de Félix y la duquesa de Broadback, escuchaban a un «estudiante de medicina» de edad indefinida, cejas hirsutas, abundante cabellera que le dibujaba en la frente un pronunciado «pico de la viuda», unos ojos oscuros y muy grandes y un porte entre aplomado y contrito. Era el doctor Matthew O’Connor, irlandés de Barbary Coast (Pacific Street, San Francisco), cuyo interés por la ginecología le había hecho recorrer medio mundo. Ahora hacía las veces de anfitrión, puesto que el conde aún no había hecho acto de presencia, y hablaba de sí mismo porque se consideraba el tema más divertido.

—Todos podemos ser la aristocracia de la Naturaleza —decía, y, al oír la palabra «aristocracia», Félix se sintió mucho más contento, aunque lo que vino a continuación le dejó un tanto perplejo—. ¡Pero piensen en las historias de poca trascendencia! Me refiero a las que están olvidadas, a pesar de todo lo que el hombre recuerda (a menos que se recuerde a sí mismo) simplemente porque le sucedieron sin distinción de cargo o título —eso es lo que nosotros llamamos leyenda y es lo mejor que un pobre puede hacer con su destino; a lo otro —agitó su brazo— lo llamamos Historia y es lo mejor que los grandes y poderosos pueden hacer con el suyo. La leyenda está inexpurgada, pero la Historia, a causa de sus actores, está desflorada —toda nación con sentido del humor es una nación perdida, como toda mujer con sentido del humor es una mujer perdida. Los judíos son el único pueblo que tiene la sensatez suficiente como para mantener el humor dentro de la familia; un cristiano lo esparce por todo el mundo.
Ja, das ist ganz richtig —dijo la duquesa con voz potente, pero la interrupción no sirvió de nada.

Una vez el doctor tenía su auditorio —y el doctor conseguía su auditorio por el sencillo método de pronunciar en voz muy alta (una voz que, en tales momentos, era tan irritable y posesiva como la de una mujer enloquecida) algunos de los primitivos verbos sajones más cortos, enrevesados y mordientes— no había manera de pararle. Él se limitó a volver hacia ella sus grandes ojos y entonces reparó por primera vez en la mujer y en su extraño atuendo que inmediatamente le sugirió algo casi olvidado pero comparable, asociación que le hizo soltar una carcajada y exclamar:

