DIÁLOGOS EN LA TAZA: “El fraile de la escoba”

Fernando Morote

San Martín de Porres






La gente común, ante una situación límite o un conflicto grave, repite en abstracto una declaración que carece de sustento: “sólo queda rezar”. Funciona exactamente al revés. La oración no es el último recurso. Por el contrario, debe ser la acción inmediata. Mejor aún, la disciplina constante. ¿Por qué relegarla a la categoría de premio consuelo? Conviene recordar que todos, tarde o temprano, hemos sido salvados o rescatados por las plegarias de alguien.

Desde pequeño tuve inclinación a practicar largas vigilias, a la luz de la vela, en la intimidad de mi habitación. Siguiendo el camino de mi Creador, amé a mis enemigos, ayunando para que los perdonara o fortaleciera, pidiéndole en retribución que los hiciera conscientes de su Magnífica Presencia en sus vidas.

Mi naturaleza sana, limpia, impidió que creciera amargado, guardando rencor a quienes me hicieron daño. Al nacer mi hermana, dos años después que yo, mi padre, un conquistador español —en más de un sentido—, molesto por la oscuridad de mi piel, en un rapto de admirable irresponsabilidad, abandonó el hogar dejándonos desamparados. Mi mamá, una esclava liberta, se hizo cargo de nosotros saliendo a la calle para lavar ropa ajena.

Ella me enseñó, con su ejemplo, el valor sagrado del trabajo. Mi vocación radicaba en el sacerdocio, aunque una ley de la época no me permitía ejercerlo. Mi única opción para salir de la pobreza era convertirme en monje, uniéndome a la orden de los dominicos. Ya que les inspiraba lástima, me aceptaron en el puesto de criado; barriendo pisos, limpiando baños, atendiendo la puerta. Luego, habiendo desempeñado labores en la peluquería, la cocina y la enfermería, pude ganar la calidad de miembro laico.

Nunca me resigné a los parámetros impuestos por la sociedad. Rompí las normas y salté las barreras físicas, mentales y emocionales de mis contemporáneos. Derribé una montaña de prejuicios absurdos con el propósito de servir a mis semejantes. Y cuando el convento atravesó urgencias económicas no me molestó ofrecerme para ser vendido como mercadería a fin de pagar las deudas. En una ocasión sufrimos el ataque de una agresiva plaga de ratas. En lugar de espantarlas o intentar matarlas, las convoqué para celebrar un cónclave y alcanzamos un acuerdo equitativo. A cambio de que se retiraran voluntariamente, me comprometí a llevarles comida por la entrada trasera. De ese modo el asunto se resolvió en forma pacífica, recogiendo cada parte su recompensa.

Sosteniendo la escoba en la mano derecha y el rosario en la izquierda, soy infalible. Nadie ignora que, con apoyo de ambos, junté en actitud fraterna a perro, pericote y gato para tomar la leche del mismo plato. No abrigo dudas de que, en tiempos actuales, podría ser un negociador impecable con los políticos y delincuentes del momento.

Algunos me consideran un curador o un sanador. Otros parecen confundirme con un faquir. Y no faltan los que hablan de mí igual que de un mago o un ilusionista. ¿Tanto escándalo porque podía estar en dos sitios distintos a la vez? ¿O atravesar paredes y cruzar puertas sin tumbarlas o forzar cerraduras? No me sorprende ahora por qué varios compañeros de profesión religiosa me nombraron su guía de viaje interior. Mi habilidad para recaudar fondos me facilitó la posibilidad de establecer un colegio, un orfanato, un hospital y un comedor para ocuparme de los menos favorecidos. Aprendí con esas experiencias que el dinero tiene un mérito espiritual si se utiliza para recuperar almas.

Les tomó a las autoridades eclesiásticas casi 3 siglos decidirse a canonizarme, huella inequívoca de la resistencia cultural y la burocracia administrativa que domina a la Iglesia. La ironía es que mientras respiraba muchos me despreciaron, pero cuando partí a la gloria aparecieron multitudes, motivadas probablemente por el miedo y la culpa, queriendo conservar una pieza de mi humilde indumentaria.

Si revisan con cuidado los videoclips de la década del 80, comprobarán que hasta la salvaje Madonna se enamoró de mí. Me pregunto entonces ¿quién carga de verdad en sus entrañas los estigmas de la discriminación y la ilegitimidad?

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