DIÁLOGOS EN LA TAZA: “El tucán eterno”

Fernando Morote

Luis Bedoya Reyes





Nací el mismo año que murió Ricardo Palma y Augusto B. Leguía inició su oncenio dictatorial. Por lo tanto, he cruzado ya el siglo de vida. Y sigo sin tener un solo pelo en la lengua. A la fecha me encuentro, gracias a mi carácter de fierro, parado de cuerpo y entero de mente.

He salido de abajo para arriba, he vencido variedad de obstáculos que se presentaron en el camino. La improvisación ingeniosa me ha servido como válvula de escape para sortear situaciones difíciles o complicadas que me planteaban periodistas y rivales, incluso profesores. El gran Sofocleto, alguna vez crítico y acérrimo opositor mío —quien me plantó además la chapa que me hizo famoso—, afirmó en uno de sus libros que “lo peor que le puede pasar a un cojudo es toparse con un pendejo”. Efectivamente, en mi gestión municipal tuve que enfrentar a una multitud de detractores obtusos y retrógrados.

Lo más decepcionante para un espíritu progresista es chocar contra una recua de cerebros oxidados. Ninguno de esos individuos es capaz de identificar, respetar y apreciar a un tipo visionario, innovador y moderno. La ambición personal impide alabar el bien y reconocer el mérito. La ironía del asunto reside en que el diálogo y su valor conciliador es un concepto demasiado alejado de sus narices.

Nunca me achiqué ni me agrandé, siempre fui el número uno en cualquier terreno que me desempeñé. Sucedió en el colegio Guadalupe, luego en la Universidad San Marcos, y finalmente en el sillón de la Plaza de Armas. Soy abogado de vocación y profesión. No por casualidad fui ministro de justicia y encargado de prensa del despacho presidencial en un par de ocasiones. Mi habilidad de comunicador fue muy útil para ganar aquel épico debate televisivo contra uno de los llamados “9 sabios de Latinoamérica”, asesor especial de la OEA y candidato con aparente ventaja. Mi chispa, rapidez y mordacidad de chalaco, pícaro y enjundioso, hizo polvo su pose intelectual y repulsiva solemnidad.

Si no me ponía firme, me pisaban. Mi sentido del humor me permitió decir las cosas con todas sus letras. Los militares no lograron intimidarme. A Velasco le metí un codazo retórico en pleno discurso inaugural de un monumento. Yo era el gerente de la ciudad, no sólo un burgomaestre de título; y a mí me eligió el pueblo, a él los tanques lo sentaron en Palacio. Alguien tenía que recordarle que a los países hay que gobernarlos con eficiencia, no con promesas ni amenazas.

Me acusaron de ser hombre de derecha. Para ser sincero soy lo más liberal que el Perú ha tenido en su panorama político, una mezcla de caballero de élite y criollo de barrio. Fui el tercero de 6 hermanos. Mis padres norteños me criaron en un hogar modesto, en el que se desayunaba a diario avena con leche y pan con mantequilla. Después de mandarme a bañar en el mar de Chucuito, asistía a clases. No niego haber sido hipocritón a ratos, aunque jamás tarambana. De joven jugaba fútbol y básket, también practicaba natación, y al casarme desarrollé una afición insospechada por la horticultura.

Ejercí el cargo de alcalde metropolitano, durante dos períodos, sin cobrar sueldo. Entonces era un puesto ad honorem y yo lo consideraba un cachuelo de lujo, simplemente por el orgullo de servir a la comunidad. No llegar a ser favorecido en las urnas para convertirme en Jefe de Estado significó una frustración, pero no un fracaso. Fundé mi propio partido con la intención de diversificar las ideas en el horizonte local. Creo en doctrinas más que en programas, en líderes antes que en caudillos; los primeros sobreviven, los segundos se desvanecen.

Me di el gusto de dejar a la capital una herencia fructífera y un ejemplo de liderazgo en el campo de la circulación vial. Mi decisión de construir la Vía Expresa para resolver el caos vehicular de la época me acarreó muchos ataques y cadenas interminables de difamación. Sin embargo, mantuve vigente el proyecto porque mis ojos estaban viendo el futuro. La realidad de hoy me da la razón.

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