El sueño personal

Carlos E. Luján Andrade







Determinar el significado de los sueños es invadir el terreno de la especulación. La función de estos dentro del desarrollo del organismo aún no ha sido explicada del todo. Y no por eso no lo hemos intentado. Y no me estoy refiriendo al psicoanálisis, la psicología o las ciencias ocultas, sino al intento personal, el ejercicio por indagar más allá de qué pueden significar las imágenes presentadas en un estado de aparente inconsciencia. De esta forma, somos nosotros los que intentamos descifrar el porqué de tales manifestaciones producidas por la sinapsis. El arte es un reflejo de aquello. El surrealismo nos enseña las posibilidades de darle una representación visual y escrita a aquello tan negado a la razón. En su manifestación rompemos lo convencional y reflejamos espontáneamente una construcción imaginaria totalmente original. La causa y efecto en los que nos encontramos atrapados cuando estamos despiertos, en los sueños son retados con total impunidad en el más puro libre albedrío.

Entonces, ¿será esta solo una liberación? Tampoco es pleno lo vivido en la ensoñación. En estos vivimos experiencias entrecortadas, frustrantes y enigmáticas. Al parecer, en ese instante aquello que percibimos tiene coherencia. Sabemos el porqué de estar en determinado lugar o encontrarnos en una situación particular o creemos que lo conocemos. Solo al despertar es que los sueños no tienen sentido. Es como si necesitáramos de otra forma de procesar lo experimentado, pues las herramientas mentales del ser humano consciente no son suficientes. ¿Y si no tienen sentido?, ¿por qué darles importancia? La vida sigue su camino sin que los sueños hayan determinado en absoluto nuestro devenir.

La inquietud por descifrar los sueños proviene en saber de aquello que nosotros hemos creado. Somos los fundadores, sin intención, de tal mundo onírico: uno sin límites, lógica ni propósito.

Y qué tal si en realidad tiene un fin su existencia. Insistir en las explicaciones psicológicas es improductivo porque volveríamos al punto de partida. Entonces, nos queda hacer otro ejercicio imaginativo más. Cuando uno ha leído información variada sobre los sueños, uno ya no puede determinar el origen de alguna idea que ha quedado retenida en la memoria. Es así que la hipótesis que explicaré no necesariamente pueda ser de mi autoría. No obstante, sirve para interesarme aún más por los sueños y no descartarlos como si fuera un hecho sin importancia.

Para esto será necesario separar los sueños esporádicos de los recurrentes. Es en este último tipo que deseo centrarme. La pregunta es: ¿Por qué soñamos que nos encontramos en un mismo lugar? No intento afirmar que siempre se sueñe así, sino que en alguno de ellos regresamos a esos espacios con frecuencia. En mi caso puedo determinar dos espacios: uno es un restaurante ubicado en una esquina de una calle del centro de Lima y el otro es un tercer piso inexistente de la casa donde me crié. Al primero he regresado en innumerables sueños en diferentes circunstancias, normalmente de noche. Los pisos son de madera, las mesas también, y a un lado se aprecia una barra con un aparador cubierto de copas. Se puede entrar desde dos puertas: una da a la avenida —donde justo está la esquina—, y la otra desde una pequeña calle. La entrada principal se encuentra en la avenida. Es estrecha y tiene mesas que entorpecen el paso, unos metros más allá hay un salón principal no muy grande aunque acogedor. Las mesas están iluminadas con pequeñas lámparas que en algunos casos se sostienen de la pared o puestas en el medio del mueble como si se trataran de un florero. La otra entrada es amplia; al ingresar ya se ven unas mesas con sus sillas puestas a sus lados e igual de iluminadas con luces bajas. Si uno sigue de frente, se encuentra con un pasillo que intersecta los dos espacios. Cada vez que llego ahí es de madrugada y hallo poca gente. Percibo frío, aunque invariablemente ando abrigado. Algunas veces he estado en compañía de alguien o sentado en soledad con una taza de café. El murmullo de las demás voces es cálido. El ambiente es tranquilo y el tiempo transcurre lentamente. Lo cierto es que no me quedo mucho tiempo ahí, salgo hacia otro lado en donde sucederá un nuevo sueño. Eso sí, en otros regreso a dicho restaurante y no salgo hasta que las ventanas son traspasadas por algo de luz desde afuera.

