Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Falta un tornillo”

Ítalo Costa Gómez







Una vez mi querido amigo escritor y cineasta, Javier Ponce, me dijo “a ti no te falta un tornillo, te falta una ferretería”. Él siempre tan lúcido y acertado. Y sí pues, qué puedo decir… me patina un poco el coco… como a un científico loco, digamos. Esta vez los hechos se expusieron de una forma mucho más literal. La vida me dio una prueba escrita certificada de la locura.

La semana pasada organicé varias cosas en casa gracias a la llegada de una cocina nueva. Aproveché en comprar algunas cositas que faltaban, separar lo que ya no se necesitaba y también ver la forma de reparar lo que requería arreglo. Entre esos pendientes había un teclado que no estaba funcionando bien. Por algún extraño motivo la tecla SHIFT no se marcaba y le pedí al técnico (el maravilloso Eduardo al que recomendé en un post hace unos días) que me ayudara con el tema. Parecía ser una cosa muy sencilla, pero por supuesto que mi destino jacarandoso no iba a dejar pasar la oportunidad así porque sí.

Cuenta la historia que el famoso Eduardito (honesto, bueno y trabajador como él solo) estudió el teclado y me dijo que se lo tenía que llevar. Que ya que lo había comprado hace poco y tenía garantía la iba a pelear. Iba a conversar con el distribuidor. Lo desarmó. Me entregó una varita que une al teclado con la maquina a la que lo enchufes y cinco tornillitos del tamaño de una hormiga. Enanísimos, diminutos.

– Acá te pongo la varita. Y en tu mano te estoy poniendo los cinco tornillos. Guárdalos bien. No vayas a perderlos porque son originales y siempre es mejor trabajar estas cosas con sus herramientas de fábrica. Es ideal no reemplazarlos. Regreso en dos días con las novedades.

Yo siempre pegado a la letra me lo tomé bien a pecho y los cuidaba más de lo que cuido el tesoro. Los puse en una bolsita con sellador dentro de mi neceser. Las tres tardes que estuvieron ahí metidos iba y les daba un vistazo antes de salir de casa solo para cerciorarme de que estaban ahí.

[Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Perfecto. Qué regio y organizado soy. Me sentía uno de los reporteros de TEC. Súper tecnológico y moderno. Solo estaba cuidando los putos tornillitos (que nunca sabría cómo carajo atornillar), pero eso no importa. De pequeños triunfos está hecha la vida. ¿Por qué me desaniman?, ¿Por qué la crítica no constructiva?, ¿Por qué son así?]

Llegó el día en que Eduardo vino con el teclado arreglado. Lo recibí con mi cara de serenidad y análisis.

– Eduardo querido, he contado todos los días los tornillos para que no me digas que soy un descuidado. Los he velado eh. Poco me faltó para pasarles un trapito.

– Qué exagerado eres, Ítalo jajajajaja. A ver, tráelos para ensamblarlo de una vez.

Fui al neceser, saqué la boslita y le conté los tornillos en la mano.

– Uno. Dos. Tres. Cuatro. – y mi sonrisa Colgate que ni la Huarcayo.
– Este… flaco, falta uno. – Se quería reír en mi cara el hombre, pero se contenía. Llegaba hasta sonrisa cachosa.
– ¿Cómo que falta uno?, ¿Me estás jodiendo? – Uno. Dos. Tres. Cuatro. Ahí están.
– Sí, pero son cinco. Es una mano de tornillos.

Una mano de tornillos me dijo el huevas tristes. He regresado por donde vine y mirando el piso y cuidando de no pisar nada. He volteado el neceser entero y no estaba la quinta huevadita por ningún lado. La vida me estaba diciendo literalmente que tenía un desajuste mental. Así lo tomé yo.

– No te preocupes – me dijo el “arreglador” ya muerto de risa – por último, voy al taller y traigo otro. No será el original, pero no va a ser mayor problema. Además, siempre supe que algunos cables te hacían corto circuito.

Lo que faltaba. No me quedé tranquilo. He buscado con lupa (no les miento) y no entiendo cómo se habría desaparecido el jodido tornillito si nadie lo sacó de la bolsita y durante tres días los contaba (sin abrir el paquetito) y habían cinco. Es uno de esos “misterios sin resolver” que presentaban en los 80s y que son en realidad mensajes subliminales del más allá.

Al final el técnico tuvo que volver otro día con su tornillito ínfimo para poder completar la mano y hacer la instalación. Los tornillitos originales son azules y el que me trajo en reemplazo es gris. El teclado quedó perfecto y cada vez que veo ese elemento chiquitito grisáceo pues volteo a ver el piso por si, de casualidad, encuentro el tornillo que me falta. No me rendiré. Yo sé que está por ahí. Seré tenaz.

[No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. Solo estoy desesperadaaaaaaaaaaaaa].

Una respuesta a “Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Falta un tornillo”

  1. ¡Jajajajajajajaja…! Me monto y me parto viéndote buscar y rebuscar, por el minúsculo tornillito. Eres un caso. Te pasa de todo y lo que no te pase, te lo tendrías que inventar. Espero que andes mejor de salud, mi amigo. Un abrazo.

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