Cartas desde la tierra (Final)

Mark Twain






Carta VIII

El hombre es sin ninguna duda el tonto más interesante que hay. También el más excéntrico. No tiene una sola ley escrita, en su Biblia o fuera de ella, que no tenga otro propósito e intención más que limitar o rechazar la ley de Dios.

Pocas veces puede de un hecho sencillo sacar algo más que no sea una conclusión equivocada. No puede evitarlo; su mente está construida bajo esta confusión. Fíjense en lo que cree, y las curiosas conclusiones que saca de ahí.

Por ejemplo, concede que Dios hizo al hombre. Lo hizo sin el deseo del hombre a relacionarse legalmente.

Esto parece hacer clara e indiscutiblemente a Dios, y sólo a Dios, el único responsable de los actos del hombre. Pero el hombre lo niega.

Concede que ha hecho perfectos a los ángeles, sin mancha, e inmunes al dolor y a la muerte, y que pudo haber sido igualmente amable con el hombre si lo hubiera querido, pero niega la obligación moral de hacerlo.

Concede que el hombre no tiene el derecho moral de infringirle crueldades gratuitas al hijo de sus entrañas, ni tampoco dejarlo padecer enfermedades ni la muerte, aunque se rehúse a limitar los privilegios de Dios en este tipo de cuestiones con el hijo de sus entrañas.

La Biblia y los estatutos del hombre prohíben el asesinato, el adulterio, la fornicación, la mentira, la traición, el robo, la opresión y otros crímenes, aunque sostienen que Dios está libre de estas leyes y tiene el derecho de romperlas cuando quiera.

Concede que Dios da a cada hombre su temperamento, su disposición, desde el nacimiento; concede que el hombre no puede de ninguna manera cambiar este temperamento, y debe permanecer siempre bajo su dominio. Aunque si estuviese lleno de desagradables pasiones, en el caso de un hombre, y falto de ellos en otro, es correcto y racional castigar al primero por sus crímenes, y recompensar al otro por abstenerse de ellos.

Entonces —consideremos estas curiosidades—.

Temperamento (Disposición)

Tomen dos extremos de temperamento: la cabra y la tortuga.

Ninguna de estas criaturas crea su propio temperamento, aunque nacen con él, como el hombre, y no pueden cambiarlo más de lo que el hombre puede.

El Temperamento es la ley de Dios escrita en el corazón de cada criatura por su puño propio, y debe ser obedecida, y será obedecida a pesar de cualquier ley emanándose de donde sea que pueda.

Muy bien, la lujuria es lo más característico del temperamento de la cabra, la ley de Dios está en su corazón, y debe obedecerla y deberá obedecerla todo el día de sus días, incluso cuando come o bebe. Si la Biblia dijese a la cabra, «No fornicarás, no cometerás adulterio», cada hombre pensante podría darse cuenta de la estupidez de esta prohibición, y concedería que la cabra no debería ser castigada por obedecer la ley de su Hacedor. Sin embargo piensa que el hombre sí debe estar bajo esta prohibición. Todos los hombres. Todos por igual.

En su cara esto es estúpido, porque, por temperamento, la cual es la verdadera ley de Dios, muchos hombres son cabras y no pueden evitar ser infieles cuando tienen la oportunidad; mientras que hay cientos de otros hombres que, por temperamento, pueden mantenerse limpios y dejar ir una oportunidad si la mujer carece de atractivo. Pero la Biblia no permite el adulterio para nada, ya sea que alguien pueda evitarlo o no. No permite distinción entre cabra y tortuga —la cabra explosiva, temperamental, que tiene que ser infiel cada día o cae y muere; y la tortuga, esa calmada y fría, puritana, lo intenta solamente una vez cada dos años y después se va a dormir y no despierta hasta sesenta días más tarde—. Ninguna cabra está libre de un asalto criminal, incluso en el Día Sabático, si es que hay un macho a tres millas a la redonda y nada se interpone en su camino; tengamos en consideración que ni la tortuga varón ni la tortuga hembra están lo suficientemente hambrientas ante los intrépidos regocijos de la fornicación como para estar dispuestos a romper el Sabbat para llevarlo a cabo. Ahora de acuerdo al curioso razonamiento del hombre, la cabra se ha ganado un castigo, y la tortuga una oración.

«No cometerás adulterio» es un mandamiento que no hace distinción entre las siguientes personas. Todas requieren obedecerlo:

Niños al nacer.
Niños en la cuna.
Escolares.
Jóvenes y doncellas.
Adultos jóvenes.
Adultos.
Hombres y mujeres de 40.
De 50.
De 60.
De 70.
De 80.
De 90.
De 100.

El mandamiento no distribuye su peso equitativamente, ni puede.

No es difícil en los tres primeros.

Es difícil —muy difícil— más aún todavía en los siguientes tres —cruelmente difícil—.

Está compasivamente suavizada en los próximos tres.

Hasta aquí se ha hecho ya todo el daño que puede, y bien podría también suprimirse. Aunque con una imbecilidad cómica ha continuado, y los cuatro siguientes están bajo su aplastante prohibición. Pobres viejos avejentados, no podrían desobedecerlo aunque lo intentaran. Y piensan —porque se abstienen santamente de ser infieles—, ¡que se llenarán de elogios! No tiene sentido; incluso la Biblia contiene lo suficiente para saber que si los más veteranos pudieran volver a sus días de juventud al menos por una hora lanzarían el mandamiento por los vientos y destrozarían a la primera mujer que se le cruzara, incluso aunque fuese una completa desconocida.

Es como he dicho: cada estatuto en la Biblia y en el libro de las leyes es un intento de vencer una ley de Dios —en otras palabras una ley de la naturaleza inalterable e indestructible—. Estos discípulos de Dios han mostrado millones de veces que Dios no respeta ninguno de los estatutos de la Biblia. Rompe cada uno de ellos, el adulterio y todo.

La ley de Dios, expresada enteramente en la construcción de la mujer dice esto: No habrá límite sobre las relaciones con el otro sexo sexualmente, en ningún momento de la vida.

La ley de Dios, expresada enteramente en la construcción del hombre dice esto: Toda su vida estará bajo límites y restricciones inflexibles, sexualmente.

Durante veintitrés días de cada mes (si no está embarazada) desde el momento que una mujer tiene siete años hasta que muera de vieja, está lista para la acción, y competente. Tan competente como el candelabro está de recibir la vela. Al pie del cañón cada día, al pie del cañón cada noche. También ella quiere la vela —la ansía, la espera, va tras ella, como dirigida por la ley de Dios en su corazón—.

Pero el hombre es muy poco competente; y la palabra misma, en moderada medida, es aplicable a su caso sexual. Es competente desde los dieciséis o diecisiete años en adelante durante treinta y cinco años. Después, su desempeño es de baja calidad, los intervalos son amplios, y su celebración no tiene mucho valor ni festejo; mientras que su bisabuela está tan útil como nueva. No le pasa nada. El candelabro es tan firme como siempre, mientras que la vela se suaviza cada vez más y se debilita con el tiempo, y pasan los años, hasta que finalmente se derrite, y queda tristemente sepultada a la espera de una gloriosa resurrección que nunca llegará.

Por otra parte, la mujer, descansa su fábrica tres días al mes, y durante una parte de su embarazo. No la pasa bien en esta época, a veces sufre. En justa compensación, tiene el gran privilegio, todos los otros días de su vida, de engañar ilimitadamente.

Esta es la ley de Dios, como reveló su hacer. ¿Qué la vuelve tan altamente privilegiada? ¿Goza con esto? No. En ningún lugar en todo el mundo. Ella hace caso omiso de la ley en todas partes. ¿Quién hizo esta ley? El hombre. Los estatutos del hombre —la Biblia es la Palabra de Dios—.

Ahora ahí tienen una muestra de los «poderes racionales del hombre», como él le llama. Él ve ciertos hechos. Por ejemplo, no llega a imaginar el día que pueda satisfacer solamente a una mujer durante toda su vida; también, que ninguna mujer imagina el día que no pueda trabajar en exceso, y marchitar, y dejar knockout a cualquiera de las viriles plantas masculinas que puedan llegar a su cama. Él reúne estas impresionantes insinuaciones y estos luminosos hechos, y extrae increíbles conclusiones: El Creador tuvo la intención de que la mujer fuese restringida a un solo hombre.

Y concretó esta singular conclusión en una ley, para bien y para todos.

Y lo hizo sin consultar a la mujer, aunque ella lleve más camino recorrido que él en el asunto. La capacidad procreativa del hombre se limita a un promedio de cien ejercicios por año durante cincuenta años, la de ella es de trescientos ejercicios por año todo este tiempo —y de tantos años como pueda vivir—. De este modo su apetito en el asunto es de cinco mil bocados, mientras que el de ella es de ciento cincuenta mil; y en vez de haber cedido honorablemente la realización de la ley a la persona que tiene más millas recorridas, este inmenso glotón, que no tiene nada más que hacer, prefirió tomar las riendas, ¡instaurándola él mismo!

Ya se han dado cuenta, gracias a mis enseñanzas, que el hombre es un tonto; ahora ya saben que la mujer es más tonta todavía.

Ahora si ustedes o cualquier otra persona inteligentísima fuese a establecer la equidad y justicia entre hombre y mujer, darían al hombre una cincuentava parte del asunto, y a la mujer un harén. ¿Lo harían? Claramente. Les juro que esta criatura con la vela decrépita lo ha establecido exactamente de la otra manera. Salomón, quien fuera uno de los regalones de la Deidad, tenía una habitación de «servicio» compuesta de setecientas esposas y trescientas concubinas. Ni por casualidad podría haber satisfecho a dos de estas criaturas por día, incluso aunque quince expertos lo ayudaran. Claramente casi la totalidad de ellas pasaron hambre durante años. Conciban a este hombre lo suficientemente insensible como para padecer día a día con todo este sufrimiento y no motivarse a mitigarlo. Incluso sumó otro detallito a esta impresionante miseria; dejando a vista de las femeninas, desde siempre, incondicionales centinelas cuyos espléndidos cuerpos masculinos hacía que las pobres muchachitas babearan aunque ellos no tuvieran ningún candelabro para darles consuelo, estos nobles son eunucos. Un eunuco es una persona cuya vela ha sido cortada. Por arte.

De vez en cuando, a medida que vaya avanzando, hablaré de un estatuto Bíblico y les mostraré que siempre viola una ley de Dios, y que después es llevada a las constituciones de los países, donde sigue violándose. Sin embargo esto seguirá pasando; no hay apuro.


Carta IX

El Arca continúo su viaje, navegando por aquí y por allá y más allá, sin compás y a la deriva, como si fuera un juguete entre los azarosos vientos y las corrientes arremolinadas. Y la lluvia, la lluvia, ¡la lluvia! Seguía cayendo, a cántaros, con baldes —inundando todo—. Nunca se había visto una lluvia así. Se hablaba de dieciséis pulgadas al día, pero eso no era nada con todo lo que cayó. Fueron ciento veinte pulgadas por día —¡tres metros!—. Así llovió cuarenta días y cuarenta noches, y todos los montes de menos de ciento veinte metros de alto quedaron bajo el agua. Después, los cielos e incluso los ángeles se secaron; no cayó más agua.

En cuanto al Diluvio Universal, fue un fiasco, antes ya hubo otros Diluvios Universales, como dice en todas las Biblias de todos los países, pero éste fue el mejor de los mejores.

Al final el Arca se atascó y descansó en la cima del Monte Ararat, más de cinco mil pies por sobre el valle, y el cargamento de animales desembarcó y bajó la montaña.

Noé plantó un viñedo, y bebió el vino y lo superó.

Esta persona había sido seleccionada de entre toda la población porque era el mejor ejemplo que había. Iba a construir la raza humana sobre una nueva base. Esta fue la nueva base. No prometía mucho. Ir más allá con el experimento era correr el mayor y más imprudente de los riesgos. Ahora era tiempo de hacer con esta gente lo que había sido tan juiciosamente hecho con los otros —ahogarlos—. Cualquiera que no fuera el Creador se hubiera dado cuenta de esto. Pero no fue así. Es decir, quizás no.

Se dice que desde el comienzo Él vislumbró todo lo que podría ocurrir en el mundo. Si esto es verdad, previó que Adán y Eva comerían de la manzana; que su descendencia sufriría muchísimo y que tendrían que ser ahogados; que los descendientes de Noé, a su vez, seguirían sufriendo, y que tarde o temprano tendría que dejar su trono en el cielo y bajar y crucificarse para salvar nuevamente a esta solitaria y fastidiosa raza. ¿Toda? ¡No! ¿Una parte? Sí. Ahora, ¿una gran parte de ella? Durante cada generación, por cientos y cientos de generaciones; un billón moriría y todos desaparecerían excepto quizás diez mil del billón. Los diez mil deberían pertenecer al grupito de los cristianos, y solamente un uno por ciento de este grupito tendría posibilidades. Nadie más podría salvarse, excepto los Católicos Romanos que tenían la suerte de tener un práctico sacerdote que limpiaba sus almas en el último suspiro, y uno que otro presbiteriano. Nadie más debía salvarse. Los demás estaban todos malditos. Por millones.

¿Me dan la razón en esto? Los fanáticos lo hacen. Igualmente conceden que con respecto al intelecto, la Deidad es la Cabeza Más Pobre del Universo, y con el tema de la moral y el carácter, está muy por debajo del nivel de David.


Carta X

Los dos Testamentos son interesantes, cada uno a su manera. El Antiguo nos da una imagen del Dios de la gente como era antes de que hubiera una religión, el otro nos da una imagen de cómo era después. El Antiguo Testamento se interesa mayormente en la sangre y en la sensualidad. El Nuevo, en la Salvación. Salvación a través del fuego.

La primera vez que la Deidad bajó a la tierra, trajo la vida y la muerte; cuando vino la segunda, trajo el infierno.

La vida no era un regalo valioso, pero la muerte sí. La vida era un delirio de júbilo melancólicamente amargado, un placer envenenado por el dolor, un sueño que era una confusa pesadilla de altos y bajos y de deliciosos detalles, éxtasis, exultaciones, dichas, todas entramadas con infinitas miserias, problemas, riesgos, horrores, desilusiones, derrotas, humillaciones, y desesperanzas —la maldición más grande que se le puede legar—; pero la muerte era dulce, la muerte era gentil, la muerte era amable; la muerte curó el espíritu adolorido y el corazón roto, dándole a los hombres descanso y olvido; la muerte era la mejor amiga del hombre; cuando el hombre no pudiese soportar más la vida, la muerte aparece y lo libera.

La Deidad percibió a tiempo que la muerte era un error; un error, un error insuficiente; insuficiente, por la razón de que aunque entregase una admirable miseria a quienes vivían, permitió que los muertos pudieran escapar de todas las demás persecuciones al refugiarse sagradamente en la tumba. Esto no le gustó mucho. Debió concebir una forma para perseguirlo después de la tumba.

La Deidad reflexionó profundamente este asunto durante cuatrocientos años sin éxito, pero tan pronto bajó a la tierra y se convirtió en cristiano, le quedó claro y supo qué hacer. Inventó el infierno, y lo profesó.

Ahora aquí hay algo curioso. Todos creen que mientras estaba en el cielo era severo, estricto, amargado, celoso, y cruel; y que cuando bajó a la tierra y asumió el nombre de Jesús, se convirtió en lo opuesto a lo que era en un principio, esto es: se puso dulce, y gentil, clemente, indulgente, y toda la dureza desapareció de su ser y comenzó a amar profundísimamente a sus pobres hijos. ¡Donde fuera que estuviese como Jesús, ideaba y hablaba del infierno!

O sea que como humilde y gentil Salvador era mil millones de veces más cruel de lo que fue en el Antiguo Testamento —¡oh, incomparablemente más atroz de lo que fue cuando estuvo en su peor momento!—.

¿Humilde y gentil? Tarde o temprano examinaremos esta ironía a la luz del infierno que inventó.

A pesar de que es cierto que la «mano maliciosa» debe concedérsele a Jesús, el inventor del infierno, ya era lo suficientemente duro y poco amable para con todos los propósitos de Dios incluso antes de convertirse en cristiano. No aparece escrito que haya, alguna vez, reflexionado que él era el culpable cuando un hombre hacía una maldad, ya que el hombre actuaba simplemente de acuerdo con la disposición que él le había entregado. No, lo castigó, en vez de castigarse a sí mismo. Más aún, el castigo prácticamente sobredimensionó la ofensa. Prácticamente, también, cayó, no sobre quien hizo la fechoría, sino sobre alguien más —el jefe, el jefe de la comunidad, por ejemplo—.

Israel moraba en Sitim, y la gente empezó a fornicar con las hijas de Moab.

Y el Señor dijo a Moisés, Toma a todos los príncipes del pueblo, y cuélgalos para que el Señor los vea, en contra del Sol, y así Su ira abandonará Israel.

¿Les parece justo esto? No parece que los «dirigentes del pueblo» cometieron adulterio, aunque a ellos colgaron, en vez del «pueblo».

Si aquello fuese correcto y justo lo sería hasta el día de hoy, pues los fanáticos sostienen que la justicia de Dios es eterna e inmutable; también, que es la Fuente de Toda Moral. Muy bien, entonces, deberíamos creer que si la gente de Nueva York empezara a fornicar con sus hijas de Nueva Jersey, sería correcto y justo colocar horcas a la entrada de la ciudad y colgar al alcalde y al comisario y a los jueces y al arzobispo, aunque no hubieran hecho nada. Esto no me parece justo.

Además, les digo una cosa: no ocurriría nunca. Estas personas no lo hubieran permitido. Son mejores que su Biblia. Nada de esto podría ocurrir aquí, excepto un par de demandas, por daños, si el incidente hubiera sido conocido por todos; e incluso más al Sur no procederían de la misma manera en contra de las personas que no hicieron nada de esto; hubieran agarrado una soga y los hubieran cazado, y si no los hubieran encontrado harían linchar a un negro.

Las cosas han mejorado mucho desde los tiempos del Todopoderoso, así dicen los fanáticos.

¿Tienen ganas de examinar la moral de la Deidad y la disposición y la conducta otro poquito más? ¿Recuerdan que en la Escuela Dominical los niños ansían amar al Todopoderoso, y honrarlo, y rezarle, y hacerlo su modelo y tratar de ser como él mientras puedan? Lean:

1. Y el Señor habló a Moisés, diciendo,

2. Venga a los hijos de Israel de los Medianitas: más tarde serás reunido con tu gente…

7. Y batallaron contra de los Medianitas, como el Señor le ordenó a Moisés; y asesinaron a todos los varones.

8. Y asesinaron a los reyes de Median, además de otros que fueron asesinados; específicamente, Evi, y Rekem, y Zur, y Hur, y Reba, los cinco reyes de Median: Balaam también, hijo de Beor, asesinado a espada.

9. Y los hijos de Israel tomaron a todas las mujeres de Median cautivas, y a sus hijas, y se hicieron de todo su ganado, y de todos sus rebaños, y de todos sus bienes.

10. Y quemaron todas las ciudades donde residían, y todos sus finos castillos, con fuego.

11. Y se llevaron todo, y a todos los cautivos, tanto hombres como bestias.

12. Y llevaron el botín, y las presas, a Moisés, y a Eleazar el sacerdote, y a la congregación de los hijos de Israel, al campamento en las llanuras de Moab, que están por el Jordán cerca de Jericó.

13. Y Moisés, y Eleazar el sacerdote, y todos los príncipes de la congregación, se dirigieron a conocerlos.

14. Y Moisés estaba enfurecido con los comandantes del ejército, con los cientos de capitanes que volvían de la batalla.

15. Y Moisés les dijo: ¿Habéis salvado a las mujeres?

16. Mirad, esto provocó que los hijos de Israel, a través del concilio de Balaam, transgredieran en contra del Señor el asunto de Peor, y hubo allí una plaga entre los reunidos.

17. Ahora por lo tanto maten a cada hombre de entre los niños, y maten a cada mujer que ha conocido al varón en la cama.

18. Pero a todas las niñas, que no han conocido a un hombre en la cama, déjenlas vivas para ustedes.

19. Y deberán tolerar fuera del campamento siete días: quienquiera que haya matado a alguien, y quienquiera que haya tocado a un asesinado, deberán purificarse, ambos, ustedes y sus cautivos, al tercer día, y al séptimo día.

20. Asimismo purifiquen todos sus atuendos, y todo lo que está hecho de carne, y todo lo hecho con pelo de cabra, y todas las cosas hechas de madera.

21. Y Eleazar el sacerdote dijo a los hombres que fueron a la batalla: Esta es la ordenanza de la ley que el Señor ordenó a Moisés…

25. Y el Señor habla a Moisés, diciendo,

26. Cuenta las presas que fueron tomadas, tanto de hombres como de bestias, tú, y Eleazar el sacerdote, y los jefes padres de la congregación:

27. Y dividan el total en dos partes; entre los que batallaron, los que fueron a la batalla, y entre toda la congregación:

28. Y recauden el tributo que el hombre de guerra ha entregado al Señor…

31. Y Moisés y Eleazar el sacerdote hicieron como el Señor ordenó a Moisés.

32. Y el botín, siendo las sobras que el soldado había capturado, ascendía a seiscientas mil setenta y cinco ovejas,

33. Y setenta y dos mil bueyes,

34. Y setenta y un mil asnos,

35. Y treinta y dos mil personas en total, de las cuales, mujeres que no habían conocido al varón en la cama…

40. Y las personas eran dieciséis mil; de las cuales el tributo que debía recibir el Señor era de treinta y dos personas.

41. Y Moisés entregó el tributo, el cual fue lo que el Señor había pedido, a Eleazar el sacerdote, como el Señor ordenó a Moisés…

47. De la mitad de los hijos de Israel, Moisés tomó una porción de cincuenta, tanto de hombres como de bestias, y se los dio a los Levitas, quienes tenían la protección del tabernáculo del Señor; como el Señor ordenó a Moisés.

10. Cuando te acerques a combatir un pueblo, proclámales la paz…

13. Y cuando el Señor tu Dios te lo entregue, debes aniquilar a cada varón de allí con el filo de una espada:

14. Pero la mujer, y los pequeños, y el ganado, y todo lo que está en la ciudad, incluso todo el desastre de ese lugar, debes llevártelo; y deberás comer del botín de tus enemigos, el cual el Señor tu Dios te ha dado.

15. Así harás en todas las ciudades que estén muy lejanas de ti, que no son las ciudades de estas naciones.

16. Pero de las ciudades de estas personas, el cual el Señor tu Dios te ha dado como herencia, no dejarás con vida nada que respire:

La ley Bíblica dice: «No matarás».

La ley de Dios, sembrada en el corazón del hombre desde su nacimiento, dice: «Matarás»
.

El capítulo que he citado les muestra que los estatutos bíblicos siguen siendo un fracaso. No puede alejar del hombre la ley más poderosa de la naturaleza.

De acuerdo a la creencia de estas personas, fue Dios mismo quien dijo: «Tú debes no matar».

Está claro entonces que no puede mantener ni sus propios mandamientos.

Mató a todas estas personas —a cada una—.

De alguna manera habían ofendido a la Deidad. Sabemos cuál fue la ofensa, sin siquiera mirar; es decir, sabemos que fue una pequeñez; una cosita a la que nadie más que Dios podría importarle. Es cierto que un Medianita pudiese estar imitando la conducta de un tal Onán, a quien le habían ordenado «ir por la esposa de su hermano» —lo que hizo—; pero en vez de consumar el hecho, «lo derramó sobre el piso». El Señor asesinó a Onán por esto, pues el Señor no podía tolerar tal falta de decoro. El Señor asesinó a Onán, y hasta el día de hoy los cristianos no pueden entender por qué se detuvo con Onán, en vez de asesinar a todos los otros habitantes de trescientas millas a la redonda —inocentes de ofensa—, y por lo tanto los únicos que comúnmente asesinaba. Ésta había sido siempre su idea de «un trato justo». Si hubiera tenido un slogan, debió haber sido, «No dejen escapar a ningún inocente». Recuerden lo que hizo durante el diluvio. Había miles y miles de niños famélicos, y sabía que nunca jamás harían el mal; pero sus parientes sí, y eso fue suficiente: Él vio cómo las aguas cubrían los gritos de sus bocas, vio el terror salvaje en sus ojos, vio la petición agónica en las caras de las madres las cuales no habían tocado otro corazón más que el suyo, pero Él iba específicamente tras los inocentes, por eso ahogó a estos pobres niñitos.

Y, recordarán, que todos los billones de hombres después de Adán son inocentes —ninguno de ellos tuvo parte en la ofensa realizada—, pero la Deidad sigue pensando que son culpables hasta el día de hoy. Nadie se libra, excepto al admitir esta culpa —y ni mentira más barata puede hacerlo—.

Algunos Medianitas deben haber repetido el acto de Onán, y trajeron de vuelta este terrible desastre a su nación. Si no fue la falta de decoro que encolerizó los sentimientos de la Deidad, entonces sé qué: un Medianita había estado meando en el muro. Estoy seguro, pues es una indecencia que el Más Grande de los Moralistas nunca pudo soportar. Una persona puede mear un árbol, puede mear sobre su madre, puede mearse sobre sus propios calzoncillos, e irse, pero no debe mear en el muro —esto sería ir muy lejos—. El origen del prejuicio divino en contra de este humilde crimen no está expreso en ningún lado; pero sabemos que el prejuicio era muy fuerte —tan fuerte que nada más que una masacre al por mayor, de los que habitaban la región donde el muro fue ensuciado, satisface a la Deidad—.

Toma el caso de Jeroboam. «Separaré de Jeroboam, al que meó en el muro». Así fue. Y no solamente eliminó al hombre que lo hizo, sino que a todos.

Lo mismo con la casa de Baasa: todos fueron exterminados, parientes, amigos, y todos, logrando «que ninguno meara en el muro».

Con el caso de Jeroboam tienen un notable ejemplo de los hábitos de la Deidad de no limitar sus castigos al culpable; incluyendo al inocente. Incluso todos los «desperdicios» de esta infortunada casa fueron barridos, tal como «el hombre que saca la mierda, hasta que no quede nada». Esto incluye a las mujeres, a las jóvenes doncellas, y a las niñitas. Todas inocentes, porque no podían mear en el muro. Nadie de este sexo puede. Nadie sino los miembros del otro sexo pueden lograr esta hazaña.

Un prejuicio curioso. Y todavía existe. Los padres Protestantes todavía tienen a mano la Biblia en casa, para que los niños puedan estudiarla, y una de las primeras cosas que los niñitos y las niñitas aprenden es a ser correctos y puros y a no mear en el muro. Estudian estos pasajes más de lo que estudian cualquier otro, excepto aquellos que incitan a la masturbación. Aquellos los buscan y estudian en privado. No existe niño protestante que no se masturbe. Este arte es el conocimiento más antiguo que su religión le enseña. También el más antiguo que su religión le confiere.

La Biblia tiene esta ventaja por sobre todos los otros libros que enseñan refinamiento y buenos modales: se dirige al niño en su edad más impresionable y receptiva —los otros tienen que esperar—.

«Tendrás una pala entre tus armas; y cuando estés cansado del viaje, debes cavar con ella, y volver a cubrir lo que sale de ti».

Esta regla fue hecha en los primeros días: «El Señor tu Dios camina por tu tierra».

Probablemente no vale la pena tratar de descubrir, ciertamente, por qué los Medianitas fueron exterminados. Sólo podemos estar seguros de que no fue por una gran ofensa; el caso de Adán, y el Diluvio, y de los profanadores del muro nos lo enseñaron. Un Medianita pudo haber dejado su pala en casa y haber sido este el causante de todo el problema. De todas formas, no importa. Lo principal es el problema en sí mismo, y la moraleja brindada para la instrucción y elevación del cristianismo hoy en día.

Dios escribió sobre las tablas de piedra: «No matarás», también: «No cometerás adulterio».

Pablo, haciendo de vocero de la divina voz, aconsejó abstenerse de todos de los actos sexuales. Un gran cambio desde el punto de vista divino tal como existió al momento del incidente Medianita.


Carta XI

La historia humana siempre está roja con sangre, y amarga con odio, y manchada con crueldades; pero no es sino desde la época Bíblica que se han puesto límite a todas estas particularidades. Incluso la Iglesia, a la que se le atribuye haber derramado más sangre inocente, desde el comienzo de su supremacía, que todas las guerras políticas juntas, ha visto un límite. Una especie de límite. Pero te das cuenta que cuando el Señor Dios del Cielo y la Tierra, el adorado Padre del Hombre, hace la guerra, no hay límite. No tiene piedad —Él, quien es llamado la Fuente de Toda Misericordia—. ¡Mata, mata, mata! A todos los hombres, a todas las bestias, a todos los niños, a todos los bebés; también a todas las mujeres y a todas las niñas, excepto las que no han sido desfloradas.

No distingue entre inocentes y culpables. Los bebés eran inocentes, las bestias eran inocentes, muchos de los hombres, muchas de las mujeres, muchos de los niños, muchas de las niñas eran inocentes, aunque tenían que sufrir como culpables. Lo que el maniático Padre necesitó fue sangre y miseria; le era indiferente quien la desparramaría.

El castigo más duro de todos fue esparcido entre los que no podían haber tenido alguna posibilidad de tan horrible destino —las 32.000 vírgenes—. Sus sexos desnudos fueron palpados, para asegurarse que todavía poseían el himen inmaculado; después de esta humillación fueron enviadas y vendidas como esclavas a lo que sería su hogar; la peor de las esclavitudes y la más vergonzosa, la esclavitud de la prostitución; la esclavitud a la cama, para despertar lujuria, y satisfacer a los hombres con sus cuerpos; esclavas frente a cualquier comprador, sea un caballero o un grosero y sucio rufián.

Fue su Padre quien infligió este feroz e injusto castigo sobre aquellas desconsoladas y solitarias vírgenes, cuyos padres y familiares él mismo había asesinado frente a sus ojos. Y mientras tanto, ¿rezaban por su compasión y su salvación? Ni siquiera lo dudaban.

Estas vírgenes quedaron arruinadas, despojadas. Él hizo lo suyo y lo logró. ¿Qué utilidad le sacó a las vírgenes? Examinemos su posterior historia y sabrán.

Sus sacerdotes se quedaron con una parte de las vírgenes, también. ¿Qué uso podían darle los sacerdotes a las vírgenes? La historia privada del confesional Católico Romano puede responder la pregunta por ustedes. La principal diversión del confesionario ha sido la seducción —en todas las eras de la Iglesia—. Père Hyacinth testifica que de los cientos de sacerdotes confesados por él, 99 han usado el confesionario efectivamente para seducir mujeres casadas y a las más jóvenes. Un sacerdote confesó que de novecientas chicas y mujeres a las cuales había servido como padre y confesor, ninguna había escapado de su lechoso abrazo sino sólo las más mayores y las más desamparadas. La lista oficial de preguntas que el sacerdote hace excitarían profundamente a cualquier mujer que no fuera una paralítica.

No hay nada en la salvaje o civilizada historia que sea más completa y más implacablemente extensa como la despiadada campaña del Padre Misericordioso contra los Medianitas. El reporte oficial no dice nada de los incidentes, episodios, y detallitos, sino solamente da informes generales: todas las vírgenes, todos los hombres, todos los bebés, todas las «criaturas que respiran», todas las casas, todas las ciudades; te entrega una gran imagen, extendida en todas direcciones, tan lejos como el ojo humano pueda ver, de una ardiente destrucción y una tormentosa soledad; imaginen algo más espantoso todavía, un silencio horrible —el silencio de la muerte—. Pero por supuesto que hubo incidentes. ¿De dónde los sacaremos?

De los días lejanos de la historia. De la historia hecha por los Indios rojos de Norteamérica. Ellos copiaron el trabajo del Señor, y lo hicieron con el espíritu mismo de Dios. En 1862 los Indios de Minnesota habían sido profundamente ofendidos y traicionados por el gobierno de los Estados Unidos levantándose en contra de los colonos blancos, masacrándolos; masacraron a todos los que pudieran ponerle las manos encima, sin perdonar edad ni sexo. Consideren este incidente: Doce indios irrumpieron una granja al amanecer y capturaron a la familia. La familia consistía en el granjero y su esposa y sus cuatro hijas, la más joven tenía catorce y la más grande dieciocho. Crucificaron a los padres; es decir, los estiraron desnudos contra el muro del living y les clavaron las manos. Después desnudaron los cuerpos de las hijas, estirándolas sobre el suelo frente a sus padres, y las violaron repetidamente. Finalmente crucificaron a las niñas contra el muro opuesto de los padres, y cortaron sus narices y sus pechos. Ellos también —pero no seguiré con esto—. Hay un límite. Hay humillaciones tan atroces que el lápiz no puede escribirlas. Un miembro de esta infortunada familia —el padre— estaba todavía vivo y crucificado cuando la ayuda llegó dos días después.

Ahora saben de la Masacre de Minnesota. Puedo darles cincuenta más. Abarcarían todos los tipos de crueldad que el talento humano ha llegado a inventar.

Y ahora ya saben, por estas clarísimas indicaciones, qué ocurrió bajo la supervisión personal del Padre de las Misericordias en su campaña Medianita. La campaña de Minnesota fue meramente una copia del ataque Medianita. Nada ocurrió en uno que no haya ocurrido en el otro.

No, esto no es estrictamente verdad. Los indios fueron más misericordiosos que el Padre de las Misericordias. No vendieron las vírgenes como esclavas para atender la lujuria de sus asesinos mientras duraran sus tristes vidas; las violaron, luego cristianamente les realizaron breves sufrimientos, terminando todo con el precioso regalo de la muerte. Quemaron algunas de las casas, pero no todas. Se llevaron a los inocentes más brutos, pero no tomaron la vida de ninguno.

¿Esperarían que esta misma desconsideración de Dios, este quiebre moral, lo volviese un profesor de la moral; de la delicadeza, mansedumbre, de la honradez; de la pureza? Parece imposible, extravagante; pero escúchenlo. Estas son sus palabras:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque serán reconfortados.

Bienaventurados los humildes, porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los hambrientos y sedientos de virtud, porque serán satisfechos.

Bienaventurados los piadosos, porque conseguirán misericordia.

Bienaventurados los puros de corazón, porque verán a Dios.

Bienaventurados los hacedores de paz, porque serán llamados los hijos de Dios.

Bienaventurados los que son perseguidos por la justicia, porque de ellos será el reino de los cielos.

Bienaventurados, cuando os vituperen, y os persigan, y expresen todo tipo de maldad en contra falsamente, por mi causa.

La boca que pronunció estas inmensas ironías, estas increíbles hipocresías, es el mismo que ordenó la masacre indiscriminada de los hombres Medianitas y de los bebés y del ganado; la indiscriminada destrucción de las casas y la ciudad; el indiscriminado destierro de las vírgenes a una sucia y horrible esclavitud. Esta es la misma persona que trajo sobre los Medianitas las endiabladas crueldades que fueron repetidas por los indios rojos, detalle por detalle, en Minnesota dieciocho siglos después. El episodio Medianita lo llenó de alegría. Lo mismo con el de Minnesota, o podría haberlo evitado.

Las Bienaventuranzas y los capítulos citados de Números y Deuteronomio siempre deben ser leídos desde el púlpito; de esta manera la congregación lograría una completa visión de Nuestro Padre en el Cielo. Aunque no he conocido a ningún clérigo hacer esto.

Una respuesta a “Cartas desde la tierra (Final)

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