Mínima razón para leer

Carlos E. Luján Andrade






Es recurrente la idea sobre que la lectura es beneficiosa para el intelecto aunque no siempre se pueda explicar por qué es así. Las razones son distintas y variadas dependiendo del interlocutor. El inconveniente es que esta diversidad no siempre es dicha, sino más bien se repite como muletilla una fórmula como si todos los individuos necesitáramos leer por las mismas razones. No sería pertinente ejemplificar esa variedad de casos porque son tantas como personas hay sobre la tierra. Es así que ante tanta cantidad de conciencias es que agrupamos o sintetizamos razones esperando que las aceptemos así no sean muy convincentes. Damos por sentado que leer es bueno. Que debemos hacerlo con todo aquello que caiga en nuestras manos para que así nos acostumbremos a ejercitar los músculos oculares y despertemos el intelecto. Recuerdo a un profesor de una academia que nos decía que adquiramos la costumbre de leer en cualquier lugar así no sea cómodo. Si estamos viajando en un bus y no tenemos un libro a la mano, pues que lo hagamos con los carteles publicitarios que vemos pasar a través de la ventana o con las frases de superación personal que las viejas y extintas líneas de microbús imprimían en sus boletos. Ya en la universidad, otro maestro nos aconsejaba lo mismo aunque de una forma imperativa, pues obligaba a que le expusiéramos la opinión editorial de algún periódico de la semana. Tanto uno y otro, defendían dicha orden por una necesidad de que seamos individuos pensantes y que sepamos defender adecuadamente nuestras ideas.

Es valioso tener en cuenta tal argumento porque al leer una idea bien sustentada, sabremos también expresarnos de la misma forma. La búsqueda del conocimiento para construir una opinión es saludable para convivir con los valores democráticos. Sin embargo, no debemos olvidar lo dicho líneas arriba. Cada individuo tiene razones particulares y especiales por las que toma un libro. La exigencia de ser una persona pensante es más social. La sociedad en su conjunto desea ciudadanos reflexivos que puedan tomar decisiones responsables. El ser educado y aficionado a la lectura es un deber social. Aunque no debemos quedarnos solo con tal argumento. También se toma en cuenta el aspecto lúdico e imaginativo. Leer como válvula de escape de la realidad. Razón válida aunque no podría asegurar que aquello estimule la lectura por ser demasiado obvia. Basta tomar un libro para darnos cuenta de eso.

Es común que ante un apasionado lector el resto le pregunte las razones por las que lee o por las que ellos deberían hacerlo. Es justo en ese instante en que aparecen las muletillas que lo saca de un aprieto porque para algunos leer es como comer. Es evidente que comemos porque tenemos hambre. No hay más motivo que ese. Una necesidad como el amar. Un escritor cuyo nombre se me ha extraviado en el olvido, alguna vez afirmó que el verbo leer no se puede conjugar imperativamente. Nadie ordena y dice “ama” y menos “lee”. No obstante, cómo hacer para llegar a aquella persona que nos pide un consejo para despertar un interés por la lectura como lo tiene el lector apasionado. Varias veces le he dado vueltas a esa idea. Sobre cómo parecer empático ante tamaña angustia. Y una tenue luz se presentó cuando aprendía un idioma extranjero. En los ciclos intermedios del curso nos pidieron improvisar una conversación. Esta nos llevó a referirnos a los sentimientos. La dificultad para hallar las palabras que me ayudaran a expresarlos fue grande. Las pocas que conocía me hacían caer en la redundancia y ante la imposibilidad de expresar mi real emoción, optaba por un prolongado silencio más producto de la impotencia que por la timidez.

Esa sensación frustrante me recordó las innumerables veces en que he conversado con personas a las que le es complejo hablar de sí mismos, de sus miedos y angustias. Es recurrente escuchar la frase “no sé cómo decirlo”. Entonces, me percaté que por ahí podría ir un primer consejo para los que desean acercarse a la lectura. De aprender palabras y construcciones gramaticales que les permitan decodificar aquello escondido dentro de uno. Las metáforas poéticas también ayudan en esa tarea. La lectura nos permitirá aprender varias maneras de expresar no solo ideas, sino también sentimientos. Mejorar la comunicación de emociones nos acerca a explorar un amor o un tormento agobiante. Descifrar nuestro idioma en toda su magnitud nos transforma en seres amplios de ideas y sentimientos.

Es un proceso lento pero seguro. El camino hacia el fervor por la lectura es largo e interminable. No solo buscar practicarlo como un deber social, por convencionalismo o por ser aceptados en determinados círculos sociales y académicos, sino por salud mental. Así habremos descubiertos los matices del lenguaje. El poder del sinónimo proyecta en todas las direcciones los innumerables significados que podrían adecuarse a una emoción personal, transforma nuestro discurso que al final es el que nos representa en la sociedad. El mayor entendimiento con el entorno es la piedra angular de la comprensión de nuestro lugar en el mundo.

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