—Bien, pero la Providencia se sirve de medios misteriosos para traer las cosas a mi mente. Ahora me acuerdo de Nikka, el negro que peleaba con el oso en el Cirque de París. Había que verle, saltando por toda la pista sin más vestido que un taparrabos tan abultado como si contuviera una captura del fondo del mar, tatuado de pies a cabeza con todo el ameublement de la depravación: guirnaldas de capullos de rosa y garabatos del diablo. ¡Toda una visión! Aunque no habría podido hacer nada (y sé muy bien de lo que hablo, a pesar de todo lo que se ha dicho de los chicos negros) ni dejándole toda una semana en una máquina de cardar, en cierta parte (según se dice) llevaba escrito Desdémona. Bien, en el vientre había un ángel de Chartres; en cada nalga, una pública y la otra privada, una cita del libro de magia, confirmación de la teoría jansenista, mal que me pese tener que decirlo, y decirlo aquí. En las rodillas, y de esto les doy palabra, en una «Yo» y en la otra «puedo». ¡Conque pónganlo junto! En el busto, debajo de una hermosa carabela con todas las velas desplegadas, dos manos entrelazadas con puños de encaje. En cada tetilla, un corazón atravesado por una flecha, cada uno con iniciales distintas pero con idénticas gotas de sangre; y, en un costado del cuerpo, de arriba abajo, hacia la axila, la palabra que pronunció el príncipe Arturo Tudor, hijo de Enrique VII, cuando, en su noche de bodas, pidió un vaso de agua (¿un vaso de agua?) y su chambelán, intrigado por la causa de la sed, le hizo una observación y recibió en respuesta una palabra tan epigramática como indigna del grande y noble Imperio británico, lo cual le produjo gran sobresalto, y eso es todo lo que sabremos acerca de ello —dijo el doctor dándose una palmada en la cadera— a no ser que posean ustedes las dotes de adivino de Tiny M’Caffery.
—¿Y en las piernas? —preguntó Félix tímidamente.
—Las piernas —dijo el doctor O’Connor— estaban dedicadas exclusivamente a plantas trepadoras, con el rosal en lo alto, copiado de la reproducción que existe en la casa de Hamburgo de los Rothschild. En el dos, créanlo o no, y yo no lo creería, una breve descripción en antigua caligrafía monacal, que unos llaman indecente y otros gótica, de la deplorable condición de París antes de la introducción de la higiene, cuando la Naturaleza te llegaba hasta la rodilla. Y, mismamente encima de lo que no puede mencionarse, un pájaro que volaba llevando en el pico una cinta en la que se leía: «Garde tout!» Yo le pregunté el porqué de toda aquella barbaridad y él me contestó que le gustaba la belleza y quería rodearse de ella.
—¿Conoce usted Viena? —preguntó Félix.
—Viena —dijo el doctor—, la cama a la que trepa la plebe, domesticada por el trabajo, y de la que salta la nobleza, feroz de dignidad. La conozco, pero no lo bastante como para recordarla todavía. Me acuerdo de los colegiales austríacos, bandadas de codornices, sentados durante el recreo tomando el sol en distintos lugares, niños de mejillas sonrosadas, bocas rojas y húmedas, oliendo a infancia en rebaño, con los hechos históricos brillando en su memoria como el sol, que pronto se olvidarían y degradarían con la realidad. La juventud es la causa, el efecto es la edad; o sea que, a medida que se nos ensancha el cuello, vamos recogiendo datos.
—Yo no pensaba en sus niños, sino en su superioridad militar, en sus grandes nombres —dijo Félix, sintiendo que la noche ya estaba perdida, puesto que el anfitrión no llegaba y a nadie parecía importarle y que toda la velada tenía que ser dedicada a esta persona voluble que se llamaba a sí mismo doctor.
—El ejército, familia del célibe —dijo el doctor asintiendo—. Su única salvaguardia.

La joven, de poco menos de treinta años, se apartó del grupo acercándose a Félix y al doctor y se quedó apoyada en la mesa, con las manos a la espalda. Parecía violenta.

—¿Dicen realmente lo que piensan o hablan sólo por hablar? —se sonrojó y agregó rápidamente—: Soy la encargada de la publicidad del circo; me llamo Nora Flood.

El doctor dio media vuelta, complacido.

—¡Ah! —dijo—. Nora sospecha de la fría e incauta melodía del tiempo que se escapa lentamente. Pero —agregó— no he hecho más que empezar. —De pronto, se dio una palmada en el muslo—. Flood. Nora. ¡Caramba, Dios mío! ¡Hija, si yo te ayudé a venir al mundo!

Félix, tan incómodo como si se esperase de él que «hiciera algo» para evitar una catástrofe (del mismo modo que se espera que uno haga algo cuando se vuelca un vaso cuyo contenido va a gotear por el borde de la mesa y caer en el regazo de una señora), al oír la frase «tiempo que se escapa lentamente», prorrumpió en una risa incontenible y, aunque ello le obsesionó el resto de su vida, no llegó a explicarse la reacción. El grupo, en lugar de quedar reducido al silencio, siguió como si nada, dos o tres de los hombres más jóvenes hablaban de algo escandaloso y la duquesa, con su voz alta y vacía, decía a un hombre muy grueso algo acerca de las estatuas vivientes. Ello no hizo sino aumentar el tormento del barón. Empezó a agitar las manos diciendo: «¡Por favor! ¡Por favor!» y de pronto tuvo la intuición de que lo que hacía no era reír sino algo mucho peor, aunque seguía repitiéndose: «¡Yo me río, estoy riendo realmente y nada más!» Y agitaba los brazos con desolación diciendo: «¡Por favor! ¡Por favor!», mirando al suelo, muy violento por lo que estaba haciendo.

