Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “El engaño de Rebeca”

Ítalo Costa Gómez







He experimentado cinco o seis mudanzas a lo largo de mi vida. En todas ella dejé un pedacito de mi corazón porque marcaron el final de ciertas etapas. Mi niñez se terminó con una mudanza. La separación de mis padres nos dio otra mudanza. El que mi padre perdiera su trabajo nos dio otra…. Y así. Una de las cosas más importantes que aprendí es a no tener apego a las cosas materiales. Sinceramente no se me hace duro dejar algo material que sea caro o muy bonito. Lo recibo con cariño y cuando debo dejarlo ir pues lo libero. No tengo atadura mayor a las posesiones, excepto por los que tienen una carga emocional inmensa tales como un cono glúfico de cartón que tiene treinta años, un CD de talk shows del Ecuador, un libro elemental, un fichero y una flor seca. Las mudanzas me dieron esa perspectiva: Lo que tienes hoy quizá no lo tengas mañana. No te aferres.

[No te aferreeeeeeeeeeeeeeeees a un imposibleeeeeeeeeeee… ya no te hagaaaas y ni me hagas más dañoooooooooooo oooouuuuuooooooooooo]

Cuenta la historia que uno de los pocos artículos que habían sobrevivido a esas mudanzas era una lámpara de pie con forma de escultura de una mujer que cargaba fruta en un canasto apoyado en su cabeza. La tela de su ropa dejaba ver uno de sus senos y tenía el rostro hermoso mirando el piso. Mis papás siempre la llamaban: La Rebeca.

– Es muy cara esta Rebeca, hijo. Hay que cuidarla. ¿Quién se va a quedar con La Rebeca?. Mejor contrata un taxi para que te lleves a la Rebeca y no se vaya a romper. Me tenían turuleca con la Rebeca.

En la última mudanza – hace varios años ya – miraba esa lámpara medio con desazón. Ya no la quería conmigo. Muchos recuerdos no tan bonitos se aparecían en mi cabeza cuando la miraba. Decidí llamar a un amigo que es experto en antigüedades. (Recuerdo que él me vendió un vaso de colección de Pilsen para regalárselo a Mijael Garrido-Lecca cuando lo conocí en la época que conducía 90 Mediodía en Latina. Mucho antes que se metiera a la política y se jodiera la forma en la que lo miraba). Le dije que quería vender a Rebeca, pero que no tenía idea de cuánto costaba. Se ofreció a ir a mi casa a verla. Lo que me dijo fue cosa de locos.

– Ítalito, no te quiero ofender. Me da pena, pero tu Rebeca no es ninguna antigüedad, no sé quién la habrá hecho pero su interior es de yeso, mira el fondo. Es una lámpara grande. Quizá te pueden dar unos cien soles a alguien que le gusten las cosas así de llamativas. Está bonita. Tira su gatazo, flaco.

Me lo dijo con un cuidado y con un cariño que me enterneció. Cortó las patatas delgaditas para que no me atore. Cuidaba mucho sus palabras para no herir mis sentimientos y yo en medio del momento bonito solté la carcajada.

– Mírala a esta Rebeca mentirosa. Osea que el artículo de más valor económico de mi hogar es una baratija que no vale ni un chupete. ¿Eso estás tratando de decirme?

Nos hemos matado de risa. Al final se llevó la lámpara y ni me acuerdo si le cobré los cien soles, creo que no, pero me deshice de algo que no me traía tan buenos recuerdos y se destapó un engaño familiar, qué vergüenza. Menos mal fue con un amigo. No les mientan a sus hijos, par favaaaaaaaaaaaaar. La cagada mi lámpara barata llamada Rebeca.

[Ay, Rebeca me muero por tiiiiii… Rebeca yo muero por ti. Lejos de ti me siento abatidooooo, tú recordaras el amor prometidoooo al contemplar tu rostro encantadooooooor ].

Una respuesta a “Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “El engaño de Rebeca”

  1. El apego hay que tenerlos con las personas queridas, Ítalo (pero eso tú ya lo sabes). Lo demás, depende… Cuídate, amigo. Abrazote.

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