CARTAS CHILANGAS (XXIV)

Juan Patricio Lombera

El suplicio de Cuauhtémoc (1893)-Leandro Izaguirre









Cartas desde el fondo mi alma VIII

Durante unos cuantos días, me tuvieron en un calabozo. No puedo decir que me hayan torturado. Tampoco lo habría aguantado. Los primeros días me dieron unos putazos, pero cuando se dieron cuenta de que estaba dispuesto a soltar toda la sopa, se calmaron. Les confesé lo que había visto, pensando que me eliminarían para borrar todo rastro. Quería que lo hicieran. Incluso los insultaba, pero lo más que obtenía como respuesta era que me dieran una bofetada y que me amordazaran la boca. También les hablé de mi posición en las juventudes del partido. Pero tampoco propicié ninguna respuesta. Parecía que me encontraba en una especie de limbo del que no saldría nunca.

Una mañana se abrió la puerta de par en par, dejando entrar un baño de luz que me cegó momentáneamente. Los guardias me levantaron a pulso y llevaron a las regaderas, pasando cada uno mis brazos por sus hombros. Pensé que mi momento había llegado. Lo que no entendía era porque querían asearme si a la media hora mi cuerpo estaría lleno de sangre. Para evitar caerme me pusieron una silla de plástico donde me duché. Después me dieron ropa limpia y me llevaron a un refectorio. A diferencia de la “mierda de perro” que me habían dado los días atrás, esta vez pude saborear unos deliciosos huevos rancheros, fruta, café y un jugo de naranja. Aun así creía que se trataba de una última dádiva antes de mi ejecución. Prolongué todo lo que pude el desayuno, pero en un momento noté que mis carceleros, que por otra parte apenas me dirigían la palabra, se ponían nerviosos.

-El licenciado nos espera. Apúrese.
-¿Qué licenciado?
-Ya se le dirá. No haga preguntas. Vámonos.

Me deje el jugo sin acabar. Todo lo demás lo había devorado del hambre que tenía.

Aunque lento, podía andar por mi propio pie por lo que ya no necesité la ayuda de los guardias. Avanzamos por un largo pasillo con oficinas a ambos lados. Me di cuenta por las fotos del pelón Salinas de que nos encontrábamos en un edificio público, pero no sabía cual hasta que llegamos al despacho del licenciado que no era otro que el secretario de Gobernación. Sabía que era amigo de personal de Fidel Castro y se decía que había sido uno de los más activos para la matanza de Tlatelolco y se decía también que había sido artífice de la matanza de corpus con sus famosos halcones. Su última hazaña había sido matar a los amotinados de una cárcel de Aguascalientes, por más que muchos de ellos ya se habían rendido. Un grupo de reciente creación llamados los zorros (se ve que le gustaban los animales al secretario) había ejecutado la “hazaña”.

Tras un ligero cacheo de formalidad, se me hizo pasar y sentar frente al mismísimo secretario. Sabía que mi vida estaba entre sus manos, pero para mí ese hombre era la encarnación de Satanás. Estaba decidido. Si sentenciaba mi suerte, le escupiría en la cara o mejor aún, viendo su elegante abre cartas plateado, se lo clavaría en el ojo. Quizá eso provocase mi muerte inmediata a mano de sus gorilas. Eso era lo mejor que me podía pasar en ese trance. Si sobrevivía, iba a desear la muerte. Después de un rato de hojear cartas, alzó la mirada y clavó sus ojos en mí. Su boca se iba a abrir en cualquier momento con la sentencia. Él parecía, en ese momento, un emperador con el brazo extendido y el pulgar en posición horizontal debatiéndose entre la clemencia y la condena.

-Aquí sólo hay de una sopa Sr. Rulfo -me soltó campechano el Nerón jarocho-. O nos ayuda o nos lo chingamos. En realidad Sr. Rulfo, usted ya debería estar muerto, pero para su gran fortuna tiene un conocido, el director de la editorial donde trabaja que ha intercedido por usted. Como usted sabe el licenciado Arteche es consejero del IFE y llegó a tener cargos relevantes en pasadas administraciones. Sus padres le avisaron cuando usted era detenido y él movió hilos con gran celeridad. De no ser así ya se encontraría en el fondo de una laguna o en cualquier otro sitio inhóspito enterrado. No lo matamos inmediatamente porque queríamos ver que información nos podía proveer. Por cierto, me dicen que su comportamiento no fue muy digno. No resistió casi nada antes de hablar. Pero esas son tonterías de los guardias que no dejan de ser indios bajados del cerro a tamborazo que valoran el ser muy macho. Tarde o temprano todos acaban hablando; hasta los que se las dan de muy valientes. Los heroicos cuauhtémocs que soportaban estoicamente el tormento desaparecieron con las torturas por electricidad. Hay que reconocérselos a los argentinos; la picana es un gran invento. No hay nada que se le compare. Ni siquiera nuestro tradicional tehuacán y chile piquín por la nariz. Por eso mismo, creo que usted es un hombre inteligente y práctico. Así es que sin más preámbulos le voy a plantear nuestra propuesta. Usted estudia en una de las facultades más conflictivas del país. Además, es miembro de las juventudes del nuevo PRD. Desde esa posición tiene acceso a cierta información. Minucias, por ahora, pero conforme crezca en el seno del partido con nuestra ayuda, su conocimiento de lo que piensan los principales líderes de la izquierda irá en aumento. Conseguiremos que los actos que organice sean exitosos, incluso llevando a acarreados. Llegará un momento donde lo incluirán en las listas a la Cámara de Diputados y respetaremos su triunfo. Pero no adelantemos vísperas. De nada sirve que hagamos planes si usted no acepta nuestra propuesta y tenemos que pasar al plan B, que ya sabe cómo termina.

Era mi turno, tenía que poner a este psicópata en su sitio por los camaradas caídos por Gabriela, por los estudiantes del 68 y de Corpus. No obstante, las únicas palabras que me salieron en ese momento fueron:

-Acepto, señor licenciado.

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