La gente del abismo (FINAL)

Jack London











24. Una visión de la noche

Hace años, todas éstas eran criaturitas sonrosadas y
blandas, que uno podía moldear y cocer para darles la
forma social que se prefiriera.
CARLYLE

A última hora de anoche eché a andar por Commercial Street, desde Spitalfields hasta Whitechapel, y continué en dirección sur, por Leman Street, hasta los muelles. Y mientras caminaba, sonreí al acordarme de cómo los periódicos del East End, henchidos de orgullo cívico, proclamaban jactanciosamente que el East End no presentaba ningún problema como lugar de residencia para hombres y mujeres.

Me cuesta explicar una décima parte de lo que vi. Una gran parte es indescriptible. En líneas generales diré que presencié una pesadilla, un terrible lodazal viviente se asentaba en el pavimento, un caos de obscenidades innombrables que eclipsaban el «horror nocturno» de Piccadilly y el Strand. Un zoológico de bípedos vestidos que, si parecían hombres, aún más parecían bestias, y para completar el escenario, una serie de guardias con botones de latón que se dedicaban a ponerlos a raya cada vez que gruñían con demasiada ferocidad.

Me alegré de que los guardias estuvieran allí, porque yo no llevaba mi atuendo de «marinero», de modo que era un blanco perfecto para las bestias que deambulaban de acá para allá. En ocasiones, entre un guardia y otro, las criaturas macho me lanzaban miradas feroces, voraces, cual lobos callejeros que eran, y sus manos me daban miedo, sus manos desnudas, el mismo miedo que inspiran las garras de un gorila. Porque me recordaban a gorilas. Sus cuerpos eran pequeños, atrofiados y achaparrados. No tenían músculos. Carecían de fuerza muscular, tampoco tenían las espaldas anchas. Exhibían, antes bien, una economía elemental de la naturaleza, como la que debían de exhibir los cavernícolas. Y, sin embargo, había fuerza en aquellos cuerpos raquíticos, la fuerza primitiva y feroz que permite agarrar, rasgar, descuartizar y desgarrar. Cuando se arrojan sobre su presa humana, se sabe que pueden doblegar a su víctima hasta romperle el espinazo. Carecen de conciencia y sentimientos, y, si tienen ocasión, están dispuestos a matar por medio soberano, sin temor ni piedad. Son una nueva especie, una estirpe de salvajes urbanos. Las calles y las casas, los callejones y los patios de vecinos son su territorio de caza. Como el valle y la montaña lo son para el que ha nacido salvaje, son para ellos las calles y los edificios. Los bajos fondos son su selva, aquí viven y cazan.

La querida gente delicada de los teatros dorados y las mansiones de ensueño del West End no ve a estas criaturas, ni siquiera sueña con su existencia. Pero allí están, vivas, muy vivas, en su selva. ¡Y ay del día en que Inglaterra esté combatiendo en su última trinchera y sus mejores hombres estén en la línea de fuego! Porque ese día saldrán reptando de sus cuevas y guaridas y la gente del West End los verá, igual que los vieron los distinguidos aristócratas de la Francia feudal mientras se preguntaban los unos a los otros: «¿De dónde salen?», «¿son hombres?».

Sin embargo, no eran éstas las únicas bestias que acechaban en el zoológico. A ellas sólo se las veía de vez en cuando, escondidas en patios oscuros y deslizándose ante las paredes como sombras grises; en cambio, las mujeres, de cuyas entrañas nauseabundas habían salido, estaban en todas partes. Gemían con insolencia, y en tono sensiblero me pedían dinero y cosas peores. Andaban siempre emborrachándose en los tugurios, desaliñadas, sucias, legañosas y desgreñadas, farfullando y sonriendo obscenamente, rezumando podredumbre y pestilencia, y sumidas en una completa depravación se despatarraban sobre bancos y mostradores, repulsivas, ofreciendo un espectáculo repugnante.

Y había también otros seres extraños y grotescos, con rostros y cuerpos monstruosos que me rozaban con el hombro al pasar, tipos de una fealdad inconcebible, las ruinas de una sociedad, cadáveres andantes, muertos en vida; mujeres tan castigadas por la enfermedad y la bebida que su deshonra ya no valía ni dos peniques en el mercado libre; y hombres con unos harapos indescriptibles, diezmados por las penurias y el frío hasta el punto de que ya no parecían hombres, con un eterno rictus de dolor en la cara, muecas absurdas, arrastrando los pies como simios, agonizando a cada paso que daban y a cada aliento que tomaban. Y había también muchachitas, de dieciocho y veinte años, de cuerpos esbeltos y con los rostros exentos aún de debilidad o de hinchazón, que habían llegado al fondo del Abismo de improviso, de una sola y rápida caída. Y recuerdo a un chico de catorce años y a otro de seis o siete, de rostros pálidos y enfermizos, sin hogar ninguno, sentados en la acera con la espalda apoyada en una barandilla y contemplándolo todo.

¡Los no aptos e indeseables! La industria no los reclama. No hay puestos de trabajo vacantes por falta de hombres o de mujeres. Los estibadores se hacinan en la puerta de entrada y se marchan soltando imprecaciones cuando el capataz no los contrata. Los mecánicos con trabajo están obligados a pagar seis chelines semanales a sus compañeros que no tienen empleo; 514 000 trabajadores del sector textil se oponen a una resolución que condena el trabajo de niños menores de quince años. Mujeres, y las hay por todas partes, que son contratadas como esclavas por los amos de los talleres de explotación por diez peniques la jornada de catorce horas. Alfred Freeman se arrastra para morir en el fango porque ha perdido su trabajo; Ellen Hughes Hunt prefiere el Regent’s Canal al asilo para pobres de Islington; Frank Cavilla degüella a su mujer y a sus hijos porque no encuentra trabajo suficiente para proporcionarles techo y comida.

