Cartas desde la tierra (II)

Mark Twain





Carta IV

Así que la Primera Pareja se fue del Jardín con una maldición —una permanente—. Habían perdido cada placer poseído antes de «La Caída»; y sin embargo eran ricos, porque habían ganado uno que importaba más que el resto: conocían el Arte Supremo.

Lo practicaron diligentemente y gozosos. La Deidad les ordenó practicarlo. Obedecieron, esta vez. Si se les hubiese prohibido, igual lo habrían practicado, aunque miles de Deidades les hubieran dicho que no lo hicieran.

Aparecieron resultados. Con el nombre de Caín y Abel. Y estos tuvieron un par de hermanas; y supieron qué hacer con ellas. Y entonces hubieron más resultados: Caín y Abel engendraron un par de sobrinos y sobrinas. Estos, a su vez, engendraron primos en segundo grado. Desde aquí la clasificación de las relaciones comenzó a ponerse difícil, y el intento por seguir contándolas fue abandonado.

La placentera labor de poblar el mundo continuó por siglos, y con gran pericia; porque en aquellos días felices los sexos todavía seguían al pie del cañón para el Arte Supremo, cuando por condena debieron haber estado muertos hace ochocientos años. El sexo más dulce, el más querido, el más amado se mostró en su mejor momento, incluso fue capaz de atraer a los dioses. Verdaderos dioses. Bajaron del cielo y la pasaron de maravilla con todos esos ardientes capullitos. La Biblia habla de ello.

Con ayuda de estos turistas la población creció y creció hasta que numeró muchos millones. Pero fue una desilusión para la Deidad. Estaba insatisfecho con la conducta de los hombres; la cual en algunos aspectos no era mejor que la suya. De hecho eran de un pobrísimo parecido. Fueron muy malas personas, y como no sabía de ningún camino para reformarlos, sabiamente concluyó eliminarlos. Realmente esta es la única idea brillante y más alta que su Biblia le ha concedido, y se habría hecho famoso si hubiera podido hacerlo y llevarlo a cabo. Pero siempre fue inseguro —excepto en sus advertencias—y su buen juicio se vino abajo. Se sentía orgulloso del hombre; el hombre era su invención más delicada; el hombre era su mascota, después de la mosca, y no podía soportar perderlo del todo; al final decidió salvar una parte de él y ahogar al resto.

Nada podía ser más característico de Él. Creó a todas esas perversas personas, y fue el único responsable de su conducta. Ni uno de ellos merecía morir, aunque ciertamente era buena política extinguirlos; especialmente porque al crearlos el mayor crimen había sido ya cometido, y permitirles seguir procreando sería una adición más al crimen. Pero al mismo tiempo no debería haber imparcialidad ni ningún favoritismo —todos debían ahogarse o ninguno.

No, Él no lo quiso así; salvaría una media docena y empezaría de nuevo. No pudo vaticinar que todo se pudriría nuevamente, pues Él es el Más Sabio solamente en sus advertencias.

Salvó a Noé y a su familia, y dejó todo listo para exterminar al resto. Planeó un Arca, y Noé la construyó. Ninguno de los dos había construido alguna vez un Arca, o sabido algo sobre Arcas; y entonces algo insólito debía de esperarse. Ocurrió. Noé era un granjero, y aunque sabía qué se requería para el Arca no tenía mucha idea si sería lo suficientemente grande para reunir los requerimientos (o cuáles no), y nadie lo ayudó. La Deidad no sabía si era lo suficientemente grande, pero se arriesgó y no realizó ninguna prevención adecuada. Al final el barco se quedó corto de necesidades, y el mundo sufre por ello hasta el día de hoy.

Noé construyó el Arca. La construyó lo mejor que pudo, pero dejó fuera lo más esencial. No tenía timón, no tenía velas, no tenía compás, no tenía motores, no tenía carta náutica, ni línea de plomo, ni anclas, ni bitácora, ni luz, ni ventilación, y en cuanto al cuarto de carga —que era lo principal—mientras menos digamos, mejor. Iba a estar en el mar once meses, y necesitarían suficiente agua fresca para llenar dos Arcas de su tamaño —aunque el Arca adicional no se proveyó—. El agua de afuera no podía utilizarse: la mitad sería agua salada, y no podían beberla ni hombres ni animales de tierra.

