CULATERO

Fernando Veglia






Un sol blanco emergía de un horizonte brumoso, atravesando delgadas nubes grises. El viento arrojaba finas andanadas de llovizna, silbando una melodía aterradora. La carretera, como un hilo oscuro, dividía el árido paisaje perdiéndose hacia el sur.

Hacía dos horas que el camión había abandonado la estación de servicio. Transportaba varias toneladas de láminas de aluminio hasta Tierra del Fuego. Un custodio acompañaba al chofer y un automóvil, el “culatero”, lo seguía a prudente distancia. La carga era valiosa y la empresa quería asegurarse de que llegara a destino.

Era la primera vez que Carlos Bacano, policía retirado, acompañaba a su cuñado, Pedro Herrera, como “culatero”. Doblegado por la amena insistencia y una buena paga había aceptado. A fin de cuentas, necesitaba el dinero y escapar del tedio cotidiano.

Seguir el camión había resultado entretenido. Si bien la vista era monótona, la conversación de Pedro, los constantes llamados de la empresa de seguridad y las bromas del camionero, por el canal interno, hacían que las horas fuesen livianas. Sólo el mal tiempo le molestaba, los hacía vulnerables a pesar del constante monitoreo. Evitó mencionarlo, a nadie parecía preocuparle y no quería pasar por cobarde o pájaro de mal agüero. Reconocía que, después de haber salido del puerto de Buenos Aires, viajado un día entero y dormido en la estación de servicio, no había detectado amenazas o vehículos sospechosos y lo satisfacía conservar el instinto policial intacto, luego de años de inactividad.

—Vamos lento —dijo Pedro en un susurro— Día de mierda… ¿Es la hora de los mates?
—Parece que sí —afirmó Carlos, alejando el rostro de la ventanilla y buscando yerba, mate y bombilla en la guantera.
—Te das cuenta, ¿no? —preguntó Pedro.
—¿De qué?
—Mirás los espejos retrovisores, cada dos por tres.
—No. La verdad, no —aseguró Carlos, sonriendo y preparando el mate— debe ser la costumbre. Los custodios son confiados…
—Y los policías paranoicos —aseveró Pedro, sin vacilación. Le gustaba enfurecer a su acompañante.
—Sucede que no hacemos un cursito de mierda. Ser policía es una vocación, una elección…
—¡Me hacés cagar de la risa!
—La calle no perdona a los distraídos y, mucho menos, a los boludos —aseveró Carlos, ofreciéndole un mate.
—Está bien. Pero, desde que salimos del puerto, mirás los espejos. Calmate. Este es un laburo tranquilo. Escoltamos al camión a destino, volvemos detrás de otro y a cobrar.
—Estoy calmado. Lo hago sin darme cuenta. Es la costumbre. Sos un hinchapelotas.
—Verte enojado es una obligación —afirmó Pedro, riendo y devolviendo el mate vacío — La verdad, insistí para que me acompañases porque no soporto a los pendejos. Son muy pelotudos. Si te gusta el trabajo, puedo hacerte entrar. Serías mi acompañante…
—Estoy retirado. Acepté porque sos un hinchapelotas y por el dinero. Tener el “fierro” en la cintura me trae recuerdos.
—Serían dos años. Me jubilo y nos retiramos juntos…
—Ya estoy jubilado —interrumpió Carlos— Qué trabajen los jóvenes… Si realmente me necesitás, contá conmigo. Qué se yo, dos o tres veces al año. Lo digo en serio.
—Gracias, Carlos. No aburras al mate, dame uno ¿Tu pibe?
—Con el hijo de puta de Juan José… — respondió Carlos, entregándole el mate.
—¿Con López? —preguntó Pedro, asombrado.
—Sí, no congenian. Por decirlo así.
—¿Todavía es el comisario de la quinta?
—Sí… Todavía —afirmó Carlos, recibiendo el mate vacío.
—Es que tu pibe es muy correcto, un inspector de los de antes, y López no deja pierna sin morder. En algún momento, Francisco le va a pisar la cola…
—Sucedió en un caso.
—¿En cuál?
—Con El Cinco dijo Carlos secamente, observando como un punto negro los alcanzaba por detrás— Mi pibe no lo cuestionó, pero estoy seguro de que está investigándolo.
—Es una moto, dejá de mirar el espejo… —dijo Pedro disimulando un escalofrío— Tenés que hablarle. Va a meterse donde no debe.
—Sí, le dije. Pero es testarudo… — aseveró Carlos con resignación, ofreciendo el mate a su compañero e intuyendo que una de las motos los rebasaría de un momento a otro— El clima no está para motos, son dos. ¿Aviso a la empresa?

Pedro no pudo articular palabra, ni siquiera reaccionó al estampido. La primera bala estalló el vidrio de la ventanilla y atravesó su cabeza, desparramándola por todo el habitáculo. La segunda buscó al acompañante, golpeándole el abdomen y destrozándole la rodilla derecha. El automóvil, sin control, salió de la carretera y, perdiendo velocidad gradualmente, quedó mansamente detenido en la banquina. La radio soltaba los gritos desesperados del camionero y del custodio, pidiendo ayuda y preguntando cómo estaban. Nadie respondió. El silencio y la muerte lo manchaban todo.

Carlos, herido y jadeante, empuñaba la pistola y soportaba el cuerpo de Pedro recostado sobre su hombro izquierdo. Sabía que, de enfrentar a los piratas del asfalto, no tendría la menor oportunidad de salir vivo y decidió quedarse inmóvil, simulando haber muerto. Apoyó la cabeza sobre la ventanilla para ver qué sucedía, temía que volviesen para darle el tiro de gracia.

Observó a los motociclistas flanqueando el camión, la balacera y los cuerpos, del camionero y el custodio, abandonados en la banquina. Sucedía rápido y a menos de trescientos metros. La radio había chillado, tronado y gemido hasta que un silencio opresivo trocó en fritura constante.

El camión abandonó la carretera, conducido por un pirata y seguido por una de las motos. La restante avanzaba lentamente hacia automóvil de los culateros. No querían testigos. Carlos apretó la empuñadura de la pistola. Cobraría un alto precio por su vida. En instantes, el hedor de la muerte, el ardor en el abdomen y la rodilla, junto a los mareos mezclándose con los recuerdos del hogar, desaparecieron. Tenía el instinto concentrado en matar y pedir auxilio.

A menos de diez metros, la motocicleta disminuyó la velocidad y el acompañante apuntó confiado, quería asegurarse un tiro limpio. Carlos reaccionó, disparó contra el bulto hasta vaciar el cargador. Cuando volvió a cargar el arma, el motociclista huía abandonando a su compañero. Seguro de que regresaría, maldijo en voz alta y tomó la radio, haciendo a un lado el cuerpo de su cuñado y dispuesto a pedir socorro. Sin embargo, un pedido titilante lo detuvo.

—Llamá… Llamá a la ambulancia —gimió una voz apagándose.

Era el pirata agonizando. Carlos dejó la radio en el lugar y, haciendo un doloroso esfuerzo, no sentía el abdomen y el frío comenzaba a abrazarlo, observó a través de la ventanilla. Un charco de sangre crecía alrededor de un cuerpo inmóvil y de una mirada suplicante. No dijo nada. La experiencia le había enseñado que, en situaciones extremas, una palabra innecesaria podía condenarlo. Apagó la radio, la fritura lo hostigaba, y aguardó. Era lo único que podía hacer.

La voz continuaba suplicando débilmente, repitiendo la misma frase: “Llamá a la ambulancia”, como si fuese un rezo o una manera de aferrarse a la vida. Lo hizo a intervalos cortos hasta que comenzó a balbucear y, finalmente, desapareció en un estertor agónico.

Carlos sentía que su robusto cuerpo era liviano, que la debilidad culminaría por cerrarle los párpados. Lamentó la muerte de Pedro en un suspiro y en lágrimas mudas. Haciendo un esfuerzo, volvió a mirar a través de la ventanilla. El cuerpo del muchacho estaba tieso, con la mirada clavada en un paisaje insondable. Aliviado, llorando en una mueca dolorosa, encendió la radio y pidió ayuda. Pensaba en su hijo.

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