Gog (VII)

Giovanni Papini






Paidocracia

Nueva York, 2 septiembre.

Hubo un tiempo, según cuentan, en que los ancianos mandaban. Monopolio del culto y del poder: gerontocracia. Ahora nos hallamos en plena paidocracia. Dominan en todo los muchachos. Son ellos los que dan color e impulso a la civilización. Nos hallamos en manos de los menores.

Basta con mirar. Los gustos de la infancia se han convertido en los de la mayoría. Comenzando por la literatura. El libro más afortunado de estos últimos tiempos, en Francia, es el Diable au corps, de Radiguet, escrito por un adolescente; y en Inglaterra, The young visitors, de Daisy Ashford, compuesto por una muchacha, más bien una niña, de nueve años.

¿Por qué, nunca como ahora, el género literario más fecundo y más editado es la novela, género del que durante tantos siglos el mundo ha prescindido? Porque los hombres ahora se han vuelto niños y quieren oír contar historias. Entre los cuentos de la abuela, por ejemplo, y las novelas de Branch Cabell o Garnett, no hay, en el fondo, más que una diferencia de nombre. El surrealismo y el dadaísmo renuevan el incoherente balbuceo pueril.

En, la pintura, los modernísimos dibujan como los niños; han vuelto al sintetismo ingenuo y malgarbado de las figuras que se encontraban antes en los cuadernos de la escuela o en las paredes de las letrinas. El douanier Rousseau, tan admirado ahora, es uno que imagina y colorea como un muchacho de diez o doce años.

La misma transformación en las diversiones. Los griegos antiguos buscaban su alegría en la tragedia, que exigía, para ser gustada, reflexión y cultura. Hoy no sólo los muchachos, sino también los hombres y las mujeres de toda edad, se precipitan al cinematógrafo, que no es otra cosa, al fin, que la antigua linterna mágica, delicia de los muchachos de antes, perfeccionada. Ningún esfuerzo intelectual se exige a los aficionados a los films; lo que es propio del adulto, la inteligencia, es puesto aparte. Todas las diversiones hoy populares son más visibles que espirituales y, por lo tanto, infantiles.

Una de las pasiones del muchacho que juega es la competición; ser el primero. Los hombres, en nuestros días, han introducido esta manía infantil en todas las cosas: en las más insignificantes y en las más graves. Batir un récord es hoy el ideal de todos; el de los antiguos era la sabiduría, la paz, la renuncia.

La manía del deporte es otro síntoma; casi todos los deportes no son nada más que viejos juegos infantiles adaptados a los mayores y hechos más solemnes por la publicidad y la especulación. Los muchachos dicen: hacer carreras, jugar a la pelota, jugar con los puños; los adultos dicen: pedestrismo, fútbol, boxeo, etc.

¿Y las máquinas más difundidas y más amadas no son tal vez juguetes agigantados y hechos peligrosos? No digo las máquinas que producen realmente un trabajo, sino las que usan todos: el automóvil el gramófono, la radio. De cien personas que van en automóvil, tal vez únicamente diez lo adoptan por necesidad: para los otros es un juego, un pasatiempo, una diversión. Un juego para adelantar a los demás coches, el pasatiempo de la velocidad la diversión de la fuga y del torbellino… Muchachadas.

Este infantilismo progresivo se encuentra incluso en la filosofía. A la razón, a la dialéctica —cualidad y fuerza del hombre maduro—, sustituyen siempre el estro, el inconsciente, la intuición; en suma lo irracional, propio del espíritu del muchacho.

El comercio del muchacho se funda todo en el cambio, y con el cambio entre mercaderes (grano contra utensilios) hemos vuelto al país que se imagina hallarse a la vanguardia del progreso humano: Rusia. Los cambios que he visto en los mercados clandestinos de Moscú se parecían exactamente a los cambios de los antiguos escolares.

Las mujeres, siempre las primeras en darse cuenta de dónde sopla el viento, han comprendido ya lo que se debe hacer y en todo buscan parecerse a los jovencitos. El ideal de la mujer antigua era la matrona; el de la modernísima, el efebo.

Y se me ocurre que la palabra presbítero viene de présbite y quiere decir viejo. La civilización moderna, con su tendencia a la hegemonía de los impúberes, ¿será tal vez la contraposición del sacerdocio?


La colección de gigantes

Nueva Orleáns, 15 octubre.

No me gustan las colecciones que todos hacen. Los big businessmen, que van a adquirir en Europa las dudosas pinturas de Botticelli y de Van der Meer, y los colores y los marfiles de una aristocracia en liquidación, me dan asco.

A civilización nueva, colecciones nuevas. La primera que he deseado hacer, desde que he tenido medios, ha sido una colección de gigantes. Siendo muy joven vi en San Francisco un gigante negro que se exhibía en los bares con un papagayo verde, vivo, sobre la crespa peluca. No decía palabra, pero sus ojos hablaban por él. Nadie le daba nada: mi cent le hizo sonreír un momento como un muchacho sediento que ve una naranja. Desde aquel día sentí siempre una gran simpatía hacia los gigantes.

Pero me ha sido necesario casi un año para reunir mi colección. Mis agentes dispersados por las varias partes del mundo, los directores de los circos y de los teatros, no han sido capaces de proporcionarme más que diecisiete; dieciséis machos y una hembra.

En una pradera de la Luisiana, en la orilla del Red River, no lejos de Colfax, había hecho preparar una aldea para ellos, fabricada a propósito con casas de madera altas como torres: una casa para cada uno.

Una barraca más grande, para simplificar la vida estaba destinada a cocina y refectorio; dos gigantes, por turno, debían encargarse de los servicios de boca. Una mañana sí y otra no, un camión traía de Colfax los víveres para la colonia. La pradera tenía una extensión de cien acres y se hallaba cerrada con vallado de espino para alejar a los curiosos Los gigantes estaban allí para mí solo, no para hacerlos ver a los muchachos y a los vagabundos.

Los trataba bien. No sólo eran alimentados, alojados y vestidos, sino que recibían todos los meses, cada uno, trescientos cincuenta dólares. La aldea venía a costarme, sumando todo, 73.000 dólares al año. Pero nadie, en el mundo, podía alabarse de poseer semejante colección.

