Desnudándome contigo

Lala González







Hablemos de desnudez, de esa desnudez desmedida, la que no deja oscuridades sin exponer. Hablemos desde el alma sin miramientos ni pudores, que para miramientos y pudores nos queda una vida misma y hay que echar el resto, antes de que se apaguen las luces hasta el siempre jamás. Es momento de quitarnos todo, hasta el miedo.

Te diré que estoy harta. Cansada hasta la saciedad de la sociedad que me quiere pura. De esos hombres que quieren mi silencio porque les aterran mis palabras, les amenaza mi existencia. Quieren mi cuerpo en sus camas, pero mi cerebro lo quieren encadenado, mutilado, silenciado y sobre todo, casto. Hipócritas de doble moral y discursos agrietados por los paradigmas de un sistema machista, patriarcal, en que nosotras solo somos muñecas, trofeos, esposas, amas de casa, sumisas y sometidas a sus antojos. Estoy harta, hastiada de los hombres, pero también de las mujeres.

Sí, también me drenan las mujeres correctas, las que callan cuando deberían gritar, las que escogen el matrimonio para lograr una posición en algún lugar, escondidas tras el apellido de sus maridos. Me causan vértigo las damas que se sonríen a medias, ahogando las carcajadas que liberan las alas. Me cauterizan el virgo que no tengo, las que se niegan el goce intenso por temor a que las crean libres, porque la libertad, según les han adoctrinado, solo es inherente a los machos. En verdad, amiga, me cansa la vida.

Otra cosa que me tiene rota hasta la locura, el dolor que causa vivir. Tantas incongruencias circundando mis pasos que en ocasiones he llegado a pensar que no pertenezco a estos espacios. Es cierto que me rodean gentes con alma de almas, sin embargo siempre termino sentada en la esquina izquierda de la solitud. La otredad me peina las trenzas. Ya no me quedan llantos en la garganta. Escribo porque no sé existir de otra manera. Escribo, para alejar la Guadaña. No te voy a negar que dejarme atrapar por ella, la muerte, se me hace tentación constante. Me quiebra el dolor de vivir.

Llueve, puedo oler las gotas derramadas en la arena. Veo como el mar y la lluvia copulan con frenesí frente a las nubes grisáceas y me siento impávida. No puedo olvidar que vine a desnudarme contigo. No siento nada. La vida se hecho sal y agua. El cansancio me lleva en un saco. Me duelo, querida Alfonsina, me duele vivir.

¿Cómo puedes tú con el dolor físico y el del alma? ¿Cómo manejas la vida para vivirla sin perder la cordura, si es que tienes cordura? Anda, dime cómo hago para continuar luchando en contra de todo lo establecido por este sistema de mierda que nos engaveta como verduras traídas del mercado. Tu tiempo y el mío no distan mucho, querida, son lo mismo. Quiero vivir, Alfonsina, pero me harta la vida. Me apesta.

¿Iremos al mar como me lo pediste? Aquí te espero. 

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