La peste (II)

Albert Camus







Hervía, en efecto, ni más ni menos que una fiebre. Todavía ciudad tenía fiebre. Esta era, al menos, la impresión que perseguía el doctor Rieux, la mañana en que iba hacia la calle Faidherbe para asistir a la información sobre la tentativa de suicidio de Cottard. Pero esta impresión le parecía irrazonada. La atribuía al enervamiento y a las preocupaciones de que estaba lleno y creía que necesitaba poner un poco de orden en sus ideas.

Cuando llegó, el comisario no estaba allí todavía, Grand esperaba en el rellano de la escalera y decidieron entrar primero en su cuarto, dejando la puerta abierta. El empleado del Ayuntamiento ocupaba dos piezas amuebladas muy sumariamente. Se observaba sólo un estante de madera blanca con dos o tres diccionarios y un encerado donde se podían leer, medio borradas, las palabras “avenidas floridas”. Según Grand, Cottard había pasado bien la noche. Pero se había despertado por la mañana con dolor de cabeza e incapaz de la menor reacción. Grand parecía cansado y nervioso. Se paseaba de un lado para otro abriendo y cerrando una gran carpeta llena de hojas manuscritas.

Contó al doctor que él conocía poco a Cottard, pero que le suponía un pequeño capital. Cottard era un hombre raro. Durante mucho tiempo sus relaciones se habían limitado a un saludo en la escalera.

—No he tenido más que dos conversaciones con él. Hace unos días dejé caer en el descansillo una caja de tizas que traía. Eran tizas rojas y azules. En ese momento salía Cottard y me ayudó a recogerlas. Me preguntó para qué eran esas tizas de diferentes colores.

Grand le había explicado entonces que estaba repasando un poco de latín. No había vuelto a estudiarlo desde el liceo.

—Sí —dijo el doctor—, me han asegurado que es útil para conocer mejor el sentido de las palabras francesas.

Así, pues, escribía las palabras latinas en el encerado. Copiaba con la tiza azul la parte de las palabras que cambia según las declinaciones y las conjugaciones y con la tiza roja la que no cambia nunca.

—No sé si Cottard comprendió bien, pero me pidió una tiza roja. Me sorprendió un poco, pero después de todo… Yo no podía adivinar que iba a servirle para su proyecto.

Rieux preguntó cuál había sido el tema de la segunda conversación. Pero en ese momento llegó el comisario acompañado de su secretario y quiso primero oír la declaración de Grand. El doctor observó que Grand, cuando hablaba de Cottard, le llamaba siempre “el desesperado”. Incluso en un momento empleó la expresión “resolución fatal”. Discutieron sobre el motivo del suicidio y Grand se mostró siempre escrupuloso en el empleo de los términos. Hubo que detenerse sobre las palabras “contrariedades íntimas”. El comisario preguntó si no había habido nada en la actitud de Cottard que hiciese sospechar lo que él llamaba “su determinación”.

—Ayer llamó a mi puerta —dijo Grand— para pedirme fósforos. Le di mi caja. Se excusó diciendo que entre vecinos… Después me aseguró que me devolvería la caja. Le dije que se quedase con ella.

El comisario preguntó al empleado si Cottard no le había parecido raro.

—Me pareció raro verlo como deseoso de entablar conversación. Pero yo estaba trabajando.

Grand se volvió hacia Rieux y añadió, con aire intimidado:

—Un trabajo personal.

El comisario quiso ver al enfermo. Pero Rieux creyó mejor prepararle primero. Cuando entró en la habitación, Cottard, vestido solamente con un pijama de franela grisácea, estaba incorporado en la cama y vuelto hacia la puerta con expresión de ansiedad.

—Es la policía, ¿no?
—Sí —dijo Rieux—, no se agite usted. Dos o tres formalidades y lo dejaran en paz.

Pero Cottard respondió que era inútil, que él detestaba a la policía. Rieux dijo con impaciencia:

—Yo tampoco la adoro. Se trata de responder pronto y claro a sus preguntas para terminar de una vez.

Cottard se calló y el doctor fue hacia la puerta, pero el hombrecillo volvió a llamarlo y le cogió las manos cuando estuvo junto a la cama.

—No se puede hacer nada a un enfermo, a un hombre que se ha ahorcado, ¿no es cierto, doctor?

Rieux lo consideró un momento y al fin le aseguró que no se trataba de nada de ese género y que, en todo caso, él estaba allí para proteger a su enfermo. Éste pareció tranquilizarse y Rieux hizo entrar al comisario.

Se le leyó a Cottard la declaración de Grand y se le preguntó si podía precisar los motivos de su acto. Respondió solamente, sin mirar al comisario, que “contrariedades íntimas era lo justo”. El comisario le preguntó si tenía intención de repetirlo. Cottard se animó, respondió que no y que lo único que quería era que lo dejaran en paz.

—Tengo que hacerle comprender —dijo el comisario en tono irritado— que por el momento es usted el que turba la paz de los demás.

Pero Rieux le hizo una seña y no pasó de allí.

—Figúrese —suspiró el comisario—, tenemos otras cosas puestas a la lumbre desde que se habla de esto de la fiebre.

Preguntó al doctor si la cosa era seria y Rieux dijo que no lo sabía.

—El tiempo, eso es todo —dijo el comisario.

Era el tiempo, sin duda. Todo se ponía pegajoso a medida que avanzaba el día y Rieux sentía aumentar su aprensión a cada visita. Por la tarde de ese mismo día un vecino del viejo enfermo se quejaba de las ingles y vomitaba en medio de su delirio. Los ganglios eran mucho más gruesos que los del portero. Uno de ellos comenzó a supurar y pronto se abrió como un fruto maligno. Cuando volvió a su casa Rieux telefoneó al depósito de productos farmacéuticos de la localidad. Sus notas profesionales mencionan únicamente en esta fecha: “Respuesta negativa.” Y ya estaban llamándole en otros sitios para casos semejantes.

Había que abrir los abscesos; era evidente. Dos golpes de bisturí en cruz y los ganglios arrojaban una materia mezclada de sangre. Los enfermos sangraban, descuartizados. Pero aparecían manchas en el vientre y en las piernas, un ganglio dejaba de supurar y después volvía a hincharse. La mayor parte de las veces el enfermo moría en medio de un olor espantoso.