No sólo un puñado de hombres debía salvarse, sino ejemplares de otros animales, también. Deben entender que cuando Adán comió de la manzana en el Jardín y aprendió cómo multiplicarse y renovarse, los otros animales aprendieron el Arte, también, mirando a Adán. Fue astucia de ellos, estaba claro; porque obtuvieron todo lo que importaba obtener de la manzana sin probarla y sin afligirse con el desastroso Sentido Moral, padre de todas las inmoralidades.


Carta V

Noé comenzó a recolectar animales. Tenía que haber una pareja de cada una y de todas las criaturas que caminaran o se arrastraran, o nadaran o volaran, en el mundo de la naturaleza animada. Tenemos que suponer cuánto le llevó y costó recolectarlas, pues no hay registros de ello. Cuando Símaco pensó la ceremonia para introducir a su hijito a la vida adulta en la Roma imperial, envió hombres al Asia, África y a todas partes a recolectar animales salvajes para luchar en las arenas. Les llevó tres años acumularlos y llevarlos a Roma. En su mayoría cuadrúpedos y reptiles, ya saben —ni pájaros, ni serpientes, ni ranas, ni gusanos, ni piojos, ni ratas, ni ácaros, ni garrapatas, ni orugas, ni arañas, ni moscas, ni mosquitos—, nada más que meros cuadrúpedos y reptiles: y no cualquiera sino los que pudieran luchar. Pero es como he dicho: le tomó tres años recolectarlos, y el costo de los animales y del transporte y el salario de los hombres alcanzó los cuatro millones y medio de dólares.

¿Cuántos animales? No lo sabemos. Pero fueron casi cinco mil, pues éste fue el número más grande que alguna vez se reunió en estos espectáculos romanos, y fue Tito, no Símaco, quien hizo esta recolección. Aquellos fueron meros museos de niños, comparados con el contrato de Noé. De aves y bestias y criaturas de agua fresca tuvo que reunir 146.000 especies; y de insectos, dos millones.

Las miles y miles de esas cosas son muy difíciles de atrapar, y si Noé no lo hubiera dejado y renunciado, todavía estaría haciéndolo, como el Levítico solía decir. De todas formas, no me refiero a que dejó todo tirado. No, no hizo eso. Reunió tantas criaturas como espacio tenía, y después se detuvo.

Si hubiera sabido todos los requerimientos desde el principio, hubiera estado al tanto que lo que se necesitaba era una flota de Arcas. Pero no sabía cuántos tipos de criaturas había, tampoco su Jefe. No tenía canguros, ni zarigüeyas, ni monstruos de Gila, ni ornitorrincos, y faltaron cientos de otras indispensables criaturas que el amoroso Creador había provisto para el hombre y de las que se había olvidado, pues se habían internado en un rincón del mundo que no tenía visto y de cuyas actividades no tenía información. Y así cada una de ellas estuvo a un pelo de ahogarse.

Escaparon únicamente por accidente. No llovió tanto como para hundir todo. Solamente alcanzó para inundar un pequeño rincón del globo —el resto no se conocía por entonces, y se suponía inexistente—.

Sin embargo, lo que realmente y finalmente y definitivamente determinó a Noé parar con la recolección de todas las especies por simples propósitos prácticos y dejar que el resto se extinguiera, fue un incidente en los últimos días: un ansioso extranjero llegó con una alarmante noticia. Dijo que había estado acampando entre las montañas y los valles a unas seis mil millas de ahí y había visto una cosa maravillosa: se detuvo sobre un precipicio mirando un amplio valle, y sobre el valle vio un olear negro de extraños animales viniendo. En breve llegaron las criaturas, apretadas, luchando, embarradas, chillando, resoplando —¡horribles e inmensas masas de tumultuosa carne!—. Perezosos tan grandes como un elefante; ranas tan grandes como vacas; un megaterio y su inmenso harem; saurios y saurios y saurios, grupo tras grupo, familia tras familia, especie tras especie —más de treinta metros de largo, diez metros de alto, y el doble de traicioneros—; uno de ellos azotó a un hermoso toro de Durham con un golpe de su cola y lo mandó zumbando cien metros para arriba y cayó junto al hombre con un suspiro y ahí quedó. El hombre dijo que estos prodigiosos animales habían oído del Arca y estaban viniendo. Viniendo para salvarse del diluvio. Y no venían en pares, todos venían: no sabían que los pasajeros estaban restringidos a pares, dijo el hombre, y no les importaban las reglas —ni las del Arca o la razón del por qué—. El extranjero dijo que el Arca no soportaría ni la mitad de ellos; y para peor, venían hambrientos, y se hubieran comido todo lo que tenían, incluyendo a los animales y a la familia.

