El videojuego como virtud

Carlos E. Luján Andrade






Cuando nos referimos al conocimiento, la educación y el aprendizaje, instantáneamente pensamos en las actividades que nos llevan más esfuerzo practicarlas. De acuerdo a este concepto, se asume que la formación intelectual y espiritual del ser humano se encuentra asociada a lo teórico, a lo disciplinado y tedioso. Tanto las máximas religiosas como las teóricas han estado cargadas de imperativas órdenes que nosotros las aceptamos como una condena que debemos de cumplir para obtener alguna constancia que acredite tal pena. “La letra con sangre entra”, se nos ha repetido hasta el cansancio y por muchos esfuerzos que los nuevos modelos educativos intentan hacer más “digerible” el conocimiento, ello no deja de tener un tufillo a calvario silencioso que todos debemos pagar.

Es así que hay un subjetivismo peligroso con respecto a las actividades que proporcionan conocimiento al individuo en detrimento de otras. Desde hace casi cuarenta años, una actividad ha entrado de forma casi furtiva a nuestras vidas en la cual la tecnología se ha unido al espíritu lúdico resultando lo que llamamos los “videojuegos”. Este fenómeno tecnológico no es tan innovador como muchos creen, ya que es simplemente la repetición de actividades recreativas existentes, pero desarrolladas con el sistema binario. Sin embargo, desde sus inicios, el rótulo de llamarlos “games” o “juegos” ha conllevado que peyorativamente se le considere una actividad infantil, trivial e improductiva. Considerándola un vicio del que muchos son víctimas, emparentando su afición con otras perniciosas para la salud mental.

No obstante, a pesar de esta carga subjetiva que las sociedades tienen hacia ello, es un gran mercado que mueve ingentes cantidades de dinero permitiendo el desarrollo de videojuegos a niveles realmente sorprendentes. Los más adeptos a ellos son los individuos jóvenes gozadores de cierta libertad para elegir los que más se amolden a sus necesidades.

Lamentablemente, los “video gamers” -así llamadas a las personas dedicadas a esta actividad- son calificadas de “infantiles”, “ociosas” o simplemente “extrañas” ante el resto de personas que no comparte dicho interés. Suponemos que alguno que no haya jugado un videojuego a conciencia pueda estar de acuerdo con tales afirmaciones y es por eso preciso exponer algunas reflexiones del papel que tienen estos con respecto a otras actividades vistas como necesarias para la formación intelectual y espiritual del hombre.

No es preciso resaltar la importancia de la tecnología en nuestras vidas ya que damos por hecho que ella se ha adherido a la cotidianidad y en varias actividades no podemos prescindir de estas. Hablar de los videojuegos es referirse a un mundo virtual que existe paralelamente al nuestro, uno creado por la imaginación de los realizadores destinado a entretener a los individuos que se adentren en sus dominios.

Y he aquí la cuestión, el tildar su práctica como actividad de entretenimiento no la hace menos valiosa que otras, más aún, si evaluamos otras actividades de entretenimiento encontraremos muchas de ellas útiles. Tenemos al deporte, las manualidades, la lectura, cada uno acorde a las habilidades de uno, y más aún, en estas podemos rescatar muchas virtudes necesarias para mejorar las destrezas que nos hacen desempeñar mejor nuestra tarea de individuos adaptados en una sociedad cada vez más exigente.

Afirmar que los videojuegos no son mero entretenimiento es darle una razón a la sinrazón. Se debe revalorar dicha palabra agregando que de su práctica obtenemos experiencias que sin ella no la hubiéramos vivido nunca. Por dar un ejemplo, la sana competencia. Si uno ha jugado cualquiera de ellos; sean los más elementales creados con Flash o los complejos en 3D, nos ha invadido la necesidad de superar al robot del mismo juego o a los records de otros jugadores. Esa es la ansiedad por perfeccionar nuestras técnicas, desarrollando la habilidad de adecuarnos a reglas establecidas y practicarlas de la mejor manera. Es casi imposible hacer trampa en los videojuegos (a menos que uno sea un hacker consumado), no importa si uno proviene de un país del primer mundo, uno del tercero (en competencias internacionales) lo puede vencer. La democracia competitiva de los videojuegos es pura, sencilla y directa.

También son criticados por su violencia y que son un equívoco ejemplo de la realidad dada a los niños y a los jóvenes. Podemos redundar explicando que violencia hay en todos lados, la realidad lo es; más aún, con consecuencias dramáticas para todos los que la sufren, y al vivir en el mundo exterior nos damos cuenta que ella está latente y lo recomendable sería que uno desarrolle la capacidad para convivir con ella (los videojuegos pueden ayudar en ese sentido). Estos son el reflejo de la imaginación del ser humano y esta no se puede reprimir (a pesar de eso las leyes obligan a que existan advertencias sobre su contenido). Lo curioso es que se hallan libros de texto en que el tema del sufrimiento y la violencia siempre está presente, afamados libros para jóvenes (léase cómic u otros por el estilo) muestran la idea del asesinato y el padecimiento como un pasaje más y nadie osa tildarlos de nocivos por el hecho de que para llegar a tales argumentos hay que leer, considerando que todo lo que sea leído es bueno para el ser humano. Detalle muy curioso porque hace algunas décadas no era tanto así. La misma música debía tener una advertencia si contenía lenguaje “inapropiado”.

La sociedad aún no digiere a la tecnología como una herramienta de la técnica preparada para formar seres humanos completos. Valoramos sus innovaciones, pero somos cautos al asimilarlas a nuestras vidas, pues mientras ellas sean sirvientes nuestros, su recepción será bienvenida. Y la sensación que posee la sociedad sobre los videojuegos es que estos son independientes, emitiendo mensajes incandescentes y atractivos para el ocio humano orientándonos hacia la decadencia y el desgano de quienes los juegan. Peor serían los juegos de casino que resultan más nocivos para el bolsillo de la gente y para su salud mental.

Y si evaluamos uno por uno los videojuegos (si eso es posible, aunque quienes lo critican deberían de hacerlo), podremos encontrar diferentes argumentos, entre los más complejos y sencillos; y desde los más violentos hasta los más didácticos. Preguntémonos qué de nocivo puede haber en desear vencer un record de velocidad o derrotar a seres mitológicos ficticios para llegar a un nivel superior. La idea de superar retos adecuándonos a lineamientos de un universo preconcebido es una actividad que cada vez es más requerida para adaptarnos a un mundo cambiante.

En cada uno de estos observamos grandes argumentos, propuestas artísticas de exquisitez estética con gráficos cada vez más impresionantes. Son obras de arte en los cuales distintos rubros son necesarios para poder mostrar una propuesta interesante e innovadora. Los mejores desarrolladores de videojuegos no escatiman en gastos ya que comprenden que el resultado de su trabajo es la consecuencia del avance tecnológico de su época.

No se debe pretender descalificar a esta actividad solo porque existen individuos que se encierran en sus habitaciones y se desentienden de las responsabilidades sociales. Ya que las actividades de entretenimiento son un escape de las otras que la sociedad nos obliga a cumplir para ejercer un rol social adecuado. Los videojuegos deben ser una alternativa, jamás una actividad principal a menos que se dediquen profesionalmente. Cuando se sobrepasa los límites permitidos todas las virtudes de las que me he referido se pierden instantáneamente.

Hay que recordar que varios años atrás tanto el teatro, la ópera, la música clásica romántica o la novela fueron calificadas de actividades superfluas, producto del mero ocio y que no contenían nada útil para la formación del ser humano. La historia nos ha enseñado que las actividades populares en una época determinada no deben ser vistas con desdén. Hoy apreciamos a las otrora vilipendiadas expresiones artísticas como el baluarte del desarrollo del conocimiento humano. ¿Qué nos asegura que con los videojuegos esto no ocurrirá en algunos años?

La práctica de dicha ocupación ya ha experimentado grandes cambios en las personas, sino indaguemos los que sucede en las comunidades de gamers en línea, lo campeonatos mundiales de videojuegos, etc. Ya hay espacios sociales bien constituidos donde tal actividad se encuentra sólidamente aceptada, en ella observamos una exigente estimación estética donde se ha logrado la revaloración de la apreciación musical y del diseño. No hay otra actividad en la cual los jóvenes estén tan interesados por la estética de los gráficos (colores, textura, iluminación, etc), los sonidos o el argumento de las historias.

Los videojuegos, en un futuro, tal vez puedan ser considerados como la expresión artística donde se combinen e interactúe todo aquello que el arte y la literatura tradicional han exigido de sus cultivadores por centurias. Más aún, en estas creaciones tecnológicas vemos la participación del espectador en su resultado y con el tiempo puede ser vista como la obra de arte perfecta.

Ahora son muy rudimentarios a pesar de su espectacularidad para llegar a tal fin, no obstante, el interés de muchos y su popularidad entre quienes los juegan hace creer que su desarrollo será aún más vertiginoso. Las comunidades de gamers son muy severas, piden innovación constante y las realizadoras no se quedan atrás en ese aspecto, las propuestas de consolas como las de Sony, Xbox o la de la realidad virtual hacen creer que hay mucho por explorar en este campo.

Negar o menospreciar esta tecnología es cerrar los ojos ante lo inevitable. La práctica de los videojuegos será en un futuro una actividad obligatoria porque a pesar de la crítica que dice que nos apartan del mundo real, nos arriesgamos a afirmar que en los próximos años el verdadero reto estará en saber desenvolvernos en un mundo virtual, y los videojuegos serán de valiosa ayuda para llegar a tal objetivo. Mientras la sociedad necesite más a la tecnología para su vida diaria, las innovaciones que esta nos traiga no deberán ser vistas con desdén.

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