Pero al terminar las primeras semanas comenzaron las dificultades. Mis gigantes eran de razas diversas y no se entendían entre sí. Tres o cuatro únicamente hablaban inglés. Había dos noruegos, tres rusos, un negro, cuatro alemanes, un italiano, un chino, un sikh de la India, tres australianos, un canadiense. La mujer era una india del Norte, el único ejemplar encontrado en los Estados Unidos, esta fue, aunque fea, una de las principales causas del desastre de mi colección: todos la cortejaban y cada uno se hallaba celoso de los otros quince cortejadores, a pesar de que la brava Jiquilpan fuese enemiga, por sistema, del matrimonio.

Pero el gran peligro era el aburrimiento. Estos colosos arrancados de sus países, de la familia, de la vida vagabunda y que no conseguían hablar entre si —bien porque no se entendiesen o porque se detestaban—, no sabían cómo pasar los días.

Cuando iba a la aldea los encontraba separados, inmóviles, silenciosos. La mayoría se hallaban tendidos sobre la hierba, a la sombra de algún árbol, estirados, envueltos en harapos, roncando o bostezando. Otros se hallaban metidos en casa, adormecido, o masticando; alguno jugaba a las cartas o se hallaba sentado a la puerta, meditabundo, con los brazos colgando hasta tocar el suelo. Un tufo de fastidio y de spleen pesaba sobre aquel campamento de fuerzas desperdiciadas. A veces los rusos cantaban, en voz baja, las melopeas melancólicas de su país; los alemanes mataban el tiempo en un huerto improvisado; la mujer, con su nariz ganchosa, se hallaba inclinada remendando sus inmensas camisas.

Todos aquellos miembros gigantescos en ocio, aquellas grandes bocas mudas, aquellos brazos infinitos desocupados, aquellos vastos cuerpos sin movimiento y sin un objeto, daban la impresión de agria tristeza y casi de un confuso espanto.

Los gigantes no son, generalmente, inteligentes y mucho menos intelectuales. No he visto jamás uno que leyese: sus ojos eran despiertos, opacos, brumosos de nostalgia y de melancolía. Ninguno reía, exceptuando el negro cuando la campana llamaba a la comida.

Por la noche, aquellas largas sombras que se bamboleaban inciertamente en el prado, cansadas de no haber hecho nada, causaban repulsión. Parecía que se trataba de una colonia de idiotas o de monstruos.

Conmigo hablaban de mala gana y únicamente si les interrogaba. Un día encontré en la ribera de) Red River a uno de mis pensionistas el menos embrutecido de todos, el italiano. Se halla sentado sobre la arcilla y contemplaba en torno suyo la vida de los pequeños animales del campo; las mariposas moteadas de negro que se columpiaban sobre las flores, una lagartija agarrada al suelo con la cabecita alta, una araña color de tabaco que chupaba lentamente una mosca, un grillo de color de arena que saltaba entre los hilos de hierba. Le pregunté si estaba contento de hallarse allí.

—Me consuelo como puedo —me respondió—. Usted es muy amable, señor Gog, pero ha conseguido inventar una bella tortura…
—¿Sufre? ¿Por qué? ¿Le falta algo tal vez?
—Me falta la única cosa que puede consolarnos de la desgracia de ser gigantes: la compañía, la vista, la admiración de los hombres más pequeños que nosotros. Piense que casi todos íbamos a través del mundo, quién de teatro en teatro, quién de los circos a los barracones, en medio de la curiosidad de los hombres de baja o de mediana estatura. Cada uno de nosotros era el centro de mil miradas, era una excepción, era alguien. El ponernos usted todos juntos, todos gigantes, ha sido ciertamente una idea original, pero, para nosotros, una desgracia. El gigante, como cualquier otro hombre, tiene necesidad, para vivir, de ser admirado por alguien, de ser superior a alguien. Aquí todos somos iguales, todos de más de dos metros, y no podemos ciertamente admirarnos el uno al otro. De este modo sentimos repulsión hacia nuestros compañeros e incluso odio.
»Tenemos necesidad de inferiores, de espectadores. de curiosos, de extranjeros; del muchacho que nos mira estupefacto, del enano que hace de bufón entre nuestras piernas. Aquí todos somos gigantes, por eso todos somos infelices. Para olvidar, me alejo de los otros y vengo aquí a contemplar, en la soledad, estos animalitos que me restituyen, por un momento, el sentido de mi estatura y de mi diversidad. Pero los insectos no se parecen bastante a los hombres. Le aseguro, señor Gog, que si no nos licencia, los más valerosos se escaparán y los otros se volverán locos.

La profecía del italiano se ha cumplido. En la aldea de los gigantes, después de siete meses, no había quedado más que la sensata Jiquilpan y un alemán testarudo que se había metido en la cabeza casarse con ella.

Diez habían desaparecido, dos o tres cada vez, sin decir nada. Los otros se habían puesto enfermos y tuve que expedirlos, como decía el contrato, a su país de origen. Mi colección se había liquidado. Es el destino de todas las colecciones de seres vivos, incluso de aquellas, esparcidas sobre la Tierra, que se llaman razas o familias.


El alma de la herencia

New Parthenon, 22 enero

Una aventura olvidada ha resurgido para atormentarme. Hace muchos años, cuando estaba todavía metido en negocios uno de mis socios, George Sprughill. se suicidó. El mismo día que los periódicos anunciaban el suicidio recibí una carta suya, extrañísima. Me decía que se había dado cuenta, desde hacía algún tiempo, de que estaba a punto de volverse loco y que antes que verse convertido en un desventurado demente, prefería la muerte. Añadía que la heredera de todos sus bienes era su mujer, pero que a mí me dejaba —y aquí comenzaba la extravagancia—su alma.

«Mi mujer —escribía—, siendo mujer no sabría qué hacer con ella, y no tengo hijos a quien transmitirla. Tú eres el único que tiene derecho a una manifestación de agradecimiento porque eres el único que no me abandonaste en momentos difíciles. Me he dado cuenta de que un alma sola no basta al hombre: le faltan siempre ciertas inclinaciones, experiencia, habilidad. Con dos almas podrás superar a los demás y a ti mismo. Te ruego que no desprecies la mía y que la trates con cuidado.»

Aunque la muerte del pobre George no me producía ningún placer —tenía necesidad de él, precisamente en aquellos días, para una maniobra importante que nos hubiera permitido apoderarnos de una compañía ferroviaria—, no pude menos que reírme. No di importancia a la fantástica herencia: era una confirmación de la locura amenazante Metí la carta en la carpeta de los documentos curiosos y no me acordé más de ella.