La prensa, tan habladora en el asunto de las ratas, no decía nada. Porque las ratas mueren en la calle y los hombres en sus cuartos y los periódicos sólo se ocupan de la calle. Pero la prefectura y la municipalidad empezaron a preguntarse qué había que hacer. Mientras cada médico no tuvo conocimiento más que de dos o tres casos nadie pensó en moverse. Al fin, bastó que a alguno se le ocurriese hacer la suma. La suma era aterradora. En unos cuantos días los casos mortales se multiplicaron y se hizo evidente para los que se ocupaban de este mal curioso que se trataba de una verdadera epidemia. Este fue el momento que escogió Castel, un colega de Rieux de mucha más edad que él para ir a verle.

—Naturalmente, usted sabe lo que es esto, Rieux.
—Espero el resultado de los análisis.
—Yo lo sé y no necesito análisis. He hecho parte de mi carrera en China y he visto algunos casos en París, hace unos veintitantos años. Lo que pasa es que por el momento no se atreven a llamarlo por su nombre. La opinión pública es sagrada: nada de pánico, sobre todo nada de pánico. Y además, como decía un colega: “Es imposible, todo el mundo sabe que ha desaparecido de Occidente.” Sí, todo el mundo lo sabe, excepto los muertos. Vamos, Rieux usted sabe tan bien como yo lo que es.

Rieux reflexionaba. Por la ventana de su despacho miraba el borde pedregoso del acantilado que encerraba a lo lejos la bahía. El cielo, aunque azul, tenía un resplandor mortecino que se iba apagando a medida que avanzaba la tarde.

—Sí, Castel —dijo Rieux—, es casi increíble, pero parece que es la peste.

Castel se levantó y fue hacia la puerta.

—Ya sabe usted lo que van a responderme: “Ha desaparecido de los países templados desde hace años.”
—¿Qué quiere decir desaparecer? —respondió Rieux alzando los hombros.
—Sí, y no olvide usted que todavía en París hace unos veinte años…
—Bueno. Esperemos que hoy no sea más grave que entonces. Pero es verdaderamente increíble.

La palabra “peste” acababa de ser pronunciada por primera vez. En este punto de la narración que deja a Bernard Rieux detrás de una ventana se permitirá al narrador que justifique la incertidumbre y la sorpresa del doctor puesto que, con pequeños matices, su reacción fue la misma que la de la mayor parte de nuestros conciudadanos. Las plagas, en efecto, son una cosa común pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban nuestros ciudadanos y por esto hay que comprender sus dudas. Por esto hay que comprender también que se callara, indeciso entre la inquietud y la confianza. Cuando estalla una guerra las gentes se dicen: “Esto no puede durar, es demasiado estúpido.” Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado precauciones. Nuestros conciudadanos no eran más culpables que otros, se olvidaban de ser modestos, eso es todo, y pensaban que todavía todo era posible para ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles. Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas.

Incluso después de haber reconocido el doctor Rieux delante de su amigo que un montón de enfermos dispersos por todas partes acababa de morir inesperadamente de la peste, el peligro seguía siendo irreal para él. Simplemente, cuando se es médico, se tiene formada una idea de lo que es el dolor y la imaginación no falta. Mirando por la ventana su ciudad que no había cambiado, apenas si el doctor sentía nacer en él ese ligero descorazonamiento ante el porvenir que se llama inquietud. Procuraba reunir en su memoria todo lo que sabía sobre esta enfermedad. Ciertas cifras flotaban en su recuerdo y se decía que la treintena de grandes pestes que la historia ha conocido había causado cerca de cien millones de muertos. Pero ¿qué son cien millones de muertos? Cuando se ha hecho la guerra apenas sabe ya nadie lo que es un muerto. Y además un hombre muerto solamente tiene peso cuando le ha visto uno muerto; cien millones de cadáveres, sembrados a través de la historia, no son más que humo en la imaginación. El doctor recordaba la peste de Constantinopla que según Procopio había hecho diez mil víctimas en un día. Diez mil muertos hacen cinco veces el público de un gran cine. Esto es lo que hay que hacer. Reunir a las gentes a la salida de cinco cines, conducirlas a una playa de la ciudad y hacerlas morir en montón para ver las cosas claras. Además habría que poner algunas caras conocidas por encima de ese amontonamiento anónimo. Pero naturalmente esto es imposible de realizar, y además ¿quién conoce diez mil caras? Por lo demás, esas gentes como Procopio no sabían contar; es cosa sabida. En Cantón hace setenta años cuarenta mil ratas murieron de la peste antes de que la plaga se interesase por los habitantes. Pero en 1871 no hubo manera de contar las ratas. Se hizo un cálculo aproximado, con probabilidades de error. Y sin embargo, si una rata tiene treinta centímetros de largo, cuarenta mil ratas puestas una detrás de otra harían…

Pero el doctor se impacientaba. Era preciso no abandonarse a estas cosas. Unos cuantos casos no hacen una epidemia, bastaría tomar precauciones. Había que atenerse a lo que se sabía, el entorpecimiento, la postración, los ojos enrojecidos, la boca sucia, los dolores de cabeza, los bubones, la sed terrible, el delirio, las manchas en el cuerpo, el desgarramiento interior y al final de todo eso… Al final de todo eso, una frase le venía a la cabeza, una frase con la que terminaba en su manual la enumeración de los síntomas. “El pulso se hace filiforme y la muerte acaece por cualquier movimiento insignificante.” Sí, al final de todo esto se estaba como pendiente de un hilo y las tres cuartas partes de la gente, tal era la cifra exacta, eran lo bastante impacientes para hacer ese movimiento que las precipitaba.

El doctor seguía mirando por la ventana. De un lado del cristal el fresco cielo de la primavera y del otro lado la palabra que todavía resonaba en la habitación: la peste. La palabra no contenía sólo lo que la ciencia quería poner en ella, sino una larga serie de imágenes extraordinarias que no concordaban con esta ciudad amarilla y gris, moderadamente animada a aquella hora, más zumbadora que ruidosa; feliz, en suma, si es posible que algo sea feliz y apagado. Una tranquilidad tan pacífica y tan indiferente negaba casi sin esfuerzo las antiguas imágenes de la plaga. Atenas apestada y abandonada por los pájaros, las ciudades chinas cuajadas de agonizantes silenciosos, los presidiarios de Marsella apilando en los hoyos los cuerpos que caían, la construcción en Provenza del gran muro que debía detener el viento furioso de la peste. Jaffa y sus odiosos mendigos, los lechos húmedos y podridos pegados a la tierra removida del hospital de Constantinopla, los enfermos sacados con ganchos, el carnaval de los médicos enmascarados durante la Peste negra, las cópulas de los vivos en los cementerios de Milán, las carretas de muertos en el Londres aterrado, y las noches y días henchidos por todas partes del grito interminable de los hombres. No, todo esto no era todavía suficientemente fuerte para matar la paz de ese día. Del otro lado del cristal el timbre de un tranvía invisible resonaba de pronto y refutaba en un segundo la crueldad del dolor. Sólo el mar, al final del mortecino marco de las casas, atestiguaba todo lo que hay de inquietante y sin posible reposo en el mundo. Y el doctor Rieux que miraba el golfo pensaba en aquellas piras, de que habla Lucrecio, que los atenienses heridos por la enfermedad levantaban delante del mar. Llevaban durante la noche a los muertos pero faltaba sitio y los vivos luchaban a golpes con las antorchas para depositar en las piras a los que les habían sido queridos, sosteniendo batallas sangrientas antes de abandonar los cadáveres. Se podía imaginar las hogueras enrojecidas ante el agua tranquila y sombría, los combates de antorchas en medio de la noche crepitante de centellas y de espesos vapores ponzoñosos subiendo hacia el cielo expectante. Se podía temer…

Pero este vértigo no se sostenía ante la razón. Era cierto que la palabra “peste” había sido pronunciada, era cierto que en aquel mismo minuto la plaga sacudía y arrojaba por tierra a una o dos víctimas. Pero, ¡y qué!, podía detenerse. Lo que había que hacer era reconocer claramente lo que debía ser reconocido, espantar al fin las sombras inútiles y tomar las medidas convenientes. En seguida la peste se detendría, porque la peste o no se la imagina o se la imagina falsamente. Si se detuviese, y esto era lo más probable, todo iría bien. En el caso contrario se sabía lo que era y, si no había medio de arreglarse para vencerla primero, se la vencería después.

El doctor abrió la ventana y el ruido de la ciudad se agigantó de pronto. De un taller vecino subía el silbido breve e insistente de una sierra mecánica. Rieux espantó todas estas ideas. Allí estaba lo cierto, en el trabajo de todos los días. El resto estaba pendiente de hilos y movimientos insignificantes, no había que detenerse en ello. Lo esencial era hacer bien su oficio.

El doctor Rieux estaba en este punto de sus reflexiones cuando le anunciaron a Joseph Grand. Aunque era empleado del Ayuntamiento y desempeñaba tareas muy diversas se le ocupaba periódicamente en el servicio de estadísticas del gobierno civil. Así, pues, estaba obligado a hacer las sumas de las defunciones y, naturalmente servicial, había accedido a llevar él mismo una copia de sus resultados a casa de Rieux.

El doctor vio entrar a Grand con su vecino Cottard.

El empleado blandió una hoja de papel.

—Las cifras suben, doctor —anunció—: once muertos en cuarenta y ocho horas.

Rieux saludó a Cottard y le preguntó cómo se encontraba. Grand explicó que Cottard había puesto empeño en venir a dar las gracias al doctor y a excusarse por las molestias que le había ocasionado. Pero Rieux miraba la hoja de la estadística.

—Bueno —dijo Rieux—, es posible que haya que decidirse a llamar a esta enfermedad por su nombre. Hasta el presente hemos estado dándole vueltas. Pero vengan ustedes conmigo, tengo que ir al laboratorio.
—Sí, sí —dijo Grand bajando la escalera detrás del doctor. Hay que llamar a las cosas por su nombre, pero ¿cuál es su nombre?
—No puedo decírselo, y, por otra parte, no le serviría para nada saberlo.
—Ya ve usted —sonrió el empleado—, no es tan fácil.

Se dirigieron a la plaza de Armas. Cottard iba callado. Las calles empezaban a llenarse de gente. El crepúsculo fugitivo de nuestro país retrocedía ya ante la noche y las primeras estrellas aparecían en el horizonte, todavía neto. Unos segundos más tarde, las luces de las calles en lo alto oscurecieron todo el cielo al encenderse, y el ruido de las conversaciones pareció subir de tono.

—Perdóneme —dijo Grand al llegar al ángulo de la plaza—, pero tengo que tomar el tranvía. Mis noches son sagradas. Como dicen en mi país: “No hay que dejar para mañana…”

Rieux había notado cierta manía que tenía Grand, nacido en Montélimar, de invocar las locuciones de su país y añadirles fórmulas triviales que no eran de ningún sitio, como “un tiempo de ensueño” o “un alumbrado mágico”.

—¡Ah! —dijo Cottard—, no se le puede sacar de su casa después de la cena.

Rieux preguntó a Cottard si trabajaba en el Ayuntamiento. Grand respondió que no: trabajaba para sí mismo.

—¡Ah! —dijo Rieux, por hablar—, y ¿avanza mucho?
—Después de los años que trabajo en ello, forzosamente. Aunque en cierto sentido no hay gran progreso.
—Pero, en resumen, ¿de qué se trata? —dijo el doctor parándose.

Grand farfulló algo, ajustándose el sombrero redondo sobre sus grandes orejas. Y Rieux comprendió muy vagamente que se trataba de algo sobre el desarrollo de una personalidad. Pero el empleado los dejó tomando el bulevar de la Marne, bajo los focos, con un pasito apresurado. En la puerta del laboratorio Cottard dijo al doctor que quería hablar con él para pedirle un consejo. Rieux, que no dejaba de tocar en su bolsillo la hoja de las estadísticas, le invitó a ir a su consultorio más tarde. Luego, cambiando de opinión, le dijo que él tenía que ir al día siguiente a su barrio y que pasaría por su casa después de almorzar.

Cuando dejó a Cottard, el doctor se dio cuenta de que seguía pensando en Grand. Lo imaginaba en medio de una peste, y no de aquélla, que sin duda no iba a ser seria, sino en medio de una de las grandes pestes de la historia. “Es del género de hombres que quedan a salvo en estos casos.” Se acordaba de haber leído que la peste respetaba las constituciones débiles y destruía las vigorosas. Y al seguir pensando en ello, el doctor llegó a la conclusión de que en el empleado había un cierto aire de misterio.

A primera vista, en efecto, Joseph Grand no era más que el pequeño empleado de ayuntamiento que su aspecto delataba. Alto, flaco, flotaba en sus trajes que escogía siempre demasiado grandes, haciéndose la ilusión de que así le durarían más. Conservaba todavía la mayor parte de los dientes de la encía inferior, pero, en cambio había perdido todos los superiores. Su sonrisa, que le levantaba el labio de arriba, hacía enseñar una boca llena de sombra. Si se añade a este retrato un modo de andar de seminarista, un arte especial de rozar los muros y de deslizarse por entre las puertas, un olor a sótano y a humo, con todos los modales distintivos de la insignificancia, se reconocerá que sólo se le podía imaginar delante de una mesa de escritorio, aplicado a revisar las tarifas de las casas de baños de la ciudad, o a reunir para algún joven escribiente los elementos de una información concerniente a la nueva ley sobre la recolección de las basuras caseras. Hasta para un espíritu poco advertido tenía el aire de haber sido puesto en el mundo para ejercer las funciones discretas pero indispensables del auxiliar municipal, temporario, con sesenta y dos francos treinta céntimos al día.

Este era en efecto lo que declaraba en el formulario de empleo a continuación de la palabra “categoría”. Cuando veintidós años antes había tenido que abandonar su licenciatura por falta de dinero, había aceptado este empleo que, según le habían prometido, lo llevaría a un “ascenso” rápido.

Se trataba solamente de dar durante un cierto tiempo pruebas de su competencia en las cuestiones delicadas que planteaba la administración de nuestra ciudad. En resumen, esto es lo que le habían asegurado, no podía menos de llegar a un puesto de escribiente que le permitiese vivir con holgura. Ciertamente, no era la ambición lo que impulsaba a obrar a Joseph Grand. Él lo afirmaba con una sonrisa melancólica. Pero la perspectiva de una vida material asegurada por medios honestos y, en consecuencia, la posibilidad de entregarse sin remordimiento a sus ocupaciones favoritas, le sonreía mucho. Si había aceptado la oferta que se le había hecho, había sido por razones honorables y, permítase decirlo, por fidelidad a un ideal.

Hacía muchos años que este estado de cosas provisorio duraba, la vida había aumentado en proporciones desmesuradas y el sueldo de Grand, a pesar de algunos aumentos generales, era todavía irrisorio. Se había quejado a Rieux alguna vez pero nadie se daba por aludido. Y aquí estriba la originalidad de Grand o por lo menos uno de sus rasgos. Hubiera podido hacer valer, si no sus derechos, de los cuales no estaba muy cierto, por lo menos las seguridades que le habían dado. Pero, primeramente, el jefe del negociado que le había dado el empleo había muerto hacía tiempo y él había permanecido allí sin recordar los términos exactos de la promesa que le había sido hecha. En fin, y sobre todo, Joseph Grand no encontraba las palabras adecuadas.

Esta particularidad era lo que retrataba mejor a nuestro conciudadano, como Rieux pudo observar. Esta particularidad era en efecto la que le impedía escribir la carta de reclamaciones que estaba siempre meditando o hacer la gestión que las circunstancias exigían. Según él, sentía un particular impedimento al emplear la palabra “derecho”, sobre la cual no estaba muy seguro, y la palabra “promesa”, que parecía significar que él reclamaba lo que se le debía y en consecuencia revestiría un carácter de atrevimiento poco compatible con la modestia de las funciones que desempeñaba. Por otra parte se negaba a usar los términos “benevolencia”, “solicitar”, “gratitud”, porque no los estimaba compatibles con su dignidad personal. Así, pues, por no encontrar la palabra justa nuestro conciudadano había continuado ejerciendo sus oscuras funciones hasta una edad bastante avanzada. Por lo demás, siempre, según decía al doctor Rieux, con la práctica se había dado cuenta de que su vida material estaba asegurada, puesto que no tenía más que adaptar sus necesidades a sus recursos. En vista de esto reconocía la justeza de una de las frases favoritas del alcalde, poderoso industrial de nuestra ciudad, el cual afirmaba con energía que, en fin de cuentas (insistiendo en esta palabra que era la de más peso en todo el discurso), nunca se había visto a nadie morir de hambre. La vida casi ascética que llevaba Joseph Grand le había, en efecto, liberado de toda preocupación de este orden. Así, pues, seguía buscando sus palabras.

En cierto sentido se puede decir que su vida era ejemplar. Era uno de esos hombres, tan escasos en nuestra ciudad como en cualquier otra, a los que no les falta nunca el valor para tener buenos sentimientos. Lo poco que manifestaba de sí mismo atestiguaba, en efecto, una capacidad de bondad y de adhesión que poca gente confiesa hoy día. No se avergonzaba de declarar que quería mucho a sus sobrinos y a su hermana, únicos parientes que conservaba y a quienes iba a visitar a Francia cada dos años. Reconocía que el recuerdo de sus padres, muertos cuando él era todavía muy joven, le entristecía. No se negaba a admitir que adoraba sobremanera cierta campana de su barrio que sonaba dulcemente a eso de las cinco de la tarde. Pero para evocar estas emociones tan simples cada palabra le costaba un trabajo infinito. Finalmente, esta dificultad había constituido su mayor preocupación.

“¡Ah!, doctor, quisiera aprender a expresarme.” Hablaba de esto a Rieux cada vez que lo encontraba.

El doctor, aquella tarde, al verle marchar comprendió de pronto lo que Grand había querido decir: debía de estar escribiendo un libro o algo parecido. Ya en el laboratorio todo esto tranquilizaba a Rieux. Sabía que esta impresión era estúpida, pero no alcanzaba a comprender que la peste pudiera instalarse verdaderamente en una ciudad donde podía haber funcionarios modestos que cultivaban manías honorables. Más exactamente, no podía imaginar el lugar que ocuparían esas manías en medio de la peste y por lo tanto le parecía que, prácticamente, la peste no tenía porvenir entre nuestros conciudadanos.

Al día siguiente, gracias a una insistencia que todos consideraban fuera de lugar, Rieux obtuvo de la prefectura que se convocase a una comisión sanitaria.

—Es cierto que la población se inquieta —había reconocido Richard—. Además, las habladurías lo exageran todo. El prefecto me ha dicho: “Obremos rápido, pero en silencio.” Por otra parte, está persuadido de que es una falsa alarma.

Bernard Rieux se fue con su coche a la prefectura.

—¿Sabe usted —le dijo el prefecto— que el departamento no tiene suero?
—Ya lo sé. He telefoneado al depósito. El director ha caído de las nubes. Hay que hacerlo traer de París.
—Tengo la esperanza de que no sea cosa muy larga.
—Ya he telegrafiado —respondió Rieux.

El prefecto estuvo amable, pero nervioso.

—Comencemos por el principio, señores —dijo—. ¿Debo resumir la situación?

Richard creía que esto no era necesario. Los médicos conocían la situación. La cuestión era solamente saber las medidas que había que tomar.

—La cuestión —dijo brutalmente el viejo Castel— es saber si se trata o no de la peste.

Dos o tres médicos lanzaron exclamaciones. Los otros parecieron dudar. En cuanto al prefecto, se sobresaltó y se volvió maquinalmente hacia la puerta como para comprobar si sus hojas habían podido impedir que esta enormidad se difundiera por los pasillos. Richard declaró que, en su opinión, no había que ceder al pánico: se trataba de una fiebre con complicaciones inguinales, esto era todo lo que podía decir; las hipótesis, en la ciencia como en la vida, son siempre peligrosas. El viejo doctor Castel, que se mordisqueaba tranquilamente el bigote amarillento, levantó hacia Rieux sus ojos claros. Después, paseando una mirada benévola sobre los asistentes, hizo notar que él sabía bien que era la peste, pero que, en verdad, reconocerlo oficialmente, obligaría a tomar medidas implacables. Sabía que era esto lo que hacía retroceder a sus colegas y, en consecuencia, bien quisiera admitir que no fuera la peste. El prefecto, agitado, declaró que en todo caso esa no era una manera de razonar.

—Lo importante —dijo Castel— no es que esta manera de razonar sea o no buena, lo importante es que obligue a reflexionar.

Como Rieux callaba le preguntaron su opinión.

—Se trata de una fiebre de carácter tifoideo, pero acompañada de bubones y de vómitos. He podido verificar análisis en los que el laboratorio cree reconocer el microbio rechoncho de la peste. Para ser exacto, hay que añadir sin embargo, que ciertas modalidades específicas del microbio no coinciden con la descripción clásica.

Richard subrayó que esto autorizaba las dudas y que había que esperar por lo menos el resultado estadístico de la serie de análisis comenzada hacía días.

—Cuando un microbio —dijo Rieux después de un corto silencio— es capaz en tres días de cuadruplicar el volumen del bazo, de dar a los ganglios mesentéricos el volumen de una naranja y la consistencia de la papilla no creo que estén autorizadas las dudas.

Richard creía que no había que ver las cosas demasiado negras y que el contagio, por otra parte, no estaba comprobado puesto que los parientes de sus enfermos estaban aún indemnes.

—Pero otros han muerto —hizo observar Rieux—. Y es sabido que el contagio no es nunca absoluto, pues si lo fuera tendríamos una multiplicación matemática infinita y un despoblamiento fulminante. No se trata de ver las cosas negras. Se trata de tomar precauciones.

Richard resumía la situación haciendo notar que para detener esta enfermedad, si no se detenía por sí misma, había que aplicar las graves medidas de profilaxis previstas por la ley; que para hacer esto habría que reconocer oficialmente que se trataba de la peste; que la certeza no era absoluta todavía y que en consecuencia ello exigía reflexión.

—La cuestión —insistía Rieux— no es saber si las medidas previstas por la ley son graves sino si son necesarias para impedir que muera la mitad de la población. El resto, es asunto de la administración, y justamente nuestras instituciones han nombrado un prefecto para arreglar esas cosas.
—Sin duda —dijo el prefecto—, pero yo necesito que reconozcan que se trata de una epidemia de peste.
—Si no lo reconocemos —dijo Rieux—, nos exponemos igualmente a que mate a la mitad de la población.

Richard intervino con cierta nerviosidad.

—La verdad es que nuestro colega cree en la peste. Su descripción del síndrome lo prueba.

Rieux respondió que él no había descrito un síndrome; había descrito lo que había visto. Y lo que había visto eran los bubones, las manchas, las fiebres delirantes, fatales en cuarenta y ocho horas. ¿Se atrevería el doctor Richard a tomar la responsabilidad de afirmar que la epidemia iba a detenerse sin medidas profilácticas rigurosas?

Richard titubeó y miró a Rieux.

—Sinceramente, dígame usted lo que piensa. ¿Tiene usted la seguridad de que se trata de la peste?
—Plantea usted mal el problema. No es una cuestión de vocabulario: es una cuestión de tiempo.
—Su opinión —dijo el prefecto— sería entonces que, incluso si no se tratase de la peste, las medidas profilácticas indicadas en tiempo de peste se deberían aplicar.
—Si es absolutamente necesario que yo tenga una opinión, en efecto, esa es.

Los médicos se consultaron unos a otros y Richard acabó por decir:

—Entonces es necesario que tomemos la responsabilidad de obrar como si la enfermedad fuera una peste.

La fórmula fue calurosamente aprobada.

—¿Es esta su opinión, querido colega?
—La fórmula me es indiferente —dijo Rieux—. Digamos solamente que no debemos obrar como si la mitad de la población no estuviese amenazada de muerte, porque entonces lo estará.

En medio de la irritación general Rieux se fue. Poco después, en el arrabal que olía a frituras y a orinas le imploraba una mujer, gritando como el perro que aúlla a la muerte, con las ingles ensangrentadas.

Al día siguiente de la conferencia, la fiebre dio un pequeño salto. Llegó a aparecer en los periódicos, pero bajo una forma benigna, puesto que se contentaron con hacer algunas alusiones. En todo caso, al otro día Rieux pudo leer pequeños carteles blancos que la prefectura había hecho pegar rápidamente en las esquinas más discretas de la ciudad. Era difícil tomar este anuncio como prueba de que las autoridades miraban la situación cara a cara. Las medidas no eran draconianas y parecían haber sacrificado mucho al deseo de no inquietar a la opinión pública. El exordio anunciaba, en efecto, que unos cuantos casos de cierta fiebre maligna, de la que todavía no se podía decir si era contagiosa, habían hecho su aparición en la ciudad de Oran. Estos casos no eran aún bastante característicos para resultar realmente alarmantes y nadie dudaba que la población sabría conservar su sangre fría. Sin embargo, y con un propósito de prudencia que debía ser comprendido por todo el mundo, el prefecto tomaba algunas medidas preventivas. En consecuencia, el prefecto no dudaba un instante de la adhesión con que el vecindario colaboraría en su esfuerzo personal.

El cartel anunciaba después medidas de conjunto, entre ellas una desratización científica por inyección de gases tóxicos en las alcantarillas y una vigilancia estrecha de los alimentos en contacto con el agua. Recomendaba a los habitantes la limpieza más extremada e invitaba, en fin, a los que tuvieran parásitos a presentarse en los dispensarios municipales. Además, las familias deberían declarar los casos diagnosticados por el médico y consentir que sus enfermos fueran aislados en las salas especiales del hospital. Estas salas, por otra parte, estaban equipadas para cuidar a los enfermos en un mínimum de tiempo posible y con el máximum de probabilidades de curación. Algunos artículos suplementarios sometían a la desinfección obligatoria el cuarto del enfermo y el vehículo de transporte. En cuanto al resto se limitaban a recomendar a los que rodeaban al enfermo que se sometieran a una vigilancia sanitaria.

El doctor Rieux se volvió bruscamente después de leer el cartel y tomó el camino de su consultorio. Joseph Grand, que lo esperaba, levantó otra vez los brazos al verle entrar.

—Sí —dijo Rieux—, ya sé, las cifras suben.

La víspera, una docena de enfermos había sucumbido en la ciudad. El doctor dijo a Grand que le vería probablemente por la tarde porque iba a hacer una visita a Cottard.

—Bien hecho —dijo Grand—; le hará usted mucho bien porque lo encuentro cambiado.
—¿En qué?
—Se ha vuelto muy cortés.
—¿Antes no lo era?

Grand titubeó. No podía decir que Cottard fuera descortés, la expresión no sería justa. Era un hombre reconcentrado y silencioso que tenía un poco el aire del jabalí. Su cuarto, la frecuentación de un restaurante modesto y algunas salidas bastante misteriosas: eso era toda la vida de Cottard. Oficialmente, era representante de vinos y licores. De tarde en tarde recibía la visita de dos o tres hombres que debían ser sus clientes. Por la noche, algunas veces iba al cine que estaba enfrente de su casa. El empleado había notado incluso que Cottard parecía tener preferencias por los films de gangsters. Casi siempre el representante vivía solitario y desconfiado.

Todo esto, según Grand, había cambiado mucho.

—No sé cómo decir, pero tengo la impresión, sabe usted, de que procura reconciliarse con las gentes, que quiere que estén de su parte. Me habla frecuentemente, me invita a salir con él y yo no sé a veces negarme. Por otra parte, me interesa, y sobre todo, le he salvado la vida.

Después de su tentativa de suicidio Cottard no había vuelto a recibir visitas. En la calle, con los proveedores, procuraba hacerse simpático. Nadie había puesto tanta dulzura al hablar a los tenderos, tanto interés en escuchar a los vendedores de tabaco.

—Esa vendedora de tabaco —decía Grand— es una víbora. Se lo he dicho a Cottard y me ha respondido que estoy en un error, que tiene buenas cualidades que es preciso saber encontrarle.

Dos o tres veces, en fin, Cottard había llevado a Grand a restaurantes y cafés lujosos de la ciudad. Él se había dedicado a frecuentarlos.

—Se está bien aquí —decía—, y además se está en buena compañía.

Grand había notado las atenciones especiales del personal para con el representante y había comprendido la razón observando las propinas excesivas que aquél dejaba. Cottard parecía muy sensible a las amabilidades con que le pagaban. Un día en que el encargado le había acompañado a la puerta y ayudado a ponerse el abrigo, Cottard había dicho a Grand:

—Es un buen muchacho, podría ser testigo.
—¿Testigo de qué?

Cottard había titubeado.

—¡En fin!, de que yo no soy una mala persona.

Por otra parte, tenía ataques de mal humor. Un día en que el tendero se había mostrado menos amable había vuelto a su casa en un estado de furor desmedido.

—Está con los otros, este canalla —repetía.
—¿Qué otros?
—Todos los otros.

Grand había incluso asistido a una escena curiosa con la vendedora de tabaco. En medio de una conversación, la vendedora había hablado de un proceso reciente que había hecho mucho ruido en Argel. Se trataba de un joven empleado que había matado a un árabe en una playa.

—Si metieran en la cárcel a toda esa chusma —había dicho la vendedora—, la gente decente respiraría.

Pero había tenido que interrumpirse en vista de la agitación súbita de Cottard que se había echado a la calle sin decir una palabra. Grand y la vendedora habían quedado boquiabiertos.

Todavía podía Grand señalar a Rieux otros cambios en el carácter de Cottard. Este último había sido siempre de opiniones muy liberales. Su frase favorita: “Los grandes se comen siempre a los pequeños” lo probaba. Pero desde hacía cierto tiempo no compraba más que el periódico moderado de Oran y era inevitable sospechar que incluso ponía cierta ostentación en leerlo en los sitios públicos. Igualmente, días después de levantarse, viendo que Grand iba al correo le rogó que le pusiera un giro de cien francos que enviaba todos los meses a una hermana que vivía lejos. Pero en el momento en que Grand salía le dijo:

—Envíele doscientos francos, será una sorpresa agradable. Siempre cree que yo no pienso jamás en ella, pero la verdad es que la quiero mucho.

En fin, un día había tenido con Grand una conversación curiosa. Grand se había visto obligado a responder a las preguntas de Cottard, que estaba intrigado por el trabajo a que él se dedicaba por las noches.

—Bueno —le había dicho Cottard—, usted hace un libro.
—Un libro, si usted quiere, pero ¡la cosa es más complicada!
—¡Ah! —había exclamado Cottard—, bien quisiera yo hacer otro tanto.

Grand había mostrado sorpresa y Cottard había balbuceado que ser artista debía de solucionar muchas cosas.

—¿Por qué? —había preguntado Grand.
—Bueno, pues porque un artista tiene más derechos, eso todo el mundo lo sabe. Se le toleran muchas cosas.
—Vamos —dijo Rieux a Grand (era la mañana en que habían aparecido los carteles)—, la historia de las ratas le ha trastornado como a tantos otros. O acaso tiene miedo de la fiebre.

Grand respondió:

—No lo creo, doctor, y si quiere usted saber mi opinión…

El auto de la desratización pasó bajo la ventana con un ruido de escape atronador. Rieux esperó que fuera posible hacerse entender y después le preguntó su opinión distraídamente. El otro lo miró con seriedad.

—Es un hombre que tiene algo que reprocharse.

El doctor levantó los hombros. Como decía el comisario, eran otras cosas que estaban puestas a la lumbre.

Después de almorzar Rieux tuvo una conferencia con Castel; los sueros no llegaban.

—Por otra parte —preguntaba Rieux—, ¿podrían servirnos? Este bacilo es extraño.
—¡Oh! —dijo Castel—, no soy de su opinión. Estos animales tienen siempre un aspecto original. Pero en el fondo todos son los mismos.
—Por lo menos usted lo supone. El caso es que no sabemos nada de estas cosas.
—Evidentemente, yo lo supongo. Pero el mundo está en lo mismo.

Durante todo el día el doctor siguió sintiendo aquella especie de vértigo que le acometía cada vez que pensaba en la peste. Acabó por reconocer que tenía miedo. Entró dos veces en los cafés que estaban más llenos de gente. Él también, como Cottard, sentía necesidad de calor humano. Esto a Rieux le parecía estúpido, pero le llevó a recordar que le había prometido una visita.

Por la tarde, el doctor encontró a Cottard ante la mesa del comedor. Cuando entró vio sobre la mesa una novela policial abierta. Pero la tarde estaba cayendo y, en verdad, debía de ser difícil leer en la oscuridad creciente. Cottard probablemente había estado un rato antes sentado en la penumbra, reflexionando. Rieux le preguntó cómo iba. Cottard refunfuñó que iba bien y que iría mejor si pudiera estar seguro de que nadie se ocupara de él. Rieux le hizo comprender que nadie podía estar siempre solo.

—jOh!, no digo eso. Me refiero a las gentes que se ocupan en traerle a uno contrariedades.

Rieux seguía callado.

—No es ese mi caso, crea usted, pero estaba leyendo esa novela. Ahí tiene usted a un desgraciado a quien detienen, de pronto, una mañana. Estaban ocupándose de él y él no lo sabía. Estaban hablando de él en los despachos, inscribiendo su nombre en fichas. ¿Cree usted que esto es justo? ¿Cree usted que hay derecho a hacerle eso a un hombre?
—Eso depende —dijo Rieux—. En cierto sentido, evidentemente no hay derecho. Pero todo es secundario. Lo que no hay que hacer es pasar demasiado tiempo encerrado. Es necesario que salga usted.

Cottard pareció irritarse, dijo que no hacía otra cosa y que, si hiciera falta, todo el barrio podía declararlo. Hasta fuera del barrio no le faltaban relaciones.

—¿Conoce usted al señor Rigaud, el arquitecto? Es uno de mis amigos.

La oscuridad se espesaba en el cuarto. La calle del arrabal se animaba y una exclamación sorda de satisfacción saludó el instante en que se encendieron las luces. Rieux fue al balcón y Cottard le siguió. Por todos los barrios de los alrededores, como en nuestra ciudad todas las tardes, una ligera brisa traía rumores, olores de carne asada, y. el bordoneo alegre de la libertad que henchía la calle, invadida por una juventud ruidosa. Por la noche los largos aullidos de los barcos invisibles, el murmullo que subía del mar y de la multitud que pasaba, esa hora que Rieux conocía tan bien, y que antes tanto adoraba, le parecía ahora deprimente a causa de todo lo que sabía.

—¿Podemos encender? —dijo a Cottard.

Una vez hecha la luz el hombrecillo lo miró guiñando los ojos.

—Dígame, doctor, si yo cayese enfermo ¿podría usted tenerme en su sección del hospital?
—¿Por qué no?

Cottard le preguntó entonces si alguna vez habían detenido a alguien en una clínica o en un hospital.

Rieux respondió que alguna vez había sucedido pero que todo dependía del estado del enfermo.

—Yo —dijo Cottard— tengo confianza en usted. Después le preguntó al doctor si quería llevarlo a la ciudad en su coche.

En el centro, las calles estaban ya menos populosas y las luces eran más escasas. Los niños jugaban delante de las puertas. Cottard le pidió que parase cuando llegaban frente a uno de esos grupos de niños. Estaban jugando a los bolos, pegando gritos. Pero uno de ellos, de pelo negro engomado, con la raya perfecta y la cara sucia, se puso a mirar a Rieux con sus ojos claros e intimidantes. El doctor miró para otro lado. Cottard ya en la acera le estrechó la mano. Hablaba con una voz ronca y dificultosa. Dos o tres veces miró detrás de sí.

—Las gentes hablan de epidemia, ¿será eso cierto, doctor?
—Las gentes siempre están hablando, es natural —dijo Rieux.
—Y además, si hay una docena de muertes eso ya es el fin del mundo. Pero no es esto lo que nos hace falta.

El motor roncaba ya. Rieux tenía la mano en el acelerador. Pero miró otra vez al niño que no había dejado de observarle con su aire grave y tranquilo. Y de pronto, sin transición, el niño se sonrió abiertamente.

—¿Qué es lo que nos haría falta? —preguntó el doctor sonriendo al niño.

Cottard se agarró de pronto a la portezuela y gritó con una voz llena de lágrimas y de furor:

—Un terremoto. ¡Pero uno de veras!

No hubo terremoto y el día siguiente pasó para Rieux entre idas y venidas a los cuatro extremos de la ciudad, en conferencias con las familias de los enfermos, en discusiones con los enfermos mismos. Rieux no había encontrado nunca su oficio tan pesado. Hasta entonces los enfermos le habían facilitado su cometido; se habían entregado a él. Ahora, por primera vez, el doctor los sentía reticentes, refugiados en el fondo de su enfermedad, con una especie de asombro desconfiado. Era una lucha a la que no estaba acostumbrado. Y ya cerca de las diez paró el coche delante de la casa del viejo asmático que era el último que visitaba. Rieux no tenía fuerzas para arrancarse del asiento. Se quedaba mirando la calle sombría y las estrellas que aparecían y desaparecían en el cielo negro. El viejo asmático estaba incorporado en la cama. Parecía respirar mejor y contaba los garbanzos que hacía pasar de una cazuela a otra. Había acogido al doctor con cara de satisfacción.

—Entonces, doctor, ¿es el cólera?
—¿De dónde ha sacado usted eso?
—Del periódico, y la radio también lo ha dicho.
—Pues no, no es el cólera.
—En todo caso ¿eh?, ¡caen muchos!
—No crea usted nada —dijo el doctor.

Había examinado al viejo y ahora se encontraba sentado en medio de aquel comedor miserable. Sí, tenía miedo. Sabía que en el barrio mismo, una docena de enfermos esperarían al día siguiente retorciéndose con los bubones. Sólo en dos o tres casos había observado alguna mejoría al sacarlos. Pero para la mayor parte el final era el hospital y él sabía lo que el hospital quería decir para los pobres. “No quiero que les sirva para sus experimentos”, le había dicho la mujer de uno de sus enfermos. Pero no servía para experimentos, se moría y nada más. Las medidas tomadas eran insuficientes, eso estaba bien claro. En cuanto a las “salas especialmente equipadas”, él sabía lo que eran dos pabellones de donde había desalojado apresuradamente a otros enfermos; habían puesto burlete en las ventanas, los habían rodeado con un cordón sanitario. Si la epidemia no se detenía por sí misma, era seguro que no sería vencida por las medidas que la administración había imaginado.

Sin embargo, por la noche, los comunicados oficiales seguían optimistas. Al día siguiente, la agencia Ransdoc anunciaba que las medidas de la prefectura habían sido acogidas con serenidad y que ya había una treintena de enfermos declarados.

Castel había telefoneado a Rieux:

—¿Cuántas camas tienen los pabellones?
—Ochenta.
—¿Hay más de treinta enfermos en la ciudad?
—Hay los que tienen miedo y los que no lo tienen. Pero los más numerosos son los que todavía no han tenido tiempo de tenerlo.
—¿Están vigilados los entierros?
—No, he telefoneado a Richard diciéndole que hacía falta medidas completas, no frases, y que había que levantar contra la epidemia una verdadera barrera o no hacer nada.
—Y ¿entonces?
—Me ha respondido que él no tenía autoridad. En mi opinión esto va a crecer.

En efecto, en tres días los dos pabellones estuvieron llenos. Richard creía saber que iban a desalojar una escuela e improvisar un hospital auxiliar. Rieux esperaba las vacunas y abría los bubones. Castel volvía a sus viejos libros y pasaba largas horas en la biblioteca.

—Las ratas han muerto de la peste o de algo parecido y han puesto en circulación miles y miles de pulgas que transmitirán la infección en proporción geométrica, si no se la detiene a tiempo.

Rieux seguía callado.

El tiempo pareció estacionarse. El sol sorbía los charcos de los últimos chaparrones. Había hermosos cielos azules desbordantes de luz dorada. Había zumbido de aviones entre el calor que comenzaba, todo en la estación invitaba a la serenidad. Sin embargo, en cuatro días, la fiebre dio cuatro saltos sorprendentes: dieciséis muertos, veinticuatro, veintiocho y treinta y dos. El cuarto día se anunció la apertura del hospital auxiliar en una escuela de párvulos. Nuestros ciudadanos, que hasta entonces habían seguido encubriendo con bromas su inquietud, parecían en la calle más abatidos y más silenciosos.

Rieux decidió telefonear al prefecto.

—Las medidas son insuficientes.
—Tengo aquí las cifras —dijo el prefecto—; en efecto, son inquietantes.
—Son más que inquietantes, son claras.
—Voy a pedir órdenes al Gobierno.

Rieux colgó el tubo ante Castel:

—¡Órdenes! Lo que haría falta es imaginación.
—¿Y los sueros?
—Llegarán esta semana.

La prefectura, por mediación de Richard, pidió a Rieux un informe para enviarlo a la capital de la colonia solicitando órdenes. Rieux hizo una descripción clínica con cifras. Aquel mismo día se contaron cuarenta muertos. El prefecto tomó sobre sí, como él decía, la responsabilidad de extremar desde el día siguiente las medidas prescriptas. La declaración obligatoria y el aislamiento fueron mantenidos. Las casas de los enfermos debían ser cerradas y desinfectadas, los familiares sometidos a una cuarentena de seguridad, los entierros organizados por la ciudad en las condiciones que veremos. Un día después llegaron los sueros por avión. Eran suficientes para los casos que había en tratamiento. Pero eran insuficientes si la epidemia se extendía. Al telegrama de Rieux respondieron que el stock se había agotado y que estaban empezando nuevas fabricaciones.


Durante ese tiempo, y de todos los arrabales próximos, la primavera llegaba a los mercados. Miles de rosas se marchitaban en las cestas de los vendedores, a lo largo de las aceras, y un olor almibarado flotaba por toda la ciudad. Aparentemente no había cambiado nada. Los tranvías estaban siempre llenos al comienzo y al final del día y sucios durante todo el resto. Tarrou observaba al viejecito y el viejecito escupía a los gatos. Grand se encerraba todas las noches en su casa con su misterioso trabajo. Cottard andaba dando vueltas y el señor Othon, el juez de instrucción, seguía conduciendo a sus bichos. El viejo asmático trasegaba sus garbanzos y a veces se veía al periodista Rambert con su aire tranquilo y expectante. Por las noches, la misma multitud llenaba las calles y crecían las colas a las puertas de los cines. Además, la epidemia parecía retroceder; durante unos días no se contó más que una decena de muertos. Después, de golpe, subió como una flecha. El día en que el número de muertos alcanzó otra vez a la treintena, Rieux se quedó mirando el parte oficial que el prefecto le alargaba, diciendo: “Tienen miedo.” El parte contenía: “Declaren el estado de peste. Cierren la ciudad.”

(Sigue leyendo…)

Una respuesta a “La peste (II)

  1. Pingback: La peste (I) | Periódico Irreverentes·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .