La inevitable idealización de una época tormentosa

Carlos E. Luján Andrade

 

 

 

 

 

En una de las escenas finales de la película El Arca Rusa de Aleksandr Sokúrov, donde se daba por concluido el último gran baile que se dio en el Gran Salón en 1913, “El fantasma” le pide al “Europeo” que es momento de partir. Este le pregunta: “¿hacia dónde?” y el otro le responde: “hacia adelante”. Pero le replica con otra pregunta: “¿qué vamos a encontrar ahí?” Así, el europeo prefiere quedarse en una época que añoraba, deteniéndose en el tiempo donde idealizaba ciertas formas y estilos de vida que sabía que se habían ya perdido.

Toda época sufre conclusiones melancólicas donde vemos que los valores que respetamos y aprendimos a formar, se van diluyendo con los cambios necesarios que las sociedades realizan para bien o para mal en pos de su evolución.

Solo algunos individuos son los que pueden ver y sentir tal transición que va más allá del transcurrir de los años con el advenimiento de la vejez. Porque cuando se comprende la imposibilidad de un cambio radical que vire hacia nuestros deseos, uno termina por aceptar el devenir natural de ese proceso social. No obstante, la historia marca hitos, eventos que transforman radicalmente ese proceso con factores que no estaban previstos. Hechos políticos, sociales, económicos que quiebran los paradigmas establecidos. Algunas veces, por buscar que tales circunstancias no generen cambios dramáticos, se persigue y combate a quienes los podrían crear. Lo hemos visto en las rebeliones, nuevas religiones o las ideas científicas que retaban las creencias asentadas, conteniendo cambios radicales que hubieran podido destruir las bases de sus propias sociedades. Aunque sabemos que todo es cuestión de tiempo. En el devenir histórico los nombres son solo accesorios. De no existir un Kepler, Copérnico o Newton, otros hubieran descubierto sus hallazgos.

El pensamiento va por esa senda. La pregunta siempre será: ¿cuándo ocurrirá esa ruptura de época?, ¿cómo será esa revelación?, ¿qué tipo de sociedad será testigo de ello?, ¿qué valores destruirán? Del oscurantismo al renacimiento a la ilustración. Cuántas cabezas rodaron en todas esas transiciones. El descubrimiento de los nuevos mundos, el coloniaje y las pérdidas de estos para volver a ver a nuevos imperios dominar. Esos procesos son vistos como grandes masas de aguas históricas, tormentosas, donde solo los seres humanos somos tripulantes de una barca que se deja llevar por donde esa tempestad los guíe.

Sufrimos esos cambios. Algunos tienen la suerte de viajar por aguas mansas por generaciones hasta que es necesario el viraje y el terror se inicia. Solo los más preparados para reinventar sus creencias e ideologías podrán quizás llegar a buen puerto, mientras que otros naufragarán amotinándose contra lo inevitable. Sobre todo los que defendieron con fervor aquellos valores que constituyeron lo que mejor creían que representaba su época. Como un Stefan Zweig que decidió suicidarse al ver que el espíritu europeo estaba siendo devorado por el nazismo. No soportó ver que el mundo que había venerado caía en una decadencia espiritual. Así decidió naufragar con su propia vida escapando de los hechos que aparentemente se llegarían a consolidar en poco tiempo. Y si bien su querida Europa no se perdió en los brazos de la tiranía nazi, se construyó otra diferente al que muchos le encontraran sus defectos o virtudes. Pero lo cierto es que no volvió a ser la misma.

Todas las naciones se han visto transformadas, sus sociedades han sufrido un impacto sensorial profundo al percatarse del advenimiento de lo inevitable, contemplando hacia atrás como si pudiera en ese ejercicio racional detener el tiempo o rescatar de su memoria algo que valía la pena. “Una Lima que se va” escribía José Gálvez, evocando con melancolía un estilo de vida citadino que estaba a punto de desaparecer. Presintiendo la transformación social que se consolidó en los años siguientes. Unos más que otros sienten esos cambios. Los privilegiados perderán más mientras que los ignorados, que ahora llegan a hacerse presentes, son los que gozarán con entusiasmo tales innovaciones.

No obstante, no solo es un factor social sino generacional. El individuo que vive el cambio lo evalúa desde su propia experiencia de vida. Un joven ve esa transformación como una nueva oportunidad de probar sus ideas sobre lo que desea hacer con su vida. El hombre maduro no porque ya ha aprendido a asentarse y maniobrar con los usos y costumbres establecidos. Es por ese aprendizaje que ha podido sobrevivir a pesar de las vicisitudes. Conforme van pasando los años el mundo que ve tiene que seguir siendo, porque las energías vitales que usó para adaptarse a la realidad que se le presentó, cuando le tocó enfrentársela, ya se agotaron o quedan pocas. En nuestra visión limitada del tiempo nos cuesta proyectarnos más allá de nuestra existencia. La realidad que tenemos tiene que ser y seguir siendo, a lo menos en sus raíces. En un momento, en la película El Arca Rusa, el “Europeo” observa detenidamente un cuadro donde aparecen unas personas y un perro, y él susurra: “gente eterna, vive y deja vivir. Usted sobrevivirá a todo, gente eterna”. Y cuántos desearíamos que lo bello de nuestra vida quede grabado como en un cuadro y obtenga esa tranquilizadora eternidad. Porque cuando vemos que se desbarata el mundo conocido y añorado, no nos percatamos de los dolores y los pesares, sino de lo que nos ayudó a sobrellevarlos. Al final, creemos que en esa idealización está la esencia de nuestra época.

Uno es consciente que con el pasar de los años la experiencia de una pandemia mundial dejará cicatrices que no se curarán pronto. Que los cambios vendrán inevitablemente y en esa transformación estaremos muchos que desearíamos que nada sea diferente. Poco a poco idealizaremos aquello que ahora reclamamos y exigimos el cambio. Pediremos al recuerdo que se detenga, pensando que este mundo que se va fue algo mejor que el que veremos venir.

Al despedirse la sonda Voyager 1, luego de visitar todos los planetas del Sistema Solar, dio media vuelta para tomar una última fotografía de ellos. En esta aparecía, diminuto e iluminado, un punto azul: La Tierra, puesta en un rayo de sol. En esa casi insignificante estrella está toda nuestra existencia, con sus cambios y revoluciones, las justicias e injusticias que ha experimentado la humanidad. En la citada película El Arca Rusa, el “Fantasma”, en la escena final, se acerca a una puerta auxiliar del Palacio, ve el mar en nieblas y se dice: “señor, señor (haciendo alusión al “Extranjero”), ojalá estuvieras aquí, lo entenderías todo. Mira, el mar está por todas partes. Estamos destinados a navegar para siempre, a vivir por siempre.”

Es en esa gran nave que vamos viajando a través del espacio, llevando a cuesta la existencia. A pesar de los desencantos personales y los traumas sociales de las épocas perdidas, la humanidad viajará inevitablemente en su planeta por el cosmos por siempre, hasta ser absorbidos por este.

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