¡Los no aptos e indeseables! Miserables, despreciados y olvidados, muriéndose en el estercolero de la sociedad. Los descendientes de la prostitución, de la prostitución de hombres, mujeres y niños, de la carne y de la sangre, y de la agudeza y el espíritu; en suma, la prostitución del trabajo. Si esto es lo mejor que la civilización puede hacer por la humanidad, es preferible el salvajismo feroz y aullante. Mucho mejor ser un pueblo de la selva y del desierto, de la caverna y de la choza, que ser un pueblo de la máquina y del Abismo.


25. El lamento del hambre

Yo afirmo que si el Todopoderoso hubiera creado a un
grupo de hombres para que se lo comieran todo y no
trabajaran nunca, los habría creado todo bocas y sin
manos; y si hubiera creado a otro grupo con la
intención de que hicieran todo el trabajo y no
comieran, los habría creado sin boca y todo manos.
ABRAHAM LINCOLN

—Mi padre es más fuerte que yo porque nació en el campo.|


El que hablaba, un joven capaz que vivió en el East End, se lamentaba de su mala constitución física.

—Mire qué brazo tan enclenque tengo —me dijo mientras se subía la manga—. Falta de alimento, por eso es así. No hablo de ahora. Hoy en día tengo toda la comida que quiero. Pero es demasiado tarde. Ya no puedo compensar lo que no comí de niño. Mi padre abandonó los Fens para venir a Londres. Mi madre murió, y nos quedamos seis críos y mi padre viviendo en dos cuartos diminutos.
»Mi padre lo pasó muy mal. Nos podría haber abandonado, pero no lo hizo. Trabajaba como un esclavo todo el día y por la noche cuando llegaba a casa cocinaba y cuidaba de nosotros. Hizo de padre y de madre. La carne apenas la veíamos, y cuando la comíamos era de la peor clase. Y no es bueno para unos niños que están creciendo sentarse a cenar sólo pan con un poco de queso, y ni siquiera el suficiente.
»Y ¿cuál ha sido el resultado? Pues que no crecí lo bastante y no tengo la resistencia de mi padre. Me la quitó el hambre. En un par de generaciones no quedará nada de mí en Londres. Aunque todavía está mi hermano pequeño, que es más fuerte y corpulento. Ya ve, mi padre y nosotros, sus hijos, nos mantuvimos unidos, eso lo explica.
—Pero no lo entiendo —objeté yo—. Lo normal, en esas condiciones, sería que la vitalidad disminuyera y que los hijos menores nacieran cada vez más débiles.
—No si la familia se mantiene unida —replicó él—. Cuando vaya al East End y vea a un niño de entre ocho y doce años, de buena estatura, bien desarrollado y de aspecto sano, pregúntele y verá que es el pequeño de la familia, o uno de los pequeños. Es así como funciona la cosa: los hijos mayores pasan más hambre que los pequeños. Porque cuando llegan los pequeños, los mayores ya han empezado a trabajar, entra más dinero en casa y hay más comida para repartir.

Se bajó la manga para cubrir aquella prueba de cómo la semiinanición no mata, pero atrofia. La suya no es más que una de entre las numerosas voces que entonan el lamento del hambre en el mayor imperio del mundo. Todos los días hay más de un millón de personas en el Reino Unido que recibe la ayuda de la ley de pobres. Y sólo uno de cada once individuos de clase obrera recibe la ayuda de la ley de pobres en todo un año; 37 500 000 personas cobran menos de sesenta dólares mensuales por familia, mientras que un perpetuo ejército de ocho millones de personas vive al borde de la inanición.

Un comité escolar del Condado de Londres emitió la siguiente declaración: «En ocasiones, y sin que haya ninguna emergencia especial, sólo en las escuelas de Londres hay 55 000 niños que pasan hambre, por lo cual es inútil intentar enseñarles nada». La cursiva es mía. «Ninguna emergencia especial» significa que corren buenos tiempos en Inglaterra; porque la gente de este país ha llegado a considerar el hambre y el sufrimiento, que ellos llaman emergencia, como un elemento más del orden social. Se convive con la inanición crónica con absoluta naturalidad. Hasta que no se manifiestan las hambrunas a mayor escala nadie percibe nada fuera de lo normal.

Nunca olvidaré el amargo lamento de un ciego en una pequeña tienda del East End al final de un día brumoso. Había sido el mayor de cinco hijos huérfanos de padre. Como era el mayor, había pasado hambre y había trabajado de niño para poder alimentar a sus hermanos y hermanas. En una ocasión estuvo tres meses sin probar la carne. Nunca supo lo que era estar saciado. Y aseguraba que aquella hambre crónica que había padecido de niño era la que le había arrebatado la vista. Para corroborar su afirmación, no dudaba en citar el informe de la Comisión Real sobre la Ceguera: «La ceguera afecta a las poblaciones más pobres y la miseria acelera este terrible infortunio».

Pero aquel ciego iba aún más allá, y su voz transmitía toda la amargura de un hombre enfermo a quien la sociedad no alimentaba lo suficiente. Era sólo un miembro del enorme ejército de seis millones de ciegos que hay en Londres, y me contó que en los asilos para ciegos apenas les daban algo de comer. Me enumeró en qué consistía la dieta de una jornada:

Desayuno:
¾ pinta de gachas y pan seco
Almuerzo:
3 onzas de carne
1 rebanada de pan
½ libra de patatas
Cena:
¾ pinta de gachas y pan seco.