El otro lugar soñado sucede en un tercer piso inexistente. Aquí podría afirmar que es más complicada su descripción, pues ha sido cambiante con el paso de los años, aunque no de forma radical. Aparecen habitaciones repletas de libros, en otras veo salones grandes con mesas de comedor enormes rodeadas de vitrinas y muebles antiguos. También advierto escaleras descendentes hacia un segundo piso que no reconozco, aunque siempre le echo un vistazo. Al asomarme por la ventana que da a la calle, veo un paisaje enrarecido, pues produce cierta claustrofobia como si algo bloqueara la salida: algunas veces veo edificios altos, muros de ladrillo o parques enrejados a los que no se puede acceder. En los distintos sueños donde esta casa apareció, he tenido diferentes sensaciones en contraste a la quietud que inspira el lugar del primer sueño mencionado. La angustia y la incertidumbre han sido lo más sentido. La pregunta sobre cómo así existe ese piso es recurrente. A diferencia del otro espacio soñado, en este persiste la pregunta sobre la razón de su existencia y cómo así no lo había visto antes. Sin embargo, al parecer, yo ya he estado ahí desde hace tiempo. En otros sueños, este tercer piso empalma con una casa que se ubica donde actualmente vivo, pero que se encuentra en un primer piso. En ella, existe una cocina que tiene una puerta posterior que conduce hacia un jardín cubierto solo de césped. Lo particular es que se encuentra rodeado de una pared blanca donde solo se observa una salida angosta hacia una zona aparentemente baldía. Lo particular es que el jardín no solamente pertenece a mi casa, sino que al fondo también se puede observar una puerta igual a la mía pero cerrada. He explorado y he intentado abrirla sin suerte. A través de la ventana tampoco he podido ver el interior y así ha sucedido en distintas oportunidades.

En cada sueño se puede ver alguna particularidad en dichos lugares muy acorde con lo que está ocurriendo, aunque se observa que estos se encuentran a medio construir o incompletos. Como si al otro lado de estas habitaciones no se pueda ir porque no están “terminados”. Las comillas colocadas expresa una introducción a la hipótesis que deseo exponer.

Todo lugar donde uno regresa en sueños, una y otra vez, en realidad será la morada a la que llegaremos luego de fallecer. Para muchos la eternidad es solo una palabra romántica que poco nos dice, pero qué pasaría si en realidad nosotros construimos el lugar donde moraremos luego de muertos. La aparente inconsciencia, mientras el cuerpo reposa, es la mano de obra de un universo irreal y onírico donde irá a parar la voz interna que dirige nuestros deseos en este mundo real. Hablamos con nosotros mismos todo el tiempo. En esa razón muda expresamos las alternativas de acción que tomaremos. Así como cuando estamos despiertos ella dirige el destino de nuestros actos calculando qué conviene o no, también esta ocupa la misma función en sueños. Ella dirige la construcción de lo que será de nosotros cuando la realidad que conocemos se acabe. Su misión estará en organizar un paisaje mental donde habitaremos una vez que el cuerpo ya no pueda mantenernos en pie. De esta forma, nos pone a prueba en los innumerables escenarios creados en cada noche de sueño. Nos ofrece experiencias para que sepamos si estaremos en paz en esa muestra de realidad onírica. De ser así, es donde nuestra psiquis inicia la edificación de aquel mundo. Cuando uno comienza a regresar al mismo sueño, ya tenemos una señal que tal escenario está en construcción y que si bien aún no está concluido del todo, ya nos está presentando lo que será la morada eterna.

Por supuesto, tal hipótesis es solo eso. Nada nos asegura que tal argumento sea cierto y en el fondo no importa. Sin embargo, tampoco se puede descartar, porque lo que pasa en la inconsciencia solo pertenece a este. El límite entre aquel y lo que vemos está delimitado como el mar y la tierra. Y que a pesar de nosotros vivir siempre en esta última, no debemos olvidar que vinimos de la primera, y quién sabe si en el fondo, nuestra mente nos llama para volver a un mundo que sin duda fue nuestro.

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