DIÁLOGOS EN LA TAZA: “El canalla constructivo”

Fernando Morote

Manuel González Prada





Dejé la abogacía para convertirme en un prosista elegante, refinado, dueño de una vena poética innovadora. He influenciado la vocación de célebres autores como Vallejo, Valdelomar, Eguren, y la carrera de líderes de talla mundial como Mariátegui y Haya. Las chicas del grupo literario babean por mí —Clorinda y Mercedes, especialmente—, no tanto por guapo —que también lo soy— sino porque las seduce mi personalidad avasalladora. Desprecio las cojudeces románticas y actúo como un asesino astuto que conoce su oficio. Apuesto, en cambio, por la ciencia como vehículo de modernidad. Pese al gesto hosco en mi cara, les aseguro que si supieran mi nombre completo se demorarían 15 minutos en pronunciarlo.

No niego ser un intelectual lúcido que asume como tarea personal desnudar las miseras nacionales. Muchos me califican como un hijo de puta. En el fondo despierto admiración por mi energía y libertad en denunciar, con una concha incomparable e insuperable, la improvisación, la desorganización, la ignorancia y la discriminación imperantes en el país. No ejerzo la anarquía por el placer de desestabilizar, más bien cumpliendo el deber de derrumbar los cimientos corroídos del orden establecido por la sencilla razón de que está mal establecido. Rechazo el término comunista, pero simpatizo con las ideas que buscan una sociedad más justa e igualitaria. Por ese motivo critico ardientemente los abusos y la indiferencia de la clase aristocrática, a la que yo mismo pertenezco.

Mis discursos y conferencias son en esencia arengas feroces. Mi lengua y mi pluma echan fuego, sin embargo no promuevo la violencia. La verdadera revolución no necesita armas ni fusiles, tampoco puede reducirse a un maquillaje temporal; tiene que ser un cambio desde adentro hacia afuera, desde abajo hacia arriba, desde atrás hacia adelante. De lo contrario, los oprimidos liberados pronto se erigen en los nuevos opresores.

Domino con solvencia un lenguaje lujurioso, empleando palabras que excitan y exacerban los sentidos. Soy la voz solitaria, afilada, de la conciencia colectiva. Por mi visión radical de la problemática en general, he sido amenazado en varias ocasiones con ser excomulgado por incluir en mis diatribas a la Iglesia, de la que descreo y desconfío. Los escritores estamos obligados a comprometernos con la política, no con afán militante o proselitista, sino para destruirla por corrupta, vergonzosa y estéril.

Nadie es capaz de escribir textos más bonitos que los míos, en favor de la patria querida, aunque suenen a tambores de guerra o duelan como patada en los testículos. Lindo o precioso son adjetivos que jamás se podrán imputar a mis libros. Los títulos que elijo marcan claramente la fogosidad de mi temperamento. Nadie se salva de mis llamas cuestionadoras: magistrados, militares, clérigos, periodistas, gobernantes; miembros infames de una recua de cráneos descerebrados, una multitud infesta de cuerpos sin sangre en las venas.

Escuchar la verdad siempre saca ronchas y decirla con la habilidad, el verbo y la potencia que yo lo hago deja al oyente muerto de furia. Me alegro de que así sea. Atento deliberadamente contra la moral católica y la tradición colonial. En el Perú no creamos nada original, todo lo copiamos de otras partes; fallamos porque no hemos aprendido a ajustar los sistemas a la realidad ni a la idiosincrasia locales. Algunos me aplauden a rabiar, otros quieren colgarme. La mayoría admira mi talento y mis agallas. Soy una antorcha que no sólo ilumina, quema las entrañas con frases contundentes y expresiones demoledoras, que hincan en el lugar correcto; donde aprieto salta la pus. Lo de “jóvenes a la obra, viejos a la tumba” no se trata de tomarlo al pie de la letra, es mejor desterrar la mentalidad y la actitud achacosas para construir un futuro sólido y sano. Mi postura, mis observaciones siguen hoy tan vigentes como en mi propio tiempo.

Mi esposa, una chiquilla francesa 20 años menor que yo, me ha dado 3 vástagos. Desgraciadamente los dos primeros fallecieron siendo todavía bebés, lo cual en cierta forma explica mi amargura visceral volcada contra cada sombra en el horizonte. Pocos saben que engendré además una niña bastarda a la que no tuve el valor de reconocer. A causa de ello, en un afán por reparar mis faltas como padre irresponsable, promuevo y defiendo a pulso los derechos de las mujeres. En el ámbito doméstico, e incluso el laboral, mi familia y mis empleados de la Biblioteca Nacional, pueden atestiguar que soy un hombre afable, cariñoso y juguetón.

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