Oscar Wilde, que Dios lo tenga en la gloria, da voz al lamento del niño en prisión, que en mayor o menor grado es también el lamento del hombre o mujer que está también en prisión. «La segunda causa de sufrimiento de un niño en la cárcel es el hambre. Su dieta habitual consiste en un pedazo de pan normalmente mal cocido y un cazo de agua para desayunar a las siete y media. A las doce le dan el almuerzo, que consiste en un cuenco de espesa papilla (gachas) a base de harina de avena; y a las cinco y media le dan un pedazo de pan seco y un bote de agua para cenar. En el caso de los hombres adultos y fuertes, esta dieta siempre produce algún tipo de enfermedad, principalmente diarrea, por supuesto, con la debilidad que la acompaña. De hecho, en las cárceles grandes los guardias suministran astringentes de forma habitual. Por su parte, las criaturas suelen ser incapaces de ingerir semejante comida. Cualquiera que conozca a los niños sabe lo fácil que es que un ataque de llanto, o cualquier tipo de preocupación o angustia, les impida comer. Un niño que se pasa todo el día llorando, y quizá parte de la noche, en una solitaria y tenebrosa celda, y que es presa del terror, es realmente incapaz de ingerir aquella comida tan horrible. En el caso del niño al que el guardia Martin le dio las galletas, había estado llorando de hambre el martes por la mañana y no había sido capaz de comerse el pan con agua que le habían servido para desayunar. Después de servidos los desayunos, Martin salió y le compró unas galletas a la criatura para que no pasase más hambre. Fue una hermosa acción por su parte y, como tal, así lo reconoció el niño, que, ignorando el reglamento del Comité de Prisiones, le contó a uno de los guardias veteranos lo amable que había sido con él el joven guardia. El resultado fue, por supuesto, una denuncia y un despido».

Robert Blatchford compara la dieta diaria que recibe el pobre del asilo con la del soldado, una dieta que cuando él estuvo en el ejército ya no le pareció lo bastante generosa, y sin embargo es el doble que la del pobre:

DIETA
Carne:
Pobre: 3 ¼ onzas
Soldado: 12 onzas
Pan:
Pobre: 15 ½ onzas
Soldado: 24 onzas
Verduras:
Pobre: 6 onzas
Soldado: 8 onzas

Al hombre adulto del asilo para pobres le dan carne (aparte de la sopa), pero una sola vez por semana, y los pobres «tienen casi todos esa tez pálida y lechosa que es la prueba evidente de que pasan hambre».

Veamos en la siguiente tabla una comparación entre las raciones semanales de los pobres del asilo y las de los funcionarios del mismo asilo:

DIETA
Pan:
Funcionario: 7 libras
Pobre: 6 ¾ libras
Carne:
Funcionario: 5 libras
Pobre: 1 libra 2 onzas
Beicon:
Funcionario: 12 onzas
Pobre: 2 ½ onzas
Queso:
Funcionario: 8 onzas
Pobre: 2 onzas
Patatas:
Funcionario: 7 libras
Pobre: 1 ½ libras
Verduras:
Funcionario: 6 libras
Pobre: Nada
Harina:
Funcionario: 1 libra
Pobre: Nada
Manteca:
Funcionario: 2 onzas
Pobre: Nada
Mantequilla:
Funcionario: 12 onzas
Pobre: 7 onzas
Pudín de arroz:
Funcionario: 12 onzas
Pobre: 7 onzas.

Y tal como comenta el mismo escritor, «la dieta del funcionario sigue siendo más abundante que la del pobre; pero evidentemente no se considera lo bastante abundante, dado que los empleados reciben una nota que dice que “a todo funcionario y empleado residente en el centro se le hace también un pago semanal de dos chelines”. Pero si el pobre tiene comida de sobras, ¿cómo es que el funcionario tiene más? Y si el funcionario no tiene suficiente, ¿acaso se puede alimentar de forma adecuada al pobre con menos de la mitad?».

Pero no solamente el pobre del gueto, el preso y el indigente del asilo se mueren de hambre. De hecho, el campesino medio tampoco sabe lo que es tener el estómago lleno. En realidad, su estómago vacío es lo que ha traído a tantísimos de ellos a la ciudad. Ahora veamos el nivel de vida de un trabajador de una parroquia perteneciente al distrito de Bradfield (Berkshire). Suponiendo que tuviera dos hijos, trabajo fijo, una casita por la que no paga alquiler y un salario semanal medio de 13 chelines, que equivalen a 3,25 dólares, éste podría ser su presupuesto semanal:

Pan (5 hogazas de 4 libras):
1 chelín, 10 peniques
Harina (½ galón):
0 chelines, 4 peniques
Té (¼ libra):
0 chelines, 6 peniques
Mantequilla (1 libra):
1 chelines, 3 peniques
Manteca (1 libra):
0 chelines, 6 peniques
Azúcar (6 libras):
1 chelín, 0 peniques
Beicon u otra carne (unas 4 libras):
2 chelines, 8 peniques
Queso (1 libra):
0 chelines, 8 peniques
Leche (medio bote de leche condensada):
0 chelines, 3 ¼ peniques
Aceite, velas, jabón, sal, pimienta, etc.:
1 chelines, 0 peniques
Carbón:
0 chelines, 6 peniques
Cerveza:
Nada
Tabaco:
Nada
Póliza de seguro («Prudential»):
0 chelines, 3 peniques
Cuota sindical:
0 chelines, 1 peniques
Madera, herramientas, dispensario, etc.:
0 chelines, 6 peniques
Póliza de seguro («Foresters») y margen para ropa:
1 chelines, 1 ¾ peniques
Total:
13 chelines, 0 peniques

Los guardias del asilo para pobres del distrito antes citado se enorgullecen de su austeridad económica. Cada pobre supone un coste semanal de:

Hombres:
6 chelines, 1 ½ peniques
Mujeres:
5 chelines, 6 ½ peniques
Niños:
5 chelines, 1 ¼ peniques

Si el trabajador, cuyo presupuesto he descrito anteriormente, dejara su trabajo e ingresara en el asilo para pobres, les costaría mantenerlo a sus guardianes:

Él mismo:
6 chelines, 1 ½ peniques
Su esposa:
5 chelines, 6 ½ peniques
Dos hijos:
10 chelines, 2 ½ peniques
Total:
21 chelines, 10 ½ peniques
O bien unos 5,46 dólares

Al asilo para pobres le costaría alrededor de 5,46 dólares ocuparse de él y de su familia, pero él se las apaña con 3,25 dólares. Y, además, es sabido que cuesta menos dinero alimentar a un gran grupo de gente (comprar, cocinar y servir a gran escala) que a un grupo pequeño como, por ejemplo, una familia.