Todos estos hechos fueron suprimidos en la historia Bíblica. No se dice nada de esto allí. Toda la cosa se silenció. Ni siquiera se mencionan los nombres de estas colosales criaturas. Les demuestra que cuando la gente ha dejado la cláusula de un contrato en el aire pueden ser tan turbios como cualquier parte de la Biblia. Estos poderosos animales serían de un inestimable valor para el hombre hoy en día, ya que el traslado es tan fatigoso y extenso, pero desaparecieron. Todos desaparecidos, y por culpa de Noé. Todos se ahogaron. Algunos hace tanto como ocho millones de años.

Muy bien, el extraño contó esta historia, y Noé vio que debía partir antes de que los monstruos llegaran. Debía partir al instante, pero los tapiceros y decoradores del mosqueado salón principal aún tenían detalles por terminar, y perdieron una semana. Otro día se perdió en hacer que las moscas abordaran, había sesenta y ocho billones de ellas y la Deidad aún temía que no fueran suficientes. Otro día se perdió almacenando cuarenta toneladas de mugre para que las moscas se alimentaran.

Entonces al final, Noé partió; y al rato, el Arca estaba alejándose de la vista del horizonte cuando llegaron los monstruos, y sumaron sus lamentos a los miles de llantos de padres y madres y de asustados niñitos que trepaban las resbaladizas rocas que se iban mojando con el agua de la tormenta, y elevaban suplicantes oraciones al JUSTO y MISERICORDIOSO y COMPASIVO e INDULGENTE SER que nunca había respondido una sola oración desde que aquellos peñascos habían sido construidos, grano por grano, desde las arenas, y que no respondería a una sola de ellas aún cuando el tiempo las hubiera desmenuzado en arena nuevamente.


Carta VI

Al tercer día, a media mañana, se descubrió que una mosca había quedado abajo. El viaje de vuelta resultó ser largo y dificultoso, debido a que carecían de carta de navegación y compás, y por el cambiado aspecto de todas las costas; el persistente aumento de agua había sumergido algunas de las cimas más bajas como referencia y dado a las más altas una vista poco familiar; pero después de dieciséis días de infructuosa y ferviente búsqueda, finalmente encontraron la mosca y fue recibida a bordo con cánticos de alabanza y gratitud, y la Familia de pie reverenciando su divino origen. La mosca estaba cansada y sucia, y la había pasado un poco mal con el clima, pero estaba en perfectas condiciones. Hombres y sus familias habían muerto de hambre sobre las desérticas cimas montañosas, y no le faltó comida, multitudinarios cadáveres en fila adornaban las cimas deliciosamente descompuestos. Así fue salvado, providencialmente, el bicho sagrado.

Providencialmente. Esa es la palabra. Pues la mosca no se había quedado atrás por accidente. No, la mano de la Providencia estaba en todo esto. No hay accidentes. Todas las cosas que ocurren, ocurren por algo. Son previstas desde el principio del tiempo, son decretadas desde el principio del tiempo. Desde el Alba de la Creación el Señor había previsto que Noé, inquieto y confundido ante la invasión futura de miles de fósiles, huiría al mar no sin antes hacerse de una invaluable enfermedad; portaría todas las enfermedades, y las distribuiría entre las nuevas razas de hombres que irían apareciendo en el mundo, pero carecería de una de las más fuertes —la fiebre tifoidea—; un padecimiento que, cuando las circunstancias son especialmente favorables, es capaz de destrozar completamente a un paciente sin matarlo; aunque éste puede recuperarse y seguir teniéndola durante el resto de su vida, quedando sordo, tonto, ciego, tullido, e idiota. La mosca es su principal diseminador, y es la mejor y más calamitosamente efectiva dentro de todos los otros distribuidores juntos. Y entonces, por predestinación, esta mosca quedó atrás para hacerse de un cadáver con tifoidea y alimentarse de sus putrefacciones y llenar sus patas con gérmenes y transmitirlos a los nuevos pobladores del mundo, para siempre. Porque de esa sola mosca, desde las épocas que han transcurrido hasta hoy, billones de lechos han sido ensuciados, billones de cuerpos destrozados sobre la tierra, y billones de cementerios se han llenado de muertos.

Es muy difícil entender el carácter de Dios en la Biblia, es una confusión de contradicciones; es de una bamboleante inestabilidad y de una firmeza de hierro; de sagradas abstracciones morales, y verdaderos epítetos del infierno; es de un dulce lamento maligno.

De todas formas, cuando después de muchas interrogantes llegas al centro de su disposición, logras por fin una especie de entendimiento sobre ello. Con la más excéntrica y juvenil y asombrosa franqueza ha enfundado este secreto. ¡Es la envidia!

Espero que esto los deje sin respiración. Ustedes saben —porque ya les he dicho en otra carta— que entre los humanos la envidia califica claramente como una debilidad; una marca registrada de pocas mentes; una propiedad de todas las mentes pobres, aunque una propiedad ante la cual incluso la más pequeña se avergüenza; y cuando lo acusan de tenerla lo niega y lo siente como un insulto.

Envidia. No la olviden, acuérdense. Es el secreto. Con esto entenderán, más o menos, a Dios mientras les sigo contando; sin ello nadie puede entenderlo. Como he dicho, ha mantenido oculto este secreto, a la vista de todos. Él dice, ingenuamente, abiertamente, y sin ponerse colorado: «Yo, el Señor, tu Dios, soy un celoso Dios».

Ven, es otra manera de decir, «Yo, el Señor Dios, soy un pequeño Dios; un pequeño Dios, y me molestan los detallitos».

Él estaba dando una amenaza: no soporta que el pensamiento de ningún otro Dios reciba alguno de los cumplidos que Él recibe cada domingo por parte de estas graciosas personitas —los quería a todos para Él—. Los aprecia. Para Él ellos eran ricos; tanto como una moneda de estaño lo es para un Zulú.

Pero esperen —no estoy siendo justo—; lo estoy tergiversando; el prejuicio me está seduciendo a decir lo que no es cierto. Él no dijo que quería todos los piropos; no dijo nada de no estar dispuesto a compartirlo con sus amigos dioses; lo que dijo fue: «No habrá ningún otro dios ante mí».

No es lo mismo, y lo deja un poco mejor parado —lo confieso—. Había una abundancia de dioses, los bosques estaban llenos de ellos, como dicen, y todo lo que dijo fue que fuese calificado tan alto como los otros —no por encima, aunque tampoco por debajo de ninguno de ellos—. Él estaba dispuesto a que fertilizaran vírgenes terrenales, pero no con las mismas condiciones de las que podía tener para sí mismo. Quiso mantener su igualdad. Sobre esto insistió, con un lenguaje clarísimo: no podían tener ningún otro dios antes de él; podían marchar uno junto al otro, pero ninguno de ellos podía encabezar la procesión, y tampoco exigió el derecho de hacerlo.

¿Piensan que pudo mantenerse honesta y respetablemente en esta posición? No. Puede mantener una mala decisión por siempre, pero no puede mantenerse en una buena por mes. En un momento dio un paso al costado y tranquilamente proclamó ser el único Dios en todo el universo.

Como iba diciendo, la envidia es la clave; está presente y palpable en toda su historia. Es la médula de su arte, es la base de su carácter. ¡Cuán poco le cuesta perder la compostura y trastornarse si activan la ira de su envidia! Y nada lo trastorna más, tan rápido, indudable y exageradamente, como la sospecha de que desconfíen de su voluntad en algún momento. El miedo de que si Adán y Eva comían del fruto del Árbol del Conocimiento los «convirtiera en dioses» lo puso tan celoso que se volvió loco, y no pudo tratarlos ni con justicia ni con caridad, o incluso abstenerse de ser un duro criminal con su inocente descendencia.

Hasta el día de hoy nunca se ha recuperado de este shock; desde siempre lo ha poseído una pesadilla salvaje y vengativa, y casi ha arruinado la virginal ingenuidad del hombre al inventar dolores y miserias y humillaciones y congojas con las que envenena la corta vida de los descendientes de Adán. ¡Piensen en las enfermedades que les ha planeado! Son muchísimas; ningún libro puede nombrarlas todas. Y cada una es una trampa para una víctima inocente.

El ser humano es una máquina. Una máquina automática. Está compuesta de cientos de complejos y delicados mecanismos, que realizan armoniosa y perfectamente sus funciones, de acuerdo a las leyes trazadas para gobernarse, y sobre las cuales el hombre mismo no tiene autoridad, ni manejo, ni control. Para cada uno de estos miles de mecanismos el Creador ha planeado un enemigo, cuyo trabajo es acosarlo, incomodarlo, perseguirlo, dañarlo, afligirlo con dolores, y miserias, y finalmente destruirlo. Nada ha sido pasado por alto.

Estos enemigos trabajan todo el tiempo, desde la cuna hasta la tumba; no conocen descanso, de noche o de día. Son un ejército: un ejército organizado; un ejército combativo; un ejército de ataque; un ejército alerta, atento, impaciente, fiero; un ejército que nunca cede, que nunca da tregua.

Se mueve en escuadrones, en compañía, en batallón, en regimiento, en brigada, en división, en todos los cuerpos; en ocasiones aúna sus partes y se mueve sobre la humanidad con toda su fuerza. Es el Gran Ejército del Creador, y Él es el Comandante en Jefe. Junto a su batallón, hondea la horripilante pancarta con sus consignas de cara del sol: Desastre, Enfermedad, y lo demás.

¡Enfermedad! ¡Esta es la fuerza principal, veloz, la fuerza devastadora! Ataca al niño cuando nace; lo llena de enfermedades, una tras otra: anginas, sarampión, paperas, gastritis, dolores de dientes, fiebre escarlata, y otras especialidades. Persigue al niño hasta la juventud y lo llena de «delicadezas» durante esta época de vida. Persigue al joven hasta la adultez, de la adultez a la vejez, de la vejez a la tumba.

¿Frente a esto podrían adivinar ahora el sobrenombre que le pusieron a este salvaje Comandante en Jefe? Les ahorraré el problema —pero no deben reírse—. Lo llaman, ¡Nuestro Padre en el Cielo!

Es curioso —la manera cómo trabaja la mente humana—. Los cristianos empezaron con esta proposición, inflexible e intransigente: Dios es el más sabio, y todopoderoso.

Siendo este el caso, no puede ocurrir nada sin que de antemano lo sepa; nada ocurre sin su permiso; nada puede pasar que Él no quiera prevenir.

Esto es evidente, ¿no es así? Hace que el Creador sea claramente el responsable de todo lo que ocurre, ¿no es así?

Los cristianos lo admiten con la sentencia en itálica que está más arriba. Lo conceden profundamente, con entusiasmo.

Entonces, habiendo sido el Creador responsable de todas estas dolencias y enfermedades y miserias arriba enumeradas, y las cuales pudo haber prevenido, ¡los inteligentes Cristianos escuálidamente lo llaman Nuestro Padre!

Es como les digo. Caracterizan al Creador con todos los atributos que componen un demonio, ¡y concluyen que un demonio y un padre son la misma cosa! Aunque podrían negar que un lunático malintencionado y el director de una escuela dominical sean esencialmente lo mismo. ¿Qué piensan de la mente humana? Quiero decir, en caso de que crean que existe una mente humana.


Carta VII

Noé y su familia se salvaron —si puede decirse así—. Escribo el «si» porque nunca hubo una persona inteligente de sesenta años que quisiera vivir su vida nuevamente. Él o cualquiera. La Familia se salvó, sí, pero se sentían enfermos, pues estaban llenos de microbios. Llenos hasta las cejas; gordos con ellos, obesos con ellos, hinchados como pelotas. Era muy desagradable, pero no podían evitarlo, tenían que salvarse muchos microbios para aprovisionar a las futuras razas de hombres con desoladoras enfermedades, y no había más que ocho personas a bordo para servirles de hoteles. Los microbios por lejos eran la parte más importante de la carga del Arca, y una parte del Creador estaba muy ansioso y obsesionadísimo con todo esto; tenían que estar bien alimentados y cómodamente alojados. Eran gérmenes tifoideales, y de cólera, hidrofóbicos, y gérmenes de tétano, y de tuberculosis, y gérmenes de la plaga negra, y cientos de otras distinguidas y delicadísimas creaciones, mensajeros dorados del amor que Dios le tiene al hombre, benditos regalos del Padre obsesionado por sus hijos —y tenían que estar dignamente cómodos y entretenidos—; los gérmenes estaban ubicados en muchos lugares dentro de la Familia: en los pulmones, en el corazón, en el cerebro, en los riñones, en la sangre, en los intestinos. En los intestinos principalmente. El intestino largo era donde más les gustaba. Allí se reunían, por millones, y trabajaron, y se alimentaron, y se retorcieron, y elevaron hosannas al cielo; y de noche, cuando estaba todo en silencio, podía escucharse el suave murmullo que hacían. El intestino largo era en efecto su cielo. Lo convirtieron en piedra; lo volvieron tan rígido como una cañería de gas. Se sentían orgullosos de todo esto. El principal de sus cantos hacía una gratificante referencia a esto: «Estreñimiento, oh estreñimiento,

El alegre sonido lo proclama
Desde las remotas entrañas del hombre
Alabado ser el nombre del Hacedor».

Las incomodidades que ocurrieron en el Arca fueron muchas y variadas. La Familia tenía que vivir en presencia de todos los animales, y respirar su angustiante hedor y los ensordecían día y noche con el ruido de sus rugidos y chillidos; y además de estas fatigosas incomodidades era un lugar particularmente complicado para las damas, porque en cualquier dirección que miraran podían ver a las cientos de criaturas multiplicándose e hinchándose. Y también, estaban las moscas. Zumbaban por todas partes, y perseguían a la Familia durante todo el día. Fueron los primeros en subir, por la mañana, y los últimos en bajar, de noche. Sin embargo, no debían matarlas, no debían herirlas, eran sagradas, su origen era divino, eran las mascotas más queridas del Creador, sus regalonas.

Tarde o temprano las otras criaturas se distribuirían por toda la tierra —dispersos—: los tigres a India, los leones y los elefantes a los desolados desiertos y a los recónditos escondites de la jungla, los pájaros a los páramos infinitos, los insectos a uno u otro clima, según su naturaleza y necesidad; pero, ¿la mosca? No es de ninguna nacionalidad; todos los climas son su casa, todo el globo es su provincia, todas las criaturas que respiran son su presa, y junto a ellas todo es un castigo y un infierno.

Para el hombre la mosca es un embajador del cielo, un ministro plenipotenciario, el representante especial del Creador. Desde la cuna lo infesta; aferrándose de a muchas a sus pegajosos párpados; le zumba y lo muerde y lo acosa, sacándolo del sueño; y en esas largas noches la cansada madre entrega toda su fuerza para proteger a su niño de esta apestosa persecución. La mosca acosa al enfermo en su casa, en el hospital, incluso en su lecho de muerte hasta el último suspiro. Lo apesta cuando come; antes persigue enfermos que padecen asquerosas y mortíferas enfermedades; vadea en sus llagas, infecta sus piernas con millones de gérmenes letales; después va a la mesa del hombre sano y se limpia sobre la mantequilla y descarga cantidad de gérmenes y excrementos tifoideales en sus alimentos. La mosca destroza más cuerpos humanos, y destruye más vidas humanas, que toda la infinidad de miserias y «agentes de muerte» juntas enviadas por Dios.

Sem estaba lleno de parásitos. Es increíble la rigurosidad y preocupación que le dedicó el Creador al hacendoso trabajo de hacer miserable la vida del hombre. Les dije que había inventado un «agente de sufrimiento» para cada detalle de su cuerpo, sin olvidarse de ninguno, y no miento. Muchos pobres andan a pies pelados, pues no tienen para pagarse un par de zapatos. El Creador se dio cuenta de esto. Comentaré, de paso, que siempre lo tiene en la mira. Nueve de diez de las enfermedades que inventó se las consagró al pobre, y las siguen teniendo. El adinerado tiene únicamente la que sobró. No piensen mal de mí porque lo digo como si no me importara, no es así: miles de las torturas que pensó el Creador se diseñaron especialmente para acosar al pobre. En serio, de hecho, uno de los nombres más comunes y elegantes que le tienen es «El Amigo del Pobre». Bajo ningún motivo le pondrían un nombre que tuviese algo de verdad. El enemigo más implacable e incansable del pobre es su Padre en el Cielo. El único amigo verdadero del pobre es su semejante. El hombre siente pena por ellos, los compadece, y se los demuestra en sus oraciones. Hace mucho para mitigar sus angustias; y en cada ocasión quien obtiene el crédito de ello es su Padre en el Cielo.

Así con las enfermedades. Si la ciencia acaba con una enfermedad, es Dios quien recibe el crédito, ¡y todo agradecido grita y se deslumbra con lo bueno que es! Sí, lo hace. Ha esperado quizás cientos de años para hacerlo. Esto no es nada; los fanáticos dicen que todo el tiempo está pensando en los más desvalidos. Cuando el hombre exasperado se levanta y arrasa con la tiranía liberando una nación, lo primero que hacen los fanáticos es proclamarlo como obra de Dios, y se arrodillan y le dan las gracias por lo que hizo. Y con gran emoción dicen: «Dejemos que los tiranos entiendan que el Ojo que nunca duerme está sobre ellos; y recordemos que el Señor, Nuestro Dios, no siempre será paciente, sino que liberará sobre ellos los torbellinos de su ira el día que tiene que ser».

Se olvidan de mencionar que Él es el vigía más lento del universo; que su Ojo que nunca duerme, para bien o para mal, tarda una centuria en ver lo que cualquier otro ojo hubiera visto en una semana; en toda la historia no hay un solo momento donde haya pensado primero en un noble deseo, sino que siempre lo hizo un poquito después de que alguien lo haya pensado y hecho. Llega entonces llevándose todos los aplausos y hurras.

Muy bien, seis mil años atrás Sem estaba lleno de parásitos. Microscópicos en tamaño, invisibles a simple vista. Todos los agentes de enfermedades del Creador especialmente mortíferos son invisibles. Es una gran idea. Desde hace miles de años no deja que el hombre obtenga la raíz de sus enfermedades, y desbarató sus intentos de saber cuál era la causa. Hace poco que la ciencia ha triunfado en aclarar algunas de estas traiciones.

Uno de estos últimos benditos triunfos de la ciencia es el descubrimiento e identificación del asesino encubierto que tiene por nombre parásito. Su presa preferida es el pobre a pie pelado; lo espera en lugares tibios y arenosos y cava su camino hacia sus desprotegidos pies.

El parásito intestinal fue descubierto por un médico dos o tres años atrás que había estudiado pacientemente a sus víctimas durante mucho tiempo. La enfermedad inducida por el parásito hacía de las suyas por todos lados desde que Sem descendió en Ararat, pero nunca se sospechó de ser completamente una enfermedad. La gente que la tenía se pensaba que solamente eran flojos, y fueron objeto de burla y desprecio, cuando debían haber sido compadecidos. El parásito es un extraño secreto y una engañosa invención, y ha hecho de las suyas tranquilamente en silencio por años; pero este médico y sus ayudantes lo exterminarán desde ya.

Dios está tras de esto. Ha estado pensando en ello durante casi seis mil años antes de tomar una decisión. La idea de exterminar el parásito intestinal. Estuvo muy cerca de hacerlo antes que el Doctor Charles Wardell Stiles lo hiciera. Pero aún está a tiempo de obtener el crédito por esto. Siempre lo está.

Va a costar un millón de dólares. Probablemente pensaba en contribuir esta suma cuando un hombre se le adelantó —como siempre—. Mr. Rockefeller. Él pone la plata, pero el crédito va para otro lado —como siempre—. El diario matutino nos dice algo de la acción del parásito:

Los parásitos intestinales usualmente reducen la vitalidad de aquellos que están afectados, como retardar su desarrollo físico y mental, haciéndolos más susceptibles a otras enfermedades, disminuyendo su eficacia laboral, y en los lugares donde la enfermedad es más intensa, el incremento de la tasa de mortalidad por tuberculosis, neumonía, fiebre tifoidea y malaria, aumenta. Se ha visto que la poca vitalidad de la población, ampliamente atribuida a la malaria y al clima y afectando seriamente al desarrollo económico, es de hecho debido, en algunas comunas, a estos parásitos. La enfermedad no está en absoluto limitada a una sola clase; entrega su cuota de sufrimiento y muerte a los más inteligentes y también por cierto a los menos afortunados. Un cálculo conservador es que dos millones de nuestra gente están infectados por este parásito. La enfermedad es más común y más seria en niños de edad escolar que en personas de más edad.

Aunque sea una infección seria y generalizada, todavía hay un panorama alentador. La enfermedad puede ser fácilmente reconocida, fácil y efectivamente tratada y con una simple y correcta precaución sanitaria, se puede prevenir exitosamente [con ayuda de Dios].

Los pobres niños están en la mira del Ojo que nunca duerme, como pueden ver. La mala suerte los persigue desde siempre. Ellos y «Los Pobres del Señor» —como dice el sarcasmo— nunca han sido capaces de librarse de las atenciones del Ojo.

