LA COCINA DEL INFIERNO: “Los ingobernables” (XIII)

Fernando Morote

Todo, Menos Morir-Carlos Enrique Polanco (n. 1953)







13

Era perentorio resolver si el siguiente paradero sería Los Intocables o Río Seco. Voluntarios para la comisión, había varios. Siempre listo y disponible, Cachito era el prospecto por excelencia, nuestro emisario ideal. Una delicada cicatriz cortándole la ceja derecha lo hacía aparecer como si se hubiera maquillado el pómulo.

Parte intrínseca y aceptada de la misión implicaba que el heraldo se reservaba el derecho a pelar una punta para su uso personal. El problema con Cachito era que a veces ni siquiera volvía. Desaparecía horas hasta que lo dábamos detenido por los rayas. Al amanecer surgía de la niebla vistiendo sandalias de mujer, una sucia camiseta llena de huecos y un pantalón imperdonable. Una vez, incluso, regresó embalsamado con harapos, un trapo amarrado a la cabeza y los pies envueltos en papel manteca.

Pero esa noche no pretendíamos correr ese tipo de riesgos. Con la armazón que llevábamos, sólo quedaba una alternativa: la que fuera. Nuestra capacidad de comunicación había desertado la vía oral para amoldarse como recurso gráfico.

De repente una gresca atrajo nuestra atención. Cruzamos la pista, esquivando tránsito pesado y vehículos ligeros, para ver qué podíamos aprovechar. Dos sujetos panzones se revolcaban como soldados rampando en el campo de batalla.

—¡Pan con pescado! —azuzó Camote.

Uno de los contrincantes se levantó chorreando sangre, las mechas cubriéndole la cara. El otro, enseñando el ombligo velludo y el poto lleno de chupos, seguía lanzando alocados puñetazos al concreto, seguro de que estaba reventando a su rival con una brutalidad imposible de superar.

—¡Suéltame, conchetumadre! —vociferaba envilecido.

Su oponente reapareció, entonces, detrás de nosotros. Venía bañadito, o por lo menos peinadito, el pelo mojado, la ropa recompuesta.

—Le metiste su tatequieto, mi hermano —lo felicitó Camote, dándole una palmada en la espalda.
—¿Haces taxi, compadrito? —preguntó el Champero, viendo el cartel de goma pegado sobre el parabrisas de su carro.
—Con eso me gano los frejoles —afirmó el vencedor—. ¿Quieren una carrera?
—Puede ser —dijo el Doctor.
—Vamos a un sitio bravo —advirtió el Narizón.
—Tranquilo. Yo también vengo de un sitio bravo —contestó el hombre.
—¡Barreta, carajo! —exclamó Barreta—. ¿De dónde eres, hermano?
—Mariano Melgar.

La respuesta nos hizo caer en un vacío de silencio.

—¿Dónde queda eso? —indagó el Doctor.
—Más allá de Villa El Salvador.
—Lejos la huevadita —bromeó el Champero, soltando una risotada fantasmagórica.
—¡Viva Villacoca! —arengó Camote.
—¿Van a comprar? —preguntó sin tapujos el desconocido.

A leguas percibimos la brecha social que nos separaba, pero reconocimos que en el fondo era uno de los nuestros. Asentimos.

—Donde yo vivo venden buena merca.
—¿Sí? —curioseó el Doctor.
—Qué tienen por allá —averiguó el Narizón.
—Paisano, paiche, pay…pero del bueno.
—¡Aj, qué rico! —aplaudió Barreta.
—Hagamos la chanchita –apuró el Champero.
—¿Cuánto tienen? —inquirió el nuevo integrante del grupo.
—No te preocupes, manito —apuntó Camote—. Igual te vas a ganar alguito.
—¿Crees que lleguemos bien hasta allá con este maquinón? —cuestionó el Narizón.
—Garantizado, bro’der —aseguró el dueño del automóvil—. Tiene pinta de cacharra, pero responde. Ya vas a ver.

En vista de que la noche nos ganaba, cerramos la transacción. Una vez en marcha, Camote le preguntó cuál era su gracia:

—Gavino —contestó—. Para servirte.

La ruidosa conversación del trayecto operaba como antídoto para la oculta tensión que acompañaba nuestras expediciones al hueco. Mientras algunos sólo pensábamos en lo rica que podía ser la primera dosis, otros no podían sacarse de la cabeza a la policía. Veinte minutos de recorrido, contemplando la progresiva descomposición —no sólo urbanística— del paisaje, fueron suficientes para empezar a crear un clima de exasperación en nuestro interior.

—Ya falta poco —alentó Gavino.

Camote no dejaba de chirriar los dientes. Al mismo tiempo tocaba un piano imaginario, hábito que había adquirido como consecuencia de los sucesivos secuestros a los que era sometido por sus padres antes de ser internado en diferentes comunidades terapéuticas.

—Soy el toro más banderilleado de la clínica —proclamaba con orgullo después de consumar cada escape.

La iluminación se iba empobreciendo a medida que traspasábamos la zona industrial y nos adentrábamos en lo que sería el área residencial. Mariano Melgar no era un barrio pobre, mucho menos una urbanización. Podía describirse apenas como un vasto arenal. El panorama que ofrecía la miseria, el desamparo y el olvido resultaba intimidante.

—¿Así que esto es Mariano Melgar? —preguntó, nervioso, Barreta.
—Así es, mi hermano —aseveró Gavino, volteando el timón a la derecha—. El rico Mariano Melgar.

El Doctor, escrutando la periferia, dudaba de que los pobladores de aquella polvorienta invasión tuvieran conocimiento (o siquiera presumieran) de que el nombre que daba vida a su morada perteneciera al ilustre poeta arequipeño. Atribuía su origen a un posible rapto de inspiración artística por parte de algún dirigente vecinal o quizás al arraigo telúrico de un melancólico inmigrante. El caso era que Mariano Melgar —el auténtico vate characato—, según él, hubiera llorado de rabia o de tristeza al comprobar la devastación moral, sanitaria y económica del lugar que hacía homenaje a su nombre en aquel recóndito paraje de los extramuros limeños. Se preguntaba, asimismo, cuál sería la relevancia de los sucesivos cambios en la nomenclatura política: barriadas, pueblos jóvenes, centros poblados o asentamientos humanos, no eran sino meros eufemismos acuñados por el gobierno para disimular su ineptitud y desdén.

Gavino bajó la marcha y apagó su Datsun dejándolo atravesado en la pista, sobre una calle que desembocaba en lo que sería la plaza de armas o el parque central. Descendimos con cuidado, espiando los alrededores.

—¿No estás bloqueando el paso? —inquirió el Narizón.
—No te preocupes —dijo Gavino—. Allá al frente vive el tío.
—¿Ése es el hombre? —preguntó Barreta.
—Él mismo es —aseguró Gavino—. Esperen aquí, ya vuelvo.
—¿Y el billete? —se sorprendió Camote.
—No se preocupen —respondió Gavino, haciendo la señal de “alto” con la mano—. Yo hablo con él primero y después arreglamos el negocio.
—Dale —dijo el Doctor.

Cuando Gavino se alejó lo suficiente, el Narizón hizo saber su desconfianza:

—Esto no se me cocina.

El Narizón no destacaba por su audacia en el terreno físico —nadie podía considerarlo intrépido—, pero su buen olfato rayaba en lo inmoral.

—El qué… —preguntó el Doctor.
—Venir hasta acá y quedarnos esperando.
—¿Cuál es el problema, hermanito? —inquirió el Champero—. En peores sitios hemos estado.
—Sí, pero que este compadre nos traiga gratis y después no nos pida plata para traer la merca…me suena raro.

Los minutos empezaron a correr y el viento a ponerse helado. Una densa bruma deslizándose de los cerros se instaló en las azoteas. El paisaje detrás de nosotros adquirió un sesgo fantasmal. En el perímetro, autos contrahechos y camiones en deplorable condición pernoctaban frente a las fachadas de las casas. No se divisaban siquiera perros callejeros en busca de comida o resguardo.

—Nos están mirando —dijo de pronto Camote.
—Quién —preguntó Barreta.
—En esa casa.

Camote señaló con los labios unidos una rústica estructura de calaminas.

—No te pongas paranoico antes de tiempo —dijo el Doctor.

Entonces escuchamos un ruido frío, como cuando alguien le da un puntapié a una lata vacía.

—Este huevón se está demorando mucho —apuntó el Narizón.

Guiados por el instinto de conservación, abandonamos nuestra posición casual y nos reubicamos de forma estratégica, colocándonos en círculo, de tal modo que cada uno podía monitorear el área por encima de los hombros del otro.

—Qué es esa luz allá al fondo —preguntó el Champero.
—Dónde —inquirió el Doctor.
—Voltea con cuidado —indicó el Champero, mordiendo las palabras.

Incapaz de obedecer, el Narizón reconoció en el horizonte una compacta barra en movimiento.

—Mejor busca por dónde arrancamos, huevón…
—Tranquilo —dijo Barreta, peinando su pelo engominado—. ¡Le damos barreta a todos, carajo!

La lejana línea horizontal empezó a entrar en la zona iluminada.

—¡Es una mancha! —alertó Camote.

Indefensos forasteros, como éramos, indagamos las posibles rutas de desalojo. En ese proceso, el conjunto de siluetas difusas tomó cuerpo y mostró su rostro macabro. Los lideraba un zambo de rasgos carcelarios. Detrás de él, formando un ajustado triángulo isósceles, seis o siete mocosos con gorros de tela y zapatillas desamarradas, sacaban punta a sus fierros, rascándolos contra la pista.

—Hola, varón.

El zambo, por su contextura, bien podía haber sido un ex campeón de los Guantes de Oro. Vestía una imponente, aunque raída y desteñida, gabardina azul. Cuando preguntó “¿Se les perdió algo?”, nuestras crecientes conjeturas fueron confirmadas.

—No, todo bien —respondió el Narizón—. Aquí, visitando a la familia.

El zambo no movió ni un músculo facial ante la tentativa de broma. Sus acompañantes chamuscaron algunos improperios, de los cuales sólo comprendimos el tono amenazador.

—Estamos sólo de paso —explicó el Doctor.

El zambo levantó el cuello de su gabán y cruzó los brazos.

—No nos gustan los sapos —dijo, en seco.
—Ya nos vamos, hermanito —intervino el Champero—. No hay problema.
—Qué hacen a estas horas por aquí, causa —desafió un miembro de la comitiva.
—Vinimos con un amigo —contestó Camote.
—¿Amigo? —dudó otro de los socios.
—Estamos recogiendo una encomienda —explicó Barreta—. Lo esperamos para que nos lleve de regreso.

Estirando el cuello hacia atrás, el zambo nos midió de arriba abajo.

—En serio —agregó el Doctor—. Ya nos vamos.

Demasiado tarde. El zambo abrió con parsimonia su sobretodo y del bolsillo interior extrajo un gigantesco cuchillo de cocina, que empezó a golpetear contra la palma de su mano. Era un artefacto mayor, envidia de cualquier carnicero ranqueado. El metal relució deslumbrante en medio de la noche.

—No pasa nada, bro’der —dijo—. No te creo.

Ésta era nuestra oportunidad de aplicar el cúmulo de lecciones aprendidas en el fragor de anteriores cacerías. Maratonistas de fondo o corredores de distancias cortas, igual nuestro desempeño habría valido para ganar una medalla de oro; batiendo récords mundiales, además. Atravesamos lotes baldíos, rodeamos casuchas de esteras, saltamos muros derruidos, pisamos toneladas de basura, cruzamos alambres enrollados. Desplegamos, sin saber, una retirada digna de competir en eficiencia con las más sagaces operaciones protagonizadas por las Ratas del Desierto. Nunca antes habíamos hallado con tanta rapidez la salida. El zambo y sus sardanápalos, aun sorteando insospechados atajos, sólo consiguieron ver nuestras sombras desvanecerse en la oscuridad de la carretera.

A la volada subimos al primer micro que apareció en el firmamento. Sintiéndonos enfermos terminales fuera de peligro, para festejar y recobrar el hálito perdido, culminamos la jornada comiendo hígado refrito en un resinoso perol de carretilla.

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