Pero desde hace algún tiempo me siento turbado por algo nuevo que sucede dentro de mí. No puedo decir que mi carácter haya cambiado, pero hay en mi espíritu una fermentación de novedad cuyo origen no es claro. No experimento la impresión de cambiar o de perder, sino de enriquecerme. Me ocurre que acojo con indulgencia pensamientos que antes habría rechazado con desprecio y no se me hubieran ocurrido nunca: comienzan a gustarme ciertas formas, ciertas fantasías, ciertos refinamientos que antes ignoraba y no me preocupaban.

Hace unos días, al pronunciar una frase a propósito del verano, me vi de pronto ante George Springhill: recordé entonces que era una de sus frases familiares. George, siendo joven, escribía versos —y esto explicaba, en opinión mía, su predestinación a la locura—, y ahora me doy cuenta de que me gusta cada vez más leer a los poetas. Sentía también una fuerte pasión por la música, y yo, que antes no podía soportar todo lo que no fuese las canciones de los gramófonos, siento ahora la necesidad de escuchar de cuando en cuando algo de Mozart y de Schumann. También mi imprevista curiosidad por las religiones me recuerda a George, que había sido swedenborgiano y quería, una vez, introducirme en una logia teosófica.

Era un espíritu ardiente, apasionado en exceso. Incluso a los negocios había llevado una especie de frenesí romántico que muchas veces ayudaba al éxito de una empresa —las grandes razzias industriales no se hacen sin un poco de imaginación y de empuje—, pero que otras acarreaba grandes pérdidas. Algunos momentos siento en mí oleadas de ardor sin objeto, de simpatía imprevista, de impaciencia por arriesgarme, que me recuerdan, no sé por qué, a mi amigo muerto.

He vuelto a leer su última carta: es indudablemente la carta de un lunático. Es incierto que el alma exista después de la muerte y, si existe, es claro que el hombre no puede disponer de ella, destinada como está a otro mundo, a un destino propio. ¿Cómo explicar entonces esta eflorescencia de sentimientos nuevos en mi espíritu, esta semejanza progresiva entre mi alma de hoy y la del suicida?

Hoy, por ejemplo, me he sorprendido leyendo con mucho placer el Zarathustra de Nietzsche, y he recordado que ese libro era un libro preferido de George. La primera vez que me habló de él di una ojeada a algunas páginas y no comprendí nada. Incluso me maravillé de que un businessman pudiese perder el tiempo en ciertas lecturas estrafalarias. Ahora, en cambio…

La razón me advierte que desatino. No he aceptado nunca aquella herencia. No sabría qué hacer con ella. No la quiero. Pero ciertos hechos, innegables e inexplicables, me inquietan…

El verdugo nostálgico

New Parthenon, 9 diciembre

Mi pobre Tiapa no se encuentra bien. Sufre de amor propio concentrado. La inacción le humilla. En vano le permito, de vez en cuando que degüelle una cabra, un cerdo, un becerro. Todos los volátiles destinados a la cocina mueren en sus manos, pero hay que ver con qué rabiosa tristeza retuerce el cuello a los gallos y a los pavos.

Lo comprendo: imagino lo que experimentaría un Ford condenado a fabricar automóviles para niños y no más de dieciséis al día. Por otra parte, Tiapa es viejo y no podría ejercer su antigua profesión. Durante cuarenta años seguidos este robusto indio fue verdugo en México y en otros países de América y Asia, pero ahora ya no tiene la fuerza y la precisión de antes, y ningún Gobierno le tomaría a su servicio. Y este hombre, que ha quitado la vida a millares de hombres, ya no sabría cómo ganar la suya si no hubiese sido recogido el año pasado en mi casa. Los verdugos no son previsores, y dado su escaso número, no poseen siquiera un trade-union profesional.

Tiapa no ha sido ni un ejecutor vulgar ni un tímido y gélido funcionario de la justicia. Era un apasionado, un entusiasta, un artista. Ha sido, creo, el último verdugo de puro estilo de nuestros tiempos.

Verdugo por vocación. Su adagio preferido es “Las espaldas han sido creadas para los bastones y los árboles para ahorcar”. Esta apasionada naturaleza suya se reveló plenamente en el motivo que le hizo abandonar la profesión. Un joven asesino, en el país donde era verdugo, fue indultado, pero rechazó el indulto. Se lo entregaron: el reo, satisfecho, saludó a su ejecutor y le estrechó la mano. Pero todo esto irritó extrañamente a Tiapa. “Mientras se retuercen y se defienden, todo va bien —dijo—, pero yo no quiero ser cómplice de un suicidio”. Y se negó a cumplir su misión, por lo que fue licenciado antes de tiempo.

—Europa —me decía— ha perdido el secreto de matar. La adopción de los medios mecánicos es el síntoma de una decadencia del arte. La guillotina es rápida, pero demasiado geométrica e impersonal El fusilamiento es el triunfo de lo superfluo, un derroche inútil. Sin contar que los fusiles, ennoblecidos por la caza y la guerra, no deberían ser adoptados para los delincuentes. Los Estados Unidos, con la silla eléctrica, han caído en el máximo de la abyección. La electricidad, la fuerza más espiritual de la Naturaleza, la que da luz y alas, ¡envilecida hasta el punto de asesinar a los asesinos! Los ingleses, que han conservado la vieja horca, son más lógicos y respetuosos, aunque la horca sea, desde otro punto de vista, un medio demasiado incoloro y primitivo; diré, incluso, demasiado ingenuo. En Europa, para decir la verdad, hay solamente dos pueblos que tienen una cierta originalidad en la elección de los suplicios: España y Turquía. El garrote y el palo se salen un poco de lo vulgar y constituyen un castigo más severo que lo acostumbrado, pero palidecen ante los antiguos hallazgos del arte. Y considere que los turcos no son ciertamente europeos, sino de raza mongol y están casi excluidos en Europa.
»La Edad Media ha sido, para el mundo blanco, la gran época del homicidio legal. La rueda, la lapidación y el descuartizamiento eran operaciones refinadas y que exigían una cierta habilidad. Pero los antiguos no se quedaban atrás. El suplicio de Mesenzio, aunque poco usado, era generalísimo, y la idea de Nerón de transformar los cuerpos humanos, con pez, en antorchas vivientes, no merecía ser abandonada. El fuego, para mí, es uno de los más perfectos instrumentos de la justicia. Nada iguala, desde el punto de vista del aniquilamiento total, a una pira bien preparada, hecha de leña resinosa y bien aireada. Tiene algo de clásico, de poético, de grandioso que place a los ojos de la fantasía. Los suplicios que han quedado más profundamente impresos en la memoria de los hombres son aquellos en los que presidió la llama. Las parrillas de San Lorenzo, la pira ardiente de Juana de Arco, las hogueras de Savonarola: grandes páginas de heroísmo y de historia.
»No quiero afirmar con esto que el hacha no tuviese también sus méritos. Creaba una relación directa y diré casi íntima entre el verdugo y el condenado. Cercenar una cabeza de golpe no podían hacerlo todos. Se requería una vista óptima y un brazo seguro. Y cuando se trataba de personajes de alta categoría, como reyes y otros análogos, había el peligro de la sugestión y del temblor. El sentimiento, en nuestro oficio, es una gran desventaja.
»No comprendo por qué, desde hace tantos siglos. ya no se usa la crucifixión: era un suplicio bastante largo, bastante doloroso y sobre todo estético. Hoy se tiene demasiado poco en cuenta la estética. Las ejecuciones, especialmente en Europa, se hacen hoy en los patios de las cárceles, casi sin nadie, furtivamente, como si la justicia humana se avergonzase de sus sentencias. Para mí este modo de obrar es un misterio. O los jueces creen que el condenado merece verdaderamente la muerte, y entonces deberían circundar esta muerte de la mayor solemnidad, o tienen dudas sobre la legitimidad de su derecho sobre la vida humana, y entonces no deberían condenar a muerte a nadie.
»He realizado muchos viajes por el mundo con objeto de perfeccionarme en mí arte, y debo confesar que, incluso en eso, Asia puede dar lecciones a todos. No aludo a los hebreos: como no tuvieron arquitectura, ni escultura, ni pintura, no conocieron tampoco la técnica de la pena capital. Usaban la lapidación; pero el tirar piedras es diversión de muchachos, indigna de hombres verdaderos. Y fíjese en que todos podían tomar parte en aquel vil suplicio democrático: no existía, en la antigua Judea, el empleo fijo de verdugo. El único hebreo que demostró un rudimento de fantasía fue el rey Manasés, el cual, según cuentan, hizo atar al profeta Isaías entre dos tablones y los hizo aserrar.
»Otro genio demostraban los egipcios y los asirios Cuando un pueblo se rebelaba los reyes de Babilonia hacían desollar a los culpables y con sus pieles tapizaban las murallas de la ciudad insurreccionada. Estas tradiciones pasaron a los mongoles, pero Tamerlán es más famoso por la cantidad que por la calidad de los suplicios. Era un mercader al por mayor, pero no un refinado. Las pirámides de cabezas que quedaban aquí y allá, como recuerdo de su paso, no dejaban de tener cierta belleza, pero los modos de matar eran más bien comunes y despreciables. La verdadera patria de nuestro arte es China. En el viaje de instrucción que hice al Celeste Imperio, hace ya muchos años, cuando era todavía joven, pude asistir a alguno de los suplicios clásicos de aquel país tan exquisitamente civilizado. Pero había comenzado ya la decadencia y me dicen que ahora, con la República, las cosas van todavía peor. ¡Hasta quieren imitar a los europeos y se rebajan incluso al fusilamiento!
»Una sola vez en una ciudad de la provincia de Kuang-Si, pude ver el suplicio de los cuchillos, que para mí es una de las obras maestras de nuestra profesión. Por lo menos es el que me ha dejado una impresión más profunda: merece ser visto. Quizá no sabe en qué consiste. El condenado aparece atado a un palo y delante de él se halla el verdugo con una especie de cesto cubierto con un paño De cuando en cuando el ejecutor mete la mano en el cesto, sin mirar, y saca un cuchillo, lee la palabra que se halla grabada en la hoja y, según lo que ve escrito, opera. En el cesto hay tantos cuchillos cuantas son las partes del cuerpo y cada uno lleva su inscripción correspondiente En el primero que cogió el verdugo debía de hallarse pie derecho, porque fue el primer miembro que vi cortar al paciente. Luego vi sucesivamente cortar la oreja derecha, las nalgas, la mano izquierda, la pierna derecha, el labio superior, los dos senos y el brazo manco. El paciente no gritaba, apenas gemía. Tal vez se hallaba desmayado. Me dijeron que las familias de los condenados, cuando son ricas, pagan una gran cantidad al verdugo para que saque pronto el cuchillo donde se halla escrito cabeza o corazón, con objeto de frustrar las intenciones del inventor y abreviar la ejecución. Pero aquella vez debía de tratarse de un malhechor pobre, porque sólo al final le fue cortada la cabeza. Si los requisitos esenciales de la pena deben ser la duración y la variedad del tormento, me parece que el primer lugar debe ser concedido al de los cuchillos. Me hice amigo de aquel verdugo: era un bello anciano con la perilla blanca y muy amable. Me dijo que aquel suplicio estaba casi pasado de moda y que se podía emplear, con la tolerancia de las autoridades locales, solamente en pequeñas comarcas de provincias. Me confesó que también en China el arte del verdugo era ya poco apreciado y buscado y las sutilezas del oficio estaban a punto de perderse. Sus lamentos me vienen a la memoria hoy en que la decadencia es ya universal y manifiesta. Únicamente en ciertas regiones de América y del Asia Central se encuentran artistas de la muerte que realizan con amor su trabajo y que no han perdido del todo las buenas tradiciones. Y yo que estoy hablando y que puedo alabarme de tener en mi carrera casi dos mil ejecuciones realizadas con perfección y con todos los sistemas, me veo reducido a vegetar en las cocinas y a contentarme, para pasar el tiempo, con quitar la vida a vulgarísimos animales.

Una vez le pregunté qué sensaciones experimentaba, en sus buenos tiempos, durante una ejecución y si no había sentido nunca repugnancia o remordimientos por el horrible oficio a que se dedicaba. Me miró sonriendo.

—¿Remordimientos? ¿Repugnancia? ¿Por qué? Ante el condenado no sentía la impresión de tener delante a un vivo, sino a un muerto. Desde el momento en que la sentencia había sido pronunciada, aquél se hallaba vivo sólo por tolerancia y por razones burocráticas. Había sido ya borrado legalmente del mundo de los vivientes y yo podía proceder a mi obra con la misma frialdad que tienen los médicos cuando descuartizan y despellejan un cadáver. El verdadero autor de la muerte, para mí, es el juez; yo no era más que un instrumento, como el cuchillo o la cuerda. ¿Por qué tenía que tener remordimientos? Si hubiese dependido únicamente de mí, no hubiera matado ni siquiera a una araña. Era el Estado quien me entregaba un cadáver viviente y me ordenaba que desembarazase a la Tierra de su presencia. Y luego la mayor parte de los ajusticiados eran asesinos y yo no les hacía nada más que lo que habían hecho a otros, que eran inocentes.
—Confiese, sin embargo, que el oficio le gustaba y que satisfacía su afición natural a la sangre.
—¿No es esto un mérito? —replicó Tiapa—. Nadie puede ejercer honrada y valientemente un arte si no lo ama. Y en lo que se refiere al amor a la sangre, ¿qué mal hay en ello? Si nació conmigo, yo no soy responsable. Todos siguen sus propias inclinaciones. Los pintores pintan porque les gustan los colores y las formas, el astrónomo estudia porque prefiere los números y las estrellas. ¿Por qué ha de parecer extraño que un verdugo mate porque le gusta la sangre? No comprendo el prejuicio de los hombres contra el verdugo. Si no queréis verdugos suprimid la pena capital; los jueces no la aplican seguramente para dar gusto a los ejecutores. Y si no queréis suprimirla, dad gracias a Dios de que nazcan hombres dispuestos a dedicarse a esta profesión y honradlos como conviene.
—Pero esta nostalgia que usted sufre ahora, ¿no le parece algo sucio, feo?
—Pruebe —contestó triunfalmente Tiapa— de hacer cuarenta años de verdugo y luego hablaremos. Las cabezas me faltan como al escultor paralítico el barro y los palillos; sufro como sufriría un violinista al que hubiesen cortado las manos. Mi malestar es una prueba del amor inextinguible que he sentido siempre hacia el arte. Pero los puros artistas fueron siempre mal comprendidos y calumniados.

Y una lágrima, una verdadera lágrima, descendió del ojo derecho del viejo Tiapa.


Subasta de países

Nueva York, 1° enero

Ayer por la tarde bebí demasiado y esta noche he tenido un sueño extrañísimo.

Me parecía que me hallaba bajo una cúpula inmensa construida de hierro y cristal, colocada sobre la Tierra sin columnas ni pilastras, como una esfera gigantesca cortada por el ecuador.

El pavimento no era de madera ni de cemento, sino de barro apisonado y a trozos húmedo. En medio se levantaba una especie de palco cubierto de manifiestos con letra dorada. Un hombre bajo, casi enano, vestido con un redingote rojo, iba de un lado a otro del palco, con un martillo en una mano y una campana en la otra. En torno al palco, algunas docenas de personas, casi todas mujeres, y estas mujeres, casi todas viejas, encorvadas y vestidas de luto.

Por las conversaciones de mis vecinos —aunque hablasen en voz baja— pude comprender que se trataba de una subasta. El hombre escarlata vociferaba, tocaba la campana y agitaba el martillo, pero sus palabras se confundían con los ecos de la enorme bóveda de cristal.

Al cabo de un rato se hizo el silencio —o me habitué mejor al ruido— y pude comprender el discurso del enano.

—Lote 32. Se vende al mejor postor el reino de Persia. Superficie, dos millones de kilómetros cuadrados; diez millones de habitantes. Excelentes ciudades de arte y de comercio; puertos en el océano Índico y en el mar Caspio. El país produce petróleo, fruta, tapices, opio, poetas y bailarinas. Quinientos setenta kilómetros de ferrocarriles. Precio inicial de subasta: cuarenta y siete mil millones.

Nadie levantó la mano, nadie hizo oferta. El subastador esperó un poco, con el martillo levantado, luego tocó la campana y dijo con voz cansada:

—Lote número 33. Se vende al mejor postor la República de Liberia. Casi cien mil kilómetros cuadrados de superficie; dos millones de habitantes. País exportador de productos tropicales y susceptible de desarrollo. Abundancia de café, de goma, de marfil, de nueces y de aceite de palma. Precio inicial de subasta: cuatro mil seiscientos millones.

Dos viejas se consultaron en voz baja, pero luego encogieron la cabeza y bajaron los ojos. Nadie dio señales de querer adjudicarse la República de Liberia. El subastador, con el mismo rito, gritó:

—Lote número 34. ¡Atención! ¡Importante! Se vende al mejor postor la Unión de Repúblicas Soviéticas con todos sus territorios y dependencias en Europa y en Asia. País vastísimo, recursos inagotables. Más de veinte millones de kilómetros cuadrados poblados por ciento cuarenta millones de habitantes. Ocasión magnífica, gran perspectiva para todos los capitalistas de todos los países. Tierra fértil, subsuelo riquísimo. Grano y legumbres a bajo precio: petróleo, antracita, hierro, cobre, platino, piedras preciosas a voluntad Ocasión única para empresarios y especuladores. Posibilidad de pagos a plazos. Precio base: novecientos setenta y tres mil millones.

Nadie, como de costumbre, se movió. El enano vestido de encarnado parecía muy agitado.

—¡Novecientos setenta y tres mil millones! —continuaba aullando—. Es regallado. Negocio seguro. Las estadísticas oficiales a disposición de los compradores. Facilidades de pago. ¡Novecientos mil millones únicamente! Todo comprendido; suelo y subsuelo, ciudades y ferrocarriles, puertos y minas, bosques y lagos, hombres y mujeres. Únicamente con el petróleo se rescatará en diez años el capital invertido. ¡Ocasión maravillosa, que no se presentará más! Valor, señores: ¡únicamente novecientos mil millones! Único y definitivo: ¡ochocientos cincuenta!

Un joven gordo que se hallaba cerca de mí se sentía visiblemente tentado. Le vi avanzar hacia el palco y hablar al oído del subastador. Pero se separó casi en seguida.

—Demasiado obstinado —dijo—. Por seiscientos cincuenta y hasta por setecientos yo hubiera hecho el negocio.

El subastador agitaba la campana y anunciaba un nuevo lote:

—Lote número 35. República de Nicaragua. Ciento cincuenta y seis mil kilómetros; seiscientos cincuenta mil habitantes. País pequeño, pero de gran porvenir. Produce y exporta grandes cantidades de azúcar, café, madera, nueces de coco, pieles y oro. Precio de subasta: setenta mil doscientos millones.

No conseguía moverme de allí, aunque yo hacía como los demás, es decir, no compraba nunca nada. Me parecía que la subasta continuaba sin descanso durante horas y horas. Las viejas vestidas de negro iban por parejas en torno del palco, escuchaban atentamente las cifras anunciadas por el subastador y las comentaban sonriendo. Los hombres estaban menos tranquilos, pero nadie se atrevía a alzar la mano. Uno solamente, que parecía un tratante de bueyes, se decidió al final a comprar la República de Andorra por cuatro millones y medio.

—Me servirá para la caza —dijo a la vieja que tenía al lado, como para excusarse.

El subastador había dejado el martillo y se enjugaba la frente con un pañuelo rojo grande como una toalla. Parecía extenuado, pero dispuesto a continuar hasta que el atlante de la Tierra se hallase en la última página. Sonó la campana más fuerte, para un nuevo lote, pero por fortuna me desperté de aquel sueño monótono y absurdo.


Visita a G. B. Shaw

Londres, 15 octubre

El viejo G. B. Shaw me ha recibido pésimamente.

—Usted me cree un payaso, como todos los imbéciles —me dijo—, y espera, probablemente, vencer su aburrimiento con mis bromas.
»Quiero desilusionarle. Los ingleses, y en general los ociosos que leen y van al teatro, me toman por un bufón. Soy, sin embargo, por nacimiento y por vocación, el hombre más serio del Reino Unido. Comencé, como sabe, por ser fabiano e ibseniano. Estas dos simpatías son la prueba de un espíritu por excelencia anticómico. Ni en el fabianismo ni en el ibsenismo hay el más pequeño rastro de humour. El primero se propone transformar los obreros, en dos o tres siglos, en pequeños burgueses; el segundo tiende a hacer reinar la sinceridad en las relaciones humanas, es decir, hacerlas imposibles. El fabianismo es un socialismo de homeópatas; el ibsenismo, una moral de anarquistas. Ni el uno ni el otro son nada alegres: son dos bestialidades de buena fe, por lo tanto desagradables.
»Usted puede ver, con esto, que mi fama de bufón es tan falsa como la de Byron como poeta y la de Shakespeare como dramaturgo. El primero era un polemista dilettante y el otro un lírico tilosofante. No digo eso para compararme a esos dos; admitirá que soy demasiado superior a uno y a otro para que sea posible un paralelo razonable. Compadezco a los hombres, porque ninguno de ellos tiene la fortuna de ser un Bernard Shaw.

—Pues, ¿cómo ha nacido entonces su fama de… humorista?
—Se lo explicaré en seguida. Yo soy irlandés. Ahora bien, para la hez de Londres, es decir, para aquellos que compran libros y periódicos, un irlandés debe ser a la fuerza un hambriento o un payaso. Como no deseaba morirme de hambre, elegí el papel de payaso. Usted sabe que Irlanda es el país que proporciona a Inglaterra todas sus celebridades: Escoto Erigena, Goldsmith, Sheridan, Burke, Sterne, Berkeley, Swift, Wellington, Thomas Moore, Yeats, Oscar Wilde y Joyce son irlandeses. Sin los irlandeses, Inglaterra no hubiera sabido lo que es Liliput y no habría vencido a Napoleón. Un conde báltico, Keyserling, ha dicho que los ingleses se parecen a los animales. Yo soy, para servirle, el espantajo de estos animales. Estos mudos no tienen valor de hablar, y yo digo la verdad por ellos. Estos melancólicos no saben reír, y yo debo por lo menos llegar a hacerlos reír. Estos masoquistas no saben disfrutar, yo estoy condenado a fustigarlos para darles una pequeña sensación de placer. Sobre estas peculiaridades de los ingleses se funda mi inmerecida fortuna.
»Si Inglaterra fuese un país avanzado en estas materias como en la industria, yo no sería más que un pequeño periodista oscuro y mal pagado. En Francia hay al menos cien Shaws que pasan inadvertidos. Y precisamente por esta razón soy una de las víctimas de la guerra. Después de 1918, la Inglaterra victoriana se ha acabado de morir; los ingleses se han vuelto despreocupados, un poco bolcheviques, y ya no hacen caso del escándalo bien presentado. Mi popularidad, va, por consiguiente, disminuyendo a ojos vistas. Cuando me hallaba solo para hacer enrojecer a John Bull, los asuntos iban muy bien; pero los toros británicos, desde que se han habituado a todos los tonos del rojo, ya no me tienen miedo, es decir, no se divierten. Dentro de poco, si no se produce una reacción puritana, seré incluido en las antologías al lado de Oliver Goldsmith y Macaulay. Sería mi ruina. Si los ingleses se ponen a imitarme, no me quedará más remedio que hacerme pastor metodista al servicio de Mrs. Grundy. Pero soy demasiado viejo para recomenzar el aprendizaje de la mentira.
—¿Viejo? No lo parece. Su espíritu no tiene todavía veinte años.
—Para un principiante no está mal. Su ironía envuelta en un cumplido es ingeniosa. Usted me dice amablemente que pienso todavía como un muchacho. No me ofendo. Pero tengo setenta razones para no estar contento de mi edad. El único fastidio de la vida es la muerte. Lo menos que se necesita para la educación de un hombre es un siglo, y sería preciso al menos concederle otros dos siglos para que pudiese dar fruto. Pero nos hemos de reducir a Voronoff, que contribuye más a la castidad de los monos que a la inmortalidad de los hombres. Todos los cacareos sobre el progreso científico son una desvergonzada charlatanería: hasta que la ciencia no haya suprimido la muerte no habrá hecho nada. ¿Qué importa volar en media hora de Londres a Nueva York si después, un día, debo ser arrojado bajo un pedrusco para pudrirme?

La cara de G. B. Shaw se hizo en este instante fosca y agriada. Permaneció un momento pensativo. Luego, volviéndose hacia mí, exclamó con voz rabiosa:

—¿Posee usted algún secreto para no morir? ¿No? ¡Entonces márchese! No sé qué hacer con un condenado a muerte más. Yo no soy un payaso, soy el más serio de los hombres: ¡soy el único que no quiere saber nada de esa farsa grotesca de un funeral!

Y diciendo esto me volvió la espalda y corrió a esconderse en su cottage.

La cirugía moral

Londres, 18 julio

El doctor Anosh-Uthra ha venido al Claridge a preponerme su cura que comienza, según dice, a ser bien acogida en Inglaterra. Un subsecretario del Colonial Office, que la experimentó, me ha hablado con entusiasmo, y he mandado a buscar al médico, o, mejor dicho, al cirujano, para que me visite en el hotel.

Anosh-Uthra, que se vanagloria de un origen persa y casi regio, es un hombre todavía joven, pero de una seriedad concentrada como no había visto nunca hasta ahora. La cara color de plomo con vagos reflejos de oro, se halla dominada por una barba lujuriante y hosca, que le desciende hasta el estómago y le asemeja a los reyes de Asiria que se ven en el British Museum. No se le descubren los ojos, escondidos detrás de unas antiparras ahumadas Hablando con él se tiene la impresión de hablar por teléfono con un ausente enmascarado.

—No sé —ha dicho— si nuestro común amigo le ha dado una idea de mi nueva terapéutica. El origen es sencillísimo. Durante mis estudios me sentí impresionado por dos hechos: que nadie es capaz, ni el demasiado alabado Freud, de curar los disturbios mentales y, por otra parte, que la medicina general es bastante menos eficaz, como cura resolutiva, que la cirugía. Mi descubrimiento consiste en haber introducido la cirugía en el tratamiento de las enfermedades del espíritu. Yo soy, si quiere una definición, el primer cirujano del alma.
»No ignoro que algunos cirujanos han intentado intervenir en la cura de enfermedades propiamente nerviosas y que se ha tratado de curar la epilepsia interviniendo en el riñón, y la demencia precoz, con los injertos endocrinos. Pero nos hallamos ante operaciones puramente físicas contra males psíquicos. Yo, en cambio, opero directamente sobre el espíritu con operaciones similares. Son partes de nuestra alma que se pudren, que se gangrenan, que crecen demasiado en perjuicio de otras. Hay cánceres morales, tumores intelectuales, apendicitis del vicio y del pecado. Yo puedo, a voluntad, obtener la amputación radical del órgano o zona del alma que perjudica. Yo he extirpado, a algunos de mis clientes, a éste la holgazanería, a aquél la sensualidad, a otro el espíritu matemático, la avaricia, la infidelidad. Si el terror de la muerte le turba, si le oprime la indigestión de la excesiva cultura ingerida, si la ambición política o deportiva no le deja en paz, diríjase a mí. Mis operaciones son rápidas y sin dolor. No le obligo a hacer confesiones como hace el mago de Viena, no recurro al hipnotismo como en Nancy, no le hago contar sus sueños como en Zurich. Ni muchísimo menos corto y abro también su carne.
—¿No me puede dar algunos detalles sobre su manera de operar?
—Si se los diese no los podría comprender. Sepa que Anosh-Uthra no es mi verdadero nombre. Estas palabras irónicas significan Hombre Angel, y son el nombre del Mesías de la religión mandea. Mi secreto procede, como todos los secretos, del Asia y no se puede revelar en términos occidentales. Pero los experimentos felices son mucho más evidentes y claros que las teorías. Sométase a mi cura y le libertaré de lo que le molesta.
»Y tenga usted en cuenta que no opero solamente las malas cualidades, es decir, lo que los moralistas llaman culpa o los alienistas locura. Si le molesta, por ejemplo, un inmoderado amor al prójimo o una manía religiosa y filosófica que pongan en peligro su bienestar, estoy dispuesto a intervenir en las mismas condiciones. Son virtudes mucho más dolorosas, a veces, que los pecados.
»Piense en la trasformación que sufrirá nuestra especie cuando mi cirugía moral se haya difundido por todas partes. Todos podrán poseer, finalmente, el alma que más les guste. La extirpación metódica de los remordimientos y de los temores dará al hombre aquella paz que hasta ahora ha buscado en vano en el estoicismo o en la fe. Añada que las enfermedades del cuerpo se derivan del espíritu; por tanto, cuando se haya curado éste, disfrutará igualmente de una perfecta salud física. Pruebe. ¿Le molestan la avidez de dinero, la superstición, la envidia, los celos? La extirpación es sencillísima. Le advierto que no se consigue con una sola vez. Para cada una de las molestias que le he citado son necesarios al menos tres meses. Tiempo mínimo si piensa en las interminables curas de los psiquiatras. Debo, sin embargo, advertirle lealmente que si puedo quitar alguna cosa a su alma, no puedo añadirle nada. Soy un taumaturgo, pero no un Dios.
»El coste de cada operación varía según las dificultades. Mis precios oscilan entre quinientas y tres mil libras esterlinas, a pagar la mitad al comenzar la cura.
—¿Y podría usted amputar toda el alma si el alma entera es infecta?
—Nunca he hecho esta operación, hasta ahora —contestó Anosh-Uthra, alisándose la barba—, pero se podría intentar…


Sir J. G. Frazer y la magia

Londres, 3 noviembre

Un encuentro inesperado y afortunado en casa de un coleccionista de fetiches, me ha permitido escuchar, durante algunos minutos, las palabras de Sir James George Frazer, el más grande antropólogo. según dicen, del mundo entero. Mi pasión, tal vez atávica, por la vida de los salvajes me había hecho recorrer, hace poco tiempo, el famoso Golden Bough y he podido así seguir mejor las palabras del ilustre paleontólogo del alma humana.

La conversación en torno de la mesa del té ha recaído, por inocente astucia de mi coleccionista, sobre la Magia, y Sir Frazer no ha podido menos de tomar parte. Aunque sea viejo y haya trabajado sin descanso durante toda su vida, conserva todavía un aspecto de una inteligencia siempre tensa: ojos de juez forrados de humorista.

—Los hombres modernos —dijo— consideran con demasiado desprecio a la Magia, y los espíritus científicos y prácticos miran con piedad irónica a los viejos brujos y hasta a aquellos que hoy los estudian. Son ingratos. Faltan al respeto a la madre. Toda la civilización moderna —y por moderna entiendo la que comienza con la Grecia de Sócrates y, después de una interrupción de siglos, ha fructificado desde el Renacimiento hasta nosotros— es hija legítima de la Magia. Todas nuestras artes, nuestras leyes, nuestras tradiciones políticas, nuestras ciencias, han salido directamente de la Magia de los primitivos. La Magia ha sido el puente único y necesario entre la animalidad y la cultura. Todos aquellos que se burlan de la Magia son hijos y sobrinos de los antiguos magos y primos de los hechiceros que todavía operan entre los salvajes.
»Ya he hecho notar estas verdades en distintas partes de mis libros, pero nadie las ha reconocido ni sospechado. Comencemos por las artes. En lo que se refiere a la música la demostración ya está hecha, y de un modo persuasivo, por un musicólogo francés: Combarieu. La música, en los tiempos más remotos, no era más que un ramo del arte de los encantamientos. El teatro, como saben todos, no es más que la desviación de las primitivas ceremonias litúrgicas, esto es, fundamentalmente mágicas, y la danza, como ha demostrado Hirn, tiene el mismo origen. De la poesía se puede decir lo mismo: los más antiguos fragmentos, tanto en los Veda como en la literatura arcaica latina, son fórmulas mágicas, palabras potentes que, ayudadas del ritmo, debían evitar los males o atraer hacia nosotros los dones de los dioses. Las pinturas primitivas que encontramos en las cavernas son obras de brujos que se servían de esas imágenes para hacer que fuese fructífera la caza de los hombres paleolíticos, fundándose sobre uno de los principios esenciales de la Magia simpática. Crear una imagen significa, para el mago, conquistar el poder sobre la cosa representada. A la misma razón se debe el origen de la escultura: ustedes saben que incluso en la Edad Media se acostumbraba, para matar con seguridad a un enemigo, modelar en cera o en barro una estatuita que se le pareciese y luego romperla o exponerla a la llama. Lo que se hacía a la estatua era sentido por el modelo. La escultura egipcia, tan realista, era un expediente mágico para conservar, más allá de la muerte, la integridad corporal para la esperada resurrección. Las formas más arcaicas de la arquitectura, como los dólmenes y los cromlechs servían, como sabemos, para misteriosos ritos que tenían más de mágico que de religioso. Si quieren una demostración más amplia pueden leer un estudio de mi amigo Salomón Reinach, aparecido en la Anthropologie del año 1903.
»En lo que se refiere a la moral y a la legislación, ya he demostrado, ampliamente en uno de mis libros, The Psyche’s Task, cómo los principios éticos elementales que reinan todavía en nuestra vida, e informan nuestros códigos, fueron establecidos y consagrados por lo que nosotros llamamos superstición y que se reduce casi siempre a la Magia. Las prohibiciones fundadas en el tabú se hallan en los orígenes de nuestra moral. Se creía, por ejemplo, que las relaciones ilícitas entre un hombre y una mujer perjudicaban el éxito de la casa o la fecundidad de los campos, y por eso eran severamente prohibidas. Se creó así en los hombres el horror al adulterio, que perdura todavía, aunque atenuado, en nuestras costumbres. Hoy se condena por otras razones, pero no se hubiera sin duda llegado a condenarlo sin el trabajo preparatorio de la Magia.
»Los primeros reyes de las primeras tribus fueron hechiceros, y si más tarde fueron guerreros, éstos se hallaron también bajo la dominación de los que poseían la potencia oculta. La primera teocracia fue mágica y el poder de los magos sobre los guerreros fue el poder del espíritu sobre la fuerza. En los antiguos reyes se encuentran siempre las huellas de carácter sagrado y mágico, y hasta hace pocos siglos se atribuía todavía a los monarcas de Francia y de Inglaterra la milagrosa virtud de curar ciertas enfermedades con el simple contacto de la mano. El rey mago primitivo debía ofrecer su vida en holocausto si caía alguna desgracia sobre su pueblo, y un resto de esta costumbre se halla entre los modernos soberanos que consideran corno un deber acudir a los lugares donde ha ocurrido una desgracia, incluso con peligro de su vida.
»Y finalmente, la ciencia, la orgullosa ciencia de nuestro tiempo, como ha demostrado ya Lenormand, se halla estrechamente unida a la Magia. La Magia, en efecto, supone que a ciertos fenómenos seguirán infaliblemente otros fenómenos sin la intervención de una voluntad extraña. Se funda, como la ciencia, sobre el determinismo, es decir, sobre la fe implícita en una realidad ordenada y homogénea. El mago no pretendía violentar los hechos pero, conociendo las secretas afinidades y el orden en que se sucedían, se contentaba con imitar aquel fenómeno que era el antecedente constante del fenómeno deseado. Sus errores y sus fracasos procedían de no haber observado bien aquella trabazón fija de sucesiones y fundarse en relaciones aparentes más que sustanciales, pero el principio de que partía era el mismo sobre el cual se halla edificada la ciencia moderna. Incluso los muchachos saben que la química se deriva de la alquimia. la astronomía de la astrología y la medicina científica del hermetismo.
»No hablo de las religiones, cuyas relaciones con la Magia son evidentes para todos los que conocen la antigüedad. Además todavía hoy, en muchos lugares no se distinguen de las más burdas hechicerías Basta pensar en la boga de que gozan, en ciertos países cultos, las doctrinas teosóficas y las escuelas ocultistas, para darse cuenta de que la Magia, todavía en nuestros días, satisface las necesidades espirituales de millones de hombres.
»Toda nuestra civilización desciende, pues, de las creencias y de las prácticas de la Magia, y un pesimista podría sostener, con un ligero esfuerzo sofístico, que la cultura contemporánea no ha rebasado todavía la zona mágica. Los pueblos tienen hambre de milagros y los piden a todos: a los demagogos, a los sonámbulos, a los electricistas, a los médiums, a las profetisas privadas, a los profesores de física y de quiromancia. Los salvajes son, indudablemente, nuestros padres y tal vez nuestros hermanos, y la Magia es la matriz benéfica de la que han salido, como decía al principio, nuestras artes, nuestras morales y nuestras ciencias. Todos los intelectuales no son más que magos que han evolucionado, más cautos y más claros.

Sir James George Frazer se calló y nadie supo qué contestarle. Me he acordado de que mi madre era maorí y la gran estima que siento hacia mi mismo ha aumentado mucho desde hace algunas horas.

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “Gog (VII)

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