Pese a todo, en el mismo momento en que se realizó este presupuesto, había en aquella parroquia otra familia, no de cuatro miembros sino de once, obligada a vivir de un solo sueldo, no de 13 chelines semanales sino de 12 (y 11 en invierno), y que, además, no tenía una cabaña exenta de alquiler, sino una cabaña por la que pagaban 3 chelines semanales.

Es preciso entender una cosa y es preciso entenderla bien: todo lo que ocurre en Londres en materia de pobreza y degradación ocurre en el resto de Inglaterra. Así como París no es ni mucho menos Francia, la ciudad de Londres sí es Inglaterra. Las espantosas condiciones que hacen de Londres un infierno son extensibles también a todo el Reino Unido. El argumento de que la descentralización de Londres mejoraría las condiciones de la gente es vano y falso. Si a los seis millones de habitantes de Londres se los dividiera en un centenar de ciudades, cada una con una población de sesenta mil individuos, la miseria quedaría descentralizada pero no se reduciría. La suma total seguiría siendo la misma.

A este respecto, el señor B. S. Rowntree, en un estudio exhaustivo, demostró lo mismo sobre la población rural que el señor Charles Booth demostró para la metrópolis, es decir, que una cuarta parte de sus habitantes están condenados a padecer una miseria capaz de destruirlos física y mentalmente; que una cuarta parte de sus habitantes no disponen de comida, ni de ropa adecuada, que carecen de alojamiento y de abrigo para protegerse de los rigores del clima, y que están condenados a padecer una degeneración moral peor que los salvajes en cuanto a limpieza y decencia.

Después de escuchar las quejas de un viejo campesino irlandés en Kerry, Robert Blatchford le preguntó qué quería. «El viejo se apoyó en su pala y contempló el cielo crepuscular por encima de sus campos de turba negra. “¿Que qué quiero?”, dijo. Y continuó en tono lastimero, más para sí mismo que para mí: “Todos nuestros valientes muchachos y queridas muchachas se fueron a ultramar, y el alguacil me ha quitao mi gorrino, y la humedá ha echao a perder las patatas, y yo soy viejo, y lo que quiero es que llegue el Día del Juicio”».

¡El Día del Juicio! Y no es el único que lo quiere. Por todo el país se alza el lamento de los hambrientos, desde el gueto y los campos, desde las cárceles y los albergues temporales, desde los manicomios y asilos para pobres: el grito de quienes se mueren de hambre. Millones de personas, hombres, mujeres y niños, bebés, ciegos, sordos, paralíticos, enfermos, vagabundos y trabajadores explotados, presos y pobres del asilo, los pueblos de Irlanda, Inglaterra, Escocia y Gales, que no tienen suficiente para comer. Y eso a pesar de que cinco hombres pueden hacer pan para mil personas; de que un solo trabajador puede producir tela de algodón para doscientos cincuenta, lana para trescientos y botas y zapatos para mil. Da la impresión de que cuarenta millones de personas están gestionando una casa enorme y lo estuvieran haciendo mal. Los ingresos son los adecuados, pero la gestión es mala hasta extremos delictivos. ¿Y quién puede decir que no es delictivo el gobierno de esa casa cuando cinco hombres pueden producir pan para un millar y, sin embargo, hay millones de personas que no tienen con qué alimentarse?


26. Bebida, templanza y ahorro

A veces se elogia a los pobres por ser ahorradores.
Pero recomendar a los pobres que ahorren resulta
grotesco e insultante. Es como aconsejar a un hombre
que se está muriendo de hambre que coma menos.
Sería absolutamente inmoral que un pueblo o un
trabajador del campo practicaran el ahorro. El ser
humano no debería estar dispuesto a demostrar que
puede vivir como un animal mal alimentado.
OSCAR WILDE

Puede decirse que la clase obrera inglesa vive sumergida en cerveza. La cerveza los embota y atonta. Su eficiencia se ve tristemente perjudicada y pierden toda la imaginación, la inventiva y la vivacidad que les correspondería en virtud de la raza. Apenas puede considerarse un hábito adquirido, puesto que están acostumbrados a la cerveza desde la más tierna infancia. Los niños se engendran en plena borrachera y ya están saturados de alcohol antes de comenzar a respirar; nacen en pleno efluvio de cerveza y crecen con él.

Hay tabernas por todas partes. Surgen en cada esquina, y las mujeres las frecuentan tanto como los hombres. También se encuentra a niños en ellas, esperando a que sus padres y madres quieran volver a casa, dando sorbos de las jarras de sus mayores, escuchando su zafio lenguaje y sus grotescas conversaciones, contagiándose de todo eso y familiarizándose con la conducta licenciosa y el libertinaje.

La moral convencional ejerce un dominio tan absoluto sobre los trabajadores como sobre la burguesía. Sin embargo, en el caso de los trabajadores, lo único que no censura es la taberna. Frecuentarla no conlleva deshonor ni vergüenza, ni siquiera para la mujer joven o muchacha que tiene costumbre de entrar en ella.

Me acuerdo de una chica que dijo en una cafetería: «Nunca bebo licores cuando voy a la taberna». Era una camarera joven y bonita, y le estaba contando a otra camarera lo discreta y respetable que era. La moral convencional excluía los licores, pero admitía como apropiado el que una muchacha decente bebiera cerveza y entrara en la taberna para beberla.

No sólo la cerveza es inadecuada para quienes la beben, sino que a menudo los hombres y mujeres no están físicamente en condiciones de beberla. Por el contrario, es su propia falta de constitución lo que los empuja a hacerlo. Enfermos, sufriendo de desnutrición y de los efectos malignos del hacinamiento y la miseria, su cuerpo desarrolla un ansia mórbida de esa bebida, igual que los estómagos enfermos de los exhaustos operarios de las fábricas de Manchester ansían cantidades excesivas de encurtidos y comidas extrañas. La vida y el trabajo malsanos engendran apetitos y deseos malsanos. No se puede obligar a un hombre a trabajar como un caballo, a vivir y alimentarse como un cerdo y, al mismo tiempo, pedirle ideales y aspiraciones elevadas.

Cuando la vida doméstica se desvanece aparece la taberna. El problema no es sólo que los hombres y las mujeres ansían beber por culpa del exceso de trabajo, el agotamiento, las dolencias de estómago, la falta de higiene y la depresión causada por la monstruosidad y monotonía de sus vidas, sino también que los hombres y mujeres de naturaleza gregaria, a falta de vida doméstica, huyen a la luminosa y bulliciosa taberna en un vano intento de dar salida a su gregarismo. Y cuando una familia entera se aloja en un cuartucho, toda vida doméstica resulta imposible.

Un breve examen de uno de esos cubiles servirá para ilustrar una de las causas principales de las borracheras. En dicho cubil la familia se levanta por la mañana, se viste, se lava, el padre, la madre, los hijos y las hijas, y en la misma habitación, codo con codo (porque es un cuarto pequeño), la esposa y madre prepara el desayuno. Y en la misma habitación, maloliente y cargada de los efluvios que emanan sus cuerpos apiñados durante toda la noche, desayunan. El padre se va a trabajar, los hijos mayores van a la escuela o a la calle y la madre se queda, con los más pequeños gateando a su alrededor, para hacer las tareas del hogar, también en la misma habitación. Allí lava la ropa, llenando el reducido espacio de espuma de jabón y de olor a ropa sucia, y luego también allí mismo la tiende para que se seque.

Por la noche, rodeados de los muchos olores de la jornada, la familia se acuesta en su casto jergón. Es decir, que tantos como pueden se amontonan en la única cama (si es que la hay) y el resto duerme en el suelo. Y éste es el ciclo de su existencia, mes tras mes y año tras año, porque no tienen vacaciones salvo cuando los desahucian. Cada vez que muere un niño, y siempre hay alguno que muere, porque el cincuenta y cinco por ciento de los niños del East End fallece antes de cumplir cinco años, se vela el cuerpo en la misma habitación. Y si la familia es muy pobre, se lo queda allí hasta poder enterrarlo. Durante el día lo ponen en la cama; durante la noche, cuando los vivos ocupan la cama, el muerto ocupa la mesa, la misma en la que por la mañana, cuando se vuelve a colocar el muerto en la cama, desayunan. A veces el cuerpo es colocado en el mismo estante que sirve de despensa para la comida. Hace sólo dos semanas, una mujer del East End se metió en un lío porque, al no poder dar sepultura a su criatura muerta, la tuvo así en su casa tres semanas.

Una habitación como la que acabo de describir no es un hogar, sino un horror; y a los hombres y mujeres que escapan de esos lugares para ir a la taberna no hay que culparlos, sino compadecerlos. En Londres hay trescientas mil personas viviendo con sus familias en un solo cuarto, además de novecientas mil en viviendas que son ilegales según la Ley de Salud Pública de 1891; un terreno abonado para el consumo de alcohol.

A esto se suman la dificultad para encontrar la felicidad, la precariedad de la existencia y un miedo fundado al futuro: razones de peso para conducir a la gente a la bebida. La desdicha busca siempre consuelo como puede, y en la taberna se mitiga el dolor y se olvida. Es malsano. Está claro que lo es, pero todo lo demás en sus vidas también lo es, y en la taberna olvidan lo que la vida no les permite olvidar. Hasta los exalta y les hace sentir que son mejor personas y más elevadas, pero a la vez los hunde y los vuelve más bestiales que nunca. Para el desafortunado hombre o mujer que se encuentra en esta situación, se trata de una carrera entre distintas desgracias que termina con la muerte.

De nada sirve predicar la templanza y la abstinencia entre esa gente. Puede que el hábito de la bebida sea causa de muchas aflicciones, pero a su vez es también la consecuencia de otras desgracias previas. Los defensores de la abstinencia pueden predicar hasta cansarse sobre los males de la bebida, pero hasta que no se erradiquen los males que provocan que la gente beba, la bebida y sus males continuarán.

Hasta que la gente que intenta ayudar no se dé cuenta de esto, todos sus esfuerzos bienintencionados caerán en saco roto, y no tendrán otra utilidad que hacer reír a los dioses del Olimpo. He visitado una exposición de arte japonés, organizada con el propósito de instruir a los pobres de Whitechapel y de despertar en ellos anhelos de Belleza, Verdad y Bondad. Suponiendo (que no está tan claro) que a los pobres se les pueda enseñar así a conocer y anhelar la Belleza, la Verdad y la Bondad, las repugnantes realidades de su existencia, así como la ley social que condena a uno de cada tres de ellos a morir al amparo de la caridad pública, demuestran que ese conocimiento y ese anhelo únicamente constituirían una maldición añadida para ellos. Tendrían mucho más que olvidar que si jamás hubieran conocido ni anhelado nada. Si el destino me adjudicara hoy la vida de un esclavo del East End durante el resto de mi vida, y si el destino me concediera únicamente un deseo, le pediría que me hiciera olvidar todo lo que sé de la Belleza, la Verdad y la Bondad; que me hiciera olvidar todo lo que aprendí en los libros que leí y olvidar a toda la gente que conocí en la vida, las cosas que oí y las tierras que vi. Y si el destino no me concediera este deseo, estoy bastante seguro de que me emborracharía para olvidar esas cosas siempre que pudiera.

¡Esa gente que intenta ayudar! Sus asentamientos de voluntarios, sus misiones, sus organizaciones benéficas y demás son un fracaso. La naturaleza misma de las cosas hace que esas estrategias estén abocadas al fracaso. Están mal concebidas, pese a que sus intenciones sean sinceras. Abordan la vida a través de un malentendido, esas buenas personas. No entienden el West End y vienen al East End en calidad de maestros y profetas. No entienden la simple sociología de Cristo y se presentan ante los miserables y desgraciados con toda la ostentación de unos redentores sociales. Trabajan con empeño, pero aparte de aliviar una fracción infinitesimal de miseria y de reunir una serie de datos que se habrían reunido de un modo más científico y económico de otra forma, no consiguen nada.

Como dijo alguien, hacen de todo por los pobres salvo dejarlos en paz. El mismo dinero que recaudan para sus infantiles proyectos les ha sido exprimido a los pobres. Descienden de una raza de bípedos triunfadores y depredadores que se interponen entre los trabajadores y sus salarios, y encima intentan decirles a esos trabajadores qué tienen que hacer con el penoso saldo que les queda. ¿Qué sentido tiene, por el amor de Dios, montar guarderías para los hijos de las mujeres trabajadoras en las que, por ejemplo, se quedan a un niño mientras la madre hace violetas artificiales en Islington a tres cuartos de penique las doce docenas, si al mismo tiempo están naciendo más niños y más fabricantes de violetas de los que pueden atender? La mujer que hace violetas manipula cada flor cuatro veces, 576 manipulaciones por tres cuartos de penique, y cada día manipula las flores 6912 veces a cambio de un salario de dieciocho centavos. Le están robando a mano armada. Hay alguien chupándole la sangre, y el anhelo de Belleza, Verdad y Bondad no aligerará esa carga. No hacen nada por ella esos metomentodos, y lo que no han hecho por la madre, deshace por las noches, cuando la criatura llega a casa, todo lo que han hecho por el hijo durante el día.

Y todos se unen para enseñarles una mentira fundamental. Puede que no sepan que es mentira, pero esa ignorancia no los acerca más a la verdad. Y la mentira que predican es el «ahorro». Lo demostraré con un ejemplo. En el Londres masificado, la competencia por encontrar empleo es tremenda, y por culpa de esa competencia los salarios se hunden hasta apenas garantizar la subsistencia. Ser ahorrativo significa que el trabajador gaste menos de lo que ingresa; en otras palabras, que viva con menos. Esto equivale a reducir el nivel de vida. Cuando se compite por encontrar un empleo, el hombre con un nivel de vida más bajo tiene las de ganar con respecto al que lo tiene más alto. Y la presencia de un pequeño grupo de esos trabajadores ahorradores en cualquier industria masificada tendría el efecto de bajar los salarios de dicha industria, lo que comportaría que dichos ahorradores dejasen de ahorrar, porque sus ingresos se habrían reducido hasta equilibrarse con sus gastos.

En definitiva, el ahorro niega el ahorro. Si todos los trabajadores de Inglaterra hicieran caso a los predicadores del ahorro y redujeran sus gastos a la mitad, la existencia de más hombres buscando trabajo que puestos de trabajo reduciría rápidamente los salarios a la mitad. Y entonces ni un solo trabajador inglés podría ser ahorrador, porque se estarían gastando íntegramente sus sueldos menguados. Como es natural, los miopes predicadores del ahorro se quedarían perplejos ante dicho resultado. La medida de su fracaso sería justamente la medida del éxito de su propaganda. Y en cualquier caso, es pura superchería predicar el ahorro ante el millón ochocientas mil personas de clase obrera que en Londres tiene unos ingresos menores a 5,25 dólares semanales por familia, de los cuales tiene que pagar una cuarta parte de alquiler.
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En cuanto a la inutilidad de la gente que intenta ayudar, quiero hacer una excepción, tan noble como notable: los Hogares del doctor Barnado. El doctor Barnado se dedica a recoger niños de la calle. Primero los recoge cuando son pequeños, antes de que se asienten y se endurezcan dentro del entorno social de la brutalidad; luego los envía al extranjero para que crezcan y se formen en un entorno social mejor. Hasta el momento ha sacado del país a 13 340 muchachos, la mayoría con destino a Canadá, y de cada cincuenta sólo uno ha fracasado. Un éxito sin precedentes, si tenemos en cuenta que se trata de niños abandonados en las calles, sin hogar y sin padres, arrancados del fondo mismo del Abismo, y aun así cuarenta y nueve de cada cincuenta se han convertido en hombres de provecho.

Cada día, el doctor Barnado saca a nueve niños abandonados de las calles. Para comprender el enorme terreno en el que trabaja, la gente que intenta ayudar tiene que aprender una cosa de él. No juega con paliativos. Busca el origen mismo de la miseria y de la brutalidad social. Extrae de su entorno pestilente a los hijos de las gentes del arroyo para proporcionarles un entorno sano y decente en el que se los pueda manipular y moldear para convertirlos en hombres.

Cuando la gente que intenta ayudar deje de jugar y de entretenerse con guarderías y exposiciones de arte japonés, y se pongan a aprender cómo funcionan el West End y la sociología de Cristo, se encontrarán mucho más preparados para desempeñar el trabajo que deberían estar haciendo en el mundo. Y si se aplican realmente al trabajo, seguirán el ejemplo del doctor Barnado, consiguiendo así que su ayuda abarque el país entero. En lugar de tratar de embutirle el anhelo de Belleza, Verdad y Bondad a una mujer que hace violetas artificiales por tres cuartos de penique las doce docenas, harán que cierto parásito deje a esa mujer en paz y deje de cebarse él mismo hasta que, como los romanos, tenga que ir a unos baños a purificarse sudando. Y para su consternación, descubrirán que han de dejar en paz también ellos a esas mujeres, así como a otras mujeres y criaturas a las que no imaginaban que estuvieran perjudicando.


27. Los gestores

Siete hombres que trabajaran dieciséis horas con la
maquinaria más moderna podrían producir comida
para mantener a un millar de hombres.
EDWARD ATKINSON

En este último capítulo estaría bien contemplar el Abismo Social en su aspecto más amplio, y plantearle ciertas preguntas a la Civilización; según sean sus respuestas a estas preguntas, la Civilización se sostendrá o caerá. Por ejemplo, ¿acaso la Civilización ha mejorado la suerte del hombre? Y aquí empleo la palabra hombre en su sentido democrático, refiriéndome al hombre medio. De forma que la pregunta se reformula: ¿acaso la Civilización ha mejorado la suerte del hombre medio?

Veamos: en Alaska, a orillas del río Yukón, cerca de su desembocadura, vive el pueblo inuit. Se trata de un pueblo muy primitivo, que únicamente manifiesta tenues fulgores de ese tremendo artificio que es la Civilización. Su capital asciende, quizá, a diez dólares por persona. Cazan y pescan con lanzas y flechas de punta de hueso. Jamás les falta un techo. Se cubren con ropas, hechas casi toda de pieles de animales. Siempre tienen combustible para el fuego y leña para sus hogares, que están construidos parcialmente bajo tierra y en los que se acurrucan cómodamente durante los periodos de frío intenso. En verano viven en tiendas de campaña expuestas a los elementos. Son gente sana, fuerte y feliz. El único problema que tienen es la comida. Viven periodos de abundancia y de hambruna. En las buenas épocas comen copiosamente; en las malas se mueren de hambre. Pero el hambre entendida como condición crónica, capaz de afectar a un gran número de ellos, es algo desconocido. Y lo más importante, no tienen deudas.

En el Reino Unido, en el margen del océano Atlántico, vive el pueblo inglés. Son un pueblo sumamente civilizado. Su capital asciende a 1500 dólares por cabeza. No obtienen su sustento cazando ni pescando, sino a través de unas maquinarias colosales. La mayoría carece de cobijo adecuado. Casi todos viven en cubículos, sin combustible suficiente para calentarlos, y les falta ropa de abrigo. Hay un número de ellos que no tiene un hogar de ningún tipo y duerme al raso bajo las estrellas. A muchos se los encuentra temblando en las calles y vestidos con harapos, tanto en verano como en invierno. Tienen épocas buenas y otras malas. En las buenas, la mayoría consigue encontrar comida suficiente y en las malas se mueren de hambre. Ahora mismo se están muriendo, igual que ayer y que el año pasado, y seguirán muriéndose de hambre mañana y el año que viene. Porque ellos, a diferencia de los inuit, padecen de hambre crónica. Hay cuarenta millones de ingleses, y 939 de cada 1000 mueren en la pobreza, mientras que ocho millones se encuentran en el límite de la inanición. Y lo que es peor, cada bebé que nace, nace con una deuda de 110 dólares. Esto se debe a un invento llamado Deuda Nacional.

Si hacemos una comparación justa entre el inuit medio y el inglés medio, veremos que la vida es menos rigurosa para el inuit. Mientras que el inuit únicamente pasa hambre en las malas épocas, el inglés la pasa también en las buenas. A ningún inuit le falta combustible, ropa o vivienda, mientras que el inglés padece una carestía perpetua de estas cosas esenciales. A este respecto, es preciso tener en cuenta la opinión de un hombre como Huxley. Teniendo en cuenta su experiencia como médico en el East End de Londres y como científico que ha realizado investigaciones entre los salvajes más primitivos, concluye lo siguiente: «Si se me presentara a mí esa alternativa, yo preferiría deliberadamente la vida del salvaje a la de la población del Londres cristiano».

Las comodidades de las que disfruta el hombre son productos de su propio esfuerzo. Como la Civilización no ha conseguido darle al inglés medio comida y techo equiparables a los que disfruta el inuit, surge la siguiente pregunta: ¿acaso la Civilización ha aumentado el poder productivo del hombre medio? Si no ha aumentado el poder productivo del hombre, entonces la Civilización es insostenible.

Sin embargo, se objetará que la Civilización sí que ha aumentado el poder productivo del hombre. Cinco hombres pueden producir pan para un millar. Un solo hombre puede producir tela de algodón para doscientas cincuenta personas, lana para trescientas y botas y zapatos para mil. Y pese a todo, a lo largo de las páginas de este libro se ha mostrado que hay millones de ingleses que no reciben suficiente comida, ropa ni botas. Surge entonces la tercera e inexorable pregunta: si la Civilización ha aumentado el poder productivo del hombre medio, ¿por qué no ha mejorado la suerte de ese hombre medio?

Solamente puede haber una respuesta: mala gestión. La Civilización ha hecho posible toda clase de comodidades y placeres íntimos. Pero el inglés medio no disfruta de ellos. Si nunca va a poder disfrutar de ellos, entonces la Civilización es un fracaso. No hay razón para que siga existiendo una construcción social que ha fracasado de forma tan patente. Sin embargo, es imposible que los hombres hayan erigido un artefacto tan colosal en vano. Es una ofensa al intelecto. Reconocer una derrota tan aplastante es asestarle un golpe mortal al esfuerzo y al progreso.

Se presenta, pues, una alternativa, y nada más que una. La Civilización debe estar obligada a mejorar la suerte del hombre medio. Si aceptamos esta premisa, todo se convierte en una cuestión de gestión empresarial. Hay que continuar con lo que resulta provechoso y eliminar lo que no aporta beneficio alguno. O bien el Imperio aporta beneficios a Inglaterra, o bien le supone pérdidas. Si aporta beneficios, hay que gestionarlo de forma que el hombre medio obtenga una participación de dichos beneficios.

Si la lucha por la supremacía comercial es provechosa, hay que continuar con ella. Si no lo es, si perjudica al trabajador y hace que su suerte sea peor que la de un salvaje, entonces hay que arrojar por la borda los mercados extranjeros y el imperio industrial. Porque es obvio que, si cuarenta millones de personas, con la ayuda de la Civilización, poseen un poder productivo individual mayor que los inuit, entonces esos cuarenta millones de personas deberían disfrutar de mayores comodidades y placeres que los inuit.

Si los cuatrocientos mil caballeros ingleses «sin ocupación», según su propia declaración en el censo de 1881, no aportan un beneficio, hay que librarse de ellos; ponerlos a trabajar arando los cotos de caza y plantando patatas. Si aportan beneficios, hay que conservarlos, ciertamente, pero es preciso demostrar que el inglés medio participa, en cierta medida, de dichos beneficios que producen esas gentes sin ocupación laboral.

En definitiva, es necesario reorganizar la sociedad, y que sea administrada por unos gestores capaces. Es indiscutible que los actuales gestores son incapaces. Le han extraído toda su savia vital al Reino Unido. Han debilitado a la población que queda en el país hasta incapacitarla para subirse al tren de las naciones competitivas. Han construido un West End y un East End de la magnitud del Reino entero: el uno escandaloso y corrupto, y el otro enfermo y desnutrido.

Un imperio enorme se va a pique en manos de estos gestores incapaces. Y con imperio me refiero a la maquinaria política que aúna a los pueblos anglófonos del mundo, con la excepción de Estados Unidos. Y no digo esto con pesimismo. El imperio de la sangre es más grande que el imperio político, y los ingleses del Nuevo Mundo y de las Antípodas son igual de fuertes y vigorosos que siempre. En cambio, el imperio político al que están vinculados, agoniza. La maquinaria política conocida como Imperio Británico se está viniendo abajo. En manos de sus gestores está perdiendo ímpetu a diario.

Es inevitable que este gobierno, que ha gestionado el país de forma tan burda y criminal, sea eliminado. No sólo ha sido derrochador e ineficaz, sino que ha malversado los recursos. Hasta el último pobre demacrado y de cara lechosa, hasta el último ciego, hasta la última criatura encarcelada, hasta el último hombre, mujer y niño cuya panza sufre las punzadas del hambre, está hambriento porque los gestores han malversado los recursos.

Ni un solo miembro de esta clase gestora puede declararse no culpable ante el tribunal de la Humanidad. «Los vivos en sus casas, y los muertos en sus tumbas» son desafiados por cada niño que muere de desnutrición, por cada chica que huye de la explotación de los talleres y se va a hacer la calle en Piccadilly, por cada trabajador extenuado que se arroja al canal. Los manjares que come esta clase dirigente, el vino que bebe, los espectáculos que monta y la elegante ropa que lleva son desafiados por los ocho millones de bocas que nunca han tenido bastante para poder saciarse, y por los doblemente ocho millones de cuerpos que nunca han tenido ropa ni techo adecuados.

No puede haber duda alguna. La Civilización ha multiplicado por cien el poder productivo de los hombres, pero por culpa de la mala gestión, los hombres de la Civilización viven peor que las bestias, y tienen menos comida y ropa y cobijo que el inuit salvaje que sigue viviendo hoy en día en su clima gélido como vivía en la edad de piedra, hace diez mil años.

DESAFÍO

Tengo el vago recuerdo
de un relato que se cuenta
en una leyenda o crónica
de antiguos tiempos de España.

Murió el valiente Rey Sánchez
a las puertas de Zamora,
con las tropas de su asedio
acampadas en el llano.

Don Diego de Ordóñez
salió frente a la muralla
y gritó su desafío
a los guardias que allí estaban.

Al pueblo de Zamora,
a los vivos y nonatos,
desafió por traidores
con acres voces de burla.

A los vivos en sus casas,
y a los muertos en sus tumbas,
a las aguas de sus ríos,
y su pan, su sal, su vino.

Hay una tropa mayor
que nos asedia a nosotros,
la tropa de los hambrientos
que a todas las puertas llegan.

Las hordas menesterosas
desafían nuestros ágapes,
y de traidores nos tachan
a los vivos y a los muertos.

Y al sentarme yo a la mesa,
donde se canta y festeja
con tañidos jubilosos,
oigo ese grito temible.

Y las caras demacradas
se asoman al banquete,
y las manos esqueléticas
van todas tras las migajas.

Y dentro hay luz y abundancia
y el aire transporta aromas,
pero fuera sólo hay frío
y hambre y desesperanza.

Y en los campos de la hambruna,
bajo la lluvia y el viento,
Cristo, el general del sitio,
yace muerto en la llanura.

LONGFELLOW

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