Bruscamente, irguió el cuerpo, con las manos en los brazos del sillón y se quedó mirando fijamente al doctor que, inclinándose, arrimaba una silla y se sentaba frente a él.

—Sí —dijo el doctor sonriendo—; debe de estar usted decepcionado. In questa tomba oscura. ¡Oh, infiel! No soy herbolario, no soy un Rutebeuf, no tengo una panacea, no soy un curandero, es decir, que no puedo o no quiero ponerme cabeza abajo. No soy saltimbanqui, ni fraile, ni una Salomé siglo trece que baile sacando el culo sobre un par de hojas toledanas… Pruebe usted de hacer que una niña enferma de mal de amores, varón o hembra, haga eso hoy. Si no cree usted que antaño pasaban estas cosas, consulte los manuscritos del Museo Británico o vaya a la catedral de Clermont-Ferrand, a mí todo me da igual; soy como los ricos musulmanes de Túnez que alquilan a mujeres tontas para reducir la hora a su mínimo sentido. De todos modos, tampoco será una cura, porque no hay una cura rápida para el hombre. ¿Sabe usted lo que el hombre desea realmente? —preguntó el doctor mirando con una sonrisa la cara inmóvil del barón—. Una de dos: encontrar una mujer que sea lo bastante tonta como para que se la pueda engañar o amar tanto como para dejarse engañar él.
—Yo no pensaba en absoluto en mujeres —dijo el barón tratando de ponerse en pie.
—Ni yo tampoco —dijo el doctor—. Siéntese. —Volvió a llenarse la copa—. Está bueno el champaña —dijo.
—Gracias, no bebo —dijo Félix.
—Ya beberá —dijo el doctor—. Vamos a plantearlo de otro modo: la Iglesia luterana o protestante contra la católica. La católica es la muchacha a la que uno quiere hasta el extremo de dejarse engañar y la protestante es la que te quiere tanto que se deja engañar por uno y ante la que puedes fingir muchas cosas que no sientes. Lutero, y espero que no le importará que yo lo diga, fue el carnero más basto que haya ensuciado su propia paja, y todo, porque le habían arrebatado la custodia de la «remisión» de los pecados de la gente y las indulgencias, que por aquel entonces venía a ser la mitad de todo lo que tenían, y que el viejo fraile de Wittenberg quería administrar a su manera. De manera que, naturalmente, se puso furioso y empezó a despotricar, chillando como un mono en un árbol, y puso en marcha algo en lo que nunca había pensado (o, por lo menos, así parece confirmarlo lo que está escrito en su lado de la mesa del desayuno), una megalomanía obscena —y por furiosa y desvergonzada que sea, tiene que parecer clara, fría y documentada, o no prevalecerá. ¿Qué se escucha en la Iglesia protestante? El discurso de un hombre que ha sido elegido por su elocuencia. Pero, cuidado, no debe extralimitarse con la elocuencia o no tardarán en bajarle del púlpito, no vaya a servirse de su pico de oro para fines políticos. Porque un pico de oro no se da por satisfecho hasta que se hinca en el destino de una nación, y esto es algo que la Iglesia sabe muy bien.
»Pero volvamos a la Iglesia católica, asistamos a misa en cualquier momento. ¿Qué es lo que encuentras? Algo que ya está en tu sangre. Tú conoces la historia que cuenta el sacerdote mientras va de un lado al otro del altar, ya sea cardenal, León X o un pobre fulano de Sicilia que ha descubierto que peccare fortiter entre sus cabras ya no basta a su alma y que, bien lo sabe Dios, ha sido hijo de Dios desde el principio: no importa. ¿Por qué? Porque tú estás allí sentado con tus propias meditaciones y con una leyenda (que es pellizcar la fruta como la picotea el pájaro) mezclándolas con la Sagrada Cuchara que es esa historia; o puedes ir al confesonario donde, con sonora prosa a falta de contrición (si no hay más remedio) puedes hablar de la maraña y los nudos del alma y se te contesta con ecos góticos, recíprocos e instantáneos; uno que dice hola a tu adiós. ¡El mal se desenreda y la altísima mano del cielo te devuelve la madeja bien peinada y perdonada!
»De las dos Casas —prosiguió—, una es dura, tan dura como el don de la elocuencia y la otra, tan blanda como flanco de cabra, y no puedes echarle la culpa a nadie de nada ni puedes querer a nadie.
—¡Un momento! —dijo Félix.
—¿Sí? —dijo el doctor.

Félix, inclinándose hacia delante, irritado y en tono de reproche dijo: «A mí me gusta aquel príncipe que estaba leyendo un libro cuando el verdugo fue a buscarle, le tocó el hombro y le dijo que ya era la hora, y él, al levantarse, antes de cerrar el libro, puso un abrecartas para señalar la página».

—¡Ah! —dijo el doctor—. Ése no es un hombre que viva en su momento, ése es un hombre que vive en su milagro. —Volvió a llenarse la copa—. Gesundheit —dijo—. Freude sei Euch von Gott beschieden, wie heut’so immerdar!
—Habla usted de la pena y la confusión muy a la ligera —dijo Nora.
—Un momento —respondió el doctor—. La pena del hombre va cuesta arriba. Cierto, es muy pesada de transportar, pero también es pesada de conservar. Yo, como médico, sé en qué bolsillo guarda un hombre su corazón y su alma, y por qué sacudida del hígado, los riñones y los genitales se vacían estos bolsillos. No existe la pena pura. ¿Por qué? ¡Porque es compañera de cama de los pulmones, los ojos, los huesos, las entrañas y de la bilis! Sólo hay confusiones, en eso tienes mucha razón, Nora, hija. Confusiones y angustias vencidas, ahí nos tienes a todos y cada uno de nosotros. Si eres gimnosofista puedes prescindir de la ropa y si eres cojo sentirás más viento que otro entre las piernas; sin embargo, todo es confusión. Los elegidos de Dios andan junto a la pared.
»Yo estuve una vez en una guerra —prosiguió el doctor—, en una ciudad pequeña, donde las bombas empezaban a romperte el corazón, y tú te ponías a pensar en toda la majestad del mundo en la que no podrías pensar dentro de un minuto si aquel ruido acertaba al caer. Yo bajé corriendo a una bodega y allí había una vieja bretona y una vaca a la que había arrastrado consigo, y, detrás, uno de Dublín decía: “¡Gloria a Dios!” en un susurro, al otro extremo del animal. Gracias a mi Creador, yo tenía al animal de cara, y la pobre vaca temblaba sobre sus cuatro patas de tal modo que de pronto supe que la tragedia de un animal puede ser dos patas peor que la del hombre. La vaca iba soltando su estiércol por el otro extremo, donde la fina voz celta seguía sonando y decía: “¡Gloria a Jesús!” Y yo me dije: “Ya podría hacerse de día, para que yo pudiera ver qué tengo en la cara”. Entonces hubo un relámpago y vi que la vaca volvía la cabeza hacia atrás de tal modo que los cuernos formaban dos medias lunas contra sus flancos y las lágrimas le empapaban sus grandes ojazos negros.
»Yo empecé a hablarle, a maldecirme a mí y al irlandés, y a la vieja que parecía estar contemplando toda su vida, como el que apunta con una escopeta. Yo puse la mano en la pobre desgraciada vaca, y su flanco chorreaba como las cascadas de Lahore, presionando contra mi mano como si tomara impulso para marcharse, pero no se movía del sitio; y yo pensé que hay direcciones y velocidades que nadie ha calculado, porque, créanlo o no, aquella vaca había ido a algún sitio muy de prisa, un sitio que nosotros no conocemos, aun cuando siguiera allí.

El doctor levantó la botella. «Gracias —dijo Félix—. No bebo alcohol».

—Beberá —dijo el doctor.
»Hay una cosa que siempre me ha preocupado —continuó el doctor—. Es eso de la guillotina. Dicen que el verdugo tiene que llevar su propia cuchilla, como se supone que el marido lleva su propia navaja. Eso es suficiente para envenenarle el corazón antes de que haya cortado la primera cabeza. Una noche, mientras paseaba distraído por el Boul’ Mich’ vi a uno que llevaba un clavel rojo en el ojal. Para entrar en conversación, le pregunté por qué lo llevaba, y él dijo: “Es prerrogativa del verdugo”. Me quedé tan mustio como un secante escamoteado del Senado. “Antiguamente, el verdugo lo sostenía entre los dientes”. Al oír esto, se me retorcieron las tripas, al imaginármelo afilando la hoja con un clavel en la boca, como Carmen. ¡Y también él es el único que puede estar en la iglesia con los guantes puestos! A veces acaban por degollarse a sí mismos. Es un ritmo que al fin les llega a su propio cuello. Adelantó el cuerpo y pasó el dedo por el mío diciendo: “Con tanto pelo y tan grueso resulta un poco difícil”, y desde aquel momento tuve insuficiencia cardíaca para el resto de mi vida. Dejé un franco encima de la mesa y salí como alma que lleva el diablo, con el vello de la nuca más tieso que la gorguera de la reina Ana. Y no paré hasta que me vi en medio del Musée de Cluny, agarrado al potro.

En la sala se hizo un súbito silencio. El conde estaba en la puerta, girando sobre sus talones, con una mano a cada lado del marco. Un torrente de palabras en italiano que no eran sino culminación de un tema iniciado en el vestíbulo se cortó bruscamente. El recién llegado se dio una palmada en el muslo y se quedó escudriñando el salón, levemente inclinada su alta figura. Luego, se adelantó sosteniendo entre el índice y el pulgar una lupa redonda que le colgaba de una ancha cinta negra. Con la otra mano se impulsaba de una silla a una mesa y de un invitado a otro invitado. Detrás de él entró una muchacha vestida de amazona. Al llegar al aparador, él giró sobre sí mismo con una agilidad horripilante.

—Váyanse —dijo suavemente, apoyando la mano en el hombro de la muchacha—. ¡Váyanse, váyanse! —Evidentemente, lo decía en serio. Se inclinaba ligeramente.

Cuando llegaron a la calle, la duquesa agarró el dobladillo de blonda que se le enredaba en los helados tobillos.

—¿Qué le parece, mi pobre diablo? —dijo a Félix.
—¡Vaya! —dijo Félix—. Me gustaría saber qué ha pasado y por qué.

El doctor paró un taxi agitando la cabeza de perro dogo que adornaba el puño de su bastón. «Esto se arregla en cualquier bar».

—Esto —dijo la duquesa poniéndose los guantes— es una audiencia breve con la grandeza. Breve, ¡pero una audiencia!

Cuando enfilaban la oscura calle, Félix sintió que le ardía la cara.

—¿Es de verdad un conde? —preguntó.
Herr Gott! —dijo la duquesa—. ¿Soy yo lo que digo ser? ¿Lo es usted? ¿Lo es el doctor? —Le apoyó una mano en la rodilla—. ¿Sí o no?

El doctor encendía un cigarrillo y, a su llama, el barón vio que reía en silencio. «Nos ha echado por una de esas esperanzas que pronto quedará frustrada». Agitó los guantes por la ventanilla saludando a otros invitados que estaban en la acera en espera de vehículos.

—¿A qué se refiere? —preguntó el barón en un susurro.
—El conde Onatorio Altamonte, nombre que ojalá ruede al Arno desde el Ponte Vecchio, ha sospechado que tenía su última erección.

El doctor se puso a cantar: «Nur eine Nacht».

Frau Mann, con la cara pegada al cristal, dijo: «Está nevando». Al oír estas palabras, Félix se subió el cuello del abrigo.

—¿A dónde vamos? —preguntó a Frau Mann. Ella volvía a estar muy contenta.
—Vamos al café de Heinrich; yo, cuando nieva, voy siempre. Sirve más fuertes las bebidas y es buena persona; en su café siempre hay sitio para la gente del circo.
—Está bien —dijo el doctor, disponiéndose a golpear el cristal—. ¿Dónde está el café de tu Heinrich?
—Hay que bajar por Unter den Linden. Yo os indicaré.
—Si me permiten, yo bajo aquí —dijo Félix. Se apeó del taxi y echó a andar contra la nieve.

Sentados ya en el ambiente cálido del café, el doctor dijo desenrollando la bufanda:

—Nuestro barón Félix es todo de una pieza, pero al mismo tiempo parece que le falta algo. Es como si estuviera condenado de cintura para arriba, lo que me recuerda a Mademoiselle Basquette, que estaba condenada de cintura para abajo, una chica sin piernas, construida como un fenómeno medieval. Recorría los Pirineos en una tabla con ruedas. Lo que tenía lo tenía bonito, al estilo tradicional y vulgar, esas caras de la gente que acaban adoptando una expresión de asombro racial, no personal. Yo quería hacerle un regalo por todo aquello que le faltaba, y ella me dijo: «Perlas. ¡Van tan bien con todo!» Imagínese. Y la otra mitad de su persona, todavía en la bolsa de los trucos de Dios. No me dirá que lo que le faltaba no le había enseñado el valor de lo que tenía. Bueno, en resumidas cuentas —prosiguió el doctor enrollando los guantes—, un día, un marinero al verla se enamoró de ella. Ella subía por una cuesta y el sol le daba en la espalda cabalgándole en la nuca doblada y poniendo destellos en los bucles de su pelo, espléndida e incompleta como el mascarón de una nave noruega abandonado por el barco. Y él la tomó en brazos con tabla y todo, se la llevó e hizo con ella lo que le vino en gana. Cuando hubo satisfecho su deseo, muy galantemente la depositó en su tabla a unas cinco millas de la ciudad y ella tuvo que volver a fuerza de brazos y llorando que daba angustia, porque uno está acostumbrado a ver caer las lágrimas a los pies. ¡Ay, en verdad, a una mujer puede llegarle la tabla de pino hasta la barbilla y aun así tener motivo de llanto! Yo le digo, madame, que podríamos alumbrar un corazón mondo en una bandeja y aun así diría «¡Amor!» y se estremecería como la pata de una rana cercenada del cuerpo.
Wunderbar —exclamó Frau Mann—. Wunderbar, ¡Dios mío!
—Aún no he terminado —dijo el doctor poniéndose los guantes en las rodillas—, un día volveré a ver al barón y entonces le hablaré del loco Wittelsbach. Se quedará más triste que un mochuelo embozado en una bufanda.
—¡Ah! —exclamó, Frau Mann—. Eso le gustará mucho. Es tan amante de los títulos…
—Escuche —dijo el doctor pidiendo las bebidas—, yo no quiero hablar de Wittelsbach. ¡Oh, Dios, cuando me acuerdo de mi pasado, de lo guapos que eran todos en mi familia, mi madre con aquella cabellera más roja que una fogata de primavera! (Y le habló de allá por los ochenta, cuando una muchacha era la reina de la ciudad, y llegar hasta el límite significaba langosta a la Newburg). Llevaba un sombrero más grande que una mesa, con todo menos agua corriente; con un talle ceñido por un corsé de bucarán y mi padre, sentado a su lado, muy ufano: un retrato de cuando subieron a las montañas rusas. Él llevaba una de esas cursis chaquetitas amarillas y un bombín color canela, encasquetado hasta las orejas, y debía de estar frenético, porque ponía los ojos bizcos, quizá fuera el viento o quizá estaba pensando en cosas de mi madre, en un momento en que no podía hacer nada.

Frau Mann levantó la copa y la miró guiñando un ojo.

—Yo también tengo un álbum —dijo con voz dulce—, y en él todos tienen cara de soldado, aunque estén muertos.

El doctor sonrió apretando los dientes. Frau Mann trataba de encender un cigarrillo. La llama bailaba en su mano insegura.

Frau Mann estaba un poco achispada y el zumbido insistente de la voz del doctor le daba sueño.

Al ver que Frau Mann se había quedado dormida, el doctor se levantó cautelosamente y se fue hacia la puerta, andando de puntillas. En mal alemán, dijo al camarero: «La señora pagará». Abrió la puerta y salió quedamente a la noche.

(Continuará…)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .