El torno de los rumores

Maeve Brennan






En Dublín, mi madre solía mandar paquetes de comida a una comunidad de clarisas pobres que tenían el convento a un largo paseo de distancia de nuestra casa en Ranelagh. A veces nos mandaba a mi hermana y a mí con los paquetes. Las clarisas pobres guardan silencio. Nunca hablan, ni entre ellas ni con nadie, y son una orden de clausura, lo cual significa que no ven a nadie del exterior ni nadie las ve a ellas. Esas clarisas pobres de Dublín no tenían nada que comer, excepto lo que sus amigos —sobre todo mujeres, como mi madre— les llevaban. Les estaba prohibido pedir, pero sabíamos que si sus reservas de comida descendían peligrosamente, a la reverenda madre superiora se le permitía anunciar su apuro haciendo repicar la campana de la torre de la capilla. Para mi pesar, nuestra casa estaba demasiado lejos del convento para oír la campana, pero mi madre me aseguraba que no había por qué preocuparse; las monjas nunca habían tenido que tocar la campana pidiendo ayuda.

El convento tenía un vestíbulo abierto a los visitantes durante ciertas horas del día y allí solíamos llamar para ofrecerles la comida. Habían instalado un gran torno giratorio con una sección abierta en la estrecha pared que separaba radicalmente el vestíbulo público del resto del convento. Nosotras poníamos los paquetes en el suelo del torno y luego lo hacíamos girar, de modo que la sección abierta fuese al lado de la monja, que estaba al otro lado de la pared. La monja nos lo devolvía inmediatamente, siempre con un regalo de unas pocas estampas o medallas.

La monja tornera se llamaba hermana Bridget. Era la única monja de la comunidad a la que se le permitía hablar con los visitantes. Había una diminuta sala de espera cuadrangular que se abría al vestíbulo, y nosotras entrábamos y manteníamos conversaciones con ella a través de una tupida reja. Uno de mis nombres es Bridget y ella tenía la idea de que algún día se me despertaría la vocación y me haría clarisa pobre yo también. Rezaba muchas oraciones por mi vocación y a mí me gustaba hablar con ella al respecto. Yo tenía entonces unos doce años.

Había oído decir que las clarisas dormían en sus ataúdes, con piedras sobre la cabeza. Me habían dicho que las medían para hacerles el ataúd el primer día que ingresaban en el convento y que ya nunca más conocían otro lecho. Mi madre calificaba todo aquello de paparruchas, pero yo no podía olvidarlo. Me preguntaba si tenían celdas separadas para dormir, con un ataúd en cada celda, o si descansaban en un dormitorio y si tenían sábanas y mantas y funda de almohada, y si era así, cómo hacían las camas por la mañana. También me preguntaba qué hacían con la tapa de los ataúdes. ¿Dónde las guardaban? ¿En el suelo junto a los ataúdes? ¿O apoyadas en la pared, como los palos de hockey y las bicicletas? Yo sabía que las monjas nunca dormían más de dos horas seguidas y que se levantaban a intervalos en la noche, incluso en pleno invierno, para ir a la capilla y rezar. Era una escena que me gustaba imaginar.

Le hice a mi madre muchas preguntas sobre las monjas, pero sus respuestas nunca me resultaban satisfactorias. Una vez estaba por allí su hermano menor, mi tío Matt. Estábamos en la sala y ella intentaba enroscar y atar uno de sus preciosos helechos a una larga caña de bambú que había clavado en la maceta.

P: ¿Las clarisas pobres tienen algún otro convento, aparte del de Dublín?
R: Creo que tienen algún otro en Irlanda, y uno en Inglaterra.
P: Si nadie puede verlas, ¿qué pasa cuando se trasladan de uno a otro convento?
R: ¿Cómo quieres que lo sepa? Supongo que un coche o una camioneta pequeña aparca en la puerta del convento y la monja entra y se encierra.
P: ¿Y se lleva su ataúd consigo?
R: Para ya con esa historia absurda de que las monjas duermen en su ataúd.
(TÍO MATT: Claro que se lleva su ataúd con ella. ¿Acaso no tiene que dormir como cualquiera? Se lo lleva bajo el brazo como un instrumento musical. ¿No me digas que nunca has visto a una monja andando por la calle con el ataúd debajo del brazo?)
P: ¿Y si una clarisa pobre se pone enferma y tiene que verla un médico?
R: No lo sé.
P: ¿Y si se está muriendo y tiene que venir un cura?
R: No lo sé. Además, eso sería distinto. Un sacerdote es distinto.
P: ¿Y si hablan en sueños? ¿Sería pecado?
(TÍO MATT: Bueno, todo depende de lo que dijeran.)
R: Y ahora ya está bien. No quiero oír ni una palabra más de ninguno de vosotros dos.


Lentejas, guisantes secos, huevos y harina era lo que mi madre solía dar a las monjas. A veces les hacía un pastel. Una vez les llevó sal y la hermana Bridget le dio las gracias efusivamente, diciéndole que la comunidad había pasado dos semanas sin sal. Aunque el camino al convento era largo, no era solitario. Teníamos que cruzar al menos dos calles principales muy concurridas, llenas de tráfico, mientras andábamos, y el camino era muy agradable, con árboles alineados en las aceras frente a las casas, y bancos para sentarnos si nos cansábamos.

El convento y su capilla formaban tres lados de un patio cuadrado, muy bien cuidado, con césped corto y liso y cromáticos lechos de flores. El cuarto lado del patio daba a la vía pública y estaba vallado, con una puerta de hierro por donde entraban los visitantes. El muro era muy alto y no se podía ver nada a través de la puerta. A la derecha de la puerta estaba la caseta de vigía, donde vivía una anciana y atendía a los visitantes que llamaban fuera de las horas establecidas.

Aunque el convento tenía horas de visita fijas, la capilla siempre estaba abierta y la gente podía entrar allí a rezar en cualquier momento. La gente que vivía cerca de la capilla solía ir a misa y a la bendición del santo sacramento allí. Era una pequeña y preciosa capilla, la más simple que yo haya visto, con un reducido altar casi desnudo flanqueado por dos altas estatuas de monjas, Santa Clara a la izquierda cuando te arrodillabas frente al altar, y San Camilo a la derecha. Ambas estatuas llevaban el hábito marrón de las clarisas pobres. A la derecha del altar, había una reja a través de la cual las monjas asistían a misa y recibían la bendición, y a través de la reja, la gente arrodillada en la capilla podía oír sus voces contestando las plegarias y cantando los himnos de la bendición.

Un domingo por la tarde, mi madre me llevó a la bendición. Me quedé mirando el altar y escuché las voces de las monjas, pero mi atención se dirigía a una anciana pequeña arrodillada a mi lado. Aquella anciana, vestida de negro, tenía la cabeza medio vuelta, así que yo le veía la cara, y estaba escuchando las voces de detrás de la reja con tal concentración que parecía desesperada, con los ojos muy abiertos y la boca siguiendo las palabras.

Mi madre me vio mirarla y cuando salimos de la capilla me dijo:

—Esa pobre mujer viene aquí siempre que puede. Su hija lleva catorce años allí dentro y ella imagina que puede distinguir la voz de su hija entre todas las demás. Un día vinimos juntas y ella me dijo que ya no oía ninguna de las demás voces, solo la de su hija. Es como si su hija estuviera sola ahí dentro, dice. Es triste verla tensarse así, para escuchar cada palabra.
—¿Era su hija mayor o la pequeña? —pregunté. Como era la mediana, me preocupaban esas cosas.
—No lo sé —respondió mi madre.
—¿Crees que su hija piensa en su madre que está ahí fuera y en nadie más? —pregunté.
—No podrá evitar pensar en ella —dijo mi madre—. Al fin y al cabo, sigue siendo su hija. Pero, claro, una vez entran ahí dentro, ahí están —añadió —, y se supone que no tienen que pensar en lo que han dejado atrás. Es difícil saber en qué piensan. Tal vez intenten olvidar por completo el mundo exterior.
—Excepto nuestros pecados —dije yo—. Tienen que rezar por nosotros.
—Eso es verdad —dijo mi madre—. Tienen que pensar en todos los pecados que cometemos.

Si esa idea le divertía, no lo dejó entrever.


Una mañana soleada de aquel verano, mi madre me llamó a la cocina, donde estaba haciendo un paquete para las clarisas pobres.

—Me preguntaba si te gustaría llevarte a Robert —dijo—. Es un largo paseo, pero puedes ir despacio. Luego puedes ponerlo en el torno y mandarlo a ver a las monjas.
—¿Poner a Robert en el torno? —exclamé.
—Exactamente —respondió mi madre—. A los niños los dejan entrar en el torno hasta que cumplen tres años. Después ya son demasiado mayores. Puedes llevártelo si quieres. Le pondré el traje azul.

Unos minutos después emprendí el camino, empujando el cochecito de Robert. Él iba plácidamente sentado contra su almohada y me miraba. El paquete de las monjas era un confortable apoyo para sus pies. Robert tenía las mejillas sonrosadas y parecía contento. Mi madre lo había vestido con un traje de lana azul pálido que había hecho ella misma y que le quedaba muy ajustado y le dejaba las gordezuelas piernas desnudas. Llevaba calcetines blancos cortos de algodón y sandalias marrones y el escaso pelo cepillado en una cresta dorada en lo alto de la cabeza. Irradiaba salud, alegría y limpieza. Yo tenía prisa por ponerlo en el torno y andaba rápidamente, casi patinando tras el cochecito.

Cuando llegué al convento, corrí a la sala de espera y le dije a la hermana Bridget que había llevado a Robert a verla. Ella se puso muy contenta y dijo que llamaría a las demás monjas. Yo no sabía y tampoco quise preguntarle si quería decir que las llamaría a todas o solo a algunas. Las imaginaba, silenciosas y veloces, de todas las edades, bajando hasta Robert desde todas partes del convento. Esperaba que ninguna de ellas estuviera en la capilla, porque seguramente no estaba permitido interrumpir sus oraciones.

Volví al vestíbulo y levanté a Roger hasta el torno, asegurándome de que apoyaba la espalda contra la pared. Se sentó muy firme donde yo lo puse, mucho más grande que los paquetes que yo solía llevar. En cuanto oí la voz de la hermana Bridget, lo hice girar y desapareció de mi vista. No pareció importarle. Hubo un silencio al otro lado del torno. Yo no oía ni un susurro, ni siquiera la sospecha de un murmullo. Incluso Robert estaba callado. Miré hacia las sombras y me pregunté qué estaría ocurriendo al otro lado del torno.

Al cabo de un minuto o dos, el torno empezó a moverse y Robert fue apareciendo gradualmente, sentado exactamente como yo lo había puesto, con aire natural y amistoso. Lo levanté y puse el paquete en el sitio caliente donde él se había sentado. Cuando el torno volvió por segunda vez, la hermana Bridget nos había puesto más regalos que de costumbre. Había más estampas y más medallas y un regalo especial para Robert, una estampa cosida por alguna monja a un cuadrado de satén blanco y bordada con hilo de raso blanco. Volví a la sala de la conversación y escuché los elogios de la hermana Bridget sobre Roger y sus esperanzas sobre él, que tomé como bendiciones, viniendo de quien venían. Luego oí unas pocas palabras, esta vez algo mecánicas, sobre mi vocación, y me fui.


Mientras empujaba el cochecito de Robert hacia casa, me exasperaba pensar que él había estado donde yo no podría ir nunca y ni siquiera se daba cuenta de su suerte. Estaba de muy buen humor. Levantaba los brazos y señalaba a la gente y los objetos que le interesaban e incluso parloteaba un poco, pero yo no podía descifrar su lenguaje, y además, ninguna de sus frases parecía tener que ver con el torno. De hecho, parecía haberlo olvidado. No podía decirme lo que había visto, y cuando fuese bastante mayor para expresarse, la escena se le habría borrado de la memoria. Por él nunca sabría yo cómo eran las monjas, si eran jóvenes o viejas, si eran guapas o feas, si le sonreían o asentían o si intentaban cogerle la mano o acariciarle el pelo, como hacían otros desconocidos. Nunca podría decirme cómo era el interior del convento. Y lo peor de todo: me daba cuenta de que, al margen de los rumores, yo nunca sabría a ciencia cierta si las monjas dormían en sus ataúdes, con almohadas de piedras.

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