CANIBALISMO RITUAL: “Anatomías de golpes de Estado”

José Luis Barrera





Malaparte, el genio terrible
Pese a su nombre, Kurt Erich Suckert, es un escritor que tiene poco de alemán, y su aparición solo podía darse en la Italia de fines del siglo diecinueve y principios del veinte.

Tal vez por eso Suckert decidió usar un seudónimo capaz de italianizar su nombre de pila: Curzio. Aunque, «porque ya hubo un Bonaparte», optó por un apellido burlón que subrayaba acaso sus contradicciones y lo emparentaba con el corso más francés de todos.

Justamente esa contradicción con otros y consigo mismo es lo que lo vuelve tan italiano. Su país se formó por luchas y alianzas entre familias —Montescos, Capuletos, Medicis, Farnesios, Orsinis—, así como también unificaciones largas o efímeras en torno a emperadores y papas —güelfos y gibelinos—.

Y ese ambiente es preciso para que los Maquiavelos, antiguos y modernos, se reproduzcan. Malaparte es uno de ellos, aunque no solo eso.

Su vida es la de las transformaciones: sin dudarlo, coqueteó con el fascismo y el maoísmo, con la religión y el ateísmo, con la democracia y la dictadura. Era un camaleón que adaptaba su vida a las circunstancias, pero, en su caso, los cambios se hacían contando cuentos, es decir, cubriéndose con el manto de la literatura.

Se unía al fascismo pero, para él, era una epopeya con el telón de fondo de la marcha sobre Roma; lo abandonaba como mártir de Mussolini para, más tarde, abrazar el comunismo, haciendo lírica con la vida de Mao.

Su odio a ser comparado con Maquiavelo era tan legendario como sus cambios de chaleco. Y precisamente gracias a uno de sus escritos, el primero que alcanzó el éxito, es que llegó a ser identificado como el gran camaleón.

Técnicas del golpe de Estado
El hombre que declaraba ser profundamente italiano publicó su «ópera prima» en francés —Mussolini le había quitado su beneplácito para que aparezca en Italia—. Esta circunstancia le sirvió a Malaparte para, cuando el barco del fascismo hacía aguas, declarar que fue perseguido por el régimen y negociar con las tropas estadounidenses.

El texto, sin embargo, es muy original. Recurre a la historia para investigar las causas del éxito o el fracaso tanto de los golpismos como de las democracias y, a diferencia de otros libros análogos, sostiene que el germen de la destrucción de cualquier gobierno anida en su interior.

Para Malaparte, el Estado es una máquina compuesta de engranajes que funcionan perfectamente siempre y cuando no haya nada que intervenga en su funcionamiento. Sin embargo, si alguien pretende destruirla, debe provocar desperfectos en sus mecanismos internos y no, como se cree a menudo, una acción directa contra toda la estructura.

La conclusión es que de nada sirve levantar un ejército para luchar contra las fuerzas que defienden el Estado porque probablemente estas serán mucho más poderosas y eficientes en defenderlo, mas, si los ataques apuntan a fábricas, centros de abastecimiento, servicios básicos, etcétera, el éxito está garantizado.

Al fin y al cabo, un gobierno es como una gran bestia que se alimenta de sí misma, y en el momento en el que su voracidad se bloquea, colapsa.

El libro maldito
Al poco de publicado, Malaparte afirmó odiar sus Técnicas de golpe de Estado porque le labraron la imagen de hombre maquiavélico y, sobre todo, porque le atrajeron toda clase de problemas, aun la cárcel y el exilio. Es difícil saber hasta qué punto esto es cierto y no un discurso astuto para granjearse la amistad de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial.

Sea como fuere, el hecho es que el libro tiene —más allá de que sus ideas resistan un análisis frío— el mérito de convertir la política en literatura y la historia en un cuento; Malaparte fue un maestro del lenguaje, capaz de mutar cualquier pedazo de roca —entiéndase: tema— en un lingote de oro.

Cuando se toma un libro del italiano a uno deja de importarle la realidad y prefiere creer la ficción que narra. Es así con sus piezas periodísticas. Es así con sus ensayos. Este escritor lleva en sus venas la ficción y, sobre todo, el talento para seducirnos con ella.

¿Vale leer una obra que los politólogos consideran desfasada o fuera de lugar? Claro, no tanto por lo que dice, sino por cómo lo dice, por su capacidad de travestir las Ciencias Sociales en literatura y de trastocar la realidad para crear una a su medida, pero que, de todas maneras, se vuelve indudable.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .