Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Agüita pa ti”

Ítalo Costa Gómez







En el libro donde quedarán inscritos mis múltiples traumas de la niñez hay un capítulo bien grueso dedicado a los carnavales. Los horribles, espantosos, tenebrosos y mojados carnavales. Siempre he sido un niño más o menos pulcro. La idea de ensuciarme en el lodo y recibir baños de temperas y esas cosas jamás me resultó atractiva, todo lo contrario. Me aterraba la idea de que me caiga fuerte un globazo de agua – si había suerte –, un mangerazo o esas lluvias de pintura que les encantaba dar a mis amigos. Ataque de pánico nivel Sayayín.

La tosquedad con la que lanzaban los globos y las burlas que se daban al mismo tiempo eran demasiado para mí. Me pasaba los domingos de febrero encerrado en mi casa y no salía, pero ni a comprar pan. Prefería estancarme en el calor de mi cuarto antes que salir y verme expuesto a tremendo juego del mal. Logré escapar a esos días funestos durante algunos años. Desde que alcancé cierta edad cada vez el riesgo de ser bañado y expuesto disminuyó considerablemente, o al menos eso pensaba hasta el pasado verano. Esta historia cobró vida días antes de la aparición del COVID-19. Antes que nuestro mundo cambiara para siempre.

Cuenta la historia que gracias al inclemente sol que nos estaba acompañando una amiga me había dicho para ir al Centro Naval a tomar algo en la tarde y de paso entrar un ratito a la piscina. Cuando llegué a la más pequeña de sus locaciones (ubicada en Chucuito, muy cerca a mi casa) me percaté que el lugar estaba repleto de criaturas. Ahí solo faltaban Karina y Timoteo y era el estudio de un programa para niños.

[Yo soy Karina y te voy a llevar a un mundo de fantasía, de alegría sin par. Es nuestro día y te voy a llevar a ver a los chicos, chicos… lo vamos a llamar… ¡Timoteo!, ¡Timoteo!, ¿Dónde estás que no te veo?]

Descarté la piscina de plano y nos sentamos en el restaurante a tomar una piña colada en la sombrita. Cuando ya las pelotas de playa habían invadido todos los espacios y hasta ir al baño era tramitoso decidí retirarme. Me despedí con una excusa trivial y llamé a mi taxi.

No hice más que poner un pie fuera del Centro Naval y se me acercaron corriendo dos adolescentes. No tendrían ni quince años, me gritaron un improperio propio de la audacia y poco cerebro que todos ostentamos a esa edad tierna y PLAAAAAAAAAAAAAA… Dos globazos.

Uno fue a dar en mi rostro y el otro en mi pecho. La fuerza con la que los aventaron hicieron que se rompan al instante y el que se reventó en mi cara me atontó y dejé caer al piso mi celular – vive tirado el pobre – y una bolsa de papel con libros.

No tenían intención de robarme en lo absoluto. Querían joder. Emprendieron la carrera al instante cagados de risa y el señor que cuidaba la entrada del club me miró compasivo:

– ¡Estos chibolos de m…!, Así son… no tienen nada qué hacer. ¿Se encuentra bien?, ¡Cómo lo han dejado!… ojalá sea agua.
– Qué lindo es usted. Cuánto ánimo en una sola frase.

Recogí mi celular, mis libros, mi ira, mi vergüenza y las metí dentro del taxi junto a mi cuerpo empapado por agua caliente que me daba un profundo asco. Sentía que esos globos tenían horas de horas de haber sido llenados. Sentí náuseas y me empezó a doler la cabeza.

Esto les enseña, pequeños carnavalescos, que abandonar los años tiernos no les asegura tranquilidad. Nadie los respetará en carnavales y mucho menos en mi amado y riquísimo Callao.

¡La vida es un carnaval! Relajemos la pelvis nomas que ya llegó la primavera y en dos patadas aparece el 2021. Al menos puedo decir que no me fui invicto ese último carnaval en el que pude salir a la calle.

Hubo su mojadita. Ya tocaba también, digo yo.

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