Sí, el pobre, el humilde, el ignorante —a ellos agarra—. Tomemos la «Enfermedad del Sueño» de África. Esta espantosa crueldad, tiene por víctimas a una raza de ignorantes e inofensivos negros, a quienes Dios ubicó en una perdida jungla, y puso su Ojo vigía sobre ellos —ese que nunca duerme cuando hay oportunidad de engendrar tristeza a alguien—. Dejó todo listo antes del Diluvio. El «agente» elegido fue una mosca, pariente de la tse-tsé; la tse-tsé es una mosca que gobierna el país de Zambesi y pica al ganado y a los caballos hasta morir, haciendo que el hombre no pueda vivir en esta región. El horrible pariente de la tse-tsé deposita un microbio que produce la Enfermedad del Sueño. Cam estaba lleno de estos microbios, y cuando el periplo terminó, Dios los desparramó por el África y comenzó el caos, nunca encontraron cura hasta después de seis mil años cuando la ciencia metió sus narices y encontró la causa de la enfermedad. Los feligreses agradecen y rezan a Dios por haber venido al rescate de los sufridos negros. Los fanáticos dicen que las oraciones lo alaban. Ciertamente Dios es un Ser curioso. Comete un crimen terrible, lo sigue haciendo durante seis mil años, y después se gana todas las alabanzas porque sugiere a alguien para modificar los males que ha hecho. Le llaman Paciente, y ciertamente debe ser paciente, o hace mucho habría acabado con su fanaticada por todos los horribles piropos que le recitan.

La ciencia tiene esto para decir de la «Enfermedad del Sueño», también llamada el «Letargo Negro»:

Se caracteriza por períodos de sueño en intervalos. La enfermedad dura de cuatro meses a cuatro años, y siempre es fatal. La víctima se muestra lánguida, débil, pálida, y estúpida al principio. Sus párpados se hinchan, le aparecen erupciones en la piel. Se queda dormido mientras habla, come o trabaja. A medida que la enfermedad progresa come con dificultad y se pone muy esquelético. La mala nutrición y la aparición de llagas son seguidas de convulsiones y muerte. Algunos pacientes se vuelven locos.

Es a quien la Iglesia y la gente llama Nuestro Padre Celestial quien inventó la mosca y quien envió este oscurísimo misterio y esta melancolía y esta miseria, y el deterioro del cuerpo y la mente, sobre estos pobres salvajes que no le han hecho ningún daño al Gran Criminal. No hay un hombre en el mundo que no sienta compasión por estos negritos, y no hay un hombre en el mundo que no haría todo lo posible si pudiera. Para encontrar a la única persona que no siente piedad por ellos deben ir al cielo; para encontrar a la persona que sea capaz de curarlo y no poder persuadirla de hacerlo, deben ir al mismo lugar. Hay sólo un padre lo suficientemente cruel capaz de infringir a su hijo esta horrible enfermedad —uno solo—. Ni todas las eternidades pueden producir otro igual. ¿Qué les parecen estos reproches poéticos expresados con profunda indignación? Aquí hay uno, robado del corazón de un esclavo: ¡La falta de humanidad del hombre hacia el hombre Causa incontables lamentos!

Les contaré una linda historia que tiene un toquecito de sarcasmo. Un hombre se hace de una religión, y pregunta al sacerdote qué debe hacer para ser digno de ella. El sacerdote le dijo: «Imita a Nuestro Padre Celestial, aprende a ser como él». El hombre estudió la Biblia acuciosamente y cuidadosamente y muy concentrado, y luego de rezar bajo la cúpula celestial llevó a cabo sus imitaciones. Hizo que su esposa cayera por las escaleras, y se rompiese la espalda y quedara paralítica de por vida; traicionó a su hermano entregándolo a las manos de un pillo, quien le robó todo dejándolo en el asilo; infectó a un hijo con parásitos, a otro con la enfermedad del sueño, a otro con gonorrea; hizo que su hija enfermara de fiebre escarlata quedando sorda, muda, y ciega de por vida; y después de ayudar a un bandido a seducir a la otra, le cerró las puertas y murió maldiciéndolo en un burdel. Después se reportó donde el sacerdote, quien dijo que esa no era forma de imitar a su Padre Celestial. El converso preguntó cómo es que había fallado, pero el sacerdote cambió de tema y preguntó qué cómo estaba el día en su pueblo.


(Sigue leyendo)

Una respuesta a “Cartas desde la tierra (II)

  1. Pingback: Cartas desde la tierra (I) | Periódico Irreverentes·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .